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	<title>Tres líneas &#187; De Emilio</title>
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	<description>A Emilio, a Dalmacio y a Luis Miguel la guerra les venció, pero no se sienten vencidos, y para mantener vivo este sentimiento de esperanza, deben continuar en contacto…</description>
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		<title>Carta 46: De Emilio a Elena</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Aug 1941 19:05:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 8 de agosto de 1941</p>
<p>Mi querida Elena:</p>
<p>Quisiera verte en persona para poder explicarte por qué clase de galimatías del Destino he terminado en esta situación, y de paso, pedirte disculpas por todo. Antes tenía alguna esperanza de que me perdonaras por haber sido un mal marido y un mal padre, por haber ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 8 de agosto de 1941</p>
<p>Mi querida Elena:</p>
<p>Quisiera verte en persona para poder explicarte por qué clase de galimatías del Destino he terminado en esta situación, y de paso, pedirte disculpas por todo. Antes tenía alguna esperanza de que me perdonaras por haber sido un mal marido y un mal padre, por haber sido un ciego ignorante, por haberme dejado deslumbrar por los oropeles de una vida que no me estaba destinada, por haber permitido que te escaparas entre mis dedos. Ahora tengo serias dudas de que vaya a conseguirlo jamás, porque a todo lo anterior hay que añadir que soy un embustero y un fugitivo, y es posible que muera pronto. Sólo espero que leas esta carta antes de tirarla al fuego, y entiendas los motivos que tuve para actuar como lo hice.</p>
<p>Supongo que a estas alturas, Vicente Lamata te habrá puesto al día de cómo don Álvaro me nombró heredero de casi todos sus bienes y de cómo él me ayudó a tomar posesión de esa herencia. Mi maestro lo había dejado todo bien arreglado y fue una transición sencilla, aunque debido a lo cuantioso de las propiedades e inversiones, tuvo su trabajo. No obstante, el día 17 de julio de este segundo año triunfal dimos los últimos toques a los fondos y a las renovaciones de alquileres, y quedamos en vernos al día siguiente, aniversario del final de la guerra pero disfrazado por el nuevo Régimen de Fiesta de la Exaltación del Trabajo, para así no celebrar el 1 de mayo, como debería ser.</p>
<p>En el transcurso de esos días, yo le había contado mis problemas y las razones de no haberme reunido aún con vosotros en Toledo, así como los temores acerca de los falangistas que me habían amenazado y los intentos de chantaje de los que intentaba hacerme objeto Justina, la hermana de Francisca Molero. Aunque intenté ocultártelos, no subestimaré tu inteligencia pensando que no estabas enterada.</p>
<p>Lo que no le había comentado, en esa primera quincena de julio, hace apenas unas semanas pero hace una vida, era que yo notaba que Prado no dejaba de llorar y apenas comía, pero lo atribuí a que seguía enfadada conmigo y quería que tú y yo nos reconciliásemos a cualquier precio. Tan pesada se había puesto que no le había dicho que te había escrito, pero tampoco le comenté tu fría respuesta.</p>
<p>El día 18, Vicente se presentó a nuestra cita con una sonrisa radiante como no le había visto nunca, en el tiempo que hace que le conozco. Al preguntarle la causa de su alegría, me dijo que su mujer por fin estaba encinta, y que aunque él no tenía la más mínima idea de quién era el padre, no era asunto suyo, y le solucionaba lo que ya se estaba convirtiendo en un grave problema entre sus dos mujeres, una con hijos y otra que no conseguía tenerlos y quería arrebatárselos a la otra. Asumo que a estas alturas estarás al tanto de los detalles de su matrimonio. Dada esta buena noticia y que habíamos terminado los trámites del testamento, quisimos ir a celebrarlo.</p>
<p>Era el día grande y había espectáculos por todas partes. Había programados conciertos, obras de teatro, circo, variedades, corridas de toros, pelota. Toreaba Pepe Bienvenida. Nos compramos unos farias y echamos la tarde en Las Ventas, luego nos fuimos a cenar y después a una sala de fiestas, donde estuvimos hasta casi medianoche. Regresamos a Castellana dando un paseo, aprovechando el frescor nocturno para despejarnos de lo que habíamos bebido, con bastante poco éxito, he de decir.</p>
<p>A medianoche había anunciado un castillo de fuegos artificiales, que Vicente quería ver, pero me parecía demasiado alegórico celebrar con pólvora lo que se ganó con pólvora. Le dije a mi compañero que yo ya había visto cohetes suficientes en la guerra como para no tener ganas de ver más durante el resto de mi vida. Llegados a la esquina de mi casa, escuchamos los primeros petardos y vimos asomar las luces de colores por las azoteas, así que nos despedimos apresuradamente con un apretón de manos y Vicente se encaminó hacia la plaza de Colón, para disfrutar del espectáculo solo.</p>
<p>Di dos pasos en dirección a mi portal. Entonces, ese sentido de alerta que me ha salvado el pellejo unas cuantas veces, que tú bien conoces, me advirtió que algo estaba ocurriendo.</p>
<p>Percibí un movimiento furtivo por el rabillo del ojo, escondido en parte por un escaparate que hacía saliente en la fachada, apenas a una zancada de mí. Todo fue muy rápido, pero cuando repaso los acontecimientos en mi cabeza, como he hecho mil veces y haré muchas más en el futuro, tengo la sensación de que duraron varias horas. Escuché un quejido apagado entre las explosiones, y di un paso para tener mejor ángulo de visión. Vi el rostro de Prado, deformado por el dolor.</p>
<p>En un instante, me hice una composición de lugar. Prado estaba encajada contra el rincón que formaban el escaparate y la fachada, junto a la esquina, aplastada por el peso de un hombre que, por un momento demente en un pensamiento suelto, me recordó a mí mismo. El hombre realizaba unos movimientos que no dejaban lugar a duda de sus intenciones, mientras la mujer protestaba y le clavaba los dedos en los brazos, intentando impedir el ataque sin conseguirlo.</p>
<p>Si dijera que lo pensé, estaría mintiendo. Mi cuerpo se puso en marcha sin contar con mi cerebro. Agarré la chaqueta del hombre y tiré de él hacia atrás, y vi un brillo metálico verde que no alcancé a identificar. Prado trastabilló hacia un lado, mientras él hacía un movimiento para recuperar el equilibrio y me acertaba con el codo en los dientes. Él rugió, yo me quejé, sonó un cohete.</p>
<p>En un acto reflejo, me llevé la mano al rostro, en un tiempo que el hombre aprovechó para sujetarse los pantalones con un puño y aplicar el otro en busca de mi sien izquierda. Sonó otro cohete y un ruido de motor se sumó al estruendo, pero aunque lo oí, no lo escuché. El puñetazo se deslizó por el aire hasta perder fuerza, y entonces el hombre se incorporó, se quedó quieto, se giró hacia Prado y le dijo: Hija de puta.</p>
<p>Al girarse, le pude ver la espalda, y vi que, a la altura del riñón derecho, le sobresalía una navaja encajada hasta las cachas, y que Prado retrocedía hacia la pared, espantada por su propio acto. Entonces le reconocí: era el hombre que había estado rondando mi casa, el que nuestra criada había dibujado. Era su marido, Tomás Segorbe. En ese momento supe qué había sido el brillo verde que había visto antes, que fue el reflejo de un fuego artificial en el filo de la navaja, con la que ese hombre despreciable había estado amedrentando a su víctima. Oí una voz que gritaba. Hubo un destello en el cielo nocturno. Tomás cerró el puño, masculló un insulto y se abalanzó hacia Prado, que no podía retroceder más, pues se lo impedía la fachada. Lejos, comenzó a retumbar una traca. Entonces di un paso al frente y le di un empujón.</p>
<p>Ojalá pudiera retroceder en el tiempo y cambiar algo, Elena. Ese momento me atormentará el resto de mis días. Le doy vueltas y más vueltas, pensando y si, y si… Si él hubiera tenido los pantalones subidos y no se los sujetara con una mano, si no hubiera estado borracho, si no hubiéramos estado cerca de la esquina, si no tuviera una hemorragia interna producida por la navaja, si no se hubieran conjurado los astros, no habría ocurrido lo que ocurrió. Al empujarle, le hice perder el equilibrio. Tropezó con sus propios pantalones y buscó un asidero con la mano libre, que no encontró. Fue a caer cuan largo era en la calle. En ese momento, un camión subía la cuesta y giraba por nuestra calle, pero la propia esquina le impedía vernos y su tamaño le obligó a subirse a la acera. Tomás se metió directamente entre las ruedas del camión. El estruendo de los petardos sofocó el sonido del cráneo al estallar entre los neumáticos.</p>
<p>Ignorante de lo que había ocurrido, pues el ángulo le impedía ver, el conductor continuó subiendo la cuesta. Alguien chilló. Creo que fui yo. La traca terminó y se dispararon más cohetes. Me quedé inmóvil, allí donde mi impulso había terminado, con la mente en blanco, hasta que unas manos me sacudieron. Cuando conseguí reaccionar, vi que era Vicente quien me zarandeaba, preguntándome qué había pasado.</p>
<p>Antes de que atinase a contestarle, él se dio cuenta cuando vio a Prado sujetándose las ropas rotas, los pantalones medio bajados del cadáver y mi labio superior partido. Consideró la situación un momento y tomó el control de inmediato. Nos hizo un breve reconocimiento y de inmediato nos empujó hacia el portal, diciéndonos que nos metiéramos en casa y no nos asomásemos bajo ningún concepto ni encendiésemos luces. Yo no era capaz de pensar y obedecí. Cuando cerré la puerta, alcancé a ver que se dirigía hacia el cuerpo inerte y ensangrentado.</p>
<p>Mientras subíamos las escaleras y los fuegos artificiales terminaban, oí los gritos pidiendo ayuda y los silbatos de los serenos acudiendo al desastre. Cerré la puerta del piso y cuando Prado rompió a llorar, enterré sus sollozos en mi solapa, abrazándola para que no se me notara que estaba temblando como una hoja, y los dos caímos de rodillas sobre el suelo del recibidor, sin creer aún lo que había sucedido. Entonces entendí por qué se había recortado el rostro al verse en una foto: quería desaparecer, borrarse de la memoria humana. Me pidió perdón muchas veces, por haber sido débil, por tonta, pero no quise que siguiera hablando. Temeroso de que nos oyeran los vecinos, tuve que abofetearla para que dejase de chillar entre sollozos. Entonces se giró y vomitó en el suelo.</p>
<p>Hicimos recuento de bajas a la luz del recibidor, que no podía verse desde la calle. Prado tenía un corte feo en el cuello y la nariz partida otra vez, además de arañazos, golpes que se convertirían en cardenales pronto y el cuerpo dolorido. Yo sólo tenía el labio partido, las solapas ensangrentadas y un susto de muerte. Le coloqué la nariz con un movimiento que redobló sus lamentos, esperando no dejársela muy torcida, y le dije que se lavara para poder darle algún punto en la herida del cuello. Por mi parte, me curé a oscuras, en la cocina. Luego recogió el desaguisado y la envié a su cuarto a acostarse, y yo me tumbé vestido sobre la cama, en tinieblas, sintiendo cómo me palpitaba la herida, temeroso de lo que iba a ocurrir. Caí en un sueño inquieto, escuchando una y otra vez el sonido hueco del accidente, que me aterrorizaba más que las visiones de los heridos de guerra que me visitan con las piernas sobre los hombros. Ahora sé que todos estos muertos me acompañan, y vivirán conmigo para siempre.</p>
<p>Cuando la noche empezaba a retirarse y el primer pájaro piaba, unos nudillos en la puerta principal me sacaron de mi duermevela. Era Vicente. Le hice pasar y, con premura, me resumió el plan.</p>
<p>Me dijo que había solucionado mis problemas en una única maniobra: había hecho pasar el cadáver de Tomás por el mío. Le había subido los pantalones rápidamente para conservar las formas, y había empezado a gritar a un ladrón imaginario que supuestamente, me había atacado, me había clavado una navaja en la espalda y que, al perder yo el equilibrio y ser atropellado por el camión, había salido huyendo sin botín. Nadie dudó de la palabra de todo un médico. Encontraron al pobre camionero, quien sufrió un ataque de nervios cuando le contaron lo que había ocurrido, prestó declaración, levantaron el cadáver… Levantó un papel blanco hasta mis ojos: era mi certificado de defunción, firmado por él mismo.</p>
<p>No sabes qué impresión me dio verlo. Estaba muerto, aunque siguiera respirando. Y por un momento, me pareció que había sido así desde hacía exactamente dos años, desde el momento en que la República había perdido definitivamente la guerra. Lo que tenía delante era sólo la constatación de un hecho.</p>
<p>Hablando muy deprisa, me hizo notar que esto solucionaba mis problemas en cuanto a mis perseguidores falangistas, y privaba de aliados a la hermana de Francisca. Lo mejor que podía hacer era desaparecer, buscar nuevos horizontes, y él tocaría las cuerdas indicadas para que la gente de los subterráneos me consiguiera nueva documentación. Ante mi sorpresa al oírle hablar de tan preciado secreto que el doctor Cervello y yo habíamos guardado tan celosamente, él sonrió, y me di cuenta de que era imposible que él, como compañero de consulta de don Álvaro, no hubiera estado al tanto desde el primer momento. En cuanto a vosotros, me señaló que pronto podría escribiros para contaros esta historia, y podríamos reunirnos. Si los falangistas se emborrachaban un día y no encontraban otro divertimento, era posible que me llevaran a dar un paseo y nunca se supiera más de mí. Dijo algo, sin duda pensando en su segunda esposa, que me convenció por completo: “Mejor viuda que la esposa de nadie”.</p>
<p>En cuestión de diez minutos, trazamos un plan que me cambió la vida para siempre. Me preguntó si había algún sitio donde pudiera refugiarme hasta reunirme con vosotros, y si había pensado alguna vez en emigrar. Mi mente voló de inmediato hasta Dalmacio, y la idea que me comentó, hace mucho tiempo, de irse a México con otros republicanos. Lo decidí allí mismo: me escondería en Asturias hasta que vosotros y yo nos pudiéramos reunir. Una nueva vida nos esperaba en México.</p>
<p>Cuando recogí mis cosas, a toda prisa, supe por qué me había resultado familiar la figura del asaltante cuando lo vi en el rincón junto al escaparate: la ropa era mía. Había grandes huecos en mi armario. Sin duda, Prado le había dado algunas de mis chaquetas y mucha de mi indumentaria. Al fin y al cabo, yo solía llevar una bata y no daba mucha importancia a lo que llevaba por debajo, y en efecto, no me había dado cuenta hasta ese momento.</p>
<p>Desperté a Prado, y le hice jurar que no te contaría nada de lo que había ocurrido. Quería hacerlo yo. Me lo juró por Dios y por toda la Corte Celestial, lloró, me besó las manos y me dio las gracias una y mil veces. Le di las llaves del establo y le ordené que se fuera inmediatamente, directa al pueblo, con vosotros, y que si alguien le preguntaba por los moratones, dijera que la mula la había tirado. Pobre acémila, jamás haría una cosa semejante. Nos estrechamos la mano y se fue.</p>
<p>Vicente me dijo que esperaría a que yo estuviese a salvo y que mientras tanto, él se encargaría de la consulta y del patrimonio. Eso me dejaba sin efectivo, pero no tenía importancia; tan fácilmente como había venido, la fortuna se iba, pero a unas manos que la necesitaban más que yo. Ahora me doy cuenta de que, si yo desaparecía del mapa, la consulta se la quedaría él íntegra sin tener que repartir dividendos conmigo. No obstante, así está bien. Hay una amplia hacienda que me dejó el doctor Cervello de Guillerna para vosotros. Se puede vender todo para sufragar vuestro viaje a México.</p>
<p>Tampoco es que nos haga falta, gracias a mi amigo Luis Miguel. Pero no quiero adelantarme. Mi tío siempre decía que, en aras del entendimiento, había que contar las cosas en el orden en que habían ocurrido.</p>
<p>Salí con las claritas del día, ocultando mi rostro con un sombrero y mientras los barrenderos municipales intentaban limpiar en la calle la sangre de los adoquines, con una maleta, mis cartas y todo el dinero que había en casa. Llegué a la estación de Atocha y antes de entrar, vi a una pareja de la Guardia Civil fumando un cigarrillo en la puerta, con la fresca. Atinó a pasar un tranvía por delante, descarté de inmediato el tren y me subí, sin saber dónde me llevaba. Resultó ser el 21, que me llevó hasta el Paseo de Aceiteros. De allí, me escabullí hasta la carretera, le hice señas a un camión para que parase y resultó que iba a Segovia. Recordé que mi amigo, el marchante de aceites, tenía allí un almacén, y crucé los dedos para que no estuviera de viaje.</p>
<p>Hubo suerte: estaba en la ciudad. Concidiendo con mi llegada, el marchante había recibido una citación en la que le convocaban para responder de unos cargos de contrabando tan inquietantes como ciertos, aparte de otras acusaciones que él asegura proceden de sus competidores, y cuando le hablé de mi destino en Asturias encontró la idea de ese viaje tan de su acomodo que se vino conmigo. Juntos, llegamos a la Quintana, esperando ver a mis amigos.</p>
<p>No pudo ser. Luis Miguel había muerto apenas unas horas antes de nuestra llegada. Preparamos el cuerpo para su eterno descanso, mientras yo le hablaba y le contaba cosas de los niños, de nuestra vida futura, de los posos que me había dejado nuestra amistad, pues como bien sabes, creo que en la existencia del alma, y creo que, aunque su pobre cuerpo enfermo no pudiera más, él permaneció allí un rato, esperándome, y que estuvimos juntos los tres mientras Dalmacio y yo le velábamos, hablando de él.</p>
<p>Al día siguiente, con la ayuda del marchante, enterramos a Luis Miguel en el pequeño cementerio de la familia Argüelles, bajo un castaño. Es una tumba discreta, como a él le hubiera gustado. Dalmacio había pensado en escribirme, pero una carta que le hice llegar desde Segovia le había anunciado mi llegada. Juntos lloramos la muerte de un buen amigo, de un gran golfo, de un niño mimado que había crecido hasta convertirse en un gran hombre.</p>
<p>El marchante se quedó con nosotros en la Quintana, mientras Dalmacio me contaba los últimos días de la vida de Luis Miguel y me enseñaba las cartas que había dejado escritas. Había una carta de despedida de pocos días antes de fallecer, que Dalmacio no había tenido tiempo de enviarme y que me habían escrito juntos. Otra de ellas resultó ser un acto de últimas voluntades. En ella, con letra temblorosa de moribundo, manifestaba su propósito de que sus pocas pertenencias se repartieran entre Dalmacio y yo mismo, con algunas disposiciones a favor de nuestro amigo. Dejaba una cantidad a la Iglesia para que se dijeran misas en su nombre y en el de su madre, y afirmaba que velaría por nosotros desde donde estuviera.</p>
<p>Cuando hicimos repaso, nos quedamos estupefactos. Con su último y generoso acto, Luis Miguel nos había ayudado mucho más allá de lo que hubiera pensado. De nuevo, me maravillé del milagro de la amistad y de la buena suerte que he tenido de coincidir con amigos tan generosos. En realidad, en el momento en que ese testamento había sido redactado, Luis Miguel pensaba que nos estaba legando apenas su propio ajuar y un poco dinero que llevaba encima, pero yo me había encargado de organizar la herencia que le había dejado su madre antes de que él se enterase de que era el propietario de ese dinero. Gracias a don Roque y a los papeles que yo había traído conmigo en mi viaje, hemos retirado de los bancos una cantidad fabulosa, que invertiremos en nuestra fuga.</p>
<p>Pero pronto las cosas se complicaron aquí, querida mía. Hace unos meses mataron a un cura, y las pruebas han llevado a los investigadores a la propia puerta de la Quintana. Quedó claro que debíamos huir rápidamente. Quisimos pedir ayuda a Bazkoare, un amigo de Dalmacio que es originario de San Sebastián y cuya familia tiene contactos y posibles, pero la carta nos fue devuelta, sin abrir, metida en un sobre. No sabemos si Bazkoare ha muerto o no quiere ayudarnos, o quizá no puede, o si la carta no ha llegado a sus manos, pero el caso es que no podemos contar con él.</p>
<p>Anoche, los falangistas prendieron fuego a la Quintana, pero nosotros ya habíamos huido. Estamos escondidos en el palomar de la iglesia de Marcenado del Moire hasta que la gente de la Cruz Roja pueda rescatarnos y nos pueda incorporar a la gente subterránea, camino de México. El marchante se viene con nosotros, creo que más por afán de aventura que por auténtico temor de su pellejo. Xoaquín el comunista ha considerado lo mismo brevemente, pero confía en que la protección de su padre, el señor alcalde, le mantenga a salvo.</p>
<p>Es inviable que vosotros y yo nos encontremos aquí en Asturias, así que os escribiré tan pronto me establezca en México para que podamos reunirnos allí. Dejo a don Roque encargado de enviarte la presente, así como otros papeles y todas las cartas de mis amigos que no quiero llevarme en mi viaje, aunque supongo que a estas alturas, Prado ya te habrá contado las circunstancias de mi partida de Madrid y estarás sobre aviso. Intentaré ponerme en contacto contigo tan pronto pueda.</p>
<p>Ten por seguro que os amo muchísimo. Soy un embustero por haber fingido mi muerte, y un fugitivo, y no soy digno de esperar tu perdón, pero separarme de vosotros ha sido la única manera que he encontrado de protegeros y de alejar a los enemigos, atrayéndolos sobre mí. Ahora que estoy oficialmente muerto, no tienen por qué perseguiros; a razón de cómo vi a la hermana de Francisca la última vez que la tuve delante, es más que probable que a estas alturas la haya matado la tuberculosis.</p>
<p>Aquí, en este palomar infecto, donde me espeluzna la cantidad de enfermedades que nos pueden transmitir las heces de estos pájaros asquerosos, pienso si todos mis enemigos no serán imaginarios, y sólo son fantasmas en mi mente, producto de estos tiempos terroríficos de revanchas y odio soterrado. La guerra no ha terminado para los que la perdimos. Esos enemigos que no he querido crearme me obligan a este viaje en el que es probable que muera, como mi mentor, bombardeado por alemanes o por ingleses, o robado por algún compañero de viaje, o enfermo. Qué más da; estaré igualmente muerto. Quizá por miedo quiero pensar que esos enemigos no son reales, pero sé que estaréis más seguros sin mí. Perdóname por todo lo que te he hecho, por favor.</p>
<p>Mañana partiremos. Hasta que volvamos a vernos, mi amor, intenta ser feliz y que nuestros hijos lo sean. Y si lo que viene es niña, por favor, ponle Margarita, como mi madre.</p>
<p>Siempre te quiere,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 43: De Emilio a Luis Miguel y Dalmacio</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Jul 1941 17:46:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Segovia, 20 de julio de 1941</p>
<p>Mis queridos amigos:</p>
<p>Lamento no haber podido escribir antes, pero una serie de inesperados acontecimientos me ha mantenido extremadamente ocupado. Espero informaros en persona de gran parte de ellos muy pronto, pues las circunstancias aconsejan que, de nuevo, desaparezca de Madrid por una temporada. Dado que, como comprenderéis en breve, no ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Segovia, 20 de julio de 1941</p>
<p>Mis queridos amigos:</p>
<p>Lamento no haber podido escribir antes, pero una serie de inesperados acontecimientos me ha mantenido extremadamente ocupado. Espero informaros en persona de gran parte de ellos muy pronto, pues las circunstancias aconsejan que, de nuevo, desaparezca de Madrid por una temporada. Dado que, como comprenderéis en breve, no es lo más indicado volver a Toledo, el único otro lugar que se me ocurre donde pueda sentirme refugiado y a salvo es la Quintana. Así pues, me tomaré la libertad de presentarme allí tan pronto pueda. De hecho, ahora mismo ya me encuentro viajando hacia allí, pues mi partida fue muy precipitada.</p>
<p>Espero llegar a tiempo de darte un abrazo, Luis Miguel, y de intentar que mis artes médicas te alivien en la medida de lo posible. Parte de lo que me ha entretenido estos días fue una visita de tu señor padre, quien envió recado para verme poco después de tu partida. Debo reconocer que por un momento me sobresalté, pues en mi cabeza aún estaba catalogado como un enemigo a evitar, pero rápidamente acordamos una cita en la tetería Embassy.</p>
<p>Vino elegante y atildado, aunque los profundos surcos que se le marcaban entre las cejas y en las mejillas indicaban un gran sufrimiento interior a cualquiera que supiera verlo. No obstante, estaba tranquilo y sereno, como aceptando su penitencia por la saña con la que te ha perseguido. Me agradeció mi amistad contigo, pues según me dijo, le habías contado toda nuestra relación, y además me confesó que te había ocultado algo.</p>
<p>Me informó de que la herencia de tu madre estaba lista para llegar a tus manos. Por lo que me dijo, la familia de doña Águeda tenía numerosas propiedades en Ávila, resultando que ya cuando se casaron, ella era más rica que él, sus inversiones habían sido sabias y lucrativas y aunque en guerra se había perdido mucho, quedaba un estupendo patrimonio que, tras el fallecimiento de tu madre, él había decidido liquidar. No fue hasta que salió del piso del doctor, después de hablar contigo, cuando se acordó del dinero, que hasta el momento consideraba suyo. Convencido de que ya eras digno de recibir tu herencia materna, había impartido órdenes a su amigo y abogado Joaquín Urrutia para que hiciese unos depósitos a tu nombre, y ahora resulta, compañero, que tienes a tu disposición más dinero del que puedas gastarte en varias vidas.</p>
<p>Se despidió cortésmente, dejándome el encargo de que me pusiera en contacto contigo, seguro de que tú y yo mantendríamos correspondencia, y te hiciese llegar estas noticias por nuestros conductos acostumbrados. Además, me dejó un sobre, que llevo conmigo, con autorizaciones y un listado de bancos que te darán acceso a tu patrimonio. Se alejó caminando despacio, arrastrando un poco los pies, pero recto y digno. De nuevo, eres un hombre rico, amigo mío.</p>
<p>Debo reconocer que esta vez no ha sido fácil haceros llegar una carta. Utilizaré mis contactos en la Cruz Roja para enviaros la presente, ya que aquí en Segovia estoy esperando a mi buen colaborador, el marchante de aceites, para incorporarme a su recorrido hasta Asturias. El recuerdo de las parejas de la Guardia Civil subiendo cada pocas paradas a los vagones de tren me ha disuadido por completo de tomar el ferrocarril, y tu descripción del viaje en autobús me ha quitado todas las ganas de utilizar ese medio de transporte. Una buena alternativa hubiera sido irme por mi cuenta en mula, pero ya no dispongo de mi fiel animal. Aunque, si fuera necesario, me iría andando.</p>
<p>Tengo muchas cosas que contaros y la espera al marchante se me está haciendo eterna, así que mataré el tiempo escribiendo. Eso sí, es probable que luego os lo vuelva a contar de viva voz; espero que sepáis perdonarme. Estos días han sido muy intensos y aún me encuentro en proceso de asimilarlos, y ponerlos sobre el papel me ayuda a reducirlos a un tamaño con el que los puedo manejar. Mi vida ha cambiado. Más bien, mi vida ha desaparecido. Y resulta que siento un tremendo alivio. No sé si acabo de entenderlo.</p>
<p>No voy a ser catedrático. No, al menos, en la Universidad de Madrid. Nunca. Durante estos días de verano, la actividad en la Universidad cambia, aunque no desciende. Aprovechando la ausencia de alumnos, se produce un prolijo baile de máscaras entre despachos, lugares de encuentro social, residencias particulares, fincas, cacerías, donde nadie habla claro y donde se deciden los favores, los candidatos, los intercambios y los precios a pagar. Con la muerte de don Álvaro, me he quedado sin mentor y sin pareja de baile que me dirija entre todas esas trampas sin dar tropezones. Además, no tengo nada que ofrecer, más que mi propio conocimiento y mi oficio. Sólo soy un advenedizo venido a más. Y se ha acabado mi mascarada.</p>
<p>El pasado día 1 de julio, coincidiendo con la recepción de una carta de mi mujer desde Toledo, llegué a mi despacho en la facultad y me lo encontré cerrado con llave. Extrañado, pregunté en un pasillo a uno de los bedeles, y el hombre, sin atreverse a sostenerme la mirada y tras bastante insistencia por mi parte, me respondió entre dientes que no tenía la llave y que habían vaciado mi despacho por orden del decano. De mis pertenencias, no tenía conocimiento. Furioso, le presioné para que me dijera con quién podía hablar para arreglar esa situación, y fue entonces cuando levantó la vista, me miró muy serio, cambió el tono de voz y me dio un buen consejo. Me dijo, de hombre a hombre, que una retirada a tiempo es una victoria. Y le entendí. Sin más, se despidió con una breve inclinación de cabeza y desapareció en las profundidades de la facultad.</p>
<p>Permanecí un rato en aquel pasillo, asumiendo la noticia. Estaba despedido. Así de fácil. Reflexioné un momento acerca de lo que pudiera tener en el despacho que quisiera recuperar y descubrí que nada tenía ningún valor si no iba a seguir dando clases. Por supuesto, más temprano que tarde tendría que dejar el piso de la Castellana. Como Ícaro, había volado demasiado alto y mis alas se habían derretido, precipitándome al suelo. Entonces consideré las opciones que tenía.</p>
<p>Los gastos de mi nueva vida en la alta sociedad habían sido muchos y se habían comido mis pocos ahorros; necesitaba algo de dinero para volver a empezar. Me encontraba al borde de la ruina, con pocos amigos y con la única compañía de una doméstica algo ciega y bastante sorda con mucho más corazón que cerebro. Pero al menos, tenía la consulta que me había legado el doctor Cervello de Guillerna. Quizá pudiera trabajar allí unas semanas para reunir algo de dinero y luego reunirme con mi familia, y a lo mejor, volver a abrir una consulta en Toledo, o volver a ser un médico de pueblo. De nuevo, tenía mi vida en mis manos, pero estaba asustado por mi desprotección.</p>
<p>Primero, envié un billete a mi fámulo, Ricardo, para que se pusiera en contacto conmigo en cuanto le fuera posible, y después me dirigí a la consulta del doctor Vicente Lamata, que había quedado a cargo de los asuntos médicos de don Álvaro y que, siendo su albacea, me había ayudado con los papeleos tras su fallecimiento. Es un hombre más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero bien conservado y con tendencia al buen vestir, de mirada clara e inteligente. Cuando pudo recibirme le expliqué mi situación. Se hizo cargo y me ofreció su ayuda, pero me señaló la necesidad de ser discretos. Hasta calibrar la magnitud de mi caída y los enemigos que, involuntariamente, me hubiera creado, él tenía que tener en cuenta su propia reputación. Me dijo que me tomara un par de días libres para ver si pasaba algo.</p>
<p>Me insinuó también la conveniencia de buscar otro alojamiento, y de inmediato me vino a la cabeza la vivienda de don Álvaro, vacía desde la partida de Luis Miguel. Pero alguien dijo que tres mudanzas equivalen a un incendio, y no podía tener más razón. Para evitar la molestia de otra mudanza, además pensando que pronto volveríamos a Toledo, y aún furioso por las maneras con las que me habían despedido, decidí que nos quedaríamos en el piso de Castellana para crearles el trastorno de que tuvieran que echarnos. Además, ya casi me había acostumbrado a tener a la hermana de Francisca y a ese hombre, que no conseguía ver bien, rondando por la zona. Después tuve ocasión de lamentarlo.</p>
<p>En la carta que mi mujer me había enviado y que aún yo no había tenido tiempo de leer, ella me comunicaba la imposibilidad de desplazarse en ese momento para una posible toma de posesión de mi cátedra, debido a las molestias propias de su estado, a lo que debía añadir que hacía falta a su familia durante la época de la cosecha. Percibí la desgana en sus palabras. Además, incluía una fotografía de Prado que había aparecido al revelar el carrete un vecino del pueblo, pues pensaba a que a nuestra mucama le gustaría tenerla. Al parecer, la película tiene muchísima longitud y no se revela su contenido hasta que no se termina todo el rollo, lo que en ocasiones lleva meses o incluso años. En esta ocasión, Prado aparece sentada en una silla rodeada de chiquillos, entre los que no estoy muy seguro de que se incluyan sus propios hijos. En cuanto me descuidé, Prado tomó unas tijeras y se recortó el rostro de la fotografía, con el argumento de que salía muy fea. De qué otro modo podía salir, pensé yo. Tenía que haberlo tenido en cuenta, pero ocupado de mis propios asuntos, no lo hice.</p>
<p>No encontré el momento de responder a mi esposa. No sabía cómo decirle que no iba a haber tal toma de posesión, tenía la sensación, cierta, de haber fracasado, de haber vuelto a perder, y ¿cómo podría presentarme ante ella así? Arruinado, vencido y espiado. Postergué mi respuesta como un niño gandul que evita hacer las tareas de la escuela.</p>
<p>Al día siguiente, Prado salió a comprar y tardó en volver. Yo no tenía nada que hacer y estaba releyendo nuestras cartas para matar el tiempo, pero por fin empecé a preocuparme, sobre todo cuando llegó la hora de la comida y no zumbaba como un insecto desquiciado por la cocina. Cuando por fin llegó, quiso escurrirse hacia sus aposentos, pero algo enfadado, se lo impedí tomándola de un brazo. Se encogió llorando como un perrito, como en los primeros tiempos, cuando se asustaba ante los movimientos bruscos. La solté de inmediato y le pregunté qué ocurría, pero no me lo quiso contar. Me he caído, decía, no tiene importancia. Se escabulló hasta la cocina, pero no llevaba la compra.</p>
<p>Escamado, la seguí. Cuando me fijé un poco mejor, vi que tenía marcas de dedos en el cuello y cerca de la oreja. No había duda de que le habían pegado. Le pregunté si habían intentado robarle o había tenido una refriega en el mercado, pero estaba demasiado asustada. Tuve claro que quería enterarme del asunto. Tomé una silla, me senté delante de ella, encendí un cigarrillo y le dije que no me iba a mover de allí hasta que no me contase qué había ocurrido.</p>
<p>Me costó un buen rato, pero me salí con la mía. Decía que le daba mucha vergüenza, que no sabía qué iba a pensar de ella, y por fin cogió aire y me dijo, muy seria, que había sido su marido.</p>
<p>Por Dios juro que casi me trago el cigarrillo de la impresión. Prado, le dije, tu marido está muerto. Sí, me respondió, lo maté yo. Prado, contesté, intentando conservar la calma, tú eres viuda de guerra, ¿qué estás diciendo?</p>
<p>Al fin pareció tomar una decisión, dijo que quería enseñarme algo, fue a su cuarto y volvió con una carta en las manos y otros papeles. Sin decirme nada más, me los tendió. Leí.</p>
<p style="padding-left: 30px;">“En campaña, 13 de septiembre de 1938</p>
<p style="padding-left: 30px;">Camarada Ángeles Teuler:<br />
Hoy, día de la fecha, he recibido su carta a contestación de la mía. Por ella veo que ha comprendido usted la desgracia ocurrida al pobre compañero Segorb. Me perdonará usted si he sido claro para comunicarle esa desgracia tan grande para usted como para nosotros, pues nosotros hemos perdido un excelente camarada y la República uno de sus mejores defensores. Suerte que quedamos algunos otros que sabremos vengar eso, camaradas que murieron cubiertos con un aura de heroísmo que nadie puede superar.<br />
También quiere que la dé la fecha de tan cruel desgracia. Fue el día 9 de agosto de 1938, fecha memorable para todos nosotros que tenemos que sentir. Su compañero fue dado sepultura el mismo día. Referente a la cartera, fue entregada al puesto de mando, pero el enlace que las llevaba fue muerto cuando cruzaba el río Segre y todas las documentaciones fueron arrastradas por la corriente.<br />
Todos los compañeros me encargan que le dé el pésame en nombre de ellos, y al paso le doy el mío, que es mayor por lo buenos compañeros que éramos.<br />
Sin más que tenerla que comunicar, se despide este camarada, que si en algo tengo que servirla ya sabe usted dónde me tiene.<br />
Firmado, Tomás Caballero.”</p>
<p>Puedo citar esta carta con tanta exactitud porque ha aparecido entre los papeles que tengo conmigo. Espero poder enviársela a Prado en el futuro para que quede de nuevo en su poder. Pero en aquel momento no entendí nada. ¿Por qué estaba dirigida a Ángeles Teuler? ¿Quién era esa mujer? Por haceros el cuento corto, pues intentar que mi doméstica se explicara fue una empresa considerable, esto es lo que saqué en claro.</p>
<p>En el cafarnaúm de la guerra, un hombre llamado Tomás Sogorb Pérez había caído en el frente. Algún mando había confundido a esta persona con Tomás Segorbe Fernández, que era el marido de mi criada, borracho y gandul, quien había desertado en la primera oportunidad que se le presentó. La confusión no fue corregida, y mucho menos por Prado, que vio la oportunidad de librarse por fin de un matrimonio desgraciado y además, pedir una pensión.</p>
<p>La pobre infeliz no había advertido que así privaba a otra familia de conocer el destino de ese hombre, ni que era probable que el desgraciado se presentase de nuevo cuando no tuviese otro sitio al que ir, ni que si descubrían su impostura podrían meterla en la cárcel. Simplemente, se encontró con la posibilidad de ser viuda, y le pareció una excelente idea. Y en realidad, hasta el momento había funcionado.</p>
<p>Le pregunté si no se había dado cuenta del error, y me dijo que sí, en el mismo momento en que le leyeron esa carta que me había enseñado, porque nadie jamás hubiera hablado en esos términos de Tomás Segorbe Fernández. Pero no se lo dijo a nadie, siendo la única vez en su vida en que había dicho una mentira. Menudo embuste fue a elegir.</p>
<p>Pero el hombre, en efecto, no sólo había sobrevivido a la guerra, sino que había regresado a su casa en Toledo, harto de dar tumbos, y se había encontrado con que su familia ya no estaba allí. Se había cambiado el nombre, quién sabe con qué artes, para que no le acusaran de desertor, pero encontró a sus hijos, a través de los cuales averiguó dónde paraba su mujer, y le había parecido buena idea hacer el viaje hasta Madrid para pedirle dinero. La había encontrado hacía unos días, pero me dijo que no había pasado de insultarla por vivir a solas conmigo. No obstante, en esta ocasión le había quitado el dinero de la compra y como no tenía más, le había dado unas bofetadas y agarrado del cuello, volviendo por sus fueros.</p>
<p>Según me contó Prado, vivía con una mujer llamada Justina Molero, que tenía tan poco oficio o beneficio como él. Y entonces todo conectó en mi cabeza. Justina Molero era la hermana de Francisca Molero, la madre de mi hijo Miguel. Necesitaban dinero y querían chantajearme a mí o a Prado, pero no teníamos nada que ofrecerles. Era un problema añadido a todos los demás. Debía solucionar mis asuntos y marcharnos de Madrid cuanto antes. En cuanto al tal Tomás, como marido de ella que era ante Dios y los hombres, no podía ser contestado. Le recomendé a mi sirvienta que fuera a comprar temprano, ya que ningún borracho madruga, le dije para consolarla que no le restaría el dinero robado de su paga, que de todos modos le debo, y le prometí que nos iríamos en cuanto fuera posible.</p>
<p>Un día después, que Prado había utilizado para llorar por cada rincón de la casa hasta mi hastío, ya había informado a Ricardo de mi propósito de retornar a Toledo, y él me había comunicado su decisión de permanecer en Madrid para cursar la carrera de Medicina, de lo que me alegré. Había conocido a una chica, me dijo ruborizado, le habían contratado como botones en el edificio de la Compañía Telefónica, y quizá pudiera sufragar sus estudios y mantenerse a la vez. Le deseé buena suerte, pues no podía hacer más por él.</p>
<p>El día 3, como digo, llegué a la consulta del doctor Lamata, con la intención de ponerme a su disposición para lo que quisiera mandar, y él me estaba esperando. Me hizo pasar a su despacho, donde una ventana abierta dejaba pasar un aire de fuego veraniego, y en voz queda, en su calidad de albacea, me comunicó que gracias al certificado de defunción de don Álvaro, aunque no consideraba conveniente hacer un funeral público, había abierto el testamento. Me había nombrado su heredero casi universal. Dejaba unas disposiciones sobre la consulta médica, y una bonita cantidad líquida para hacer frente a los gastos de transmisión de la herencia, pero incluso así, me había obsequiado con un capital completamente descomunal para un médico de pueblo como yo. Si lo manejaba con un poco de inteligencia, mi futuro y el de mi familia estaban garantizados.</p>
<p>Tardé unos momentos en reaccionar. La sorpresa me había arrebatado las palabras ante este increíble giro de la rueda de la Fortuna. Me levanté de la silla y me asomé a la ventana del despacho, maravillado por la increíble generosidad de mi mentor, por la bendición que tuve de que me pusieran a sus órdenes, y por su decisión de no haberme mencionado jamás tal extremo. Y le lloré de nuevo, infinitamente agradecido por su protección y cariño, y echándole de menos como no atiné a hacerlo con mi auténtico padre, y como no tuve tiempo de hacer con mi tío.</p>
<p>Durante los días siguientes, los otros problemas se me borraron de la mente, mientras el doctor Lamata se convertía en Vicente para mí. Pude apreciar en él las virtudes que sin duda le vio don Álvaro, siendo la mayor de ellas la inteligencia, y la segunda, la rapidez de raciocinio. Qué bien nos hubiera venido un hombre como él en el frente. Hicimos recuento de las propiedades del doctor, entre las que, por supuesto, se encontraba el piso, además del arriendo de parte de un edificio de viviendas en el barrio de Tetuán, varios terrenos en las afueras, campos de cultivo, diversas inversiones e incluso una pequeña bodega en la provincia de Toledo. Dimos orden de vender algunas propiedades, de hacer algunas inversiones y Vicente me arrastró ante el notario para otorgar un testamento para mi familia, en el que le nombré albacea. Hasta este momento, no he tenido la oportunidad de comunicarle a mi mujer que tiene el futuro resuelto, ella y nuestros hijos, para siempre.</p>
<p>Eso, siempre y cuando consiguiera solucionar algún detalle que otro. Una mañana, llamaron a la puerta de mi casa con malos modos. Prado fue a abrir, y se encontró con que dos individuos ciertamente inquietantes se le habían colado en el recibidor antes de que se diera cuenta. Preguntaron por mí, que al oírles abandoné mi desayuno y me presenté aún sin chaqueta, para encontrarme a los dos hombres que me habían interrogado hacía unas semanas en mi despacho de la universidad. Despedí a Prado y les invité a pasar al comedor, donde mi desayuno se enfriaba. Bajé el volumen de la radio y me puse a su disposición, haciéndoles notar que ya no trabajaba en la universidad y que no tenía nada pendiente con ellos.</p>
<p>No pareció importarles. Empezaron a hacerme de nuevo preguntas sobre mi familia, sobre mi relación con Prado, si tenía amigos… Rehusé responderles y quise saber quién les enviaba, pues aunque no se lo dije, mi contacto en la tetería me había informado de que en la ocasión anterior, el incitador de su presencia en mi despacho había sido Pascual Bravo y yo había dado por aclarado ese capítulo. Pero uno de ellos se abrió la chaqueta y me mostró, delicadamente bordado en su pechera, el símbolo del yugo y las flechas.</p>
<p>Al igual que pasó con el señor Herranz, Pascual Bravo había lanzado los perros sobre mi rastro, y aunque nuestras diferencias fueran inexistentes, nada podría apartarles de una posible presa. Era cuestión de tiempo. Reconozco que me asusté, y opté por desviar la atención y darles un poco de pena. Comenté el reciente fallecimiento de mi padrino, mi cese fulminante de mi puesto de trabajo, y que mi mujer estaba con sus padres debido a su estado y que ardía en deseos de reunirme con ella en cuanto cerrase mis asuntos en la ciudad, asegurándoles que saldría de Madrid en breve para no volver nunca jamás.</p>
<p>Esto pareció satisfacerles y uno de ellos me señaló que los aires de los Montes de Toledo le sentarían muy bien a mi salud. Entendí perfectamente su insinuación, pero el otro se rió entre dientes y mirándome con burla, me dijo que si tenía tanto aprecio a la tierra toledana, podían conseguir que permaneciera en ella para siempre. Se me heló la sangre, la verdad, porque no sabía si interpretar que podían conseguir que no saliera de Toledo profesionalmente o si me iban a enterrar en cualquier cuneta. Temí por mi familia, y de nuevo me alegré de estar separado de ellos. Por fin, conseguí que se fueran de mi casa. Desde ese día, aceleré los trámites de la herencia para poder partir cuanto antes, planeando el viaje para hoy, día 20.</p>
<p>Ocupados en esto, llegó la festividad de Santiago y se celebraron algunos festejos, pero todo estaba preparado para el día grande: el 18 de julio. Ahora lo llaman “la Fiesta de la Exaltación del Trabajo”, pero es la celebración del aniversario del día en que el sueño republicano terminó y medio país cayó sobre la bota del otro medio. Dos años ya. Se me han hecho tan cortos como largos. Tengo la sensación de que las sombras de aquella guerra fratricida se alargarán décadas en el tiempo, pero a la vez serán pisadas, como todas las sombras, por gente que se olvidará de su presencia, pero que tendrá los pies fríos sin saber por qué.</p>
<p>Debo interrumpir mi carta, amigos míos, pues el marchante llega para recogerme. Espero veros en unos días, pero ya que daremos un rodeo para evitar las principales poblaciones, envío esta carta por otros medios más rápidos que mi persona para anunciaros mi pronta llegada. Querido Luis Miguel, aguanta. Quiero darte un abrazo cuando te vea.</p>
<p>Vuestro amigo que lo es,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Carta 40: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jun 1941 18:26:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 5 de junio de 1941</p>
<p>Querido Luis Miguel:</p>
<p>De nuevo prefiero escribirte en lugar de vernos de nuevo. Qué alegría poder encontrarnos hace unos días; no sabes cuánto bien me hizo sentir que tengo un amigo. Ya lo sabía de antes, por supuesto, pero tenerte delante me consoló más que todas las palabras del mundo en ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 5 de junio de 1941</p>
<p>Querido Luis Miguel:</p>
<p>De nuevo prefiero escribirte en lugar de vernos de nuevo. Qué alegría poder encontrarnos hace unos días; no sabes cuánto bien me hizo sentir que tengo un amigo. Ya lo sabía de antes, por supuesto, pero tenerte delante me consoló más que todas las palabras del mundo en estos malos momentos. Gracias por tu presencia y por tu amistad, pero ojalá hubiera sabido entonces que esos malos momentos precedían a otros peores. Ahora, dados los acontecimientos, que han sido numerosos desde que nos separamos, considero más seguro para ambos regresar a nuestra comunicación epistolar. Verás por qué.</p>
<p>He sabido que don Álvaro ha muerto. Mi maestro, mi guía, mi padre ha muerto de nuevo. Me parece increíble estar escribiendo estas palabras y aún no puedo concebir que no vaya a verle más, que no vayamos a compartir un cigarrillo al final de la jornada, que no pueda consultarle los casos difíciles, que no pueda contar con él. Me invade tal tristeza que no atino ni a pensar. Yo, que hace poco más de un mes me creía el rey del mundo, con mi familia, con mi protector, mi trabajo, mi tesis aprobada, ahora soy un pobre imbécil que se ha quedado solo. Y tengo la sensación de que me lo he ganado a pulso.</p>
<p>Estoy furioso con los Hados y conmigo mismo. Me alejé de nuestros principios, quise vivir la vida de los ganadores cuando yo había perdido. Soy un impostor. Sólo sigo vivo porque soy el único que lo sabe, aunque muchos otros lo sospechan. Es cuestión de tiempo. Me creí a salvo de todo mal y quise dejar la guerra en el pasado, pero la guerra no ha terminado, amigo mío. La guerra sigue, pero ahora es peor, soterrada, omnipresente. El enemigo ya no está delante, sino que es el compañero, el que comparte el despacho, el que te da la paz en misa, el camarero que te pone un vino, la portera, el niño que pide en la calle. Cualquiera puede señalarte con el dedo, y ese dedo disparará una bala que puede matarte tanto como las que nos disparaban hace apenas dos años. Y a veces pienso si no será mejor.</p>
<p>No quisiera cargar sobre ti, a quien he visto tan consumido por la enfermedad, el peso de mis sentimientos, pero necesito compartirlos porque, lamentablemente, no voy a poder enterrar a mi mentor con los muchos honores que merece y celebrar el duelo. Y todos sabemos que eso es tan necesario para cerrar la herida de la separación… Si no pueden hacerse las pompas fúnebres, queda algo pendiente, como una canción interrumpida sin final. Enterrar un cuerpo es enterrar una etapa, cerrar un capítulo, y esto no podré hacerlo. Ni siquiera puedo hacer pública su muerte, debido al modo en que me ha llegado la noticia.</p>
<p>En ausencia de don Álvaro, quedé con la comanda de vigilar el grupo de refugiados que se ocultaban en las ruinas de la construcción del Hospital Clínico del que él se encargaba. Gran parte de ellos habían partido ya, entre ellos Otto, un judío polaco con el que yo había trabado cierta amistad, pero aún queda un pequeño conjunto de acogidos que espera el completo restablecimiento de un joven que llegó con un disparo en el abdomen que tenía bastante complicación, hace unos tres meses. El doctor y yo le operamos en unas condiciones algo precarias, pero el paciente era joven y fuerte, y tenía ganas de vivir, aunque una infección casi se lo lleva por delante. Ojalá pudiéramos disponer de esas nuevas medicinas que han llamado antibióticos; estoy seguro de que nos serían muy útiles. De todos modos, los cuidados de la que parece ser su esposa han sido constantes y por fin parece lo bastante recuperado como para seguir viaje hacia América, donde quiero imaginar que podrá empezar su vida de nuevo sin muchas secuelas.</p>
<p>Después de comprobar que este joven estaba en condiciones de recibir el alta, me dirigí a la tetería Embassy para transmitir esta información y que les incluyesen en el siguiente grupo que partiera. Allí, a través del procedimiento habitual, me encontré con mi contacto, quien me llevó a un aparte, acusó recibo de lo que yo le decía y a su vez, me hizo partícipe de otras noticias. La primera era que había tenido noticia de los dos individuos que se habían presentado en mi despacho con la intención de amedrentarme poco antes de partir yo hacia Asturias. Había sabido que quien los había enviado había sido Pascual Bravo, el arquitecto encargado de parte de la reconstrucción del Hospital Clínico y fiel colaborador y subordinado del ingeniero Eduardo Torroja, director de las obras.</p>
<p>Me indigné muchísimo, como puedes suponer, pero antes de que consiguiera expresar mi ira, mi contacto me detuvo, indicándome con suavidad que Pascual Bravo tenía razones para tenerme antipatía. En el mismo tono de voz, me dijo que Bravo estaba encargado de otra célula de refugiados, igualmente escondidos en las obras del Clínico. Primero, el hecho de tenerme que enseñar los rudimentos de las obras le quitaba tiempo para dedicarle a su grupo; después, verme siempre zascandileando por los dominios que hasta ese momento habían sido suyos le puso nervioso, pues temía que yo fuese a descubrir a su gente. Resumiendo: estábamos en el mismo bando, pero no podíamos saberlo.</p>
<p>Estupefacto, pregunté los motivos de que se me hiciese partícipe de esta información. Mi contacto me dijo que, aun sabiendo que ponerme en el secreto de la participación de Bravo en estos traslados era muy peligroso, sobre todo para la parte contraria, en parte era por agradecimiento, porque sabía el trabajo que habíamos hecho el dr. Cervello y yo mismo en aquellas catacumbas con el joven del disparo, así como el trato que habíamos dado a otros refugiados, y en parte porque mi situación había cambiado. Y acto seguido me dio a leer una carta.</p>
<p>Esta carta estaba algo maltratada, pero era legible. Iba dirigida a mí. Estaba escrita en latín con una letra ceremoniosa y clara, y en ella, mi fugaz amigo Otto narraba cómo habían conseguido salir del país a través de Bilbao hacia Londres, y de allí hasta Manchester, donde habían embarcado en el vapor británico “Marconi”. Este buque formaba parte de un convoy procedente de Liverpool constituido por treinta y cinco barcos mercantes y diecinueve barcos de guerra, que debían protegerles de los submarinos alemanes que plagaban el Atlántico, y se suponía que viajaba de vacío, con apenas unas bolsas de correspondencia, para cargar fruta en Río Grande camino de Buenos Aires.</p>
<p>Pero en realidad, el “Marconi” llevaba pasaje no autorizado, probablemente a escondidas de la propia compañía naviera. Algunos estaban camuflados como marineros de la tripulación, pero otros, en particular unas pocas mujeres, que no podían disfrazarse de tal guisa, simplemente se escondían en los camarotes de la zona de pasajeros, esperando que la travesía terminase cuanto antes. Otto decía que se había llevado una agradable sorpresa al reconocer a don Álvaro entre los embarcados, “virum gratissimum”, quien tenía la intención de llegar a Buenos Aires y desde allí, según me dijo a mí, reunirse con el doctor Gregorio Marañón en su expedición sudamericana. Sin duda, al no encontrar fácilmente otro barco que cruzase el océano, consiguió que le colaran en este pasaje sin declarar. Zarparon el día 12 de mayo.</p>
<p>El día 20 de mayo el convoy se dispersó y el “Marconi” continuó navegando en solitario. Esa misma tarde, consiguieron esquivar un torpedo que les habían disparado, pero en la madrugada siguiente no tuvieron tanta suerte y poco antes del amanecer, fueron atacados de nuevo y en poco más de media hora, el barco se fue a pique.</p>
<p>Algunos de los ochenta viajeros se hundieron con el barco, entre ellos todas las mujeres. No obstante, muchos otros pudieron encaramarse a los botes salvavidas, entre una lluvia de balas disparadas por el propio submarino que les había torpedeado. El capitán y el primer oficial cayeron abatidos, hasta que por fin, el maldito navío alemán se perdió en la niebla. Entre los supervivientes estaban Otto y don Álvaro, aunque éste estaba malherido debido a la metralla de la explosión en el carguero.</p>
<p>Entonces empezó una travesía a la deriva, “gelida tantibus”, decía Otto, de varios días de pesadilla cerca de las costas de Groenlandia. Entre nieve y niebla, sin apenas víveres, sin refugio posible, mojados y medio congelados, fueron muriendo y siendo entregados a las aguas del Atlántico en un breve funeral. Algunos bebieron agua de mar y enloquecieron, e incluso tuvieron que empujar a un hombre por la borda porque había sacado una navaja y quería apuñalar a todos. Y allí encontró la tumba mi mentor, muerto de frío y desangrado, en el fondo del océano.</p>
<p>Otto, por su parte, fue rescatado por el buque de guerra americano “General Greene” y tocó tierra en Canadá, siendo uno de los seis supervivientes que mantenía todas sus extremidades, dado que la congelación había hecho presa en los otros treinta y cuatro. En cuanto le fue posible, había puesto todo su empeño en comunicarme la pérdida, recordando que me estaba agradecido y que el doctor Cervello de Guillerna tenía una excelente relación conmigo, y añadía que su periplo hasta el Nuevo Mundo le había enseñado que durante la guerra hay muchas muertes que nunca se hacen oficiales, y que en la medida de lo posible hay que procurar que nadie se quede esperando durante años unas noticias que nunca llegan. Se despedía con las últimas palabras del emperador Octavio Augusto: “acta est fabula”. A pesar de mi desolación, tuve que maravillarme de la rapidez con que esta carta había llegado a mis manos, sin duda por correo aéreo.</p>
<p>No me dejaron quedarme la carta porque Otto daba también otras informaciones que no debían llegar lejos, pero mi contacto me puso en la mano un certificado de fallecimiento, supongo que falsificado, sabiendo que aparentemente, yo era lo más parecido a un pariente que el Dr. Cervello tenía, me dio el pésame, me apretó un hombro y empezó a irse, dejándome a solas con mi dolor. Pero antes de salir se detuvo, y sin volverse me recordó que me había quedado sin protector. Me deseó buena suerte y se fue.</p>
<p>Así pues, amigo mío, debemos extremar el cuidado. Sobre todo, no debemos atraer la atención sobre nuestra amistad, pues ahora voy a tener que hablar con mucha gente y dar muchas explicaciones, y todo ello en un círculo social en el que tu padre tiene muchos oídos. Hay que encontrar el momento para anunciar el deceso de don Álvaro, y sobre todo, tengo que montar una buena historia acerca de cómo me he enterado de este extremo; estoy pensando en afirmar que me ha llegado un telegrama desde la embajada española en Canadá, pero ni siquiera sé si tal embajada existe ni dónde está. El doctor había dejado instrucciones por cumplir si le ocurría algo, así que tengo que organizar un encuentro con don Vicente Lamata, a quien hizo depositario de sus disposiciones, buscar a los herederos, organizar un funeral, hacerme cargo de sus cosas…</p>
<p>En cuanto a ti y tu domicilio, no te ocultaré que desconozco el contenido del testamento, y por tanto es más que probable que la vivienda que ocupas tenga un nuevo dueño, quien querrá conocer sus nuevas propiedades, y te encontrará en ellas en calidad de sobrino desconocido. Lamentablemente, pero por tu seguridad, debes abandonar esa casa, amigo mío. Dalmacio y Asturias te esperan para tu restablecimiento y protección. Nadie podrá encontrarte allí. Reservaré la noticia del fallecimiento del doctor hasta que estés a salvo.</p>
<p>Por otra parte, he enviado una carta a mi mujer pidiéndole que venga a Madrid para el cierre de curso, que procuraremos que coincida con el funeral de don Álvaro, y la entrega de la cátedra, de la que no tengo más noticias hasta el momento. Luego, si ella así lo considera, podrá quedarse o regresar a Toledo. Les echo tanto de menos a los tres… En lugar de los berridos de un par de bebés pidiendo un cambio de pañal, en mi casa se escucha el permanente estruendo de la radio, los sollozos ahogados de Prado y ahora los míos. He encontrado una foto de don Álvaro muy joven, cuando seguramente apenas había empezado sus estudios de Medicina, la he enmarcado y mi doméstica le ha puesto un crespón negro. Como nadie nos visita, nadie ha de verlo antes de tiempo.</p>
<p>Debo dejarte ya, compañero. Me gustaría que nos viéramos antes de tu partida, pero no sé si será posible. Sea así o no, sabes que cuentas con todo mi aprecio.</p>
<p>Queda tuyo afectísimo,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 38: De Emilio a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Sat, 24 May 1941 20:36:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 24 de mayo de 1941</p>
<p>Mi estimado amigo Dalmacio:</p>
<p>Te escribo la presente sin saber muy bien si es de día o de noche, y ni siquiera estoy muy seguro de que sea sábado. Me encuentro en un estado de agitación tal que podría temer por mi propia cordura, si no supiera que cuanto ha sucedido ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 24 de mayo de 1941</p>
<p>Mi estimado amigo Dalmacio:</p>
<p>Te escribo la presente sin saber muy bien si es de día o de noche, y ni siquiera estoy muy seguro de que sea sábado. Me encuentro en un estado de agitación tal que podría temer por mi propia cordura, si no supiera que cuanto ha sucedido es verdad. No tengo más que mirar a mi alrededor, o escuchar los sonidos de la casa, para asegurarme de que todo ha ocurrido.</p>
<p>Elena me ha abandonado, Dalmacio. Se ha llevado a los niños y se ha ido con sus padres. Se había llevado a Prado, pero ahora me la ha devuelto porque considera que soy un incapaz que no sé cuidar de mi persona. Es probable que tenga razón. La mucama llegó ayer y me encontró barbudo, insomne y agotado, sentado a la mesa del comedor, con la carta que me dejó escrita arrugada entre las manos. Consiguió acostarme y ha conseguido levantarme, pero no hace más que llorar y me es hostil como un enemigo. Tiene el convencimiento de que todo es culpa mía y no soporta estar separada de los niños. Pero aquí la tengo, leal hasta el fin. Aunque me temo que es más leal a mi mujer que a mí.</p>
<p>Así que he resuelto escribirte para ver si el rasgueo de la pluma sobre el papel consigue amortiguar sus sollozos y sus refunfuños, que casi me están volviendo más loco que el silencio en la casa. No escucho a los niños, no oigo a su madre cantándoles, no siento los sonidos de mi vida. Es como lo que suena tras una batalla: la nada.</p>
<p>A ratos no puedo contener mi tremenda indignación. Pienso que se ha ido, que me ha abandonado, que ha rechazado mi protección, que se ha llevado a mis hijos y se me llevan los demonios, monto en cólera, me arde la sangre y prorrumpo en maldiciones y blasfemias. Arrojo papeles por los aires y derribo figuritas que no nos pertenecen con aspavientos, jurando que ha de volver arrastrándose, que la voy a denunciar y la haré detener y bramando que es una desagradecida a la que no le ha faltado cuanto ha estado en mi mano; luego se me agota el combustible y me doy cuenta de le he faltado yo. He sido un imbécil. He traicionado todo por lo que hicimos una guerra, he bailado al son del nuevo poder en una carrera de galgos en la que he dejado atrás a mi familia, he perdido mi origen y mi norte, y me merezco que me haya dejado. Soy un miserable y un sandio.</p>
<p>También, debo reconocerlo, estoy sorprendido. Y dolido. Y herido en mi orgullo masculino, maldita sea. Y pienso si no estará mejor sin mí, yo corriendo en pos de una posición y sin poder prestarle la atención que requiere. Y encima está encinta de nuevo, Dalmacio. Tan pronto. Me preguntaría cómo puede haber ocurrido si no supiera la respuesta.</p>
<p>Además, estoy cansado. Estoy muy cansado. De todos estos meses, de la tensión de sacarlos adelante. El reciente y rápido viaje ha consumido asimismo gran parte de mis energías, a decir verdad, y ahora mismo hay una parte de mí que está convencida de que ella ha hecho lo mejor para los dos. No dejo de darle vueltas y me doy contra las paredes, como un pajarito que se hubiera colado en una casa por accidente. No consigo concentrarme, cambio de actividad a cada rato y todo lo dejo a la mitad. Creo que lo mejor que puedo hacer es salir a dar un paseo y despejarme. Cuando vuelva continuaré mi carta, amigo mío.</p>
<p>Ha pasado un día desde los párrafos anteriores, compañero, y ha ocurrido algo que me inquieta sobremanera. Antes de poder contártelo, debo ponerte en antecedentes. El aire de la Quintana nos ha dado para largas conversaciones, pero como apenas he tenido tiempo de poner los pies en esta casa, no he tenido oportunidad de describirte ciertas particularidades que tiene.</p>
<p>No sé quién es el propietario de este enorme piso, pero indudablemente tuvo que salir corriendo con lo puesto. Hay ropa en los armarios, platos en las alacenas, cubiertos en los cajones, papeles en el escritorio. Afortunadamente, no quedaba comida en la despensa, pero se pueden encontrar hasta los trapos de cocina. Tengo cierta sensación de intrusión en una vida ajena. Hemos recogido lo que nos ha parecido más íntimo, lo hemos metido en maletas y cajas y hemos reservado una habitación de las muchas que hay como almacén. No obstante, cada vez que abrimos un cajón o una puerta, es probable que aparezca algo que no nos pertenece.</p>
<p>Por otro lado, como la Prado no me hablaba, había desarrollado el sistema de rezongar en voz alta pero sin dirigirme la palabra, para que yo escuchara sus pensamientos pero sin dar su brazo a torcer. Por supuesto, tiene las ideas muy claras: todo es culpa mía y debo correr en pos de mi mujer, postrarme a sus pies y suplicarle mil perdones. De vez en cuando se cansaba de farfullar y de llorar, y como no tiene mucho trabajo, pues un hombre solo y ella misma no le damos tanto trabajo como una casa con tres adultos y dos bebés, ha localizado la papelería de mi antigua consulta en la Cuesta de los Capuchinos de Toledo, que ya no puedo utilizar más que para mi correspondencia privada o cortándole el membrete, y con un trozo de carbón de la cocina llena hoja tras hoja de dibujos. En esos momentos, en mi casa no se oía nada, sólo el roce del carbón contra el papel y luego unos espurreos de leche sobre las obras recién creadas. Y ese silencio me desquiciaba los nervios.</p>
<p>Así pues, cuando ayer dejé a medias mi carta y abandoné el cuarto que, una vez instalados, será mi despacho (y ahora que lo pienso, me pregunto si realmente quiero seguir viviendo aquí), pasando al comedor con la intención de irme a la calle a dar un paseo, cambié de idea sobre la marcha y quise descubrir si en el aparador del comedor, los propietarios del piso habían dejado alguna botella de coñac o algo que pudiera elevarme un poco el ánimo. Cuál fue mi sorpresa al abrir las puertas del mueble y encontrarme un receptor de radio Crosley Conqueror en perfecto estado de funcionamiento.</p>
<p>Naturalmente, al oírme trastear con el aparato, y no sin resistirse heroicamente cuanto pudo, apareció Prado en el umbral de la puerta. Jamás habríamos podido permitirnos las mil pesetas que cuesta un receptor de radio, y debido a la falta de práctica me costó familiarizarme con los mandos del receptor. Cuando por fin pudimos escuchar la voz de Celia Gámez cantando por toda la sala, puso cara de haber visto el Santo Advenimiento. Eso me sirvió para reconciliarme un poco con ella, conseguir que me hablase, en monosílabos, eso sí, y para congraciarnos le pedí que me enseñara sus dibujos y si había hecho algún avance con la escritura.</p>
<p>Abandonó a Celia Gámez con desgana, pero cuando le prometí que luego podría escuchar el radio cuanto quisiera, se avino a enseñarme sus últimas creaciones. Una de ellas era el rostro de un hombre algo abotargado, sin duda amigo de la botella, con la nariz bulbosa pero con el pelo frondoso y los ojos claros, que en algún momento de su primera juventud debía de haber sido guapo. Le pregunté quién era y me dijo que era su difunto marido, a quien dibujaba porque en su reciente viaje a Toledo, acompañando a mi mujer, había visitado a sus hijos y éstos le habían pedido un retrato del creador de sus días. Lo observé con atención, pensando en cómo esa mala bestia de hombre podía haber maltratado a esta buena mujer de esa manera, y ahí quedó la cosa. En cuanto a la escritura, no hay avances.</p>
<p>A partir de ese momento, el silencio ha sido desterrado de esta casa. Las coplas de Conchita Piquer, las marchas militares y los seriales de Radio Nacional han sustituido a los murmullos indignados y a los sollozos sofocados. No obstante, Prado de vez en cuando recuerda que está enfadada conmigo y me responde con gruñidos. Yo, por mi parte, empezaba a considerar la posibilidad de tragarme el orgullo y escribir a mi esposa para tantear el terreno. No tengo ninguna intención de presentarme allí y encontrarme con que me cierran la puerta en las narices. No pienso consentir, además del abandono, humillación.</p>
<p>El caso es que esta mañana, dado que no he conseguido dormir, como viene siendo mi costumbre, he decidido ir a la primera misa del día. Me he acercado al barbero a afeitarme mis barbas de náufrago y he querido seguir con mis rutinas como si nada hubiera pasado. Y mientras me dirigía a la iglesia, de nuevo me ha empezado a picar el cogote. Sin duda, me estaban siguiendo de nuevo. Me giré, buscando con la mirada a la mujer de la que te hablé, la hermana de Francisca Molero, pero allí no había ninguna mujer, sino un hombre medio escondido. Por un momento, me recordó al dibujo que Prado me enseñó anoche, a su difunto marido. Como todavía no tengo noticia de que los muertos regresen de la guerra, no le he dado más importancia y he entrado en misa. Pero de nuevo, ha sonado esa alarma en mi interior, aunque no tengo motivos reales para inquietarme. No obstante, estoy extremadamente inquieto. Quizá es mejor que Elena y los niños estén alejados de aquí.</p>
<p>A la salida, he considerado la conveniencia de acercarme a visitar a mi amigo Luis Miguel en casa de mi mentor, pero se me ha ocurrido que quizá su padre, con quien, como te conté, mantiene mala relación, me haya puesto vigilancia para encontrar al hijo, y esa vigilancia se personifique en el hombre que he visto esta mañana. Cómo querría poder bajar la guardia, aunque fuera unos días… Cuando miraba en derredor buscando a mis seguidores, sin éxito, por cierto, casualmente he coincidido con el doctor Vicente Lamata, que es quien se ocupa de la consulta de mi querido don Álvaro durante su ausencia, y con quien, Dios mediante, compartiré conocimientos y emolumentos en un futuro más o menos cercano. Iba acompañado de su esposa, Margarita, y quisieron invitarme a un chocolate para celebrar tan inopinado pero oportuno encuentro.</p>
<p>Así que nos hemos acercado a la tetería Embassy, que queda tan cercana, y mientras esperábamos a que nos trajeran el desayuno me han preguntado por mi esposa. He improvisado la excusa de que se ha ido a pasar unos días con sus padres, que echaban de menos a los niños, y cuando he mencionado a los pequeños he visto pasar una sombra por la mirada del doctor, mientras que su mujer parecía extremadamente interesada en lo que ocurría en la calle a través de los cristales. He intentado ser discreto preguntando, hasta que Margarita se ha vuelto hacia él y le ha pedido que, ya que seremos socios, era mejor que lo supiera y por tanto, me lo contase.</p>
<p>Resulta que la pareja se casó en 1932, pero no congeniaron y además, no conseguían tener hijos. Así, bajo las leyes de la República, se divorciaron amistosamente en 1935 y cada uno se fue por su lado. El doctor Lamata volvió a casarse con otra mujer y tuvo dos hijos con ella. Pero entonces la República cayó, y con ella, sus leyes. La ley del divorcio fue anulada, así como todos los divorcios que se habían realizado bajo su amparo. Sus hijos pasaron a ser ilegítimos, y los miembros de una pareja que habían decidido que estaban mejor cuando no estaban juntos, se encontraban unidos para todos los días de su vida. Por su parte, la segunda mujer había pasado a ser madre soltera. De un plumazo.</p>
<p>Incrédulo, he preguntado los términos en los que han establecido la nueva situación, y el doctor me ha contado que, en pro de su carrera médica, han decidido aparentar y la pareja oficial ha vuelto a compartir techo, aunque mantiene a su segunda mujer y a sus hijos, a los que visita cuando puede. Por su parte, Margarita tiene libertad para hacer lo que guste siempre que no dé escándalos. En cuanto a la posibilidad, que a ella le habría sido muy agradable, de hacerse cargo de los niños, la segunda esposa ha manifestado su férrea oposición, así que por esa parte no hay nada que hacer. De ahí su tristeza al mencionar a los niños: ni tienen, ni pueden criar juntos a los hijos de Lamata.</p>
<p>También me han hecho notar que cualquiera que no se haya echado a Prado a la cara podría murmurar acerca de la conveniencia de que un hombre solo comparta techo únicamente con la criada. No obstante, su mandíbula torcida, su nariz mal soldada y la piel marcada de acné o viruelas le quitan todo el atractivo. De todos modos, me han advertido acerca de los rumores. En este punto tan delicado de mi carrera, cuando espero un nombramiento, no debo dar de qué hablar. Quiero que mi mujer vuelva a vivir conmigo y se traiga a mis hijos porque es conveniente para mí, pero me pregunto si es conveniente para ellos.</p>
<p>Estas son las cuitas que me afligen, amigo mío. Mañana regresaré a mis clases y a preparar los exámenes finales, y mientras, decido si en cuanto tenga un día libre me subo a mi mula y me voy a buscar a mi mujer a Toledo.</p>
<p>Cuéntame cómo te encuentras de vuelta en la Quintana. Echo de menos esas praderas verdes y las montañas enormes que me hacen sentir pequeño pero libre. Por cierto, te envío copia de la instantánea que nos sacó el fotógrafo minutero en la feria de Marcenado.</p>
<p>Un abrazo de tu amigo que lo es,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 36: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Sat, 17 May 1941 18:43:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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<p>Querido Luis Miguel:</p>
<p>Te escribo a la dirección de mi maestro don Álvaro con la esperanza de que hayas podido ya instalarte en su residencia. Espero también que a la recepción de la presente te encuentres bien de salud y que el brote de tu enfermedad haya remitido, al ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 17 de mayo de 1941</p>
<p>Querido Luis Miguel:</p>
<p>Te escribo a la dirección de mi maestro don Álvaro con la esperanza de que hayas podido ya instalarte en su residencia. Espero también que a la recepción de la presente te encuentres bien de salud y que el brote de tu enfermedad haya remitido, al menos lo suficiente como para permitirte hacer pronto un viaje. Amigo mío, Asturias te espera en breve.</p>
<p>He escrito a mi mujer con la petición de que pasara por tu nuevo domicilio para presentarse y asegurarse de que estás bien, pero como es natural, no he recibido respuesta, pues no sabría a dónde responderme. Como he utilizado con ella el sistema regular de Correos, no me sorprendería que todavía no hubiese recibido mi carta, pero no te inquietes si aparece para visitarte. También he dejado a mi fámulo Ricardo atento a tus necesidades. En esta ocasión, en lugar de utilizar los servicios de mi marchante de aceites que me facilita las comunicaciones por la zona norte, he aprovechado los recursos de la familia de un compañero de Dalmacio en el manicomio, el joven Bazkoare. Es éste una bellísima persona, un alma tan sensible que no ha podido resistir los horrores de la guerra, e intenta ahora, en un lugar equivocado, restablecer su armonía rota.</p>
<p>Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. ¡Tengo algo muy importante que decirte! Tal y como te dije en mi carta anterior, emprendí viaje hacia Asturias al poco de terminar de escribirte. Con mi maleta en la mano, me acerqué hasta la estación de Atocha para comprobar el funcionamiento de eso que ahora llaman Renfe, que se ha llamado toda la vida “ferrocarril”, y que, efectivamente, funciona con el mismo retraso y deja la misma carbonilla por todas partes. Matando el tiempo por el embarcadero, me senté en un banco a fumarme un cigarrillo y por casualidad vi que detrás del asiento se había caído una revista. Pensando en conservarla para que Prado pudiera dibujar alguna de las fotografías, que es un ejercicio que le gusta mucho, la rescaté, un poco mojada, algo arrugada y con alguna página rota, y la hojeé para quitarle tierra y comprobar su estado.</p>
<p>Y cuál fue mi sorpresa cuando encontré mi propio rostro mirándome en ella. Mi rostro, el tuyo y el de nuestro futuro común amigo Dalmacio. Una foto en la que aparecemos los tres, calculo que sobre 1938, la única vez en que pudimos coincidir los tres en el mismo lugar. ¡Qué contento me puse, amigo mío! El carrete que te dio Robert Capa por fin llegó a su destino, tus sacrificios no fueron estériles. Era un número atrasado del semanario estadounidense Life, con unas pocas fotos de las condiciones de vida en la batalla del Ebro y, por lo que pude entender, relacionándolas con fotografías similares de las campañas de la guerra en Europa. No atino bien a comprender cómo han llegado las tuyas a ese semanario tan lejano, pero supongo que los que escriben en las revistas europeas que la contienda está devorando buscan pastos más verdes al otro lado del Atlántico, y se llevan su material.</p>
<p>Como puedes imaginar, he guardado el ejemplar como oro en paño. Probablemente su propietario se libró de él por temor, pues tener en las manos semejante publicación puede ser peligroso. No soy capaz de entender una palabra de todo el reportaje, pero indudablemente somos nosotros y se menciona a Capa como autor de las imágenes, así que ten la seguridad de que el carrete llegó a las manos adecuadas. Qué estupenda casualidad, qué caprichos tiene el Destino, para hacerme llegar este documento… Dalmacio también se ha puesto muy contento de tener una fotografía de nosotros juntos, aunque le he prometido que mañana domingo nos haremos una, ya que se celebra en el pueblo la Fiesta de la Primavera y seguramente venga un fotógrafo al que comprarle una instantánea.</p>
<p>Demoré casi tres días en llegar a Oviedo, pues no todas las líneas de tren circulaban y hube de desviarme por Ávila y Medina del Campo, pero el enlace con Palencia no estaba en servicio y tuve que padecer un ferrocarril de cuarta por Zamora y Astorga encajado entre una jaula de gallinas y los petates de dos soldados, hermanos, que regresaban a casa de permiso después de casi dos años sin ver a su familia, y que se hallaban en posesión de unas piernas extraordinariamente largas que invadían mi espacio y que conseguían pisarme con bastante facilidad. Cada dos paradas subía una pareja de la Guardia Civil y se daban un paseo, pidiendo la documentación cuando les parecía bien, y así, sobre el banco de madera más incómodo que han catado jamás mis riñones, durmiendo a ratos, y aguantando los olores, cloqueos y picotazos de las malditas gallinas cuando me quedaba dormido cerca de su jaula, conseguí apearme el lunes por la mañana en la estación de Oviedo.</p>
<p>Tratando de enderezarme el espinazo, busqué a alguien que me pudiera acercar a la Cadellada, desconociendo por completo a qué distancia se encontraba o en qué dirección. Estaba yo negociando un precio con un cochero que se encontraba a la caza de clientes a la salida de la estación de trenes, cuando alguien me tocó el hombro y me llamó doctor. El susto formidable que me llevé debió de quedar patente al girarme, pues me encontré un hombre fornido que levantaba las manos en son de paz, que se disculpaba por haberme asustado y que me preguntaba si no me acordaba de él. Sus facciones me eran familiares, pero sólo cuando estiró un pie del que cojeaba conseguí recordarlo con seguridad. Era un arriero a quien asistí en Toledo una vez, a quien amputé los dedos del pie después de que una mula cargada hasta el límite se los quebrase sin remedio de un pisotón. Se presentó con el nombre de Marcial, se mostró muy satisfecho de mi intervención, que le permitió cerrar la temporada como arriero y buscar luego otro oficio algo más agradecido en la tierra de su mujer, y me ofreció sus servicios por la mitad del precio que me estaba ofreciendo el cochero anterior, quien se retiró de la puja sin más comentarios.</p>
<p>Así, de mano de Marcial, llegué al imponente edificio de la Cadellada sin afeitar, hambriento, con el traje arrugado, oliendo a gallina y de bastante mal humor. Me presenté sin vacilar en la entrada sacudiéndome el hollín del tren, pregunté por el doctor Hermógenes Rodríguez Casares, encargado del caso de mi amigo, y en cuanto me indicaron su despacho me presenté allí con todas mis credenciales académicas sin esperar a que me anunciaran. Acabo de caer en la cuenta de que no te había contado que una supuesta dolencia de Dalmacio acabó con él en un manicomio, pero también debo decir que este lugar no le correspondía. Su salud mental está fuera de toda duda, y las circunstancias en las que terminó allí te las contará él en su momento. Yo, en mi calidad de médico y amigo suyo, así te lo aseguro.</p>
<p>Y así se lo aseguré también al doctor Rodríguez Casares. Reconozco que mi inusitado aspecto y mi inopinada aparición debieron de impresionar al hombre, aparte de que mi humor de perros en ese momento no me llegaba para templar gaitas. No obstante, tuve el tino de observar que era halagándole como conseguiría de él lo que quería, así que le pedí que me mostrase las instalaciones del hospital, como él lo definía, y me inventé para él una historia, en parte verdad y en gran parte mentira, sobre el personaje de Doroteo Quindós, el nombre bajo el que mi amigo estaba ingresado. Durante un paseo por los jardines del manicomio, incluso le prometí una máquina nueva de electrochoques a cargo del presupuesto de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid, aunque no tengo ni idea de para qué sirve tal aparato, pero como no tengo intención alguna de cumplir tal promesa, no tiene ninguna importancia.</p>
<p>En fin, que con una combinación de miel y hiel, amenazando y prometiendo, alabando y censurando, conseguí vencer su reticencia a liberar a su cautivo, la cual me pareció que tenía más que ver con la condición de militar bajo la que mi amigo estaba ingresado que a su auténtica mejoría, ya que el Ministerio se encargaba puntualmente de los gastos que el interno pudiera ocasionar. Me responsabilicé por completo de su comportamiento y firmé cuanto documento me pusieron por delante. Incluso me entrevisté con Bazkoare, a quien he mencionado antes, que es un interno con quien Dalmacio ha hecho buenas migas y que confirmó ante el doctor Rodríguez Casares y ante mí mismo el impecable comportamiento de su compañero, y cuyos contactos harán llegar con un poco de suerte estas líneas a tus manos. Me cayó bien, Bazkoare. Mañana le enviaremos una carta contándole nuestro periplo y adjuntando la presente, para que le dé curso.</p>
<p>Por fin me trajeron a Dalmacio, flaco y desmejorado, pero más cuerdo que nunca. Antes de la hora de la comida estábamos trepando al coche de Marcial y alejándonos lo más deprisa que nos era posible, por un camino tan mal arreglado como las mentes de los pacientes que allí residían.</p>
<p>Cómo me alegré de verle, Luis Miguel. Tanto como me alegraré de verte a ti de nuevo, un día que espero no esté muy lejano. Qué gran abrazo nos dimos mientras el coche daba brincos entre los baches. Buscamos una venta donde nos dieran de comer y pudiéramos comprar vituallas, y sin más dilación seguimos hacia la Quintana, lo que también fue un buen trabajo. Dos días demoramos en llegar, durmiendo en los monasterios que dan refugio a los peregrinos del Camino de Santiago, y pasando luego por unos senderos de herradura que harían protestar a las cabras, y sin duda si no fuera porque Dalmacio conoce cada montaña y cada árbol del recorrido como si tuvieran un cartel iluminado indicando la dirección, no habríamos sido capaces de llegar. Marcial nos dejó al pie del risco, en la vereda que en apenas una hora caminando lleva a la casa, se despidió de nosotros, rogándonos encarecidamente que no dejásemos de avisarle la próxima vez que visitásemos la ciudad, y se alejó montaña abajo.</p>
<p>Así pues, aquí llevamos tres días, mientras mis pobres huesos se recuperan de la paliza y hago propósito para iniciar el viaje de vuelta. Espero que puedas encontrarme en Madrid en breve. Aquí en la Quintana se vive bien. Es sin discusión un lugar apartado y tranquilo, al que no viene nadie que no tenga un motivo. Indudablemente, la intención original de situar la casa y su molino lejos del pueblo fue aprovechar los vientos para ayudar a girar la piedra si el riachuelo bajaba seco. Hoy, se trata de un enorme caserón de piedra un punto siniestro, de cuatro pisos de altura y tejado a dos aguas, con dependencias adyacentes, algo desportilladas, para todas las funciones de una casa de labor, un hórreo para almacenar grano y unas cuadras vacías. Por la parte trasera hay un pequeño barranco del que brotan unos hermosos árboles y por el que pasa un arroyo que, acumulado en la parte alta con una acequia, podía mover la rueda del molino. Por este lado, ya comienza el bosque, una masa de floresta apretada que no parece nada acogedora más que para trasgos y seres sobrenaturales. Por el otro, unas laderas verdes y maravillosas, por las que dan ganas de echarse a rodar, dan de comer a un poco de ganado tranquilo y desperdigado, y al fondo, sobre el cielo despejado de la primavera, se alzan impresionantes las montañas, que aún conservan algo de nieve y refrescan el aire por las noches.</p>
<p>Por algún tipo de magia, los pollos que le hice enviar a Dalmacio no sólo han sobrevivido a su ausencia sin morir de inanición, ser robados o asesinados por raposas, sino que se las han apañado para reproducirse y tener un par de pollitos. Estas pequeñas vidas espontáneas dan alegría con sus píos y sus cacareos en la soledad del monte. Hemos habilitado unas dependencias, limpiado el hogar y hecho algo de acopio de leña. Mañana bajaremos al pueblo a comprar en la feria algo de tela para hacer unos cojines y un mantel nuevos, y para saludar a don Roque.</p>
<p>Anoche, de madrugada, escuché un cloqueo muy extraño, como si alguien golpease un tronco hueco con unos palos, y luego chasquidos como si se rascase la corteza de un árbol con un cepillo de metal. Bajé a la cocina temiendo que alguien estuviese al tanto de nuestra llegada, y allí me encontré a Dalmacio, que miraba muy atento por la ventana y me hizo un gesto de silencio. Me susurró que era un urogallo cantando en celo, un pájaro del tamaño de un pavo pequeño, extremadamente tímido y del que dicen que da buena suerte cuando se deja ver. Realmente, verlo no lo vimos, pero lo escuchamos cantar durante un buen rato, hasta que se aburrió y nos volvimos a la cama.</p>
<p>Desde que conseguí sacarle de la Cadellada, Dalmacio está tranquilo como un convaleciente que sabe que su recuperación será larga, pero que lleva buen camino. Se sienta en el poyo junto a la puerta de su casa, cara al sol, valga la expresión, cierra los ojos y se entrega a hacer la fotosíntesis, empapándose de luz y de la serenidad de su hogar. No quiero interrumpirle, pero tengo la impresión de que intenta que le salgan raíces y se quiere convertir en la parra retorcida que se extiende por la fachada, agarrándose a la casa y formando parte de esta tierra para siempre.</p>
<p>El lunes emprenderé el camino de vuelta. Espero que el paso de Palencia ya esté abierto y no me lleve tres días el regreso… Aquí se vive muy tranquilo, pero echo de menos el bullicio de mi casa, con la Prado canturreando por la casa como un abejorro contento y mi mujer susurrando lindezas a los niños mientras les da de mamar. A decir verdad, no echo de menos los olores de los pañales ni las berreas cuando tienen hambre, pero me consuelo pensando que es sólo una etapa y que no acabaré de creerme cómo ha pasado el tiempo cuando los vea hechos unos hombres.</p>
<p>Cuídate mucho, compañero. Espero que nos veamos pronto en Madrid.</p>
<p>Tu amigo que lo es,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 33: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Wed, 07 May 1941 22:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 7 de mayo de 1941</p>
<p>Querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Espero sepas disculpar mi tardanza en responderte, pero tu carta no ha llegado a mis manos hasta hace dos días. Resulta que, a instancias de mi mentor don Álvaro, nos estamos mudando de nuevo, esta vez a un piso estupendo de alquiler en la calle Hermosilla, junto ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 7 de mayo de 1941</p>
<p>Querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Espero sepas disculpar mi tardanza en responderte, pero tu carta no ha llegado a mis manos hasta hace dos días. Resulta que, a instancias de mi mentor don Álvaro, nos estamos mudando de nuevo, esta vez a un piso estupendo de alquiler en la calle Hermosilla, junto al Paseo de la Castellana, mucho más céntrico y a apenas media hora caminando de la Facultad, o a un ratito en tranvía. La zona es magnífica; nada que ver con los solares en obras del Paseo de Aceiteros. Aquí al lado vivía el conde de Romanones, y Cánovas del Castillo con su segunda esposa. Hay palacetes y hotelitos, jardines y lujosas dependencias. También están las oficinas del diario ABC, el precioso aunque alicaído Palacio de Larios y una iglesia evangélica alemana que se llena de teutones los domingos. Incluso hemos conseguido encontrar acomodo para mi buena mula, de la que me resisto a deshacerme, aunque ahora dispongo de un coche con chófer a compartir con otros profesores.</p>
<p>Naturalmente, el piso dispone de zona para el servicio, y de hecho se me ha insinuado que tener una única doméstica no es digno de este nuestro nuevo estatus. He tenido la pésima idea de mencionarlo al alcance de los oídos de Prado y lleva con los morros tiesos desde entonces, pero es cierto que la casa es enorme y que el trabajo va a ser mucho, además de que mi sueldo va a ser superior y lo más seguro es que podamos permitírnoslo. Es algo que aún tenemos pendiente.</p>
<p>En fin, que debido a estos movimientos, nuestro correo Manolo ha tardado en encontrarme, pues no se atrevía a dejar tu carta desatendida y no ha podido avisarte, dado que desconoce tu paradero, como debe ser. Al hilo de esto, quiero proponerte algo, para lo que debo ponerte al tanto de los últimos acontecimientos.</p>
<p>El pasado día 15 de abril defendí mi tesis ante el Tribunal de la Facultad de Medicina. Mi trabajo se ha visto recompensado con un aprobado cum laude, una felicitación especial y la sugerencia de que, dada la escasez de mentes formadas, quizá pudiera ser agraciado o bien con la cátedra de Fisiología que fue de Negrín, o con la cátedra en Dermatología que el profesor Sánchez-Covisa ha dejado vacante, cosas ambas que considero más allá de mi alcance. Yo, que soy poco más que un advenedizo, un médico de pueblo, un curandero republicano venido a más, me encuentro en una posición que me parece increíble y por la que jamás hubiera apostado. Al contrario que tantos otros, como el propio José Sánchez-Covisa, ahora exiliado en Venezuela, o su hermano Isidro, o Julio Bejarano o Víctor Cuquerella, exiliados en México, o tantos otros simplemente cesados o apartados de la docencia, como Luis Vallejo, de Serología, Manuel Hombría o Serviliano Pineda, entre muchos. ¿Por qué he sido yo tan afortunado? No puedo más que estar agradecido por mi situación, que me permite sostener a mi familia y tener un horizonte, un futuro.</p>
<p>De todos modos, querido compañero, no puedo ocultar que este bonito horizonte con el que estoy tan ilusionado adolece de algunos nubarrones. Como te estaba contando, ahora disfruto de la condición de estrella ascendente y por tanto, se cuenta conmigo para los eventos sociales de las clases altas para las que, hasta ahora, he sido invisible. Por tanto, fui invitado al acontecimiento de la temporada: la inauguración del Hipódromo de la Zarzuela.</p>
<p>Tal evento tendría que haberse llevado a cabo el pasado día 20 de abril, pero la tribuna del edificio, una novedosa construcción ideada por mi admirado Eduardo Torroja, sufrió algunos retrasos en sus acabados y hubo que posponer la fecha. Si así no hubiera sido, no me cabe duda alguna de que no hubiesen contado conmigo, pero en esta ocasión fue el propio Torroja, enterado de mi cum laude, y sin duda al tanto de los rumores acerca de mi próximo ascenso universitario, quien me invitó especialmente. Por supuesto, no tuve más remedio que acudir, aunque debo reconocer que no me resistí demasiado.</p>
<p>Allí, como puedes imaginarte, estaba lo más granado de la alta sociedad madrileña y gubernamental. También había muchísima gente en las gradas y viendo las carreras de pie, pero en la modernísima tribuna sólo estaban (estábamos) aquellos tocados por la varita mágica de las buenas relaciones. Las señoras iban de lo más encopetadas con los sombreros de última moda, a los que mi buena esposa no había tenido acceso, pues aún no he empezado a cobrar regularmente, pero había suplido la carencia con fantasía y con la ayuda de Prado, se había fabricado una especie de copete bastante aparente con unas plumas del gallo de nuestra vecina la Juliana. Las buenas temperaturas ahuyentaban la peletería, pero no las medias de nylon compradas de estraperlo. Sé de buena tinta que mi querida mujer se había teñido las piernas con infusión de té y Prado le había pintado la costura por la pantorrilla con lápiz de ojos. Por mi parte, llevaba mi mejor traje, algo brillante por la parte de los codos, pero aún con un buen pasar, y mi mejor sombrero, repasado de tinta y tan cepillado que hasta dejaba transparentar mis pensamientos.</p>
<p>Quisiera poder explicarte la borrachera de presentaciones que padecí. Recuerdo entre otros que me presentaron al nuevo agregado militar de la embajada de Argentina, Antonio Coméndez, y al reputado urólogo Fernando Sánchez-Covisa, primo de los anteriormente mencionados hermanos José e Isidro. Al contrario que éstos, Fernando es un destacado falangista que ha recibido recientemente, justo al día siguiente de la presentación de mi tesis, un homenaje a su labor. También estaba el ingeniero Eduardo Torroja, por supuesto, su subalterno Pascual Bravo, que me recibió con su rostro de desagrado habitual, y cómo no, mi ángel de la guarda, Álvaro Cervello de Guillerna, acompañado del presidente del Colegio de Médicos de Madrid, el doctor Carlos Blanco Soler, cada uno con sus respectivas señoras, excepto mi mentor, naturalmente, que es viudo.</p>
<p>Allí echamos la mañana, más pendientes de nosotros mismos que de las carreras que arrancaban vítores y maldiciones del público. Cada uno donó lo que pudo a la colecta en pro de los damnificados del incendio de Santander, del que asombrosamente yo no me había enterado; una capital de provincias arde durante quince días y yo vivo en las nubes, o más bien bajo los pellejos de mi tesis. Comimos jamón y otras deliciosas viandas muy alejadas de la cartilla de racionamiento, de cuya existencia hacía mucho que me había olvidado, y después del piscolabis, el doctor Blanco Soler nos invitó a una velada vespertina en su casa, donde su hija podría deleitarnos con unas canciones acompañadas al piano.</p>
<p>Cuando nos dirigíamos hacia el coche de don Álvaro, en la zona delantera del Hipódromo, tuve una sensación que no me es desconocida, pues la he sentido en varias ocasiones últimamente. Alguien clavaba los ojos en mí hasta conseguir que me picase la nuca. Miré alrededor, buscando a una humilde mujer morena que he creído ver otras veces en tales momentos, pero no la encontré. Nos subimos al coche y no le di más importancia.</p>
<p>La velada en casa del doctor fue aburridísima, en cuanto a música se refiere. Tenían un piano maravilloso que a mi tío, que era muy aficionado, le hubiera encantado tantear, pero aunque la pobre chica cantaba bien y tocaba con cierto tino, se demostró incapaz de hacer armoniosamente ambas cosas a la vez. Así que los caballeros nos escurrimos discretamente hacia una salita donde fumar con tranquilidad, y donde mi maestro por fin encontró el momento y me comunicó su intención de salir de viaje de inmediato, para reunirse en América con Gregorio Marañón. Aunque considera que aún es pronto para cederme su consulta, en la actualidad a cargo de un compañero suyo, el doctor Lamata, dado que yo todavía tengo que establecerme en mi nueva posición en la Universidad, sí aprovechó para dejarme una copia de las llaves de su piso para que le riegue las plantas y eche un vistazo de vez en cuando, y nos despedimos.</p>
<p>Por fin, regresamos a casa, una de las últimas noches en el Paseo de Aceiteros. Mi mujer estaba muy cansada y se acostó rápidamente, pero yo me puse ropa cómoda y aún permanecí un rato en la cocina, con la intención de preparar unos detalles de las clases del día siguiente. Mientras me fumaba un cigarrillo, dejando a la mirada vagar a través de la ventana, reparé en la mujer que me hacía sentir observado, que estaba allí, de pie al otro lado de la calle, mirando hacia mi hogar. Era relativamente joven, aunque mal conservada, de grandes ojos oscuros, y vestía de negro con un pañuelo a la cabeza. Sin pensármelo un momento, salí por la parte de atrás, salté mi propia tapia y di un rodeo para poder acercarme a ella por detrás con la ventaja de la sorpresa.</p>
<p>¿Sabes, amigo mío? En ese momento eché de menos no tener experiencia en el frente, sobre todo cuando me vi tras ella y reparé en que no tenía más que mis manos desnudas. Consideré la posibilidad de coger una piedra para amenazar con descalabrarla, pero pensé que quedaría muy ridículo, y además, no era capaz de llevar a cabo mi amenaza, y como tampoco sabía si estaba acompañada por alguien que estuviera oculto en la oscuridad, me contenté con darle un sobresalto y preguntarle desde su espalda qué había venido a buscar.</p>
<p>En el momento en que se giró hacia mí y la tenue luz del alumbrado público iluminó su rostro de cierta manera, supe a quién me recordaba. Se parecía a Francisca Molero. Me acabo de dar cuenta de que por seguridad, no te conté en su momento las circunstancias que me unieron para siempre a esa mujer, así que, comprometiéndome a darte más detalles cuando nos encontremos en persona, valga decir que Francisca Molero fue la madre de mi hijo Miguel y que ya no vive. No pienses mal, jamás se me ocurriría faltar a mi esposa, pero sí es verdad que es un tema sobre el que no querría que nadie me pidiera explicaciones.</p>
<p>La mujer tardó poco en recuperarse de la sorpresa y, como yo ya me esperaba, sin querer identificarse me acusó de tener algo que ocultar acerca de mi familia. Yo quise despedirla con cajas destempladas, pero mi mente culpable me impedía armar un escándalo para alejarla de allí. Ella lo advirtió y me pidió dinero si quería vivir tranquilo. Recuerdo que Francisca me comentó que tenía una hermana sirviendo como interna en una casa de Toledo, pero aquella mujer, que indudablemente guardaba gran parecido físico con la fallecida, tenía aspecto de llevar mala vida y de no haber cobrado un sueldo en varios meses. Por tanto, era una persona desesperada y no le quedaban muchos límites que traspasar. Más me valía tener mucho cuidado.</p>
<p>No quise ceder. Negué saber de qué me hablaba, la despedí con un empujón y cuando quise volver a mi casa, descubrí que me había dejado las llaves dentro, lo cual restó bastante dramatismo a mi retirada. Me tocó rodear de nuevo la casa y buscar algo en lo que apoyarme para saltar de nuevo la tapia, me vio mi vecino Antonio, me ayudó, desperté a Prado… Y cuando por fin regresé a la cocina y encendí otro cigarrillo, me di cuenta de que me temblaban las manos y de que tenía mucho miedo, sobre todo por mi familia. Pero en realidad, nadie podría probar nada.</p>
<p>… ¿O sí?</p>
<p>Aquella noche, cuando nació Miguel, mi mula quedó atada en el portal de un viejísimo edificio de viviendas durante varias horas. Cualquiera pudo reconocerla, o quizás alguien me vio salir por aquella puerta, o algún vecino pudo escuchar… Cuántas noches había perdido dándole vueltas a todo lo que podía haber salido mal, y por fin había saltado por alguna parte. Por una parte, era tranquilizador, porque ponerle por fin límites al enemigo te da poder sobre él, pero por otro lado, tenía terror de que mi pequeño pudiera salir perjudicado de ninguna manera. ¿Y si alguien lograba demostrar que su nacimiento había sido fraudulento? ¿Se lo llevarían de nosotros? ¿Luis crecería solo? ¿Qué sería de él?</p>
<p>De nuevo, perdí una noche de sueño pensando en cómo proteger a mi familia.</p>
<p>Al día siguiente, lunes, acudí a mis clases en la Universidad, otra vez muerto de sueño. No quiero preocupar a mi mujer, así que no le he dicho nada del encuentro de la noche anterior. Impartí las clases del día ayudado por mi discípulo, Ricardo, y regresé a las obras del Hospital Clínico, para echar un vistazo a un reciente grupo de refugiados que se había juntado con aquel en el que Otto, de quien no acabo de recordar si te he hablado anteriormente, aún cuidaba a un hombre a quien don Álvaro y yo operamos a la luz de una lámpara de carburo para curarle de un balazo. El hombre estaba débil, pero era joven y saludable, y era probable que saliera de aquélla y pudiera seguir camino hacia América, o hacia cualquier sitio donde no habitase la bestia de la guerra.</p>
<p>Ayer, martes, de nuevo seguí con mi rutina de impartir mis clases mientras mi mujer y Prado terminaban de empaquetar todo para mudarnos al piso nuevo. Pero al volver a mi despacho, encontré a dos hombres esperándome. Su aspecto no era nada tranquilizador, peinados agresivamente hacia atrás con grasa para el pelo, bigote recortado recto sobre el labio y cara de malas pulgas. Sin molestarse en decirme quiénes eran, me hicieron preguntas sobre mi interés en las obras del Hospital Clínico, sobre mi familia, sobre el contenido de mis clases, sobre mi ayudante…</p>
<p>Aunque el día era primaveral, un chorro de sudor me recorría la espalda. Mi conciencia intranquila revoloteaba pensando en todo lo que podía salir mal. Además, la visita de aquella mujer el día anterior había dado al traste con mis nervios. Sin duda, el interés de estos hombres se centraba en mis labores en las obras del Clínico. Temí por los refugiados en aquellos túneles.</p>
<p>Así que por la tarde, aprovechando los movimientos de la mudanza, acudí a la tetería Embassy y notifiqué el desmesurado interés que aquellos dos hombres habían mostrado por los trabajos del hospital. Discretamente, me dijeron tomar nota y que ya me avisarían si encontraban algo que decirme. Pero yo no puedo estar tranquilo.</p>
<p>Además, ayer recibí carta de mi amigo Dalmacio, ingresado en un manicomio, explicándome ciertas circunstancias previas a su encierro pero que aseguran a todas luces que su equilibrio mental está fuera de toda duda y pidiéndome que le ayude a salir de allí, al mismo tiempo que otra carta, procedente del doctor Hermógenes Rodríguez Casares, en las que éste responde a mi requerimiento y muestra su preocupación por la salud de mi camarada, afirmando que su permanencia en el sanatorio psiquiátrico donde está ingresado es sin duda lo más favorable para su recuperación. Me huelo intereses monetarios en este interés.</p>
<p>Cuando anoche, de nuevo atrapado por el insomnio, eché un vistazo a través de la ventana del piso nuevo y volví a ver a aquella mujer al otro lado de la calle, mirando otra vez hacia mi casa, tomé la decisión de inmediato. Aun lamentando dejar a mi mujer y a Prado con la mudanza, lo mejor es quitarme del medio unos días y dejar que las cosas se enfríen. No tengo miedo por mi esposa; es fuerte, y si no tienen pruebas contra mí, ya que me las habrían mostrado, menos las tendrán contra ella. Mañana mismo partiré hacia Asturias para ayudar a Dalmacio, restaurarlo en su Quintana y dirigirte hacia allí tan pronto sea posible, pero mientras tengo una idea.</p>
<p>Como mi maestro don Álvaro ha partido esta mañana al encuentro del doctor Marañón, su vivienda ha quedado vacía. Te dejo la dirección al pie de esta carta y la llave en una caja, enterrada bajo el olivo que te mencioné cuando lo de tu madre. Di a la portera que eres su sobrino y que te ha encargado que cuides la casa en su ausencia; ya hablaré yo con él y le daré las oportunas explicaciones cuando regrese.</p>
<p>Te dejo ya, amigo mío, tengo mucho que preparar. Recibe un fuerte abrazo de tu amigo que lo es,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 29: De Emilio a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Apr 1941 22:44:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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<p>Querido amigo Doroteo:</p>
<p>Me alegro mucho de tener noticias tuyas, y de saber que, dentro de tus afecciones, la ventura te acompaña. Han pasado muchas cosas desde la última vez que recibí carta tuya, allá por principios de marzo, tanto en tu casa como en la mía. Tantas, que me guardaré ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 16 de abril de 1941</p>
<p>Querido amigo Doroteo:</p>
<p>Me alegro mucho de tener noticias tuyas, y de saber que, dentro de tus afecciones, la ventura te acompaña. Han pasado muchas cosas desde la última vez que recibí carta tuya, allá por principios de marzo, tanto en tu casa como en la mía. Tantas, que me guardaré alguna para cuando hayas abandonado esas instalaciones, cosa que no dudo ocurrirá con rapidez, dado que tu estado normalmente es bueno y que tus dolencias mentales parecen haber desaparecido.</p>
<p>Con la presente te mando un ejemplar de Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós. Se lo trajeron a un paciente del hospital que salió con los pies por delante, y cuando su familia recogió sus enseres, el libro ahí se quedó. Sé que no es tu género preferido, pero con la escasez de papel que hay, se agradece cualquier lectura. Yo estoy demasiado ocupado para la lectura recreativa y he pensado que te vendría mejor a ti, aunque considero que estarás bastante entretenido con los textos que te ha facilitado el doctor Rodríguez Casares. Le escribiré para solicitarle detalles sobre tu caso tan pronto termine estas líneas.</p>
<p>Si bien considero que ese sitio, La Cadellada, no es el idóneo para ti, sí considero que tiene ciertos beneficios, pues te alimentarán regularmente y tendrás compañía, de cuya ausencia proceden tantos de tus males. Me tranquiliza que me hayas hecho saber tus circunstancias. No obstante, cuando el doctor Rodríguez Casares me comente ciertos extremos podremos hacer un diagnóstico más preciso acerca de tu situación. Bien sabes, amigo mío, que te tengo siempre en mente.</p>
<p>Ahora ya tengo un poco más de tiempo porque por fin he conseguido terminar el trabajo que me tenía tan ocupado y que espero que me abra las puertas de la consulta clínica del doctor Jiménez Díaz. Ayer mismo, martes, lo presenté frente a un comité formado por parte de los catedráticos de la propia facultad y el mismo doctor Jiménez Díaz, en una exposición que duró varias horas, y ahora estoy esperando que me transmitan el veredicto. Te lo haré saber cuando me lo digan.</p>
<p>Durante toda esta recién pasada Semana Santa, ya que todos los entretenimientos estaban cerrados y hasta está mal visto salir a pasear en esta preciosa primavera debido a la muerte de Cristo crucificado, no he hecho otra cosa que dar los últimos toques a mi trabajo y, por supuesto, dejarme ver al acudir a alguna procesión con mi mujer y con Prado, quien lleva en tales ocasiones un breviario estrujado en las manos aunque todavía no consiga soltarse con lo de leer. El pequeño Miguel ha estado pachucho y nos lo ha contagiado a todos, a ella la primera, naturalmente, y era cómico verla con sus finos guantes de encaje, que le vienen pequeños en sus manos enormes de trabajadora, empuñando con una mano una vela para acompañar el paso y con la otra, un pañuelito con el que se contenía las velas, de las otras, que le manaban de la nariz, bajo una teja con mantilla prestada sobre su rostro de boxeador. Qué buena es esta mujer.</p>
<p>Debo reconocer que para este trabajo he explotado sin pudor tanto a mi mancebo Ricardo como a la Prado, al uno como amanuense y como comprobador de detalles y a la otra como ilustradora, si bien hemos encontrado el pequeño problema de que no se apaña con la plumilla y que lo suyo es el carboncillo, lo cual no es óptimo para la reproducción impresa. Además, se asustó mucho cuando quise asomarla a un microscopio para que viera las células de la piel, costó que pudiera enfocarlas con los problemas de visión que padece, y cuando conseguimos que las viera dijo que parecía una plaga de bichos y procedió a rascarse como si fuesen pulgas subiendo hasta ella por el visor del aparato. Por fin, robándole tiempo al cuidado de mis hijos, conseguí que me hiciese un par de dibujos con punta seca que no acababan de salirle bien, porque indudablemente recordaba más a ese arte que llaman abstracto que está de moda en Francia que a algo real y palpable, pero por lo menos he conseguido ilustrar bonitamente algunas páginas de mi presentación, lo que espero sea del agrado del tribunal.</p>
<p>Lo que sí se le ha dado bien ha sido dibujar las efigies de algunos de los pasos de esta Semana Santa, en el vuelto de los papeles que consigo rapiñar de la facultad para ella. Los tiene guardados con tanto mimo como si fueran los propios pasos, en un sagrario que se ha hecho debajo de su cama. Debo reconocer que he padecido un brote de devoción y he aprovechado para rezar a las imágenes, y para pedir por vosotros, por mis amigos, por mi familia, por mí mismo. Además, tuvo lugar un acontecimiento algo inquietante que en principio no parece tener ninguna importancia, pero que no consigo sacarme de la cabeza.</p>
<p>Quisimos acudir el Viernes Santo a la Procesión del Silencio, que empezaba de noche sacando a la Virgen de las Angustias desde el Oratorio del Olivar, que queda cerca de la facultad de Medicina. Hay que reconocer que los devotos han aprovechado el tiempo desde que acabó la guerra para embellecer sus templos y sus imágenes hasta rivalizar en espectáculo unos con otros con el entusiasmo del converso, y dispusieron las procesiones de modo que la del Silencio realmente eran cuatro simultáneas, que confluían en la plaza de la Cibeles. Dejamos a los niños al cuidado de nuestra vecina Juliana y allí nos fuimos con todo el mundo, con nuestros cirios y mejores galas, naturalmente, un gentío silencioso que seguía el interminable paso con la mayor devoción, al tiempo que se dejaban ver y saludaban de lejos a vecinos y conocidos.</p>
<p>Ya en Cibeles, donde se juntó una enorme aunque organizada multitud, en la Hermandad de San Isidoro me encontré con el ingeniero Eduardo Torroja y su subordinado Pascual Bravo. El primero se alegró de verme y me saludó, haciendo referencia a que el próximo año esperaba verme entre sus filas, mientras que el segundo apenas hizo un gesto en mi dirección y puso mala cara cuando escuchó la invitación de su jefe. No sé qué le habré hecho yo a este hombre para que me tenga tanta antipatía.</p>
<p>Pero fue allí, en el momento de mi epifanía devota, entre luces de lumbre, calor humano, noche cerrada y patinazos sobre la cera de los cirios sobre los adoquines, cuando me empezó a picar el cogote. Sin duda alguna, alguien estaba clavando los ojos en mí. Busqué a mi alrededor y por fin localicé un rostro entre la gente. Una mujer, de grandes ojos oscuros y con la cabeza cubierta con un pañuelo, me miraba fijamente. Por un momento, me sonó familiar, pero no fue más que un instante, ya que, cuando se dio cuenta de que la había visto, se escabulló en la aglomeración.</p>
<p>Seguimos al paso mientras yo buceaba en mi memoria, buscando ese rostro. No siempre consigo recordar las caras de los pacientes, pues a menudo me importa más la dolencia que la fisonomía, pero en general tengo buena memoria. Tanto me concentré, que mi esposa tuvo que sujetarme de un brazo para dirigirme entre la gente y no perderme. Creí que había visto esa cara, pero no estaba seguro. Era como si la recordara pero nunca la hubiera visto. Por una parte, algo me decía que debía alarmarme, pero por otra, no conseguía encontrar la causa de tal alarma.</p>
<p>Permanecí distraído hasta que los pasos comenzaron a retirarse y decidimos regresar a casa. Quisimos tomar el tranvía, que en esta ocasión había alargado su horario normal, hasta Cuatro Caminos para luego bajar hasta la Ciudad Universitaria caminando cuesta abajo, ya que no habían puesto en servicio el tranvía de la línea 21 que era el que nos venía bien, y durante todo el camino tuve la sensación de que nos seguían. Pero aunque miré con mucha atención, había mucha gente por la calle y no pude localizar a nadie en concreto. Llegamos a casa, recogimos a los niños y nos fuimos a la cama.</p>
<p>Sin embargo, en la mañana de ayer martes, cuando me levanté temprano para llegarme a la facultad con algo de antelación para presentar mi trabajo, me subí a mi buena mula y emprendí el camino, y de nuevo tuve la misma sensación de que alguien me estaba mirando. Me giré en la silla y miré en todas direcciones, y a pesar de que era pronto y no había casi nadie por la calle, más que unos pocos obreros que se dirigían a las obras del hospital, no encontré que nadie me estuviese fijando la mirada de tal manera que consiguiera que me picase la coronilla. Es una sensación etérea pero presente. Hasta el momento no he vuelto a tenerla, pero no estoy tranquilo, amigo mío.</p>
<p>Debo reconocer que el esfuerzo que he hecho para terminar el trabajo ha sido tremendo y me ha llevado semanas, y quizá es por esto por lo que veo fantasmas, o lo que quiero pensar que son fantasmas. Por fortuna, tenía gran parte de mi labor de doctorado terminada desde antes de empezar la guerra y no ha necesitado más que un último empellón, pero aún así ha sido agotador. Durante estos meses he dormido muy poco, en parte por la tensión y en parte por la falta de tiempo, y eso siempre me ha afectado al buen funcionamiento de los pensamientos. En ocasiones, cuando por alguna casualidad conseguía el tiempo necesario para dormir, apenas he sido capaz por la propia inercia de la tensión, y me he quedado despierto, escuchando los sonidos de la casa dormida e intentando identificar a quién correspondía cada respiración. Ahora que he terminado ya, parece que mi cuerpo no ha acabado de creérselo y sigo teniendo problemas para dormir.</p>
<p>A veces, me levanto y voy al cuarto que Prado comparte con mis hijos, y me quedo allí, de pie en la puerta de la habitación, fumando un cigarrillo nocturno mientras miro la cuna donde descansan mis pequeños, ignorantes de todo, inocentes, indefensos. Los adoro con una ferocidad sin límites, pero a ti, compañero, sabiendo que me guardarás el secreto, te confieso que me parecen molestísimos. Hay que reconocer que entre mi esposa y la doméstica procuran que no me interrumpan con sus lloros o con sus percances, pero es imposible conseguir que dos bebés de apenas seis meses pasen desapercibidos. Cuando los tomo en brazos me siento incómodo, pues no encuentro en ellos el abandono que sí reflejan cuando los toman mis mujeres, y estiran el cuerpo y se quieren arrojar de mis manos al vacío, como si sintieran ellos la misma perturbación que yo. Lloran y babean y huelen, y me pregunto por qué no siento estos reparos cuando un enfermo me vomita encima, o se encuentra cubierto de heces, o tiene heridas que supuran.</p>
<p>Me siento culpable y me siento mal padre, aunque una voz en el fondo de mi conciencia me recuerda que, como dijo Unamuno, el hombre es un animal esencial, fundamental, constitucional y radicalmente haragán y por tanto, en mi humanidad, cualquier esfuerzo me resulta inconveniente, pero también siento que ellos son algo más grande que yo, que crecerán sin mis lagunas, que avanzarán sin mis cargas, y que yo aprenderé de ellos más que ellos de mí. Quiero que crezcan para verlos peinados y hablando, y poder conversar con ellos en lugar de encontrar chillidos o berreas inarticuladas entre perlas de dentición que asoman en encías babeadas. Creo que amo muchísimo a mis hijos, pero no tanto a su envoltorio. Nunca me han gustado mucho los niños, ni me atrajo la pediatría cuando estudié la carrera; más bien considero la infancia un mal necesario. Pero también te aseguro que siento que podría matar con mis manos desnudas a quien intentase hacerles daño. Luego me acabo el cigarrillo, me lavo la cara y opino que estos pensamientos son impropios de mi persona, y que sólo tienen seis meses y debo tener un poco de paciencia.</p>
<p>Parece mentira, amigo mío, lo que me ha cambiado la vida en este tiempo. De ser un hombre solo en la vida he pasado a ser padre y cabeza de familia, profesor y, con algo de suerte, doctor en Medicina. Gran parte de todo este advenimiento debo agradecértelo a ti, compañero, y por eso ten por seguro que no perderé un detalle de tu caso. Mientras tanto, puedes ponerte en contacto conmigo por nuestros cauces habituales o por correo postal.</p>
<p>Espero tener pronto nuevas noticias tuyas. Mientras tanto, recibe un gran abrazo de tu seguro servidor,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
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		<title>Carta 27: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Apr 1941 22:39:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
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<p>Mi querido amigo Luis Miguel:</p>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 9 de abril de 1941</p>
<p>Mi querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Cuánto me alegra recibir tus noticias acerca de tu estado de salud y de tu compañía. Si atinas a ir al campo es que tu dolencia se encuentra en un período de recesión y que ese clima y ese tratamiento te hacen bien. No sé si por dicha o por desdicha, me temo que deberás permanecer allí cierto tiempo, pues mi amigo Dalmacio ha sufrido cierto percance y no se encuentra ahora mismo en situación de recibir huéspedes. Tan pronto cambien las tornas te lo haré saber.</p>
<p>Por otro lado, hay algo muy importante que debes tener en cuenta: el rencor no te beneficia en absoluto. Ahora que vas a misa con esa tal Nati de quien me cuentas, te sonará familiar eso que los cristianos dicen del perdón, y afirmo que no les falta razón. Dando cabida en tu coleto a la podredumbre del resentimiento únicamente te haces daño a ti mismo, como si te bebieras un veneno esperando que el que se muera sea otro. No debes alimentar esa hoguera ponzoñosa pensando que perjudicas a tu padre, pues eres tú el único perjudicado. Te hago notar que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia; el odio sólo existe cuando hay sentimiento, y de ello se alimenta.</p>
<p>Si no amases a tu padre, si pudieses descender a lo más profundo de tu alma y afirmar con completa seguridad que no existe en ella un solo resquicio de amor por quien encendió la yesca de tu vida, no estarías diciéndome cosas como que quieres mandarle una carta para restregarle en las narices lo que te duele de su comportamiento. Bastante odio nos rodea ya, demasiadas rencillas, muchas ansias de venganza. No abundes, amigo mío, ni esperes una redención repentina de tu padre cual caída del caballo de Pablo de Tarso, que es tan improbable. Tienes un alma lo bastante grande como para ventilar esas emociones y alejarlas de ti, que no te darán más que amargura y dolor. Si no puedes comprender a tu padre, perdónale y no le desees mal alguno, pues cuando odias, el que sufre eres tú y no el odiado. Por tu bien, libérate de esos pensamientos, lánzalos al aire entre el trigo y que se los lleve la brisa.</p>
<p>Por lo que a nosotros respecta, el pequeño Miguel ha estado algo pachucho estos días y ha acabado contagiándonos a todos. Los niños pequeños son pozos de miasmas. Yo estoy haciendo el esfuerzo final para terminar el trabajo que me abra las puertas de la consulta clínica de don Carlos Jiménez Díaz, que me está costando horrores pero del que estoy quedando muy satisfecho. Últimamente apenas duermo. El tramo del día que más tiempo le puedo dedicar a dormir es el recorrido en mula hasta la facultad, y en cuanto me detengo más de diez minutos, me quedo frito de inmediato. La ventaja es que estoy tan cansado que ni siquiera sueño, así que por lo menos me he librado de las pesadillas durante una temporada. La semana próxima presento mi trabajo al tribunal y estaré mucho más libre.</p>
<p>Sin embargo, hay ocasiones en las que consigo despejar mi horario para dormir unas horas, pero la propia inercia de la vigilia me impide hacerlo. El viernes pasado me levanté de madrugada a vagar por la casa como un fantasma, comer algo y ponerme a trabajar si no conseguía pegar ojo, cuando escuché un carro que se acercaba a mi casa. Resultó ser nuestro carretero, Manolo, que traía tu carta y, de paso, una carga especial, ya que había recogido a un polizón por el camino, un hombre bajito y compacto que casualmente se dirigía a casa de una de mis vecinas. Mientras le agradecía a nuestro mensajero su encargo con un poco de pan con miel y le despedía, nos sobresaltaron unas voces. El recién llegado gritaba “¡No dispare, madre, que soy yo!”, pero de nada valió el aviso, pues el desgraciado recibió un escopetazo en una pierna que le hizo aullar antes de que, nosotros por un lado y los habitantes de la casa por otro, pusiéramos fuera de la vista tanto víctima como arma.</p>
<p>Una vez calmado el revuelo, sobresaltados los niños, la Prado y mi esposa, restaurada la paz y recogido el vecindario detrás de sus visillos, a la luz de una lámpara de carburo me entretuve un rato en sacarle perdigones y sal de la herida al recién llegado mientras su madre lloraba en su casa de alegría, susto y culpabilidad. En los fuertes brazos de Manolo, que lo sujetaba para que no se moviese sobre la mesa de mi cocina, dio en contarnos su historia. A mitad de la misma, nuestro carretero tuvo que seguir camino, así que te la cuento yo en su lugar por expresa petición suya, para que se la leas tú.</p>
<p>Dijo llamarse Antonio, y había sido soldado republicano durante toda la guerra. Es un hombre de corta estatura, tieso como un húsar, recio como un olivo, y le tocaba ser quinto en el año 36, así que se fue directo desde el primer día de guerra, y sufrió todas las campañas sin dejarse ni una. No recibió la licencia hasta abril del 39, y pacíficamente volvió a su hogar. Había perdido en la guerra a dos de sus seis hermanos, uno en un bombardeo y a otro en la cárcel, y a su padre, alcanzado por una bala perdida durante el asedio de Madrid. En casa sólo quedaban sus tres hermanas, su madre y el hermano menor, que apenas tenía doce años de edad. Durante un tiempo, se dedicó a ser el cabeza de familia y a sacar a todos adelante.</p>
<p>Pero esto no le duró mucho tiempo. Pronto, antes de que nosotros nos mudásemos a la zona, llegó la desagradable sorpresa del llamamiento a filas, ya que resultaba que no había cumplido el servicio militar y quedaba un varón en la familia, su hermano pequeño, por más que fuese un chiquillo. Tres años de guerra para que tuviera que hacer la mili. Sorteó y le tocó en Zaragoza, y no tuvo más remedio que irse a cumplir con la patria, porque la sangre que había derramado en el otro bando no contaba. Los tres años de miseria, balas, ejército e incertidumbre no habían sido suficientes.</p>
<p>Allí, en el cuartel de Zaragoza, permaneció unas semanas como soldado raso, donde encontró a algunos compañeros de armas, republicanos como él, de los que me enseñó una foto que llevaba en la cartera. Le encargaban las tareas más desagradecidas, pues le quedaba por expurgar el pecado de haber perdido la guerra, pero después de una guerra entera estaba acostumbrado a cosas peores. Me decía que intentaban humillarle pero no lo conseguían, porque él sentía que no había hecho nada de lo que tuviera que avergonzarse, y que limpiar unas letrinas no retrata al que lo hace, sino al que lo manda. Se consideraba afortunado de haber sobrevivido y no estar lisiado, de poder trabajar, de mirar arriba y ver el cielo y no tierra. Increíblemente, estaba contento. Lo único que le dolía era pensar en su familia, en sus hermanas y su madre, y en su hermano pequeño, el niño que era considerado un hombre por la maquinaria gubernamental, y que se suponía que podía sacarlos adelante, cuando realmente le daba miedo quedarse solo en el campo. Quería irse a casa.</p>
<p>Una buena mañana, cuando pasaba con su cubo y sus trapos de fregar cerca de los barracones médicos, le vio un doctor y le llamó. Al acercarse, le preguntó si le habían tallado. Sin saber a qué se refería, respondió que no. El doctor le señaló un grupo de recién llegados y le ordenó sin más que se uniese a ellos, cosa que hizo sin saber a dónde le llevaría este camino. Una vez junto a los otros, les preguntó qué era aquello y le dijeron que les iban a tallar. El único significado que él tenía para esa palabra era de cuando era pequeño y su padre cogía un trozo de madera y lo hurgaba con un cuchillo hasta tallar un muñequito con el que él pudiera jugar. En su simpleza de labriego, pensaba que el ansia de venganza del nuevo régimen era tal que iban a horadarles sus magras carnes con quién sabe qué ignoto objetivo.</p>
<p>Allí los desnudaron, cuando aún el invierno se resistía a irse Ebro abajo, afeitaron la cabeza de los que aún conservaban el pelo, les miraron los dientes, los ojos, las orejas y los pusieron bajo un palo horizontal, que indicaba su estatura. Junto a la puerta, les daban un bulto con ropa y un papel y les indicaban la salida. Como él no sabía leer, tuvo que pedirle a un compañero que le dijera lo que ponía en el papel. Decía que quedaba licenciado por no apto. Era tan bajito que no daba la talla mínima para cumplir el servicio militar. Era libre. Podía irse a su casa.</p>
<p>Pero… ¿y si era mentira?</p>
<p>Si era un truco, al intentar abandonar el cuartel le podían aplicar la ley de fugas, podían argumentar que intentaba desertar, y dejarlo seco de un tiro en la espalda. Se fue a oficinas a preguntar si esto era cierto, si ese papelito blanco era su salvoconducto para irse a casa, y un sargento casi le echa a patadas del despacho por molestar. Así que, aconsejado por el temor y la prudencia, temiendo que alguien le quitase el papelito, que lo mismo era de verdad, esperó a la noche, preparó su petate y sin despedirse de nadie, a medianoche salió subrepticiamente y se fue.</p>
<p>Empero, aún así no las tenía todas consigo. En alguna parte de su cabeza estaba convencido de que ese papelito blanco era una engañifa para hacerle desertar, y de que en cualquier momento alguna autoridad le iba a pedir la documentación y comprobaría que la licencia no era cierta, y le formarían un consejo de guerra y acabaría fusilado contra un paredón al amanecer por desertor, traidor, falsificador, rojo y quién sabe cuántos otros cargos. Si tomaba un tren, en la próxima parada subiría la Guardia Civil, avisada por el pergeñador de tal plan, que se lo llevaría y de nuevo acabaría frente al pelotón de fusilamiento. Parece mentira hasta qué punto ha llegado el miedo por el propio pellejo, cuando subirte a un tren te puede costar la vida.</p>
<p>Así que hizo lo único que le parecía sensato: irse andando.</p>
<p>Durante un mes, caminó durante la noche a través de campos helados, durmiendo en pajares, en antiguos refugios contra las bombas, en cuevas, en cabañas de pastor. Comía lo que podía comprar con el poco dinero que tenía, o lo que encontraba al descuido, o a veces se lo ganaba trabajando un día o dos en cualquier venta de las afueras, cortando leña o echando una mano en lo que fuese necesario. Tardó en darse cuenta de que era mejor dar un nombre falso, pero acostumbrado a ir por derecho, la mayoría de las veces se le escapaba que se llamaba Antonio. Alguna vez dormía en los cementerios, seguro de que nadie le iba a molestar por la noche. Tengo el convencimiento de que tendrá muchas historias para contar a sus nietos junto a la lumbre en el futuro.</p>
<p>Y por fin, cuando llegó a casa, sin haber avisado ni siquiera por carta, pues ni él ni su familia sabían leer o escribir, llamó a la puerta, y su propia madre, vencida de luto y desgracias, no supo reconocer a la buena fortuna. Al mando de una casa llena de muchachas jóvenes y un niño, pensó, al igual que su hijo, que esa voz era una trampa, que esa licencia era mentira, que alguien quería que abriese la puerta para hacerles daño, y por poco provoca una desgracia. A estas alturas de la historia, ya había terminado de extraerle perdigones y apagué la lámpara para curarle la herida con alcohol sin que saliéramos ardiendo. Con las claritas del día se lo devolví a su madre, que lo recibió con entereza y sin aspavientos, con el carácter castellano que había traído de las profundidades de la provincia de Guadalajara. Y por aquí lo tenemos, contento, renqueante, dispuesto para empezar a trabajar en las obras del hospital en cuanto pueda caminar sin las muletas que le he prestado, y con su papelito blanco a buen recaudo.</p>
<p>Por otra parte, sigo con mis clases, con la supervisión de las obras, que ya se ha confirmado que no es más que una excusa, y con los cuidados a obreros y gente subterránea. Como ya no es tan necesaria mi vigilancia cercana de los trabajos de los albañiles, he procurado alejarme del arquitecto a quien habían asignado mi formación, Pascual Bravo, que aunque es un excelente profesional, no estaba contento con tal encargo y con quien no conseguí congeniar. En cuanto a su superior, el ingeniero Eduardo Torroja, director de todas las obras de la Ciudad Universitaria y de algunas más, he tenido ocasión de que me tomara algún domingo reciente bajo su tutela, y me ha parecido un hombre cabal y enamorado de su trabajo, de quien creo poder afirmar que afortunadamente ignora cuanto sucede bajo tierra en sus dominios.</p>
<p>Debo despedirme ya, amigo mío. Tan pronto tenga algún destino para ti, te lo haré saber, aunque espero que antes de partir podamos vernos. Hasta entonces, mantén esa vida que tanto te beneficia, pero no bajes la guardia. Cualquier paso en falso puede perjudicar a esos amigos tuyos, a quienes tanto me gustaría conocer y a quienes tan agradecido estoy por el trato que te están dando. Diles, por favor, que me siento en deuda con ellos y que estaré más que satisfecho de pagarles esa deuda en la primera oportunidad que se me presente.</p>
<p>Recibe un fuerte abrazo de tu amigo que lo es.</p>
<p>Emilio Pérez- Olivares Espinosa.</p>
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		<title>Carta 25: De Emilio a Don Roque</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Apr 1941 22:33:46 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 7 de abril de 1941</p>
<p>Estimado y respetado reverendo padre Del Castillo Requena:</p>
<p>Quisiera comenzar expresándole mi más sincero pésame por el reciente fallecimiento de su hermana de Vuestra Reverencia, que en paz descanse. Espero que la llegada de la presente encuentre a V.R. con buena salud y a salvo de tantos sobresaltos como me cuenta ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 7 de abril de 1941</p>
<p>Estimado y respetado reverendo padre Del Castillo Requena:</p>
<p>Quisiera comenzar expresándole mi más sincero pésame por el reciente fallecimiento de su hermana de Vuestra Reverencia, que en paz descanse. Espero que la llegada de la presente encuentre a V.R. con buena salud y a salvo de tantos sobresaltos como me cuenta en su carta del pasado 31 de marzo.</p>
<p>He de decir que su relato me ha encogido el alma, ya que si bien encuentro que tiene V.R. razón pensando que nuestro común amigo Dalmacio estará mejor en un manicomio durante una temporada hasta que se aclare lo de don Sebastián, que Dios tenga en su gloria, no acaba de convencerme que ese sea un buen destino para él durante más de unos pocos días. Dalmacio necesita relacionarse con gente, una vida normal y ordenada que cure las heridas que trajo de la guerra, ya que yo le cuidé las del cuerpo, pero con las del alma nada pude hacer, más que entregarle mi amistad sin reservas. Necesita una familia que le cuide y que le sirva de ancla en este mundo, alguien que le diga qué día es y a qué hora se come. Precisamente, su humanidad es su flaqueza, pues no le hace ningún bien estar solo. Espero que en el manicomio de La Cadellada no le apliquen tratamientos agresivos que puedan hacerle peor, pero como V.R. bien sabe, Dalmacio no es peligroso ni violento, y no hay por qué esperar que tal cosa ocurra.</p>
<p>Sé que él no fue pues me lo contó por carta, y a mí no tiene por qué mentirme. Afirmaba haber encontrado el cuerpo de don Sebastián tras escucharle discutir con un desconocido, y reconoció haberle dado sepultura con la misma pala que le mató. Comprobé que no era capaz de mal alguno ya cuando le conocí, no hace muchos años, pero sí hace mucho tiempo, porque han pasado muchas cosas. Sabrá V.R., como conocedor del alma humana, que en situaciones extremas se forjan relaciones muy fuertes en un período de tiempo que sería muy corto en otras circunstancias. La guerra elimina convenciones sociales; no se puede esperar a que nadie te presente para dirigirte a otra persona, porque pronto puedes estar muerto, y deja al descubierto la madera de la que estás hecho. El que es una bestia contenida por los modales y la civilización, en guerra se queda en bestia ávida de muerte que no puede pensar más que en la siguiente batalla o en el próximo saqueo. El que tiene buen corazón y calidad como persona, aunque por debilidad humana pueda ceder arrastrado por sus compañeros a la destrucción durante algunos momentos, acabará mostrando su humanidad. Y esto ocurrió con Dalmacio.</p>
<p>Permítame V.R. que le cuente cómo llegamos a conocernos. Temprano en la guerra, ya con mis estudios de Medicina terminados, me alisté voluntario en el bando republicano, pues me pareció que era lo que tenía que hacer. Mi madre había muerto de fiebres puerperales al nacer yo y mi padre no atinó a casarse de nuevo, y cuando él falleció a su vez, que tenía yo nueve años, su hermano Ramón, que era mi padrino, se hizo cargo de mí y pagó mi educación, tratándome como un hijo desde el momento en que entré en su casa. Mi tío Ramón murió durante uno de los primeros bombardeos sobre mi pueblo, cerca de Madrid, no de resultas de las bombas, sino de una enfermedad que arrastraba, y viéndome ya adulto, solo y en capacidad de ayudar, cerré mi consulta y pronto estuve destinado a los hospitales de campaña, cerca de las refriegas.</p>
<p>Fue durante la Batalla de Guadalajara, en febrero del año 37, que me trajeron a Dalmacio medio muerto en una parihuela improvisada, porque ya casi no quedaban camillas practicables. Tuvo la suerte de ser de los últimos, cuando ya había pasado el grueso de heridos, y me pude dedicar a él con atención. Una bomba había explotado cerca de él, lanzándole por los aires y alojándole una buena cantidad de metralla en el cuerpo, y llevó un buen rato sacarle los hierros y recomponerle los huesos que entre la onda expansiva y la caída se le habían mellado. No me atreví a moverle hasta un hospital de la retaguardia en su estado, y cuando al poco, dada su extraordinaria constitución, recobró la consciencia, quiso quedarse donde estaba porque, me dijo, no quería más meneos. Me cayó bien y pronto aprendió a hacerse las curas solo, con lo que no daba trabajo, y enseguida que pudo caminar se mostró trabajador y dispuesto a hacer cuantas tareas le encomendáramos. Mi capitán solicitó su traslado a nuestra unidad para el próximo destino, y pronto, ya que andaba renqueante y no podía cargar peso durante cierta distancia, encontró que era más útil conduciendo una de nuestras ambulancias. Fue un buen compañero durante aquella época.</p>
<p>Luego, avanzando la guerra, nuestro escuadrón tuvo que dividirse para cubrir el trabajo de las divisiones que iban cayendo, y le perdí la pista. Nos despedimos con un abrazo, sin saber si volveríamos a vernos alguna vez, y emplazando al otro a hacer una visita al final de la contienda.</p>
<p>Fue en la Batalla del Ebro, acabando el verano del 38, cuando nos volvimos a encontrar. Él seguía siendo conductor de ambulancias, lo que iba mucho mejor con su carácter pacífico que ser un soldado combatiente, y yo era un médico harto de sangre que veía cómo todos los esfuerzos republicanos iban siendo en vano. Si yo le había salvado el pellejo cuando llegó dislocado en angarillas, fue él quien me salvó a mí de la tristeza que me estaba comiendo el alma sin darme cuenta. Ahuyentó mi melancolía con una amistad sincera y sencilla, a pesar de cierta diferencia de edad, compartiendo cigarrillos a las tantas de la madrugada, celebrando la vida y lamentando las muertes. Más de una vez trajo heridos nacionales de tapadillo, porque a él no le importaba el bando, sino que un hombre necesitaba ayuda. A ésos, procurábamos enviarlos a sus filas cuanto antes, pues si eran descubiertos por otros convalecientes podían correr peligro. Me consta que en el otro bando también ocurría lo mismo, pero reconozco con pesar que muchos de los que terminaban en el otro lado de la línea de combate decidían quedarse, pues ya daban por perdida la guerra para la República.</p>
<p>En esos tiempos, pude comprobar la grandeza de su hombría. Aunque hay que conceder que un hombre llano y sin estudios reglados, es íntegro y noble, y la firmeza de la educación que le dieron sus padres le permite ir por el mundo con la dignidad de un príncipe. Le tengo en muy gran aprecio, pues no se merece menos.</p>
<p>En aquellos tiempos me hablaba de V.R., y me contaba, a mí, pobre urbanita, cómo era vivir en el bosque junto a la Quintana. Me contó que las ayalgas viven con un cuélebre en los lagos, pero que no son las mismas que las xanas, que viven en los ríos y que atraen al fondo a los más atrevidos, y me intentó explicar las diferencias pero no supe entenderlas, y me habló de los mouros que viven bajo tierra, y que el Busgosu es el padre del bosque y que protege a los que viven en él, y me enseñó una canción sobre unos gamusiños que se van perdiendo por el camino que ahora les canto yo a mis hijos. Me llenó la cabeza de verdor y el corazón de esperanza, y eso es algo, Reverendo Padre, por lo que le estaré en deuda toda la vida.</p>
<p>Pero debo añadir, V.R., que él es el responsable directo de la vida que tengo ahora mismo. Cuando ya había conseguido hacerme recordar cómo se sonreía, un día afirmó que tenía que dejar ese hospital de una buena vez y salir a ahogar las penas con un poco de aguardiente casero, que él se había enterado de que en una venta cercana tenían un alambique ilegal y que habían habilitado un salón como taberna, donde a veces un hombre tocaba la guitarra y su mujer bailaba para los parroquianos. No quiso escuchar mis protestas acerca del cuidado de mis enfermos y me llevó a empujones, a pie por el camino campo a través, aunque la venta quedaba bastante retirada, pero no teníamos otro medio de transporte.</p>
<p>Se acercaba el anochecer y ya habíamos caminado un buen trecho cuando una columna de polvo nos indicó que se acercaba un automóvil. Resultó ser un camión a gasógeno con la trasera abierta, republicano, aunque si hubiese sido nacional nos hubiese dado lo mismo porque estábamos cerca de los Monegros y no había mucho sitio donde esconderse. Cuando nos identificamos y el conductor nos invitó a subir para acercarnos a la venta, y bajaron los rifles que nos habían apuntado hasta su completa satisfacción, pude ver que detrás del cañón que me había seguido fielmente había unos ojos hermosos, y que mi fusilero resultaba ser una preciosa miliciana. Era cierto que hacía mucho tiempo que yo no veía a una mujer, más allá de las barraganas que acompañaban a los capitanes o las prostitutas que pasaban por el campamento, pero indudablemente era bella y con arrestos.</p>
<p>Si bien su hostilidad se había reducido al reconocernos como partidarios, una mujer sola entre tanto hombre no puede hacerse de miel. Intenté trabar conversación con ella pero fui objeto de las burlas de sus compañeros, que vaticinaban mi fracaso ante las murallas que todos ellos habían intentado asaltar. La verdad es que ella no era desagradable ni parecía realmente molesta, pero sí algo cortante, y la mofa de nuestros correligionarios no ayudaba a romper el hielo. Cuando tuvimos que bajarnos en una cuesta para que el camión consiguiera coronarla, Dalmacio sugirió que se tomaran todos un poco de aguardiente o un chato de vino en la venta y descansaran un poco, ya que la guerra no iba a terminar pronto y seguro que aún llegaban a tiempo. La propuesta fue aceptada y pronto desembarcamos todos en la improvisada taberna.</p>
<p>Allí estuvimos un rato mientras el hombre, cojo, tocaba y su mujer vociferaba unas jotas y daba unos brincos sin mucha gracia, pero que nos tuvo entretenidos y nos permitió relajarnos y olvidarnos de guerras, bajas, heridos y recuentos de municiones. Ella se sentó en un rincón y por fin conseguí que me hablase un rato y me dijera que era de la provincia de Toledo, pero pronto quisieron seguir camino, aunque el ventero les insistió para que se quedaran a dormir, y como iban en dirección contraria a la mía, pues yo debía volver, supe que no iba a verla más. Les acompañamos hasta el camión, ya de noche cerrada, pero cuando quisieron arrancar el motor, no hubo manera. El sargento empezó a maldecir temiendo un sabotaje y una emboscada, pero en mitad de aquellos páramos no era el lugar para emboscar a nadie, y Dalmacio se ofreció a echar una mano para arreglar el ingenio.</p>
<p>No creo que yo hubiese tenido ningún éxito en mi conquista si no hubiese sido por el hecho de que el arranque del camión era de manivela. En uno de los intentos de arrancarlo, el motor hizo un amago, la manivela giró por su cuenta más de lo debido y se le escapó de las manos al sargento, dándole tan mal golpe y tan fuerte en el brazo que se lo rompió. Yo intervine sin pensar. Inmovilicé la extremidad, acompañé al sargento al interior de la venta, le coloqué los huesos y se lo entablillé, fabricándole una férula con un trozo de corteza de leña, unos trapos limpios que facilitó la ventera y un poco de cal muerta que había sobrado de encalar la fachada. Añadí unos taponazos de aguardiente para calmarle el dolor y cuando les iba a mandar en camino ya, vi a Dalmacio al fondo del salón, haciéndome señas de que no lo hiciera y de que durmiéramos aquí todos. Cambié la frase según la estaba diciendo, recomendando que el herido hiciese algo de reposo por lo menos durante la noche, algo con lo que todos se mostraron de acuerdo y que así hicieron.</p>
<p>Esa noche, en la venta, fue ella quien se acercó a mí y quien quiso conversación conmigo. Un mes después, nos casábamos, con Dalmacio de testigo. Luego, él me confesó que había sido él, con los conocimientos de mecánica obtenidos manejando tanta ambulancia, quien había inutilizado el arranque del camión para darme más tiempo, aunque no esperaba la mala suerte de que el sargento se rompiera el brazo, pero que después había reconocido la admiración en los ojos de mi mujer cuando me vio curando al herido, y que por eso, cuando escuchó que yo les estaba despachando, tuvo deseos de estrangularme. Reconoció que si me hubiera tenido más cerca me hubiese dado un pisotón para callarme.</p>
<p>Poco después, a él le trasladaron a otro destacamento y no volví a verle hasta que todo hubo acabado. El 1 de abril de 1939 recibimos juntos la noticia de que la guerra había terminado, y en la pelotera inmediata que siguió, me vi arrastrado hacia Francia, luego en tren, luego en barco y no sé bien cómo, acabé en un campo de prisioneros en Betanzos, en la fábrica de curtidos La Magdalena, de donde me reclamaron de la Capitanía de Oviedo porque podía ser útil y allí, un teniente coronel, cuyo nombre nunca he sabido, me licenció porque no tuve responsabilidad política y pude volver a Madrid, donde vi que no me quedaba nada. Las propiedades de mi tío que no habían sido confiscadas, habían sido destruidas, así que seguí a mi mujer hasta Toledo y conseguí establecer correspondencia con Dalmacio. Ahora tengo dos hijos, una esposa y un buen trabajo, y no lo tendría si no hubiera sido por él. Me faltarán días que vivir para agradecérselo.</p>
<p>Por eso también le había propuesto que acogiese a un buen amigo mío que necesita un clima como el asturiano para una dolencia que le aqueja. Espero que esta circunstancia sea únicamente un retraso y que pronto Dalmacio esté restablecido y de vuelta en La Quintana, donde ambos puedan cuidarse mutuamente.</p>
<p>Lamento haberme extendido tanto, pero quiero que V.R. tenga por seguro que no me mueve otro propósito que el bien de nuestro común amigo. Por favor, no deje Su Reverencia de tenerme al tanto de la evolución de Dalmacio y de contar con mi ayuda para todo lo que fuese menester.</p>
<p>Suplicando su bendición para mi familia y para mí, queda suyo afectísimo su seguro servidor que besa su sacerdotal mano,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
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		<title>Carta 23: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Mar 1941 22:29:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 9 de marzo de 1941</p>
<p>Mi querido amigo:</p>
<p>Quiero darte mi más sincero pésame por tu pérdida, y sabes bien que te acompaño en el sentimiento por el deceso de una gran mujer como ha sido tu madre. Mis años de profesión me han convencido de la existencia del alma, y aunque lamento grandemente que no ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 9 de marzo de 1941</p>
<p>Mi querido amigo:</p>
<p>Quiero darte mi más sincero pésame por tu pérdida, y sabes bien que te acompaño en el sentimiento por el deceso de una gran mujer como ha sido tu madre. Mis años de profesión me han convencido de la existencia del alma, y aunque lamento grandemente que no pudieras hablar con tu madre en vida, creo con sinceridad que parte de ella aún permanecía en la habitación cuando llegaste y que recibió tu mensaje de amor, pues dirigió luego tus pasos hasta el carretero y después hasta el lugar donde pudiste refugiarte. Estoy seguro de que te esperará cuanto tiempo haga falta y que no tiene ninguna prisa por reunirse contigo, así que te pido que alejes esos pensamientos de tu mente.</p>
<p>En estos casos, se suele poner uno a disposición de los familiares del difunto para lo que puedan necesitar, lo que ya has manifestado, y en este caso me encuentro en extraordinarias condiciones de ayudarte. Aunque debiera haberte contestado antes, espero que entiendas mi tardanza cuando termine lo que tengo que contarte. He metido mi carta en dos sobres para tener más seguridad de que nadie más que tú pueda leerla, porque hay mucho en juego. Confirma que nadie ha abierto ninguna de los dos sobres con vapor. Quisiera habértelo contado en persona, pero primero tengo que ponerte en antecedentes, pues tienes que saber lo que te vas a encontrar.</p>
<p>Como te dije, mi maestro, el doctor Cervello de Guillerna, nos había alquilado a mi familia y a mí una casita cerca de la futura Ciudad Universitaria, una ubicación bastante inconveniente para mi trabajo como profesor adjunto en su cátedra, pues está como quien dice en la otra punta de la ciudad. Además, apenas nos veíamos, pues dedicaba sus mayores esfuerzos a sus labores ajenas a la docencia. Esto me tenía muy dolido, ya que no lo esperaba de él. El panorama en la universidad es bastante lamentable, dado que los mejores profesores ya no imparten clase, muertos o exiliados, y los afines al régimen prefieren consagrar su tiempo a actividades más lucrativas como sus consultas privadas u otros hospitales, dejando en manos de los adjuntos la mayor parte del trabajo. Me afectaba mucho suponer que el principal interés de mi mentor se había desviado de la ayuda a sus semejantes y había pasado a adorar al becerro de oro.</p>
<p>Esta semana ha sido particularmente atareada con las clases y no he ido a casa más que un rato el miércoles, cuando no coincidí con el carretero. Por eso he tardado en responderte, porque él no se atrevía a dejar la carta en manos de mi mujer o de Prado, así que ha vuelto las veces necesarias hasta que por fin ayer sábado me encontró y me la dio en mano. Esto me da confianza en que te entregue la presente personalmente. Decía que he estado muy ocupado en la universidad, pues los pipiolos están comenzando con las prácticas y el que no vomita, se marea, y las lecciones se eternizan. Menos mal que he conseguido traerme a mi fámulo Ricardo, ¿recuerdas?, por ahora sólo como oyente, pues el plazo de matrícula está cerrado, pero creo que conseguiremos hacer algo para que pueda examinarse a final de curso. Mientras tanto, le he encargado tareas de adjunto del adjunto. Yo también necesito ayuda para mis clases.</p>
<p>El viernes pasado, hace dos días, estaba terminando a última hora de explicarles a estos borregos bautizados las capas de la dermis sobre un fragmento de cadáver cuando hizo su entrada el doctor Cervello, que dio por terminada la clase y despidió a los alumnos. Me sorprendió y también me irritó un tanto, pues tendría que explicárselo a los alumnos desde el principio en la siguiente ocasión, pero algo en su tono de voz me indicó que la cuestión era importante. Dejé encargado a Ricardo de que recogiese todo el asunto y volviese a meter el trozo de cuerpo en formol, y salí tras el doctor, que estaba muy agitado e incluso sudando, aunque la primavera aún no ha dado señales de vida. Me conminó a que me quitase el delantal y la bata, me lavase las manos y le siguiera de inmediato. El tono de urgencia que utilizó no dejó lugar para la duda, y en menos de lo que tardo en contártelo, estábamos subidos en su coche, yendo a todo lo que daba el motor hacia el futuro Hospital Clínico.</p>
<p>El recorrido fue bastante accidentado y no encontré el momento de hacerle preguntas mientras me sujetaba al interior de esa máquina enloquecida, aunque reconozco que le hubiera seguido al fin del mundo. En el infierno ya estuvimos y a ese no le temo. Al llegar, ya noche cerrada, detuvo el chisme a tiempo apenas de no bajarse en marcha, me lanzó un maletín de práctica que llevaba en el asiento trasero y me hizo una seña de que le siguiera de inmediato, sin linterna ni nada, cosa que hice sin rechistar. Me guió hasta lo que parecía un montón de escombros en la obra, apartó un tablón y sin más, desapareció detrás del mismo.</p>
<p>Me quedé estupefacto. Me sentí como si hubiera dibujado una puerta con tiza en una pared y a continuación la hubiese abierto. Yo mismo había pasado por delante de ese montón de escombros innumerables veces, y jamás le había dedicado dos miradas. Hasta que no volvió a asomar la cabeza por detrás del tablón y me hizo un gesto imperativo de que le siguiera no atiné a reaccionar, y así vi que el tablón ocultaba un pasillo que descendía bajo tierra, que el doctor Cervello alumbraba con una lámpara de carburo que había cogido de un gancho en la pared. Obviamente, no era la primera vez que estaba allí.</p>
<p>Me guió por unos corredores de ladrillo hasta una sala pelada donde había una docena de personas sentadas en el suelo. Tenían cara de hambre, ojos de susto y aspecto lamentable, aunque algunos eran guapos, con ojos claros y pelo rubio. Un hombre joven yacía tumbado de lado, murmurando delirios por la fiebre en un idioma ignoto, mientras una mujer, a todas luces su esposa, mantenía la cabeza del hombre en el regazo y apretaba un trapo húmedo contra su frente.</p>
<p>El doctor me dio unas breves instrucciones y pronto estábamos trabajando como en los viejos tiempos. El joven presentaba una herida de bala en el abdomen sin orificio de salida, indudablemente con dos o tres días de antigüedad, se le había infectado y su vida peligraba. No era una intervención para un médico solo, ni siquiera cuando el paciente se desmayó nada más empezar debido a la falta de tiempo para que la anestesia hiciera efecto. A la luz de unas lámparas de carburo, buscamos y encontramos la bala, limpiamos la infección cuanto pudimos con toda la rapidez posible, para controlar la pérdida de sangre, y cerramos. Es joven y sano, es posible que sobreviva.</p>
<p>Después, el doctor Cervello me llevó afuera, donde hacía una noche fría y despejada, y allí compartimos unos tragos de una petaca de aguardiente y unos cigarrillos de picadura, para quitarnos de la garganta el olor del desinfectante y de la sangre. Aún faltaba para las claritas del día, y me contó que esa gente era extranjera. Por lo que cuentan, la guerra europea está encarnizándose cada vez más. Hablan de campos de prisioneros de los que nadie sale vivo. Hay gente que está siendo perseguida con saña, intelectuales, empresarios, judíos. Cualquiera que tenga algo valioso para la guerra será expulsado de su casa, de su negocio, de sus tierras, y desaparecerá para siempre. Por eso, están huyendo. Huyendo de la guerra, como hace cualquiera que tenga algo de juicio y oportunidad.</p>
<p>Para ayudar a esta gente, se ha establecido una red clandestina que lleva a los refugiados hacia los principales puertos de embarque neutrales hacia América: Lisboa y Casablanca. En cada zona hay un responsable que se encarga de organizar la recepción y distribución de estas personas; algunas están apenas unas horas antes de seguir camino, otras tienen que pasar un tiempo hasta que en la siguiente etapa pueden hacerse cargo de ellos. Los propios refugiados financian con lo poco que han podido arrebatar de las zarpas nazis su huida, o a veces los propios encargados tienen que poner dinero de su propio bolsillo. Además, la Cruz Roja facilita algo de comida y material médico, y algunos contactos estratégicamente colocados en las embajadas proveen de pasaportes y de plazas reservadas en algún medio de transporte. Según me dijo, Madrid es un hervidero de espías de ambos bandos, y hay que pasar desapercibido para todos ellos. Es un trabajo ingente, oculto… y peligroso.</p>
<p>El doctor me ha ofrecido hacerme cargo de una célula para poder pasar más gente, pero he tenido que rechazarlo. Le hice notar que no tengo tiempo de hacer más cosas. Me pidió disculpas por no habérmelo contado antes, y me dijo que había establecido mi residencia cerca del Hospital Clínico para que yo me responsabilizase de esta etapa de la red clandestina, pero que por diversas circunstancias, resultó más práctico que lo hiciera él y que yo me encargase de las clases en la universidad. Naturalmente, no pudo consultarlo conmigo. Reconoció que se sentía aliviado por habérmelo contado, y que, si bien se sentía culpable por haber abandonado en gran parte sus tareas docentes, estaba tranquilo porque mi desempeño estaba siendo excelente y me felicitó.</p>
<p>Casi me daba vueltas la cabeza de contento, porque mi ídolo no había caído. Mi maestro seguía siendo la persona que yo pensaba y el espejo en el que yo quería mirarme. Pero además, también tenía que digerir el alcance de lo que me había dicho, y me costaba, porque la tensión de la intervención quirúrgica se estaba desvaneciendo y me estaba quedando dormido allí mismo. Me llevó a casa en ese trasto del demonio que conduce y me pidió que vigilase al convaleciente, que él ya se haría cargo de las clases.</p>
<p>Si alguien interceptase esta carta, mucha gente podría morir o acabar en la cárcel, pero quiero contártelo porque esta circunstancia se convierte en una posibilidad para ti. Podemos esconderte de tu padre y de sus amigos, si así lo crees necesario. Durante el día de ayer tuve la oportunidad de investigar los túneles, y he visto que hay muchísimos, una auténtica red subterránea, como si fuera el metropolitano, pero sin trenes. También he comprobado que muchos de ellos son muy antiguos, quizás de los tiempos de la guerra contra los franceses. Algunos están desmoronados y otros en perfecta disposición de uso, y en éstos es fácil perderse con las bifurcaciones.</p>
<p>He intentado entablar conversación con alguno de los inquilinos de la sala cuando les he llevado unos bancos viejos de la universidad en un carro prestado, tirado reticentemente por mi mula, pero ninguno habla español. Me acordé de tu comentario acerca de que los españoles tendemos a gritar cuando no nos entienden al sorprenderme haciendo eso mismo, y no pude menos que sonreír. Por fin descubrí que uno de los hombres que lleva más tiempo escondido, Otto, un hombre algo mayor que yo, rubicundo y con gafas redondas, tiene rudimentos de latín, y entre mi latín de conocimientos médicos y el que recuerda él de la escuela me ha contado que ellos son alemanes como el que más, pero que su religión judía les hace indeseables a los ojos de su gobierno. Creo que es el primer judío que veo en mi vida. Yo pensaba que los judíos tenían la nariz grande, el pelo grasiento y vestían con túnicas raídas, frotándose las manos con avaricia sobre sus alcancías repletas mientras reían malévolos, lo que he advertido que no es más que un producto de mi imaginación y de este país refractario a las diferencias, que expulsó a los de su Dios hace quinientos años. No es más que gente asustada, como tú y como yo, ante una debacle aún mayor que la de 1914.</p>
<p>Otto me está enseñando a manejarme por los túneles, lo que es peligroso. Por lo que le he entendido, estos pasillos también los utiliza otra gente de los que no saben nada, pero que pueden ponerse muy desagradables si son sorprendidos. Incluso me descubrió una salida al exterior debajo de uno de los puentes del río Manzanares. Me parece increíble haber tenido esto tan cerca de mí y no haberme dado cuenta de nada. Precisamente, esto es lo que protege ese lugar y las vidas que contiene.</p>
<p>Por tanto, no te será fácil encontrarlo. Por otra parte, he enviado un mensaje a mi amigo Dalmacio proponiéndole tu presencia en su casa durante una temporada, y estoy esperando su respuesta. Te haré partícipe de la misma en cuanto la reciba. Mientras tanto, te propongo que te unas a este grupo subterráneo, donde estarás a salvo. He aleccionado a mi mujer y a Prado acerca de recibirte en mi casa, cuya dirección conoces, esté yo o no. Tan pronto nos encontremos, te buscaré el mejor acomodo posible. Ten mucho cuidado y no corras riesgos.</p>
<p>Espero verte pronto y darte ese abrazo que, aunque no pueda consolarte de tu pérdida, te recuerde que aquí tienes un amigo.</p>
<p>Tu seguro servidor,</p>
<p>Emilio.</p>
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