Las cartas

Carta 37: De Luis Miguel a Emilio

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Madrid, 18 de mayo de 1941

Mi estimado compañero:

En primer lugar quisiera agradecerte todo cuanto has hecho y estás haciendo por mí. Como bien me indicaste, comencé mi viaje hasta la capital desde allí donde me encontraba, hasta llegar al piso de tu querido mentor, el doctor D. Álvaro Cervello de Guillerna.

El camino hacia aquí fue cuando menos duro y desagradable. Al salir de casa de Miguel y Nati, como te conté, me hice con un coche que tuve que abandonar una vez consideré que me había alejado lo suficiente, ya que no quería correr el riesgo de que la Benemérita pudiese darme el alto e indagar en mi persona si se cruzaban conmigo, llevándome directamente con aquel que dice llamarse mi padre. Escondí el coche tanto como pude en un viejo olivar apartado del camino, que parecía haber padecido un vendaval de fuego que lo dejo inútil. Después escribí a Miguel, el Gato, para darle las indicaciones de dónde podían encontrarlo antes de que algún desgraciado lo encontrase y lo hiciese producto de chatarra.

Me hospedé en varios pueblos muy cercanos entre sí, vigilando cada céntimo que gasto. En ellos no pasaba más de dos noches, en algunos como máximo tres, y sólo en aquellos lugares lo bastante lejanos a Torrejón de Velasco como para aportarme algo de seguridad. ¡Ay, mísero de mí, amigo! ¿Seguridad? ¿Acaso estamos seguros en algún lugar de esta nuestra tierra, esta España irreconocible, que se destroza a sí misma por política, poder o reconocimiento? En este lugar se ha dejado sueltas a bestias a las que han concedido unas atribuciones inmerecida, han sustituido una autoridad que funcionaba por otra nueva, injusta, que reparte dolor y sufrimiento a quienes ellos juzgan y condenan. Emilio, te digo esto porque precisamente allí donde yo creía encontrarme a salvo, por poco termina siendo mi última etapa.

Estaba yo durmiendo en la habitación de una pensión en la que me había detenido sin pensarlo, porque había empezado a llover y me pareció un buen sitio donde guarecerme. Dormía, como digo, cuando fui despertado a media noche con golpes y gritos en las paredes y puertas. Al parecer, el marido de la pobre dueña del lugar fue militante del Ejército Republicano, y qué mala suerte la mía, quiso la casualidad que, esa noche, una milicia de falangistas acudiera allí para hacer un reconocimiento. No creas que preguntaron; nos sacaron a todos los que allí habíamos decidido abandonarnos al sueño, con la ropa de cama, y nos pusieron a caminar descalzos por caminos que no había transitado nunca, asustados y desorientados, bajo una lluvia que no concedía tregua. Yo llegué a perder el rumbo, vi amanecer, vi atardecer, vi anochecer, y cuando consideraba la posibilidad de desmayarme pude darme cuenta de que habíamos llegado a la misma pensión de la que habíamos partido la noche anterior. Lo último que recuerdo fue la voz de uno de estos malnacidos de la Falange, que desde la comodidad de su caballo gritaba: ¡Esto sólo ha sido para que os lo penséis dos veces antes de hospedaros en casa de basura roja!

Me contó la pobre señora que, desde que la guerra finalizó, apenas podía mantener el hostal ella sola. Nadie quería trabajar allí. Su marido fue fusilado unos días después de que Franco declarase el Día de la Victoria. Tristísima, me dijo además que era la tercera vez que venían a molestarla a ella y a sus pocos clientes, que en el pueblo ya era la apartada, la escoria. Pero ella realmente nunca había sido partidaria de ningún bando, y por tanto consideraba culpables a unos tanto como a otros. Sin ir más lejos, ella no entendía aún por qué unos republicanos, que al parecer huían en grupo hacia los montes de León, decidieron refugiarse en la iglesia del pueblo para hacer noche, y que al abandonarla, la dejaron ardiendo entre llamas de las cuales sólo pudo salvarse la tarima del altar mayor, confirmando así la teoría de la dueña de que ni un lado ni el otro se estaba comportando. Y sólo por ello, ella pagaba los platos rotos, añadió con un hilillo de voz.

Esa noche permanecí en aquel hostal del que me negué a marcharme, convirtiéndome en su único inquilino, aun corriendo el riesgo de acabar de nuevo en manos del demonio, en parte por solidaridad y en parte porque aquella aventura nocturna no le había sentado bien a mi maltrecha salud, y desde entonces no consigo quitarme una tos pertinaz que sólo atino a detener con algo de tabaco. A la mañana siguiente, fui a despedirme de la buena señora. Me encontré meciéndose suavemente del extremo de una cuerda el cuerpo colgado de aquella mujer, de quien no supe el nombre, a la que sin usar manos o armas acabaron matando poco a poco; tanto, que sus ganas de vivir se agotaron del todo y decidió quitarse la vida. Aparte de la impresión, que fue mucha, sentí tristeza por ella, pero sobre todo rabia por las injusticias que se estaban cometiendo entre vecinos, amigos y familiares a los que una guerra no les pareció suficiente castigo. Además, me dio mucha ternura ver que me había dejado el desayuno, envuelto pulcramente en una servilleta. Para evitar pesquisas sobre mí, tuve que dejarla tal cual la encontré, pero lloré por ella luego, mientras comía.

Continuando mi viaje hacia Madrid, me crucé con varios camiones que se ofrecieron a llevarme un poco más cerca de aquí. Por lo que me dijeron, transportaban wolframio, un metal que al parecer es muy apreciado por Alemania para sus carros de combate. Con este mineral, España está haciendo un negocio redondo y llenando sus arcas de oro y divisas posiblemente pertenecientes al expolio judío. ¡Sólo de pensar que de algún modo estamos participando en todo esto, me enferma aún más!

Pues bien, amigo mío, cuando por fin, tras un par de semanas de camino, rodeando por pueblos y caminos con el afán de despistar a quien se empeñe en encontrarme, llegué hasta el olivo donde recogí la llave del que, por el momento, es mi nuevo hogar. Fue muy duro regresar allí, tan cerca del hospital donde vi por última vez el rostro de mi querida madre. Fue hace apenas tres meses, pero ahora se me antoja muy lejano. Los recuerdos se agolparon, tan intensos, que tuve que permanecer sentado junto al olivo unos cuantos minutos. Tras recobrar las fuerzas, puse todo mi empeño en olvidar y continuar para por fin entrar de lleno en esta gran ciudad, la que fue mi segunda casa, la que considero y consideré siempre mi región y lugar de partida y llegada, aun no habiendo nacido en Madrid.

Lo primero que hice fue empeñarme en localizar el piso de tu maestro. ¡Menudo barrio! Ya había olvidado lo que era la clase alta y vivir con comodidad. Fue llegar y acordarme de mis tiempos de niño. ¿Sabes? Aquí, en este mismo barrio, vivíamos mi familia y yo. Cuántas veces habré corrido por estas calles, jugando al escondite con los amigos. Ni mucho menos se parece a aquella imagen que tengo guardada en mis pensamientos, es todo… como más pequeño. ¡Qué cambiado está todo!

Al entrar en el bloque, la portera directamente me dijo: “Usted debe de ser el sobrino del doctor, sígame” y me llevó hasta la misma puerta intentando sonsacarme información, en baldío propósito. Una vez entré en el piso, lo que más me sorprendió fue encontrarme allí una máquina de coser como la que usaba mi madre, una Singer. Parecía la protagonista de aquel enorme salón. No pude evitar acercarme a ella, tocarla e imaginar a la señora Águeda cosiendo los remiendos que yo estropeaba tarde sí, tarde también. Puedo suponer que tu maestro la compraría para su esposa, si es que tuvo, o su propia madre, y la conserva como recuerdo, como una forma de tener presente a quien la hacía funcionar una y otra vez.

Una vez terminé de instalar mis pocas pertenencias, reuní algo del dinero que aún conservo y salí a pasear por la ciudad, con la idea de acercarme a la verbena de San Isidro. Primero fui directo hacia la calle Montera, donde sabía que encontraría las mejores camiserías del lugar. Viendo que don Álvaro es más corpulento que yo, y por tanto no puedo aprovechar sus prendas, debía hacerme con algo de ropa nueva, sobre todo para pasar desapercibido en el barrio y parecer el sobrino de quien desde ahora soy para los vecinos. ¡Menuda calle tan ajetreada! No dejaban de pasar coches, carros, tranvías desde la puerta del Sol y todo tipo de personajes que debían de llevar mucha prisa.

Una vez me hice con un par de camisas, me encaminé hacia la Sedería Carretas y la calle Preciados, en busca de una sombrerería donde mi padre me mandaba recoger sus pedidos. Allí estaba, la sombrerería Zapater. Tenía que buscar un modo de poder pasear estos días, para no tener que encerrarme y poder aprovechar mi estancia de nuevo en Madrid, ocultarme tanto como pudiese pero sin llamar demasiado la atención, así que compré un par de sombreros también, uno de ellos de esos tiroleses que se usan para la caza. Al parecer y según el dependiente, era lo mejor para caminar por la ciudad y sentirse fresco aunque protegido. Encargué que un chiquillo me llevase las compras a casa.

Estando tan cerca, me vi en la obligación de hacer una visita a la Iglesia de San Ginés, junto al teatro Eslava. Allí escuchaba misa domingo tras domingo, y si me apuras, cualquier día que pudiese considerarse festivo para una mujer tan religiosa como mi madre. La iglesia parecía haberse salvado de todo mal procedente de republicanos o de la propia guerra. Cierto es que, por si no lo sabes, esta pequeña parroquia está enclavada en un lugar de recia solera costumbrista, o debería decir en uno de los barrios más católicos de la capital. Qué sorpresa la mía cuando vi el rostro de quien recitaba en latín aquellas palabras que lograban dormirme en pleno día: don José Ignacio, el párroco del templo desde que yo lo conozco. Estaba arrugado, canoso, pero con su misma actitud serena y severa. Estoy convencido que fue él quien le concedió la extrema unción a mi madre por petición suya antes de morir. Tuve la tentación de preguntarle, pero no podía arriesgarme sin evitar sus preguntas y conclusiones, y posiblemente hasta acabase reconociéndome, y quién sabe si denunciándome.

Tras caer en la cuenta, salí de nuevo a la calle Arenal y tomé un tranvía con la intención de llegar a la pradera de San Isidro, y acercándome, vi los testimonios de la fiesta, que atraía a todos los comerciantes de los alrededores. Allí había aguadoras que vendían agua en botijos, que por unos reales saciaban la sed de los que por allí pasaban, y vendedores de pipas o altramuces, afiladores de cuchillos que se anunciaban con el tañido de una ocarina, paragüeros y lañadores que restauraban cacharros de metal o barro, teleros que vendían sus telas a crédito, ¡y a qué precios!, meleros que ofrecían miel de la Alcarria, chatarreros, traperos, basureros y colchoneros. Me bajé del tranvía para mantener una conversación con uno de estos últimos, porque me comía la intriga de no entender por qué golpeaban con varas de fresno la tela del colchón tras el lavado. Al parecer, ahuecan así la lana para eliminar las pellas que están en malas condiciones, dejándolas así listas para un nuevo uso. Incluso escuché a un señor pidiendo que sacaran lana de su colchón para, una vez lista, dejarla para que su hijo recién casado se hiciera su propio colchón.

Evité continuar por aquella zona llena de vida, tras la advertencia de este buen hombre, que si querer, o queriendo, diría yo, me advirtió de que no llegara más allá de los lavaderos cubiertos de Delicias, ya que era una zona de progresistas y republicanos, a los que la Guardia Civil tenía prácticamente cercados, y donde a diario había multitud de problemas. Consideré seguir mi camino hasta la pradera, pero la tos no cedía, y cansado, decidí regresar a mi nuevo hogar. Cogí uno de los tranvías, un cangrejo. ¡Qué gracia me hacía esa expresión poco antes de que la guerra comenzase! Recuerdo que me contó mi padre que se llama así a los de color rojo, y canarios a los amarillos. Diez céntimos bien invertidos, porque sin darme cuenta, apenas había descansado, y mis piernas necesitaban un respiro. Además, contemplar desde la “jardinera” el (ahora para mí) irreconocible Madrid era tanto un placer como una frustración tras tanto cambio.

Y aquí estoy, sin haber visitado aún la verbena, escribiéndote estas líneas desde el bienestar que me has proporcionado y que no se cómo agradecerte.

Antes de despedirme no quisiera olvidarme de tu episodio relacionado con tu hijo Miguel. Si consideras que marcharte es la mejor solución, y con ello aquella misteriosa mujer decide dejaros en paz, habrá merecido la pena, y si al mismo tiempo ese viaje sirve para ayudar a tu amigo Dalmacio, será más que oportuno. Creo que el Destino lo dispone todo a su intención para que una cosa lleve a la otra sin apenas darnos cuenta. Como se suele decir, matas dos pájaros de un tiro.

Doy por hecho que leerás esta carta una vez hayas regresado y que entonces podamos vernos, pues sabes bien dónde encontrarme. Para entonces, espero que todo esté enderezado y puedas disfrutar de un tiempo de paz y respiro. Yo mismo fui quien introdujo bajo tu puerta estas líneas, así que no te alarmes.

Compañero mío, deseando que podamos encontrarnos cuanto antes y poder devolverte el abrazo que prometí, se despide tu amigo que te aprecia,

Luis Miguel.

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