<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Tres líneas &#187; De Luis Miguel</title>
	<atom:link href="https://www.tres-lineas.com/category/de-luis-miguel/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://www.tres-lineas.com</link>
	<description>A Emilio, a Dalmacio y a Luis Miguel la guerra les venció, pero no se sienten vencidos, y para mantener vivo este sentimiento de esperanza, deben continuar en contacto…</description>
	<lastBuildDate>Sun, 29 Dec 2013 17:52:19 +0000</lastBuildDate>
	<language>es-ES</language>
		<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
		<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=4.0.38</generator>
	<item>
		<title>Carta 44: De Luis Miguel a Emilio</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1941/07/carta-44-de-luis-miguel-a-emilio/</link>
		<comments>https://www.tres-lineas.com/1941/07/carta-44-de-luis-miguel-a-emilio/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 21 Jul 1941 17:31:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.tres-lineas.com/?p=227</guid>
		<description><![CDATA[<p>Asturias, 21 de julio de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Seguro que no esperabas recibir de nuevo correspondencia por mi parte, pero siento la necesidad de hacerlo más que nunca. Como verás, mis palabras no salen de mi puño y letra, aunque sí de mí corazón. Reconocerás la escritura de Dalmacio, porque es él quien las escribe; yo le ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 21 de julio de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Seguro que no esperabas recibir de nuevo correspondencia por mi parte, pero siento la necesidad de hacerlo más que nunca. Como verás, mis palabras no salen de mi puño y letra, aunque sí de mí corazón. Reconocerás la escritura de Dalmacio, porque es él quien las escribe; yo le pedí que lo hiciera debido a mi debilidad. Aquí le tengo, escuchándome atentamente, plasmando en estos papeles todo cuanto quiero decirte, y, por qué no, que también quiero decirle a él.</p>
<p>A lo largo de nuestra vida pasamos por muchísimos cambios: de casa, de ciudad, de país, de amigos y conocidos… Todo nuestro entorno se transforma a medida que al tiempo y al destino se les antoja. En muchos casos, estos cambios han supuesto mejorar o adquirir experiencias nuevas. Pero finalmente, a todo te acabas acostumbrando y aprendes a convivir con ello.</p>
<p>Quién me iba a decir que a lo largo de mi vida, pasaría desde París a Roma, regresando a Madrid para acabar en Asturias. Mirando hacia atrás y recordando, estoy feliz. ¡Tanto como viví, me siento afortunado! Pero al mismo tiempo, también muy triste. Aún no entiendo por qué a mí. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué una guerra truncó todos nuestros proyectos, por qué tuvo que arrebatarnos todo cuanto teníamos, deseábamos o nos proponíamos? Desde aquí maldigo a todos los que acabaron con todos nuestros sueños por sus ansias de poder. Les deseo el peor final que puedan imaginar. Pero, querido amigo, para eso ya no hay remedio, y aquí quería llegar con todo lo dicho. No podemos mirar durante más tiempo hacia atrás. Debemos caminar siempre hacia delante, destruir todas las barreras con las que nos cruzamos y continuar.</p>
<p>Para mí ya no hay tiempo, pero me gustaría irme con la tranquilidad de que Dalmacio y tú, continuaréis hacia adelante, que no dejareis que os hunda nada ni nadie.</p>
<p>Si, leíste bien amigo, irme, porque mis fuerzas ya no dan para más. A pesar de la ayuda de este buen asturiano que ahora escribe por mí, que se deja el alma día tras día en mis cuidados, ya no puedo más.</p>
<p>Fíjate cómo es Dalmacio que hasta se ha molestado en recoger no sé qué hierbas para prepararme infusiones que sirven para fortalecer el corazón, para dar vitalidad y energía. Ha probado de todo. A veces le notaba ansioso, desesperado por no saber qué más hacer. Hasta sospecho que hay algo más que no quiere contarme. Apenas sale de la casa, está intranquilo e incluso asustado ¿Ves cómo es cierto? Ahora asiente escuchándome al dictárselo. El muy cabezota no quiere que lo diga, pero ya le he amenazado con leer la carta después de escrita y hacérsela repetir si no aparece incluso esta línea.</p>
<p>Pues bien, amigo, todos estos remedios y todos los medicamentos del mundo no pueden evitar lo que ya está sucediendo. Estoy muriendo. Ayer mismo pedí a Xoaquín, el comunista, que avisara a don Roque para que viniese a administrarme los Santos Óleos. Y así fue, hace unos minutos que se ha marchado el párroco, a quien por fin pude poner cara. Nunca pensé que algo tan lúgubre se pudiese sentir tan hermoso. Me sentí como liberado, como si hubiesen derramado sobre mí litros y litros de paz. No te asustes por mí. Ahora sí estoy preparado, preparado para morir. Llora más Dalmacio por escribirlo que yo por reconocerlo. Como desconozco cuantos días, horas o minutos puedan quedarme, antes de partir una vez más, esta vez para siempre, quiero dejar las cosas bien atadas.<br />
Ya escribí a mi padre con la despedida que en este momento se merece. No puedo negarte que sentí pena, mucha pena, de que ahora que por fin volvía a recuperarlo, era yo quien le abandonaba. Atrás queda su esperanza de volver a repetir ese abrazo en el que nos fundimos hace semanas, y del que aún siento el calor y amor. Atrás queda la posibilidad de un nuevo reencuentro entre un padre y un hijo enfrentados por una guerra, pero unidos otra vez por la frialdad de la muerte de una madre y una realidad solitaria. Ahora sí puedo decir que lloro con causa justa. Quizá hubiese sido mejor marcharme con la idea de tener un padre cruel y odioso, que con la imagen con la que quedé tras nuestro encuentro en Madrid, la de un padre, triste, dolorido y apagado. Me despedí de él sin decirle la verdad. Le conté que no volveríamos a vernos por su seguridad, que marchaba de nuevo a Roma a iniciar una nueva vida, pero que esta vez en mi equipaje llevaría algo más: el respeto y el amor por él.</p>
<p>También he escrito a Nati y Miguel, aquellos benditos amigos de Torrejón de Velasco, a los que por supuesto también he mentido sobre el verdadero motivo de mi carta, que aun sonando a despedida no deja de ser un eterno agradecimiento por toda su ayuda prestada, una vez más. Olvidé contarte que ya son padres, por supuesto, de un niño muy bien criado, como me dijeron ellos, al que pusieron por nombre Luis Miguel. Que siguen en sus labores del campo, que no les falta de nada, pero tampoco abunda, pero que se sienten felices y sanos, que es lo importante, tan sanos como para hacer que el pequeño Luis Miguel reciba compañía pronto, ya que Nati vuelve a estar encinta. No sabes cuánto me alegra conocer que sus vidas van bien y hacia delante.</p>
<p>Y ahora me toca hacerlo contigo. Del modo que sea capaz, tengo que despedirme y decirte cuánto tengo que agradecerte, todo lo que no pude decirte en vida.</p>
<p>Tal vez lo único que me duele más que decirte adiós es no haber tenido la ocasión de haberme despedido de ti, de haber compartido siquiera un par de días estas tierras asturianas los tres juntos, Dalmacio, tú y yo. Algo en mi interior me dice que durante aquellos días compartidos en la guerra se creó un vínculo especial, algo familiar, algo más que una mera amistad y que hizo que nuestros destinos se unieran. Algo tan especial como para acabar yo en Asturias con un desconocido, que para ti no lo era, y que ahora siento como un hermano. Emilio, amigo, compañero, nuestros recuerdos de ayer durarán toda una vida. Yo los llevaré conmigo. Tú guárdalos por siempre; los mejores, quédatelos, el resto, olvídalos. Estoy tan seguro de que Dalmacio cuidará de ti y tú de él, que me voy tranquilo. No tengo temor alguno por lo que os pueda pasar, ya me habéis demostrado que sabéis cuidaros bien, pero de no ser así, yo, desde donde pueda estar, os ayudaré y protegeré cuanto pueda. Para ayudaros un poco más, he firmado delante del cura un breve testamento en el que os dejo mis mermadas posesiones, que no son muchas pero algo harán.</p>
<p>¿Recuerdas el día en que me atendiste en el hospital de campaña? Me sorprendió tu serenidad, la misma que ahora quiero que tengas. Me gustó tu comportamiento. Estabas curando a un herido del bando nacional y aún así me trataste como a uno de los tuyos. Siempre he sospechado que, de algún modo, supiste ver en mí esa lucha interna de ideas que me acosaba día y noche, esa disconformidad con lo que estaba sucediendo. Recuerdo cuando te conté cómo ayudaba a los republicanos escondidos en el bosque, contándoles cada una de las estrategias del bando contrario. Leí en tus ojos cierta preocupación hacia mí, y eso me dio la confianza suficiente para reconocerte como amigo desde aquellos difíciles momentos. Las tardes en el hospital de campaña charlando, compartiendo tristezas y risas, fumando unos cigarrillos por el patio y paseando con unas muletas a las que más bien sujetaba yo para que no se rompieran, ¿las recuerdas? Eran tan enclenques que apenas cumplían su cometido.</p>
<p>Cuando tuvimos que separarnos, supe entonces que podría haber distancia, pero no podría romperse ese lazo de unión que ya se había creado. Y el tiempo lo confirmó. No olvidaré la tarde que abrí por primera vez una carta tuya. Fue tal la alegría que olvidé por un momento que Franco había ganado la guerra. Lástima que ese olvido durase sólo unos minutos.</p>
<p>Desde entonces, no sabría decir cuántas veces nos escribimos, pero las suficientes como para conocernos tanto como lo hacemos ahora, las suficientes como para que estuvieses al tanto de todo lo que me ocurría o hacía. Son tantas cosas compartidas que sería interminable enumerarlas todas. Y todo ello me lo llevo conmigo.</p>
<p>Me llevo también todos tus secretos, de los que por tu confianza me hiciste partícipe. Todas y cada unas de las palabras que pronunciaste o escribiste para mí quedarán selladas en mi alma para siempre. Puedes estar muy seguro de que jamás ha salido de mis labios o de mis dedos ninguna de tus confidencias.</p>
<p>Antes de despedirme, quisiera desearte lo mejor. Te deseo que puedas recuperar a tus hijos, a los que ahora tanto echas de menos y que estoy seguro también anhelan el cariño de su padre. Te deseo que de algún modo sepas recuperar el afecto y amor de tu esposa, para que podáis recuperar una vida juntos, si es lo que aún quieres. Y te deseo que consigas todo cuanto te has propuesto. Gracias, gracias a los dos, por vuestra amistad, que ha sido mi fuerza.</p>
<p>Ahora ya sí, estas serán las últimas líneas que puedas leer en mi nombre. Me iré con la tranquilidad de encontrarme con mi madre, con quien por fin recuperaré el tiempo perdido, y juntos esperaremos la llegada de mi padre, Dios quiera que muy tarde, para poder volver a estar unidos y continuar siendo una familia sin guerra.</p>
<p>Un abrazo ahora y por siempre, de tu amigo,</p>
<p>Luis Miguel Herranz.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://www.tres-lineas.com/1941/07/carta-44-de-luis-miguel-a-emilio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Carta 41: De Luis Miguel a Emilio</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1941/06/carta-41-de-luis-miguel-a-emilio/</link>
		<comments>https://www.tres-lineas.com/1941/06/carta-41-de-luis-miguel-a-emilio/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 20 Jun 1941 18:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.tres-lineas.com/?p=207</guid>
		<description><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 20 de junio de 1941</p>
<p>Mi estimado compañero:</p>
<p>Querría comenzar estas líneas con buenas noticias, ya que tras leer tu última carta me quedé un tanto apenado por todo aquello que me narraste. Con la marcha de tu esposa, y ahora la pérdida del doctor, puedo imaginar cómo te sientes. Parece ser que la ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 20 de junio de 1941</p>
<p>Mi estimado compañero:</p>
<p>Querría comenzar estas líneas con buenas noticias, ya que tras leer tu última carta me quedé un tanto apenado por todo aquello que me narraste. Con la marcha de tu esposa, y ahora la pérdida del doctor, puedo imaginar cómo te sientes. Parece ser que la vida no para de ser injusta contigo. Tú, que te desvives por los demás, ahora te ves solo cuando más nos necesitas. Si estuviese en Madrid en estos momentos, no dudes que me importaría bien poco lo que pudiese ocurrirme por descubrir mi escondite, con tal de acompañarte y hacer más llevadero este período desafortunado que te aísla. Pero no desesperes, querido amigo, confío en que encontraras una vía de escape que te ayudará a afrontarlo todo. Sé que así será.</p>
<p>Bien, mis buenas noticias para ti son que por fin ya estoy en Asturias, en la Quintana, junto a tu gran amigo Dalmacio y desde ahora también mío. Con respecto a este lugar, he de darte la razón, pues es un sitio apacible y sosegado que supera incluso tus descripciones. No obstante, creo que esas semanas en la capital me han hecho mucho bien. He podido recordar a mi familia de antes de aquella maldita guerra que finalizó hace ya casi dos años, pero que sigue ahumando las calles, una familia unida por sentimientos y no destrozada por ideologías. En definitiva, una familia normal. Mi familia perdida me ha dado fuerzas.</p>
<p>¿Recuerdas a don José Ignacio? Es el viejo cura del que te hablé, el de la parroquia de San Ginés. El día en que hice la visita a su iglesia, se fijó en mí más de lo que yo supuse. La verdad es que ya estando allí pensé que él y mi madre habían mantenido el contacto hasta el mismísimo día de su muerte. Y ahora sé que así fue, y que mi santa madre, que en paz descanse, le hablo de mí e incluso le mostró alguna fotografía mía de ya mayor. El caso es que el cura me reconoció de algún modo y mandó que me siguiera a alguno de sus fieles monaguillos, y digo fieles aunque posiblemente le temerán más que al mismo demonio. Yo, en aquel momento, estaba tan ensimismado con mi regreso a Madrid que no me percaté de nada. Pero así, el párroco se hizo con mi nueva dirección: el piso que me permitiste invadir por un tiempo, el espacio de tu mentor. ¿Y qué hizo con esa información? Proporcionársela al mismísimo señor Herranz.</p>
<p>Mi padre llamó a la puerta esa tarde de miércoles, mientras recogía mis cosas decidido a emprender viaje a Asturias. Abrí, pensando que era la portera. Puedes imaginar mi cara de sorpresa, asombro y miedo cuando le encontré allí. Y no te puedo mentir, a ti no. Sentí una especie de alegría que ni yo soy capaz de explicar.</p>
<p>Por un instante, el tiempo pareció paralizarse. Fue como si el silencio lo poseyera todo. Ninguna reacción, ni suya ni mía. Cuando me hice cargo de la situación, respiré más tranquilo al comprobar que había venido solo, sin la compañía de su inseparable abogado y amigo, Joaquín Urrutia. Mis deseos luchaban entre sí, quería golpearle pero también abrazarle. Pero Emilio, ¿sabes algo? Fue la primera vez en que no vi soberbia en los ojos de mi padre. Busqué en mi alma el enojo, alimentado durante tanto tiempo, y de pronto no lo encontré. Sentí que el enfado no solucionaba nada, pero no era capaz de explicarle a mi corazón lo que mi cabeza pensaba.</p>
<p>De pronto abrí la boca y me escuché decir: “Padre, el enfado sólo es negar la realidad que no nos gusta y nos hiere”. Esas fueron mis primeras palabras hacia él, y te las escribo tal y como las dije, porque no las olvidaré nunca. Creo que quería hacerle reaccionar y tras observarle, decidir: o cerraba la puerta de golpe y volvía a huir, o podría por fin mantener una conversación con él. Su respuesta no podrías imaginarla nunca. Él, tan frío como siempre, tan señorial y tan estirado, pero envejecido, con algo roto por dentro, se limitó a levantar una ceja, mirar de reojo hacia el interior de la casa, y como el que sentencia y fusila al mismo tiempo, me contestó: “Hijo, el enfado tiene una relación directa con nuestras expectativas y el nivel de exigencia. En eso me fallaste…”. Y cuando sentí removerse la ira en mi interior y estaba a punto de replicarle, algo pareció cambiar en su talante, y continuó, sin dejarse interrumpir: “… y por eso ya no te culpo. Porque fui yo quien creyó que me habías traicionado al no cumplir mis ideales. Por esto debías pagar. Pero no eran mis ideas las que debían impulsarte, sino las tuyas. Hijo, ahora me doy cuenta. He sido injusto y egoísta, indigno como patriarca de familia. He estado perdiendo el tiempo, he roto mi familia y por esto estoy pagando desde que nos dejó tu madre. Estoy solo y me rechazas. Pero bien merecido lo tengo, y es el peor castigo que un padre puede recibir”.</p>
<p>Nos fundimos en un abrazo eterno, inseparable. No podía creer lo que estaba ocurriendo, pero era algo muy real y estoy seguro de que mi madre, desde el Cielo, se sintió feliz de nuevo. Me lo llevé por fin al interior de la casa, temiendo que la portera estuviese espiando, y una vez dentro saqué coñac de alguno de los muebles del doctor Cervello de Guillerna, nos sentamos y pudimos conversar durante horas.</p>
<p>Hablamos de sus intenciones cuando fue a buscarme a Roma y de su infatigable búsqueda, y en efecto, su decisión de entregarme al Régimen era firme en aquel momento. Me había denunciado como enemigo de la Patria y, azuzado por sus compañeros, se lanzó en mi captura. Le vi viejo y enfermo, consumido. Le escuché y logré entender hasta qué punto el poder de unas ideas políticas puede manipular incluso el amor de un padre hacia su hijo, y eso me entristecía, y me compadecí de él. Insistió una y mil veces en pedirme el perdón y que le dejase recuperarme, y créeme que confié del todo en sus palabras. Le pregunté a qué era debido ese cambio en sus intenciones, ahora que me tenía en sus manos y podría conseguir su propósito. Su respuesta fue tan sencilla como rotunda: me dijo que perder una esposa es duro, pero que si además perdía un hijo, y siendo él quien le sentenciaba, no lo hubiera podido superar.</p>
<p>Le conté mi enfermedad, mis peripecias para huir de sus persecuciones, mi estancia en grandes ciudades como París o Roma y mi larga convivencia con los vecinos de Torrejón de Velasco, pero no le conté mis planes de irme a Asturias de inmediato. Le confirmé lo que él ya sabía, que yo fui aquella persona que se hizo pasar por médico en el hospital donde Mamá había muerto. Que no llegué a tiempo, pero que de algún modo me despedí de ella. Hasta le mostré el rosario y la carta que mi madre me dejó, y que desde entonces me acompañan allá donde voy. La lloramos juntos. Ahora sé que, muriendo, ella nos juntó de nuevo.</p>
<p>Cuando quisimos darnos cuenta, habían pasado horas y la noche había caído. Por fin mi padre decidió levantarse del asiento, y con una mirada húmeda y vidriosa me advirtió que por desgracia debía marcharme. No podía continuar ni en Madrid, ni en ese piso. No era posible retirar la denuncia por traición, y si simplemente intentara hacerlo, se condenaría a sí mismo. De todos modos, y al haberse reunido conmigo, quedaba él también contaminado, también era un traidor. Era posible que le hubieran seguido, y si así había sido, descubrirían dónde poder capturarme, y dónde hacerse ahora, no ya con uno, sino con dos traidores al Régimen. Debíamos vernos lo menos posible, por nuestra protección, aunque quedamos unidos y en paz.</p>
<p>Cuando se hubo marchado, no lo dudé un instante: ya no era una la razón por la que debía irme a toda prisa del piso del doctor, sino dos. Y fue esa misma noche cuando partí hacia la estación de autobuses. Sé que si le hubiera hecho partícipe a mi padre de mis planes, me habría querido dar dinero. Pero ya no lo quiero. Ya no necesito más para mantenerme que mis propios medios.</p>
<p>Bien, salí del piso de tu ya fallecido mentor al poco de que mi padre se fuese. No quería que mi presencia allí pudiera ser una preocupación añadida a las que ya te ocupan. A última hora y apresurado, pude acercarme hasta la estación de autobuses y hacerme con un billete para viajar hasta Oviedo, tal y como Dalmacio me había indicado. La verdad es que hubiese preferido viajar en tren, pero mis ahorros están muy mermados, y si a esto le sumas mi intención de ayudar a Dalmacio económicamente por acogerme en su hogar, no debía incurrir en gastos innecesarios.</p>
<p>La compañía Alsa ofrece buenos precios a cambio de un viaje lleno de baches, asientos estrechos y duros para poder ir sentado en un autobús que apenas es una furgoneta grande, y rodeado de gallinas, paquetes con olores a todo tipo de productos, y días interminables viendo parajes desolados y desérticos. El gasógeno barato que utilizan como combustible es tan mortecino que da la impresión de que se iría más deprisa andando, y esto se confirma cuando en las cuestas arriba el pasaje debe bajarse y empujar. Y esto no es todo; particularmente este viaje ha estado amenizado por los llantos de niños hambrientos y voces dirigidas al conductor de señoras o señores que quieren orinar cada quince minutos obligándole a parar, y toses y esputos en mi propia cara, todo un paraíso para el viajero. Nada que ver con el transporte público del que hice uso estando en Europa.París o en Roma. Tengo la impresión de haber estado en esa furgoneta una eternidad.</p>
<p>Una vez llegado a Oviedo, seguí todas las indicaciones del mapa que Dalmacio me dibujó. Tomé el tren hasta la estación de Avilés. Cierto es que allí podía haber contratado los servicios de Marcial, el carretero, para que me llevase hasta la Quintana, pero pensando en cómo Dalmacio me alertaba en su carta para que evitase en la medida de lo posible ser visto de camino a la casona, decidí rechazar este transporte y comencé a caminar, dejando de lado Marcenado del Moire a pesar de que me hubiese encantado hacer una visita; desde las afueras parecía ser un pueblo de lo más acogedor.</p>
<p>Sentí miedo atravesando el valle y el bosque. Temía la soledad tanto como encontrarme con cualquiera que pudiese preguntarme, e incluso tuve mucho cuidado de no cruzarme con aquellos campesinos que quisieran ofrecerme sopa de setas, pues ya Dalmacio me contó su experiencia con ellos. No las tenía todas conmigo. Según avanzaba, a pesar del verano incipiente, el frío calaba en mis huesos, mis fiebres aumentaban, la tos no cesaba y el camino era largo y escondido, algo tenebroso lo envolvía. En más de una ocasión creí haberme perdido, y esto sucedió, pero no desistí, aunque algunas veces pensaba que caminaba sin rumbo. Hasta miedo me daba cruzarme con el Busgosu, aun sabiendo que es considerado gentil y amable, porque al fin y al cabo yo no dejaba de ser un mero forastero e invasor de sus territorios. Desconocía cuál podría ser su reacción al encontrarme, si era cierta su existencia. Por suerte, antes de que cayera la noche pude encontrar aquella casona escondida y rodeada de enormes pastos, que daban la bienvenida a mi descanso y por qué no, a mi libertad.</p>
<p>Tras insistir y golpear el portón de la casa varias veces, éste se abrió, dejando ver tras las sombras a Dalmacio, que portaba una pala en mano, que más tarde me confesó que llevaba por si algún merodeador o ladrón se atrevía a desafiarle. Cuando le dije mi nombre, me recibió con un fuerte abrazo. Créeme si te digo que no me sorprendieron su amabilidad y educación. Desde ese mismo instante comprendí por qué decidiste que éste era el mejor lugar donde yo podría por fin descansar.</p>
<p>Pero, querido Emilio, has de saber que, lamentablemente, el viaje no me hizo ningún bien. Mi estado de salud ha empeorado a pasos agigantados. Puedo suponer que en el autobús alguien me ha contagiado algún mal resfriado o vete tú a saber qué. Y si hemos de sumar que después tuve que caminar por aquellos largos caminos que consiguieron agotar mis fuerzas, puedes suponer el estado en el llegué a la Quintana.</p>
<p>Dalmacio se desvive por mí. No llevamos ni dos semanas conviviendo y podría decir que ya le siento como a un hermano. Es todo bondad en él. Tú que sabes cómo es, fíjate que hasta se negó a aceptar mi dinero para comprar provisiones poniendo mil excusas, tales como que no le servía para nada, ya que debía mantenerse oculto y no podría usarlo, o que con lo que tenía daba suficiente para vivir los dos, pero tras mucha insistencia por mi parte, encontramos una solución para que nos fuese útil. Entregamos una cantidad a Xoaquín el comunista, quien, enviado por don Roque, sube a la Quintana muy de vez en cuando para comprobar que nos encontramos bien.</p>
<p>El hombre nos ha comprado legumbres, harina, algunas semillas y hasta unas botellas de vino, con las que aderezar las pocas comidas que puedo ingerir. Y es que paso en cama prácticamente todo el día. Cuando no estoy dormido, Dalmacio se queda a mi lado, y charlamos y nos contamos batallitas de antes de la guerra. Bueno a decir verdad, es él quien me las cuenta, porque hay días en los que apenas puedo pronunciar palabra. Pero Dalmacio no desespera, continúa hablando y hay ocasiones en las que me cuenta las mismas anécdotas varias veces. El pobre, imagino que ya no sabe ni qué inventarse, pero yo le escucho como si fuese la primera vez que atiendo a sus palabras.</p>
<p>Hago mil y un esfuerzos por levantarme para salir a pasear por los pastos junto a él, por parecer fuerte y ayudarle en lo que puedo, porque siento que más que una compañía soy un estorbo. Te alegrará saber que esta semana me siento un poco más enérgico, las fiebres parecen haberme concedido algo de tregua, y esto me hace sentir algo más fuerte y puedo disfrutar de estos parajes y bosques tan reposados. Por eso estoy aprovechando para escribirte hoy: no sé cuánto tiempo permaneceré tan consciente.</p>
<p>Ahora ya debería despedirme, querido amigo. He de ayudar a Dalmacio a preparar algo para la cena, aprovechando que hoy parezco encontrarme algo más activo. Deseando que pudieras viajar hasta estos lares asturianos que todo lo pintan de otro color, te envío el mayor de los abrazos, que ojalá algún día pueda hacerse realidad.</p>
<p>Siempre tu amigo,</p>
<p>Luis Miguel Herranz</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://www.tres-lineas.com/1941/06/carta-41-de-luis-miguel-a-emilio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Carta 37: De Luis Miguel a Emilio</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1941/05/carta-37-de-luis-miguel-a-emilio/</link>
		<comments>https://www.tres-lineas.com/1941/05/carta-37-de-luis-miguel-a-emilio/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 18 May 1941 17:57:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.tres-lineas.com/?p=184</guid>
		<description><![CDATA[<p>Madrid, 18 de mayo de 1941</p>
<p>Mi estimado compañero:</p>
<p>En primer lugar quisiera agradecerte todo cuanto has hecho y estás haciendo por mí. Como bien me indicaste, comencé mi viaje hasta la capital desde allí donde me encontraba, hasta llegar al piso de tu querido mentor, el doctor D. Álvaro Cervello de Guillerna.</p>
<p>El camino hacia aquí fue ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 18 de mayo de 1941</p>
<p>Mi estimado compañero:</p>
<p>En primer lugar quisiera agradecerte todo cuanto has hecho y estás haciendo por mí. Como bien me indicaste, comencé mi viaje hasta la capital desde allí donde me encontraba, hasta llegar al piso de tu querido mentor, el doctor D. Álvaro Cervello de Guillerna.</p>
<p>El camino hacia aquí fue cuando menos duro y desagradable. Al salir de casa de Miguel y Nati, como te conté, me hice con un coche que tuve que abandonar una vez consideré que me había alejado lo suficiente, ya que no quería correr el riesgo de que la Benemérita pudiese darme el alto e indagar en mi persona si se cruzaban conmigo, llevándome directamente con aquel que dice llamarse mi padre. Escondí el coche tanto como pude en un viejo olivar apartado del camino, que parecía haber padecido un vendaval de fuego que lo dejo inútil. Después escribí a Miguel, el Gato, para darle las indicaciones de dónde podían encontrarlo antes de que algún desgraciado lo encontrase y lo hiciese producto de chatarra.</p>
<p>Me hospedé en varios pueblos muy cercanos entre sí, vigilando cada céntimo que gasto. En ellos no pasaba más de dos noches, en algunos como máximo tres, y sólo en aquellos lugares lo bastante lejanos a Torrejón de Velasco como para aportarme algo de seguridad. ¡Ay, mísero de mí, amigo! ¿Seguridad? ¿Acaso estamos seguros en algún lugar de esta nuestra tierra, esta España irreconocible, que se destroza a sí misma por política, poder o reconocimiento? En este lugar se ha dejado sueltas a bestias a las que han concedido unas atribuciones inmerecida, han sustituido una autoridad que funcionaba por otra nueva, injusta, que reparte dolor y sufrimiento a quienes ellos juzgan y condenan. Emilio, te digo esto porque precisamente allí donde yo creía encontrarme a salvo, por poco termina siendo mi última etapa.</p>
<p>Estaba yo durmiendo en la habitación de una pensión en la que me había detenido sin pensarlo, porque había empezado a llover y me pareció un buen sitio donde guarecerme. Dormía, como digo, cuando fui despertado a media noche con golpes y gritos en las paredes y puertas. Al parecer, el marido de la pobre dueña del lugar fue militante del Ejército Republicano, y qué mala suerte la mía, quiso la casualidad que, esa noche, una milicia de falangistas acudiera allí para hacer un reconocimiento. No creas que preguntaron; nos sacaron a todos los que allí habíamos decidido abandonarnos al sueño, con la ropa de cama, y nos pusieron a caminar descalzos por caminos que no había transitado nunca, asustados y desorientados, bajo una lluvia que no concedía tregua. Yo llegué a perder el rumbo, vi amanecer, vi atardecer, vi anochecer, y cuando consideraba la posibilidad de desmayarme pude darme cuenta de que habíamos llegado a la misma pensión de la que habíamos partido la noche anterior. Lo último que recuerdo fue la voz de uno de estos malnacidos de la Falange, que desde la comodidad de su caballo gritaba: ¡Esto sólo ha sido para que os lo penséis dos veces antes de hospedaros en casa de basura roja!</p>
<p>Me contó la pobre señora que, desde que la guerra finalizó, apenas podía mantener el hostal ella sola. Nadie quería trabajar allí. Su marido fue fusilado unos días después de que Franco declarase el Día de la Victoria. Tristísima, me dijo además que era la tercera vez que venían a molestarla a ella y a sus pocos clientes, que en el pueblo ya era la apartada, la escoria. Pero ella realmente nunca había sido partidaria de ningún bando, y por tanto consideraba culpables a unos tanto como a otros. Sin ir más lejos, ella no entendía aún por qué unos republicanos, que al parecer huían en grupo hacia los montes de León, decidieron refugiarse en la iglesia del pueblo para hacer noche, y que al abandonarla, la dejaron ardiendo entre llamas de las cuales sólo pudo salvarse la tarima del altar mayor, confirmando así la teoría de la dueña de que ni un lado ni el otro se estaba comportando. Y sólo por ello, ella pagaba los platos rotos, añadió con un hilillo de voz.</p>
<p>Esa noche permanecí en aquel hostal del que me negué a marcharme, convirtiéndome en su único inquilino, aun corriendo el riesgo de acabar de nuevo en manos del demonio, en parte por solidaridad y en parte porque aquella aventura nocturna no le había sentado bien a mi maltrecha salud, y desde entonces no consigo quitarme una tos pertinaz que sólo atino a detener con algo de tabaco. A la mañana siguiente, fui a despedirme de la buena señora. Me encontré meciéndose suavemente del extremo de una cuerda el cuerpo colgado de aquella mujer, de quien no supe el nombre, a la que sin usar manos o armas acabaron matando poco a poco; tanto, que sus ganas de vivir se agotaron del todo y decidió quitarse la vida. Aparte de la impresión, que fue mucha, sentí tristeza por ella, pero sobre todo rabia por las injusticias que se estaban cometiendo entre vecinos, amigos y familiares a los que una guerra no les pareció suficiente castigo. Además, me dio mucha ternura ver que me había dejado el desayuno, envuelto pulcramente en una servilleta. Para evitar pesquisas sobre mí, tuve que dejarla tal cual la encontré, pero lloré por ella luego, mientras comía.</p>
<p>Continuando mi viaje hacia Madrid, me crucé con varios camiones que se ofrecieron a llevarme un poco más cerca de aquí. Por lo que me dijeron, transportaban wolframio, un metal que al parecer es muy apreciado por Alemania para sus carros de combate. Con este mineral, España está haciendo un negocio redondo y llenando sus arcas de oro y divisas posiblemente pertenecientes al expolio judío. ¡Sólo de pensar que de algún modo estamos participando en todo esto, me enferma aún más!</p>
<p>Pues bien, amigo mío, cuando por fin, tras un par de semanas de camino, rodeando por pueblos y caminos con el afán de despistar a quien se empeñe en encontrarme, llegué hasta el olivo donde recogí la llave del que, por el momento, es mi nuevo hogar. Fue muy duro regresar allí, tan cerca del hospital donde vi por última vez el rostro de mi querida madre. Fue hace apenas tres meses, pero ahora se me antoja muy lejano. Los recuerdos se agolparon, tan intensos, que tuve que permanecer sentado junto al olivo unos cuantos minutos. Tras recobrar las fuerzas, puse todo mi empeño en olvidar y continuar para por fin entrar de lleno en esta gran ciudad, la que fue mi segunda casa, la que considero y consideré siempre mi región y lugar de partida y llegada, aun no habiendo nacido en Madrid.</p>
<p>Lo primero que hice fue empeñarme en localizar el piso de tu maestro. ¡Menudo barrio! Ya había olvidado lo que era la clase alta y vivir con comodidad. Fue llegar y acordarme de mis tiempos de niño. ¿Sabes? Aquí, en este mismo barrio, vivíamos mi familia y yo. Cuántas veces habré corrido por estas calles, jugando al escondite con los amigos. Ni mucho menos se parece a aquella imagen que tengo guardada en mis pensamientos, es todo… como más pequeño. ¡Qué cambiado está todo!</p>
<p>Al entrar en el bloque, la portera directamente me dijo: “Usted debe de ser el sobrino del doctor, sígame” y me llevó hasta la misma puerta intentando sonsacarme información, en baldío propósito. Una vez entré en el piso, lo que más me sorprendió fue encontrarme allí una máquina de coser como la que usaba mi madre, una Singer. Parecía la protagonista de aquel enorme salón. No pude evitar acercarme a ella, tocarla e imaginar a la señora Águeda cosiendo los remiendos que yo estropeaba tarde sí, tarde también. Puedo suponer que tu maestro la compraría para su esposa, si es que tuvo, o su propia madre, y la conserva como recuerdo, como una forma de tener presente a quien la hacía funcionar una y otra vez.</p>
<p>Una vez terminé de instalar mis pocas pertenencias, reuní algo del dinero que aún conservo y salí a pasear por la ciudad, con la idea de acercarme a la verbena de San Isidro. Primero fui directo hacia la calle Montera, donde sabía que encontraría las mejores camiserías del lugar. Viendo que don Álvaro es más corpulento que yo, y por tanto no puedo aprovechar sus prendas, debía hacerme con algo de ropa nueva, sobre todo para pasar desapercibido en el barrio y parecer el sobrino de quien desde ahora soy para los vecinos. ¡Menuda calle tan ajetreada! No dejaban de pasar coches, carros, tranvías desde la puerta del Sol y todo tipo de personajes que debían de llevar mucha prisa.</p>
<p>Una vez me hice con un par de camisas, me encaminé hacia la Sedería Carretas y la calle Preciados, en busca de una sombrerería donde mi padre me mandaba recoger sus pedidos. Allí estaba, la sombrerería Zapater. Tenía que buscar un modo de poder pasear estos días, para no tener que encerrarme y poder aprovechar mi estancia de nuevo en Madrid, ocultarme tanto como pudiese pero sin llamar demasiado la atención, así que compré un par de sombreros también, uno de ellos de esos tiroleses que se usan para la caza. Al parecer y según el dependiente, era lo mejor para caminar por la ciudad y sentirse fresco aunque protegido. Encargué que un chiquillo me llevase las compras a casa.</p>
<p>Estando tan cerca, me vi en la obligación de hacer una visita a la Iglesia de San Ginés, junto al teatro Eslava. Allí escuchaba misa domingo tras domingo, y si me apuras, cualquier día que pudiese considerarse festivo para una mujer tan religiosa como mi madre. La iglesia parecía haberse salvado de todo mal procedente de republicanos o de la propia guerra. Cierto es que, por si no lo sabes, esta pequeña parroquia está enclavada en un lugar de recia solera costumbrista, o debería decir en uno de los barrios más católicos de la capital. Qué sorpresa la mía cuando vi el rostro de quien recitaba en latín aquellas palabras que lograban dormirme en pleno día: don José Ignacio, el párroco del templo desde que yo lo conozco. Estaba arrugado, canoso, pero con su misma actitud serena y severa. Estoy convencido que fue él quien le concedió la extrema unción a mi madre por petición suya antes de morir. Tuve la tentación de preguntarle, pero no podía arriesgarme sin evitar sus preguntas y conclusiones, y posiblemente hasta acabase reconociéndome, y quién sabe si denunciándome.</p>
<p>Tras caer en la cuenta, salí de nuevo a la calle Arenal y tomé un tranvía con la intención de llegar a la pradera de San Isidro, y acercándome, vi los testimonios de la fiesta, que atraía a todos los comerciantes de los alrededores. Allí había aguadoras que vendían agua en botijos, que por unos reales saciaban la sed de los que por allí pasaban, y vendedores de pipas o altramuces, afiladores de cuchillos que se anunciaban con el tañido de una ocarina, paragüeros y lañadores que restauraban cacharros de metal o barro, teleros que vendían sus telas a crédito, ¡y a qué precios!, meleros que ofrecían miel de la Alcarria, chatarreros, traperos, basureros y colchoneros. Me bajé del tranvía para mantener una conversación con uno de estos últimos, porque me comía la intriga de no entender por qué golpeaban con varas de fresno la tela del colchón tras el lavado. Al parecer, ahuecan así la lana para eliminar las pellas que están en malas condiciones, dejándolas así listas para un nuevo uso. Incluso escuché a un señor pidiendo que sacaran lana de su colchón para, una vez lista, dejarla para que su hijo recién casado se hiciera su propio colchón.</p>
<p>Evité continuar por aquella zona llena de vida, tras la advertencia de este buen hombre, que si querer, o queriendo, diría yo, me advirtió de que no llegara más allá de los lavaderos cubiertos de Delicias, ya que era una zona de progresistas y republicanos, a los que la Guardia Civil tenía prácticamente cercados, y donde a diario había multitud de problemas. Consideré seguir mi camino hasta la pradera, pero la tos no cedía, y cansado, decidí regresar a mi nuevo hogar. Cogí uno de los tranvías, un cangrejo. ¡Qué gracia me hacía esa expresión poco antes de que la guerra comenzase! Recuerdo que me contó mi padre que se llama así a los de color rojo, y canarios a los amarillos. Diez céntimos bien invertidos, porque sin darme cuenta, apenas había descansado, y mis piernas necesitaban un respiro. Además, contemplar desde la “jardinera” el (ahora para mí) irreconocible Madrid era tanto un placer como una frustración tras tanto cambio.</p>
<p>Y aquí estoy, sin haber visitado aún la verbena, escribiéndote estas líneas desde el bienestar que me has proporcionado y que no se cómo agradecerte.</p>
<p>Antes de despedirme no quisiera olvidarme de tu episodio relacionado con tu hijo Miguel. Si consideras que marcharte es la mejor solución, y con ello aquella misteriosa mujer decide dejaros en paz, habrá merecido la pena, y si al mismo tiempo ese viaje sirve para ayudar a tu amigo Dalmacio, será más que oportuno. Creo que el Destino lo dispone todo a su intención para que una cosa lleve a la otra sin apenas darnos cuenta. Como se suele decir, matas dos pájaros de un tiro.</p>
<p>Doy por hecho que leerás esta carta una vez hayas regresado y que entonces podamos vernos, pues sabes bien dónde encontrarme. Para entonces, espero que todo esté enderezado y puedas disfrutar de un tiempo de paz y respiro. Yo mismo fui quien introdujo bajo tu puerta estas líneas, así que no te alarmes.</p>
<p>Compañero mío, deseando que podamos encontrarnos cuanto antes y poder devolverte el abrazo que prometí, se despide tu amigo que te aprecia,</p>
<p>Luis Miguel.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://www.tres-lineas.com/1941/05/carta-37-de-luis-miguel-a-emilio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Carta 31: De Luis Miguel a Emilio</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1941/04/carta-31-de-luis-miguel-a-emilio/</link>
		<comments>https://www.tres-lineas.com/1941/04/carta-31-de-luis-miguel-a-emilio/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 20 Apr 1941 19:46:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.tres-lineas.com/?p=146</guid>
		<description><![CDATA[<p>Torrejón de Velasco, 28 de abril de 1941</p>
<p>Amigo mío:</p>
<p>En primer lugar, debo decirte que lamento muchísimo lo que sea que le ocurre a tu amigo Dalmacio. Sólo espero que a la llegada de esta misiva su estado sea otro diferente, y ese percance del que me hablabas se haya solucionado por completo. Sí que te ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Torrejón de Velasco, 28 de abril de 1941</p>
<p>Amigo mío:</p>
<p>En primer lugar, debo decirte que lamento muchísimo lo que sea que le ocurre a tu amigo Dalmacio. Sólo espero que a la llegada de esta misiva su estado sea otro diferente, y ese percance del que me hablabas se haya solucionado por completo. Sí que te ruego, y cuanto antes mejor, que me comuniques cuándo podré visitarle, conocerle e instalarme en su casona, aunque, en realidad, en estos momentos debería decir ocultarme allí.</p>
<p>Siento no comenzar esta carta con buenas noticias, pero me siento en la obligación de hacerte saber, acerca de mi estado de salud, que la dolencia que con tanto bienestar me estaba tratando ha decidido dejar de concederme tregua alguna, y esta mostrándome cómo mis fuerzas acabarán por abandonarme hasta que la enfermedad sea la única vencedora de esta batalla. Puedo asegurar que es gracias a Nati, que no deja de cuidarme y obligarme a comer, por lo que aún me mantengo en pie. Si este episodio me hubiese ocurrido estando solo, creo que estas letras nunca te hubiesen llegado.</p>
<p>El médico del pueblo me ha venido a visitar varios días recientemente. Ha conseguido estabilizar mis altas fiebres y los fuertes espasmos y dolores que asustaban a este pobre matrimonio que tanto me está dando. Miguel disimula para no parecer atemorizado, pero en sus ojos puedo adivinar que la amistad le puede y sufre por mí. Yo intento disimular para evitarles pasar malos ratos, sobre todo a Nati, en su estado de buena esperanza. Le pedí a don Luis, el médico, que me recetase alguna droga capaz de adormecer los síntomas, aunque no consiguiese hacerme mejorar, cosa que ya sabía que no iba a ser posible. Con esas sustancias que me ha proporcionado, un tanto a escondidas, la verdad sea dicha, y con mis trucos de los que ya te hablé en mi estancia en Roma, puedo ponerme en pie y caminar.</p>
<p>Como bien decías en tu anterior carta, el escribir a mi padre para reprocharle su daño sería un error que tras meditar mucho durante mi postración logré comprender, gracias en parte a lo que me dijiste: “el odio sólo existe cuando hay sentimiento”. Y es cierto. Debajo del caparazón, aparecen la tristeza y el miedo, y al final el que sufre no es él, sino yo.</p>
<p>Y he pensado tanto en mi padre durante este brote de mis padecimientos porque todo está relacionado. Te estoy escribiendo estas tres líneas con máxima urgencia desde el pueblo, este Torrejón de Velasco que no voy a conseguir olvidar nunca, ni tampoco a sus gentes. Manolo, nuestro amigo el carretero, te entregará esta mi última carta desde aquí, en parte porque me lo debe.</p>
<p>Comenzare contándote lo que ha sucedido hace apenas unas horas. La noche lo cubría todo, Nati y Miguel dormían y yo permanecía tumbado aunque despierto, a pesar de estar agotado tras un largo día de temblores, sudores y vómitos, cuando escuché cómo las ruedas de un carro se detenían frente al portón de la entrada a la casa. De inmediato comenzaron a golpear la puerta con fuerza e insistencia. Me puse en pie como pude y me dispuse a salir, pero me encontré con que Miguel se me había adelantado, cargado con su escopeta y dispuesto a defender lo suyo abriendo un agujero entre pecho y espalda a quien quisiera hacernos mal. Yo, por supuesto, fui detrás, y como en los tiempos de guerra cuando llegaba el peligro, noté como mis fuerzas se reponían al instante, y me apoderé de un cuchillo que encontré en la cocina, que estaba de paso.</p>
<p>Al abrir la puerta, allí estaba Manolo, sudoroso y a todas luces preocupado. Se atropellaba al hablar y no éramos capaces de entenderle nada. Miguel insistió en hacerle callar y pasarlo al interior de la casa, donde pudiéramos hablar sin que los vecinos curiosos tuvieran material para cotilleos con los que entretenerse a la mañana. Una vez dentro, el pobre hombre cejó en sus balbuceos, clavó su mirada en mí y extendió la mano, en la que sostenía un fajo de billetes sujetos por una pinza. Reconocí al instante esa pinza. No tenía duda. Sólo atiné a quedarme congelado mirando al infeliz hasta que me escuché diciendo: ¿qué has hecho, Manolo? El desgraciado carretero inició su historia trabándose en cada palabra, aunque por fin se fue relajando hasta conseguir un relato coherente.</p>
<p>La pasada tarde, el carretero terminaba de cargar sus bultos para regresar una vez más al pueblo desde el hospital, donde si recuerdas, está internada su mujer, la Marcelina. No volvería hasta pasada una semana, debido a la mejoría de su esposa. En estas, se percató de que una pareja de monjas, vestidas con el uniforme del hospital, se acercaban hacia él acompañadas de dos hombres, uno mayor, canoso y el otro apenas unos años más joven, pero muy bien conservados. Entonces vio cómo una de estas dos monjas lo señalaba a él mientras se dirigía al hombre mayor. Sintió que se le aceleraba el corazón, temiendo que fueran a decirle cualquier mala noticia referente a su señora, de la que se había despedido apenas hacía unos instantes. Se equivocó.</p>
<p>Los dos hombres se acercaron hasta alcanzarle, y mientras uno se mantuvo frente a él, el otro se quedó a su espalda discretamente, dejándole acorralado. Le mostraron una fotografía mía de poco antes de la guerra, por lo que pude imaginar tras su descripción de la misma, y le preguntaron si había recogido hacía unas semanas al hombre que en ella aparecía. Su respuesta inmediata fue que no. Las monjas, curiosas, y que al parecer habían decidido no marcharse aún, gritaron: “¡Miente! Nosotras lo vimos subir a su carro junto al joven de la fotografía, vestido con una bata blanca de médico”. Manolo volvió a negarlo e incluso se atrevió a decirles que ni siquiera había visto jamás ese rostro.</p>
<p>Nos explicó que fue entonces cuando el hombre más joven de los dos se dirigió a él con gesto duro y amenazador, y le acusó de estar ayudando a un fugitivo del Régimen, haciéndole saber lo que eso suponía. Manolo dudó, pues desconocía si quienes le inquirían eran o no participes del Régimen y si le estaban poniendo a prueba. Por un momento, se vio a sí mismo detenido y fusilado en ejecución sumarísima. Tanto si contaba la verdad como si no, posiblemente acabaría recibiendo una paliza que lo dejaría medio muerto, o incluso sería enviado a alguna de las cárceles de mala muerte que el Generalísimo tiene abarrotadas de personas inocentes.</p>
<p>Pero, como él nos contó, además pensaba en que su esposa, la Marcelina, también sería castigada, si finalmente conseguía salir del hospital. Era bien conocido, ya que en el pueblo a más de una le había ocurrido, que las familias de los condenados rojos debían cargar con el estigma de los vencidos. Rojas o mujeres de rojos son lo mismo; se las puede violar, confiscar sus bienes, deben ser vigiladas, reeducadas, purificadas, se les rapa la cabeza y se las rocía con tanto aceite de ricino como les hacen tragar para arrojar a los demonios de su cuerpo, pero sobre todo para que, así, los vencedores puedan señalar a “la pelona”.</p>
<p>Al parecer, antes de que el caballero más joven terminase sus amenazas y le forzase a decidir si daba o no alguna respuesta, el señor canoso extendió la mano, mostrándole aquel mismo fajo de billetes que hacía unos instantes yo había visto. Todo eso para él, a cambio de decir solamente dónde me dejó, hacia dónde llevó a Luis Miguel Herranz. Quizá el miedo, el hambre, la enfermedad de su mujer o la simple visión de aquel montón de dinero nubló el pensamiento de Manolo. Entonces, me contó, cierto era que cogió el dinero, y le dijo que sencillamente, aquel joven de bata blanca le pidió que lo llevará algún lugar cerca de Toledo y que nada más podía saber, pues lo abandonó en un cruce de caminos, donde cada uno partió por una ruta diferente, y que jamás volvió a verme.</p>
<p>No iba a ser tan fácil, pensé yo, y mucho menos teniendo en cuenta que mi amigo el carretero se había llegado hasta aquí en semejante estado de nervios y preocupación. Y así era, Emilio, no le iban a entregar tanto dinero tan fácilmente. Buscaron un rincón discreto y entre amenazas y lisonjas le forzaron a contar más, a contar la verdad, toda la verdad, y Manolo terminó por decirles una verdad a medias. Les estaba contando que podrían encontrarme trabajando el campo en Torrejón de la Calzada, un pueblecito que queda a unas cuantas horas del hospital, en una cabaña construida por mí cerca de un huerto a las afueras, pero que poco más podía confesar ya que desde el mismo día que me dejo allí, nunca más volvimos a cruzar palabra. Todo iba bien, pero al parecer una de las monjas, maldita sea, que continuaba escuchando descaradamente, corrigió el nombre del pueblo, afirmando que no era Torrejón de la Calzada, sino de Velasco, que ese era el nombre de la localidad de origen que figuraba en el historial de su esposa, la Marcelina.</p>
<p>A eso había venido mi buen amigo: a avisarme, a decirme que debía marchar cuanto antes de casa de Miguel y Nati, a los que por suerte no podrían acusar de nada, ya que la única información que tenían era la de que yo vivía solo en una cabaña. Eso me hace sentir aliviado ahora; no soportaría la idea de que esta buena gente sufriese daño alguno por ofrecerme su hospitalidad y amistad.</p>
<p>El dinero, ese dinero sucio que había costado mi posición y entrega, al contrario que aquel discípulo, amigo y traidor de Jesús de Nazaret, el llamado Judas Iscariote, Manolo no lo quería. Me lo ofreció a mí para que me sirviese de ayuda en mi escapada. Mi primer impulso fue negarme, pero luego me lo pensé mejor. Fingí aceptarlo, pero lo he dejado para que lo encuentren Nati y Miguel tras mi partida.</p>
<p>Una vez sosegados todos, les expliqué. No tenían por qué temblarles las carnes; nada más ver esos billetes sujetos por aquella pinza, supe de inmediato que se trataba de mi padre, que sólo me busca a mí. El señor Herranz no ceja en encontrarme. Supongo que, como es de lógica, cuando mi madre falleció, algún médico de verdad tuvo que certificar su defunción, ya que un impostor como era yo en ese lugar no podía hacerlo. Entonces las monjas se debieron de dar cuenta de que quien estuvo con ellas nada más fallecer doña Águeda no era en realidad quien dijo ser, y se lo comunicarían de inmediato al afligido esposo, que entonces sacó la razonable conclusión de que era yo quien estuvo allí.</p>
<p>Así que una vez más, mi tranquila vida se acaba. Debo volver de nuevo a ocultarme, a esconderme como si algún gran mal hubiese hecho, porque de seguro, como sabes, las intenciones de mi progenitor no son las que yo quisiera.</p>
<p>He conseguido un coche y algo de combustible para ser más rápido, pues es posible que hayan seguido a Manolo. En cuanto finalice estas líneas, pondré rumbo alguna parte, volveré a esconderme e intentaré escribirte para que conozcas mi situación y mi nuevo hogar, si es que logro encontrarlo.</p>
<p>Si te es posible, me gustaría que mantuvieses contacto con Manolo, para que puedas decirme que está bien y que nada de esto le causó problema alguno ni a él ni a su mujer. Con Nati y Miguel ya he resuelto todo esto. Les escribiré en cuanto pueda, con una identidad falsa, por supuesto, quizá la misma que usamos en el pueblo para que crean que soy familiar suyo. Ellos me harán llegar tu respuesta hasta que tenga una nueva dirección.</p>
<p>Ya sin más me despido. Apagaré la vela que ilumina estos papeles y me marcharé silenciosamente para evitar la despedida de este lugar y de este matrimonio de bellísimas personas, que creen que en la mañana me ayudarán a huir. No te preocupes, amigo mío, sé cuidar de mí. Son tantas las veces que he tenido que hacer esto, que no debes sentir desasosiego por lo que pueda venir. En breve recibirás noticias mías que te confirmarán que tenía razón.</p>
<p>Un abrazo, hasta pronto.</p>
<p>Luis Miguel Herranz</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://www.tres-lineas.com/1941/04/carta-31-de-luis-miguel-a-emilio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Carta 26: De Luis Miguel a Emilio</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1941/04/carta-26-de-luis-miguel-a-emilio/</link>
		<comments>https://www.tres-lineas.com/1941/04/carta-26-de-luis-miguel-a-emilio/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 08 Apr 1941 22:35:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.tres-lineas.com/?p=136</guid>
		<description><![CDATA[<p>Torrejón de Velasco, 3 de Abril de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>En primer lugar debo contarte que, tal y como me recomendaste en tu anterior carta, me aseguré de que el sobre que me hizo llegar el buen carretero estuviera bien cerrado. Y puedes estar seguro de que mi buen amigo custodió bien la carta hasta que sólo ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Torrejón de Velasco, 3 de Abril de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>En primer lugar debo contarte que, tal y como me recomendaste en tu anterior carta, me aseguré de que el sobre que me hizo llegar el buen carretero estuviera bien cerrado. Y puedes estar seguro de que mi buen amigo custodió bien la carta hasta que sólo yo pude ojearla.</p>
<p>Tras leer tus palabras, me preocupa cuánto estás trabajando, pero recuerda que gracias a tu esfuerzo y dedicación, a tu familia no le falta, y eso te honra. En cuanto a tu pupilo Ricardo, me parece estupendo que dedique su vida a cosas más serias que aquéllas en las que andaba metido, y qué mejor oficio que la Medicina para poder ser respetado y conseguir un futuro digno.</p>
<p>Y referente al asunto en el que te ha envuelto tu mentor y maestro el doctor, sólo te pido o mejor dicho, te conmino a que te protejas. Cuídate tanto como puedas y recuerda que tienes unos hijos que necesitan a su padre. Que ayudes a esos pobres perseguidos por una guerra sucia y cruel es una labor dura que puede ocasionarte muchos problemas y eso me preocupa demasiado, tanto que no hay día en el que no me pregunte si estarás bien. Y eso que aquí, en este pueblecito, apenas tiene uno tiempo para descansar y pararse a pensar.</p>
<p>Como te conté, Miguel y su mujer, Nati, quien hace unos días se enteró de que está esperando un hijo, insisten en que me quede cuanto sea necesario, que su casa es demasiado grande y que mi ayuda les hace mucho bien. Le he cogido el gusto a eso de cultivar el campo, incluso a esos madrugones y a las voces de Miguel cuando me ve parado durante más de dos segundos. ¡Qué hombre! Me pregunto de dónde sacará tanta energía. Es la confirmación de lo que siempre escuché, eso de que los hombres del campo están hechos de otra pasta.</p>
<p>Aquí en Torrejón de Velasco ya conocí a mucha gente. Me llaman “el Forastero”, algunos de forma muy despectiva y otros lo acompañan de una sonrisa; parece que lo de los motes aquí es más seguro para saber a quién te diriges o de quién hablas. El otro día, en la taberna a la que acompaño a Miguel a tomarse sus chatos de vino casi todas las tardes, me enteré de que a él le llaman “el Gato”, y a mí, como te acabo de decir, “el Forastero”, cuando un grupo de hombres que jugaban muy enérgicamente al dominó, al vernos entrar gritaron: “¡Mira, ya han venío el Gato y el Forastero a sacarnos los pocos cuartos que tenemos!”. Es que Miguel y yo hacemos muy buena pareja a las cartas, y a esta gente lo de jugar por jugar no les va mucho, o se apuesta o no se juega. La mayoría de veces ganamos lo suficiente como para invitar a todos a un vinito, que por cierto, de bueno que es, entra solo, y más de una tarde subo esas callejuelas un tanto mareado. Quién me ha visto…</p>
<p>Nati y Miguel ya conocen mi historia. Son tantas noches juntos charlando en su cocina tras la cena, que una de ellas me dio la confianza de contarles toda la verdad. No pude evitar las lágrimas al recordar a mi madre, pero Emilio, como bien dijiste que creías en el alma, yo casi puedo estar seguro de que estas fuerzas que de golpe me han llenado no vienen de forma casual, sino que es mi madre que, allá donde esté, me protege y ayuda para hacerme pasar el tiempo que me quede en este mundo. Ellos ya se han encargado de inventar una historia para explicar al resto de pueblo qué hago aquí y quién soy. Según han inventado, soy un estudiante de los últimos cursos de Medicina que necesita recuperar sus nervios, dañados por la guerra, antes de retomar sus estudios. Parece ser que lo que más les preocupa a las mujeres del pueblo, por lo que Nati me cuenta, es si realmente soy de fiar o no, a lo que Nati les responde que cómo no lo voy a ser, si soy primo segundo de la mujer del Gildo, su hermano. Así que en cierto modo, tenemos respuesta para evitar sospechas de por qué me acogen, ya que somos parientes, como dicen por estos lares.</p>
<p>Estoy feliz, Emilio, a pesar de que, de vez en cuando, tengo esa sensación de una extraña soledad que me ha dejado el fallecimiento de mi madre. Antes de saberla muerta, aun estando lejos, no tenía este sentimiento, y estoy aprendiendo a vivir con él. Ley de vida. Y maldita ley, que me ha arrebatado cualquier posibilidad de enmendar errores o demostrar tanto afecto y cariño guardado que no supe expresar. Pero mira, algo tan triste ha hecho que acabe viviendo en un pueblo donde la mayor preocupación es el campo y la salud de quienes te rodean.</p>
<p>Te podría contar muchísimas anécdotas ocurridas en este tiempo aquí, que quizá no serían curiosas en otro entorno, pero que en este lugar ganan importancia. Sin ir más lejos el pasado jueves, estando en la taberna, o como aquí dicen, “en cá la Clara”, escuchamos desde fuera el relinchar de unos caballos y el soniquete de sus herraduras golpeando el suelo. El silencio se hizo de repente y la hija del propietario, la tal Clara, que en ese instante estaba rellenando unas botellas de vino, se colocó el mandil, nos miró y nos hizo un gesto pidiéndonos que continuáramos así, callados.</p>
<p>Al abrirse la puerta, apareció por la puerta una pareja de la Guardia Civil, con sus tricornios y sus capotes verdes, que se aproximaron al mostrador y que dando un golpe en él pidieron de inmediato dos aguardientes para saciar su sed. Yo me quedé deslumbrado como la polilla por la llama. No podía separar la mirada de ellos, impresionado por su porte de soldados prestos para la batalla, que consideran botín cuanto ven, o el estilo del padre severo al que nada se le discute. Sin darme cuenta, estaba infringiendo la regla no escrita de que los inferiores no miran el rostro del poderoso, y cuando uno de ellos se dio cuenta, me gritó: ¡Y tú qué cojones miras!</p>
<p>De inmediato volví la mirada hacia la mesa para continuar con la partida, donde ya habían desaparecido como por ensalmo las pocas monedas que teníamos apostadas. Luego me contaron que si la Guardia Civil veía dinero mientras se jugaba al mus o al dominó, aparte de confiscarlo sin explicación alguna te podían meter en un buen lío. La situación era más que extraña. Allí estábamos, jugando con cartas que no veíamos delante de la cara pero como si nos fuera la vida en ganar o perder, todos con la mirada clavada en la mesa sin levantarla ni para mirarnos unos a otros, y con una actitud que más que respeto delataba miedo. Tras marcharse la pareja, me llevé más de un collejón por mi imprudencia.</p>
<p>Y es que ni siquiera en estos pueblos perdidos de la mano de Dios se libran de las injusticias del nuevo régimen. Ese mismo día de regreso a casa, Miguel me narraba cómo a la Victoria, la farmacéutica del pueblo, le habían arruinado la vida. Al parecer, su marido murió en el campo de batalla en el 38, y hace apenas un año, en el 40, éste fue condenado a pagar 12.000 pesetas de multa en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas. Ya ves que poco importaba que el pobre José ya estuviese muerto; su mujer e hijos debían pagar por él. Como la Victoria no podía afrontar este gasto, la farmacia que regentaba fue intervenida por el Estado, que ha colocado un administrador al frente del negocio familiar, cobrando 10 pesetas diarias. Pero, por otro lado, lo que más me gustó de la historia es cómo el pueblo entero está volcado desde entonces con esta pobre mujer, a la que en cuanto pueden regalan patatas, cebollas, trigo, huevos, le llevan la poca comida que sobra o que pueden repartir. Estas cosas son las que hacen que uno crea que todavía hay una España por la que luchar. Ojalá mi camino me hubiese traído aquí antes y en otras circunstancias. Seguramente, Torrejón de Velasco hubiese sido un buen lugar donde acabar mi existencia, y quizá aún lo sea.</p>
<p>La rutina y la vida en este pequeño pueblo me han hecho pensar en demasiadas cosas. Una de ellas, quizá la más importante, es redactar una carta para mi padre en la que no le cuente mi paradero pero sí mi realidad, para que se haga cargo de que perdió a su esposa y de que pronto perderá también la oportunidad de recuperar a su hijo, ya que posiblemente no llegue a tiempo ese perdón que mi corazón añora, pero mi cabeza rechaza. Lo que tengo muy claro, Emilio, es que quiero que el día que esta enfermedad que me recorta la vida decida poner fin a mi presencia en este mundo, mi padre, el arrogante señor Herranz, lo sienta de veras, y aprenda que el rechazo que me expresó fue un error que jamás podrá remediar.</p>
<p>Cuando miro alrededor y veo lo difícil que se hace la vida, lo empinada que es la cuesta, sonrío por dentro pensando que no estoy solo, que tengo un gran amigo en el que apoyarme, y ése eres tú. Además pienso en estos nuevos amigos, tan generosos, que han aceptado vivir con alguien que les puede traer problemas y al que tratan como uno más de la casa, y me siento afortunado. Soy consciente de que podría crear con ellos ese vínculo que tú y yo ya creamos en su día y en peores circunstancias, e incluso conocidos de este lugar, vecinos podría decir ya, me hacen compañía con tan sólo ese buenas tardes o buenos días que todos con los que me cruzo me dedican mientras paseo por las calles del pueblo, y esas palabras casi siempre vienen acompañadas de un “¿cómo va?” que puede dar pie a una conversación.</p>
<p>¿Puedes creer que acudo a misa cada domingo junto a Nati? Miguel prefiere no ir. Dice que no cree en esos curas ni en sus palabras, con las que regalan el oído para que sueltes en el cepillo algunos céntimos que, según él, gastan en vino y lujos. Allí pido por ti, por los tuyos, por mi madre y por mí, y por que regrese a nuestro país la normalidad, la paz que nos fue arrebatada de modo tan injusto, enfrentando a hermanos y amigos y rompiendo familias que hasta entonces vivían tranquilas y tan felices como les era posible.</p>
<p>Compañero, va siendo hora de despedirse, que demasiado pronto llegará el canto del gallo y será hora de volver al campo. Seguiré cultivando las tierras hasta que, si es que puedes, me des alguna opción con la que poder marchar tranquilo y abandonar estos dominios. Pero no te agobies, no hay demasiada prisa. Mi estado de salud sigue siendo estable, y por esa razón, con todo mi agradecimiento, me veo obligado a rechazar tu oferta de ocultarme en esos túneles de que me hablas, que posiblemente agravarían mi enfermedad. Otro importante motivo es la tristeza de tener que abandonar este lugar. Tendrías que ver cómo me cuida Nati, que me recuerda tomar las medicinas, se preocupa cuando toso, cuando me ve afligido o triste… ¡Qué mujer tan buena! Hasta Miguel, con un tono simpático, bromea diciendo que me cuida como a un hijo, y eso que en edad nos llevamos poco, pero hemos ido creando un vínculo afectivo muy grande que hará que no les olvide jamás, y eso nos hace los días más llevaderos.</p>
<p>Ya sí, sin otro particular me voy despidiendo. Puedes seguir entregándole tus cartas a nuestro amigo el carretero, a quien por cierto, si aún no lo sabes, le llaman Manolo, ya que el pobre tiene para tiempo con sus constantes idas y venidas del hospital de Carabanchel. Espero que el plan de viajar a Asturias para refugiarme junto a tu amigo Dalmacio pueda ser factible y deje de ser un peligro para estos amigos, y que pronto me des una respuesta y me hagas saber cómo llegar hasta allí. Tú sólo dame un lugar al que ir, que del resto puedo ocuparme desde aquí sin tener que complicarte aún más tus días.</p>
<p>Tu amigo que lo es y será siempre,</p>
<p>Luis Miguel.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://www.tres-lineas.com/1941/04/carta-26-de-luis-miguel-a-emilio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Carta 22: De Luis Miguel a Emilio</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1941/03/carta-22-de-luis-miguel-a-emilio/</link>
		<comments>https://www.tres-lineas.com/1941/03/carta-22-de-luis-miguel-a-emilio/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 08 Mar 1941 22:27:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.tres-lineas.com/?p=128</guid>
		<description><![CDATA[<p>Torrejón de Velasco, 27 de febrero 1941</p>
<p>Apreciado amigo Emilio:</p>
<p>El mercader de harinas me entregó tu carta lo más rápidamente que le fue posible. Él mismo me refirió cómo tu gesto describió urgencia, lo que le hizo sospechar que la entrega debía ser cuanto antes. Jamás pude pensar que la razón fuera la que encontré al ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Torrejón de Velasco, 27 de febrero 1941</p>
<p>Apreciado amigo Emilio:</p>
<p>El mercader de harinas me entregó tu carta lo más rápidamente que le fue posible. Él mismo me refirió cómo tu gesto describió urgencia, lo que le hizo sospechar que la entrega debía ser cuanto antes. Jamás pude pensar que la razón fuera la que encontré al abrirla.</p>
<p>Intentaré ordenar mis ideas y relatarte poco a poco todo lo que debo contarte, que es mucho, pero seré breve y directo. En mi cabeza todo sale enforma de remiendos que se superponen unos sobre otros y que impiden que pueda expresarme con claridad.</p>
<p>La confirmación de que aquel hombre que gritaba al recepcionista del hotel no era otro que Joaquín Urrutia, abogado de la familia desde que alcanzan mis recuerdos, y que le acompañaba mi propio padre, a quien no supe reconocer aun teniéndolo prácticamente delante, no dejó de sorprenderme. Hasta me había olvidado del señor Urrutia. Sentí más que tristeza al darme cuenta de que el sentir odio puede acabar hasta con lo más básico de tus recuerdos.</p>
<p>Como bien adviertes, viniendo de mi padre, las razones para hacerme regresar a España no son tan claras como debieran.</p>
<p>Siempre repetía cuáles eran sus prioridades en la vida: lo primero es la patria, aquello por lo que cualquier hombre debiera ofrecer su vida y todo cuanto posea, porque no existe mayor orgullo para una familia que defender lo que identifica como único a su país; en segundo lugar está su familia y por último sus bienes. Sus ideas son claras y como él mismo decía, ni una guerra sería capaz de hacerlas cambiar. Y siguiendo este orden, yo traicioné sus ideas, no defendí su patria sino que a sus ojos la traicioné, a continuación abandoné a mi familia y por tanto descuidé mis bienes. Así que lo tengo claro, mi padre nunca debe conocer mi paradero, ni volverá a verme, ya que estoy convencido de que me entregaría al régimen para limpiar su nombre y a la vez darme la mayor lección que se me puede dar: respetar a mi padre y a todo en cuanto cree.</p>
<p>Respecto al carrete, Robert estará orgulloso de ver que sus imágenes verán la luz, si es que lo hacen, porque te hice caso, amigo. Lo mandé a la revista francesa “Vu”. Allí confío en que será más sencillo que lo publiquen, y quizás alguien que venga desde allí a España lleve consigo un ejemplar y lo haga cruzar la frontera. Sólo así me sentiría aliviado, ya que mi meta era que algún día esas imágenes las viesen nuestros vecinos, conocidos, España entera. Qué sueño tan irreal, ¿verdad, compañero? Poco se le escapa al Caudillo, pero dentro de ese poco estaré yo. ¡Estoy tan confiado! Todo lo que me ha sucedido estos días me ha dado fuerza y coraje para ser libre. Ya he perdido mucho, por no decir demasiado, para dejar que no sea Dios quien me arrebate lo poco valioso que me queda, que es mi propia vida y amigos como tú.</p>
<p>Amigo, gracias, una y mil veces, porque si no es por ti, difícil me hubiese sido visitar a mi pobre madre. Como bien dijiste en tus líneas, nada más leerlas me puse de camino hacia Carabanchel Bajo. Tras un largo y complicado viaje, que te resultaría aburrido conocer, llegué a España, el lugar donde no pensé regresar, al menos tan pronto. Compré provisiones en el mercado negro, suficiente comida y bebida como para mantener a tres hombres durante días, y conseguí tomar una mula, por la que pagué más de lo que su dueño merecía, pues la pobre bestia me duró lo justo para llevarme hasta el pie de la colina donde está ubicado el sanatorio. Allí dobló las manos y cayó seca, como fulminada por un rayo.</p>
<p>Allí estaba yo, frente a un edificio gris, con enormes balconadas, que sin embargo se asemejaba más a una prisión que a un hospital. Distinguí la tapia del cementerio y tras esconder el cadáver de la inerte acémila, me dispuse a comenzar mi aventura. Seguí todos y cada uno de los pasos que me indicaste. No te negaré que, cuando pegado a esa pared inclinada de la ermita, recordé tu frase: “mala suerte sería que se desplomase cuando estuvieses debajo”, tuve que tragar saliva, pero continué sin pensar en más tontunas. Cuando llegué al olivo y con la alambrada entre las manos, esperé a que las obras de la cárcel, que efectivamente estaban cerca, hicieran algún tipo de estruendo con el que disimular el poco ruido que yo pudiese hacer.</p>
<p>Tras adentrarme en el edificio y recoger de la taquilla aquella impoluta bata blanca junto a las mascara y guantes, me aseé vigorosamente la cara y las manos, me peiné, me disfracé y me dispuse a recorrer los pasillos de aquel enorme lugar. Temí que en cualquier momento mi apariencia pudiese acarrarme problemas, como que algún paciente sufriese algún tipo de crisis y que alguna de las monjas, con las que evitaba cruzarme, me agarrase del brazo y me arrastrara en su ayuda. Pero avanzaba con la mirada al frente, simulando prisa y estar ocupado.</p>
<p>Ya en la planta superior, sentí un fuerte pinchazo en el pecho. Casi al final del pasillo iluminado por unos rayos de sol, como si de una señal divina se tratase, estaba aquella imagen del Sagrado Corazón que me indicaba el lugar donde acababa mi calvario, o en este caso, comenzaba. Tuve que detenerme y respirar hondo para continuar. El corazón me latía más rápido de lo que yo nunca pude imaginar, y cuando el valor me vino a saludar, giré el picaporte y abrí la puerta.</p>
<p>Emilio, qué tristeza lo que vi al cruzar ese umbral. Es una imagen imborrable que me acompañará para siempre, un recuerdo del que jamás me podré deshacer. Dos monjas rodeaban la cama sobre la que yacía el cuerpo cubierto de mi preciosa madre. Una de las monjas sostenía el rosario con el que ella rezaba cada noche, apretado contra un sobre blanco, en el que pude leer “Para Luis Miguel, mi adorado hijo”. Tan sólo una sábana blanca me separaba de la imagen de aquella mujer que me vio crecer y me regaló su tiempo y parte de su vida.</p>
<p>Las monjas se dirigieron a mí como doctor, preguntándome si iba a firmar el certificado de defunción, pero yo no reaccionaba. Me sentía como si estuviese debajo del agua, escuchando sus voces desde muy lejos. Dijeron cosas como que acababa de fallecer, que lo hizo en paz, escuchándolas rezar. Mencionaron algo de avisar a su esposo, el señor Herranz, y creo que fue ahí cuando conseguí sacudirme mi estado de confusión. Le indiqué a la monja que yo mismo haría el papeleo, me encargaría de hablar con él y le entregaría las pertenencias de su esposa, a fin de hacerme con la carta. Así pues, las religiosas me entregaron el rosario y el sobre, dejándome solo en la habitación para ir en busca de la mortaja que envolvería a mi madre.</p>
<p>Compañero, sí, retiré la sabana, abracé el aún caliente cuerpo de mi madre, que olía a su perfume de rosas, que sólo usaba en ocasiones especiales como ella decía. No tenía mucho tiempo, pero lloré hasta que mis ojos dejaron de ver y mi cabeza dejó de pensar. En cuanto pude recomponerme, levanté la vista, besé a mi madre y le susurré un simple “siempre te quise, Mamá”.</p>
<p>No sé cómo fui capaz de conservar la frialdad y abandonar aquella habitación, que quedaba sumida en un silencio que me aterrorizaba. Avancé tan deprisa por los pasillos que por un instante perdí toda orientación del lugar y me vi por sorpresa en la entrada trasera, donde encontré a un hombre cargando paquetes en un carro. Ya tan sólo pensaba en la posible llegada de mi padre, aunque no fuese posible que llegase tan rápido.</p>
<p>Me dirigí al hombre, le pregunté por su destino, y vestido con aquellas prendas prestadas, simulando ser quien no era, vencí sus reticencias con mi cartera de piel repleta de monedas y billetes, monté en su carro, al que accedió dejarme subir y acompañarle. Tras despojarme del batín blanco y acomodarme, comenzamos la marcha. Su dirección era un pueblecito al sur de la capital, Torrejón de Velasco. Yo, lógicamente, le mentí diciéndole que mi dirección era Toledo. El muy amable señor me contó que este pueblo me pillaba de camino y que aunque él regresaría al hospital prácticamente al llegar, en el pueblo podía quedarme en la posada o podía intentar buscar otro transporte.</p>
<p>Durante el viaje leí y releí la carta, las últimas palabras que me dirigía mi madre. Me era complicado evitar las lágrimas, pero el hombre estaba tan abstraído por los baches que hacían tambalear sus paquetes que ni cuenta se dio de mis lamentos.</p>
<p>Pues bien, querido Emilio, aquí estoy en un pueblecito, al parecer muy al sur de Madrid, lejos, muy lejos de mi padre y sin saber qué hacer ahora. Me considero huérfano, sin futuro. Sólo sé que debo esconderme y esperar que esta enfermedad que habita en mis entrañas desde hace tanto me lleve junto a mi madre, para devolverle el tiempo y cariño que la guerra y su propio marido le arrebataron. Y sí, leíste bien, esconderme, porque ahora sé que la ira y la rabia se apoderarán de mi padre, y las descargará sobre mí sin el freno de mi madre. No parará hasta encontrarme y hacerme pagar lo infeliz que la hicimos los dos, en este tiempo tras la guerra.</p>
<p>Para cuando llegamos al pueblo, era casi de noche, y por no llamar la atención me colé en un pajar, esperando el día siguiente. Quizás mi pensamiento era llegar a casa de tus suegros, pero no podría asegurarlo. El día había sido tan largo que me dormí en el pajar apenas me tumbé, pero tanto dormí, que el propietario del pajar me descubrió en el mismo sitio a la mañana siguiente. Y en lugar de delatarme, este buen hombre, que da la casualidad de que se llama también Miguel, me trajo algo de leche para desayunar y no hizo más preguntas.</p>
<p>Paso los días ayudando a este simpático hombre y su mujer en el corral que atesoran, además de un pequeño huerto del que viven, aquí en este pueblo, que aunque pequeño no le faltan cosas de las que presumir. Tienen un castillo fantástico, que aunque la guerra lo ha destruido, sigue manteniendo esa belleza de lo medieval. La iglesia, a pesar de los restos de bombas y sus muros medio derruidos, aún es soberbia y en ella se celebra culto. Los bombardeos acertaron en lo que parece que fue un enorme campanario principal, que quedó casi en ruinas, y luego además fue saqueada en plena guerra, pero aún así, sus vecinos siguen acudiendo allí cada tarde y cada domingo.</p>
<p>Como te cuento, aquí la mayoría vive de sus pequeños huertos y tierras, que labran y cuidan día y noche. Nos despertamos mucho antes de que el sol ni tan si quiera haga el intento de salir, caminan hasta el campo y trabajan duro. Yo procuro que no se me vea, aparte de por mi propia seguridad, por no atraer la desgracia sobre esta familia. A esta pobre gente no se les está recompensado tan arduo empleo, Emilio, pero son felices con esta forma de vida.</p>
<p>Este buen hombre, y Natividad, su mujer, me acogieron en su hogar, una casa humilde pero grande casi junto al cementerio de la localidad. Ofrecí ayudarles en lo que estuviera en mi mano a cambio de un lugar donde pasar unos días para después continuar mi viaje. También quise entregarles unas monedas a cambio, que no quisieron aceptar pero que antes de marcharme les dejaré, ya que ni me preguntan cuando iniciaré mi marcha. No les preocupa. Miguel y yo conversamos y mucho sobre todo un poco, excepto de la guerra, de la cual no habla, pero por sus pocas referencias y las historias que me cuenta del pueblo, puedo deducir que es más rojo que tú. No obstante, él insiste en decirme que no le interesan esas cosas, sólo su campo y su familia, a la que debe proporcionar un futuro y que no le falte de nada.</p>
<p>Me siento cómodo en este lugar, pero debería marcharme cuanto antes. Por esto, amigo mío, vuelvo a necesitar de tu ayuda. ¿Adónde voy? Tú, que estarás más sereno que yo, ya que por lo que me cuentas, el trabajo apenas te permite disfrutar de tu familia, podrías pensar por mí y decidir mi destino. ¿Quizá Asturias, junto a tu amigo Dalmacio, del que me hablaste? Imagino que antes deberás consultarlo con él, porque cargar con un enfermo no es plato de buen gusto.</p>
<p>Espero tu respuesta cuanto antes. Para ello, deberás entregarle tu carta al mismo hombre que te hizo entrega de la presente, que no es otro que el carretero que me trajo desde el sanatorio hasta aquí, y a quien, por sus continuos viajes hasta allí, le pedí que te hiciera entrega en mano de mi carta hasta la dirección que me facilitaste de Madrid. Podrás localizarle en el sanatorio casi a diario, y como ya viste su cara no te será difícil encontrarle.</p>
<p>Así pues, con todo esto me despido hasta volver a tener noticias tuyas. Tu compañero y amigo que lo es,</p>
<p>Luis Miguel.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://www.tres-lineas.com/1941/03/carta-22-de-luis-miguel-a-emilio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Carta 17: De Luis Miguel a Emilio</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1941/01/carta-17-de-luis-miguel-a-emilio/</link>
		<comments>https://www.tres-lineas.com/1941/01/carta-17-de-luis-miguel-a-emilio/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 31 Jan 1941 22:20:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.tres-lineas.com/?p=118</guid>
		<description><![CDATA[<p>Roma (Italia), 15 de enero de 1941</p>
<p>Mi muy apreciado Emilio:</p>
<p>Tengo que contarte algo importante, amigo mío. Debo empezar diciéndote que los últimos acontecimientos acaecidos en mi vida no son los que desearías para mí. ¿Recuerdas el dichoso carrete del que te hablé en mi anterior carta? Pues sigue siendo el principal protagonista de mi actual ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Roma (Italia), 15 de enero de 1941</p>
<p>Mi muy apreciado Emilio:</p>
<p>Tengo que contarte algo importante, amigo mío. Debo empezar diciéndote que los últimos acontecimientos acaecidos en mi vida no son los que desearías para mí. ¿Recuerdas el dichoso carrete del que te hablé en mi anterior carta? Pues sigue siendo el principal protagonista de mi actual vida.</p>
<p>Reconozco, camarada, que mi situación ha empeorado. Tras recibir tus letras, tuve la desgracia de vivir una situación muy extrema que ha llenado de dudas mi cabeza, y lo que es peor aún, mis sentimientos. Y esto no está favoreciendo en nada a mi salud, que empieza a desmejorar rápidamente por este estado en el que me veo inmerso. Pero para que lo comprendas todo, debo ir paso a paso.</p>
<p>En la tarde del pasado 31 de diciembre, como una tarde más, regresaba de pasear por la ciudad acompañando a una damisela del vecindario, preciosa, debo decirlo. Una vez la dejé en la puerta de su casa, como buen caballero que soy, y despedirla como merece, encaminé la calle hacia el hotel, cosa que resultaba un tanto difícil. Las calles estaban llenas de gente celebrando ya la próspera llegada del año 1941. Faltaban unas horas para esa celebración, que yo también tenía prevista y a la que acudiría acompañado, por supuesto. A las diez de la noche se servía en el restaurante del hotel una cena especial para dar la bienvenida a un año más, el que traerá el fin de la guerra, y a la cual no pensaba faltar.</p>
<p>Sorteando aquella marabunta de personas, y sin apenas darme cuenta, llegué a las escaleras del hotel. Una vez dentro, el recepcionista, un joven llamado Gianni, llamó mi atención. Recuerdo que pronunció mi nombre muy discretamente, y con gestos me pidió que me acercase. Todo muy sutilmente, sin llamar la atención, con ese aire circunspecto de los profesionales de la hostelería, cosa que ahora, recordándolo, le agradezco enormemente.</p>
<p>Te confieso que aquí me llaman don Francisco. Querido amigo, registrarme en el hotel con un nombre falso fue uno de mis primeros y necesarios pasos para ocultarme, quedando aún a la luz. Aquí en Roma, todo el que me conoce lo hace por este seudónimo. De hecho, hasta aquellos vándalos de los que te hablé en cartas anteriores me llamaban Francesco il bullo, que viene a decir algo así como Francisco el chulo. Y te hago referencia a estos porque de algún modo vendrán relacionados con lo que me dispongo a contarte.</p>
<p>Bueno, pues el amable recepcionista me contó que había recibido, apenas al poco de marcharme, la visita de dos hombres, que me describió como más bien de estatura media y con porte serio, de cierta edad, vestidos con gabardina y sombrero, españoles, ya que no hablaban ni lo justo de italiano. Sobre todo, resaltó su actitud severa y seca. Inmediatamente descarté que pudiese tratarse de cualquiera de esos maleantes italianos, que insistiesen en hacerme entender que mi estilo de vida les molesta.</p>
<p>Todas esas dudas desaparecieron cuando Gianni me pidió unos segundos más de atención. Tras rebuscar entre sus ordenados papeles, encontró lo que resultó ser un cuadernillo donde anotaba los recados pendientes de comunicar a los clientes. Cuando me leyó lo que decía aquel garabato, me quede paralizado. “Señor Herranz”.</p>
<p>¿Mi padre en Roma? Por un momento, me sobrevino esta absurda pregunta, y más aún tras recibir la carta de mi señora madre. Pero era imposible, no tenía ningún sentido. En primer lugar y más importante, cómo iba él a conocer mi falso nombre y dónde me encontraba. Además, mi padre, ¡verme! Él, hombre recto y fiel a su palabra, cuyas últimas palabras que me dirigió fueron: “Ya no formas parte de esta familia, márchate, que para mí, has muerto en la guerra”.</p>
<p>Tuve que disimular mi gesto mientras agradecía al recepcionista todo cuanto me acaba de decir. De camino a mi habitación, mis nervios comenzaban a jugarme malas pasadas, apenas me respondían las piernas para subir un escalón tras otro sin tropezar con alguno. Descarté casi de inmediato la idea de que mi padre hubiese ideado un reencuentro, pero lo pensé fríamente. ¿Y por qué no? Quizá mi madre hubiese intercedido y mi orgulloso padre hubiese dejado atrás todas nuestras diferencias. De ser así, no tenía duda, le entregaría el carrete con todo aquello que sea que contenga, la cara oculta de la guerra, mi obligación moral hacia Robert. Todo con tal de recuperar mi vida, mi familia, en los días que me quedasen.</p>
<p>Ojala hubiese sido así, Emilio. Dejaría mi orgullo arrastrado con tal de lograr lo que mi corazón añora. Hasta aceptaría lo que pudiese venir si, una vez junto a mi familia, tuviese que ser juzgado y condenado, cosa que, estoy casi seguro, mi padre impediría a través de sus más importantes e influyentes amigos y contactos. Pero que incluso si estos no funcionasen, apenas me importaría, con tal de vivir unos días junto a mis padres.</p>
<p>Justo tras tener esta idea, me sobrevino otra, cruel como ninguna. Mi padre podría estar ayudando al régimen como forma de limpiar la imagen de su familia, entregando su bien más preciado, su propio hijo, como Abraham entregó a Isaac, pero sin esperar la clemencia divina. Me aterroriza considerar que fuese capaz de hacer tal cosa. Pero esta imagen reemplazó a la otra; era más probable esto último que una reconciliación por parte del orgulloso señor Herranz.</p>
<p>Intenté tranquilizarme. Llegué a mi cuarto, encendí un cigarrillo, me senté en la cama para darle tiempo a mi cabeza a dejar de dar vueltas. Una vez descartados los bandidos italianos, debía pensar. Fuese el que fuese quien me buscaba, no parecía tener demasiada prisa en encontrarme, o quizá querían hacerme pensar eso mismo. Seguramente querían hacerse con el carrete. No podía dejar que fuesen más listos que yo, tuve claro que no podía encontrarme con ellos. Debía salir de allí cuanto antes y abandonar mi refugio. Ya buscaría la forma de averiguar si se trataba de mi padre.</p>
<p>Y es aquí donde necesito tu ayuda, amigo. Ya que dispones de contacto con mi madre, doña Águeda, podrías consultarle a ella directamente, o a esa portera cotilla, Jacinta, que sabrá cómo hacerse con tal información. Sólo hay que averiguar si mi padre ha salido en mi busca o incluso si ha viajado hasta Roma para encontrarme. ¿Me harás ese favor? Espero tu respuesta ansioso.</p>
<p>Comencé a recoger todas mis pertenencias, entre ellas tus cartas. No podía dejar olvidados tan importantes bienes a ojos de quien pudiese utilizarlas para causarte daño, o causármelo a mí a través de ti. Iban por delante de cualquier posesión. Protegerte al verlas se había convertido en mi mayor ansia, así que las guardé en un falso fondo del interior de mi maleta, allí donde también iba alojado el carrete.</p>
<p>Tras asegurarme de que todo estaba guardado y hacerme a la idea de que mi vida comenzaba una vez más a tomar un nuevo rumbo, abandoné el cuarto y me dispuse a regresar a la entrada del hotel, donde ya inventaría alguna excusa con la que convencer a Gianni de mi marcha temprana. Y fue allí donde antes de descender por completo la escalera, advertí la figura de dos hombres hablando con el recepcionista. Fueron las elevadas voces en español de uno de ellos (triste costumbre de nuestro país la de hablar a gritos, y la de gritar aún más cuando no nos entienden) las que me hicieron comprender que los que me buscaban habían regresado. Ocultándome e intentando ver sin ser visto, observé atento las dos figuras, aunque tenía un ángulo pésimo, y casi podría asegurar que uno de ellos, el que no hablaba, podría haber sido mi padre. Pero no podía arriesgarme, no podía descubrirme. Además, era tanto el tiempo pasado sin verle que ¿quién podría asegurarme que ese era mi padre?</p>
<p>Agachado, escondido en las escaleras, que por suerte dibujaban una exagerada curva en su inicio, busqué entre las cosas que llevaba en la mano un sombrero con el que tapar mi rostro, o al menos ensombrecerlo. Debía ocultarme no sólo de ellos, sino de Gianni, ya que podría señalarme y delatarme en el mismo momento en el que fuese a esquivarlos, y de mi cita para la cena, que había olvidado pero que me esperaba impaciente en el vestíbulo. Qué no hubiera dado por poder volar en ese momento.</p>
<p>El reloj del vestíbulo del hotel anunció las diez de la noche con sus campanas, que fueron apagadas por el ruido de la gente que esperaba y se agrupaba en el recibidor del hotel, militares y mujeres hermosas, caballeros y cortesanas, exhibiendo sus mejores galas y sonrisas. Muchos descendían y pasaban por mi lado, otros tantos entraban por la puerta principal, e inundaban el recibidor a la espera de la apertura de las puertas del restaurante para la gran velada, cuando de pronto un gran estruendo procedente de la calle desencadenó un movimiento de estampida. Unos jovenzuelos, quizá anarquistas, habían encendido una traca de petardos en la puerta del hotel que fue confundida con un ataque con metralleta, lo que provocó que algunas personas buscasen refugio subiendo las escaleras en las que me encontraba o se alejaran bruscamente de la puerta principal.</p>
<p>Algunos de los militares desenfundaron el arma y salieron a la calle mientras las puertas del comedor se abrían para acomodar a los menos bravos, y fue entonces cuando vi el momento de aventurarme y buscar la salida. La multitud sobresaltada había arrastrado a mis perseguidores, y eso me proporcionó tiempo suficiente para calarme el sombrero hasta los ojos, alcanzar la puerta y huir, huir tan aprisa que cuando quise situarme, había alcanzado mi adorada Fontana de Trevi, aquella que me hacía pensar en ti y todos a cuantos recordaba. Y allí tuve el impulso de abrir mi maleta, extraer el carrete que en su día me hizo guardar y proteger mi ya amigo por siempre Robert Capa, apretarlo fuerte en mi puño y lanzarlo al interior de la fuente. Pero no pude. Una voz en mi interior me gritó ¡cobarde!, y fue entonces cuando comprendí que debía ser fiel a mi palabra y seguir adelante con mis planes.</p>
<p>Exactamente lo que debía hacer y prometí en su día: asegurarme de que lo que contuviese aquel carrete viese en algún tiempo la luz.</p>
<p>He de decirte que seguramente cuando te llegue esta carta, mi dirección ya habrá cambiado de nuevo, pero no por ello te preocupes. El mismo que te la entrega en el pueblo de tus suegros, se pasará por allí al cabo de mes y medio o dos meses, lo que tardará en regresar a Italia para hacerse con más harina para su negocio. Él sabrá cómo localizarme. Por el momento y temiendo que estas palabras no lleguen hasta a ti, me reservo contarte más sobre mi nuevo hogar, si es así como puedo llamarlo. Pero no te angusties, estoy bien, cuidándome cuanto puedo y con todo lo necesario para hacerme la vida un poco más cómoda.</p>
<p>Como habrás podido comprobar, junto a esta carta va un pequeño paquete en el que va la medalla de la Santa Infantita que me pediste, que de haber sabido que eran dos las criaturas que venían en camino, no hubiese hecho falta pedirla, ya que la hubieses recibido con mucho gusto junto a la otra.</p>
<p>No puedo terminar esta misiva sin expresar toda mi alegría al ver que mi nombre, de un modo y de otro, aparece inscrito en esas nuevas vidas que te embarcan en esa gran aventura que es la paternidad. Reconozco que la emoción me hizo pensar que gracias a ello, yo también tengo asegurada mi descendencia en este mundo, y que cuando la muerte venga en mi busca, el reflejo de sus nombres te traerá a la memoria a este amigo que siempre te tuvo presente. Deseo con todas mis fuerzas que el futuro de tu familia sea próspero y esperanzador. Por mí no ha de quedar, y aun rechazando mi ayuda económica, quiero que sepas que tengo en mente el futuro de esos pequeños.</p>
<p>Sin más, te hago llegar un abrazo muy fuerte, de tu amigo que lo será siempre,</p>
<p>Luis Miguel Herranz.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://www.tres-lineas.com/1941/01/carta-17-de-luis-miguel-a-emilio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Carta 12: De Luis Miguel a Emilio</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1940/12/carta-12-de-luis-miguel-a-emilio/</link>
		<comments>https://www.tres-lineas.com/1940/12/carta-12-de-luis-miguel-a-emilio/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 01 Dec 1940 21:58:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.tres-lineas.com/?p=105</guid>
		<description><![CDATA[<p>Roma (Italia), 24 de octubre de 1940</p>
<p>Mi muy estimado compañero:</p>
<p>En esta ocasión quiero que mis palabras te describan a la perfección cómo es mi vida en estos meses. El frío parece apoderarse de esta ciudad que me ha conquistado, aunque dadas las circunstancias, conquistar no es la palabra más adecuada. No sé si conoces la ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Roma (Italia), 24 de octubre de 1940</p>
<p>Mi muy estimado compañero:</p>
<p>En esta ocasión quiero que mis palabras te describan a la perfección cómo es mi vida en estos meses. El frío parece apoderarse de esta ciudad que me ha conquistado, aunque dadas las circunstancias, conquistar no es la palabra más adecuada. No sé si conoces la situación, pero Italia y Grecia afilaron sus cuchillos, y se acaban de enzarzar en otra guerra, como si no tuviéramos bastantes ya. Italia quiere conquistar Grecia. Conquistar, este término que parecía pertenecer al Medievo y o a siglos muy pasados, pero que hoy en día sigue en boga. ¡Cómo es el hombre! Pues precisamente el frío y el empeoramiento del tiempo es lo que está frenando casi en seco a las tropas italianas. Al parecer, todo tiene algo que ver con los Balcanes, pero no quiero hablarte de política.</p>
<p>Deberías saber que conoces a todo un galán y seductor español, o “Spagnolo rubacuori”, como ya me están conociendo en el barrio del hotel donde me hospedo. Y te mentiría si te dijese que no es cierto. Desde que me hiciste saber que estaba enfermo, y aunque no estabas completamente seguro de que tu diagnóstico fuera el acertado, tengo claro que lo que jamás conoceré, sobre todo porque me cierro a ello, es el amor. No podría ser tan injusto de querer a alguien, enamorar a una mujer, casarme, sabiendo que su futuro inmediato es la viudez. Teniendo en cuenta que desconozco cuánto tiempo puedo disfrutar de los placeres que la vida proporciona, no dudo en acelerar que éstos se me ofrezcan. Para ello uso todas las armas que poseo: dinero, educación, labia, mi físico, que como bien sabes es algo que cuido casi hasta el extremo.</p>
<p>Seguro que estás frunciendo el ceño, y que en tu interior me reprochas mi prepotencia, pero amigo mío, basta por una vez de penas. Es raro que una tarde la pase discurriendo solo por las hermosas calles italianas. Por norma general, tiendo a llevar del brazo una jovencita y hermosa “ragazza”. Qué fogosas, son compañero. Lástima que no pueda nunca formar una familia de mujer mediterránea, y te lo digo completamente en serio. Sin embargo, no me dejo llevar por la tristeza y aprovecho bien mi tiempo, aunque no por ello quiero que creas que uso a las mujeres y rompo su corazón en mil pedazos. Si algo aprendí en estas labores es a ser todo un galán. Las trato como a reinas, y mientras pasen conmigo aunque tan sólo sea una hora, quiero que se sientan especiales. Eso sí, con ello también consigo mis propósitos, que no es necesario que te diga cuáles son.</p>
<p>Te confieso que también me he aficionado a la marihuana, una hierba mora que se lía en cigarrillos. No podría decirte que esté a todas horas fumándola, pero sí me gusta degustar al menos uno antes de dejarme llevar por el sueño. Aplaca mis dolores y temblores nocturnos, y ahuyenta mis pesadillas. La conocí en algunos locales de la noche romana, porque está calando hondo en los jóvenes. Bien cierto es que disfrutar de la música jazz en alguno de estos lugares se está convirtiendo en otro de esos placeres de mi día a día. Junto con ello, también he probado, por si de algún modo pudiera abstraerme de la realidad, la cocaína. Dicen que es adictiva, pero la tomo en muy reducidas ocasiones.</p>
<p>A decir verdad, no creo posible que generen algún efecto positivo en mi enfermedad, pero si me dejase envolver por los terrores nocturnos que asaltan mi mente tras todo lo que pude ver en el campo de batalla, a lo que se añade posteriormente lo que mi sufrimiento imagina, caería constantemente, y sin ganas de volver a estar en pie.</p>
<p>Y una vez contadas mis locuras, y mis excesos, paso a lo realmente serio. No te asustes, pero ya es hora de confesarte algo muy importante, que hasta hoy no te conté, posiblemente porque aún no me fiaba de que mi correspondencia llegase a ti impoluta. No confío lo suficiente en nadie de quienes entrego estas cartas, hasta hoy.</p>
<p>Comenzaré por el principio e intentaré ser breve, pero sin dejar detalle a su vez, porque a un amigo como tú nada se le debe ocultar.</p>
<p>Justo en el inicio de nuestra guerra, allá por agosto y septiembre de 1936, yo servía en el bando nacional, aún no sintiéndome ni de un lado ni del otro. Di en conocer entonces a un personaje más que interesante, de nombre Robert Capa, de profesión reportero gráfico. Entablé cierta amistad con él y con su pareja, Gerda, amistad que al recrudecerse la contienda se intensificó, como tantas veces ocurre en circunstancias adversas. Tras un mes o dos de ofensiva, yo empezaba a tener claro que mis verdaderos ideales se acercaban más a la indignación hacia la injusticia que se estaba cometiendo, intentado arrebatarle al país una situación que hasta entonces, aunque no era estable, sí era legal y democrática, así que, de un modo un tanto arriesgado, empecé a transferir información muy comprometida de un bando al otro.</p>
<p>Robert me sirvió de mensajero durante mucho tiempo durante su visita a nuestro país, que duró algo más de un año. A él le interesaba y a mí también, ya que me sentía obligado a limpiar mi conciencia. Para él suponía conocer la situación, hora y lugares donde los nacionales atacarían, y así podía estar presente en el momento preciso para disparar su cámara hacia la vergüenza. Tras innumerables encuentros ocultos en esos densos y oscuros bosques españoles, Robert, antes de marcharse nuevamente a otra batalla, me citó por última vez para lo que acabó siendo la causa, y ahora empezarás a entenderlo todo, de mi marcha de nuestra España querida.</p>
<p>En ese último encuentro, Robert me hizo entrega de un carrete fotográfico, que como no sé si está revelado, no me atrevo a abrir, y por tanto desconozco su contenido o imágenes exactas. No me dio instrucciones. Lo único que me dejó claro fue que alguien de quien nunca sospecharan debía proteger las imágenes de la cobardía y el temor. Y ese era yo.</p>
<p>Desde entonces lo llevo conmigo de viaje, oculto como realmente estoy yo.</p>
<p>Eso es, camarada, oculto, huido, fugitivo. El error fue mío, cuando, bebiendo con un antiguo compañero de batalla que yo creía afín a mis ideales, le confesé poco antes de finalizar la guerra todo esto que te cuento. No tuvieron que atar muchos cabos para llegar a la conclusión de que poseo algo que es mejor que no salga a la luz. Ya que no han podido encontrar a Robert y sus carretes, encontrarme a mí sería mucho más sencillo.</p>
<p>He aquí la razón de mi marcha, y la verdadera razón de mi fuerte discusión familiar. De algún modo, mi padre me protegió con su dinero y con la obligación de abandonar de por vida a la familia. Y a su vez, éste es el motivo por el que viajo y no me instalo realmente en lugar alguno. Siguen mis pasos, los siento, me observan. Están cerca constantemente, sólo necesitan unos meses para conseguir alguna pista de mi paradero. El mismo Picasso me advertía en París que marchara lejos cuanto antes. Y ahora, precisamente por mi ganada fama, me será aún más difícil mantenerme aquí. Y es que precisamente una de esas damas con las que paseo me comentó que sospechaba que yo estaba siendo vigilado. Como lo lees, Emilio. Me advirtió de que llamaba demasiado la atención y que en este país, tal y como está la situación, todo el mundo sospecha de todo y todos. Como si en España fuera distinto. El propio gobierno italiano realiza investigaciones ocultas a la población, debido a las llamadas mafias, que son clanes familiares dedicados a la delincuencia y firmemente engastados en la sociedad y en el poder. Temo que el gobierno piense que yo pertenezco a alguno de estos clanes, o que a su vez que estos otros se convenzan de que soy partidario de algún otro clan rival, dado que son muy territoriales y bastante agresivos.</p>
<p>Hace unos días me dirigía por la tarde hacia Via della Pilotta, una hermosa calle romana, con arcos que la atraviesan para que la puedas cruzar por la parte superior y que te lleva nada menos que a mi lugar sagrado de esta capital, la Fontana di Trevi, o Fuente de Trevi. Intrigado por lo que aquella jovenzuela me decía, y por mis propias sospechas de que de algún modo ya me hubiesen encontrado, presté más atención a mis pasos que de costumbre. Cierto es que he comprobado que si te fijas en las personas con sospecha, al final lo haces de todas y de todo lo que observas, pero esta vez algo inusual me llamó poderosamente la atención. Llegando a la fuente, donde Dios bien lo sabe, todos los días pienso en todos y cada uno de vosotros a los que quiero y echo de menos, me percaté de que un joven caballero, de sombrero y elegancia trajeada, venía siguiendo cada uno de mis pasos, parándose en todos los lugares donde yo lo hacía. Intrigado y asustado, me encaminé hacia la basílica de Santa Maria della Vittoria. El camino es largo, pero me servía para comprobar que no fuesen imaginaciones mías. Pues adivina, el personaje no desistió. Pasé al interior del templo. Acudo allí cada semana, supondrás para qué: pido por ti y por tu familia en cada visita. Mientras lo hacía, no dejé de mirar por el rabillo del ojo, y allí estaba sentado, haciéndome creer que estaba rezando.</p>
<p>Reconozco que los nervios me ganaron durante unos momentos. Pero después de todo lo que hemos pasado, a qué voy a temer más que a estar en medio de una guerra. Después de todo, no parecía cansarse. Decidí salir, pero esperar tras la puerta su salida y allí, enfrentarme a él y sus respuestas. Tardó muy poco en seguirme. Lo cogí por sorpresa, salió de mi interior ese soldado que fui. Tras un intenso forcejeo, logré hacerme con él, aunque tuve que enseñarle mi documentación para que dejase de ejercer fuerza y comprendiera que no le haría daño. Lancé una pregunta directa y me respondió sin recelo. Resultó ser una especie de aprendiz de delincuente. Confesó, pero como él me dijo, sólo porque ellos no temen a nada ni nadie. Al parecer, las mafias temían que yo perteneciese a alguna familia poderosa que intentase hacerse un hueco en los barrios romanos, y era algo que no iban a permitir. Con la educación que me caracteriza y con todo el cuidado del mundo, le hice saber y ver lo que soy, un español huido del país que creía conocer y que ahora no reconoce. Añadió algunas veladas amenazas por cuenta de algunos parientes de las jovencitas que frecuento, pero antes de que terminase, me marché.</p>
<p>Tras este desafortunado episodio he decidido viajar nuevamente, para acabar en algún momento en donde no sospecharán que esté: España. Intentaré ocultar ese carrete en algún lugar donde esté protegido, antes de que mi final esté demasiado cerca y flaqueen mis fuerzas, un lugar donde no lo encuentren, pero del que te haré partícipe en persona. Para que algún día, la Historia haga justicia y pueda verse de por vida lo que el ojo de Robert contempló y plasmó. Y que tú puedas disfrutar los méritos para cuando todo vuelva a su ser y lo lances a la luz.</p>
<p>De Robert nunca volví a saber nada, aunque sí de su pareja, Gerda Taro. Durante la retirada en convoy del ejército republicano en Brunete, en un momento dado, unos aviones enemigos que volaban a muy baja altura hicieron que cundiera el pánico, haciendo caer a Gerda del camión donde se había subido. Entonces un tanque republicano, fíjate qué cosas, aquellos por los que a su modo luchaban ella y Robert, pasó sobre ella y acabó con su vida.</p>
<p>No esperes mi visita, apareceré cuando menos lo imagines. Es mi forma de protegerte a ti y tu familia. Pero no dejes de contar con mis cartas, a través de las cuales sólo tú conocerás mi paradero.</p>
<p>Por último, no quiero que todo esto te haga pensar demasiado en mi peligro. Ten por seguro que sé muy bien guardar mis espaldas y que a pesar de esto, soy feliz, me siento orgulloso de lo que hice y de lo que hago, y que disfruto la vida como ya leíste en el inicio de la presente.</p>
<p>Te envío un fuerte abrazo, deseándote la mayor de las felicidades a ti y a los tuyos. Tu amigo que lo es,</p>
<p>Luis Miguel Herranz.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://www.tres-lineas.com/1940/12/carta-12-de-luis-miguel-a-emilio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Carta 5: De Luis Miguel a Emilio</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1940/07/carta-5-de-luis-miguel-a-emilio/</link>
		<comments>https://www.tres-lineas.com/1940/07/carta-5-de-luis-miguel-a-emilio/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 31 Jul 1940 21:18:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.tres-lineas.com/?p=63</guid>
		<description><![CDATA[<p>Italia-Roma 14 de Julio de 1940</p>
<p>Estimado Emilio;</p>
<p>Antes de comenzar con mis vivencias, deseo transmitirte cuánta alegría me produjo conocer esa buena nueva. Estoy convencido de que lo que crece en el vientre de tu esposa será tan bien recibido y será tan querido, que me complace la suerte que tendrá de poder contar con unos ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Italia-Roma 14 de Julio de 1940</p>
<p>Estimado Emilio;</p>
<p>Antes de comenzar con mis vivencias, deseo transmitirte cuánta alegría me produjo conocer esa buena nueva. Estoy convencido de que lo que crece en el vientre de tu esposa será tan bien recibido y será tan querido, que me complace la suerte que tendrá de poder contar con unos padres tan dignos y honrados como vosotros. Doy por hecho que los nervios poco a poco te invaden, pero el júbilo que seguramente te produce ver cómo crece la barriga de tu señora anula cualquier miedo o temor. Apenas quedarán un par de meses cuando recibas estas palabras para que, si no se adelantó el parto, puedas acariciar la cara de tu hijo. Te adjunto a la carta un pequeño obsequio para que ese pequeño luzca en esas soleadas tardes toledanas. Deseo que todo salga perfecto, y pronto tu mujer se recupere, para que ambos podáis pasear por la calles de Toledo y mostrar a vuestros vecinos que, a pesar de la miseria, la tristeza y los malos recuerdos que produce este periodo que nos toca vivir, la vida continúa, y se debe luchar por esa felicidad que nos ganamos. Y digo bien, al decir que nos ganamos, porque el pasar una guerra nos ha enseñado que nunca nadie, en esa España que tanto añoro, debe sufrir por verla resurgir, aunque sea en manos de otros locos ansiosos de poder. Lástima que, en nuestro caso, como en casi todos los que estoy conociendo desde fuera, siempre ganen los más excéntricos y desequilibrados personajes. A todo esto, comprobé lo del ya conocido Valle de los Caídos. Valiente sinvergüenza. Estoy seguro de que esa maldita construcción no estará limpia de sangre y de que Franco usará todas sus artimañas para mentir en cuanto a ella. La única utilidad que le veo, es la de desear ver y muy pronto, al Generalísimo descansando eternamente en ese raudal de rocas sucias de sangre.</p>
<p>Como puedes imaginar, tras la sospecha, confirmada, de que Hitler invadiría Francia, esperé respuesta a mi anterior mensaje, y pasados apenas tres, cuatro días de recibirla, partí y abandone París. Una lástima, porque la ciudad pareció acostumbrarse a mí, o yo a ella. Allí pude conocer gran cantidad de personajes más que intrigantes, curiosos. He compartido alguna que otra charla con los “exiliados republicanos permanentes”, como ellos se hacen llamar, que calculan que habrán quedado en Francia como la mitad de todos los que llegaron. Son asombrosas sus historias, crueles a la par que sombrías. Al fin y al cabo, yo me marché voluntariamente, queriendo poner distancia entre mi padre y yo, cumpliendo así su deseo de perder definitivamente un hijo. Algunas veces, y sé que no debería decirlo, pienso en qué afortunado habría sido si una bala o un bombardeo me hubiesen alcanzado, poniendo fin a mi historia. Pero al ver a estas personas que, aunque derrotadas, siguen luchando y avanzando, se despejan estas demencias de mi cabeza. No te puedes imaginar cuántos chicos jóvenes han tenido que marchar huyendo de las represalias, posibles o reales, o bien porque su familia estuvo muy implicada en el bando republicano o en política, o bien porque temen desaparecer por cualquier motivo absurdo, y no volver a aparecer jamás, junto a sus padres, novias, amigos.</p>
<p>Imagino, o puedo creer, que por allá estarás cansado de ver y escuchar historias como éstas. Te las menciono para que veas que, de algún modo, aunque lejos, sigo siendo partícipe de lo que ocurre en nuestra España, o más bien la de los otros, porque no se parece en nada a la que conocíamos. Y que en cuanto recobre valentía, volveré para instalarme en alguna parte de ella, y ya que luché en el bando nacional, de lo cual me arrepiento y arrepentiré de por vida, guerrearé tanto como el tiempo me lo permita para volver a ver el país que era antes.</p>
<p>Ahora mismo te escribo y te cuento desde Roma, como pudiste ver al inicio de esta carta. Sí, posiblemente otra locura teniendo a Mussolini cerca, que para el colmo se entrevisto hará un par de días con Hitler. Pero aquí, en la capital, las cosas están tranquilas. Los turistas somos bien recibidos, y con el Vaticano cerca, más aún. Al parecer, el Papa Pío XII, o como por aquí lo llaman, “el Papa de Hitler”, hace oídos sordos y ojos ciegos a los ataques y muertes provocados por los alemanes. Supongo que así se está ganando el favor de Hitler y con ello se asegura no recibir reprimenda alguna, o incluso evitar la invasión del lugar más sagrado del Cristianismo.</p>
<p>Como bien sabes, no sé si por cultura o por educación me considero muy creyente, y doy por hecho que Pío XII algún motivo tendrá para hacer lo que hace. Será la Historia y el tiempo quienes nos cuente la verdad, imagino.</p>
<p>El Generalísimo parece no cesar en su intento de perseguir a los republicanos españoles. ¿Tanto odio les tiene, que hasta en la propia capital italiana viene a buscarlos? Sí, como te cuento. Tan sólo hará un par de días, cuando iba de camino a un restaurante, espléndido, por cierto, me dieron el alto unos militantes españoles, y me hicieron demostrar mi procedencia y motivo de viaje. Al parecer, llevan consigo una lista donde aparecen nombres de republicanos o traidores al régimen, a los que si descubren, no dudan en arrestar y tras su ración de palos pertinente, vete tú a saber qué hacen con ellos; imagino que deportarlos será lo más suave.</p>
<p>Aún no consigo entender cómo está el mundo. Los nazis, con su particular matanza en toda Europa; Italia, con este afán fascista buscando límites que conquistar; España, dirigida por un mago ilusionista, que consigue que la mayoría vean reales y maravillosos sus trucos macabros… En definitiva, Europa está quebrada. Amigo, ¿cuál será el futuro?</p>
<p>Mira, dejaré mis malas palabras ya de lado, y continuaré contándote sobre mí.</p>
<p>Roma me parece una ciudad increíble, me ha emocionado desde el primer día. No estaré demasiado tiempo aquí, el suficiente para que, si tú lo deseas, vuelva a recibir una carta tuya, aunque me encantaría poder pasar lo que pueda quedarme de vida en esta tierra que, por la causa que sea, me transmite paz y desahogo.<br />
Estoy pensando ahora mismo que, aunque podrías regañarme por venir aquí donde está Mussolini, tal y como te conozco, lo primero que te ha venido a la cabeza ha sido: “El calor que hace en Roma en pleno verano no es lo más conveniente para tu enfermedad”. Lo sé, querido amigo, pero necesito vivir, conocer, enriquecerme de cultura; dónde mejor que en esta ciudad para hacerlo. ¿Quién puede asegurarme que mi estado de salud no empeorará en cuestión de días? Ya sé que me dijiste que era a plazo muy largo que el estado terminal apareciese, pero por muchos cuidados o medicación que tenga, quién puede asegurarme que yo no sea una excepción. Entiéndeme, apreciado camarada, he de satisfacer mis deseos antes de que no puedan ser cumplidos.</p>
<p>Como comprobarás, para evitar ponerte en peligro, imaginando como están las cosas por allá, conseguí un fantástico modo de hacerte llegar la presente, al cual puedes entregarle lo que te plazca para que me lo haga llegar. Es un buen seguro. Este personaje reservado, que te ha entregado este sobre junto con mi regalo para tu pequeño, es un comerciante que viaja hasta Italia solamente para comprar grandes cantidades de harina para su negocio. Al parecer, el sistema de autarquía de Franco lo tiene bastante desabastecido y no da para mantener su restaurante de lujo. Puedes sin duda confiar en él; tras el sufrimiento de la guerra y los seres queridos que le fueron arrebatados en ella, podría decirte que aborrece todo el sistema instaurado en nuestro país.</p>
<p>Sin más, sólo me queda despedirme, deseando lo mejor para ti y tu modesta familia, y haciéndote saber que mi estado aún es saludable. Te extraño, compañero, pero confío en que de algún modo la vida nos vuelva a cruzar, y así cumplir con el abrazo que me hiciste prometer que te sería devuelto.</p>
<p>Luis Miguel Herranz.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://www.tres-lineas.com/1940/07/carta-5-de-luis-miguel-a-emilio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Carta 1: De Luis Miguel a Emilio</title>
		<link>https://www.tres-lineas.com/1940/04/carta-1-de-luis-miguel-a-emilio/</link>
		<comments>https://www.tres-lineas.com/1940/04/carta-1-de-luis-miguel-a-emilio/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 23 Apr 1940 16:08:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://tres-lineas.com/?p=8</guid>
		<description><![CDATA[<p>23 de abril de 1940</p>
<p>Mi querido Emilio:</p>
<p>Primeramente, quiero darte las gracias por todo lo que me has dado: por tu compañía, tu apoyo, tu comprensión y presencia, por brindarme la oportunidad de tener a mi lado, aunque lejos en distancia, a alguien como tú, en quien confiar, con quien divertirme, con quien soñar&#8230;</p>
<p>Te imagino sonriendo ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>23 de abril de 1940</p>
<p>Mi querido Emilio:</p>
<p>Primeramente, quiero darte las gracias por todo lo que me has dado: por tu compañía, tu apoyo, tu comprensión y presencia, por brindarme la oportunidad de tener a mi lado, aunque lejos en distancia, a alguien como tú, en quien confiar, con quien divertirme, con quien soñar&#8230;</p>
<p>Te imagino sonriendo ahora y pensando por qué este chalado, tras mil cartas intercambiadas, comienza esta con tal agradecimiento. Pues posiblemente la causa sea la de recordar.</p>
<p>Te escribo desde un precioso café parisino, con un gran ventanal a través del cual puedo contemplar el transcurso de las luces del atardecer que caen y el anochecer que se apodera sereno, sobre el “Pont des Arts” cubriendo las tranquilas aguas del Sena. Esto me ha llevado a recordar aquella frase que, templado, me dijiste cuando para mí todo era cerrazón: “Mira más allá de lo que ahora parece oscurecerse”. Y el lápiz comenzó a escribir palabras de agradecimiento, y ante eso uno no se puede oponer. Esas son las circunstancias en las que realmente se forjan las amistades verdaderas. En tan difícil situación, nada menos que el final de una guerra, lo único que obtuve de positivo fue conocer mi realidad, en la cual estás incluido desde el día en que a este soldado herido (y digo soldado porque era lo que era, sin serlo en mi interior) le asignaron un médico del otro bando recién capturado, para ver si podía hacer algo útil por nuestra patria. Supe ver en ti lo que ahora eres, un amigo en quien confiar.</p>
<p>Punto y aparte, nunca mejor dicho, cambio de tema. Mi estado aquí continúa siendo agradable; en estos meses de estancia en París, mi mente parece dejarme descansar. Tampoco permito vencer a los sufrimientos, que me estarán haciendo cambiar, aunque de mí dependa hacia dónde me lleva ese cambio. Físicamente sigo cuidándome como cuando no estaba enfermo y aún continúo teniendo ese toque con las mujeres, que alegran un poco mis noches en la ciudad y sobre todo me ayudan a esconderme a mí mismo, lo que soy o lo que tengo. Sí es cierto que a veces necesito empujones, que recibo cuando llega una de tus cartas o alguna de mi pobre madre. Si el Sr. Herranz supiese que su señora doña Águeda escribe a su hijo a escondidas de su propio padre, no sé qué podría hacerle a ella. Es leer vuestras palabras y recobro fuerzas y ánimo para dar un paso al frente, y coger de nuevo impulso para correr, correr y correr.<br />
Pero pasemos a temas más interesantes de mi actual vida en París.<br />
Gracias a mi posición económica, que como bien sabes es debida a esa fortuna que limpia la sucia conciencia diaria de mi padre, puedo tratarme con personajes muy selectos de esta ciudad. Entre ellos, y para gran sorpresa la mía, conocí y estoy compartiendo algún que otro café con el Sr. Pablo Ruiz Picasso, un pintor bastante conocido aquí. Me ha contado que ha estado pintando en Royan, que por si no lo sabes, es una ciudad costera de Francia. Por lo visto ha estado casi un año pintando un cuadro al cual llama “Séquence de femmes au chapeau”. Al parecer, ahora quiere aventurarse con el teatro y un libreto muy extraño. Pasamos horas y horas hablando de cómo está nuestro país. Hemos escuchado que el general Franco va a construir algo así como un monumento a los caídos, no sé si un valle, ya me contarás exactamente a que se refiere. Sólo pensarlo nos enferma. La verdad, y aun apareciendo muchas de las veces cosas tristes en nuestras conversaciones, lo que mejor me sienta es escuchar durante más de dos frases seguidas mi lengua natal.</p>
<p>Aunque las cosas aquí no están del todo bien. Al parecer, el gobierno francés teme, y no sin razón, la invasión alemana. Como ya sabrás, ese loco alemán ha invadido ahora Noruega y Dinamarca. ¿En qué mundo vivimos, amigo?</p>
<p>Creen por aquí que en poco estará Hitler fotografiándose frente a la torre Eiffel. Sólo de imaginarlo, me cambia el color de la cara: huyo de un país arrasado por las ideas de un loco y me encuentro con otro. Yo por si acaso, he pensado hacer una buena compra y encerrarme durante unos días, viendo pasar las cosas a través de la ventana. No creo que una guerra sea lo más adecuado para mí. Ni quiero recordar, ni mi estado físico es el oportuno para hacer frente a ello.</p>
<p>En fin, Emilio, ¿cómo está tu familia? ¿Cómo estás tú? Y sobre todo, ¿cómo van las cosas por España? Después de una guerra los tiempos son muy duros, te lo repito en todas mis cartas al finalizar, y en esta no será menos: ¿necesitas dinero? ¿Necesitas alguna ayuda? ¿Alojo? No dudes nunca en solicitar cualquier cosa, que aun quedándome yo sin ello, antes elegiría que lo obtuvieras tú.<br />
Un abrazo enorme. Cuídate mucho. Tu amigo,</p>
<p>Luis Miguel Herranz.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://www.tres-lineas.com/1940/04/carta-1-de-luis-miguel-a-emilio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>
