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	<title>Tres líneas &#187; De Dalmacio</title>
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	<description>A Emilio, a Dalmacio y a Luis Miguel la guerra les venció, pero no se sienten vencidos, y para mantener vivo este sentimiento de esperanza, deben continuar en contacto…</description>
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		<title>Carta 45: De Dalmacio a Bazkoare</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Jul 1941 16:41:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 31 de julio de 1941</p>
<p>Querido amigo Bazkoare:</p>
<p>Me alegró mucho recibir tu carta y saber de ti después de estos meses. Antes de nada quisiera que supieras que a causa de la urgencia con la que abandoné La Cadellada casi no tuve tiempo de despedirme de ti, ni de agradecerte tu apoyo. Sí, amigo, ahora ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 31 de julio de 1941</p>
<p>Querido amigo Bazkoare:</p>
<p>Me alegró mucho recibir tu carta y saber de ti después de estos meses. Antes de nada quisiera que supieras que a causa de la urgencia con la que abandoné La Cadellada casi no tuve tiempo de despedirme de ti, ni de agradecerte tu apoyo. Sí, amigo, ahora me doy cuenta de que los meses que estuve internado en el psiquiátrico hubieran sido más difíciles de soportar si no hubiera sido por tu compañía. Aquí, en las largas tardes veraniegas de Asturias, a menudo recuerdo y añoro esas eternas charlas que manteníamos en el jardín del sanatorio. Además, quiero que traslades también mi agradecimiento a tus abuelos, con quienes sin duda alguna siempre estaré en deuda, pues de no ser por ellos, no hubiera podido comunicarme con el exterior y lo más posible es que aún siguiera ahí internado.</p>
<p>Por otro lado, también quisiera felicitarte, pues después de tanto tiempo me cuentas que al fin regresas a Oyarzun, y tus queridos abuelos retomarán su vida en su casa de San Sebastián. Puedo suponer entonces que los signos de restablecimiento que pude apreciar antes de mi marcha se han confirmado. No desesperes, amigo, llegará un día en el que puedas disfrutar plenamente de esta vida que, aunque plagada de sinsabores, está llena de momentos que merecen la pena disfrutar, y en los que podrás alcanzar esa felicidad de la que siempre me hablabas.</p>
<p>Como ya te dije, personalmente no creo en los ya anticuados métodos de psiquiatría que practican en el manicomio. Nunca creí que las pastillas que te administraban por orden del doctor Hermógenes Rodríguez Casares fuesen el procedimiento más adecuado ni para tu salud ni para la de ninguno de los internados, pues creo que mantener a los pacientes adormecidos noche y día no es el mejor camino para la recuperación de la cordura. ¿Ves? Hiciste bien al dejar de tomarlas. Es más, estoy completamente seguro de que tu decisión de prescindir de la medicación es la responsable de que hayan decidido darte el alta. Y permíteme decirte que estoy seguro de que tus abuelos podrían haber presionado a la dirección de La Cadellada para que se evaluara realmente tu caso y haber exigido un informe más exhaustivo de los progresos de la enfermedad que padeces.</p>
<p>Ahora, desde la distancia, puedo ofrecerte mi punto de vista sobre ese asunto que ya venías sospechando tanto tú como tus familiares. Me estoy refiriendo al dinero semestral que tus abuelos han estado donando al sanatorio, en tiempos tan difíciles como los que vivimos. ¿No crees que a los médicos les convenía mantenerte internado a toda costa? Aún así, reitero que aunque la resolución ha sido más tarde que pronto, al fin ha llegado tu momento, el de tomar las riendas y adueñarte de tu futuro.</p>
<p>Mi reencuentro con La Quintana al verme liberado de La Cadellada fue tal y como predije: mis tierras me aguardaban, manteniendo intactas todas y cada una de las solemnes cualidades que siempre las han caracterizado. Es más, a mi llegada me esperaba una carta de mi hermana Covadonga que, por las razones que te expliqué, daba por muerta, al igual que mis padres. El escrito había estado aguardando escondido en mi casa desde el año treinta y nueve. Ha pasado mucho tiempo, eso es cierto, pero ahora albergo más esperanzas de que ella ande por ahí, y prefiero creer que lejos de España y de las malas intenciones que tienen los nacionales para los que no comulgan con sus doctrinas. Fantaseo con que ella ha rehecho su vida en México, o tal vez sea Venezuela el país donde disfruta de la libertad que tanto anhelaba. Cuando salí del manicomio, mi amigo Emilio estuvo unos días aquí conmigo, pero sus obligaciones en Madrid le obligaron a marcharse rápidamente. Y aunque ahora ha vuelto a La Quintana, lamentablemente ha sido en unas circunstancias muy diferentes. Luego haré referencia a esta y a otras cuestiones.</p>
<p>Sobre mi situación actual, tengo que decirte que no es óptima. Me atrevería a decir que, si no es la peor, es la más conflictiva en la que me he podido encontrar desde que entraron los nacionales para quedarse en Asturias, ya que estoy siendo víctima de una concatenación de sucesos fortuitos que han estado sucediendo a mi alrededor, y créeme si te digo que ni Emilio ni yo teníamos que ver con ellos, aunque sí afrontamos las consecuencias. Y es que, amigo Bazkoare, tengo la sensación de que me ha sido arrebatada la poca suerte que creí tener desde que terminó la guerra. La ventura se ha apartado definitivamente de mi lado… bueno, de nuestro lado, porque como te he dicho antes, Emilio esta ahora aquí conmigo.</p>
<p>¿Recuerdas a mi amigo Luis Miguel? Creo recordar que te lo mencioné en algún momento. Bien, el desgraciado, que arrastraba ya una grave dolencia, vino a mi casa por prescripción médica. Tengo que confesar que en un principio realmente creí que los aires y los frutos de Asturias podrían hacer algo por él, pero pequé de ingenuo. Lo cierto es que vino aquí a morir. Este amigo, que mantenía una fluida correspondencia con Emilio desde que acabó la guerra, le escribió una última carta en su lecho de muerte. Ya ves, el pobre hombre, en su intento de despedirse de él, ya no era ya capaz ni de sujetar la pluma, así que dictó unas últimas palabras que transcribí. A las pocas horas falleció.</p>
<p>Pero la mala fortuna quiso ir más allá, ya que Emilio se presentó en mi casa cuando el cuerpo de Luis Miguel estaba aún caliente. Venía acompañado del marchante de aceites que se ha ocupado de hacernos llegar la correspondencia durante este último año, quien, al parecer, además de al aceite también se dedicaba al contrabando, y ha sido denunciado además por colaborar con el maquis. Me pregunto quién vive tranquilo en este país.</p>
<p>Cuando le entregué a Emilio las palabras que su amigo me había dictado para él, fue incapaz de leer tres líneas sin interrumpirse. Pobre Emilio, nunca he visto llorar a nadie con tal desconsuelo. Yo sé cómo es, y la devoción que profesa a sus amigos, y la suerte que tenemos nosotros por tenerle como tal. Descanse en paz el pobre muchacho. Era tan consciente de que vivió su vida de una manera tan intensa, que, a pesar de su corta edad, esto le sirvió de consuelo cuando le llegó el momento de dejar este mundo. Aunque estuvimos pocas semanas juntos, Luis Miguel se convirtió en un auténtico amigo y en mi única compañía, y en tan poco tiempo llegué a apreciarle profundamente. Ahora entiendo por qué Emilio me lo envió, y se lo agradezco. Le echamos muchísimo de menos los dos.</p>
<p>Después de unas horas de duelo, en las que le rendimos homenaje con unos vinos y leyendo las cartas que le escribió desde Francia, Italia y aquellos lugares que visitó después de la guerra, tuvimos que darle tierra. Por desgracia, no pudimos oficiarle ninguna misa, pues a don Roque no le fue posible estar presente. El anciano está ya muy viejo y aún así, nos está ayudando a conseguir el dinero que Luis Miguel nos ha legado. Ya hizo suficiente el pobre cura con arrastrar la poca salud que le queda hasta la Quintana para darle la extremaunción. Así que enterramos a nuestro amigo en un pequeño cementerio familiar adyacente a mi casa, donde también, además de mis padres, descansan los restos de varias generaciones de Argüelles.</p>
<p>Amigo Bazkoare, quisiera darte alguna buena noticia, pero el destino parece utilizar su artillería más pesada con el fin de atormentarnos, y hasta tal extremo ha llegado nuestra situación que cada día que pasa estamos más convencidos de que la única solución para conservar la vida es la de huir, escapar no sólo de la Asturias ocupada, también del país. Y sé lo que estás pensando, y mi respuesta es que sí, que me partiría el alma abandonar la Quintana, pues como te dije, mis tierras y mi casa han sido la razón de mi existencia desde que nací. Pero amigo, créeme si te digo que aquí ya no me queda prácticamente nada: mis padres han muerto, mi hermana anda desaparecida, llevo mucho tiempo escondido de los vecinos de Marcenado. Vivo con un miedo que aumenta cada día. Como ya te he dicho, don Roque, que es el único vínculo que tengo con la tierra, es ya un anciano postrado en su catre que reza un día sí y otro también con prisa para dejar este mundo.</p>
<p>Y luego está el cerco que se estrecha en torno a mi casa. Emilio, el marchante y yo vivimos con temor a que la Falange, la Guardia Civil o el clero, que está investigando la desaparición del cura de Somiedo, se echen cualquier día sobre nosotros. Mis amigos y yo llevamos varios días montando guardia. Desde que tuvimos noticias de la posibilidad de que los que buscan resolver el asunto de este cura pudieran subir hasta aquí, vivimos en un constante sobresalto. El temor a ser sorprendidos ha conseguido que templemos los oídos y cualquier ruido fortuito que provenga del bosque o del camino que nos une con el pueblo, hace que se nos hiele la sangre y se nos desboque el corazón. Así que por nuestra salud, que ya se siente debilitada últimamente a causa de tanto sobresalto, hemos decidido montar vigilancia alternándonos en la copa de un roble que sobrepasa los siete metros.</p>
<p>Habiendo expuesto nuestra situación, quisiera pedirte algo. Y, amigo, quiero que sepas que me he armado de valor para hacerte esta solicitud; te habría escrito igualmente si no tuviera que pedirte un favor, pero he concluido que tú puedes tener la solución que andamos buscando. Por otro lado, desconozco la fecha en que te darán de alta en el sanatorio, y además, como concluyo que lo más probable es que este escrito fuera leído antes por los censores de La Cadellada, se la remito a tus abuelos, con la intención de que te la hagan llegar lo más pronto posible. Pero no quiero perder la oportunidad de intentar contactar contigo. A tal extremo de desesperación hemos llegado, que he preferido no desestimar ninguna opción por muy remota que sea.</p>
<p>Como ya sabes, no podemos permanecer mucho más tiempo en La Quintana, y tanto Emilio, el marchante de aceites y yo necesitamos refugio. Los campos astures son peligrosos, y es cierto que podríamos dormir a la intemperie unos pocos días, pero mi experiencia me ha dicho que no es lo más prudente. Estaríamos expuestos a demasiados peligros como para sobrevivir durante una temporada. En cambio, Oyarzun es un municipio pequeño, discreto y alejado de cualquier sitio. Por esto he pensado que este sería el lugar perfecto donde asentarnos antes de tomar la decisión de escapar a cualquier otro sitio. Tenemos dinero para mantenernos y no te supondríamos una carga; sólo necesitamos un escondite temporal.</p>
<p>Comprendo que lo que te estoy pidiendo conlleva un riesgo que tendrías que asumir, pero he pensado que dada tu situación acomodada gozarías de la ausencia de toda sospecha. También estamos esperando a que Xoaquín el comunista, que es el hijo del alcalde de Marcenado del Moire, nos entregue los papeles de un fallecido para que el marchante de aceites los haga pasar como propios. Afortunadamente, nosotros ya tenemos ese problema resuelto: Emilio los consiguió en Madrid, y yo, ya sabes que sin la documentación que el cura del pueblo me proporcionó hace meses, nunca podría haber ingresado en La Cadellada. Xoaquín, que es un mozo rudo de labranza, pero siempre dispuesto a ayudarnos sin cuestionar los recados, nos tiene siempre debidamente informados de las conversaciones que mantiene su padre con la Guardia Civil. Y aunque el alcalde trata de desviarlos día sí y día también hacia los cerros equivocados, lamentablemente ya se le están agotando las ideas.</p>
<p>Hace apenas unas horas, el gañán se ha echado una carrera a las tantas de la madrugada, desde el pueblo a la Quintana, con la nueva de que en cualquier momento los falangistas y la Guardia Civil podrían encaminarse hacia mi casa. Por eso he decidido escribirte esta carta. Parece ser que ante el temor a los animales salvajes que don Roque ha estado sembrando en cualquiera que pretenda adentrarse en el bosque, alguien ha sugerido que los guardias civiles manden recado al pueblo de al lado reclamando a varios hombres ya habituados a las batidas de caza. Tras esta noticia no me cabe duda de que tenemos las horas contadas en la Quintana.</p>
<p>Si he de confesar la verdad, amigo, sí, tenemos miedo. Pero cuando llegue el momento de huir de mi casa estaremos sobre aviso. Xoaquín tiene preparados unos fardos de paja en una era de su propiedad, a los que prenderá fuego en el momento en que partan hacia donde nos encontramos. El humo es perfectamente visible desde nuestro lugar de vigilancia, y como estamos en tiempo de quema de rastrojos, la advertencia no despertará ninguna sospecha en las autoridades. Por otro lado, dudo mucho que organicen la búsqueda entrada la noche, y si así fuera conozco bien los bosques, y estoy seguro que sabría despistarlos. Cuando llegue el momento, tenemos previsto encaminarnos los tres hacia el pueblo, pero por otros caminos, para evitar un encuentro que resultaría fatal. El alcalde ya ha dejado dicho a su hijo el comunista que por el momento podríamos refugiarnos en el campanario del pueblo, pero por su seguridad y por la nuestra, esta situación no podrá mantenerse por mucho tiempo.</p>
<p>Amigo, quisiera excusarme por ponerte en este aprieto, pero créeme, si mi vida y la de mis amigos no corriera un serio peligro, no hubiera sido capaz de pedirte tamaño favor. Esperamos tu respuesta dirigida a don Roque, a la iglesia de Marcenado.</p>
<p>Muy atentamente,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 42: De Dalmacio a Emilio</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Jul 1941 17:38:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 2 de julio de 1941</p>
<p>Querido amigo Emilio:</p>
<p>Quisiera llevarte buenas noticias con esta carta, pero, lamentándolo mucho, estas líneas sólo albergan palabras referentes a días nefastos. Y es que, amigo mío, la mala suerte parece haberse afincado en estas tierras, y lo que es peor, me es difícil atisbar cualquier luz de esperanza. Incluso el ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 2 de julio de 1941</p>
<p>Querido amigo Emilio:</p>
<p>Quisiera llevarte buenas noticias con esta carta, pero, lamentándolo mucho, estas líneas sólo albergan palabras referentes a días nefastos. Y es que, amigo mío, la mala suerte parece haberse afincado en estas tierras, y lo que es peor, me es difícil atisbar cualquier luz de esperanza. Incluso el amigo Xoaquín, el comunista, en alguna de sus visitas a la Quintana, contemplando la situación en la que nos estamos viendo, trajo desde Marcenado (y a espaldas de Don Roque) una figa de azabache, que, según dicen las viejas del pueblo, protege de todo mal. Desde entonces, el amuleto cuelga de nuestro amigo enfermo.</p>
<p>Emilio, me duele mucho decirte esto, pero Luis Miguel se nos muere. Ahora que han transcurrido las semanas, he tenido la oportunidad de observar la realidad de su estado, y está mal, muy mal. A decir verdad, no sé de dónde sacó el muchacho las fuerzas el pasado junio para llegar llegar hasta la Quintana. Y créeme si me atrevo a pronosticar que dejará este mundo cualquier día de estos, pues ya casi no come, y mira que le insisto para que lo haga; es incapaz de andar cuatro pasos sin sentirse agotado, y algunas veces, cuando piensa que estoy en la parte de abajo, oigo cómo le promete a su madre que pronto se reunirá con ella.</p>
<p>Y es lo que me he venido temiendo desde hace un tiempo: que ya no tiene ganas de seguir en este mundo. Yo trato de animarle en todo momento, pero es inútil. Sabe que su fin está próximo y ha dejado de luchar contra su destino. Cuando está consciente, me dice con lágrimas en los ojos que le perdone por todo el perjuicio que ha traído a mi casa con su enfermedad, y ya no sé cómo hacerle saber que su situación para mí no es ni tan siquiera un mal menor, pues tanto su compañía como su amistad están siendo ese golpe de aire fresco que la Quintana venía pidiendo desde mis días en el frente. Le he dicho que le necesito aquí, que le necesitas tú, y que luche, que luche aunque sólo sea para disfrutar de la suerte que otros no han tenido por volver vivo de la guerra.</p>
<p>No puedo mentirte respecto a Luis Miguel, pero me ha dicho que le gustaría verte, y me ha pedido que nunca te haga llegar este deseo, ya que está convencido de que preocuparte por un moribundo es lo único que te queda para agravar tu situación. Ha decidido escribirte una carta, posiblemente la última, para despedirse de quien considera ya su única familia. Así que pronto nos pondremos a ello. Yo transcribiré sus palabras, y me ha hecho prometer que de ninguna manera he de suavizar su mensaje.</p>
<p>Te contaré que pasada ya la noche de San Juan, pude verle en tal estado febril que corrí hasta el pueblo en busca de la sabiduría de don Roque. Este se sorprendió al verme, pues me tiene dicho una y mil veces que es peligrosa mi presencia en Marcenado, pero vi tan grave a nuestro amigo que no dudé en hacer oídos sordos a sus consejos. Le expliqué entonces el asunto y apartó de las suyas unas hierbas que fortalecen el corazón. Pero, Emilio, Luis Miguel no mejoró con la digitalina, tal vez un ápice, pero pienso que su enfermedad está ya tan avanzada que sólo Dios puede interceder. El cura también me recomendó recolectar genciana porque parece ser que sus flores limpian la sangre. Según él, he de cocer la planta por las mañanas y dársela a tomar por nueve días, ni uno más, porque el paciente corre el peligro de entrar en anemia, y ya es lo que nos faltaba.</p>
<p>En realidad, lo que nuestro amigo necesita es un hospital. Es ahí donde sabrían atenderle debidamente. Yo hago todo lo que puedo, bien lo sabe Dios, y he de confesarte que vivo con la permanente angustia de encontrármelo muerto cuando me despierto. Siento ser tan duro respecto a la situación de Luis Miguel, pero como puedes comprobar por este escrito, los recursos que ofrece el bosque son insuficientes. Sólo queda esperar, y ya que no puedo hacer otra cosa, rezo todos los días a un Dios en el que no creo para que el pobre muchacho abandone este mundo alejado de un sufrimiento que no hace otra cosa que persistir día tras día.</p>
<p>Pero esto no es todo, Emilio. Cuando al principio de esta carta he señalado que la mala suerte parece haberse cebado con estas tierras, no sólo me refería al estado grave de nuestro amigo. Estoy lidiando también con otro asunto muy diferente que, como te comenté hace meses, en su momento creí solventado. El mismo día que bajé con urgencia al pueblo para recoger el consejo de don Roque para las fiebres de Luis Miguel, el cura me dio una carta recién llegada de Bazkoare y me pidió, y con un apremio que llegó a preocuparme, que esa misma noche repitiera la visita. Por más que insistí no quiso referirse al tema, alegando lo urgente de mi amigo, así que lo aplazó para el siguiente encuentro, no sin antes darme a entender que la trascendencia del propósito no permitía ninguna demora.</p>
<p>Y así lo hice. Aquella misma noche, después de leer la carta de mi compañero en el manicomio, en la que me daba la buena noticia de que pronto abandonará las instalaciones de la Cadellada, dejé atendido y cenado a Luis Miguel y corrí de nuevo a la iglesia. Cuando entré en el cuarto de don Roque, pude ver en sus ojos una preocupación que sólo he tenido oportunidad de contemplar en otra ocasión, cuando el triste asunto del cura de Somiedo. Efectivamente, mis temores habían regresado, y esta vez parecía que estaban ahí para quedarse.</p>
<p>El viejo comenzó hablando sobre los hechos que ocurrieron durante la Revolución de Asturias de 1934, cuando los dirigentes locales en el valle minero de Turón tenían el convencimiento de que la victoria sería rápida y fácil. En aquel momento tenían previsto tomar Oviedo, y luego instaurar el socialismo, cosa que como muy bien sabes, no pudo ser. El caso es que, en ese tiempo, los curas y todo el que tuviera algo que ver con la Iglesia habían de extremar el cuidado, ya que prosperó la orden de detenerlos. Gran parte de ellos pudieron escapar y algunos se escondieron como buenamente pudieron en casas de los feligreses, pero nadie pudo hacer nada por los que fueron capturados. Dicen que los revolucionarios fusilaron a más de dos docenas, entre sacerdotes y religiosos, hace ya siete largos años.</p>
<p>Por esta causa, y en memoria de los que llaman los Mártires de Turón, el Señor Obispo ha decidido que de ninguna manera la desaparición del cura de Somiedo ha de quedar en la impunidad. Así que, como puedes comprobar, en este caso la iglesia ha decidido cambiar su ley del Talión, “ojo por ojo, diente por diente”, por otro pasaje bíblico, “pagaran justos por pecadores”. Parece ser que estos días atrás se presentaron en Marcenado unos religiosos acompañados por guardias civiles, mandados desde Oviedo. Y no sólo hablaron con don Roque, sino que también quisieron entrevistarse con algunos vecinos por si encontraban alguna pista de ese malnacido de don Sebastián.</p>
<p>Según me contó el cura de Marcenado, de nuevo intentó razonar con los investigadores para desviar su atención del pueblo y de los bosques donde se encuentra mi casa. Les explicó algo que seguramente ya habían barajado: que el de Somiedo tenía sembrados tantos precedentes tan poco encomiables por todos los pueblos de la región, que estaba en la seguridad de que había sido víctima de alguna venganza por cualquier altercado sucedido hace meses, o incluso años. Alegó que es bien sabido que la venganza es un plato que se come frío, y que cualquier alma razonable urdiría su propósito, si, pero bien apartado de su localidad con el fin de alejar sospechas. Nadie comete un delito en su propia casa, les dijo.</p>
<p>Pero ni los mandados por el prelado, ni la Guardia Civil quedaron muy convencidos. De hecho, estos últimos contestaron que cabían otras posibilidades además de la expuesta. Explicaron que en aquellos días en que abundaba el hambre y la miseria, nuestra España estaba repleta de apátridas y de rojos impíos sin alma que no tenían nada que perder, y que todos estos cometían infinidad de crímenes con alegre ligereza. Es más, los guardias civiles aseguraron al cura que esas situaciones eran las más numerosas, y por esta razón no debían desestimar que cualquier vecino de Marcenado del Moire pudiera estar implicado.</p>
<p>Así que los venidos de Oviedo no se conformaron después con visitar a los que en ese momento se encontraban echando unos dominós en la taberna. Se presentaron en el ayuntamiento y exigieron hablar con Chano, que es como llamamos al Excelentísimo Señor Alcalde Llucián Guardado. Has de saber que Chano es el padre del Xoaquín el comunista, y aunque su progenitor no comulga con las ideas de su hijo, siempre trata de hacer oídos sordos a ciertos asuntos por el bien de algunos vecinos. De hecho, su última hazaña, en la que tramitó con los pueblos colindantes un acuerdo consiguiendo bajar a menos de la mitad el comercio de estraperlo, ha puesto en juego su pellejo. Lo cierto es que la gente de Marcenado está contenta con la actuación del alcalde, pues en los tiempos que corren, aunque es imposible el olvido, se ansía esta relativa tranquilidad que Chano proporciona gracias a su buen hacer y su manga ancha.</p>
<p>Bien, la Guardia Civil se presentó en el ayuntamiento y, según las palabras de Xoaquín, que estuvo presente en todo momento, la pareja dejó en la puerta su habitual actitud prepotente con la intención de conversar amigablemente con el señor alcalde. Chano colaboró de buena gana con ellos, respondiendo a sus preguntas sin reticencias: que si tenía sospecha alguna de los censados, que si conocía alguna desavenencia, por muy pequeña que fuera, del cura con algún vecino. Nada. Las respuestas a estas cuestiones fueron todas negativas. Luego, y a petición de la Benemérita, el alcalde puso a su disposición los libros del censo y ellos husmearon incluso entre los nombres de los fallecidos antes de la guerra.</p>
<p>Pero la respuesta en la que el alcalde titubeó fue en la última, cuando ya tenían un pie fuera del cuarto e incluso se habían puesto ya el tricornio. ¿Existe algún pueblo adyacente a Marcenado del Moire?, preguntó alguno de los hombres. Chano dijo que no, que ellos mismos habían tenido que pasar por el pueblo de al lado para llegar hasta ahí, si es que era a eso a lo que se estaban refiriendo. Debieron ver que el hombre vacilaba, dudaba o vete a saber qué signo de indecisión reflejó para que los guardias civiles detuviesen su paso. El caso es que se introdujeron otra vez en el cuarto y formularon de nuevo la pregunta, esta vez especificando. Ya sabe, señor Guardado, dijeron, que si hay alguna población pequeña cerca de aquí que no figure en los libros, alguna casa en la montaña, ya sabe. Al final, el alcalde tuvo que admitir la existencia de la Quintana. Explicó que hacía años la casona estaba habitada por una buena familia de cuatro miembros y que siempre pagaron la contribución religiosamente, pero que desde la guerra no los había vuelto a ver por el pueblo, así que tenía la seguridad de que, o habían muerto, o como muchos otros, emigrado a tierras de paz.</p>
<p>No te mentiré, Emilio, diciéndote que no estoy asustado. Sé que existe la posibilidad de que todo este asunto pueda destaparse si el prelado y los nacionales empiezan a tirar del hilo. Podrían descubrir que hay vida aquí arriba e irse al traste todo mi esfuerzo por sobrevivir, cosa que cada día me importa menos. Y quiero adelantarme a tus pensamientos, amigo: nunca huiría de la Quintana si las cosas se pusieran feas. Nunca dejaría aquí a nuestro amigo, pues si el Destino ha dispuesto que dejemos juntos este mundo, yo no soy nadie para contradecirle.</p>
<p>Por el momento, estoy ganando tiempo, porque sé de muy buena tinta que no van a llegar hasta aquí. Después de la visita de los números al Ayuntamiento, regresaron a la sacristía para encontrarse de nuevo con los enviados del prelado, y puedes imaginar la cara del cura cuando nombraron la casona donde vivo. Don Roque volvió entonces a echar mano de sus historias sobre los ataques de los osos y la terrible cantidad de lobos de los que tendrían que cuidarse si se les ocurría aventurarse a subir al monte para adentrarse en él. Incluso improvisó otra en la que aseguró que un grupo de anarquistas quiso esconderse en el bosque, y a las pocas horas pudieron contemplar cómo un perro salvaje bajaba de la zona del peñasco con la mano de un hombre entre las fauces. Esto último debió impresionar a la Benemérita porque, según describió el cura, se miraron entre ellos y después le pidieron un chato vino sin bendecir, y los hombres del prelado no se quedaron atrás, pronunciando alabanzas a Dios mientras se santiguaban tres veces. Luego de degustar el vino, hablaron entre ellos sobre la posibilidad de que, si sus superiores les ordenaran subir al monte tras recibir su informe sobre la visita a Marcenado, se harían custodiar por cazadores.</p>
<p>Para tu tranquilidad, y seguramente es algo que ya supones, has de dar por supuesto que estoy manteniendo a Luis Miguel ajeno a este peligro. Él me ve preocupado, y me pregunta, pero piensa que mi talante declina algunas veces a causa de la confirmación reciente que recibí del fallecimiento de mis padres.</p>
<p>Emilio, amigo, tal es el desasosiego que estoy padeciendo estos días, que aflora mi egoísmo. Tu última carta confirma que ninguno de los tres estamos pasando por un buen momento. Antes de comenzar la redacción de esta carta, dudé si contarte la realidad sobre Luis Miguel y sobre la Quintana, pero es un asunto tan grave que ha prevalecido la decisión de ponerte al corriente.</p>
<p>Tu amigo que te aprecia,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 39: De Dalmacio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Sat, 31 May 1941 22:36:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 31 de mayo de 1941</p>
<p>Querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Primero, habrá de perdonarme por la introducción a estas letras tratándole con tal familiaridad en el saludo vocativo, pero Emilio, este nuestro querido amigo común, me ha estado hablando tanto de usted durante los últimos meses, que ya siento como si nos conociéramos.</p>
<p>Parece ser que usted y ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 31 de mayo de 1941</p>
<p>Querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Primero, habrá de perdonarme por la introducción a estas letras tratándole con tal familiaridad en el saludo vocativo, pero Emilio, este nuestro querido amigo común, me ha estado hablando tanto de usted durante los últimos meses, que ya siento como si nos conociéramos.</p>
<p>Parece ser que usted y yo tuvimos un encuentro hace poco más de dos años en unas circunstancias muy diferentes a las actuales, y habrá de perdonarme de nuevo, porque lamentablemente no recuerdo aquel momento. Como supongo que ya estará informado por Emilio, la Fortuna quiso que el señor Robert Capa inmortalizara tal ocasión, y para mi sorpresa me han llegado noticias de que el retrato en cuestión fue divulgado por una importante revista de lengua extranjera.</p>
<p>Comprenda usted que a causa de mi oficio como conductor de ambulancias durante la guerra, tuve cientos de encuentros, quizá miles, y si hemos de añadir el caos que supuso el conflicto y todos los hospitales de campaña que tuve que recorrer durante meses, puede suponer que mi cabeza dejó de memorizar los rostros de los camaradas. Afortunadamente, Emilio, usted y yo, sobrevivimos y hemos dejado atrás todo aquello. Pero cuando pienso en los destinos de aquellos soldados de aquella guerra que nunca debió tener lugar, ahora, acomodado en mi casa de Asturias, y desde la distancia al horror que tuvimos que padecer, trato de suponer sólo bienaventuranzas para los camaradas que nunca más volveremos a ver.</p>
<p>Sea bienvenido, amigo Luis Miguel. Tal vez debiera haber comenzado esta carta con estas palabras; disculpe esta cabeza mía, que no ha hecho más que intentar recomponerse desde abril del treinta y nueve. Cuando venga por fin a La Quintana le explicaré largo y tendido los avatares que minaron mi razón hasta creerla perdida. Pero no tema: el tiempo, la reflexión y la inestimable ayuda de Emilio y del cura de Marcenado del Moire, me devolvieron una cordura que realmente nunca perdí. Sabrá que la cabeza está llena de rincones oscuros e inexplorados, pero he aprendido que hay que avanzar por ellos sin temor.</p>
<p>Por otro lado, tengo entendido que se encuentra usted delicado de salud, y siento mucho que así sea. Me atrevería a pronosticar que los aires asturianos acelerarán la recuperación de sus fiebres reumáticas. Así que tenga por seguro que aquí podrá descansar, y aunque no conviene alejarse mucho de La Quintana, seguro que podremos dar largos paseos ahora que ya está aquí el buen tiempo, y de seguro que estos espantarán sus ajes. Con un poco de suerte, toparemos con el Busgosu en los bosques. Pero no tenga cuidado, Luis Miguel. El Busgosu es un ser mitológico que habita en la fantasía de unos y en la realidad de otros. Se trata de un juego que proponen desde hace muchos años los bosques de estas tierras mágicas.</p>
<p>Sin ir más lejos, mi bisabuelo Amancio me aseguró hace muchos años que se encontró con él. Lo describió como un ser pacífico, con cierto aire cansado pero al tiempo infatigable, alto, enjuto, barbudo y con los ojos pequeños y hundidos. Mi bisabuelo le dijo que llevaba toda la vida buscándole, pero cuál sería su sorpresa cuando la respuesta del Busgosu fue que era él el que buscaba a los lugareños cuando consideraba que necesitaban su ayuda. Durante aquel único encuentro, mi antepasado andaba preocupado por su futuro y el de toda su familia, porque habían plantado lino para hacer tela para colchones y un temporal acababa de echar a perder toda la cosecha. El Busgosu, antes de que mi bisabuelo le contara sus cuitas, profirió un consejo que beneficiaría no sólo a mi pariente, sino también a las siguientes generaciones. Le dijo que la Naturaleza era caprichosa e impredecible, pero que por su afinidad con los otros habitantes del bosque, había sabido que el río que alimentaba el molino que usaba para teñir y ablandar las telas y las lanas para su negocio de colchones, desaparecería… El río brotaría de nuevo, sí, pero que no sabía cuándo. Esa misma noche, el bisabuelo Amancio comenzó a pensar en cómo su familia podía no depender del molino, y lo consiguió antes de que el río dejase de manar.</p>
<p>Sé lo que estará pensando, amigo mío, que esta cordura, de la que yo mismo dudé, no ha terminado de enraizarse en mi cabeza. Y pudiera ser que no esté usted muy equivocado, pero aquí en Asturias, en esta tierra que me vio nacer, la que esperó mi ausencia durante la guerra, y la que acogió después mi regreso con los brazos abiertos, guarda unas doctrinas que se conservan por transmisión de padres a hijos. No dude de que estos lares son hospitalarios para todo hombre de buena fe que quiera poner un pie en ellos. Por esta razón, Luis Miguel, y por el simple hecho de confraternizar con nuestro común amigo, La Quintana será su casa desde el mismo momento en que usted decida adentrarse en tierras astures. Así que le ruego que se sienta en ella.</p>
<p>Le confesaré que ando un poco apesadumbrado. He de reconocer que también me siento algo culpable por la actual situación de Emilio. Hace pocos días recibí una carta suya en la que me explicaba algunos problemas en los que yo, a causa de la distancia, no le puedo ayudar. Como ya le he dicho anteriormente, nuestro común amigo, además de ser uno de los eslabones principales por los que recuperé mi razón, es el responsable de que yo ahora pueda disfrutar de la libertad que tanto anhelaba cuando estuve internado en La Cadellada. En cierto momento requerí su ayuda, pues solo él podía sacarme del manicomio.</p>
<p>Bien, Emilio tuvo la deferencia de apartar todos sus quehaceres y obligaciones, acudiendo inmediatamente a mi reclamo. Se presentó en Oviedo de inmediato, y con la sutileza que le caracteriza, urdió unos argumentos más o menos falsos que le presentó al director del centro con esa agudeza tan propia de él. Por esta razón, y por otras muchas, estoy en deuda con él. Pero lamentablemente, no puedo trasladarme a Madrid para ofrecerle mi apoyo. La causa es que, además de que mi documentación no está en regla, temo que no pudiera salir indemne de un registro, y las consecuencias entonces serían fatales para mí. Por otro lado, creo que usted está en Madrid, así que quisiera pedirle que antes de partir hacia Asturias, si pudiera transmitirle unas palabras de ánimo de parte de este campesino, le estaría muy agradecido.</p>
<p>También, tengo que indicarle que dada la situación política, en Asturias no va a encontrar un paraíso. Cierto que La Quintana, además de mi hogar, es una especie de refugio que guarda el sosiego de cualquiera que haya podido regresar de una guerra que ha perdido. La casona está ubicada en un espacio alejado de la venganza de los que se sienten represaliados. Y con respecto a esto, me gustaría ponerle en antecedentes, pero me extendería considerablemente, y es preferible que haga por encontrarse con Emilio y que él le narre cierto episodio sucedido con el cura de Somiedo. Además del mencionado, el motivo principal de que no escriba sobre este respecto es que debo extremar mucho el cuidado con este asunto, pues aunque creo que está borrado todo vestigio que pudiera relacionarme con este pobre desgraciado, no quisiera que cualquier detalle aquí escrito pudiera caer en manos ajenas y se despertara nuevamente el interés. Aún así, me mantengo ojo avizor, pues lo ocurrido aun está presente en mis pesadillas.</p>
<p>Pero tengo el presentimiento de que éstas desaparecerán en cuanto usted ponga el pie en mi casa. Emilio piensa que mi soledad es la causa de todos mis males, y que su compañía nos beneficiaría a ambos. Por mi parte, paliaría este pesar y melancolía que siento por la reciente noticia del fallecimiento de mis padres. Pero no tema por lo del cura de Somiedo, Luis Miguel, ya que don Roque, el sacerdote de Marcenado que es gran amigo mío, ha ahuyentado a falangistas, guardias civiles y al clero de los bosques donde sucedió lo que le ha de narrar Emilio. Así que confío en que el transcurrir del tiempo se alíe con el olvido en beneficio de todos.</p>
<p>Antes de embarcarse a la aventura de esta convivencia, quisiera explicarle brevemente el mapa que adjunto a esta carta para que pueda hallar sin problema su próxima residencia. Cuando se adentre en la comarca asturiana, habrá de dirigirse a la zona costera central de Asturias. Marcenado del Moire limita al norte con el mar Cantábrico, y es el pueblo que ha de tener como referencia para llegar hasta La Quintana. La población se encuentra a un día y medio de camino desde Oviedo. Para ello deberá coger el tren de Avilés, y aunque la estación en la que ha de apearse queda apartada del de su destino, siempre hay carros que por unas monedas le pueden acercar hasta donde precise. Si decide hacer ese camino a pie, quisiera hacerle una advertencia que ha de tener muy presente. Si se encuentra con un par de labradores castellanos, y decide hacer una parada de descanso en su casona, no acepte ningún alimento que le pudieran ofrecer, y en especial una sopa de setas. Pasé por el trance al que me estoy refiriendo, y ese fue el comienzo de todas mis desdichas. Le hablaré sobre esto en nuestro encuentro.</p>
<p>Cuando vea que se está acercando usted a Marcenado, de ninguna manera atraviese el pueblo. Los lugareños indiscretos podrían desconfiar de un forastero y extrañarse al verle ascender por el cerro que conduce hasta la casona. Le he dibujado en el mapa un valle largo que conduce hasta las laderas, luego de avanzar por el estrechamiento, y después de tajar el desfiladero hasta llegar a un promontorio, podrá observar que se encuentra con las ruinas de una abadía. Siga ese camino sin miedo al bosque, pues aunque pudiera tener la sensación de estar recorriendo senderos infaustos, son espejismos que alejan a los curiosos de este trocito de libertad en el que vivo.</p>
<p>Como he dicho antes, Emilio tuvo oportunidad de pasar unos días en La Quintana y, aunque doy por seguro que ya se lo ha hecho saber, las temperaturas suaves tanto en verano como en invierno parecen ser beneficiosas para su dolencia. Tengo entendido que es usted un hombre de mundo, que ha recorrido, e incluso fijado varias residencias temporales en grandes capitales, y tengo mucho interés en que me cuente sus vivencias. Por desgracia, he tenido pocas oportunidades de viajar; tan sólo a lomos de Rocinante, o gracias a unos pocos volúmenes prestados de Julio Verne, hasta que hace unos pocos años, y a causa del estallido de la guerra, mi obligación para con la República me obligó a ver realizado lo que siempre me había prometido. Ver otras culturas, otras gentes, que, aunque afines por ser hermanas al encontrarse en la península, en ningún momento desmerecían unas ante las otras. Conocí a un vasco en el manicomio, a un ruso en Guadalajara, a algunos franceses en los distintos hospitales de campaña, y a varios romanos y alemanes en los distintos frentes.</p>
<p>Si hubiera de poner fecha al final del mundo del que creí que nunca llegaría a apearme, sería a mediados, quizá últimos de septiembre del treinta y seis. Aquel verano transcurrió como tantos otros, caluroso y apacible, tal vez en exceso. Ahora tengo la sensación de que ese día dejé atrás al joven ingenuo que ahora me cuesta reconocer. Cierto es que meses antes circularon por el pueblo las noticias de los desastres que acaecían en el resto del país, pero ¿Asturias? Desde los acontecimientos de 1934, estas tierras estaban tranquilas. Nunca pude imaginar que en el conflicto se vieran afectados los campesinos que no habían hecho otra cosa en su vida que labrar la tierra y cuidar del ganado.</p>
<p>Estábamos mi familia y yo tan ocupados con la cosecha que nunca llegamos a pensar que la guerra fuera con nosotros. Hasta que tuve que bajar al pueblo, con un saco para comprar pan para toda la semana en la tahona. Estaba cerrada a cal y canto. Marcenado se asemejaba a un pueblo fantasma y entonces supe que algo estaba sucediendo, o estaba a punto de suceder. Así que me acerqué a la iglesia, seguro de que don Roque sabría explicarme la situación. Cuál fue mi sorpresa cuando vi que todo el pueblo estaba ahí reunido, y tal sorpresa se acrecentó al observar que no era el cura a quien yo había ido a visitar quien hablaba desde el púlpito.</p>
<p>En su lugar se encontraba un hombre uniformado, entonces no supe de quién se trataba. Explicaba a los vecinos que estaba ahí con el objetivo principal de iniciar el reclutamiento de mozos de quintas. La razón era que las tropas nacionales estaban entrando por la tierra occidental de la provincia, que iban buscando Oviedo. Que había estado defendida por unos batallones asturianos e incluso reforzados por gente de Santander, y que incluso los vascos ya no podían hacer nada por nosotros. Partí de inmediato con los reclutados para participar en la batalla defensiva del Ejército Popular Asturiano en defensa de nuestra tierra. Pero como ya sabe, fue inútil. La historia de mi traslado hacia otros puntos de resistencia de España supongo que será igual que la del resto de los españoles.</p>
<p>Amigo Luis Miguel, cuando haya llegado a La Quintana y se haya establecido aquí, tendremos oportunidad de hablar sobre todo esto frente a sendos vinos calientes. Esperando que llegue ese momento, le deseo un buen viaje a ésta que es su casa.</p>
<p>Sin más, se despide el que ya es su amigo,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 32: De Dalmacio a Emilio, segunda parte. Las páginas traspapeladas.</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Apr 1941 21:46:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>… Amigo, habrás de perdonar la ofensa a don Benito Pérez Galdós por sacrificar el volumen de Fortunata y Jacinta que me enviaste, pero una vez leído no me ha quedado otra alternativa que arrancar algunas de sus páginas para continuar escribiendo en ellas por el envés. Por otra parte, no puedo esperar al domingo hasta que los abuelos de Bazkoare introduzcan algunas cuartillas en el manicomio. Naturalmente, huelga decir que hice la habitual petición personal de objetos de escribanía al doctor Hermógenes Rodríguez, pero lamentablemente esta vez denegó mis ruegos. Recibí como respuesta un recado con el celador, una nota que decía que desestimaba mi petición argumentando que aún sufríamos los coletazos de aquella orden del antiguo Ministerio de Hacienda y Economía, la que prohibía que se sacara de Madrid y otras provincias cualquier clase de papel viejo y recortes, así como toda clase de trapos. Según pude leer en un periódico tan manoseado como casi ilegible, todo ese material tenía como destino las fábricas de papel de la capital y las provincias que las tuvieran.</p>
<p>Ahora, ya narrado por don Roque el incidente que explica que aquella visión de mis padres, al llegar yo a La Quintana, fue provocada por la ingestión de setas alucinógenas, puedo esclarecer, esta vez con mi propia voz, los episodios de los ruidos que me atormentaron durante meses, que como muy bien sabes, también me condujeron hasta el sanatorio de La Cadellada. No encuentro necesario continuar traduciendo la carta recibida por el cura, exceptuando algunos pasajes que contienen conversaciones que tuvieron lugar durante sus pesquisas.</p>
<p>Según me explicó don Roque en su carta, estaba preocupado por el asunto del cura de Somiedo, y también intranquilo por la posibilidad de que alguien pudiera indagar y acercarse a mi vinculación con ese delito. Así pues, decidió interrumpir la convalecencia de sus huesos con el fin de supervisar personalmente la tumba del pobre desgraciado. Su intención era cerciorarse de que estuviera “bien enterrado”, pues cabía la posibilidad de que las alimañas pudieran haber dado con él y esparcido sus restos por el bosque inmediato a mi casa.</p>
<p>Así que el pobre viejo, postrado y dolorido en su catre, sacó fuerzas de donde no las tenía para pedir a la viuda que le atiende que le hiciese llegar con urgencia al Xoaquín el comunista, para hablar con él. Personado éste, le pidió entonces que, acercada la tarde, y con el cuidado de que nadie les viera partir de la iglesia, le condujera en su carro hasta La Quintana. Al principio, el cazurro del Xoaquín se negó rotundamente. No comprendía qué se le podía haber perdido al viejo más allá de aquellos caminos en los que ni el Busgosu se digna a posar las pezuñas, hasta que el viejo no tuvo otro remedio que confesarle el motivo. Además, el gañán, que siempre se toma las cosas con tiempo, sin nerviosismos y sin agobios, intentó persuadirle diciéndole que no se encontraba en condiciones de partir en otro viaje, por muy corto que fuera. Pero si algo caracteriza a don Roque es que es pertinaz, así que allá que fueron los dos: uno a regañadientes, y el otro desincrustado del catre, desobedeciendo las órdenes del galeno.</p>
<p>Parece ser que la Guardia Civil ha estado haciendo preguntas a los vecinos de Marcenado sobre las andanzas en el pueblo del cura de Somiedo en el tiempo de su desaparición. Pero mira qué cosas, querido amigo, no temas por esto más de lo debido. El prelado superior de la diócesis ha ordenado que se inicie una investigación, y no sólo en mi pueblo, sino que también ha sugerido que no estaría de más que se alargara por los contornos, sugerida la posibilidad de que en los bosques se pudieran hallar algunas pistas. Dirás entonces, amigo Emilio, que no es buen momento para mi regreso a la casona; no has de preocuparte por esto. Don Roque ya me ha puesto al corriente, pues respecto a este tema, por su condición de sacerdote, siempre tiene información de primera mano. Argumentando con cuentos desatados por su versada lengua de orador, ha persuadido a todos de que se abstengan de recorrer la senda que serpentea hasta mi casa. Se ha inventado unas historias inciertas sobre ataques de osos que hacen que en aquellas zonas haya que andarse con mil ojos por si hay que echar a correr, y la temible cantidad de lobos que hacen el paraje prácticamente inhabitable.</p>
<p>También he de decir, y también lo sé por don Roque, que el Señor Obispo no tenía en gran estima al cura desaparecido. Le precedía una fama tan funesta, y carga con tantos cadáveres a sus espaldas, que han llegado a la conclusión de que cualquiera puede haberle ajustado cuentas. Así que supongo que faltan días para que tanto el hatajo de curas enviados por el prelado como la Guardia Civil, dilaten su investigación hasta que este empeño caiga en el olvido. Y para entonces, si Dios quiere y tú le ayudas, espero estar disfrutando de la tranquilidad de La Quintana.</p>
<p>Como te decía, don Roque y el Xoaquín el comunista llegaron a La Quintana y, como era de esperar, no rondaba por ahí ni un alma; ni tan siquiera la del Sebastián, el cura de Somiedo, que si bien quiere la justicia divina estará ardiendo en la eternidad de los infiernos. Luego, con la poca luz que ofrece la luna de mayo y las indicaciones que le di al viejo en su momento, buscaron el montículo donde enterré al cura. Tuvieron que irse hasta la parte de atrás de la casa, y una vez situados, contar veinte pasos desde el establo hasta el declive donde comienza el altozano, y ahí, entre la vereda y el bosque, hallaron sin problema la tumba del desgraciado. El Xoaquín el comunista, temblando por los espíritus que habitan en su cabeza, y sin manera de verse pacificado por don Roque, no tuvo más remedio que hacer de tripas corazón y allanar el montículo de la tumba hasta que el mosén dio el visto bueno.</p>
<p>Fue entonces, cuando regresaban hacia el carro para partir al pueblo, cuando hasta los oídos de los hombres llegaron unos cloqueos desde el interior de la casa. ¿Cómo era posible que las gallinas que me mandaste continuasen vivas si no había nadie para alimentarlas? Puedo suponer a don Roque y al Xoaquín mirándose desconcertados ante tal suceso. Según el cura, el comunista, muerto de miedo, corrió unos metros hacia el carro, pero al recordar la incapacidad de su acompañante, se volteó con la intención de cargar con él a sus espaldas. El otro ya estaba de camino, y no hacia el carro, sino en dirección al hueco del árbol donde el abuelo Venancio había escondido la llave hacía más de medio siglo.</p>
<p>¡Don Roque, don Roque…!, dice que le llamaba, ¡Por el amor de Dios y de todos los santos! ¡Vuelva usté, que yo le monto en el carro!</p>
<p>Pero el obstinado cura ya había entrado en la casa sin vacilaciones ni miedo ninguno, gritando “¡Ah de la vida!” al traspasar el umbral de mi casa, con su voz apagada, y no porque le temblara el timbre por el miedo, sino por el peso de los años.</p>
<p>¡Ay, don Roque!, le decía el Xoaquín temblando tras de él, dígame que la Virgen del Carmen nos está acompañando en esta aventura.</p>
<p>El cura apartó las gallinas, y arropado por el valor que le dan los años y su fe, se encaró con su compañero y le dijo: Xoaquín, tunante, no sabes de qué color es el manto de la Virgen, y sólo te acuerdas de Santa Bárbara cuando truena. Saca la valía que te sobró de la guerra y acompáñame al cuarto de Dalmacio.</p>
<p>Dado que las reticencias del carretero no eran hacia los vivos, sino que su temor era toparse con el espectro del cura de Somiedo, que tal vez se hubiese quedado en este mundo para cumplir un desquite, don Roque le espetó que hiciese el favor de dejarse de brujerías, porque no quería escuchar más tonterías de un ateo por conveniencia como tal era.</p>
<p>En éstas que subieron al mismo cuarto que un tiempo fue mi lugar de penitencia. Y ahí estaba mi cama, ocupada por un foráneo a quien ni el revuelo de las gallinas había logrado a perturbar el sueño. El comunista, torpe como un borrico, rebuscó entre las mantas que le abrigaban. El hombre abrió los ojos después de sentirse zarandeado por el cura, y buscó “la puro” debajo de su almohada, una pistola que supusieron arrebatada al cadáver de algún falangista. Pero Xoaquín, sin saber si estaba cargada o no, le estaba apuntando con ella.</p>
<p>El postrado dijo: Don Roque, no soy un hombre de violencia. Saldré de la casa en cuanto coja mis pocas pertenencias, y sin intención ninguna de llenar mis alforjas de lo que no me pertenece. Y aquí paz, y después gloria.</p>
<p>Contrariado el cura por saberse reconocido, y barajando de primeras la buena voluntad del usurpador, halló al fin en sus ojos la sombra de una derrota contemplada anteriormente en los que la guerra había vencido. Le preguntó entonces por su procedencia, antes de que el hombre le hiciera entender que ya estaba escondido en La Quintana incluso cuando yo la habitaba. Le contó el desconocido que hacía meses que la contienda le había obligado a internarse en los bosques astures, que en sus veinte años de existencia nunca había estado tan asustado, y de ahí su decisión de habitar un hogar que ya lo estaba. Consciente del mal que ocasionaba, continuó en su empeño por seguir oculto, aun sabiendo que el dueño de la casa le daba por un fantasma.</p>
<p>Emilio, cuando leí estas palabras en la carta que me envió don Roque, no pude distinguir si realmente me invadió un sentimiento grato. Lloré, amigo mío, y mis lágrimas encerraban todo un cúmulo de respuestas. Si hasta el momento en mi cabeza se habían afirmado y negado las situaciones que he tenido que padecer, y se opusieron unas y otras hasta destruirme, ahora, ese río turbulento que perturbó mi razón fluye como aguas mansas de mi cordura apaciguada. No hizo falta que don Roque me lo dijera, pero ese libro, “La Montaña Mágica” de Thomas Mann, aquél que llenó mis horas de soledad y que apareció de la nada, tenía como dueño a este joven con quien he compartido La Quintana sin yo saberlo. También puedo imaginarle ahora trasteando en la parte de abajo, buscando algo que apagara los ruidos de su estómago cuando caía el sol, y accionando el gramófono para entretenerse. Si algo me consuela, amigo mío, si ese individuo que ya he perdonado ha traído algún ápice de consuelo a mi esperanza, es que en su búsqueda de algo que llevarse a la boca encontró una carta que mi hermana Covadonga dejó para mí en algún escondrijo de la casa. El mancebo, que dijo llamarse Victoriano Ramos, también conocido en ocasiones como “El Corujo”, se la entregó a don Roque antes de partir a tierras extremeñas.</p>
<p>Ahora sé, amigo Emilio, que el destino ha querido traer hasta La Quintana a este muchacho. Si la Providencia quisiera que nos topáramos en algún momento en adelante de esta vida, no tendría más que fundirme en un abrazo con él, porque ahora sé que me ha salvado la vida. Respecto a esto, paso a relatarte…</p>
<p>Según me contó don Roque en la carta a la que me estoy refiriendo continuamente, Victoriano también le contó aquel incidente que, desde que se produjo, nos trae a todos de cabeza. Como el Corujo, el inquilino que tuve sin saberlo, ni es católico, ni abraza fe de ningún tipo, no hizo falta que declarara el “delito” en confesión. La palabra de honor de don Roque de no divulgar su relato, no fuese a llegar a oídos de quienes pudieran tomar represalias contra el muchacho, parece ser que ha sido suficiente. El caso es que este tal Ramos ha sido la pieza clave que faltaba para esclarecer la muerte del cura de Somiedo.</p>
<p>Bien, durante el tiempo en el que no me quedó otro remedio que enclaustrarme en La Quintana, el muchacho continuó cuidando del huerto situado en la parte de atrás de la casa. Tan sólo le dedicaba unos minutos al día, pues no quería correr el riesgo de que yo saliera de mi cuarto y le sorprendiera. Pero ya eran demasiados meses corriendo ese riesgo, y la suerte, que como bien sabes está regañada con la eternidad, quiso que llegara el momento en que se encontrara de bruces con el cura de Somiedo. Parece ser que ambos quedaron sorprendidos y no supieron cómo reaccionar. Victoriano corrió hacia la casa, el otro le siguió y una vez en la puerta le preguntó si era Dalmacio.</p>
<p>Después, cuando el chico adivinó que ese cura no era don Roque, de cuya existencia sabía porque escuchaba nuestras conversaciones estando escondido, ambos iniciaron una pelea, primero verbal, y luego, ya dentro de mi casa, física, y más cuando don Sebastián hizo ademán de sacar la pistola que encontraron luego bajo la almohada de mi inquilino. El resto puedes suponerlo. En la trifulca, el cura fue el peor parado. Parece ser que perdió pie mientras forcejeaba con el Corujo en las escaleras y se dio un mal golpe en la cabeza. Este, al escuchar mis pasos por los escalones, huyó a un agujero construido en la cuadra, oculto tras una pizarra, y del que yo nunca había dado cuenta.</p>
<p>En fin, Emilio. Todo está aclarado. Mi conciencia, respecto a la muerte del tal don Sebastián, ha dictado sentencia: ha muerto víctima de su propia soberbia, así de simple.</p>
<p>Ahora que todo ha quedado esclarecido, sólo resta que te apiades de mí, y que intercedas como debas hacerlo para sacarme del sanatorio como buenamente puedas. He barajado otras alternativas para dejar atrás La Cadellada, pero después de mucho madurarlas, lamentablemente sólo son factibles en mis fantasías. Todas las alternativas que he supuesto me han conducido hacia un único camino, y ese camino eres tú. Esperaré, Emilio, sé que estás muy ocupado en Madrid, pero si pudieras salir de la capital para liberarme, te estaría muy agradecido. Sé que tal vez te esté pidiendo un imposible, pero como digo, no tengo a nadie más en el mundo para solucionar este problema.</p>
<p>Te quedo muy reconocido por escucharme, por vivir conmigo estas experiencias que han complicado mi vida hasta un extremo que nunca pude sospechar. Y por tu ayuda desinteresada, que te agradezco por adelantado.</p>
<p>Tu amigo,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 32: De Dalmacio a Emilio, primera parte</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Apr 1941 21:43:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Oviedo, 20 de abril de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Te escribo a tan sólo diez días de la redacción de la última carta, pues han pasado muchas cosas en esta semana y media como para postergar tanto mis palabras, como mi partida de este manicomio.</p>
<p>Emilio, he de salir de la Cadellada cuanto antes, y en tu mano está ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Oviedo, 20 de abril de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Te escribo a tan sólo diez días de la redacción de la última carta, pues han pasado muchas cosas en esta semana y media como para postergar tanto mis palabras, como mi partida de este manicomio.</p>
<p>Emilio, he de salir de la Cadellada cuanto antes, y en tu mano está que pueda ser posible. No quiero que pienses que con lo que te voy a contar busco persuadirte, pero parece ser que, durante estos meses, el destino ha jugado con los malos entendidos. Quiero referirte unos hechos que hasta hoy han escapado a mi conocimiento, hechos que me han traído hasta este hospital de Oviedo y cuyas puertas, ahora sé, nunca debiera haber traspasado.</p>
<p>No sé si, como dijiste en tu respuesta a mis últimas palabras, escribiste finalmente al doctor Rodríguez Casares solicitando detalles sobre mi caso. Si es así, no hay ningún problema, pero si aún no lo has hecho, preferiría que abandonaras tal propósito, pues tengo una razón de peso para ello. Lo que estoy a punto de darte a conocer afecta de una manera tan drástica a la situación en la que me encuentro, que sería absurdo continuar con lo que ya considero como un injusto cautiverio, que a estas alturas no admite demora.</p>
<p>Al poco de dar mi carta a los abuelos de Bazkoare para hacértela llegar, recibí una nota de don Roque manifestando su intención urgente de sacarme de aquí, pero parece ser que los huesos del pobre hombre se resienten a consecuencia de su último viaje al manicomio de Llamaquique y al de Oviedo. Pobre anciano, me dice que tienen que ayudarle a subir al púlpito cada vez que se ve en la obligación de cantar la epístola, y que ha decidido hacer los otros servicios religiosos desde el altar. La vida le pesa, amigo, e incluso me confesó que algo le dice que no tardará en reunirse con su hermana, cosa que prefiero pensar que son palabras de viejo. Ha cuidado durante tanto tiempo de mi familia, y estos meses de mí, que ahora tengo la necesidad obligada de hacer yo lo mismo por él. Pero Emilio, como sabes, estoy recluido en este manicomio, y cada vez que me aproximo a las rejas de las ventanas o al portón principal, mi angustia se acrecienta por la imposibilidad de ofrecer mi ayuda a quien tanto debo.</p>
<p>Mi desesperación me ha llevado incluso a barajar la idea de darle a leer al doctor Rodríguez Casares la carta que recibí del cura, pues como podrás comprobar en los párrafos que te traslado a continuación, hace cuenta de que mi salud mental realmente siempre ha gozado de buen equilibrio. Pero, lamentablemente, don Roque hace referencia en sus líneas a la desaparición del cura de Somiedo, y no quisiera que esto generara preguntas incómodas que lo único que harían sería ponernos en peligro a todos. Si algo bueno ha traído todo este asunto, además de mi “repentina” recuperación, es la noticia de que en Marcenado del Moire me aguarda una carta de mi querida hermana Covadonga. Pero comenzaré desde el principio…</p>
<p>Emilio, ¿recuerdas mi llegada a Asturias después de la guerra? Bien, creo recordar que te escribí en mi primera noche en La Quintana. En aquel momento creí ser recibido por mis padres. Ahora rememoro ese momento y no lo distingo con total claridad. Sin embargo, sé con absoluta certeza que mis oídos no escucharon en aquel momento cómo Madre Brígida limpiaba la fragua mientras te escribía, y que tampoco fumé picadillo de rama de acacia con mi padre bajo la arquería del soportal. No cené con ellos pan de higo aquella noche, y mucho menos degusté el coñac cedido por la organización del Socorro Rojo. Todo esto, querido amigo, fue producto de mi imaginación. Quiero pensar que mi razón quiso darme una tregua después de padecer los desastres de la guerra, y quiso sustituir la realidad por un ensueño que, lamentablemente, nunca fue cierto. Ahora sé qué es lo que propició esta situación. Para que lo entiendas tengo que trasladarte el contenido de la carta de don Roque a la que antes hice mención. He pensado enviártela, pero si se perdiera, es posible que con ella se perdieran mis oportunidades de salir de aquí, así que te transcribiré sus palabras traducidas del asturiano:</p>
<p>“…Llegado después de varios días tortuosos a Marcenado, no pude desasirme en las siguientes noches de una extraña sensación por haberte abandonado al desamparo.</p>
<p>No, Roque, me decía esa voz que siempre rivaliza con mi conciencia, Dalmacín está muy bien donde está. Bien atendido por los galenos de la cabeza. Nada has de temer, no guardes cuidado. Todo está bien hecho, el mal bajo tierra y el tiempo organizado, así que puedes alejarte de cualquier preocupación.</p>
<p>Pero, hijo, uno nunca ha sido dueño de sus pensamientos y Dios ha dispuesto con bondad la semilla para advertir a la razón. La exhortación llegó la tercera madrugada tras mi llegada al pueblo.</p>
<p>Como viene pasando los últimos meses, el sueño me vence a mitad de mis oraciones, e igual que duermo, al rato despierto. Poco antes de anunciarse los albores del día, antes incluso de que el gallo me llamara a la vigilia, un portentoso pensamiento, de esos que no he de desestimar, irrumpió en mi cabeza.</p>
<p>Advertí de inmediato que no habría de apartarme de la sesera aquel sueño que me conducía hasta aquella primera noche en la que me aseguraste, poniendo por testigo a Dios, que tus padres y hermana te recibieron al volver de la guerra. En aquel momento, y en los que vinieron después, tal afirmación carecía de fundamento. Siempre lo supe. Pero, ¡ay, hijo mío! ¿Quién soy yo para apartarte de tu realidad? Ahora, vistas las consecuencias, creo que es necesario.</p>
<p>Me situé entonces en el verano pasado, en la visita que me hiciste después de llegar, ¿recuerdas? Dijiste que habías recorrido los senderos desde La Quintana con la intención de encontrarnos tras la guerra, me entregaste la carta de tu amigo Emilio Pérez-Olivares para que yo la formalizara, y te hice pasar a la sacristía. Ahí, entre vinos de la tierra de Cangas, y lejos de oídos indiscretos y de lenguas que pudieran importunarnos, narraste para mis entendederas tus desventuras en la contienda. Pero ahora, pasados los meses, y después de reflexionar sobre tus palabras describiendo el errante regreso desde el momento en que saliste de Guadalajara, evoco cierto suceso que en su momento el destino quiso que pasara por alto.</p>
<p>Hijo mío, sé que la tienes, pero ahora te ruego que continúes teniendo paciencia con este pobre viejo durante las líneas que leerás a continuación. Quisiera repasar contigo los días y las horas que precedieron a tu regreso a La Quintana después de la guerra. Después, confío en que podrás considerar válida la hipótesis que se me apareció en forma de sueños, con la ayuda de Dios.</p>
<p>Si no recuerdo mal, me contaste que fue en un bosque de carbayos y encinas donde encontraste escondidos a cuatro mozos, que por suerte resultaron ser partidarios. Y aunque vuestros destinos no se asemejaban, puesto que ellos se dirigían a Gijón con otro previsto, decidiste abrir sendero con ellos hasta colmar la ciudad, y luego continuar tu camino. Me dijiste que el propósito de tus nuevos amigos era coger un barco con el que llegar a Francia, pasar de nuevo a España por la frontera de Cataluña, e incorporarse al ejército de la República para continuar luchando. ¿Recuerdas tus dudas de entonces? Doy gracias a Dios porque te apartase de esa locura. Además, la metralla aún te mortificaba, así que decidiste domar las pasiones y refrenar tu verdadera voluntad.</p>
<p>Casi os puedo ver llegados a un Gijón en tinieblas, sólo iluminado por los incendios de los depósitos de gasolina, y arriesgando la absurda posibilidad de contraer la tisis, el tétanos o el tifus. Recuerdo el temor y el desasosiego a los que me hiciste referencia, pues según me contaste, desde que varias escuadrillas de aviones nacionalistas sobrevolaran Gijón a baja altura, los republicanos astures habrían de vivir siempre mirando a sus espaldas. Las fauces de la “quinta columna” se habían cerrado a gran velocidad sobre la provincia, y era natural que la sensación de miedo se acrecentara a cada paso.</p>
<p>Pero eres un astur, y más terco que tu abuelo Venancio. Podrías haber muerto sólo por tu voluntad de llegar a casa. Tengo el convencimiento de que fue el amor a tu tierra y a los tuyos lo que te mantuvo firme en tu convicción de seguir avanzando, y por eso desestimaste por completo la posibilidad de continuar el camino de los que venían retrocediendo del frente de Arriondas. Puedo imaginar tus ánimos al correr un riesgo tan real, créeme. Comprendo el temor que supone dar un mal paso que pueda abocar a un fatal desenlace; por desgracia he tenido la oportunidad de verlo en mis semejantes, en el propio Marcenado. Nunca he querido nombrarte los episodios que he tenido que presenciar. Y si he de serte sincero, tengo que confesar que cargo sobre mi conciencia aquellos momentos en los que se tambaleó mi fe, cuando a altas horas de la madrugada, la Falange requería mis servicios para los pobres desgraciados que quisieran recibir los Santos Óleos de la extremaunción antes de ser fusilados.</p>
<p>Pero no quiero desviarme del verdadero propósito de estas líneas.</p>
<p>Si no recuerdo mal, me contaste que después de salir de Gijón escondido en un carro, entre los útiles de labranza de un samaritano de Siero, continuaste a pie desde un cruce de caminos. El bosque fue tu posada durante los siguientes días… Pero, ¡ay, amigo!, en el momento en el que Dios quiso que te cruzaras con aquel matrimonio, que no era tal por haberse celebrado la ceremonia por lo civil y en zona republicana, no me queda otra que pensar que El Señor te apartó de sus favores. Prefiero imaginar que te acogieron como a un hijo, y que el error que tuvieron para con tu persona naciera de su ignorancia por los frutos que nos regala Asturias. Puedo suponer que su falta se debió a ser naturales de un pueblo castellano, donde las setas tienen otra cara. Amanecía en aquella casa custodiada por coníferas, y bien sabemos todos que el hambre es la peor de las compañías para desperezarse. ¿Quién dijo que aquel año hubo una de las mayores cosechas de manzanas que se conocen en la provincia? ¡El desalmado que desató el bulo se las debió de comer todas!</p>
<p>¡Aquella pareja alcarreña que se apiadó del pobre Dalmacín y que estaba, quiero creer, tan cargada de buenas intenciones!</p>
<p>Me dijiste que los labradores castellanos, además de informarte de que Marcenado quedaba a menos de un día de camino, trocaron contigo un desayuno a cambio de unas horas de trabajo. La tarea consistió en ayudarles a cortar leña para que se llevasen, ¿no es verdad? Tu estómago agradeció el pan negro con achicoria de primera mañana. Y luego, terminada la labor, acercándose ya el medio día, una sopa de setas…</p>
<p>Es aquí adonde quiero que traslades tu recuerdo con intensidad. Tengo la seguridad de que confiaste en la buena fe de aquella pareja de alcarreños y comiste en el almuerzo el hongo tóxico disuelto en una sopa. Es necesario que sepas que el resultado de la ingesta de la llamada “matamoscas” porta un veneno que, una vez desecado, multiplica las alucinaciones. Y ahora creo con firmeza que este mejunje fue el causante de que creyeras que tus padres y tu hermana te recibieron en La Quintana. Y si tengo esta seguridad, además de por lo expuesto anteriormente, es porque estas setas se encuentran en bosques de coníferas.</p>
<p>He consultado un libro escrito a mano por un maese. Si Dios quiere, pronto será tuyo, Dalmacín. La redacción de dicho volumen tuvo lugar durante treinta años sacrificados por ese monje bendecido con el ansia de conocimientos de la botánica, que me cedió como obsequio al concluir mis estudios en el convento de San Francisco hará ya unos sesenta años. Las páginas que se refieren a los hongos, y exactamente a la seta “matamoscas”, rezan que si el fruto es despojado de la cutícula después de una cocción prolongada, pierde los poderes que trastocan la cabeza. Y evidentemente, la pareja de alcarreños que te acogió se dejó deslumbrar por sus vivos colores cuando decidieron secarla para sus sopas. Dios quiera que algún alma caritativa les dé el aviso de su error, o pronto sus vidas se escribirán con renglones torcidos&#8230;</p>
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		<title>Carta 28: De Dalmacio a Emilio</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Apr 1941 22:41:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Oviedo, 10 de abril de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>A un mes de mi ingreso en el sanatorio de La Cadellada he resuelto por fin escribirte, y esto no es porque yo no quisiera o me faltaran ganas, que más bien todo lo contrario.</p>
<p>Puedo suponer que los médicos de aquí, después cierto tiempo y de varias peticiones por ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Oviedo, 10 de abril de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>A un mes de mi ingreso en el sanatorio de La Cadellada he resuelto por fin escribirte, y esto no es porque yo no quisiera o me faltaran ganas, que más bien todo lo contrario.</p>
<p>Puedo suponer que los médicos de aquí, después cierto tiempo y de varias peticiones por mi parte, han decidido que mi mente no se vería más alterada por entregarme pluma y papel. Esto fue en la mañana de ayer, después del frugal desayuno, cuando ya había desestimado que mis ruegos se oyeran en las consultas. Aunque yo dormitaba en una vieja butaca roída que me he apropiado, escuché que alguien vociferaba mi nombre por el pabellón: ¡Doroteo, Doroteo Quindós! Algunos neuróticos contagiados de mimetismo comenzaron a gritar también, ¡Doroteo, Doroteo! Enseguida emergí del duermevela y me incorporé algo asustado. La Quintana y todo el entorno que tanto me pesó abandonar ocupaban mi sueño, que, lamentablemente, siempre, a cualquier hora del día o de la noche, se ve interrumpido por los lamentos y las voces constantes de los pacientes.</p>
<p>Barajé varios motivos por los que el celador me requería. ¿Sería quizá carta tuya? ¿O quizá una vista de algún amigo o pariente? De inmediato, desestimé esto último. Enseguida el hombre se abrió paso de entre la gente y me entregó un material de escribanía que agradecí mucho, junto a una nota del Doctor Hermógenes Rodríguez Casares citándome en su despacho ese mismo día a las cinco y media. Enseguida adiviné el motivo, cosa a la que me referiré mas tarde.</p>
<p>Antes de mi ingreso, y después del periplo que tuvimos que padecer hasta que al fin don Roque dio con este lugar, le hice prometer al cura que te escribiría narrándote mi situación, pues yo no tenía otra manera de hacerte llegar la noticia de mi nueva “residencia”. Y como doy por hecho que así lo hizo, no quiero abundar contándote el estado en que me encontró el pobre viejo al regreso del entierro de su hermana, y las desventuras que vinieron después, que fueron las que me trajeron hasta Oviedo.</p>
<p>Ante todo, y como puedo imaginar tu preocupación, quisiera comenzar tranquilizándote, porque aunque tengo muy presente que un manicomio no es el sitio conveniente para la que sea mi dolencia, el pabellón donde estoy instalado no es donde están los locos peligrosos, sino todo lo contrario. La mayor parte del tiempo estoy acompañado por soldados afectados a causa de los desastres de la guerra. Después de una primera evaluación de los doctores tras mi llegada a Oviedo, añadido al hecho de que don Roque había conseguido dejarme aquí en calidad de veterano de guerra y que el Ministerio pague mis gastos, los médicos decidieron que mi sitio estaba junto a aquellos que han visto severamente melladas sus reacciones emocionales por el frente de batalla, en algunos casos hasta un grado tal, que difícilmente guardo esperanza de verles recuperados. Las defensas mentales no son las mismas para todos, y hay gente tan joven en constante estado de mutismo, con temblores, incapaces de mantenerse en pie, o que sufren constantes pérdidas de conciencia, que entre tanto infortunio no tengo otro remedio que sentirme un privilegiado.</p>
<p>Realmente en la Cadellada no alcanzo a encontrar la tranquilidad que precisan los rincones oscuros de mi mente, a los que he venido a dar algo de luz, y sin embargo tengo algo que La Quintana y los desquites de la guerra me habían venido negando, que es la compañía de otros semejantes con los que ahora puedo charlar. Esto puede parecer una menudencia, pero cuando uno ha hablado únicamente con un gallo y cuatro veces con un cura a lo largo de casi un año la soledad, el alma y la razón se resienten y en ocasiones pueden llegar a quebrarse; en mi persona está el mejor de los ejemplos. Amigo, puedo asegurarte que la carencia involuntaria de compañía es el equivalente a una reclusión forzada en una celda de castigo. Por otro lado, aquí puedo reflexionar cuidadosa y detenidamente sobre las visiones que sufrí en mi casa de Marcenado, en especial sobre los actos que me han llegado a nublar la mente.</p>
<p>Pero tengo miedo, Emilio. Ya sabes que corren malos tiempos y algunas instituciones, como en este caso este hospital, son un tanto caóticos a causa de una guerra tan cruenta como la que hemos padecido. No hace falta estar aquí internado más que unas horas para darse cuenta de que la administración y el trato que debieran recibir sus enfermos a menudo no son los adecuados. Mi temor está fundado en las experiencias de los que están conmigo en el pabellón. Todos los pacientes con los que he hablado comparten idéntica incertidumbre: ¿saldremos algún día de aquí? Ciertamente no quisiera prolongar mi estancia más de un mes, dos a lo sumo. Emilio, este no es mi sitio, aunque puedo suponer que todos los pacientes de la Cadellada piensan igual, y, llegado el momento, sólo don Roque, por ser sacerdote, y tú, por ser médico, podríais interceder para que así sea. Confío en ello.</p>
<p>Por otro lado, ya liberado del manicomio podría dar techo y mutua compañía a Luis Miguel Herranz, a quien estoy deseando conocer. Ten por seguro, y hazle saber, que mi casa será la suya, y que los aires y los frutos que nos regala el bosque asturiano de seguro no sólo aplacarán sus fiebres, sino que también intercederán para que dentro de muchos años tu amigo nos entierre a los dos.</p>
<p>Por cierto, no sé si el cura mencionó en su carta que te haría llegar mi correspondencia por correo ordinario. No temas por esto. El próximo domingo día trece, como es costumbre en los festivos, las puertas se abren para las visitas y le entregaré esta carta y unos céntimos a Bazkoare, un paciente que se encuentra enfermo de neurosis desde recién comenzada la guerra, y al que parece que se le ha amarrado la tristeza al alma de manera crónica, que recibirá visita de su familia. Aunque son de San Sebastián, sus abuelos, que son gente de posibles, para estar cerca de su nieto han tomado en alquiler una antigua hospedería que servía al Camino de Santiago. Bromea Bazkoare diciendo que necesitan tantas habitaciones para alojar a todo el servicio. Decidieron venirse una temporada a Oviedo a causa de unos sucesos trágicos que hace cuatro años afectaron a algunos empleados de la Diputación en este hospital. Sus abuelos podrán el domingo hacerme el favor de ocuparse en tramitar este escrito en la Casa de Correos, pues aunque yo pudiera hacerlo desde aquí, no quiero correr el riesgo de que pase antes por censores que pudieran perjudicarnos.</p>
<p>Ahora que existen pocas posibilidades de que esta carta pueda caer en manos ajenas, puedo referirte con más o menos detalle el suceso al que antes hice mención. Es una historia triste que aún, pasados cuatro años, contribuye a la pesadumbre y la melancolía de los carbayones ovetenses, pues fue un episodio extremadamente injusto el que algunos tuvieron que padecer. El amigo Bazkoare me lo relató personalmente en voz baja y a altas horas, cuando estuvo seguro de que andaban lejos los oídos indiscretos.</p>
<p>A mediados de octubre del treinta y seis se había lanzado un fuerte ataque al hospital, y algunos milicianos, sintiéndose cercados, abandonaron sus puestos y dejaron atrás a enfermos y personal de servicio. Sólo quedaron unos valientes a su cuidado. Fue un episodio trágico y devastador, Emilio. Bazkoare me lo contaba con lágrimas en los ojos y entre balbuceos que no podía evitar. Sin duda, este episodio empeoró su estado. Diecisiete de los trabajadores del psiquiátrico fueron fusilados y enterrados en una fosa común cerca del Monasterio de San Salvador de Valdediós. Parece ser que los fusilamientos se ejecutaron por miembros de la VI Brigada Navarra del ejército franquista. Diecisiete empleados de vocación, cuyo único interés había sido el bienestar de los internos, y cuyo único delito había sido pertenecer al Socorro Rojo Internacional. Los malnacidos de la Brigada Navarra torturaron incluso a pacientes por unas sospechas infundadas, pues pensaban que era posible que el hospital se usara también para estancias de ciertas personas que, sin estar enfermas, se escondieran allí por algún motivo, seguramente político. Varios testigos contaron después que les habían obligado a abrir una fosa en los terrenos del manicomio y acostarse en la misma, y así los mataron. Varios intentaron huir, pero los abatieron a tiros.</p>
<p>El amigo Bazkoare estuvo semanas sin articular palabra, no comía y deambulaba sin rumbo por el psiquiátrico. Echaba de menos a los que tanto le habían ayudado. Me dijo que con el tiempo les había cogido cariño, y que incluso les consideraba parte de su familia. Me contó que lo peor de todo, era cuando se asomaba por la ventana, cosa que también dejó de hacer, pues en ocasiones vio como los perros se paseaban por las inmediaciones del psiquiátrico con los huesos de los cadáveres de algunos de los asesinados, que estaban mal enterrados. Fue entonces cuando escribió a su familia, a San Sebastián comunicándoles todo el suceso y que si no le sacaban pronto de aquel lugar, la pena le terminaría por consumir y moriría.</p>
<p>Una noche de diciembre del treinta y seis, tanto mi amigo como el resto de pacientes fueron despertados en plena madrugada, pues ya se estaba oyendo desde hace días el rumor de que el hospital corría el riesgo de verse reducido a escombros en cualquier momento. La Legión Cóndor alemana estaba cubriendo de bombas incendiarias los reductos de resistencia, y cruzaba la frontera cántabra con Asturias. Entonces, a él y al resto de los pacientes les condujeron hasta las Dominicas de manera preventiva, para un mes después trasladarlos definitivamente al convento de Corias, en Cangas de Narcea, mientras que las religiosas se refugiaron en el propio Oviedo, en el colegio del Santo Ángel de la Guarda.</p>
<p>En éstas fue cuando sus abuelos decidieron trasladarse a Oviedo, pero él ya no estaba ya en el psiquiátrico, sino en el convento de Corias. Luego, terminada la guerra, volvieron todos los enfermos a la Cadellada, donde nos hemos encontrado.</p>
<p>Amigo Emilio, quiero que sepas que realmente aquí no estoy mal atendido, ni siquiera estoy medicado. El doctor Rodríguez Casares, después de una primera evaluación, determinó que por el momento mi caso no requería vigilancia ni un tratamiento constante. Referí en su consulta las visiones que me atormentaron en La Quintana durante estos meses, e incidí mucho en mi llegada a la casona después de la guerra, cuando traté con unos padres que realmente no estaban ahí. El doctor quiso explicarme que mi caso era bastante común entre sus pacientes, dado que la participación en una guerra es un suceso traumático, y no nos afectaba a todos de la misma manera. Parece ser que algunos individuos presentan angustia y confusión durante meses, cosa que se va disipando con el tiempo. Y en otros, como es mi caso, el cerebro acciona un resorte que dispara imaginaciones para sobrellevar las realidades que no hemos sabido procesar de una manera natural.</p>
<p>Han transcurrido los días y las semanas y mi talante ya es otro. Pero amigo, sólo hay algo que me preocupa. Tengo una pesadilla que se abre paso en mi descanso cada noche, y siempre es la misma: en mi sueño, el celador requiere mi presencia en la sala de visitas sin ser domingo, me comunica que es mi hermana Covadonga, que ha venido desde muy lejos para verme, y cuando llego a la sala ilusionado por abrazarla, sólo hay una muñeca de porcelana, la misma con la que ella jugó durante años en su infancia. Yo busco a mi hermana por toda la estancia, incluso le pregunto al celador, y su respuesta es una carcajada tan estridente que me despierta en ese momento, jadeante y cubierto de sudor. Al principio no di importancia a estos sueños, pero cuando la pesadilla comenzó a ser recurrente, pedí cita con el doctor, cosa que quise anular a los pocos minutos, pues pensé que si le daba cuenta de esto me retendrían más tiempo en la Cadellada y sería mucho más complicado que me concedieran el alta. Pero ya era tarde; requirió mi presencia ayer a las cinco y media, sin excusa ninguna.</p>
<p>Tuve que mentir entonces, aunque prefiero decir que ocultar la verdad es un término mucho más apropiado en este caso. En mi entrevista con él recordé que cuando llegué al hospital para un primer reconocimiento tuve que esperarle en esa misma consulta, y quedé fascinado por la cantidad de libros que tenía. Leí los títulos de los lomos de algunos y hubo uno que llamó especialmente mi atención: La Interpretación de los Sueños, de un tal Sigmund Freud. Así que en esa segunda visita al médico, se lo pedí prestado. Don Hermógenes entonces me habló de las nuevas técnicas en los tratamientos que abarca su campo, y el llamado psicoanálisis es una de ellas.</p>
<p>El libro que me prestó nada tiene que ver con las novelas del Siglo de Oro a las que estoy acostumbrado. Parece ser que el señor Freud ha descubierto hace unos años que detrás de la mente humana existen mecanismos no evidentes, o inconscientes, capaces de generar alteraciones psiquiátricas. Considerando esto, ha desarrollado una especie de tratamiento basado en asociaciones libres e interpretación de los sueños, y el objeto es ahondar en la mente del paciente para conocer su subconsciente y ayudarle a comprender las causas de su comportamiento. Para ello, se ha de descender a los recuerdos traumáticos del pasado almacenados en el inconsciente. Don Hermógenes se sorprendió mucho por mi interés en este tema, y aunque al principio adiviné algo de reticencia al sugerirle el préstamo, ya que me recomendaba otras lecturas de la biblioteca del centro intentando distraerme, al final no sólo terminó cediendo ante mi insistencia, sino que además me prestó un diccionario de términos científicos para poder comprenderlo.</p>
<p>Antes de despedirme, quisiera hacerte participe de una reflexión que llevo madurando durante este descanso en el hospital, que, como ya he dicho, ya se me está haciendo demasiado largo. Tengo una deuda con vosotros dos, Emilio, con don Roque y contigo. Vosotros habéis cuidado de mí durante tanto tiempo que mi agradecimiento hacia ambos se pierde en la eternidad. Quisiera corresponderos algún día de alguna manera. Y créeme, amigo, la ausencia de mi familia está siendo sustituida por buenas personas, así que puedo sentirme afortunado por teneros a ti y al cura de Marcenado.</p>
<p>Tu amigo que te aprecia,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 20: De Dalmacio a Emilio</title>
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		<pubDate>Sat, 22 Feb 1941 22:22:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 22 de febrero de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Ante todo quisiera agradecerte los pollos que encargaste al marchante de aceites. Fue una agradable sorpresa que me llenó de alegría y, como muy bien recomendaste, tengo la voluntad de conservarlos el mayor tiempo posible. Así que descuida, que aunque algún día tendrán el mismo destino que Floro, antes ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 22 de febrero de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Ante todo quisiera agradecerte los pollos que encargaste al marchante de aceites. Fue una agradable sorpresa que me llenó de alegría y, como muy bien recomendaste, tengo la voluntad de conservarlos el mayor tiempo posible. Así que descuida, que aunque algún día tendrán el mismo destino que Floro, antes tengo la intención de degustar muchas tortillas a tu salud. Por el momento los he acomodado en un rincón de la planta baja, pues he de tener cuidado para que el cloqueo no pueda alertar a cualquier caminante que ande cerca de La Quintana y se adivine que hay vida en la casa. He de tomar muchas precauciones para que parezca deshabitada o abandonada y estar alerta, pues mi vida depende de todos estos detalles.</p>
<p>Comienzo la redacción de esta carta en algún momento de finales de enero, a casi un mes de este cautiverio al que las circunstancias me han abocado. Ahora sólo deseo que llegue a tus manos. Te contaré que los días transcurren y, aunque me niego a que se desvanezca la esperanza, debo confesar que hay momentos en los que tengo unos deseos irrefrenables de salir de la casona, mirar al bosque y gritar hasta desgañitarme. Sólo así podría sacudirme la opresión que me causa la soledad. Y es que hay algunos momentos, cuando supongo que se acerca el medio día y no puedo ver más que lo que alumbra la mecha de la lámpara de sebo, en los que me embarga una ira extrema contra alguien. Pero, ¿contra quién?</p>
<p>Días atrás, armado de mi razón, creí haber dominado mi alma para soportar la tortura que significa este encierro, y lo que está por venir. Pero son los ruidos, Emilio, esos que me dicen que no estoy solo en La Quintana y que no soy capaz de ignorar, los que minan mi cordura. Yo me digo y me repito con firmeza que no vienen de otro mundo, que realmente están emergiendo de algún rincón de mi cabeza que la razón no ha explorado, pero hay ocasiones en las que el miedo se sobrepone a mis esfuerzos y entonces respiro hondo, me encomiendo al Busgosu, el espíritu del bosque, y es entonces cuando de alguna forma me siento protegido.</p>
<p>En esta batalla me encuentro, amigo. Y mientras me aferro a la esperanza del pronto regreso de Don Roque, veo transcurrir los minutos como si fueran horas, las horas como si fueran días y los días como si fueran pedazos de una eternidad que camina despacio. A menudo, en la vigilia, supongo escuchar su voz al tiempo que golpea la puerta, le imagino nombrando a su Dios y rescatándome al fin de esta prisión que me está terminando de volver loco.</p>
<p>También quiero disculparme por las condiciones en las que estás leyendo esto, pues ando escaso de papel y tinta. He de confesar que a punto estuve de mutilar alguna página de El Quijote o de Las sergas de Esplandián, pero rápidamente me disuadí de esta ocurrencia; ni Cervantes ni Rodríguez de Montalvo, ni mucho menos Don Roque, que fue quien me prestó las obras, merecen tal falta de respeto. Así que, muerto de miedo y armado con el atizador, no tuve más remedio que registrar aquel cuarto contiguo al taller de la fragua, aquel que juré no pisar más a causa del episodio en el que escuché en el gramófono el Miserere de Teodoro Cuesta. Encontré entonces un libro de contabilidad en una vieja cómoda que apenas se sostenía con tres patas, y que debió de ser de mi bisabuelo Amancio, ya que venían escritas cifras pertenecientes a las antiguas ventas de telas y lanas para colchones. Tuve la suerte de que la última docena de páginas del volumen son vírgenes y sólo aparecían las palabras “debe” y “haber”, y están dispuestas para narrarte mis penas. Ya resuelta la base donde alojar estas letras que estás leyendo, pudiera ser que encuentres algún inconveniente a la tinta que utilizo. Habrás podido observar que, a diferencia de mis anteriores cartas, el color de mis palabras se ha tornado sepia rojizo, y es por una receta de tinta que fabriqué con polvo de nogalina y para la que aún no he encontrado la perfecta proporción en la mezcla con el resto de los ingredientes.</p>
<p>Lo que quisiera narrarte ahora, amigo Emilio, me ha traído de cabeza la última semana. Se trata de un acontecimiento que está más allá de lo que hubiera podido imaginar esta cabeza que a veces deja de distinguir los ensueños de la verdad que la rodea. Tan afrentoso resultó lo ocurrido, que hasta hace un instante he dudado de si debía darte conocimiento de ello. Pero he discurrido que aquí, entre estas cuatro paredes que conforman mi cautiverio, este episodio no debe quedarse sólo como un mal recuerdo que ha de morir conmigo. Y si en tu próxima carta quisieras referirte a lo que estás a punto de leer, estaría muy agradecido de escuchar tus ideas, ya que estoy seguro de que me serían de gran utilidad para encontrarle lógica a este asunto, que nunca debió de haber sucedido.</p>
<p>Los ruidos a los que me he estado refiriendo, y que me propuse ignorar, tomaron el otro día una variante nueva. Normalmente suceden al mediodía, así que, como muy bien me aconsejó Don Roque, trato de dormir durante ese tiempo, pues es la mejor manera de obviarlos. Releía algunos pasajes de la obra de Rodríguez de Montalvo cuando mis oídos sintieron pasos a estas horas desacostumbradas, y juro que traté de no tomarlos en cuenta. Primero fueron unos murmullos casi inaudibles, que mi imaginación no quiso considerar como procedentes de una conversación, pero eran un intercambio de palabras entre dos seres humanos, no corrientes de agua como yo hubiera deseado, o el viento o las hojas de los arboles con su ruido blando o apacible. Entonces agucé el oído para despejar cualquier duda y efectivamente, había alguien fuera, a la entrada de la casona, hablando entre dientes, y como pude adivinar, manifestando queja o disgusto por algo, según supuse en un principio. La conversación fluyó durante los minutos que parecieron una eternidad. Yo sólo deseaba que eso no estuviera sucediendo, pero las voces se alzaron en alboroto hasta que por fin llegaron a mi entendimiento.</p>
<p>Hablaban de un ausente, de Don Roque, creí entender.</p>
<p>Cuando estuve completamente seguro de que no era mi imaginación materializando mis peores pesadillas, apagué la lámpara de sebo, y ya envuelto por una obscuridad absoluta, visualicé todos y cada uno de los rincones de la casa en los que podría ocultarme si llegara el caso de que pudieran entrar y efectuar un registro. Maldije. Me maldije a mi mismo por no haber previsto una salida rápida en la planta baja de La Quintana por si tuviera que huir y perderme en el bosque. En tal caso, acudiría al amparo del que siempre creí que guardaba mis pasos desde niño. Y estuve seguro entonces de que lo encontraría, podría reconocerle por sus espesas cabelleras, sus patas de carnero, y los cuernos en su cabeza. Siempre pensé, incluso en las trincheras, que el Busgosu se pondría frente a mí con su traje y sombrero verde para señalarme el camino opuesto a la muerte.</p>
<p>¿Y en el supuesto de que me descubrieran? En tal caso podría argumentar una condición de vaqueiro, exento de cualquier vinculación política, y afirmar que mi persona se rige sólo por una mágica comunión con la Naturaleza. Podría decirles que pertenezco a una casta de pastores habitante de las brañas y que, por desconfianza, me mantenía apartado de los labriegos vecinos, y mientras esperaba la llegada del verano no había tenido otra opción que guarecerme en lo que creí que sería una casona abandonada, para trasladarme con el buen tiempo a los pastos de las mesetas castellanas.</p>
<p>El tren de argumentos que imaginaba para salvar mi vida descarriló con el golpe propinado en la puerta principal. La habían derribado, y mi primer impulso entonces fue el de dirigirme al último piso, a un ático retranqueado cuyas vigas podridas no garantizaban que no acabase de nuevo en la tercera planta. No, aquello no era buena idea. Tenía muy presente que los dos individuos que acababan de introducirse en la casa la creían deshabitada, y no debía arriesgarme a que un mal paso les alertara de mi presencia. Y fue cuando ocurrió algo que nunca pude haber previsto. Lo que minutos antes fue un murmullo en la puerta de la casa, ahora, en el interior, se había transformado en una sucesión de voces altas, de trato áspero. Las voces de los hombres se habían enzarzado en una discusión. Entorné entonces la puerta de mi cuarto para tratar de escuchar lo que decían, y al principio, lo que parecían ser reproches o acusaciones disidentes entre ambos, quedaron eclipsados por los cacareos de los animales sueltos. Quise entonces tener la suerte de que se tratara de dos maquis que el hambre hubiera traído hasta La Quintana, cabía esa posibilidad. Y si así fuera, estaba salvado. Sólo tendría que esperar a que desvalijaran la casa, y podría seguir con mi cautiverio en espera de que Don Roque me liberara con su regreso.</p>
<p>El intercambio de palabras entre aquellos dos hombres continuó sucediéndose: uno maldecía a la iglesia, el otro arremetía contra el bando republicano y se mofaba de la derrota. Hablaban de venganza y de la satisfacción que se estaba tomando por los daños recibidos. Uno, el que tenía la voz más grave, el que gritaba de un modo imperativo, pronunció un nombre que me dejó paralizado: Covadonga. El nombre de mi hermana me sumió en la perplejidad. Le preguntó por dos ocasiones al que supuse un republicano dónde se escondía, y juraba que buscaría a mi hermana hasta en el infierno si era necesario. Las amenazas se sucedieron y las voces superpuestas dejaron de nuevo de ser comprensibles para mí. Al momento, después de un silencio escuché un golpe seco. Luego sólo oí el cacareo de los pollos, y entonces supe que algo había pasado. Supe que alguno de los hombres podría haber muerto.</p>
<p>Sólo escuché los sonidos de un bulto siendo arrastrado, y después, silencio. Pasaron los minutos y nada, no escuché ningún ruido que pudiera sugerirme lo que pudiera estar sucediendo. Transcurrieron horas, oscureció, y mi inquietud se acrecentaba con mi incertidumbre. Así que después de dar vueltas por mi cuarto, pensando en todas y cada una de las variantes de lo sucedido y de lo que pudiera suceder, tomé la decisión de bajar hasta la planta baja y de salir fuera si era preciso. El nombre de mi hermana pronunciado por uno de aquellos dos hombres había desmontado cualquier supuesto que yo pudiera imaginar. ¿Qué estaba pasando? ¿Quiénes eran aquellos dos individuos? No sólo aquella incógnita había hecho que me replanteara la supervivencia de mi familia, sino que también albergué la esperanza de que, si así fuera, algún día podría reunirme con ellos. Y este pensamiento me dio las fuerzas para dirigirme hasta la entrada de la casa.</p>
<p>Ahí estaba, boca abajo con el cráneo torcido, sobre los tres escalones que daban paso a la puerta principal, el cuerpo de uno de aquellos hombres. Espanté los pollos, que andaban cerca del cadáver, y decidí no hacerme preguntas sobre lo que había sucedido. También determiné que no había de preocuparme por el que le arrancó la vida, pues lo más probable y lógico era que ahora estuviese lejos. Estuve tan seguro de que el tiempo me daría una respuesta sobre todo aquello, que me limité a coger a aquel pobre desgraciado por los pies y arrastrarlo más allá del sendero que encamina a la casona. Ya en el bosque, con la única compañía de los ruidos de la noche, cavé una fosa, tarea que me ocupó varias horas. Mi intención era que, al igual que el recuerdo de lo ocurrido, quedase profundo en la tierra. Después di la vuelta al cadáver, y antes de enterrarlo con la misma pala que lo había matado, la luz de la luna me dio la oportunidad de ver su rostro. No lo reconocí, pero el alzacuello reveló que se trataba de un sacerdote. Probablemente se trataba de Don Sebastián, el que suplía la ausencia de Don Roque, y si así era, el infierno le ha dado el mejor de sus castigos. Por la mañana, fregué la sangre de los escalones.</p>
<p>Todo son incógnitas para mí, Emilio. Primero la presencia de aquellos hombres que han venido hasta La Quintana para resolver sus asuntos, después el nombre de mi hermana pronunciado por uno de ellos y por último, y ya para terminar de desconcertarme, y estoy seguro de que a ti también, puesto que te vincula de alguna manera con todo este asunto, te sorprenderá saber que el cura tenía en su poder una carta tuya, abierta, la que me escribiste con fecha de 31 de enero. ¿Se la habría dado el marchante de aceites por no encontrar en la iglesia a Don Roque? Tenemos que tener cuidado, amigo, el destino ha querido que esta carta dirigida a mí haya acabado en manos de quien no debe. Has de saber que el difunto don Sebastián la leyó y supo de mi existencia y de la tuya por el escrito. Gracias a que ha muerto las cosas seguirán fluyendo como hasta ahora. O eso espero.</p>
<p>Ahora intentaré descansar. Para mí ha supuesto un esfuerzo enorme recordar todo esto para hacértelo saber. La lectura de los libros de caballería y tus cartas me están ayudando a distraer mi cabeza de los sucesos que estoy seguro, de seguir pensando en ellos, terminarían por despojarme de la poca cordura que me queda.</p>
<p>Te deseo lo mejor en tu nueva residencia en Madrid, y que la fortuna te acompañe en todo momento, a ti, a tu familia.</p>
<p>Atentamente, tu buen amigo que te aprecia,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 15: De Dalmacio a Emilio</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Jan 1941 22:13:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 14 de enero de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Ante todo, y sin ninguna demora, tengo que felicitarte por tu paternidad. Ten presente que mi alegría por esta dicha que ahora mereces y disfrutas se materializó en el mismo momento en que la nueva llegó a mí entender con tu carta de noviembre. Esperé la misiva con ardua ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 14 de enero de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Ante todo, y sin ninguna demora, tengo que felicitarte por tu paternidad. Ten presente que mi alegría por esta dicha que ahora mereces y disfrutas se materializó en el mismo momento en que la nueva llegó a mí entender con tu carta de noviembre. Esperé la misiva con ardua ansiedad durante todo el penúltimo mes del año y me fue inevitable, según avanzaban los días, desviar mis pensamientos a otros menesteres, sin duda, más banales. He de culpar a estos tiempos que corren, que nos ofrecen estimaciones y no garantías.</p>
<p>¡Y qué alegría cuando don Roque me entregó tu carta! Desde su lectura tengo en mente dos agradecimientos que te quisiera transmitir.</p>
<p>Primero, y sin ninguna intención de tener a menos el que le prosigue, es en referencia a la elección de mi nombre en tu vástago. Me siento tan honrado por verlo reflejado en tu primogénito, que pienso si soy realmente merecedor de tal honor. Este hecho, amigo Emilio, ha desembocado desde entonces en unos lazos de nuestra amistad mucho más arraigados si cabe. En segundo lugar, mi gratitud se prolonga por depositar tu confianza respecto al lamentable suceso de la malograda mujer y de su pequeño. No daré más datos ni pistas, pues no quiero que mi lengua se desate en estas letras, pues sé que si cayeran en otras manos podría perjudicarte, y no quiero eso ni para ti, ni para los tuyos. Pero, amigo, tuve que leer varias veces algunos de los párrafos donde relatabas los sucesos porque ¡no daba crédito! Qué desagradecida ha sido la vida para con esta señora a la que me estoy refiriendo. No obstante, si algo me consuela con respecto al asunto, es que el destino de esa pobre desgraciada atisbó piedad y quiso que se cruzara contigo en sus últimos momentos. Cuán agradecido te estará su marido ahí donde la suerte le haya querido llevar.</p>
<p>Pero no debemos lamentarnos, Emilio. Pienso que el destino, por el momento, está siendo generoso con nosotros y, como me dijo don Roque alguna vez en algunas de sus reflexiones: hay que mirar hacia adelante para salir de la mejor manera posible de esta situación dolorosa, y para esto, cuanto más dispongamos de un espíritu positivo y fortalecido, de más utilidad vamos a ser. Sin duda alguna este está siendo tu caso y el tu señora. Os honra vuestro gesto desinteresado, y sin duda alguna alabo tan noble iniciativa que sin duda el destino sabrá como agradecer.</p>
<p>Por otro lado, si algo me pesa, es que ahora, a seis días de la festividad de Los Reyes Magos de Oriente, no pueda ofrecer nada a tus pequeños. Y culpo a la situación en la que me encuentro, pues no dista mucho de lo descrito en las anteriores cartas.</p>
<p>He sabido por don Roque que mis pobres padres mantuvieron un par de vacas hasta que se les dio por desaparecidos, y al igual que ellos, de los animales nada se ha vuelto a saber. Creo haberte hablado del único superviviente que encontré a mi regreso a la Quintana, y que fue mi única compañía desde entonces. Bien, pues el gallo Floro también desapareció, pasó a mejor vida… Y esto sucedió exactamente la pasada Nochebuena, pero claro, como podrás suponer su destino fue apagar los rugidos que mi estómago profería desde julio de 1936. Y aunque me invadió el arrepentimiento poco después de retorcerle el pescuezo, ya era tarde; el hambre llevaba tantos años amarrado a mis tripas, que tuve que decidir entre mi única compañía en la casona o la satisfacción de este impulso instintivo contra el que he estado luchando.</p>
<p>Después de dar esta ejecución a la sentencia, el destino quiso castigar mi conciencia aun más si cabe. Estaba yo entonces sentado sobre el tocón donde astillo la leña y fantaseando con el guisado mientras arrancaba del pobre Floro sus últimas cobijas, cuando atisbé en el estrecho de la vereda el leve indicio de una figura que me parecía inmaterial. Cierto que las pesadas nieblas a ras de suelo jugaron con mi imaginación. Pensé de inmediato que podría tratarse de aquellos espectros que vienen a atormentarme en los alrededores de la media noche, o por el contrario… ¿No hubiese sido un bonito regalo ver llegar a Padre, Madre y a hermana Covadonga en víspera de Navidad? No tuve más que difuminar aquellos pensamientos cargados de más voluntad que criterio y afinar la vista hacia lo que resultó ser la figura de don Roque acercándose a la casona. Me dijo que hacía tantos días que no aparecía por la iglesia que temía que algo malo pudiera haberme sucedido, y preocupado por este destino incierto que tengo aferrado al alma, había decidido arrastrar la mula hasta La Quintana para desperezar la incertidumbre.</p>
<p>Una vez dentro, y avivadas las ascuas del brasero, el cura no pudo sino sonreír ante mi ocurrencia del sacrificio de Floro. Luego de vaciar la alforja, puso sobre la mesa varios obsequios que sin duda agradecí: el primero fue lo que resultó ser mi cena de Nochebuena. Pobre Floro, pensé entonces, si don Roque hubiese llegado tan sólo unos minutos antes, yo ahora continuaría madrugando con el canto del gallo. Después, y para entretener los tiempos de mi obligado cautiverio en La Quintana, puso sobre mi mesa dos libros que había comprado al buhonero en su último paso por Marcenado del Moire: “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” y “Las sergas de Esplandián”. Según me dijo el cura, la afanosa lectura de este segundo libro y otros semejantes tuvo la culpa de que Alonso Quijano perdiera la cabeza. ¿No te parece un racimo de paradojas estos regalos, dada mi situación? De todas maneras, don Roque, desde antes de mi Primera Comunión, siempre se preocupó de que creciera ilustrado. Lleva tanto tiempo abasteciéndome de lecturas del Siglo de Oro que temo acabar mis días como el hidalgo Quijano.</p>
<p>Te sorprenderás seguro de lo que fue mi cena de Navidad. ¿Sabías que puede ser posible degustar tortilla de patatas sin huevos ni patatas? El cura apartó el paño del manjar y puedes suponer mi sorpresa ante tal visión. Luego explicó que la tortilla no era tal, y que realmente lo que tenía ante mí era un efugio urdido tanto para la vista como para el paladar. Y he aquí la mentira con apariencia de verdad tramada por las viejas del pueblo: la parte blanca de las naranjas que se encuentra entre la cáscara y los gajos ha de apartarse y ponerse en remojo a modo de patatas cortadas. Los huevos deben ser sustituidos por una mezcla formada por cuatro cucharadas de harina, diez de agua, una de bicarbonato, pimienta molida, aceite, sal y colorante para darle el tono de la yema. Así que con este mejunje en el estómago pasé la celebración cristiana del día anterior al nacimiento de Jesús. Al día siguiente bajé al pueblo y don Roque y yo nos comimos a Floro en la sacristía, guisado en pepitoria gracias a un huevo fresco, esta vez de gallina, que alguna vieja enlutada donó a la iglesia ese mismo día.</p>
<p>Así concluyeron estas fiestas que me han traído por unos días esta serenidad que desde hace tanto tiempo venía yo demandando, en buena compañía y con la paz que prometen estas canciones populares. ¿Sabes? Aún resuena en mi recuerdo el soniquete de la música que arrancaron los niños del pueblo de las botellas de anís. Por unos días, los villancicos trajeron hasta mí tantos recuerdos de la infancia que, aunque no soy de carácter melancólico, me fue inevitable entristecerme por rememorar tiempos en los que, en La Quintana, me veía acompañado en estas fechas por mis padres, por mi hermana y por los vecinos del pueblo que quisieran unirse a nosotros.</p>
<p>La Navidad parecía transcurrir tranquila, y el estado de ansiedad que llevo padeciendo a causa del suceso relacionado con mis padres, junto con los espectros que mi cabeza se empeña en recuperar algunas noches, remitieron, hasta que el cura me habló de don Sebastián, que es de Somiedo, una localidad que aunque asturiana, se encuentra cerca de la provincia de León. Dicen las lenguas cercanas a Marcenado del Moire que este don Sebastián amasó una pequeña fortuna comerciando con el hambre y la desnutrición. Su delito, que quedó impune por el régimen que nos han impuesto, dio como resultado que algunos habitantes de las poblaciones circundantes, y del propio Somiedo, resultaran gravemente afectados por latirismo, que, como muy bien sabrás por tu oficio, da como resultado parálisis crónica en las piernas, y otras afecciones. Parece ser que este mosén, confiándose en que su posición no despertaría ninguna desconfianza, distribuyó harina de almortas mezclada con sosa, haciéndola pasar por harina de trigo, de arroz, o vete tú a saber. Y todo esto sin remordimiento ninguno. Las consecuencias de este desastre se pueden contemplar incluso en León, donde dicen que los niños fueron los más afectados. Con esta carta de presentación podrás suponer que este tal don Sebastián despierta temor no sólo en la localidad donde ejerce, sino también ahí donde la iglesia le requiere, y la de Marcenado del Moire no se salva de esta quema.</p>
<p>Regresando ahora a la cena de Navidad celebrada con don Roque en la sacristía, éste me contó, después de unas partidas de dominó y unos vasos de vino sin bendecir, que durante un tiempo el desgraciado de Somiedo ocupará su puesto durante las temporadas de ausencia. Don Roque no quiso especificar mucho sobre este asunto, pero sus ojos me contaron lo que sus palabras no pudieron o no quisieron decir. El brillo de la mirada del viejo se intensificó de tal manera mientras me ofrecía sus advertencias sobre de quién me tenía que cuidar, que por un momento me imaginé como la última generación de los apellidos Argüelles Sella. Y es que el cura que me ha dado esta educación estará ya ausente cuando estés leyendo la presente. Parece ser que a una hermana de don Roque, natural de Llanes, le ha llegado la hora, requiere los sacramentos antes de la defunción y su última voluntad es que se los administre sólo él. Así que, durante algunos días, he de esconderme sin remisión en la casona, cerrarla a cal y canto, y parecer ausente o desaparecido hasta que el sustituto regrese a Somiedo.</p>
<p>Amigo, tal vez sea esta imaginación que no deja de atormentarme, pero las circunstancias me han obligado a que el miedo que ahora siento esté a la misma altura que el que padecí en las trincheras. Ni los espectros que escucho en la cocina cuando se acerca la medianoche, ni esta incertidumbre que me atormenta respecto a la visión de mis padres en mi primera noche en Asturias, ha despertado tanta inquietud en mí como las advertencias sobre el cura de Somiedo.</p>
<p>El toque de queda que marcó don Roque comienza mañana día quince, la fecha prevista en que el marchante de aceites pasa por Marcenado del Moire y hará llegar esta carta hasta ti. Y si algo temo en este cautiverio al que me veo obligado, no es a morir de hambre, porque he podido reunir algunos alimentos y conservas, sino a las bajas temperaturas de este enero que parece durar todo un invierno. La casa debe parecer deshabitada, y además de no salir de ella, no debo delatarme encendiendo ninguna chimenea.</p>
<p>Así que deséame suerte, querido Emilio, pues esta intuición que tan a menudo me desconcierta me dice que debo temer al tal don Sebastián por razones que aún desconozco. Por eso prefiero no pensar en ello, alejar mi mente de estos fantasmas, y qué mejor manera que hacerlo que sumergirme en los libros prestados.</p>
<p>Espero, amigo Emilio, que tú y tu familia hayáis disfrutado en estas fiestas, o que por lo menos se hayan asemejado a las mías, sin los sobresaltos a los que estos tiempos nos quieren acostumbrar, y con la mirada esperanzada hacia el futuro con el que soñamos desde hace tanto tiempo.</p>
<p>Un fuerte abrazo para ti y los tuyos de tu amigo,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 10: De Dalmacio a Emilio</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Nov 1940 21:54:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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<p>Querido Emilio:</p>
<p>Para tu tranquilidad he de decirte que, tras recibir noticias tuyas, sentí gran alegría. Trato de mantenerme sereno y, aunque a veces me es difícil conseguirlo, la mayoría del tiempo trato de aquietar las alteraciones de mi ánimo. Alejo de mí los pensamientos que me nublan la mente como ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 13 de noviembre de 1940</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Para tu tranquilidad he de decirte que, tras recibir noticias tuyas, sentí gran alegría. Trato de mantenerme sereno y, aunque a veces me es difícil conseguirlo, la mayoría del tiempo trato de aquietar las alteraciones de mi ánimo. Alejo de mí los pensamientos que me nublan la mente como el único camino viable para alcanzar la salud mental.</p>
<p>Gracias al contenido de tu escrito y al valimiento de tus letras, estoy logrando variar, no sólo la disposición del ánimo frente a esta desaparición que continúo sin entender, sino que también he adquirido la fuerza necesaria para evaluar los sucesos que me siguen torturando.</p>
<p>Tu misiva del pasado octubre llegó hasta mí como el golpe de aire fresco que necesitaban mi razón y alma, y mudé mi semblante. Lo supe en cuanto Don Roque, en una de mis visitas a la parroquia, no dudó en comentarme que mi rostro lo daba a entender. Fue entonces cuando agradecí el poder terapéutico que provocan tus noticias. En tu carta pude también recordar que hay vida fuera de mi entorno, y supe que a través de ti puedo interactuar con mis semejantes. Y es que es esto lo que venía necesitando: una conexión con la vida.</p>
<p>Hay asuntos que no sobresalen de lo ordinario y común que sostienen mi equilibrio emocional: mis escasas charlas con el cura, el cuidado del huerto, e incluso algo tan insignificante como es escuchar el gallo flaco anunciándome el día… Pero el intercambio de palabras con los amigos que dejé atrás, es realmente esa pieza de consistencia que me da fuerza y solidifica mis esperanzas. Y ahora que soy consciente de esto, rescato lo dicho al comienzo, que las palabras escritas están siendo ese brío que compensa y sana esta locura que poco a poco parece que mina mi razón. Por otro lado, tus consejos sobre tomarme el caldo resultado de hervir valeriana ha sido todo un acierto. Desde que me habitué a ingerir esta infusión todos los días a media tarde, han cesado los espasmos que solían aparecer según caía la noche. Y, aunque me encuentro mucho mejor, y la calidad de mi alimentación ha mejorado, trato constantemente de serenarme ante los acontecimientos que han sucedido estos días.</p>
<p>Sí, Emilio, puedo imaginarte sorprendido, o tal vez esbozando una sonrisa cuando te digo que he pedido servicios religiosos a Don Roque. Hasta este extremo he llegado por el ansia de alcanzar una tranquilidad que parece no llegar nunca. Pienso que, de alguna manera, me he traicionado a mí mismo, y aunque en el más amplio sentido de la palabra no sea así, tengo esa sensación de que mis principios se han tambaleado, y por eso trato de no darle mucha importancia.</p>
<p>Y ahora, como te supongo sorprendido sobre esta cuestión, te contaré que durante mi errante regreso a Asturias, a mi paso por Guadalajara, topé e hice amistad con un ruso… Sí, Emilio, realmente hubo rusos durante la guerra. ¿Recuerdas que lo llegamos a dudar? Habíamos oído hablar de ellos, pero ni nosotros, ni nadie que conociéramos se había topado con ninguno. Stanislav Vasílev, como se llamaba el individuo y que había desempeñado la función de asesor soviético en el diseño del Nuevo Ejército Popular de la República en La Alcarria, pudo mantener largas charlas conmigo antes de marchar a Moscú, ya que también fue enviado a España en calidad de intérprete. En los días largos en que no nos quedaba otra que esperar escondidos, le hablé de mi particular visión sobre el ateísmo, ¿y sabes qué? Stanislav me contó que ya hubo un griego, un tal Epicuro que trescientos años antes de Cristo tuvo las mismas inquietudes que yo. Y parece ser que sus teorías son aceptadas y reconocidas. Es más, mis pensamientos están catalogados con el nombre de “la existencia del mal”.</p>
<p>Como este Epicuro, siempre he concluido en que la suposición de que un Dios omnipresente y todopoderoso debería ser capaz de arreglar el mundo según sus intenciones. Como el mal y el sufrimiento existen, puede parecer que Dios quiere o permiten que existan, por lo que este ser sobrenatural que tanta gente venera no sería perfectamente bueno, o no sería omnipresente porque no se percata de todo el sufrimiento del mundo, o no es todopoderoso ya que no puede arreglar este mundo para eliminar de raíz el mal. O efectivamente, no es plenamente benevolente.</p>
<p>Como ves, son las propias Escrituras las que me empujan a ignorar a la Iglesia Católica, esa que el que el Caudillo ha impuesto y que pretende que comulguemos con ruedas de molino. Por lo que veo, Franco no ha tenido en cuenta las propias palabras de Jesucristo cuando sin duda se refiere a la separación entre la iglesia y el Estado: dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.</p>
<p>Esta perorata, Emilio, con la que no quiero molestarte más, y que casi me deja el tintero seco, viene a colación de unos acontecimientos que comenzaron a importunarme a mediados de septiembre. Pero para que llegues a entenderlo tengo que remontarme muy atrás en el tiempo. Por esto, además de tratar de ser breve, elegiré las palabras más adecuadas con las que pueda expresarme.</p>
<p>La casona que me guarda lleva levantada tantos años que presenció la Primera Guerra Carlista, y aunque no se encuentra en las mejores condiciones, la solidez de sus cimientos augura que continuará en pie más tiempo del que hace que se construyó. Según el bisabuelo Amancio, que fue un hombre de bien donde los haya, antes de convertir la que es ahora mi morada en un lugar habitable, fue un molino usado para teñir y ablandar las telas y lanas para colchones. Pero cuando mis antepasados quisieron probar fortuna plantando lino, un temporal terminó con la empresa en la que se habían empleado todos los ahorros de la familia. Fue entonces cuando el molino fue rehabilitado en casona, y yo represento la cuarta generación que la está disfrutando como tal.</p>
<p>Pasó el tiempo, y contaba mi abuelo Venancio que, recién enviudado, había hospedado por unas semanas a un caminante sin temor al bosque que decía poseer el Arte de la Literatura y de la Música, y que incluso había adquirido cierta fama por haberse leído uno de sus poemas en el Liceo ovetense. El abuelo Venancio estrechó con él entonces una amistad de esas que perduran toda una vida, con el que resultó ser el escritor y compositor de Oviedo Teodoro Cuesta. Y después de unas semanas en que el carbayón disfrutó del remanso que se le había brindado, partió agradecido por los caminos que señalan las cuencas hulleras.</p>
<p>Cierto es que no volvieron a verse, pero un lustro antes de que terminara la centuria, estuvieron intercambiando una correspondencia que ahora tengo en mi poder. Mi abuelo contaba que pasó un año, dos, tres… Comenzó el siglo y nada supo de su amigo. Hasta que un día, en la taberna del pueblo, preguntó a un viajante proveniente de Oviedo por Teodoro Cuesta. Éste le dio cuenta entonces de su fallecimiento, sucedido tiempo atrás. El pobre hombre había malvivido durante sus últimos años, murió arruinado esperando un dinero de la jubilación que se perdió entre eternos atados y legajos burocráticos de la administración. Pero el consuelo de los que dejó fue la numerosa asistencia a su funeral; su entierro, según el viajante, fue uno de los más numerosos que se recuerdan en Oviedo desde tiempos de los astures.</p>
<p>Los ruidos comenzaron a mediados de septiembre.</p>
<p>Y no, Emilio, y aún después de lo que a continuación voy a relatar, continúo aferrándome a la idea de que la imaginación y las nieblas que obnubilan mi mente me juegan malas pasadas. Me niego a suponer que comparto la casona con espectros, y esto es algo que por mi bien he de repetirme todos los días. A veces, a punto de conciliar el sueño, escucho los ruidos de abajo, y afino el oído al tiempo que concluyo en una visión quimérica como la que se da en los sueños o en las figuraciones de la imaginación.</p>
<p>La primera vez que reparé en lo que supuse una presencia física, me armé con el atizador de la chimenea de mi estancia. Bajé la escalera despacio, y mis pasos, que me delataban con el crujir de los peldaños, amortiguaron el trastear en la cocina. Nada, Emilio, ahí no había nadie. He de reconocer que guardé la esperanza del regreso de mis padres y mi hermana. Por un momento, supuse que mis rezos habían traspasado las sombras del bosque hasta alcanzar la compasión de Busgosu, pero nada más lejos, Emilio. Mi familia sigue desaparecida, y mis esperanzas puestas en que la Providencia quiera que se hallen escondidos.</p>
<p>Así que, con el arma en una mano, el corazón desbocado y la lámpara de sebo en la otra, inspeccioné el cuarto de donde provenían los ruidos. Nada. Ni un alma. Sin embargo, sobre la mesa de nogal y forja había algo que resultó ser un libro. ¡Nunca ha habido libros en casa! Nunca hemos podido permitirnos ese gasto. Las únicas lecturas que se han cobijado bajo el techo de la casona han sido unos escasos escritos prohibidos prestados por Don Roque, y ahora lo están siendo las viejas cartas remitidas por Teodoro Cuesta a mi abuelo.</p>
<p>Se trataba de una novela de Thomas Mann. Contuve la respiración, agudicé el oído después de preguntar en voz alta si había alguien en la casa, pero nada… Inspeccioné entonces puertas, ventanas y cualquier sitio por donde pudiera haberse colado un suspiro de aire. Sin otro remedio, culpé a esta recién adquirida facultad de mi mente de presentarme cosas irreales. Pero, ¿y el libro? Sujetaba con la mano derecha una evidencia que tiraba por tierra cualquier posibilidad de que hubiese sido falsa. Leí sin mucha concentración durante gran parte de la noche. ¿Qué otro remedio me quedaba? Y cuando las primeras luces me anunciaron el día, la torpeza de los sentidos motivada por el sueño me hizo creer que había sido traicionado por una pesadilla… Pero ahí estaba, en el suelo, al lado de mi catre, “La Montaña Mágica”, de Thomas Mann.</p>
<p>La noche siguiente no envidió a la anterior. Idénticos ruidos, pero esta vez podría jurar que habían comenzado sólo con el fin de contrariarme, porque cesaron de inmediato. Fue como un preludio de lo que, después del margen de silencio, vendría después. En un cuarto contiguo al taller de la fragua, al final del corredor custodiado por puertas que dan a otras habitaciones vacías, emergía una música&#8230; Tenue al comienzo, tanto, que pudiera proceder de una partitura que alguien leía sólo en mi cabeza, pero que seguí igualmente. La estancia donde terminaron mis pasos presentaba algunos muebles viejos, ya irrecuperables y con el seguro destino de la chimenea en las crudas noches de invierno, excepto el gramófono que adquirió el abuelo Venancio a algún buhonero en tiempos de vacas gordas. El enorme cono tallado susurraba algo quejumbroso, lo que pude apreciar como un miserere. Reconocí de inmediato el canto en forma de súplica de perdón, hecho por alguien que muestra claridad en el reconocimiento de culpa, y fue inevitable que el coro, algo quejumbroso por ser arrancado de la pizarra, me trasladara de inmediato hasta la infancia. Fui todos y cada unos de los viernes de la tercera semana de Cuaresma, cuando en las enlutadas noches frías se abrigaban las procesiones celebradas en Marcenado del Moire. Ahí, cuando los cantos solemnes de los salmos en las tinieblas de la Semana Santa creaban aquel clima de pecado.</p>
<p>La interrupción de la música me sacó de mis asistencias al culto al Nazareno, e inmediatamente aparté la aguja del disco de pizarra, y lo cogí con cuidado entre mis manos para acercarlo a la luz tenue de la lámpara de sebo, para leer en la etiqueta circular: “Miserere &#8211; Teodoro Cuesta – Banda del Hospicio de Oviedo”.</p>
<p>Apenas esperé a la alborada para encaminarme hacia el pueblo, y mientras serpenteaba por los caminos, mis pensamientos sólo apuntaban a una dirección. Nunca he sido supersticioso, Emilio, tú lo sabes, pero mi imaginación dictó sentencia. A mi parecer, algo se había despertado por la lectura de las cartas de Teodoro Cuesta, lo creí en firme entonces. Pero amigo, ahora, con esos días separados por el tiempo, he querido preguntarme por los extremos que inquietaron mi alma.</p>
<p>Cierto que la casa ya esta bendecida, y aunque no han cesado los ruidos de la planta de abajo, ahora sí son más leves. He seguido al pie de la letra los consejos de Don Roque. Aseguró que con el simple propósito de dar la espalda a los asuntos que no son ni de Dios ni de este mundo, es suficiente para que remitan y se aparten hacia la Eternidad.</p>
<p>Y eso es todo, querido amigo. He dudado si relatarte esta preocupación que ya está dejando de serlo, y tal vez por esto di rienda suelta a la pluma. Las sabias palabras del cura me tranquilizaron en su momento, y su seguridad de que estos acontecimientos son disfraces de mi imaginación es argumento suficiente para que mis noches sean un poco más apacibles.</p>
<p>Sin más que añadir, albergo la esperanza de que tu próxima carta me traiga buenas noticias sobre tu paternidad.</p>
<p>Atentamente, tu buen amigo que te aprecia,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 7: De Dalmacio a Emilio</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Sep 1940 21:32:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 16 de septiembre de 1940</p>
<p>Mi estimado amigo Emilio:</p>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 16 de septiembre de 1940</p>
<p>Mi estimado amigo Emilio:</p>
<p>No puedes ni imaginar la alegría que me produjo recibir tus letras, pues aunque siempre te tengo presente, lo cierto es que pasado un mes ya perdí la esperanza de que la que redacté el pasado julio, justo en la misma noche en que llegué a mi casona de Asturias, llegara hasta ti. En cuanto tuve tu carta en mis manos, imaginé toda clase de dificultades que habría pasado hasta al fin tenerla en mi poder.</p>
<p>Te diré algo: no te quitaré la razón si piensas que he perdido la cabeza, pero una vez roto el lacre bermellón, podría jurarte que del interior del sobre se desprendieron los inconfundibles aromas de los platos de tu tierra. No me avergüenza confesar que pudiera ser la necesidad, pero mi olfato pudo apreciar todos y cada uno de los ingredientes de aquel cordero guisado del que me hablaste tantas veces en el hospital, aquel que levantaba a los muertos; el azafrán, el vino blanco, el huevo, el tomate. Incluso después, aireando las páginas con tus noticias, percibí el leve aroma de las almendras tostadas del mazapán.</p>
<p>Sí, querido Emilio, la sopa de cebolla y mondas de patatas es lo que últimamente me mantiene en pie. El hambre obliga a mis sentidos a fantasear, incluso con bocados que nunca he probado. ¿Recuerdas aquella historia sobre el concejal republicano del Ayuntamiento de Toledo que se fugó a México? Algunas veces pienso si no habría sido mejor seguir los pasos de su decisión y arribar al puerto de Veracruz desde Francia, y acudir al amparo que el presidente Cárdenas propuso a los exiliados españoles. Pero no, amigo, estoy divagando. Un descendiente de los astures es difícil que sobreviva mucho tiempo lejos de sus tierras. Y como muy bien dices en tu carta al referirte a “que la tierra nos necesita”, en mi caso no es sólo eso; mi vínculo con Asturias está tan amarrado, que ninguna otra razón podría nunca variar este sentimiento.</p>
<p>Tampoco quisiera que te llevaras una impresión equivocada de mí y de mi situación. Yo, como el resto de los supervivientes de la guerra, no nado en la abundancia, pero lo que me ofrecen los bosques, y una pequeña huerta que da más trabajo que hortalizas, apagan los ruidos de mi estómago. Y sé que no he de quejarme; es más, intento en cada momento armarme de mi templanza, la más soberbia de las cuatro virtudes cardinales. A veces, con el uso excesivo de los sentidos logro sujetarla a la razón, y consigo domarla para que modere mis apetitos.</p>
<p>Habrás de disculparme pues hay momentos, como ahora, en que me dejo llevar sin concierto ni propósito. Pero enseguida levanto el ánimo al reconocer mi suerte, y por esta razón no puedo evitar haber tenido una sensación de insolidaridad contigo. Me estoy refiriendo al tiempo en que pasaste en Betanzos, y a lo que debiste haber sufrido en aquel campo. Sólo de pensar en el infierno que atravesaste, hace que las mondas de patatas y la leche aguada se conviertan en todo un manjar inmerecido para mí.</p>
<p>Gracias, amigo, por ponerme los pies en la tierra con tus nuevas, pero también has de comprender que estoy encerrado en un entorno que, aunque no es demasiado hostil, sus límites sí lo son. Estoy preso dentro de unas lindes a las que no debo acercarme, y si alguna vez lo hago, podría tropezar con el peor de los infortunios, y en el mejor de los casos iría a parar a cualquier penal de los cientos que el Caudillo ha levantado estos años. Puedo entonces imaginarme corriendo la suerte de tu vecino Manuel Vega Mejía en el Penal de Ocaña, sometido, a base de golpes, a esa absurda reeducación religiosa y patriótica. Y si así fuera, y he de serte sincero, preferiría mil veces dejar este mundo que tan pocas satisfacciones me está dando, a sentirme preso y sometido.</p>
<p>Emilio, siento haber comenzado mi carta de esta manera, y aunque es posible me haya dejado llevar por este impulso derrotista, no quisiera causarte preocupación, o que te aflijas por lo que estás leyendo. Mi situación no es distinta a la de millones de españoles. Esta tendencia a propagar el desaliento no es propia de mí, y tú lo sabes. Pero es una mala época, en la que cada día se me hace más difícil de afrontar que el anterior, y puedes estar seguro de que para mí, en este momento, estas líneas son un valioso desahogo que necesito. Créeme si te digo que comunicarme contigo está siendo una buena terapia.</p>
<p>Cuando en tu carta leí que esperabas descendencia para octubre, fue inevitable dibujar una sonrisa. Necesitaba una noticia como esa para reafirmar mi esperanza, la tuya, y la de todos los que confiamos en que esta situación no puede ser eterna. Mi más sincera felicitación para los dos.</p>
<p>Cuéntamelo todo, ¿qué nombres habéis barajado para la criatura? ¿Pensáis tener más descendencia? He de confesarte que te envidio por ese regalo que la providencia ha decidido otorgaros, y tengo la certeza de que, aunque vuestro hijo viene a un país roto, la justicia divina le tiene dispuesto para recibir algo grande… Por el momento tiene unos padres desbordados de cualidades morales para con sí mismos, y sobre todo bondad para su entorno y para sus amigos. Estate seguro de que el honor trasciende a las familias, y vosotros sois el mejor ejemplo de ello.</p>
<p>Ahora quisiera reparar los sueños incesantes que tuve en el hospital, porque nada ahora se asemeja a lo que entonces esperaba para después de la guerra.</p>
<p>Pero comenzaré por el principio.</p>
<p>La casona donde vivo está tal vez a seis kilómetros de Marcenado del Moire, que es el pueblo más cercano, y para llegar hasta él, tengo que serpentear por los caminos y las veredas estrechas que me alejan tanto de la costa, como de los espacios de la tierra llana, aquellos que en tiempos de haberes fueron de ganado y labrantía. Allí, en la iglesia que guarda mis sacramentos continúa el padre Don Roque, un cura que carga ya ocho decenas en su espalda, y aunque pudiera parecerte extraño, siempre fue partidario de la libertad individual y social, esa que tanto tú como yo llevamos amarrada desde la cuna en nuestras almas. Él fue quien me dio tu carta cuando yo ya había perdido la esperanza de tus noticias. Por lo que me contó, a mediados de agosto un viajante de aceites interrumpió su viaje hacia tierras cántabras y, por fortuna, fue a Don Roque al primero que preguntó por mi paradero. El cura me dijo que le respondió hablando bien alto que no sabía nada de mí desde que terminó la guerra, e incluso subrayó que cabía la posibilidad de que mis huesos estuvieran descansando mas allá de la tapia de vete tú a saber cuál cementerio. Después, antes de que el viajante marchara a Santander, el cura se arrimó a su oído para susurrarle que si alguna otra vez llegaba otra misiva para mí, sólo debía entregársela a él, no debía hablar con nadie más. Y que tuviese cuidado de que no fuese jueves, pues ese día es en el que la Guardia Civil instalaba en Marcenado del Moire un cuerpo de información al que acuden los nacionalistas de los alrededores para acusar a los republicanos.</p>
<p>¿Comprendes ahora mi situación? He de dar gracias a que la casona está oculta entre un laberinto de hayedos, abedules y robles. No es fácil llegar hasta ella si no conoces los páramos, y los que no los conocen no suelen aventurarse en cruzar mas allá de la ermita en ruinas que hay a pocos kilómetros. Además, ya cuento con que Busgosu, el señor del bosque y de todo lo que habita en él, el orbayu y las nieblas espesas reforzarán mi protección ahora que llega el otoño. En una de las pocas visitas que hice al pueblo después, Don Roque me puso al corriente sobre algunos altercados que van sucediendo, y ya le dije que prefería mantenerme ignorante a las noticias de los vecinos desaparecidos.</p>
<p>Y respecto a este asunto quiero hablarte.</p>
<p>Cuando llegué por fin a mi casona, me recibieron mis padres y hermana con el júbilo que supone un reencuentro. Fue el momento ansiado y entrañable que tan vehementemente deseé mientras estuve fuera, aunque ahora tengo un recuerdo extraño de aquello. Mi padre y yo fumamos picadillo de rama de acacia para saciar la abstinencia en la arquería del soportal, y… tengo grabadas en la mente todas y cada una de las palabras que intercambiamos. Él, detrás de cada calada parecía encontrar el remedio de nuestros males, y yo, el valor necesario para narrar los desastres que viví en el frente. Sé que dulcificó, al igual que yo, algunos sucesos porque revivir los horrores es vivirlos de nuevo.</p>
<p>Después de cenar pan de higo y degustar un tapón de coñac que consiguió de la organización del Socorro Rojo, subí a acostarme. Redacté la carta que te envié en julio, y mecido por los ruidos de la noche veraniega asturiana, me dormí con los pensamientos puestos en el futuro. Un futuro que se truncaría pocas horas después. Tras la llamada del gallo paseé por la casa, pero nada, ni rastro de ninguno de mi familia. Al principio, sin la preocupación que tengo desde entonces, imaginé que se podrían haber acercado al pueblo, e incluso bajé hasta él a media mañana, y tras saludar a Don Roque y entregarle mi anterior carta, le pregunté por ellos. El cura no sabía nada ni de Herminia, la novia que dejé aquí guardando mi ausencia, ni de Madre Brígida ni de Padre Colás, desde hacía poco más de un año.</p>
<p>Me contó que sus ausencias en las misas habían colmado el límite de su preocupación así que empleó toda una mañana en enfrentarse a la vereda y así calmar su desasosiego. Y una vez allí, lo único que encontró fue un gallo flaco al que le costaba mantener los visos irisados, unos surcos que algún día fueron una huerta, y una casona sin un alma. Emilio, comprenderás que estoy en un sinvivir desde entonces. Rememoro una y otra vez el reencuentro que tuve con los de mi sangre aquel 18 de julio, y este tiempo de incertidumbre está minando mi existencia. En mis sueños sólo están ellos, Padre Colás fumando picadillo de acacia y Madre Brígida con mi hermana limpiando la fragua. Busco constantemente por la casona cualquier mínima señal que pudiera llevarme hasta sus paraderos, pero nada: las respuestas siempre son los idénticos silencios del día anterior.</p>
<p>Por las tardes, antes del ocaso del día, cuando los bosques se amparan en sus sombras y se visten de reino para amparar a Busgosu, invoco su ayuda con la esperanza de que susurre alguna respuesta que calme mi angustia. Pero él, o no está todo lo atento que debiera a mis súplicas, u ocupa todo su tiempo en las funciones que le están encomendadas. Le supongo entonces vagando por sus dominios y haciendo las veces de protector de los árboles de los leñadores, y de los animales de los cazadores. Pero, no obstante, guardo la esperanza de que cuando Busgosu haya guiado hasta su hogar al último temerario que haya osado pisar su corte, repare en mis rezos para apiadarse de esta desgracia que ya dura sesenta días.</p>
<p>Aquí me despido, mi querido Emilio. Te imagino angustiado por esta situación que me arranca un poco de alma cada día, pero no te preocupes por mí. Tengo la entera confianza de que por algún rincón de mi pena saldrá algún día el sol. Tengo paciencia y esperanza, que como muy bien reza el dicho, es lo último que ha de perderse.</p>
<p>Mi más sincera gratitud y mis mejores deseos para mis amigos de Toledo.</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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