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	<title>Tres líneas</title>
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	<description>A Emilio, a Dalmacio y a Luis Miguel la guerra les venció, pero no se sienten vencidos, y para mantener vivo este sentimiento de esperanza, deben continuar en contacto…</description>
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		<title>Epílogo: De Miguel a Luis Dalmacio</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Dec 2013 17:52:19 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 29 de diciembre de 2013</p>
<p>Mi querido hermano Luis:</p>
<p>Como puedes ver en estos tiempos de Internet, de teléfonos móviles, de rapidísimas comunicaciones, he preferido escribirte esta carta de mi puño y letra para que ella te transmita, si puede ser, lo que siento en estos momentos. En ella quiero reflejar mi AMOR, así ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 29 de diciembre de 2013</p>
<p>Mi querido hermano Luis:</p>
<p>Como puedes ver en estos tiempos de Internet, de teléfonos móviles, de rapidísimas comunicaciones, he preferido escribirte esta carta de mi puño y letra para que ella te transmita, si puede ser, lo que siento en estos momentos. En ella quiero reflejar mi AMOR, así con mayúsculas, a Tata Prado, al tío Manuel y sobre todo a nuestros padres y abuelos, que nos hicieron sentirnos hermanos desde el primer día y así será hasta que abandonemos este mundo.</p>
<p>Qué nudo tengo en el pecho, hermano mío, al recordar toda nuestra vida y contemplar desde la distancia, desde lo alto de mis setenta y dos años, la grandeza de alma, los valores que atesoraba nuestra familia y que supieron transmitirnos. Los recuerdos se me agolpan en la memoria. ¡Cómo nos pegábamos con cualquier chico del pueblo que insinuara que uno de los dos era recogido! Viene también a mi memoria cuando Tata Prado se le escapó que padre había muerto de una puñalada, cuando siempre nos habían dicho que murió atropellado…</p>
<p>Todas estas incógnitas y otras estaban en mi subconsciente y yo quería saber lo que había de cierto en todo ello. Ahora sé muchas cosas, aunque sólo sea en parte, pero me siento aliviado, como si se hubiera abierto una ventana que llevaba toda la vida cerrada, y estoy contento y agradecido por haber comenzado estas investigaciones, a pesar de tu oposición inicial. Creo y espero que tú también estés satisfecho.</p>
<p>He descubierto que los rumores eran ciertos. Nacimos de distinta madre y de distinto padre. Por una parte, no me importa. Hoy más que nunca te siento como verdadero hermano, a pesar de no llevar la misma sangre. Porque, Luis, ¿qué es ser padre o madre? Elena, nuestra madre, nos amamantó a los dos y siempre he oído decir, y sabido por mi profesión, que una mujer cuando da el pecho a su hijo siente como le transmite la vida, más, mucho más que cuando está en su vientre y, luego los padres te alimentan, te educan, pasan las malas noches a su lado, te forman para la vida, pero sobre todo, te dan su inmenso cariño y, esto no nos ha faltado.</p>
<p>Hermano, creo que si se nos hubiese hablado con toda naturalidad de lo que sucedió, si Tata Prado no se hubiera callado lo que sabía, yo no hubiera tenido suspicacias. Porque ella lo sabía, pero le juró a nuestro padre, Emilio, que no lo diría. Y ya ves, fue fiel a su juramento y siento admiración por ella. ¡Cargar toda la vida con ese peso!</p>
<p>Sabes bien que en esa época, nuestros mayores pensaban que había cosas que los pequeños no debíamos saber, y cuando preguntabas te respondían que eso no era cosa de niños, que ya lo entenderíamos cuando fuéramos mayores, y si insistías te podías llevar un buen cachete, o un pescozón, o…</p>
<p>Más tarde, cuando Tata Prado ya había fallecido, encontré entre unos papeles la partida de defunción de nuestro padre en la que constaba como causa de la muerte “politraumatismo por atropello”, firmada por testigos cuyo nombre jamás se había mencionado en casa. Cuando le pregunté a madre, me respondió que me olvidara de esas cosas tan dolorosas y que había pasado hacia tanto tiempo. Como sabes, esa partida me pareció muy irregular, y por ello quise investigar más en el procedimiento forense del atropello. Gracias a mi profesión, yo podía entender bien lo que allí pusiere.</p>
<p>Me costó mucho que me lo dieran, y cuando lo tuve en mis manos, pude comprobar que estaba lleno de anomalías. Por ejemplo, la instrucción se había hecho a toda prisa, la autopsia estaba firmada unas pocas horas después del suceso ¡en la madrugada de un día festivo!, había nombre irreconocibles, las firmas se parecían mucho, como si una misma persona hubiera firmado en varios sitios… Había algo que no cuadraba, lo que avivó mi interés por saber.</p>
<p>Además, te diré que fue una casualidad, ¿casualidad o providencia?, la que en un congreso de medicina me llevó a coincidir con un tal Rodrigo Lamata, el cual, al reconocer, mi apellido me hizo un comentario sobre lo que su padre afirmaba. Decía que él le debía mucho a nuestro padre. A partir de entonces, he invertido mucho tiempo y dinero siguiendo una corazonada y he descubierto todo lo que te cuento, y que podrás leer en las cartas de padre y de sus amigos. Santiago se ha dado un salto hasta Oviedo y ha comprado un escáner para hacernos con ellas, ya que el cura de Marcenado no nos permite llevarnos los originales.</p>
<p>Por eso, ya jubilado, con tiempo, ganas, salud y recursos, me puse en serio a investigar la historia de nuestro padre. Faltando madre y el tío Manuel, ya no iba a hurgar en las heridas de nadie ni iba a faltar el respeto al hombre que nos crió. Coincidió también que encontré una carta de padre fechada el 1 de junio de 1941, en la que pedía a madre que se reuniera con él en Madrid para la entrega de una cátedra a alguien, y para el funeral de don Álvaro Cervello de Guillerna, de quien yo creía que era el padrino de padre pero no, era un profesor suyo y su protector en el ejercicio.</p>
<p>En ella hablaba también de su amigo Luis Miguel Herranz, que al parecer ocupaba en esos momentos la vivienda de don Álvaro. Me llamó la atención esa circunstancia, pues no parecía haber relación entre el doctor y este amigo de padre, y quise investigar un poco por ese lado. Quizá ese tal Luis Miguel, aunque no aparecía entre los papeles del procedimiento forense de la muerte de padre, viviendo en Madrid y teniendo relación con él, podía seguir vivo y yo podría hablar con él, o quizás habría dejado algo escrito. Era un hilo muy fino, pero tiré de él.</p>
<p>La partida de defunción de este tal Luis Miguel apareció varias semanas después de iniciar la pesquisa, en un minúsculo municipio de Asturias llamado Marcenado del Moire, con fecha del 22 de julio de 1941. Además, mi nieta Elvira me ayudó a buscar en Internet y encontró un anuncio publicado en el periódico italiano Il Messaggero en 1942, en el que se ofrecía una recompensa por cualquier noticia de Luis Miguel Herranz Castillejos, dando razón de un despacho de abogados en Madrid. Resultó que el despacho de abogados seguía en funcionamiento, ahora con el nombre de Urrutia, Galdós y Santos, y fueron tan amables de atenderme.</p>
<p>Allí di con un amabilísimo administrativo encargado del archivo del bufete, llamado Jorge García, quien se tomó como un desafío profesional encontrar entre sus legajos alguna referencia al desdichado Luis Miguel Herranz, a quien seguían buscando después de muerto. Resultó que el padre de éste, cliente del despacho en los años 40, había lanzado aquella búsqueda. Al parecer, no había conseguido noticias del paradero de su hijo, aunque sí aparecieron unos extractos bancarios que indicaban que había dispuesto de la herencia de su madre, retirando elevadas cantidades de varios bancos asturianos durante los últimos días de julio y primeros de agosto de 1941. Para entonces, ya estaba muerto, según la partida de defunción.</p>
<p>No obstante, era posible que nada de esto tuviera que ver con la muerte de padre. Al fin y al cabo, padre murió en Madrid dos días antes que su amigo. Pero esa cercanía de fechas me resultó llamativa. Era indudable que ahí había pasado algo, tuviera que ver con padre o no. Por otra parte, no tenía muchas más pistas que seguir, así que convencí a Chelo y en verano nos trajimos a la familia de vacaciones a una casa rural de Marcenado del Moire.</p>
<p>Como ya te conté, resultó ser un pueblo muy agradable y chiquitín, con un par de bares y unas impresionantes vistas del valle, donde los chicos se lo pasaron en grande, y Elvira, que primero vino de morros porque quería pasar las vacaciones con sus amigas, se echó un novio de verano en el pueblo con el que parece que la cosa va cuajando, a pesar de la distancia. Por mi parte, aproveché para preguntar a todos los que veía más viejos que yo sobre el tal Luis Miguel, y casi todos me remitieron a un tal Xoaquín, a quien llamaban “el comunista”, que tenía más de noventa años y era la memoria viva del pueblo. Lamentablemente, el hombre había tenido un achuchón de salud y su hija se lo había llevado con ella una temporada a la ciudad, y no me fue posible hablar con él.</p>
<p>Ahí quedó la cosa durante unos meses, hasta que a principios de diciembre, Elvira me dijo que su novio asturiano, con el que pasa eternidades viéndose por el ordenador, le había comentado que Xoaquín el comunista había vuelto al pueblo para pasar el invierno, quejándose de que la ciudad le estaba matando. Le pedí a mi nieta que su novio hablara con el anciano, pero el chico respondió que era difícil hablar con él, pues estaba muy sordo, y añadió, con mucha razón, que no sabría qué preguntarle ni sabría interpretar sus respuestas. Además, Elvira había aprobado todos los exámenes, y no me costó mucho convencer a su padre de que me acompañasen los dos en un viaje a Asturias para hablar con el tal Xoaquín, y de paso, que la niña viera a su romeo.</p>
<p>Llegamos el día después de Navidad, y encontramos el precioso pueblo medio vacío, aunque aún vivo. Fue fácil localizar a Xoaquín, un viejo pequeño y algo encorvado, con una gorra encajada hasta las orejas de trasgo y pocos dientes, quien efectivamente estaba muy sordo, pero con todos los engranajes de la cabeza funcionando como los de un reloj, cuidado por una mujer ecuatoriana cuya voz, hasta el momento, no hemos llegado a escuchar. Nos recibió en la cocina de su casa, presidida por un enorme hogar de hierro al que echó un par de troncos para estar más a gusto. Olía a cocido. Le dije a voces quién era, pero no me entendía, así que mi hijo sacó una libreta del coche y escribió nuestro nombre en un papel con unas letras bien grandes. Xoaquín leyó los apellidos, moviendo los labios, y pude ver que se le encendía una luz en la cabeza. Sabía quién era yo.</p>
<p>Entonces me hizo señas de que me sentara junto a él, estudió mis facciones con los ojos blanquecinos de cataratas, me señaló con un dedo lleno de nudillos y me dijo que había conocido a mi padre. Me quedé sin respiración. Noté que Santiago me agarraba del brazo, y juntos prestamos toda nuestra atención a ese hombrecillo de orejas sobresalientes mientras nos contaba que padre había sido muy amigo de un vecino del pueblo, residente en una quintana a las afueras. También me dijo que sabía dónde estaba enterrado Luis Miguel, y que era probable que supiera algo más. Habíamos dado con un filón. Se hizo el misterioso y casi me da un infarto de la emoción, pero no quiso decir ni una palabra. El señor Xoaquín tenía sus propios tiempos.</p>
<p>Se levantó de la silla, con un crujir de huesos, tomó una garrota que parecía de bambú, con unos nudos sobresalientes a intervalos regulares, a juego con sus nudillos hinchados por la artrosis, se despidió de la ecuatoriana, se caló un poco más la gorra y echó a caminar con un vigor sorprendente. Primero nos llevó cuesta arriba, por un camino que, a todas luces, hacía mucho que no se utilizaba. Llegamos hasta las ruinas de una casa enorme, que el hombre nos señaló que había sido un molino en tiempos, y que fue quemada por los falangistas hace muchos años. Aún se veían las piedras ennegrecidas por el incendio. Dejando la casa atrás, nos llevó hasta un viejo recinto rodeado por una verja corroída de orín, y allí nos señaló la tumba de Luis Miguel. Estaba marcada por una simple cruz de hierro y un cartelito escrito a mano, con las letras casi borradas. Coincidía con la partida de defunción. Luego me enteré de que fue este hombre, allí enterrado, quien nos regaló las medallas de la Divina Infantita que tenemos desde que nacimos.</p>
<p>El viejo esperó pacientemente, sentado en una piedra y apoyado en su garrota, chasqueando los labios y mirando hacia la quintana hundida, y cuando consideró que ya habíamos visto suficientes lápidas de gente apellidada Argüelles, ninguno de los cuales parecía tener ninguna relación con este tal Luis Miguel, se volvió a levantar con la sonajera de huesos y enfiló hacia la iglesia del pueblo.</p>
<p>Se detuvo un momento antes de entrar en el templo, como si temiese estallar en llamas al atravesar el umbral. No ocurrió. En cambio, miró alrededor y, al no ver al cura en la iglesia vacía, golpeó con el bastón uno de los bancos, levantando ecos por todo el edificio. Apareció el párroco, se lo llevó a un aparte y allí el comunista le dio en susurros unas instrucciones, sin atender a razones, pues no era capaz de escucharlas.</p>
<p>El cura desapareció en las profundidades de la iglesia mientras el señor Xoaquín esperaba sentado en un banco, apoyado en su garrota y con los ojillos de trasgo brillantes, sin querer darnos más explicaciones. Al rato, volvió el sacerdote, preguntando quién quería consultar el expediente. Me levanté y supuse que era yo. El viejo me sonrió, se levantó de nuevo, se llevó la mano a la gorra, que por supuesto no se había quitado, despidiéndose de nosotros y diciendo que ya sabíamos dónde encontrarle, y se fue.</p>
<p>El cura nos guió hasta un despacho en la sacristía, iluminado con la maravillosa luz de un día claro de invierno en Asturias que entraba por una enorme ventana, con una silla, un escritorio de madera y, descansando sobre él, un enorme legajo atado con un cordel. El párroco se ofreció a ir a buscar otra silla para Santiago, y cuando volvió con ella, yo ya había deshecho el atadijo y empezado a leer. El hombre nos hizo prometerle que le contaríamos de qué trataba todo aquello, y nos dejó tranquilos.</p>
<p>Cómo contarte, Luis, todo lo que encontramos en aquellos papeles. Se trataba de la correspondencia entre Luis Miguel, padre y otro amigo común a ambos, un tal Dalmacio Argüelles. Fueron compañeros durante la guerra, y forjaron tal amistad que tú y yo recibimos nuestros nombres por ellos. Las cartas abarcan unos dos años, desde el final de la Guerra Civil hasta agosto de 1941, y cuentan todo lo que pasaron nuestros padres durante aquellos tiempos de su puño y letra. Santiago está sacando copias de todas las cartas en su aparato.</p>
<p>Padre no murió atropellado, Luis, ni apuñalado. El cuerpo que hay enterrado en su tumba, en Madrid, es de quien fue el marido de la Tata Prado, que no murió en la guerra. Padre hizo pasar ese cadáver como suyo y se exilió con nombre falso, probablemente a México, con su amigo Dalmacio. Pronto te haré llegar una copia de las cartas y tú mismo podrás leer toda la historia.</p>
<p>Así, he sabido las circunstancias de mi nacimiento. Nací de una mujer llamada Francisca Molero, que era vecina de padre en Toledo, y de padre desconocido. No somos mellizos, aunque seamos hermanos. Esta mujer se tiró por una ventana a las pocas horas de parirme, loca de sufrimiento, y padre, sin pensarlo un minuto, me llevó consigo a casa, y madre me aceptó como hijo suyo sin dudarlo, y jamás hizo mención al asunto. Qué grandeza de espíritu por parte de ambos.</p>
<p>Estoy muy satisfecho de haber empezado esta búsqueda. Elvira y Santiago viven esto como una aventura, pero yo lo vivo como el colofón de mi vida. Sabes que siempre he tenido ese hueco; el pasado, las decisiones de mis padres, todo eso es una parte de mí, y es una parte que ha estado desdibujada hasta ahora. Tú, por ejemplo, nunca has tenido esa necesidad, ni Rita tampoco, pero yo sí. Necesitaba aclarar ese espacio lleno de niebla, incluso a mis años, cuando no me queda más que vivir con mi mujer y disfrutar de los nietos.</p>
<p>Pero también ha sido por ellos, y por mis hijos, porque también es su historia, también tienen una esquina de su pasado borrosa. Ahora he conseguido iluminar parte de esa neblina, y dudo que pueda llegar mucho más allá, pero por lo menos me quedo con la conciencia tranquila de que he hecho lo que he podido, y que he llegado a conocer al hombre que torció mi destino de hijo bastardo de un labriego y me lo cambió por el de hijo legítimo de un médico, y luego hijo putativo de un ingeniero. Le debo mi vida.</p>
<p>Ahora sé cómo nací, y sé que mi madre, Francisca, me amaba. Podía haberse tirado al río embarazada de mí, pero no lo hizo. Esperó a que yo naciera, me dio de mamar, me envolvió cuidadosamente y sólo cuando supo que yo iba a estar bien, cedió al impulso de matarse. Esto me emociona hasta las lágrimas, Luis. Pobre mujer, sobre quien cayeron tantas desgracias. Le agradezco tanto lo que hizo… Estoy seguro de que ese amor que me dio en los pocos momentos que estuvimos juntos me ha alimentado toda mi vida, sin saberlo.</p>
<p>Aunque padre menciona en sus cartas que Francisca tenía otros hijos de su marido, realmente serían sólo medio hermanos míos. No tiene sentido buscarles para contarles la última desventura de su madre, quien, al parecer, consiguió ocultarles lo que le había ocurrido. Esa historia es mejor dejarla así. Y del hombre de cuyos lomos yo haya salido, no quiero saber nada, aunque pudiera encontrarle. Encargaré unas misas por Francisca Molero, una mujer tan valiente como infortunada, y la llevaré siempre dentro de mí.</p>
<p>No sé qué fue de padre y su amigo Dalmacio una vez decidieron exiliarse, y no sé cómo averiguarlo, pues partieron con nombres falsos y esos no he conseguido averiguarlos todavía, ni sé si lo conseguiré. Quizá murieron durante la travesía, como don Álvaro Cervello, o quizá llegaron e iniciaron una nueva vida. Lo lógico hubiera sido que padre, una vez establecido allí, hubiese intentado ponerse en contacto con madre para reunirnos todos, pero eso no es tan sencillo como parece.</p>
<p>La última carta de todas era de padre y estaba dirigida a madre. En ella, fechada el día 8 de agosto de 1941, le cuenta su intención de huir a México y deja encargado al cura del pueblo en aquel momento, un anciano llamado don Roque, de enviar la carta. Esta mañana, me he acercado al cementerio de Marcenado del Moire, para curiosear, y he encontrado la tumba de ese cura. Según consta en la lápida, murió el 9 de agosto de 1941, a los 92 años de edad, al día siguiente de que padre y su amigo Dalmacio partieran. Por eso, la carta que le envió a madre diciéndole que no estaba muerto nunca llegó a su destino.</p>
<p>Por otro lado, las personas que podían haberle dicho a madre que no era viuda eran Tata Prado y el doctor Vicente Lamata. Tata Prado, según consta en las cartas de padre, le juró que no se lo contaría, y al doctor Lamata no le interesaba comprometer la mitad de su consulta con un rojo fugitivo. Así, madre quedó libre, y en cuanto nació Rita pudo casarse con el tío Manuel. Y sin saberlo, cumplió la voluntad de padre, de llamar a la niña Margarita, como su madre fallecida. Al mudarnos a Madrid y morir al poco los abuelos, padre, si llegó con vida, ya no supo dónde encontrarnos y la relación se perdió para siempre.</p>
<p>Creo que madre tuvo sus sospechas de que la muerte de padre no había sido trigo limpio, pero es posible que temiera perdernos, pues había sido ella quien había abandonado el hogar, y quien se iba, perdía a los hijos. Es posible que también por eso rehusara volver a Madrid cuando padre se lo pidió. Por otro lado, seguramente Vicente Lamata cobró cuantos favores le debían para acelerar el procedimiento forense y conseguir el certificado de defunción en el menor tiempo posible, pero todo el mundo salía ganando con la mentira. Al fin y al cabo, tú y yo hemos tenido una buena vida, Rita también, y hemos tenido dos hermanos más y un padre para hacer de nosotros una familia. Estoy muy contento, Luis.</p>
<p>Mañana o pasado, Santiago habrá terminado de copiar todas las cartas. Quisiera encontrar a las familias de esos dos hombres, Luis Miguel y Dalmacio, que formaron tan extraordinario lazo con padre a través de su amistad, para entregarles una copia. Supongo que, al igual que nosotros mantenemos amistades desde los tiempos de nuestra mili, en la guerra con más razón se forman vínculos tan estrechos que ni la distancia ni el tiempo pueden con ellos.</p>
<p>Volveremos a casa a tiempo de comernos las uvas con vosotros, como siempre. Prometo contaros con detalle toda la historia. Como no termine pronto esta carta, llegaré yo antes.</p>
<p>Un abrazo de tu hermano que te quiere,</p>
<p>Miguel.</p>
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		<title>Carta 46: De Emilio a Elena</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1941/08/carta-46-de-emilio-a-elena/</link>
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		<pubDate>Fri, 08 Aug 1941 19:05:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 8 de agosto de 1941</p>
<p>Mi querida Elena:</p>
<p>Quisiera verte en persona para poder explicarte por qué clase de galimatías del Destino he terminado en esta situación, y de paso, pedirte disculpas por todo. Antes tenía alguna esperanza de que me perdonaras por haber sido un mal marido y un mal padre, por haber ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 8 de agosto de 1941</p>
<p>Mi querida Elena:</p>
<p>Quisiera verte en persona para poder explicarte por qué clase de galimatías del Destino he terminado en esta situación, y de paso, pedirte disculpas por todo. Antes tenía alguna esperanza de que me perdonaras por haber sido un mal marido y un mal padre, por haber sido un ciego ignorante, por haberme dejado deslumbrar por los oropeles de una vida que no me estaba destinada, por haber permitido que te escaparas entre mis dedos. Ahora tengo serias dudas de que vaya a conseguirlo jamás, porque a todo lo anterior hay que añadir que soy un embustero y un fugitivo, y es posible que muera pronto. Sólo espero que leas esta carta antes de tirarla al fuego, y entiendas los motivos que tuve para actuar como lo hice.</p>
<p>Supongo que a estas alturas, Vicente Lamata te habrá puesto al día de cómo don Álvaro me nombró heredero de casi todos sus bienes y de cómo él me ayudó a tomar posesión de esa herencia. Mi maestro lo había dejado todo bien arreglado y fue una transición sencilla, aunque debido a lo cuantioso de las propiedades e inversiones, tuvo su trabajo. No obstante, el día 17 de julio de este segundo año triunfal dimos los últimos toques a los fondos y a las renovaciones de alquileres, y quedamos en vernos al día siguiente, aniversario del final de la guerra pero disfrazado por el nuevo Régimen de Fiesta de la Exaltación del Trabajo, para así no celebrar el 1 de mayo, como debería ser.</p>
<p>En el transcurso de esos días, yo le había contado mis problemas y las razones de no haberme reunido aún con vosotros en Toledo, así como los temores acerca de los falangistas que me habían amenazado y los intentos de chantaje de los que intentaba hacerme objeto Justina, la hermana de Francisca Molero. Aunque intenté ocultártelos, no subestimaré tu inteligencia pensando que no estabas enterada.</p>
<p>Lo que no le había comentado, en esa primera quincena de julio, hace apenas unas semanas pero hace una vida, era que yo notaba que Prado no dejaba de llorar y apenas comía, pero lo atribuí a que seguía enfadada conmigo y quería que tú y yo nos reconciliásemos a cualquier precio. Tan pesada se había puesto que no le había dicho que te había escrito, pero tampoco le comenté tu fría respuesta.</p>
<p>El día 18, Vicente se presentó a nuestra cita con una sonrisa radiante como no le había visto nunca, en el tiempo que hace que le conozco. Al preguntarle la causa de su alegría, me dijo que su mujer por fin estaba encinta, y que aunque él no tenía la más mínima idea de quién era el padre, no era asunto suyo, y le solucionaba lo que ya se estaba convirtiendo en un grave problema entre sus dos mujeres, una con hijos y otra que no conseguía tenerlos y quería arrebatárselos a la otra. Asumo que a estas alturas estarás al tanto de los detalles de su matrimonio. Dada esta buena noticia y que habíamos terminado los trámites del testamento, quisimos ir a celebrarlo.</p>
<p>Era el día grande y había espectáculos por todas partes. Había programados conciertos, obras de teatro, circo, variedades, corridas de toros, pelota. Toreaba Pepe Bienvenida. Nos compramos unos farias y echamos la tarde en Las Ventas, luego nos fuimos a cenar y después a una sala de fiestas, donde estuvimos hasta casi medianoche. Regresamos a Castellana dando un paseo, aprovechando el frescor nocturno para despejarnos de lo que habíamos bebido, con bastante poco éxito, he de decir.</p>
<p>A medianoche había anunciado un castillo de fuegos artificiales, que Vicente quería ver, pero me parecía demasiado alegórico celebrar con pólvora lo que se ganó con pólvora. Le dije a mi compañero que yo ya había visto cohetes suficientes en la guerra como para no tener ganas de ver más durante el resto de mi vida. Llegados a la esquina de mi casa, escuchamos los primeros petardos y vimos asomar las luces de colores por las azoteas, así que nos despedimos apresuradamente con un apretón de manos y Vicente se encaminó hacia la plaza de Colón, para disfrutar del espectáculo solo.</p>
<p>Di dos pasos en dirección a mi portal. Entonces, ese sentido de alerta que me ha salvado el pellejo unas cuantas veces, que tú bien conoces, me advirtió que algo estaba ocurriendo.</p>
<p>Percibí un movimiento furtivo por el rabillo del ojo, escondido en parte por un escaparate que hacía saliente en la fachada, apenas a una zancada de mí. Todo fue muy rápido, pero cuando repaso los acontecimientos en mi cabeza, como he hecho mil veces y haré muchas más en el futuro, tengo la sensación de que duraron varias horas. Escuché un quejido apagado entre las explosiones, y di un paso para tener mejor ángulo de visión. Vi el rostro de Prado, deformado por el dolor.</p>
<p>En un instante, me hice una composición de lugar. Prado estaba encajada contra el rincón que formaban el escaparate y la fachada, junto a la esquina, aplastada por el peso de un hombre que, por un momento demente en un pensamiento suelto, me recordó a mí mismo. El hombre realizaba unos movimientos que no dejaban lugar a duda de sus intenciones, mientras la mujer protestaba y le clavaba los dedos en los brazos, intentando impedir el ataque sin conseguirlo.</p>
<p>Si dijera que lo pensé, estaría mintiendo. Mi cuerpo se puso en marcha sin contar con mi cerebro. Agarré la chaqueta del hombre y tiré de él hacia atrás, y vi un brillo metálico verde que no alcancé a identificar. Prado trastabilló hacia un lado, mientras él hacía un movimiento para recuperar el equilibrio y me acertaba con el codo en los dientes. Él rugió, yo me quejé, sonó un cohete.</p>
<p>En un acto reflejo, me llevé la mano al rostro, en un tiempo que el hombre aprovechó para sujetarse los pantalones con un puño y aplicar el otro en busca de mi sien izquierda. Sonó otro cohete y un ruido de motor se sumó al estruendo, pero aunque lo oí, no lo escuché. El puñetazo se deslizó por el aire hasta perder fuerza, y entonces el hombre se incorporó, se quedó quieto, se giró hacia Prado y le dijo: Hija de puta.</p>
<p>Al girarse, le pude ver la espalda, y vi que, a la altura del riñón derecho, le sobresalía una navaja encajada hasta las cachas, y que Prado retrocedía hacia la pared, espantada por su propio acto. Entonces le reconocí: era el hombre que había estado rondando mi casa, el que nuestra criada había dibujado. Era su marido, Tomás Segorbe. En ese momento supe qué había sido el brillo verde que había visto antes, que fue el reflejo de un fuego artificial en el filo de la navaja, con la que ese hombre despreciable había estado amedrentando a su víctima. Oí una voz que gritaba. Hubo un destello en el cielo nocturno. Tomás cerró el puño, masculló un insulto y se abalanzó hacia Prado, que no podía retroceder más, pues se lo impedía la fachada. Lejos, comenzó a retumbar una traca. Entonces di un paso al frente y le di un empujón.</p>
<p>Ojalá pudiera retroceder en el tiempo y cambiar algo, Elena. Ese momento me atormentará el resto de mis días. Le doy vueltas y más vueltas, pensando y si, y si… Si él hubiera tenido los pantalones subidos y no se los sujetara con una mano, si no hubiera estado borracho, si no hubiéramos estado cerca de la esquina, si no tuviera una hemorragia interna producida por la navaja, si no se hubieran conjurado los astros, no habría ocurrido lo que ocurrió. Al empujarle, le hice perder el equilibrio. Tropezó con sus propios pantalones y buscó un asidero con la mano libre, que no encontró. Fue a caer cuan largo era en la calle. En ese momento, un camión subía la cuesta y giraba por nuestra calle, pero la propia esquina le impedía vernos y su tamaño le obligó a subirse a la acera. Tomás se metió directamente entre las ruedas del camión. El estruendo de los petardos sofocó el sonido del cráneo al estallar entre los neumáticos.</p>
<p>Ignorante de lo que había ocurrido, pues el ángulo le impedía ver, el conductor continuó subiendo la cuesta. Alguien chilló. Creo que fui yo. La traca terminó y se dispararon más cohetes. Me quedé inmóvil, allí donde mi impulso había terminado, con la mente en blanco, hasta que unas manos me sacudieron. Cuando conseguí reaccionar, vi que era Vicente quien me zarandeaba, preguntándome qué había pasado.</p>
<p>Antes de que atinase a contestarle, él se dio cuenta cuando vio a Prado sujetándose las ropas rotas, los pantalones medio bajados del cadáver y mi labio superior partido. Consideró la situación un momento y tomó el control de inmediato. Nos hizo un breve reconocimiento y de inmediato nos empujó hacia el portal, diciéndonos que nos metiéramos en casa y no nos asomásemos bajo ningún concepto ni encendiésemos luces. Yo no era capaz de pensar y obedecí. Cuando cerré la puerta, alcancé a ver que se dirigía hacia el cuerpo inerte y ensangrentado.</p>
<p>Mientras subíamos las escaleras y los fuegos artificiales terminaban, oí los gritos pidiendo ayuda y los silbatos de los serenos acudiendo al desastre. Cerré la puerta del piso y cuando Prado rompió a llorar, enterré sus sollozos en mi solapa, abrazándola para que no se me notara que estaba temblando como una hoja, y los dos caímos de rodillas sobre el suelo del recibidor, sin creer aún lo que había sucedido. Entonces entendí por qué se había recortado el rostro al verse en una foto: quería desaparecer, borrarse de la memoria humana. Me pidió perdón muchas veces, por haber sido débil, por tonta, pero no quise que siguiera hablando. Temeroso de que nos oyeran los vecinos, tuve que abofetearla para que dejase de chillar entre sollozos. Entonces se giró y vomitó en el suelo.</p>
<p>Hicimos recuento de bajas a la luz del recibidor, que no podía verse desde la calle. Prado tenía un corte feo en el cuello y la nariz partida otra vez, además de arañazos, golpes que se convertirían en cardenales pronto y el cuerpo dolorido. Yo sólo tenía el labio partido, las solapas ensangrentadas y un susto de muerte. Le coloqué la nariz con un movimiento que redobló sus lamentos, esperando no dejársela muy torcida, y le dije que se lavara para poder darle algún punto en la herida del cuello. Por mi parte, me curé a oscuras, en la cocina. Luego recogió el desaguisado y la envié a su cuarto a acostarse, y yo me tumbé vestido sobre la cama, en tinieblas, sintiendo cómo me palpitaba la herida, temeroso de lo que iba a ocurrir. Caí en un sueño inquieto, escuchando una y otra vez el sonido hueco del accidente, que me aterrorizaba más que las visiones de los heridos de guerra que me visitan con las piernas sobre los hombros. Ahora sé que todos estos muertos me acompañan, y vivirán conmigo para siempre.</p>
<p>Cuando la noche empezaba a retirarse y el primer pájaro piaba, unos nudillos en la puerta principal me sacaron de mi duermevela. Era Vicente. Le hice pasar y, con premura, me resumió el plan.</p>
<p>Me dijo que había solucionado mis problemas en una única maniobra: había hecho pasar el cadáver de Tomás por el mío. Le había subido los pantalones rápidamente para conservar las formas, y había empezado a gritar a un ladrón imaginario que supuestamente, me había atacado, me había clavado una navaja en la espalda y que, al perder yo el equilibrio y ser atropellado por el camión, había salido huyendo sin botín. Nadie dudó de la palabra de todo un médico. Encontraron al pobre camionero, quien sufrió un ataque de nervios cuando le contaron lo que había ocurrido, prestó declaración, levantaron el cadáver… Levantó un papel blanco hasta mis ojos: era mi certificado de defunción, firmado por él mismo.</p>
<p>No sabes qué impresión me dio verlo. Estaba muerto, aunque siguiera respirando. Y por un momento, me pareció que había sido así desde hacía exactamente dos años, desde el momento en que la República había perdido definitivamente la guerra. Lo que tenía delante era sólo la constatación de un hecho.</p>
<p>Hablando muy deprisa, me hizo notar que esto solucionaba mis problemas en cuanto a mis perseguidores falangistas, y privaba de aliados a la hermana de Francisca. Lo mejor que podía hacer era desaparecer, buscar nuevos horizontes, y él tocaría las cuerdas indicadas para que la gente de los subterráneos me consiguiera nueva documentación. Ante mi sorpresa al oírle hablar de tan preciado secreto que el doctor Cervello y yo habíamos guardado tan celosamente, él sonrió, y me di cuenta de que era imposible que él, como compañero de consulta de don Álvaro, no hubiera estado al tanto desde el primer momento. En cuanto a vosotros, me señaló que pronto podría escribiros para contaros esta historia, y podríamos reunirnos. Si los falangistas se emborrachaban un día y no encontraban otro divertimento, era posible que me llevaran a dar un paseo y nunca se supiera más de mí. Dijo algo, sin duda pensando en su segunda esposa, que me convenció por completo: “Mejor viuda que la esposa de nadie”.</p>
<p>En cuestión de diez minutos, trazamos un plan que me cambió la vida para siempre. Me preguntó si había algún sitio donde pudiera refugiarme hasta reunirme con vosotros, y si había pensado alguna vez en emigrar. Mi mente voló de inmediato hasta Dalmacio, y la idea que me comentó, hace mucho tiempo, de irse a México con otros republicanos. Lo decidí allí mismo: me escondería en Asturias hasta que vosotros y yo nos pudiéramos reunir. Una nueva vida nos esperaba en México.</p>
<p>Cuando recogí mis cosas, a toda prisa, supe por qué me había resultado familiar la figura del asaltante cuando lo vi en el rincón junto al escaparate: la ropa era mía. Había grandes huecos en mi armario. Sin duda, Prado le había dado algunas de mis chaquetas y mucha de mi indumentaria. Al fin y al cabo, yo solía llevar una bata y no daba mucha importancia a lo que llevaba por debajo, y en efecto, no me había dado cuenta hasta ese momento.</p>
<p>Desperté a Prado, y le hice jurar que no te contaría nada de lo que había ocurrido. Quería hacerlo yo. Me lo juró por Dios y por toda la Corte Celestial, lloró, me besó las manos y me dio las gracias una y mil veces. Le di las llaves del establo y le ordené que se fuera inmediatamente, directa al pueblo, con vosotros, y que si alguien le preguntaba por los moratones, dijera que la mula la había tirado. Pobre acémila, jamás haría una cosa semejante. Nos estrechamos la mano y se fue.</p>
<p>Vicente me dijo que esperaría a que yo estuviese a salvo y que mientras tanto, él se encargaría de la consulta y del patrimonio. Eso me dejaba sin efectivo, pero no tenía importancia; tan fácilmente como había venido, la fortuna se iba, pero a unas manos que la necesitaban más que yo. Ahora me doy cuenta de que, si yo desaparecía del mapa, la consulta se la quedaría él íntegra sin tener que repartir dividendos conmigo. No obstante, así está bien. Hay una amplia hacienda que me dejó el doctor Cervello de Guillerna para vosotros. Se puede vender todo para sufragar vuestro viaje a México.</p>
<p>Tampoco es que nos haga falta, gracias a mi amigo Luis Miguel. Pero no quiero adelantarme. Mi tío siempre decía que, en aras del entendimiento, había que contar las cosas en el orden en que habían ocurrido.</p>
<p>Salí con las claritas del día, ocultando mi rostro con un sombrero y mientras los barrenderos municipales intentaban limpiar en la calle la sangre de los adoquines, con una maleta, mis cartas y todo el dinero que había en casa. Llegué a la estación de Atocha y antes de entrar, vi a una pareja de la Guardia Civil fumando un cigarrillo en la puerta, con la fresca. Atinó a pasar un tranvía por delante, descarté de inmediato el tren y me subí, sin saber dónde me llevaba. Resultó ser el 21, que me llevó hasta el Paseo de Aceiteros. De allí, me escabullí hasta la carretera, le hice señas a un camión para que parase y resultó que iba a Segovia. Recordé que mi amigo, el marchante de aceites, tenía allí un almacén, y crucé los dedos para que no estuviera de viaje.</p>
<p>Hubo suerte: estaba en la ciudad. Concidiendo con mi llegada, el marchante había recibido una citación en la que le convocaban para responder de unos cargos de contrabando tan inquietantes como ciertos, aparte de otras acusaciones que él asegura proceden de sus competidores, y cuando le hablé de mi destino en Asturias encontró la idea de ese viaje tan de su acomodo que se vino conmigo. Juntos, llegamos a la Quintana, esperando ver a mis amigos.</p>
<p>No pudo ser. Luis Miguel había muerto apenas unas horas antes de nuestra llegada. Preparamos el cuerpo para su eterno descanso, mientras yo le hablaba y le contaba cosas de los niños, de nuestra vida futura, de los posos que me había dejado nuestra amistad, pues como bien sabes, creo que en la existencia del alma, y creo que, aunque su pobre cuerpo enfermo no pudiera más, él permaneció allí un rato, esperándome, y que estuvimos juntos los tres mientras Dalmacio y yo le velábamos, hablando de él.</p>
<p>Al día siguiente, con la ayuda del marchante, enterramos a Luis Miguel en el pequeño cementerio de la familia Argüelles, bajo un castaño. Es una tumba discreta, como a él le hubiera gustado. Dalmacio había pensado en escribirme, pero una carta que le hice llegar desde Segovia le había anunciado mi llegada. Juntos lloramos la muerte de un buen amigo, de un gran golfo, de un niño mimado que había crecido hasta convertirse en un gran hombre.</p>
<p>El marchante se quedó con nosotros en la Quintana, mientras Dalmacio me contaba los últimos días de la vida de Luis Miguel y me enseñaba las cartas que había dejado escritas. Había una carta de despedida de pocos días antes de fallecer, que Dalmacio no había tenido tiempo de enviarme y que me habían escrito juntos. Otra de ellas resultó ser un acto de últimas voluntades. En ella, con letra temblorosa de moribundo, manifestaba su propósito de que sus pocas pertenencias se repartieran entre Dalmacio y yo mismo, con algunas disposiciones a favor de nuestro amigo. Dejaba una cantidad a la Iglesia para que se dijeran misas en su nombre y en el de su madre, y afirmaba que velaría por nosotros desde donde estuviera.</p>
<p>Cuando hicimos repaso, nos quedamos estupefactos. Con su último y generoso acto, Luis Miguel nos había ayudado mucho más allá de lo que hubiera pensado. De nuevo, me maravillé del milagro de la amistad y de la buena suerte que he tenido de coincidir con amigos tan generosos. En realidad, en el momento en que ese testamento había sido redactado, Luis Miguel pensaba que nos estaba legando apenas su propio ajuar y un poco dinero que llevaba encima, pero yo me había encargado de organizar la herencia que le había dejado su madre antes de que él se enterase de que era el propietario de ese dinero. Gracias a don Roque y a los papeles que yo había traído conmigo en mi viaje, hemos retirado de los bancos una cantidad fabulosa, que invertiremos en nuestra fuga.</p>
<p>Pero pronto las cosas se complicaron aquí, querida mía. Hace unos meses mataron a un cura, y las pruebas han llevado a los investigadores a la propia puerta de la Quintana. Quedó claro que debíamos huir rápidamente. Quisimos pedir ayuda a Bazkoare, un amigo de Dalmacio que es originario de San Sebastián y cuya familia tiene contactos y posibles, pero la carta nos fue devuelta, sin abrir, metida en un sobre. No sabemos si Bazkoare ha muerto o no quiere ayudarnos, o quizá no puede, o si la carta no ha llegado a sus manos, pero el caso es que no podemos contar con él.</p>
<p>Anoche, los falangistas prendieron fuego a la Quintana, pero nosotros ya habíamos huido. Estamos escondidos en el palomar de la iglesia de Marcenado del Moire hasta que la gente de la Cruz Roja pueda rescatarnos y nos pueda incorporar a la gente subterránea, camino de México. El marchante se viene con nosotros, creo que más por afán de aventura que por auténtico temor de su pellejo. Xoaquín el comunista ha considerado lo mismo brevemente, pero confía en que la protección de su padre, el señor alcalde, le mantenga a salvo.</p>
<p>Es inviable que vosotros y yo nos encontremos aquí en Asturias, así que os escribiré tan pronto me establezca en México para que podamos reunirnos allí. Dejo a don Roque encargado de enviarte la presente, así como otros papeles y todas las cartas de mis amigos que no quiero llevarme en mi viaje, aunque supongo que a estas alturas, Prado ya te habrá contado las circunstancias de mi partida de Madrid y estarás sobre aviso. Intentaré ponerme en contacto contigo tan pronto pueda.</p>
<p>Ten por seguro que os amo muchísimo. Soy un embustero por haber fingido mi muerte, y un fugitivo, y no soy digno de esperar tu perdón, pero separarme de vosotros ha sido la única manera que he encontrado de protegeros y de alejar a los enemigos, atrayéndolos sobre mí. Ahora que estoy oficialmente muerto, no tienen por qué perseguiros; a razón de cómo vi a la hermana de Francisca la última vez que la tuve delante, es más que probable que a estas alturas la haya matado la tuberculosis.</p>
<p>Aquí, en este palomar infecto, donde me espeluzna la cantidad de enfermedades que nos pueden transmitir las heces de estos pájaros asquerosos, pienso si todos mis enemigos no serán imaginarios, y sólo son fantasmas en mi mente, producto de estos tiempos terroríficos de revanchas y odio soterrado. La guerra no ha terminado para los que la perdimos. Esos enemigos que no he querido crearme me obligan a este viaje en el que es probable que muera, como mi mentor, bombardeado por alemanes o por ingleses, o robado por algún compañero de viaje, o enfermo. Qué más da; estaré igualmente muerto. Quizá por miedo quiero pensar que esos enemigos no son reales, pero sé que estaréis más seguros sin mí. Perdóname por todo lo que te he hecho, por favor.</p>
<p>Mañana partiremos. Hasta que volvamos a vernos, mi amor, intenta ser feliz y que nuestros hijos lo sean. Y si lo que viene es niña, por favor, ponle Margarita, como mi madre.</p>
<p>Siempre te quiere,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 45: De Dalmacio a Bazkoare</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Jul 1941 16:41:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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<p>Querido amigo Bazkoare:</p>
<p>Me alegró mucho recibir tu carta y saber de ti después de estos meses. Antes de nada quisiera que supieras que a causa de la urgencia con la que abandoné La Cadellada casi no tuve tiempo de despedirme de ti, ni de agradecerte tu apoyo. Sí, amigo, ahora ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 31 de julio de 1941</p>
<p>Querido amigo Bazkoare:</p>
<p>Me alegró mucho recibir tu carta y saber de ti después de estos meses. Antes de nada quisiera que supieras que a causa de la urgencia con la que abandoné La Cadellada casi no tuve tiempo de despedirme de ti, ni de agradecerte tu apoyo. Sí, amigo, ahora me doy cuenta de que los meses que estuve internado en el psiquiátrico hubieran sido más difíciles de soportar si no hubiera sido por tu compañía. Aquí, en las largas tardes veraniegas de Asturias, a menudo recuerdo y añoro esas eternas charlas que manteníamos en el jardín del sanatorio. Además, quiero que traslades también mi agradecimiento a tus abuelos, con quienes sin duda alguna siempre estaré en deuda, pues de no ser por ellos, no hubiera podido comunicarme con el exterior y lo más posible es que aún siguiera ahí internado.</p>
<p>Por otro lado, también quisiera felicitarte, pues después de tanto tiempo me cuentas que al fin regresas a Oyarzun, y tus queridos abuelos retomarán su vida en su casa de San Sebastián. Puedo suponer entonces que los signos de restablecimiento que pude apreciar antes de mi marcha se han confirmado. No desesperes, amigo, llegará un día en el que puedas disfrutar plenamente de esta vida que, aunque plagada de sinsabores, está llena de momentos que merecen la pena disfrutar, y en los que podrás alcanzar esa felicidad de la que siempre me hablabas.</p>
<p>Como ya te dije, personalmente no creo en los ya anticuados métodos de psiquiatría que practican en el manicomio. Nunca creí que las pastillas que te administraban por orden del doctor Hermógenes Rodríguez Casares fuesen el procedimiento más adecuado ni para tu salud ni para la de ninguno de los internados, pues creo que mantener a los pacientes adormecidos noche y día no es el mejor camino para la recuperación de la cordura. ¿Ves? Hiciste bien al dejar de tomarlas. Es más, estoy completamente seguro de que tu decisión de prescindir de la medicación es la responsable de que hayan decidido darte el alta. Y permíteme decirte que estoy seguro de que tus abuelos podrían haber presionado a la dirección de La Cadellada para que se evaluara realmente tu caso y haber exigido un informe más exhaustivo de los progresos de la enfermedad que padeces.</p>
<p>Ahora, desde la distancia, puedo ofrecerte mi punto de vista sobre ese asunto que ya venías sospechando tanto tú como tus familiares. Me estoy refiriendo al dinero semestral que tus abuelos han estado donando al sanatorio, en tiempos tan difíciles como los que vivimos. ¿No crees que a los médicos les convenía mantenerte internado a toda costa? Aún así, reitero que aunque la resolución ha sido más tarde que pronto, al fin ha llegado tu momento, el de tomar las riendas y adueñarte de tu futuro.</p>
<p>Mi reencuentro con La Quintana al verme liberado de La Cadellada fue tal y como predije: mis tierras me aguardaban, manteniendo intactas todas y cada una de las solemnes cualidades que siempre las han caracterizado. Es más, a mi llegada me esperaba una carta de mi hermana Covadonga que, por las razones que te expliqué, daba por muerta, al igual que mis padres. El escrito había estado aguardando escondido en mi casa desde el año treinta y nueve. Ha pasado mucho tiempo, eso es cierto, pero ahora albergo más esperanzas de que ella ande por ahí, y prefiero creer que lejos de España y de las malas intenciones que tienen los nacionales para los que no comulgan con sus doctrinas. Fantaseo con que ella ha rehecho su vida en México, o tal vez sea Venezuela el país donde disfruta de la libertad que tanto anhelaba. Cuando salí del manicomio, mi amigo Emilio estuvo unos días aquí conmigo, pero sus obligaciones en Madrid le obligaron a marcharse rápidamente. Y aunque ahora ha vuelto a La Quintana, lamentablemente ha sido en unas circunstancias muy diferentes. Luego haré referencia a esta y a otras cuestiones.</p>
<p>Sobre mi situación actual, tengo que decirte que no es óptima. Me atrevería a decir que, si no es la peor, es la más conflictiva en la que me he podido encontrar desde que entraron los nacionales para quedarse en Asturias, ya que estoy siendo víctima de una concatenación de sucesos fortuitos que han estado sucediendo a mi alrededor, y créeme si te digo que ni Emilio ni yo teníamos que ver con ellos, aunque sí afrontamos las consecuencias. Y es que, amigo Bazkoare, tengo la sensación de que me ha sido arrebatada la poca suerte que creí tener desde que terminó la guerra. La ventura se ha apartado definitivamente de mi lado… bueno, de nuestro lado, porque como te he dicho antes, Emilio esta ahora aquí conmigo.</p>
<p>¿Recuerdas a mi amigo Luis Miguel? Creo recordar que te lo mencioné en algún momento. Bien, el desgraciado, que arrastraba ya una grave dolencia, vino a mi casa por prescripción médica. Tengo que confesar que en un principio realmente creí que los aires y los frutos de Asturias podrían hacer algo por él, pero pequé de ingenuo. Lo cierto es que vino aquí a morir. Este amigo, que mantenía una fluida correspondencia con Emilio desde que acabó la guerra, le escribió una última carta en su lecho de muerte. Ya ves, el pobre hombre, en su intento de despedirse de él, ya no era ya capaz ni de sujetar la pluma, así que dictó unas últimas palabras que transcribí. A las pocas horas falleció.</p>
<p>Pero la mala fortuna quiso ir más allá, ya que Emilio se presentó en mi casa cuando el cuerpo de Luis Miguel estaba aún caliente. Venía acompañado del marchante de aceites que se ha ocupado de hacernos llegar la correspondencia durante este último año, quien, al parecer, además de al aceite también se dedicaba al contrabando, y ha sido denunciado además por colaborar con el maquis. Me pregunto quién vive tranquilo en este país.</p>
<p>Cuando le entregué a Emilio las palabras que su amigo me había dictado para él, fue incapaz de leer tres líneas sin interrumpirse. Pobre Emilio, nunca he visto llorar a nadie con tal desconsuelo. Yo sé cómo es, y la devoción que profesa a sus amigos, y la suerte que tenemos nosotros por tenerle como tal. Descanse en paz el pobre muchacho. Era tan consciente de que vivió su vida de una manera tan intensa, que, a pesar de su corta edad, esto le sirvió de consuelo cuando le llegó el momento de dejar este mundo. Aunque estuvimos pocas semanas juntos, Luis Miguel se convirtió en un auténtico amigo y en mi única compañía, y en tan poco tiempo llegué a apreciarle profundamente. Ahora entiendo por qué Emilio me lo envió, y se lo agradezco. Le echamos muchísimo de menos los dos.</p>
<p>Después de unas horas de duelo, en las que le rendimos homenaje con unos vinos y leyendo las cartas que le escribió desde Francia, Italia y aquellos lugares que visitó después de la guerra, tuvimos que darle tierra. Por desgracia, no pudimos oficiarle ninguna misa, pues a don Roque no le fue posible estar presente. El anciano está ya muy viejo y aún así, nos está ayudando a conseguir el dinero que Luis Miguel nos ha legado. Ya hizo suficiente el pobre cura con arrastrar la poca salud que le queda hasta la Quintana para darle la extremaunción. Así que enterramos a nuestro amigo en un pequeño cementerio familiar adyacente a mi casa, donde también, además de mis padres, descansan los restos de varias generaciones de Argüelles.</p>
<p>Amigo Bazkoare, quisiera darte alguna buena noticia, pero el destino parece utilizar su artillería más pesada con el fin de atormentarnos, y hasta tal extremo ha llegado nuestra situación que cada día que pasa estamos más convencidos de que la única solución para conservar la vida es la de huir, escapar no sólo de la Asturias ocupada, también del país. Y sé lo que estás pensando, y mi respuesta es que sí, que me partiría el alma abandonar la Quintana, pues como te dije, mis tierras y mi casa han sido la razón de mi existencia desde que nací. Pero amigo, créeme si te digo que aquí ya no me queda prácticamente nada: mis padres han muerto, mi hermana anda desaparecida, llevo mucho tiempo escondido de los vecinos de Marcenado. Vivo con un miedo que aumenta cada día. Como ya te he dicho, don Roque, que es el único vínculo que tengo con la tierra, es ya un anciano postrado en su catre que reza un día sí y otro también con prisa para dejar este mundo.</p>
<p>Y luego está el cerco que se estrecha en torno a mi casa. Emilio, el marchante y yo vivimos con temor a que la Falange, la Guardia Civil o el clero, que está investigando la desaparición del cura de Somiedo, se echen cualquier día sobre nosotros. Mis amigos y yo llevamos varios días montando guardia. Desde que tuvimos noticias de la posibilidad de que los que buscan resolver el asunto de este cura pudieran subir hasta aquí, vivimos en un constante sobresalto. El temor a ser sorprendidos ha conseguido que templemos los oídos y cualquier ruido fortuito que provenga del bosque o del camino que nos une con el pueblo, hace que se nos hiele la sangre y se nos desboque el corazón. Así que por nuestra salud, que ya se siente debilitada últimamente a causa de tanto sobresalto, hemos decidido montar vigilancia alternándonos en la copa de un roble que sobrepasa los siete metros.</p>
<p>Habiendo expuesto nuestra situación, quisiera pedirte algo. Y, amigo, quiero que sepas que me he armado de valor para hacerte esta solicitud; te habría escrito igualmente si no tuviera que pedirte un favor, pero he concluido que tú puedes tener la solución que andamos buscando. Por otro lado, desconozco la fecha en que te darán de alta en el sanatorio, y además, como concluyo que lo más probable es que este escrito fuera leído antes por los censores de La Cadellada, se la remito a tus abuelos, con la intención de que te la hagan llegar lo más pronto posible. Pero no quiero perder la oportunidad de intentar contactar contigo. A tal extremo de desesperación hemos llegado, que he preferido no desestimar ninguna opción por muy remota que sea.</p>
<p>Como ya sabes, no podemos permanecer mucho más tiempo en La Quintana, y tanto Emilio, el marchante de aceites y yo necesitamos refugio. Los campos astures son peligrosos, y es cierto que podríamos dormir a la intemperie unos pocos días, pero mi experiencia me ha dicho que no es lo más prudente. Estaríamos expuestos a demasiados peligros como para sobrevivir durante una temporada. En cambio, Oyarzun es un municipio pequeño, discreto y alejado de cualquier sitio. Por esto he pensado que este sería el lugar perfecto donde asentarnos antes de tomar la decisión de escapar a cualquier otro sitio. Tenemos dinero para mantenernos y no te supondríamos una carga; sólo necesitamos un escondite temporal.</p>
<p>Comprendo que lo que te estoy pidiendo conlleva un riesgo que tendrías que asumir, pero he pensado que dada tu situación acomodada gozarías de la ausencia de toda sospecha. También estamos esperando a que Xoaquín el comunista, que es el hijo del alcalde de Marcenado del Moire, nos entregue los papeles de un fallecido para que el marchante de aceites los haga pasar como propios. Afortunadamente, nosotros ya tenemos ese problema resuelto: Emilio los consiguió en Madrid, y yo, ya sabes que sin la documentación que el cura del pueblo me proporcionó hace meses, nunca podría haber ingresado en La Cadellada. Xoaquín, que es un mozo rudo de labranza, pero siempre dispuesto a ayudarnos sin cuestionar los recados, nos tiene siempre debidamente informados de las conversaciones que mantiene su padre con la Guardia Civil. Y aunque el alcalde trata de desviarlos día sí y día también hacia los cerros equivocados, lamentablemente ya se le están agotando las ideas.</p>
<p>Hace apenas unas horas, el gañán se ha echado una carrera a las tantas de la madrugada, desde el pueblo a la Quintana, con la nueva de que en cualquier momento los falangistas y la Guardia Civil podrían encaminarse hacia mi casa. Por eso he decidido escribirte esta carta. Parece ser que ante el temor a los animales salvajes que don Roque ha estado sembrando en cualquiera que pretenda adentrarse en el bosque, alguien ha sugerido que los guardias civiles manden recado al pueblo de al lado reclamando a varios hombres ya habituados a las batidas de caza. Tras esta noticia no me cabe duda de que tenemos las horas contadas en la Quintana.</p>
<p>Si he de confesar la verdad, amigo, sí, tenemos miedo. Pero cuando llegue el momento de huir de mi casa estaremos sobre aviso. Xoaquín tiene preparados unos fardos de paja en una era de su propiedad, a los que prenderá fuego en el momento en que partan hacia donde nos encontramos. El humo es perfectamente visible desde nuestro lugar de vigilancia, y como estamos en tiempo de quema de rastrojos, la advertencia no despertará ninguna sospecha en las autoridades. Por otro lado, dudo mucho que organicen la búsqueda entrada la noche, y si así fuera conozco bien los bosques, y estoy seguro que sabría despistarlos. Cuando llegue el momento, tenemos previsto encaminarnos los tres hacia el pueblo, pero por otros caminos, para evitar un encuentro que resultaría fatal. El alcalde ya ha dejado dicho a su hijo el comunista que por el momento podríamos refugiarnos en el campanario del pueblo, pero por su seguridad y por la nuestra, esta situación no podrá mantenerse por mucho tiempo.</p>
<p>Amigo, quisiera excusarme por ponerte en este aprieto, pero créeme, si mi vida y la de mis amigos no corriera un serio peligro, no hubiera sido capaz de pedirte tamaño favor. Esperamos tu respuesta dirigida a don Roque, a la iglesia de Marcenado.</p>
<p>Muy atentamente,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 44: De Luis Miguel a Emilio</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Jul 1941 17:31:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 21 de julio de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Seguro que no esperabas recibir de nuevo correspondencia por mi parte, pero siento la necesidad de hacerlo más que nunca. Como verás, mis palabras no salen de mi puño y letra, aunque sí de mí corazón. Reconocerás la escritura de Dalmacio, porque es él quien las escribe; yo le ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 21 de julio de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Seguro que no esperabas recibir de nuevo correspondencia por mi parte, pero siento la necesidad de hacerlo más que nunca. Como verás, mis palabras no salen de mi puño y letra, aunque sí de mí corazón. Reconocerás la escritura de Dalmacio, porque es él quien las escribe; yo le pedí que lo hiciera debido a mi debilidad. Aquí le tengo, escuchándome atentamente, plasmando en estos papeles todo cuanto quiero decirte, y, por qué no, que también quiero decirle a él.</p>
<p>A lo largo de nuestra vida pasamos por muchísimos cambios: de casa, de ciudad, de país, de amigos y conocidos… Todo nuestro entorno se transforma a medida que al tiempo y al destino se les antoja. En muchos casos, estos cambios han supuesto mejorar o adquirir experiencias nuevas. Pero finalmente, a todo te acabas acostumbrando y aprendes a convivir con ello.</p>
<p>Quién me iba a decir que a lo largo de mi vida, pasaría desde París a Roma, regresando a Madrid para acabar en Asturias. Mirando hacia atrás y recordando, estoy feliz. ¡Tanto como viví, me siento afortunado! Pero al mismo tiempo, también muy triste. Aún no entiendo por qué a mí. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué una guerra truncó todos nuestros proyectos, por qué tuvo que arrebatarnos todo cuanto teníamos, deseábamos o nos proponíamos? Desde aquí maldigo a todos los que acabaron con todos nuestros sueños por sus ansias de poder. Les deseo el peor final que puedan imaginar. Pero, querido amigo, para eso ya no hay remedio, y aquí quería llegar con todo lo dicho. No podemos mirar durante más tiempo hacia atrás. Debemos caminar siempre hacia delante, destruir todas las barreras con las que nos cruzamos y continuar.</p>
<p>Para mí ya no hay tiempo, pero me gustaría irme con la tranquilidad de que Dalmacio y tú, continuaréis hacia adelante, que no dejareis que os hunda nada ni nadie.</p>
<p>Si, leíste bien amigo, irme, porque mis fuerzas ya no dan para más. A pesar de la ayuda de este buen asturiano que ahora escribe por mí, que se deja el alma día tras día en mis cuidados, ya no puedo más.</p>
<p>Fíjate cómo es Dalmacio que hasta se ha molestado en recoger no sé qué hierbas para prepararme infusiones que sirven para fortalecer el corazón, para dar vitalidad y energía. Ha probado de todo. A veces le notaba ansioso, desesperado por no saber qué más hacer. Hasta sospecho que hay algo más que no quiere contarme. Apenas sale de la casa, está intranquilo e incluso asustado ¿Ves cómo es cierto? Ahora asiente escuchándome al dictárselo. El muy cabezota no quiere que lo diga, pero ya le he amenazado con leer la carta después de escrita y hacérsela repetir si no aparece incluso esta línea.</p>
<p>Pues bien, amigo, todos estos remedios y todos los medicamentos del mundo no pueden evitar lo que ya está sucediendo. Estoy muriendo. Ayer mismo pedí a Xoaquín, el comunista, que avisara a don Roque para que viniese a administrarme los Santos Óleos. Y así fue, hace unos minutos que se ha marchado el párroco, a quien por fin pude poner cara. Nunca pensé que algo tan lúgubre se pudiese sentir tan hermoso. Me sentí como liberado, como si hubiesen derramado sobre mí litros y litros de paz. No te asustes por mí. Ahora sí estoy preparado, preparado para morir. Llora más Dalmacio por escribirlo que yo por reconocerlo. Como desconozco cuantos días, horas o minutos puedan quedarme, antes de partir una vez más, esta vez para siempre, quiero dejar las cosas bien atadas.<br />
Ya escribí a mi padre con la despedida que en este momento se merece. No puedo negarte que sentí pena, mucha pena, de que ahora que por fin volvía a recuperarlo, era yo quien le abandonaba. Atrás queda su esperanza de volver a repetir ese abrazo en el que nos fundimos hace semanas, y del que aún siento el calor y amor. Atrás queda la posibilidad de un nuevo reencuentro entre un padre y un hijo enfrentados por una guerra, pero unidos otra vez por la frialdad de la muerte de una madre y una realidad solitaria. Ahora sí puedo decir que lloro con causa justa. Quizá hubiese sido mejor marcharme con la idea de tener un padre cruel y odioso, que con la imagen con la que quedé tras nuestro encuentro en Madrid, la de un padre, triste, dolorido y apagado. Me despedí de él sin decirle la verdad. Le conté que no volveríamos a vernos por su seguridad, que marchaba de nuevo a Roma a iniciar una nueva vida, pero que esta vez en mi equipaje llevaría algo más: el respeto y el amor por él.</p>
<p>También he escrito a Nati y Miguel, aquellos benditos amigos de Torrejón de Velasco, a los que por supuesto también he mentido sobre el verdadero motivo de mi carta, que aun sonando a despedida no deja de ser un eterno agradecimiento por toda su ayuda prestada, una vez más. Olvidé contarte que ya son padres, por supuesto, de un niño muy bien criado, como me dijeron ellos, al que pusieron por nombre Luis Miguel. Que siguen en sus labores del campo, que no les falta de nada, pero tampoco abunda, pero que se sienten felices y sanos, que es lo importante, tan sanos como para hacer que el pequeño Luis Miguel reciba compañía pronto, ya que Nati vuelve a estar encinta. No sabes cuánto me alegra conocer que sus vidas van bien y hacia delante.</p>
<p>Y ahora me toca hacerlo contigo. Del modo que sea capaz, tengo que despedirme y decirte cuánto tengo que agradecerte, todo lo que no pude decirte en vida.</p>
<p>Tal vez lo único que me duele más que decirte adiós es no haber tenido la ocasión de haberme despedido de ti, de haber compartido siquiera un par de días estas tierras asturianas los tres juntos, Dalmacio, tú y yo. Algo en mi interior me dice que durante aquellos días compartidos en la guerra se creó un vínculo especial, algo familiar, algo más que una mera amistad y que hizo que nuestros destinos se unieran. Algo tan especial como para acabar yo en Asturias con un desconocido, que para ti no lo era, y que ahora siento como un hermano. Emilio, amigo, compañero, nuestros recuerdos de ayer durarán toda una vida. Yo los llevaré conmigo. Tú guárdalos por siempre; los mejores, quédatelos, el resto, olvídalos. Estoy tan seguro de que Dalmacio cuidará de ti y tú de él, que me voy tranquilo. No tengo temor alguno por lo que os pueda pasar, ya me habéis demostrado que sabéis cuidaros bien, pero de no ser así, yo, desde donde pueda estar, os ayudaré y protegeré cuanto pueda. Para ayudaros un poco más, he firmado delante del cura un breve testamento en el que os dejo mis mermadas posesiones, que no son muchas pero algo harán.</p>
<p>¿Recuerdas el día en que me atendiste en el hospital de campaña? Me sorprendió tu serenidad, la misma que ahora quiero que tengas. Me gustó tu comportamiento. Estabas curando a un herido del bando nacional y aún así me trataste como a uno de los tuyos. Siempre he sospechado que, de algún modo, supiste ver en mí esa lucha interna de ideas que me acosaba día y noche, esa disconformidad con lo que estaba sucediendo. Recuerdo cuando te conté cómo ayudaba a los republicanos escondidos en el bosque, contándoles cada una de las estrategias del bando contrario. Leí en tus ojos cierta preocupación hacia mí, y eso me dio la confianza suficiente para reconocerte como amigo desde aquellos difíciles momentos. Las tardes en el hospital de campaña charlando, compartiendo tristezas y risas, fumando unos cigarrillos por el patio y paseando con unas muletas a las que más bien sujetaba yo para que no se rompieran, ¿las recuerdas? Eran tan enclenques que apenas cumplían su cometido.</p>
<p>Cuando tuvimos que separarnos, supe entonces que podría haber distancia, pero no podría romperse ese lazo de unión que ya se había creado. Y el tiempo lo confirmó. No olvidaré la tarde que abrí por primera vez una carta tuya. Fue tal la alegría que olvidé por un momento que Franco había ganado la guerra. Lástima que ese olvido durase sólo unos minutos.</p>
<p>Desde entonces, no sabría decir cuántas veces nos escribimos, pero las suficientes como para conocernos tanto como lo hacemos ahora, las suficientes como para que estuvieses al tanto de todo lo que me ocurría o hacía. Son tantas cosas compartidas que sería interminable enumerarlas todas. Y todo ello me lo llevo conmigo.</p>
<p>Me llevo también todos tus secretos, de los que por tu confianza me hiciste partícipe. Todas y cada unas de las palabras que pronunciaste o escribiste para mí quedarán selladas en mi alma para siempre. Puedes estar muy seguro de que jamás ha salido de mis labios o de mis dedos ninguna de tus confidencias.</p>
<p>Antes de despedirme, quisiera desearte lo mejor. Te deseo que puedas recuperar a tus hijos, a los que ahora tanto echas de menos y que estoy seguro también anhelan el cariño de su padre. Te deseo que de algún modo sepas recuperar el afecto y amor de tu esposa, para que podáis recuperar una vida juntos, si es lo que aún quieres. Y te deseo que consigas todo cuanto te has propuesto. Gracias, gracias a los dos, por vuestra amistad, que ha sido mi fuerza.</p>
<p>Ahora ya sí, estas serán las últimas líneas que puedas leer en mi nombre. Me iré con la tranquilidad de encontrarme con mi madre, con quien por fin recuperaré el tiempo perdido, y juntos esperaremos la llegada de mi padre, Dios quiera que muy tarde, para poder volver a estar unidos y continuar siendo una familia sin guerra.</p>
<p>Un abrazo ahora y por siempre, de tu amigo,</p>
<p>Luis Miguel Herranz.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Carta 43: De Emilio a Luis Miguel y Dalmacio</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Jul 1941 17:46:50 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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<p>Mis queridos amigos:</p>
<p>Lamento no haber podido escribir antes, pero una serie de inesperados acontecimientos me ha mantenido extremadamente ocupado. Espero informaros en persona de gran parte de ellos muy pronto, pues las circunstancias aconsejan que, de nuevo, desaparezca de Madrid por una temporada. Dado que, como comprenderéis en breve, no ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Segovia, 20 de julio de 1941</p>
<p>Mis queridos amigos:</p>
<p>Lamento no haber podido escribir antes, pero una serie de inesperados acontecimientos me ha mantenido extremadamente ocupado. Espero informaros en persona de gran parte de ellos muy pronto, pues las circunstancias aconsejan que, de nuevo, desaparezca de Madrid por una temporada. Dado que, como comprenderéis en breve, no es lo más indicado volver a Toledo, el único otro lugar que se me ocurre donde pueda sentirme refugiado y a salvo es la Quintana. Así pues, me tomaré la libertad de presentarme allí tan pronto pueda. De hecho, ahora mismo ya me encuentro viajando hacia allí, pues mi partida fue muy precipitada.</p>
<p>Espero llegar a tiempo de darte un abrazo, Luis Miguel, y de intentar que mis artes médicas te alivien en la medida de lo posible. Parte de lo que me ha entretenido estos días fue una visita de tu señor padre, quien envió recado para verme poco después de tu partida. Debo reconocer que por un momento me sobresalté, pues en mi cabeza aún estaba catalogado como un enemigo a evitar, pero rápidamente acordamos una cita en la tetería Embassy.</p>
<p>Vino elegante y atildado, aunque los profundos surcos que se le marcaban entre las cejas y en las mejillas indicaban un gran sufrimiento interior a cualquiera que supiera verlo. No obstante, estaba tranquilo y sereno, como aceptando su penitencia por la saña con la que te ha perseguido. Me agradeció mi amistad contigo, pues según me dijo, le habías contado toda nuestra relación, y además me confesó que te había ocultado algo.</p>
<p>Me informó de que la herencia de tu madre estaba lista para llegar a tus manos. Por lo que me dijo, la familia de doña Águeda tenía numerosas propiedades en Ávila, resultando que ya cuando se casaron, ella era más rica que él, sus inversiones habían sido sabias y lucrativas y aunque en guerra se había perdido mucho, quedaba un estupendo patrimonio que, tras el fallecimiento de tu madre, él había decidido liquidar. No fue hasta que salió del piso del doctor, después de hablar contigo, cuando se acordó del dinero, que hasta el momento consideraba suyo. Convencido de que ya eras digno de recibir tu herencia materna, había impartido órdenes a su amigo y abogado Joaquín Urrutia para que hiciese unos depósitos a tu nombre, y ahora resulta, compañero, que tienes a tu disposición más dinero del que puedas gastarte en varias vidas.</p>
<p>Se despidió cortésmente, dejándome el encargo de que me pusiera en contacto contigo, seguro de que tú y yo mantendríamos correspondencia, y te hiciese llegar estas noticias por nuestros conductos acostumbrados. Además, me dejó un sobre, que llevo conmigo, con autorizaciones y un listado de bancos que te darán acceso a tu patrimonio. Se alejó caminando despacio, arrastrando un poco los pies, pero recto y digno. De nuevo, eres un hombre rico, amigo mío.</p>
<p>Debo reconocer que esta vez no ha sido fácil haceros llegar una carta. Utilizaré mis contactos en la Cruz Roja para enviaros la presente, ya que aquí en Segovia estoy esperando a mi buen colaborador, el marchante de aceites, para incorporarme a su recorrido hasta Asturias. El recuerdo de las parejas de la Guardia Civil subiendo cada pocas paradas a los vagones de tren me ha disuadido por completo de tomar el ferrocarril, y tu descripción del viaje en autobús me ha quitado todas las ganas de utilizar ese medio de transporte. Una buena alternativa hubiera sido irme por mi cuenta en mula, pero ya no dispongo de mi fiel animal. Aunque, si fuera necesario, me iría andando.</p>
<p>Tengo muchas cosas que contaros y la espera al marchante se me está haciendo eterna, así que mataré el tiempo escribiendo. Eso sí, es probable que luego os lo vuelva a contar de viva voz; espero que sepáis perdonarme. Estos días han sido muy intensos y aún me encuentro en proceso de asimilarlos, y ponerlos sobre el papel me ayuda a reducirlos a un tamaño con el que los puedo manejar. Mi vida ha cambiado. Más bien, mi vida ha desaparecido. Y resulta que siento un tremendo alivio. No sé si acabo de entenderlo.</p>
<p>No voy a ser catedrático. No, al menos, en la Universidad de Madrid. Nunca. Durante estos días de verano, la actividad en la Universidad cambia, aunque no desciende. Aprovechando la ausencia de alumnos, se produce un prolijo baile de máscaras entre despachos, lugares de encuentro social, residencias particulares, fincas, cacerías, donde nadie habla claro y donde se deciden los favores, los candidatos, los intercambios y los precios a pagar. Con la muerte de don Álvaro, me he quedado sin mentor y sin pareja de baile que me dirija entre todas esas trampas sin dar tropezones. Además, no tengo nada que ofrecer, más que mi propio conocimiento y mi oficio. Sólo soy un advenedizo venido a más. Y se ha acabado mi mascarada.</p>
<p>El pasado día 1 de julio, coincidiendo con la recepción de una carta de mi mujer desde Toledo, llegué a mi despacho en la facultad y me lo encontré cerrado con llave. Extrañado, pregunté en un pasillo a uno de los bedeles, y el hombre, sin atreverse a sostenerme la mirada y tras bastante insistencia por mi parte, me respondió entre dientes que no tenía la llave y que habían vaciado mi despacho por orden del decano. De mis pertenencias, no tenía conocimiento. Furioso, le presioné para que me dijera con quién podía hablar para arreglar esa situación, y fue entonces cuando levantó la vista, me miró muy serio, cambió el tono de voz y me dio un buen consejo. Me dijo, de hombre a hombre, que una retirada a tiempo es una victoria. Y le entendí. Sin más, se despidió con una breve inclinación de cabeza y desapareció en las profundidades de la facultad.</p>
<p>Permanecí un rato en aquel pasillo, asumiendo la noticia. Estaba despedido. Así de fácil. Reflexioné un momento acerca de lo que pudiera tener en el despacho que quisiera recuperar y descubrí que nada tenía ningún valor si no iba a seguir dando clases. Por supuesto, más temprano que tarde tendría que dejar el piso de la Castellana. Como Ícaro, había volado demasiado alto y mis alas se habían derretido, precipitándome al suelo. Entonces consideré las opciones que tenía.</p>
<p>Los gastos de mi nueva vida en la alta sociedad habían sido muchos y se habían comido mis pocos ahorros; necesitaba algo de dinero para volver a empezar. Me encontraba al borde de la ruina, con pocos amigos y con la única compañía de una doméstica algo ciega y bastante sorda con mucho más corazón que cerebro. Pero al menos, tenía la consulta que me había legado el doctor Cervello de Guillerna. Quizá pudiera trabajar allí unas semanas para reunir algo de dinero y luego reunirme con mi familia, y a lo mejor, volver a abrir una consulta en Toledo, o volver a ser un médico de pueblo. De nuevo, tenía mi vida en mis manos, pero estaba asustado por mi desprotección.</p>
<p>Primero, envié un billete a mi fámulo, Ricardo, para que se pusiera en contacto conmigo en cuanto le fuera posible, y después me dirigí a la consulta del doctor Vicente Lamata, que había quedado a cargo de los asuntos médicos de don Álvaro y que, siendo su albacea, me había ayudado con los papeleos tras su fallecimiento. Es un hombre más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero bien conservado y con tendencia al buen vestir, de mirada clara e inteligente. Cuando pudo recibirme le expliqué mi situación. Se hizo cargo y me ofreció su ayuda, pero me señaló la necesidad de ser discretos. Hasta calibrar la magnitud de mi caída y los enemigos que, involuntariamente, me hubiera creado, él tenía que tener en cuenta su propia reputación. Me dijo que me tomara un par de días libres para ver si pasaba algo.</p>
<p>Me insinuó también la conveniencia de buscar otro alojamiento, y de inmediato me vino a la cabeza la vivienda de don Álvaro, vacía desde la partida de Luis Miguel. Pero alguien dijo que tres mudanzas equivalen a un incendio, y no podía tener más razón. Para evitar la molestia de otra mudanza, además pensando que pronto volveríamos a Toledo, y aún furioso por las maneras con las que me habían despedido, decidí que nos quedaríamos en el piso de Castellana para crearles el trastorno de que tuvieran que echarnos. Además, ya casi me había acostumbrado a tener a la hermana de Francisca y a ese hombre, que no conseguía ver bien, rondando por la zona. Después tuve ocasión de lamentarlo.</p>
<p>En la carta que mi mujer me había enviado y que aún yo no había tenido tiempo de leer, ella me comunicaba la imposibilidad de desplazarse en ese momento para una posible toma de posesión de mi cátedra, debido a las molestias propias de su estado, a lo que debía añadir que hacía falta a su familia durante la época de la cosecha. Percibí la desgana en sus palabras. Además, incluía una fotografía de Prado que había aparecido al revelar el carrete un vecino del pueblo, pues pensaba a que a nuestra mucama le gustaría tenerla. Al parecer, la película tiene muchísima longitud y no se revela su contenido hasta que no se termina todo el rollo, lo que en ocasiones lleva meses o incluso años. En esta ocasión, Prado aparece sentada en una silla rodeada de chiquillos, entre los que no estoy muy seguro de que se incluyan sus propios hijos. En cuanto me descuidé, Prado tomó unas tijeras y se recortó el rostro de la fotografía, con el argumento de que salía muy fea. De qué otro modo podía salir, pensé yo. Tenía que haberlo tenido en cuenta, pero ocupado de mis propios asuntos, no lo hice.</p>
<p>No encontré el momento de responder a mi esposa. No sabía cómo decirle que no iba a haber tal toma de posesión, tenía la sensación, cierta, de haber fracasado, de haber vuelto a perder, y ¿cómo podría presentarme ante ella así? Arruinado, vencido y espiado. Postergué mi respuesta como un niño gandul que evita hacer las tareas de la escuela.</p>
<p>Al día siguiente, Prado salió a comprar y tardó en volver. Yo no tenía nada que hacer y estaba releyendo nuestras cartas para matar el tiempo, pero por fin empecé a preocuparme, sobre todo cuando llegó la hora de la comida y no zumbaba como un insecto desquiciado por la cocina. Cuando por fin llegó, quiso escurrirse hacia sus aposentos, pero algo enfadado, se lo impedí tomándola de un brazo. Se encogió llorando como un perrito, como en los primeros tiempos, cuando se asustaba ante los movimientos bruscos. La solté de inmediato y le pregunté qué ocurría, pero no me lo quiso contar. Me he caído, decía, no tiene importancia. Se escabulló hasta la cocina, pero no llevaba la compra.</p>
<p>Escamado, la seguí. Cuando me fijé un poco mejor, vi que tenía marcas de dedos en el cuello y cerca de la oreja. No había duda de que le habían pegado. Le pregunté si habían intentado robarle o había tenido una refriega en el mercado, pero estaba demasiado asustada. Tuve claro que quería enterarme del asunto. Tomé una silla, me senté delante de ella, encendí un cigarrillo y le dije que no me iba a mover de allí hasta que no me contase qué había ocurrido.</p>
<p>Me costó un buen rato, pero me salí con la mía. Decía que le daba mucha vergüenza, que no sabía qué iba a pensar de ella, y por fin cogió aire y me dijo, muy seria, que había sido su marido.</p>
<p>Por Dios juro que casi me trago el cigarrillo de la impresión. Prado, le dije, tu marido está muerto. Sí, me respondió, lo maté yo. Prado, contesté, intentando conservar la calma, tú eres viuda de guerra, ¿qué estás diciendo?</p>
<p>Al fin pareció tomar una decisión, dijo que quería enseñarme algo, fue a su cuarto y volvió con una carta en las manos y otros papeles. Sin decirme nada más, me los tendió. Leí.</p>
<p style="padding-left: 30px;">“En campaña, 13 de septiembre de 1938</p>
<p style="padding-left: 30px;">Camarada Ángeles Teuler:<br />
Hoy, día de la fecha, he recibido su carta a contestación de la mía. Por ella veo que ha comprendido usted la desgracia ocurrida al pobre compañero Segorb. Me perdonará usted si he sido claro para comunicarle esa desgracia tan grande para usted como para nosotros, pues nosotros hemos perdido un excelente camarada y la República uno de sus mejores defensores. Suerte que quedamos algunos otros que sabremos vengar eso, camaradas que murieron cubiertos con un aura de heroísmo que nadie puede superar.<br />
También quiere que la dé la fecha de tan cruel desgracia. Fue el día 9 de agosto de 1938, fecha memorable para todos nosotros que tenemos que sentir. Su compañero fue dado sepultura el mismo día. Referente a la cartera, fue entregada al puesto de mando, pero el enlace que las llevaba fue muerto cuando cruzaba el río Segre y todas las documentaciones fueron arrastradas por la corriente.<br />
Todos los compañeros me encargan que le dé el pésame en nombre de ellos, y al paso le doy el mío, que es mayor por lo buenos compañeros que éramos.<br />
Sin más que tenerla que comunicar, se despide este camarada, que si en algo tengo que servirla ya sabe usted dónde me tiene.<br />
Firmado, Tomás Caballero.”</p>
<p>Puedo citar esta carta con tanta exactitud porque ha aparecido entre los papeles que tengo conmigo. Espero poder enviársela a Prado en el futuro para que quede de nuevo en su poder. Pero en aquel momento no entendí nada. ¿Por qué estaba dirigida a Ángeles Teuler? ¿Quién era esa mujer? Por haceros el cuento corto, pues intentar que mi doméstica se explicara fue una empresa considerable, esto es lo que saqué en claro.</p>
<p>En el cafarnaúm de la guerra, un hombre llamado Tomás Sogorb Pérez había caído en el frente. Algún mando había confundido a esta persona con Tomás Segorbe Fernández, que era el marido de mi criada, borracho y gandul, quien había desertado en la primera oportunidad que se le presentó. La confusión no fue corregida, y mucho menos por Prado, que vio la oportunidad de librarse por fin de un matrimonio desgraciado y además, pedir una pensión.</p>
<p>La pobre infeliz no había advertido que así privaba a otra familia de conocer el destino de ese hombre, ni que era probable que el desgraciado se presentase de nuevo cuando no tuviese otro sitio al que ir, ni que si descubrían su impostura podrían meterla en la cárcel. Simplemente, se encontró con la posibilidad de ser viuda, y le pareció una excelente idea. Y en realidad, hasta el momento había funcionado.</p>
<p>Le pregunté si no se había dado cuenta del error, y me dijo que sí, en el mismo momento en que le leyeron esa carta que me había enseñado, porque nadie jamás hubiera hablado en esos términos de Tomás Segorbe Fernández. Pero no se lo dijo a nadie, siendo la única vez en su vida en que había dicho una mentira. Menudo embuste fue a elegir.</p>
<p>Pero el hombre, en efecto, no sólo había sobrevivido a la guerra, sino que había regresado a su casa en Toledo, harto de dar tumbos, y se había encontrado con que su familia ya no estaba allí. Se había cambiado el nombre, quién sabe con qué artes, para que no le acusaran de desertor, pero encontró a sus hijos, a través de los cuales averiguó dónde paraba su mujer, y le había parecido buena idea hacer el viaje hasta Madrid para pedirle dinero. La había encontrado hacía unos días, pero me dijo que no había pasado de insultarla por vivir a solas conmigo. No obstante, en esta ocasión le había quitado el dinero de la compra y como no tenía más, le había dado unas bofetadas y agarrado del cuello, volviendo por sus fueros.</p>
<p>Según me contó Prado, vivía con una mujer llamada Justina Molero, que tenía tan poco oficio o beneficio como él. Y entonces todo conectó en mi cabeza. Justina Molero era la hermana de Francisca Molero, la madre de mi hijo Miguel. Necesitaban dinero y querían chantajearme a mí o a Prado, pero no teníamos nada que ofrecerles. Era un problema añadido a todos los demás. Debía solucionar mis asuntos y marcharnos de Madrid cuanto antes. En cuanto al tal Tomás, como marido de ella que era ante Dios y los hombres, no podía ser contestado. Le recomendé a mi sirvienta que fuera a comprar temprano, ya que ningún borracho madruga, le dije para consolarla que no le restaría el dinero robado de su paga, que de todos modos le debo, y le prometí que nos iríamos en cuanto fuera posible.</p>
<p>Un día después, que Prado había utilizado para llorar por cada rincón de la casa hasta mi hastío, ya había informado a Ricardo de mi propósito de retornar a Toledo, y él me había comunicado su decisión de permanecer en Madrid para cursar la carrera de Medicina, de lo que me alegré. Había conocido a una chica, me dijo ruborizado, le habían contratado como botones en el edificio de la Compañía Telefónica, y quizá pudiera sufragar sus estudios y mantenerse a la vez. Le deseé buena suerte, pues no podía hacer más por él.</p>
<p>El día 3, como digo, llegué a la consulta del doctor Lamata, con la intención de ponerme a su disposición para lo que quisiera mandar, y él me estaba esperando. Me hizo pasar a su despacho, donde una ventana abierta dejaba pasar un aire de fuego veraniego, y en voz queda, en su calidad de albacea, me comunicó que gracias al certificado de defunción de don Álvaro, aunque no consideraba conveniente hacer un funeral público, había abierto el testamento. Me había nombrado su heredero casi universal. Dejaba unas disposiciones sobre la consulta médica, y una bonita cantidad líquida para hacer frente a los gastos de transmisión de la herencia, pero incluso así, me había obsequiado con un capital completamente descomunal para un médico de pueblo como yo. Si lo manejaba con un poco de inteligencia, mi futuro y el de mi familia estaban garantizados.</p>
<p>Tardé unos momentos en reaccionar. La sorpresa me había arrebatado las palabras ante este increíble giro de la rueda de la Fortuna. Me levanté de la silla y me asomé a la ventana del despacho, maravillado por la increíble generosidad de mi mentor, por la bendición que tuve de que me pusieran a sus órdenes, y por su decisión de no haberme mencionado jamás tal extremo. Y le lloré de nuevo, infinitamente agradecido por su protección y cariño, y echándole de menos como no atiné a hacerlo con mi auténtico padre, y como no tuve tiempo de hacer con mi tío.</p>
<p>Durante los días siguientes, los otros problemas se me borraron de la mente, mientras el doctor Lamata se convertía en Vicente para mí. Pude apreciar en él las virtudes que sin duda le vio don Álvaro, siendo la mayor de ellas la inteligencia, y la segunda, la rapidez de raciocinio. Qué bien nos hubiera venido un hombre como él en el frente. Hicimos recuento de las propiedades del doctor, entre las que, por supuesto, se encontraba el piso, además del arriendo de parte de un edificio de viviendas en el barrio de Tetuán, varios terrenos en las afueras, campos de cultivo, diversas inversiones e incluso una pequeña bodega en la provincia de Toledo. Dimos orden de vender algunas propiedades, de hacer algunas inversiones y Vicente me arrastró ante el notario para otorgar un testamento para mi familia, en el que le nombré albacea. Hasta este momento, no he tenido la oportunidad de comunicarle a mi mujer que tiene el futuro resuelto, ella y nuestros hijos, para siempre.</p>
<p>Eso, siempre y cuando consiguiera solucionar algún detalle que otro. Una mañana, llamaron a la puerta de mi casa con malos modos. Prado fue a abrir, y se encontró con que dos individuos ciertamente inquietantes se le habían colado en el recibidor antes de que se diera cuenta. Preguntaron por mí, que al oírles abandoné mi desayuno y me presenté aún sin chaqueta, para encontrarme a los dos hombres que me habían interrogado hacía unas semanas en mi despacho de la universidad. Despedí a Prado y les invité a pasar al comedor, donde mi desayuno se enfriaba. Bajé el volumen de la radio y me puse a su disposición, haciéndoles notar que ya no trabajaba en la universidad y que no tenía nada pendiente con ellos.</p>
<p>No pareció importarles. Empezaron a hacerme de nuevo preguntas sobre mi familia, sobre mi relación con Prado, si tenía amigos… Rehusé responderles y quise saber quién les enviaba, pues aunque no se lo dije, mi contacto en la tetería me había informado de que en la ocasión anterior, el incitador de su presencia en mi despacho había sido Pascual Bravo y yo había dado por aclarado ese capítulo. Pero uno de ellos se abrió la chaqueta y me mostró, delicadamente bordado en su pechera, el símbolo del yugo y las flechas.</p>
<p>Al igual que pasó con el señor Herranz, Pascual Bravo había lanzado los perros sobre mi rastro, y aunque nuestras diferencias fueran inexistentes, nada podría apartarles de una posible presa. Era cuestión de tiempo. Reconozco que me asusté, y opté por desviar la atención y darles un poco de pena. Comenté el reciente fallecimiento de mi padrino, mi cese fulminante de mi puesto de trabajo, y que mi mujer estaba con sus padres debido a su estado y que ardía en deseos de reunirme con ella en cuanto cerrase mis asuntos en la ciudad, asegurándoles que saldría de Madrid en breve para no volver nunca jamás.</p>
<p>Esto pareció satisfacerles y uno de ellos me señaló que los aires de los Montes de Toledo le sentarían muy bien a mi salud. Entendí perfectamente su insinuación, pero el otro se rió entre dientes y mirándome con burla, me dijo que si tenía tanto aprecio a la tierra toledana, podían conseguir que permaneciera en ella para siempre. Se me heló la sangre, la verdad, porque no sabía si interpretar que podían conseguir que no saliera de Toledo profesionalmente o si me iban a enterrar en cualquier cuneta. Temí por mi familia, y de nuevo me alegré de estar separado de ellos. Por fin, conseguí que se fueran de mi casa. Desde ese día, aceleré los trámites de la herencia para poder partir cuanto antes, planeando el viaje para hoy, día 20.</p>
<p>Ocupados en esto, llegó la festividad de Santiago y se celebraron algunos festejos, pero todo estaba preparado para el día grande: el 18 de julio. Ahora lo llaman “la Fiesta de la Exaltación del Trabajo”, pero es la celebración del aniversario del día en que el sueño republicano terminó y medio país cayó sobre la bota del otro medio. Dos años ya. Se me han hecho tan cortos como largos. Tengo la sensación de que las sombras de aquella guerra fratricida se alargarán décadas en el tiempo, pero a la vez serán pisadas, como todas las sombras, por gente que se olvidará de su presencia, pero que tendrá los pies fríos sin saber por qué.</p>
<p>Debo interrumpir mi carta, amigos míos, pues el marchante llega para recogerme. Espero veros en unos días, pero ya que daremos un rodeo para evitar las principales poblaciones, envío esta carta por otros medios más rápidos que mi persona para anunciaros mi pronta llegada. Querido Luis Miguel, aguanta. Quiero darte un abrazo cuando te vea.</p>
<p>Vuestro amigo que lo es,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Carta 42: De Dalmacio a Emilio</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Jul 1941 17:38:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 2 de julio de 1941</p>
<p>Querido amigo Emilio:</p>
<p>Quisiera llevarte buenas noticias con esta carta, pero, lamentándolo mucho, estas líneas sólo albergan palabras referentes a días nefastos. Y es que, amigo mío, la mala suerte parece haberse afincado en estas tierras, y lo que es peor, me es difícil atisbar cualquier luz de esperanza. Incluso el ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 2 de julio de 1941</p>
<p>Querido amigo Emilio:</p>
<p>Quisiera llevarte buenas noticias con esta carta, pero, lamentándolo mucho, estas líneas sólo albergan palabras referentes a días nefastos. Y es que, amigo mío, la mala suerte parece haberse afincado en estas tierras, y lo que es peor, me es difícil atisbar cualquier luz de esperanza. Incluso el amigo Xoaquín, el comunista, en alguna de sus visitas a la Quintana, contemplando la situación en la que nos estamos viendo, trajo desde Marcenado (y a espaldas de Don Roque) una figa de azabache, que, según dicen las viejas del pueblo, protege de todo mal. Desde entonces, el amuleto cuelga de nuestro amigo enfermo.</p>
<p>Emilio, me duele mucho decirte esto, pero Luis Miguel se nos muere. Ahora que han transcurrido las semanas, he tenido la oportunidad de observar la realidad de su estado, y está mal, muy mal. A decir verdad, no sé de dónde sacó el muchacho las fuerzas el pasado junio para llegar llegar hasta la Quintana. Y créeme si me atrevo a pronosticar que dejará este mundo cualquier día de estos, pues ya casi no come, y mira que le insisto para que lo haga; es incapaz de andar cuatro pasos sin sentirse agotado, y algunas veces, cuando piensa que estoy en la parte de abajo, oigo cómo le promete a su madre que pronto se reunirá con ella.</p>
<p>Y es lo que me he venido temiendo desde hace un tiempo: que ya no tiene ganas de seguir en este mundo. Yo trato de animarle en todo momento, pero es inútil. Sabe que su fin está próximo y ha dejado de luchar contra su destino. Cuando está consciente, me dice con lágrimas en los ojos que le perdone por todo el perjuicio que ha traído a mi casa con su enfermedad, y ya no sé cómo hacerle saber que su situación para mí no es ni tan siquiera un mal menor, pues tanto su compañía como su amistad están siendo ese golpe de aire fresco que la Quintana venía pidiendo desde mis días en el frente. Le he dicho que le necesito aquí, que le necesitas tú, y que luche, que luche aunque sólo sea para disfrutar de la suerte que otros no han tenido por volver vivo de la guerra.</p>
<p>No puedo mentirte respecto a Luis Miguel, pero me ha dicho que le gustaría verte, y me ha pedido que nunca te haga llegar este deseo, ya que está convencido de que preocuparte por un moribundo es lo único que te queda para agravar tu situación. Ha decidido escribirte una carta, posiblemente la última, para despedirse de quien considera ya su única familia. Así que pronto nos pondremos a ello. Yo transcribiré sus palabras, y me ha hecho prometer que de ninguna manera he de suavizar su mensaje.</p>
<p>Te contaré que pasada ya la noche de San Juan, pude verle en tal estado febril que corrí hasta el pueblo en busca de la sabiduría de don Roque. Este se sorprendió al verme, pues me tiene dicho una y mil veces que es peligrosa mi presencia en Marcenado, pero vi tan grave a nuestro amigo que no dudé en hacer oídos sordos a sus consejos. Le expliqué entonces el asunto y apartó de las suyas unas hierbas que fortalecen el corazón. Pero, Emilio, Luis Miguel no mejoró con la digitalina, tal vez un ápice, pero pienso que su enfermedad está ya tan avanzada que sólo Dios puede interceder. El cura también me recomendó recolectar genciana porque parece ser que sus flores limpian la sangre. Según él, he de cocer la planta por las mañanas y dársela a tomar por nueve días, ni uno más, porque el paciente corre el peligro de entrar en anemia, y ya es lo que nos faltaba.</p>
<p>En realidad, lo que nuestro amigo necesita es un hospital. Es ahí donde sabrían atenderle debidamente. Yo hago todo lo que puedo, bien lo sabe Dios, y he de confesarte que vivo con la permanente angustia de encontrármelo muerto cuando me despierto. Siento ser tan duro respecto a la situación de Luis Miguel, pero como puedes comprobar por este escrito, los recursos que ofrece el bosque son insuficientes. Sólo queda esperar, y ya que no puedo hacer otra cosa, rezo todos los días a un Dios en el que no creo para que el pobre muchacho abandone este mundo alejado de un sufrimiento que no hace otra cosa que persistir día tras día.</p>
<p>Pero esto no es todo, Emilio. Cuando al principio de esta carta he señalado que la mala suerte parece haberse cebado con estas tierras, no sólo me refería al estado grave de nuestro amigo. Estoy lidiando también con otro asunto muy diferente que, como te comenté hace meses, en su momento creí solventado. El mismo día que bajé con urgencia al pueblo para recoger el consejo de don Roque para las fiebres de Luis Miguel, el cura me dio una carta recién llegada de Bazkoare y me pidió, y con un apremio que llegó a preocuparme, que esa misma noche repitiera la visita. Por más que insistí no quiso referirse al tema, alegando lo urgente de mi amigo, así que lo aplazó para el siguiente encuentro, no sin antes darme a entender que la trascendencia del propósito no permitía ninguna demora.</p>
<p>Y así lo hice. Aquella misma noche, después de leer la carta de mi compañero en el manicomio, en la que me daba la buena noticia de que pronto abandonará las instalaciones de la Cadellada, dejé atendido y cenado a Luis Miguel y corrí de nuevo a la iglesia. Cuando entré en el cuarto de don Roque, pude ver en sus ojos una preocupación que sólo he tenido oportunidad de contemplar en otra ocasión, cuando el triste asunto del cura de Somiedo. Efectivamente, mis temores habían regresado, y esta vez parecía que estaban ahí para quedarse.</p>
<p>El viejo comenzó hablando sobre los hechos que ocurrieron durante la Revolución de Asturias de 1934, cuando los dirigentes locales en el valle minero de Turón tenían el convencimiento de que la victoria sería rápida y fácil. En aquel momento tenían previsto tomar Oviedo, y luego instaurar el socialismo, cosa que como muy bien sabes, no pudo ser. El caso es que, en ese tiempo, los curas y todo el que tuviera algo que ver con la Iglesia habían de extremar el cuidado, ya que prosperó la orden de detenerlos. Gran parte de ellos pudieron escapar y algunos se escondieron como buenamente pudieron en casas de los feligreses, pero nadie pudo hacer nada por los que fueron capturados. Dicen que los revolucionarios fusilaron a más de dos docenas, entre sacerdotes y religiosos, hace ya siete largos años.</p>
<p>Por esta causa, y en memoria de los que llaman los Mártires de Turón, el Señor Obispo ha decidido que de ninguna manera la desaparición del cura de Somiedo ha de quedar en la impunidad. Así que, como puedes comprobar, en este caso la iglesia ha decidido cambiar su ley del Talión, “ojo por ojo, diente por diente”, por otro pasaje bíblico, “pagaran justos por pecadores”. Parece ser que estos días atrás se presentaron en Marcenado unos religiosos acompañados por guardias civiles, mandados desde Oviedo. Y no sólo hablaron con don Roque, sino que también quisieron entrevistarse con algunos vecinos por si encontraban alguna pista de ese malnacido de don Sebastián.</p>
<p>Según me contó el cura de Marcenado, de nuevo intentó razonar con los investigadores para desviar su atención del pueblo y de los bosques donde se encuentra mi casa. Les explicó algo que seguramente ya habían barajado: que el de Somiedo tenía sembrados tantos precedentes tan poco encomiables por todos los pueblos de la región, que estaba en la seguridad de que había sido víctima de alguna venganza por cualquier altercado sucedido hace meses, o incluso años. Alegó que es bien sabido que la venganza es un plato que se come frío, y que cualquier alma razonable urdiría su propósito, si, pero bien apartado de su localidad con el fin de alejar sospechas. Nadie comete un delito en su propia casa, les dijo.</p>
<p>Pero ni los mandados por el prelado, ni la Guardia Civil quedaron muy convencidos. De hecho, estos últimos contestaron que cabían otras posibilidades además de la expuesta. Explicaron que en aquellos días en que abundaba el hambre y la miseria, nuestra España estaba repleta de apátridas y de rojos impíos sin alma que no tenían nada que perder, y que todos estos cometían infinidad de crímenes con alegre ligereza. Es más, los guardias civiles aseguraron al cura que esas situaciones eran las más numerosas, y por esta razón no debían desestimar que cualquier vecino de Marcenado del Moire pudiera estar implicado.</p>
<p>Así que los venidos de Oviedo no se conformaron después con visitar a los que en ese momento se encontraban echando unos dominós en la taberna. Se presentaron en el ayuntamiento y exigieron hablar con Chano, que es como llamamos al Excelentísimo Señor Alcalde Llucián Guardado. Has de saber que Chano es el padre del Xoaquín el comunista, y aunque su progenitor no comulga con las ideas de su hijo, siempre trata de hacer oídos sordos a ciertos asuntos por el bien de algunos vecinos. De hecho, su última hazaña, en la que tramitó con los pueblos colindantes un acuerdo consiguiendo bajar a menos de la mitad el comercio de estraperlo, ha puesto en juego su pellejo. Lo cierto es que la gente de Marcenado está contenta con la actuación del alcalde, pues en los tiempos que corren, aunque es imposible el olvido, se ansía esta relativa tranquilidad que Chano proporciona gracias a su buen hacer y su manga ancha.</p>
<p>Bien, la Guardia Civil se presentó en el ayuntamiento y, según las palabras de Xoaquín, que estuvo presente en todo momento, la pareja dejó en la puerta su habitual actitud prepotente con la intención de conversar amigablemente con el señor alcalde. Chano colaboró de buena gana con ellos, respondiendo a sus preguntas sin reticencias: que si tenía sospecha alguna de los censados, que si conocía alguna desavenencia, por muy pequeña que fuera, del cura con algún vecino. Nada. Las respuestas a estas cuestiones fueron todas negativas. Luego, y a petición de la Benemérita, el alcalde puso a su disposición los libros del censo y ellos husmearon incluso entre los nombres de los fallecidos antes de la guerra.</p>
<p>Pero la respuesta en la que el alcalde titubeó fue en la última, cuando ya tenían un pie fuera del cuarto e incluso se habían puesto ya el tricornio. ¿Existe algún pueblo adyacente a Marcenado del Moire?, preguntó alguno de los hombres. Chano dijo que no, que ellos mismos habían tenido que pasar por el pueblo de al lado para llegar hasta ahí, si es que era a eso a lo que se estaban refiriendo. Debieron ver que el hombre vacilaba, dudaba o vete a saber qué signo de indecisión reflejó para que los guardias civiles detuviesen su paso. El caso es que se introdujeron otra vez en el cuarto y formularon de nuevo la pregunta, esta vez especificando. Ya sabe, señor Guardado, dijeron, que si hay alguna población pequeña cerca de aquí que no figure en los libros, alguna casa en la montaña, ya sabe. Al final, el alcalde tuvo que admitir la existencia de la Quintana. Explicó que hacía años la casona estaba habitada por una buena familia de cuatro miembros y que siempre pagaron la contribución religiosamente, pero que desde la guerra no los había vuelto a ver por el pueblo, así que tenía la seguridad de que, o habían muerto, o como muchos otros, emigrado a tierras de paz.</p>
<p>No te mentiré, Emilio, diciéndote que no estoy asustado. Sé que existe la posibilidad de que todo este asunto pueda destaparse si el prelado y los nacionales empiezan a tirar del hilo. Podrían descubrir que hay vida aquí arriba e irse al traste todo mi esfuerzo por sobrevivir, cosa que cada día me importa menos. Y quiero adelantarme a tus pensamientos, amigo: nunca huiría de la Quintana si las cosas se pusieran feas. Nunca dejaría aquí a nuestro amigo, pues si el Destino ha dispuesto que dejemos juntos este mundo, yo no soy nadie para contradecirle.</p>
<p>Por el momento, estoy ganando tiempo, porque sé de muy buena tinta que no van a llegar hasta aquí. Después de la visita de los números al Ayuntamiento, regresaron a la sacristía para encontrarse de nuevo con los enviados del prelado, y puedes imaginar la cara del cura cuando nombraron la casona donde vivo. Don Roque volvió entonces a echar mano de sus historias sobre los ataques de los osos y la terrible cantidad de lobos de los que tendrían que cuidarse si se les ocurría aventurarse a subir al monte para adentrarse en él. Incluso improvisó otra en la que aseguró que un grupo de anarquistas quiso esconderse en el bosque, y a las pocas horas pudieron contemplar cómo un perro salvaje bajaba de la zona del peñasco con la mano de un hombre entre las fauces. Esto último debió impresionar a la Benemérita porque, según describió el cura, se miraron entre ellos y después le pidieron un chato vino sin bendecir, y los hombres del prelado no se quedaron atrás, pronunciando alabanzas a Dios mientras se santiguaban tres veces. Luego de degustar el vino, hablaron entre ellos sobre la posibilidad de que, si sus superiores les ordenaran subir al monte tras recibir su informe sobre la visita a Marcenado, se harían custodiar por cazadores.</p>
<p>Para tu tranquilidad, y seguramente es algo que ya supones, has de dar por supuesto que estoy manteniendo a Luis Miguel ajeno a este peligro. Él me ve preocupado, y me pregunta, pero piensa que mi talante declina algunas veces a causa de la confirmación reciente que recibí del fallecimiento de mis padres.</p>
<p>Emilio, amigo, tal es el desasosiego que estoy padeciendo estos días, que aflora mi egoísmo. Tu última carta confirma que ninguno de los tres estamos pasando por un buen momento. Antes de comenzar la redacción de esta carta, dudé si contarte la realidad sobre Luis Miguel y sobre la Quintana, pero es un asunto tan grave que ha prevalecido la decisión de ponerte al corriente.</p>
<p>Tu amigo que te aprecia,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 41: De Luis Miguel a Emilio</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Jun 1941 18:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 20 de junio de 1941</p>
<p>Mi estimado compañero:</p>
<p>Querría comenzar estas líneas con buenas noticias, ya que tras leer tu última carta me quedé un tanto apenado por todo aquello que me narraste. Con la marcha de tu esposa, y ahora la pérdida del doctor, puedo imaginar cómo te sientes. Parece ser que la ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 20 de junio de 1941</p>
<p>Mi estimado compañero:</p>
<p>Querría comenzar estas líneas con buenas noticias, ya que tras leer tu última carta me quedé un tanto apenado por todo aquello que me narraste. Con la marcha de tu esposa, y ahora la pérdida del doctor, puedo imaginar cómo te sientes. Parece ser que la vida no para de ser injusta contigo. Tú, que te desvives por los demás, ahora te ves solo cuando más nos necesitas. Si estuviese en Madrid en estos momentos, no dudes que me importaría bien poco lo que pudiese ocurrirme por descubrir mi escondite, con tal de acompañarte y hacer más llevadero este período desafortunado que te aísla. Pero no desesperes, querido amigo, confío en que encontraras una vía de escape que te ayudará a afrontarlo todo. Sé que así será.</p>
<p>Bien, mis buenas noticias para ti son que por fin ya estoy en Asturias, en la Quintana, junto a tu gran amigo Dalmacio y desde ahora también mío. Con respecto a este lugar, he de darte la razón, pues es un sitio apacible y sosegado que supera incluso tus descripciones. No obstante, creo que esas semanas en la capital me han hecho mucho bien. He podido recordar a mi familia de antes de aquella maldita guerra que finalizó hace ya casi dos años, pero que sigue ahumando las calles, una familia unida por sentimientos y no destrozada por ideologías. En definitiva, una familia normal. Mi familia perdida me ha dado fuerzas.</p>
<p>¿Recuerdas a don José Ignacio? Es el viejo cura del que te hablé, el de la parroquia de San Ginés. El día en que hice la visita a su iglesia, se fijó en mí más de lo que yo supuse. La verdad es que ya estando allí pensé que él y mi madre habían mantenido el contacto hasta el mismísimo día de su muerte. Y ahora sé que así fue, y que mi santa madre, que en paz descanse, le hablo de mí e incluso le mostró alguna fotografía mía de ya mayor. El caso es que el cura me reconoció de algún modo y mandó que me siguiera a alguno de sus fieles monaguillos, y digo fieles aunque posiblemente le temerán más que al mismo demonio. Yo, en aquel momento, estaba tan ensimismado con mi regreso a Madrid que no me percaté de nada. Pero así, el párroco se hizo con mi nueva dirección: el piso que me permitiste invadir por un tiempo, el espacio de tu mentor. ¿Y qué hizo con esa información? Proporcionársela al mismísimo señor Herranz.</p>
<p>Mi padre llamó a la puerta esa tarde de miércoles, mientras recogía mis cosas decidido a emprender viaje a Asturias. Abrí, pensando que era la portera. Puedes imaginar mi cara de sorpresa, asombro y miedo cuando le encontré allí. Y no te puedo mentir, a ti no. Sentí una especie de alegría que ni yo soy capaz de explicar.</p>
<p>Por un instante, el tiempo pareció paralizarse. Fue como si el silencio lo poseyera todo. Ninguna reacción, ni suya ni mía. Cuando me hice cargo de la situación, respiré más tranquilo al comprobar que había venido solo, sin la compañía de su inseparable abogado y amigo, Joaquín Urrutia. Mis deseos luchaban entre sí, quería golpearle pero también abrazarle. Pero Emilio, ¿sabes algo? Fue la primera vez en que no vi soberbia en los ojos de mi padre. Busqué en mi alma el enojo, alimentado durante tanto tiempo, y de pronto no lo encontré. Sentí que el enfado no solucionaba nada, pero no era capaz de explicarle a mi corazón lo que mi cabeza pensaba.</p>
<p>De pronto abrí la boca y me escuché decir: “Padre, el enfado sólo es negar la realidad que no nos gusta y nos hiere”. Esas fueron mis primeras palabras hacia él, y te las escribo tal y como las dije, porque no las olvidaré nunca. Creo que quería hacerle reaccionar y tras observarle, decidir: o cerraba la puerta de golpe y volvía a huir, o podría por fin mantener una conversación con él. Su respuesta no podrías imaginarla nunca. Él, tan frío como siempre, tan señorial y tan estirado, pero envejecido, con algo roto por dentro, se limitó a levantar una ceja, mirar de reojo hacia el interior de la casa, y como el que sentencia y fusila al mismo tiempo, me contestó: “Hijo, el enfado tiene una relación directa con nuestras expectativas y el nivel de exigencia. En eso me fallaste…”. Y cuando sentí removerse la ira en mi interior y estaba a punto de replicarle, algo pareció cambiar en su talante, y continuó, sin dejarse interrumpir: “… y por eso ya no te culpo. Porque fui yo quien creyó que me habías traicionado al no cumplir mis ideales. Por esto debías pagar. Pero no eran mis ideas las que debían impulsarte, sino las tuyas. Hijo, ahora me doy cuenta. He sido injusto y egoísta, indigno como patriarca de familia. He estado perdiendo el tiempo, he roto mi familia y por esto estoy pagando desde que nos dejó tu madre. Estoy solo y me rechazas. Pero bien merecido lo tengo, y es el peor castigo que un padre puede recibir”.</p>
<p>Nos fundimos en un abrazo eterno, inseparable. No podía creer lo que estaba ocurriendo, pero era algo muy real y estoy seguro de que mi madre, desde el Cielo, se sintió feliz de nuevo. Me lo llevé por fin al interior de la casa, temiendo que la portera estuviese espiando, y una vez dentro saqué coñac de alguno de los muebles del doctor Cervello de Guillerna, nos sentamos y pudimos conversar durante horas.</p>
<p>Hablamos de sus intenciones cuando fue a buscarme a Roma y de su infatigable búsqueda, y en efecto, su decisión de entregarme al Régimen era firme en aquel momento. Me había denunciado como enemigo de la Patria y, azuzado por sus compañeros, se lanzó en mi captura. Le vi viejo y enfermo, consumido. Le escuché y logré entender hasta qué punto el poder de unas ideas políticas puede manipular incluso el amor de un padre hacia su hijo, y eso me entristecía, y me compadecí de él. Insistió una y mil veces en pedirme el perdón y que le dejase recuperarme, y créeme que confié del todo en sus palabras. Le pregunté a qué era debido ese cambio en sus intenciones, ahora que me tenía en sus manos y podría conseguir su propósito. Su respuesta fue tan sencilla como rotunda: me dijo que perder una esposa es duro, pero que si además perdía un hijo, y siendo él quien le sentenciaba, no lo hubiera podido superar.</p>
<p>Le conté mi enfermedad, mis peripecias para huir de sus persecuciones, mi estancia en grandes ciudades como París o Roma y mi larga convivencia con los vecinos de Torrejón de Velasco, pero no le conté mis planes de irme a Asturias de inmediato. Le confirmé lo que él ya sabía, que yo fui aquella persona que se hizo pasar por médico en el hospital donde Mamá había muerto. Que no llegué a tiempo, pero que de algún modo me despedí de ella. Hasta le mostré el rosario y la carta que mi madre me dejó, y que desde entonces me acompañan allá donde voy. La lloramos juntos. Ahora sé que, muriendo, ella nos juntó de nuevo.</p>
<p>Cuando quisimos darnos cuenta, habían pasado horas y la noche había caído. Por fin mi padre decidió levantarse del asiento, y con una mirada húmeda y vidriosa me advirtió que por desgracia debía marcharme. No podía continuar ni en Madrid, ni en ese piso. No era posible retirar la denuncia por traición, y si simplemente intentara hacerlo, se condenaría a sí mismo. De todos modos, y al haberse reunido conmigo, quedaba él también contaminado, también era un traidor. Era posible que le hubieran seguido, y si así había sido, descubrirían dónde poder capturarme, y dónde hacerse ahora, no ya con uno, sino con dos traidores al Régimen. Debíamos vernos lo menos posible, por nuestra protección, aunque quedamos unidos y en paz.</p>
<p>Cuando se hubo marchado, no lo dudé un instante: ya no era una la razón por la que debía irme a toda prisa del piso del doctor, sino dos. Y fue esa misma noche cuando partí hacia la estación de autobuses. Sé que si le hubiera hecho partícipe a mi padre de mis planes, me habría querido dar dinero. Pero ya no lo quiero. Ya no necesito más para mantenerme que mis propios medios.</p>
<p>Bien, salí del piso de tu ya fallecido mentor al poco de que mi padre se fuese. No quería que mi presencia allí pudiera ser una preocupación añadida a las que ya te ocupan. A última hora y apresurado, pude acercarme hasta la estación de autobuses y hacerme con un billete para viajar hasta Oviedo, tal y como Dalmacio me había indicado. La verdad es que hubiese preferido viajar en tren, pero mis ahorros están muy mermados, y si a esto le sumas mi intención de ayudar a Dalmacio económicamente por acogerme en su hogar, no debía incurrir en gastos innecesarios.</p>
<p>La compañía Alsa ofrece buenos precios a cambio de un viaje lleno de baches, asientos estrechos y duros para poder ir sentado en un autobús que apenas es una furgoneta grande, y rodeado de gallinas, paquetes con olores a todo tipo de productos, y días interminables viendo parajes desolados y desérticos. El gasógeno barato que utilizan como combustible es tan mortecino que da la impresión de que se iría más deprisa andando, y esto se confirma cuando en las cuestas arriba el pasaje debe bajarse y empujar. Y esto no es todo; particularmente este viaje ha estado amenizado por los llantos de niños hambrientos y voces dirigidas al conductor de señoras o señores que quieren orinar cada quince minutos obligándole a parar, y toses y esputos en mi propia cara, todo un paraíso para el viajero. Nada que ver con el transporte público del que hice uso estando en Europa.París o en Roma. Tengo la impresión de haber estado en esa furgoneta una eternidad.</p>
<p>Una vez llegado a Oviedo, seguí todas las indicaciones del mapa que Dalmacio me dibujó. Tomé el tren hasta la estación de Avilés. Cierto es que allí podía haber contratado los servicios de Marcial, el carretero, para que me llevase hasta la Quintana, pero pensando en cómo Dalmacio me alertaba en su carta para que evitase en la medida de lo posible ser visto de camino a la casona, decidí rechazar este transporte y comencé a caminar, dejando de lado Marcenado del Moire a pesar de que me hubiese encantado hacer una visita; desde las afueras parecía ser un pueblo de lo más acogedor.</p>
<p>Sentí miedo atravesando el valle y el bosque. Temía la soledad tanto como encontrarme con cualquiera que pudiese preguntarme, e incluso tuve mucho cuidado de no cruzarme con aquellos campesinos que quisieran ofrecerme sopa de setas, pues ya Dalmacio me contó su experiencia con ellos. No las tenía todas conmigo. Según avanzaba, a pesar del verano incipiente, el frío calaba en mis huesos, mis fiebres aumentaban, la tos no cesaba y el camino era largo y escondido, algo tenebroso lo envolvía. En más de una ocasión creí haberme perdido, y esto sucedió, pero no desistí, aunque algunas veces pensaba que caminaba sin rumbo. Hasta miedo me daba cruzarme con el Busgosu, aun sabiendo que es considerado gentil y amable, porque al fin y al cabo yo no dejaba de ser un mero forastero e invasor de sus territorios. Desconocía cuál podría ser su reacción al encontrarme, si era cierta su existencia. Por suerte, antes de que cayera la noche pude encontrar aquella casona escondida y rodeada de enormes pastos, que daban la bienvenida a mi descanso y por qué no, a mi libertad.</p>
<p>Tras insistir y golpear el portón de la casa varias veces, éste se abrió, dejando ver tras las sombras a Dalmacio, que portaba una pala en mano, que más tarde me confesó que llevaba por si algún merodeador o ladrón se atrevía a desafiarle. Cuando le dije mi nombre, me recibió con un fuerte abrazo. Créeme si te digo que no me sorprendieron su amabilidad y educación. Desde ese mismo instante comprendí por qué decidiste que éste era el mejor lugar donde yo podría por fin descansar.</p>
<p>Pero, querido Emilio, has de saber que, lamentablemente, el viaje no me hizo ningún bien. Mi estado de salud ha empeorado a pasos agigantados. Puedo suponer que en el autobús alguien me ha contagiado algún mal resfriado o vete tú a saber qué. Y si hemos de sumar que después tuve que caminar por aquellos largos caminos que consiguieron agotar mis fuerzas, puedes suponer el estado en el llegué a la Quintana.</p>
<p>Dalmacio se desvive por mí. No llevamos ni dos semanas conviviendo y podría decir que ya le siento como a un hermano. Es todo bondad en él. Tú que sabes cómo es, fíjate que hasta se negó a aceptar mi dinero para comprar provisiones poniendo mil excusas, tales como que no le servía para nada, ya que debía mantenerse oculto y no podría usarlo, o que con lo que tenía daba suficiente para vivir los dos, pero tras mucha insistencia por mi parte, encontramos una solución para que nos fuese útil. Entregamos una cantidad a Xoaquín el comunista, quien, enviado por don Roque, sube a la Quintana muy de vez en cuando para comprobar que nos encontramos bien.</p>
<p>El hombre nos ha comprado legumbres, harina, algunas semillas y hasta unas botellas de vino, con las que aderezar las pocas comidas que puedo ingerir. Y es que paso en cama prácticamente todo el día. Cuando no estoy dormido, Dalmacio se queda a mi lado, y charlamos y nos contamos batallitas de antes de la guerra. Bueno a decir verdad, es él quien me las cuenta, porque hay días en los que apenas puedo pronunciar palabra. Pero Dalmacio no desespera, continúa hablando y hay ocasiones en las que me cuenta las mismas anécdotas varias veces. El pobre, imagino que ya no sabe ni qué inventarse, pero yo le escucho como si fuese la primera vez que atiendo a sus palabras.</p>
<p>Hago mil y un esfuerzos por levantarme para salir a pasear por los pastos junto a él, por parecer fuerte y ayudarle en lo que puedo, porque siento que más que una compañía soy un estorbo. Te alegrará saber que esta semana me siento un poco más enérgico, las fiebres parecen haberme concedido algo de tregua, y esto me hace sentir algo más fuerte y puedo disfrutar de estos parajes y bosques tan reposados. Por eso estoy aprovechando para escribirte hoy: no sé cuánto tiempo permaneceré tan consciente.</p>
<p>Ahora ya debería despedirme, querido amigo. He de ayudar a Dalmacio a preparar algo para la cena, aprovechando que hoy parezco encontrarme algo más activo. Deseando que pudieras viajar hasta estos lares asturianos que todo lo pintan de otro color, te envío el mayor de los abrazos, que ojalá algún día pueda hacerse realidad.</p>
<p>Siempre tu amigo,</p>
<p>Luis Miguel Herranz</p>
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		<title>Carta 40: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jun 1941 18:26:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 5 de junio de 1941</p>
<p>Querido Luis Miguel:</p>
<p>De nuevo prefiero escribirte en lugar de vernos de nuevo. Qué alegría poder encontrarnos hace unos días; no sabes cuánto bien me hizo sentir que tengo un amigo. Ya lo sabía de antes, por supuesto, pero tenerte delante me consoló más que todas las palabras del mundo en ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 5 de junio de 1941</p>
<p>Querido Luis Miguel:</p>
<p>De nuevo prefiero escribirte en lugar de vernos de nuevo. Qué alegría poder encontrarnos hace unos días; no sabes cuánto bien me hizo sentir que tengo un amigo. Ya lo sabía de antes, por supuesto, pero tenerte delante me consoló más que todas las palabras del mundo en estos malos momentos. Gracias por tu presencia y por tu amistad, pero ojalá hubiera sabido entonces que esos malos momentos precedían a otros peores. Ahora, dados los acontecimientos, que han sido numerosos desde que nos separamos, considero más seguro para ambos regresar a nuestra comunicación epistolar. Verás por qué.</p>
<p>He sabido que don Álvaro ha muerto. Mi maestro, mi guía, mi padre ha muerto de nuevo. Me parece increíble estar escribiendo estas palabras y aún no puedo concebir que no vaya a verle más, que no vayamos a compartir un cigarrillo al final de la jornada, que no pueda consultarle los casos difíciles, que no pueda contar con él. Me invade tal tristeza que no atino ni a pensar. Yo, que hace poco más de un mes me creía el rey del mundo, con mi familia, con mi protector, mi trabajo, mi tesis aprobada, ahora soy un pobre imbécil que se ha quedado solo. Y tengo la sensación de que me lo he ganado a pulso.</p>
<p>Estoy furioso con los Hados y conmigo mismo. Me alejé de nuestros principios, quise vivir la vida de los ganadores cuando yo había perdido. Soy un impostor. Sólo sigo vivo porque soy el único que lo sabe, aunque muchos otros lo sospechan. Es cuestión de tiempo. Me creí a salvo de todo mal y quise dejar la guerra en el pasado, pero la guerra no ha terminado, amigo mío. La guerra sigue, pero ahora es peor, soterrada, omnipresente. El enemigo ya no está delante, sino que es el compañero, el que comparte el despacho, el que te da la paz en misa, el camarero que te pone un vino, la portera, el niño que pide en la calle. Cualquiera puede señalarte con el dedo, y ese dedo disparará una bala que puede matarte tanto como las que nos disparaban hace apenas dos años. Y a veces pienso si no será mejor.</p>
<p>No quisiera cargar sobre ti, a quien he visto tan consumido por la enfermedad, el peso de mis sentimientos, pero necesito compartirlos porque, lamentablemente, no voy a poder enterrar a mi mentor con los muchos honores que merece y celebrar el duelo. Y todos sabemos que eso es tan necesario para cerrar la herida de la separación… Si no pueden hacerse las pompas fúnebres, queda algo pendiente, como una canción interrumpida sin final. Enterrar un cuerpo es enterrar una etapa, cerrar un capítulo, y esto no podré hacerlo. Ni siquiera puedo hacer pública su muerte, debido al modo en que me ha llegado la noticia.</p>
<p>En ausencia de don Álvaro, quedé con la comanda de vigilar el grupo de refugiados que se ocultaban en las ruinas de la construcción del Hospital Clínico del que él se encargaba. Gran parte de ellos habían partido ya, entre ellos Otto, un judío polaco con el que yo había trabado cierta amistad, pero aún queda un pequeño conjunto de acogidos que espera el completo restablecimiento de un joven que llegó con un disparo en el abdomen que tenía bastante complicación, hace unos tres meses. El doctor y yo le operamos en unas condiciones algo precarias, pero el paciente era joven y fuerte, y tenía ganas de vivir, aunque una infección casi se lo lleva por delante. Ojalá pudiéramos disponer de esas nuevas medicinas que han llamado antibióticos; estoy seguro de que nos serían muy útiles. De todos modos, los cuidados de la que parece ser su esposa han sido constantes y por fin parece lo bastante recuperado como para seguir viaje hacia América, donde quiero imaginar que podrá empezar su vida de nuevo sin muchas secuelas.</p>
<p>Después de comprobar que este joven estaba en condiciones de recibir el alta, me dirigí a la tetería Embassy para transmitir esta información y que les incluyesen en el siguiente grupo que partiera. Allí, a través del procedimiento habitual, me encontré con mi contacto, quien me llevó a un aparte, acusó recibo de lo que yo le decía y a su vez, me hizo partícipe de otras noticias. La primera era que había tenido noticia de los dos individuos que se habían presentado en mi despacho con la intención de amedrentarme poco antes de partir yo hacia Asturias. Había sabido que quien los había enviado había sido Pascual Bravo, el arquitecto encargado de parte de la reconstrucción del Hospital Clínico y fiel colaborador y subordinado del ingeniero Eduardo Torroja, director de las obras.</p>
<p>Me indigné muchísimo, como puedes suponer, pero antes de que consiguiera expresar mi ira, mi contacto me detuvo, indicándome con suavidad que Pascual Bravo tenía razones para tenerme antipatía. En el mismo tono de voz, me dijo que Bravo estaba encargado de otra célula de refugiados, igualmente escondidos en las obras del Clínico. Primero, el hecho de tenerme que enseñar los rudimentos de las obras le quitaba tiempo para dedicarle a su grupo; después, verme siempre zascandileando por los dominios que hasta ese momento habían sido suyos le puso nervioso, pues temía que yo fuese a descubrir a su gente. Resumiendo: estábamos en el mismo bando, pero no podíamos saberlo.</p>
<p>Estupefacto, pregunté los motivos de que se me hiciese partícipe de esta información. Mi contacto me dijo que, aun sabiendo que ponerme en el secreto de la participación de Bravo en estos traslados era muy peligroso, sobre todo para la parte contraria, en parte era por agradecimiento, porque sabía el trabajo que habíamos hecho el dr. Cervello y yo mismo en aquellas catacumbas con el joven del disparo, así como el trato que habíamos dado a otros refugiados, y en parte porque mi situación había cambiado. Y acto seguido me dio a leer una carta.</p>
<p>Esta carta estaba algo maltratada, pero era legible. Iba dirigida a mí. Estaba escrita en latín con una letra ceremoniosa y clara, y en ella, mi fugaz amigo Otto narraba cómo habían conseguido salir del país a través de Bilbao hacia Londres, y de allí hasta Manchester, donde habían embarcado en el vapor británico “Marconi”. Este buque formaba parte de un convoy procedente de Liverpool constituido por treinta y cinco barcos mercantes y diecinueve barcos de guerra, que debían protegerles de los submarinos alemanes que plagaban el Atlántico, y se suponía que viajaba de vacío, con apenas unas bolsas de correspondencia, para cargar fruta en Río Grande camino de Buenos Aires.</p>
<p>Pero en realidad, el “Marconi” llevaba pasaje no autorizado, probablemente a escondidas de la propia compañía naviera. Algunos estaban camuflados como marineros de la tripulación, pero otros, en particular unas pocas mujeres, que no podían disfrazarse de tal guisa, simplemente se escondían en los camarotes de la zona de pasajeros, esperando que la travesía terminase cuanto antes. Otto decía que se había llevado una agradable sorpresa al reconocer a don Álvaro entre los embarcados, “virum gratissimum”, quien tenía la intención de llegar a Buenos Aires y desde allí, según me dijo a mí, reunirse con el doctor Gregorio Marañón en su expedición sudamericana. Sin duda, al no encontrar fácilmente otro barco que cruzase el océano, consiguió que le colaran en este pasaje sin declarar. Zarparon el día 12 de mayo.</p>
<p>El día 20 de mayo el convoy se dispersó y el “Marconi” continuó navegando en solitario. Esa misma tarde, consiguieron esquivar un torpedo que les habían disparado, pero en la madrugada siguiente no tuvieron tanta suerte y poco antes del amanecer, fueron atacados de nuevo y en poco más de media hora, el barco se fue a pique.</p>
<p>Algunos de los ochenta viajeros se hundieron con el barco, entre ellos todas las mujeres. No obstante, muchos otros pudieron encaramarse a los botes salvavidas, entre una lluvia de balas disparadas por el propio submarino que les había torpedeado. El capitán y el primer oficial cayeron abatidos, hasta que por fin, el maldito navío alemán se perdió en la niebla. Entre los supervivientes estaban Otto y don Álvaro, aunque éste estaba malherido debido a la metralla de la explosión en el carguero.</p>
<p>Entonces empezó una travesía a la deriva, “gelida tantibus”, decía Otto, de varios días de pesadilla cerca de las costas de Groenlandia. Entre nieve y niebla, sin apenas víveres, sin refugio posible, mojados y medio congelados, fueron muriendo y siendo entregados a las aguas del Atlántico en un breve funeral. Algunos bebieron agua de mar y enloquecieron, e incluso tuvieron que empujar a un hombre por la borda porque había sacado una navaja y quería apuñalar a todos. Y allí encontró la tumba mi mentor, muerto de frío y desangrado, en el fondo del océano.</p>
<p>Otto, por su parte, fue rescatado por el buque de guerra americano “General Greene” y tocó tierra en Canadá, siendo uno de los seis supervivientes que mantenía todas sus extremidades, dado que la congelación había hecho presa en los otros treinta y cuatro. En cuanto le fue posible, había puesto todo su empeño en comunicarme la pérdida, recordando que me estaba agradecido y que el doctor Cervello de Guillerna tenía una excelente relación conmigo, y añadía que su periplo hasta el Nuevo Mundo le había enseñado que durante la guerra hay muchas muertes que nunca se hacen oficiales, y que en la medida de lo posible hay que procurar que nadie se quede esperando durante años unas noticias que nunca llegan. Se despedía con las últimas palabras del emperador Octavio Augusto: “acta est fabula”. A pesar de mi desolación, tuve que maravillarme de la rapidez con que esta carta había llegado a mis manos, sin duda por correo aéreo.</p>
<p>No me dejaron quedarme la carta porque Otto daba también otras informaciones que no debían llegar lejos, pero mi contacto me puso en la mano un certificado de fallecimiento, supongo que falsificado, sabiendo que aparentemente, yo era lo más parecido a un pariente que el Dr. Cervello tenía, me dio el pésame, me apretó un hombro y empezó a irse, dejándome a solas con mi dolor. Pero antes de salir se detuvo, y sin volverse me recordó que me había quedado sin protector. Me deseó buena suerte y se fue.</p>
<p>Así pues, amigo mío, debemos extremar el cuidado. Sobre todo, no debemos atraer la atención sobre nuestra amistad, pues ahora voy a tener que hablar con mucha gente y dar muchas explicaciones, y todo ello en un círculo social en el que tu padre tiene muchos oídos. Hay que encontrar el momento para anunciar el deceso de don Álvaro, y sobre todo, tengo que montar una buena historia acerca de cómo me he enterado de este extremo; estoy pensando en afirmar que me ha llegado un telegrama desde la embajada española en Canadá, pero ni siquiera sé si tal embajada existe ni dónde está. El doctor había dejado instrucciones por cumplir si le ocurría algo, así que tengo que organizar un encuentro con don Vicente Lamata, a quien hizo depositario de sus disposiciones, buscar a los herederos, organizar un funeral, hacerme cargo de sus cosas…</p>
<p>En cuanto a ti y tu domicilio, no te ocultaré que desconozco el contenido del testamento, y por tanto es más que probable que la vivienda que ocupas tenga un nuevo dueño, quien querrá conocer sus nuevas propiedades, y te encontrará en ellas en calidad de sobrino desconocido. Lamentablemente, pero por tu seguridad, debes abandonar esa casa, amigo mío. Dalmacio y Asturias te esperan para tu restablecimiento y protección. Nadie podrá encontrarte allí. Reservaré la noticia del fallecimiento del doctor hasta que estés a salvo.</p>
<p>Por otra parte, he enviado una carta a mi mujer pidiéndole que venga a Madrid para el cierre de curso, que procuraremos que coincida con el funeral de don Álvaro, y la entrega de la cátedra, de la que no tengo más noticias hasta el momento. Luego, si ella así lo considera, podrá quedarse o regresar a Toledo. Les echo tanto de menos a los tres… En lugar de los berridos de un par de bebés pidiendo un cambio de pañal, en mi casa se escucha el permanente estruendo de la radio, los sollozos ahogados de Prado y ahora los míos. He encontrado una foto de don Álvaro muy joven, cuando seguramente apenas había empezado sus estudios de Medicina, la he enmarcado y mi doméstica le ha puesto un crespón negro. Como nadie nos visita, nadie ha de verlo antes de tiempo.</p>
<p>Debo dejarte ya, compañero. Me gustaría que nos viéramos antes de tu partida, pero no sé si será posible. Sea así o no, sabes que cuentas con todo mi aprecio.</p>
<p>Queda tuyo afectísimo,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 39: De Dalmacio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Sat, 31 May 1941 22:36:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 31 de mayo de 1941</p>
<p>Querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Primero, habrá de perdonarme por la introducción a estas letras tratándole con tal familiaridad en el saludo vocativo, pero Emilio, este nuestro querido amigo común, me ha estado hablando tanto de usted durante los últimos meses, que ya siento como si nos conociéramos.</p>
<p>Parece ser que usted y ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 31 de mayo de 1941</p>
<p>Querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Primero, habrá de perdonarme por la introducción a estas letras tratándole con tal familiaridad en el saludo vocativo, pero Emilio, este nuestro querido amigo común, me ha estado hablando tanto de usted durante los últimos meses, que ya siento como si nos conociéramos.</p>
<p>Parece ser que usted y yo tuvimos un encuentro hace poco más de dos años en unas circunstancias muy diferentes a las actuales, y habrá de perdonarme de nuevo, porque lamentablemente no recuerdo aquel momento. Como supongo que ya estará informado por Emilio, la Fortuna quiso que el señor Robert Capa inmortalizara tal ocasión, y para mi sorpresa me han llegado noticias de que el retrato en cuestión fue divulgado por una importante revista de lengua extranjera.</p>
<p>Comprenda usted que a causa de mi oficio como conductor de ambulancias durante la guerra, tuve cientos de encuentros, quizá miles, y si hemos de añadir el caos que supuso el conflicto y todos los hospitales de campaña que tuve que recorrer durante meses, puede suponer que mi cabeza dejó de memorizar los rostros de los camaradas. Afortunadamente, Emilio, usted y yo, sobrevivimos y hemos dejado atrás todo aquello. Pero cuando pienso en los destinos de aquellos soldados de aquella guerra que nunca debió tener lugar, ahora, acomodado en mi casa de Asturias, y desde la distancia al horror que tuvimos que padecer, trato de suponer sólo bienaventuranzas para los camaradas que nunca más volveremos a ver.</p>
<p>Sea bienvenido, amigo Luis Miguel. Tal vez debiera haber comenzado esta carta con estas palabras; disculpe esta cabeza mía, que no ha hecho más que intentar recomponerse desde abril del treinta y nueve. Cuando venga por fin a La Quintana le explicaré largo y tendido los avatares que minaron mi razón hasta creerla perdida. Pero no tema: el tiempo, la reflexión y la inestimable ayuda de Emilio y del cura de Marcenado del Moire, me devolvieron una cordura que realmente nunca perdí. Sabrá que la cabeza está llena de rincones oscuros e inexplorados, pero he aprendido que hay que avanzar por ellos sin temor.</p>
<p>Por otro lado, tengo entendido que se encuentra usted delicado de salud, y siento mucho que así sea. Me atrevería a pronosticar que los aires asturianos acelerarán la recuperación de sus fiebres reumáticas. Así que tenga por seguro que aquí podrá descansar, y aunque no conviene alejarse mucho de La Quintana, seguro que podremos dar largos paseos ahora que ya está aquí el buen tiempo, y de seguro que estos espantarán sus ajes. Con un poco de suerte, toparemos con el Busgosu en los bosques. Pero no tenga cuidado, Luis Miguel. El Busgosu es un ser mitológico que habita en la fantasía de unos y en la realidad de otros. Se trata de un juego que proponen desde hace muchos años los bosques de estas tierras mágicas.</p>
<p>Sin ir más lejos, mi bisabuelo Amancio me aseguró hace muchos años que se encontró con él. Lo describió como un ser pacífico, con cierto aire cansado pero al tiempo infatigable, alto, enjuto, barbudo y con los ojos pequeños y hundidos. Mi bisabuelo le dijo que llevaba toda la vida buscándole, pero cuál sería su sorpresa cuando la respuesta del Busgosu fue que era él el que buscaba a los lugareños cuando consideraba que necesitaban su ayuda. Durante aquel único encuentro, mi antepasado andaba preocupado por su futuro y el de toda su familia, porque habían plantado lino para hacer tela para colchones y un temporal acababa de echar a perder toda la cosecha. El Busgosu, antes de que mi bisabuelo le contara sus cuitas, profirió un consejo que beneficiaría no sólo a mi pariente, sino también a las siguientes generaciones. Le dijo que la Naturaleza era caprichosa e impredecible, pero que por su afinidad con los otros habitantes del bosque, había sabido que el río que alimentaba el molino que usaba para teñir y ablandar las telas y las lanas para su negocio de colchones, desaparecería… El río brotaría de nuevo, sí, pero que no sabía cuándo. Esa misma noche, el bisabuelo Amancio comenzó a pensar en cómo su familia podía no depender del molino, y lo consiguió antes de que el río dejase de manar.</p>
<p>Sé lo que estará pensando, amigo mío, que esta cordura, de la que yo mismo dudé, no ha terminado de enraizarse en mi cabeza. Y pudiera ser que no esté usted muy equivocado, pero aquí en Asturias, en esta tierra que me vio nacer, la que esperó mi ausencia durante la guerra, y la que acogió después mi regreso con los brazos abiertos, guarda unas doctrinas que se conservan por transmisión de padres a hijos. No dude de que estos lares son hospitalarios para todo hombre de buena fe que quiera poner un pie en ellos. Por esta razón, Luis Miguel, y por el simple hecho de confraternizar con nuestro común amigo, La Quintana será su casa desde el mismo momento en que usted decida adentrarse en tierras astures. Así que le ruego que se sienta en ella.</p>
<p>Le confesaré que ando un poco apesadumbrado. He de reconocer que también me siento algo culpable por la actual situación de Emilio. Hace pocos días recibí una carta suya en la que me explicaba algunos problemas en los que yo, a causa de la distancia, no le puedo ayudar. Como ya le he dicho anteriormente, nuestro común amigo, además de ser uno de los eslabones principales por los que recuperé mi razón, es el responsable de que yo ahora pueda disfrutar de la libertad que tanto anhelaba cuando estuve internado en La Cadellada. En cierto momento requerí su ayuda, pues solo él podía sacarme del manicomio.</p>
<p>Bien, Emilio tuvo la deferencia de apartar todos sus quehaceres y obligaciones, acudiendo inmediatamente a mi reclamo. Se presentó en Oviedo de inmediato, y con la sutileza que le caracteriza, urdió unos argumentos más o menos falsos que le presentó al director del centro con esa agudeza tan propia de él. Por esta razón, y por otras muchas, estoy en deuda con él. Pero lamentablemente, no puedo trasladarme a Madrid para ofrecerle mi apoyo. La causa es que, además de que mi documentación no está en regla, temo que no pudiera salir indemne de un registro, y las consecuencias entonces serían fatales para mí. Por otro lado, creo que usted está en Madrid, así que quisiera pedirle que antes de partir hacia Asturias, si pudiera transmitirle unas palabras de ánimo de parte de este campesino, le estaría muy agradecido.</p>
<p>También, tengo que indicarle que dada la situación política, en Asturias no va a encontrar un paraíso. Cierto que La Quintana, además de mi hogar, es una especie de refugio que guarda el sosiego de cualquiera que haya podido regresar de una guerra que ha perdido. La casona está ubicada en un espacio alejado de la venganza de los que se sienten represaliados. Y con respecto a esto, me gustaría ponerle en antecedentes, pero me extendería considerablemente, y es preferible que haga por encontrarse con Emilio y que él le narre cierto episodio sucedido con el cura de Somiedo. Además del mencionado, el motivo principal de que no escriba sobre este respecto es que debo extremar mucho el cuidado con este asunto, pues aunque creo que está borrado todo vestigio que pudiera relacionarme con este pobre desgraciado, no quisiera que cualquier detalle aquí escrito pudiera caer en manos ajenas y se despertara nuevamente el interés. Aún así, me mantengo ojo avizor, pues lo ocurrido aun está presente en mis pesadillas.</p>
<p>Pero tengo el presentimiento de que éstas desaparecerán en cuanto usted ponga el pie en mi casa. Emilio piensa que mi soledad es la causa de todos mis males, y que su compañía nos beneficiaría a ambos. Por mi parte, paliaría este pesar y melancolía que siento por la reciente noticia del fallecimiento de mis padres. Pero no tema por lo del cura de Somiedo, Luis Miguel, ya que don Roque, el sacerdote de Marcenado que es gran amigo mío, ha ahuyentado a falangistas, guardias civiles y al clero de los bosques donde sucedió lo que le ha de narrar Emilio. Así que confío en que el transcurrir del tiempo se alíe con el olvido en beneficio de todos.</p>
<p>Antes de embarcarse a la aventura de esta convivencia, quisiera explicarle brevemente el mapa que adjunto a esta carta para que pueda hallar sin problema su próxima residencia. Cuando se adentre en la comarca asturiana, habrá de dirigirse a la zona costera central de Asturias. Marcenado del Moire limita al norte con el mar Cantábrico, y es el pueblo que ha de tener como referencia para llegar hasta La Quintana. La población se encuentra a un día y medio de camino desde Oviedo. Para ello deberá coger el tren de Avilés, y aunque la estación en la que ha de apearse queda apartada del de su destino, siempre hay carros que por unas monedas le pueden acercar hasta donde precise. Si decide hacer ese camino a pie, quisiera hacerle una advertencia que ha de tener muy presente. Si se encuentra con un par de labradores castellanos, y decide hacer una parada de descanso en su casona, no acepte ningún alimento que le pudieran ofrecer, y en especial una sopa de setas. Pasé por el trance al que me estoy refiriendo, y ese fue el comienzo de todas mis desdichas. Le hablaré sobre esto en nuestro encuentro.</p>
<p>Cuando vea que se está acercando usted a Marcenado, de ninguna manera atraviese el pueblo. Los lugareños indiscretos podrían desconfiar de un forastero y extrañarse al verle ascender por el cerro que conduce hasta la casona. Le he dibujado en el mapa un valle largo que conduce hasta las laderas, luego de avanzar por el estrechamiento, y después de tajar el desfiladero hasta llegar a un promontorio, podrá observar que se encuentra con las ruinas de una abadía. Siga ese camino sin miedo al bosque, pues aunque pudiera tener la sensación de estar recorriendo senderos infaustos, son espejismos que alejan a los curiosos de este trocito de libertad en el que vivo.</p>
<p>Como he dicho antes, Emilio tuvo oportunidad de pasar unos días en La Quintana y, aunque doy por seguro que ya se lo ha hecho saber, las temperaturas suaves tanto en verano como en invierno parecen ser beneficiosas para su dolencia. Tengo entendido que es usted un hombre de mundo, que ha recorrido, e incluso fijado varias residencias temporales en grandes capitales, y tengo mucho interés en que me cuente sus vivencias. Por desgracia, he tenido pocas oportunidades de viajar; tan sólo a lomos de Rocinante, o gracias a unos pocos volúmenes prestados de Julio Verne, hasta que hace unos pocos años, y a causa del estallido de la guerra, mi obligación para con la República me obligó a ver realizado lo que siempre me había prometido. Ver otras culturas, otras gentes, que, aunque afines por ser hermanas al encontrarse en la península, en ningún momento desmerecían unas ante las otras. Conocí a un vasco en el manicomio, a un ruso en Guadalajara, a algunos franceses en los distintos hospitales de campaña, y a varios romanos y alemanes en los distintos frentes.</p>
<p>Si hubiera de poner fecha al final del mundo del que creí que nunca llegaría a apearme, sería a mediados, quizá últimos de septiembre del treinta y seis. Aquel verano transcurrió como tantos otros, caluroso y apacible, tal vez en exceso. Ahora tengo la sensación de que ese día dejé atrás al joven ingenuo que ahora me cuesta reconocer. Cierto es que meses antes circularon por el pueblo las noticias de los desastres que acaecían en el resto del país, pero ¿Asturias? Desde los acontecimientos de 1934, estas tierras estaban tranquilas. Nunca pude imaginar que en el conflicto se vieran afectados los campesinos que no habían hecho otra cosa en su vida que labrar la tierra y cuidar del ganado.</p>
<p>Estábamos mi familia y yo tan ocupados con la cosecha que nunca llegamos a pensar que la guerra fuera con nosotros. Hasta que tuve que bajar al pueblo, con un saco para comprar pan para toda la semana en la tahona. Estaba cerrada a cal y canto. Marcenado se asemejaba a un pueblo fantasma y entonces supe que algo estaba sucediendo, o estaba a punto de suceder. Así que me acerqué a la iglesia, seguro de que don Roque sabría explicarme la situación. Cuál fue mi sorpresa cuando vi que todo el pueblo estaba ahí reunido, y tal sorpresa se acrecentó al observar que no era el cura a quien yo había ido a visitar quien hablaba desde el púlpito.</p>
<p>En su lugar se encontraba un hombre uniformado, entonces no supe de quién se trataba. Explicaba a los vecinos que estaba ahí con el objetivo principal de iniciar el reclutamiento de mozos de quintas. La razón era que las tropas nacionales estaban entrando por la tierra occidental de la provincia, que iban buscando Oviedo. Que había estado defendida por unos batallones asturianos e incluso reforzados por gente de Santander, y que incluso los vascos ya no podían hacer nada por nosotros. Partí de inmediato con los reclutados para participar en la batalla defensiva del Ejército Popular Asturiano en defensa de nuestra tierra. Pero como ya sabe, fue inútil. La historia de mi traslado hacia otros puntos de resistencia de España supongo que será igual que la del resto de los españoles.</p>
<p>Amigo Luis Miguel, cuando haya llegado a La Quintana y se haya establecido aquí, tendremos oportunidad de hablar sobre todo esto frente a sendos vinos calientes. Esperando que llegue ese momento, le deseo un buen viaje a ésta que es su casa.</p>
<p>Sin más, se despide el que ya es su amigo,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 38: De Emilio a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Sat, 24 May 1941 20:36:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 24 de mayo de 1941</p>
<p>Mi estimado amigo Dalmacio:</p>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 24 de mayo de 1941</p>
<p>Mi estimado amigo Dalmacio:</p>
<p>Te escribo la presente sin saber muy bien si es de día o de noche, y ni siquiera estoy muy seguro de que sea sábado. Me encuentro en un estado de agitación tal que podría temer por mi propia cordura, si no supiera que cuanto ha sucedido es verdad. No tengo más que mirar a mi alrededor, o escuchar los sonidos de la casa, para asegurarme de que todo ha ocurrido.</p>
<p>Elena me ha abandonado, Dalmacio. Se ha llevado a los niños y se ha ido con sus padres. Se había llevado a Prado, pero ahora me la ha devuelto porque considera que soy un incapaz que no sé cuidar de mi persona. Es probable que tenga razón. La mucama llegó ayer y me encontró barbudo, insomne y agotado, sentado a la mesa del comedor, con la carta que me dejó escrita arrugada entre las manos. Consiguió acostarme y ha conseguido levantarme, pero no hace más que llorar y me es hostil como un enemigo. Tiene el convencimiento de que todo es culpa mía y no soporta estar separada de los niños. Pero aquí la tengo, leal hasta el fin. Aunque me temo que es más leal a mi mujer que a mí.</p>
<p>Así que he resuelto escribirte para ver si el rasgueo de la pluma sobre el papel consigue amortiguar sus sollozos y sus refunfuños, que casi me están volviendo más loco que el silencio en la casa. No escucho a los niños, no oigo a su madre cantándoles, no siento los sonidos de mi vida. Es como lo que suena tras una batalla: la nada.</p>
<p>A ratos no puedo contener mi tremenda indignación. Pienso que se ha ido, que me ha abandonado, que ha rechazado mi protección, que se ha llevado a mis hijos y se me llevan los demonios, monto en cólera, me arde la sangre y prorrumpo en maldiciones y blasfemias. Arrojo papeles por los aires y derribo figuritas que no nos pertenecen con aspavientos, jurando que ha de volver arrastrándose, que la voy a denunciar y la haré detener y bramando que es una desagradecida a la que no le ha faltado cuanto ha estado en mi mano; luego se me agota el combustible y me doy cuenta de le he faltado yo. He sido un imbécil. He traicionado todo por lo que hicimos una guerra, he bailado al son del nuevo poder en una carrera de galgos en la que he dejado atrás a mi familia, he perdido mi origen y mi norte, y me merezco que me haya dejado. Soy un miserable y un sandio.</p>
<p>También, debo reconocerlo, estoy sorprendido. Y dolido. Y herido en mi orgullo masculino, maldita sea. Y pienso si no estará mejor sin mí, yo corriendo en pos de una posición y sin poder prestarle la atención que requiere. Y encima está encinta de nuevo, Dalmacio. Tan pronto. Me preguntaría cómo puede haber ocurrido si no supiera la respuesta.</p>
<p>Además, estoy cansado. Estoy muy cansado. De todos estos meses, de la tensión de sacarlos adelante. El reciente y rápido viaje ha consumido asimismo gran parte de mis energías, a decir verdad, y ahora mismo hay una parte de mí que está convencida de que ella ha hecho lo mejor para los dos. No dejo de darle vueltas y me doy contra las paredes, como un pajarito que se hubiera colado en una casa por accidente. No consigo concentrarme, cambio de actividad a cada rato y todo lo dejo a la mitad. Creo que lo mejor que puedo hacer es salir a dar un paseo y despejarme. Cuando vuelva continuaré mi carta, amigo mío.</p>
<p>Ha pasado un día desde los párrafos anteriores, compañero, y ha ocurrido algo que me inquieta sobremanera. Antes de poder contártelo, debo ponerte en antecedentes. El aire de la Quintana nos ha dado para largas conversaciones, pero como apenas he tenido tiempo de poner los pies en esta casa, no he tenido oportunidad de describirte ciertas particularidades que tiene.</p>
<p>No sé quién es el propietario de este enorme piso, pero indudablemente tuvo que salir corriendo con lo puesto. Hay ropa en los armarios, platos en las alacenas, cubiertos en los cajones, papeles en el escritorio. Afortunadamente, no quedaba comida en la despensa, pero se pueden encontrar hasta los trapos de cocina. Tengo cierta sensación de intrusión en una vida ajena. Hemos recogido lo que nos ha parecido más íntimo, lo hemos metido en maletas y cajas y hemos reservado una habitación de las muchas que hay como almacén. No obstante, cada vez que abrimos un cajón o una puerta, es probable que aparezca algo que no nos pertenece.</p>
<p>Por otro lado, como la Prado no me hablaba, había desarrollado el sistema de rezongar en voz alta pero sin dirigirme la palabra, para que yo escuchara sus pensamientos pero sin dar su brazo a torcer. Por supuesto, tiene las ideas muy claras: todo es culpa mía y debo correr en pos de mi mujer, postrarme a sus pies y suplicarle mil perdones. De vez en cuando se cansaba de farfullar y de llorar, y como no tiene mucho trabajo, pues un hombre solo y ella misma no le damos tanto trabajo como una casa con tres adultos y dos bebés, ha localizado la papelería de mi antigua consulta en la Cuesta de los Capuchinos de Toledo, que ya no puedo utilizar más que para mi correspondencia privada o cortándole el membrete, y con un trozo de carbón de la cocina llena hoja tras hoja de dibujos. En esos momentos, en mi casa no se oía nada, sólo el roce del carbón contra el papel y luego unos espurreos de leche sobre las obras recién creadas. Y ese silencio me desquiciaba los nervios.</p>
<p>Así pues, cuando ayer dejé a medias mi carta y abandoné el cuarto que, una vez instalados, será mi despacho (y ahora que lo pienso, me pregunto si realmente quiero seguir viviendo aquí), pasando al comedor con la intención de irme a la calle a dar un paseo, cambié de idea sobre la marcha y quise descubrir si en el aparador del comedor, los propietarios del piso habían dejado alguna botella de coñac o algo que pudiera elevarme un poco el ánimo. Cuál fue mi sorpresa al abrir las puertas del mueble y encontrarme un receptor de radio Crosley Conqueror en perfecto estado de funcionamiento.</p>
<p>Naturalmente, al oírme trastear con el aparato, y no sin resistirse heroicamente cuanto pudo, apareció Prado en el umbral de la puerta. Jamás habríamos podido permitirnos las mil pesetas que cuesta un receptor de radio, y debido a la falta de práctica me costó familiarizarme con los mandos del receptor. Cuando por fin pudimos escuchar la voz de Celia Gámez cantando por toda la sala, puso cara de haber visto el Santo Advenimiento. Eso me sirvió para reconciliarme un poco con ella, conseguir que me hablase, en monosílabos, eso sí, y para congraciarnos le pedí que me enseñara sus dibujos y si había hecho algún avance con la escritura.</p>
<p>Abandonó a Celia Gámez con desgana, pero cuando le prometí que luego podría escuchar el radio cuanto quisiera, se avino a enseñarme sus últimas creaciones. Una de ellas era el rostro de un hombre algo abotargado, sin duda amigo de la botella, con la nariz bulbosa pero con el pelo frondoso y los ojos claros, que en algún momento de su primera juventud debía de haber sido guapo. Le pregunté quién era y me dijo que era su difunto marido, a quien dibujaba porque en su reciente viaje a Toledo, acompañando a mi mujer, había visitado a sus hijos y éstos le habían pedido un retrato del creador de sus días. Lo observé con atención, pensando en cómo esa mala bestia de hombre podía haber maltratado a esta buena mujer de esa manera, y ahí quedó la cosa. En cuanto a la escritura, no hay avances.</p>
<p>A partir de ese momento, el silencio ha sido desterrado de esta casa. Las coplas de Conchita Piquer, las marchas militares y los seriales de Radio Nacional han sustituido a los murmullos indignados y a los sollozos sofocados. No obstante, Prado de vez en cuando recuerda que está enfadada conmigo y me responde con gruñidos. Yo, por mi parte, empezaba a considerar la posibilidad de tragarme el orgullo y escribir a mi esposa para tantear el terreno. No tengo ninguna intención de presentarme allí y encontrarme con que me cierran la puerta en las narices. No pienso consentir, además del abandono, humillación.</p>
<p>El caso es que esta mañana, dado que no he conseguido dormir, como viene siendo mi costumbre, he decidido ir a la primera misa del día. Me he acercado al barbero a afeitarme mis barbas de náufrago y he querido seguir con mis rutinas como si nada hubiera pasado. Y mientras me dirigía a la iglesia, de nuevo me ha empezado a picar el cogote. Sin duda, me estaban siguiendo de nuevo. Me giré, buscando con la mirada a la mujer de la que te hablé, la hermana de Francisca Molero, pero allí no había ninguna mujer, sino un hombre medio escondido. Por un momento, me recordó al dibujo que Prado me enseñó anoche, a su difunto marido. Como todavía no tengo noticia de que los muertos regresen de la guerra, no le he dado más importancia y he entrado en misa. Pero de nuevo, ha sonado esa alarma en mi interior, aunque no tengo motivos reales para inquietarme. No obstante, estoy extremadamente inquieto. Quizá es mejor que Elena y los niños estén alejados de aquí.</p>
<p>A la salida, he considerado la conveniencia de acercarme a visitar a mi amigo Luis Miguel en casa de mi mentor, pero se me ha ocurrido que quizá su padre, con quien, como te conté, mantiene mala relación, me haya puesto vigilancia para encontrar al hijo, y esa vigilancia se personifique en el hombre que he visto esta mañana. Cómo querría poder bajar la guardia, aunque fuera unos días… Cuando miraba en derredor buscando a mis seguidores, sin éxito, por cierto, casualmente he coincidido con el doctor Vicente Lamata, que es quien se ocupa de la consulta de mi querido don Álvaro durante su ausencia, y con quien, Dios mediante, compartiré conocimientos y emolumentos en un futuro más o menos cercano. Iba acompañado de su esposa, Margarita, y quisieron invitarme a un chocolate para celebrar tan inopinado pero oportuno encuentro.</p>
<p>Así que nos hemos acercado a la tetería Embassy, que queda tan cercana, y mientras esperábamos a que nos trajeran el desayuno me han preguntado por mi esposa. He improvisado la excusa de que se ha ido a pasar unos días con sus padres, que echaban de menos a los niños, y cuando he mencionado a los pequeños he visto pasar una sombra por la mirada del doctor, mientras que su mujer parecía extremadamente interesada en lo que ocurría en la calle a través de los cristales. He intentado ser discreto preguntando, hasta que Margarita se ha vuelto hacia él y le ha pedido que, ya que seremos socios, era mejor que lo supiera y por tanto, me lo contase.</p>
<p>Resulta que la pareja se casó en 1932, pero no congeniaron y además, no conseguían tener hijos. Así, bajo las leyes de la República, se divorciaron amistosamente en 1935 y cada uno se fue por su lado. El doctor Lamata volvió a casarse con otra mujer y tuvo dos hijos con ella. Pero entonces la República cayó, y con ella, sus leyes. La ley del divorcio fue anulada, así como todos los divorcios que se habían realizado bajo su amparo. Sus hijos pasaron a ser ilegítimos, y los miembros de una pareja que habían decidido que estaban mejor cuando no estaban juntos, se encontraban unidos para todos los días de su vida. Por su parte, la segunda mujer había pasado a ser madre soltera. De un plumazo.</p>
<p>Incrédulo, he preguntado los términos en los que han establecido la nueva situación, y el doctor me ha contado que, en pro de su carrera médica, han decidido aparentar y la pareja oficial ha vuelto a compartir techo, aunque mantiene a su segunda mujer y a sus hijos, a los que visita cuando puede. Por su parte, Margarita tiene libertad para hacer lo que guste siempre que no dé escándalos. En cuanto a la posibilidad, que a ella le habría sido muy agradable, de hacerse cargo de los niños, la segunda esposa ha manifestado su férrea oposición, así que por esa parte no hay nada que hacer. De ahí su tristeza al mencionar a los niños: ni tienen, ni pueden criar juntos a los hijos de Lamata.</p>
<p>También me han hecho notar que cualquiera que no se haya echado a Prado a la cara podría murmurar acerca de la conveniencia de que un hombre solo comparta techo únicamente con la criada. No obstante, su mandíbula torcida, su nariz mal soldada y la piel marcada de acné o viruelas le quitan todo el atractivo. De todos modos, me han advertido acerca de los rumores. En este punto tan delicado de mi carrera, cuando espero un nombramiento, no debo dar de qué hablar. Quiero que mi mujer vuelva a vivir conmigo y se traiga a mis hijos porque es conveniente para mí, pero me pregunto si es conveniente para ellos.</p>
<p>Estas son las cuitas que me afligen, amigo mío. Mañana regresaré a mis clases y a preparar los exámenes finales, y mientras, decido si en cuanto tenga un día libre me subo a mi mula y me voy a buscar a mi mujer a Toledo.</p>
<p>Cuéntame cómo te encuentras de vuelta en la Quintana. Echo de menos esas praderas verdes y las montañas enormes que me hacen sentir pequeño pero libre. Por cierto, te envío copia de la instantánea que nos sacó el fotógrafo minutero en la feria de Marcenado.</p>
<p>Un abrazo de tu amigo que lo es,</p>
<p>Emilio.</p>
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