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	<title>Tres líneas &#187; A Luis Miguel</title>
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	<description>A Emilio, a Dalmacio y a Luis Miguel la guerra les venció, pero no se sienten vencidos, y para mantener vivo este sentimiento de esperanza, deben continuar en contacto…</description>
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		<title>Carta 43: De Emilio a Luis Miguel y Dalmacio</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Jul 1941 17:46:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Segovia, 20 de julio de 1941</p>
<p>Mis queridos amigos:</p>
<p>Lamento no haber podido escribir antes, pero una serie de inesperados acontecimientos me ha mantenido extremadamente ocupado. Espero informaros en persona de gran parte de ellos muy pronto, pues las circunstancias aconsejan que, de nuevo, desaparezca de Madrid por una temporada. Dado que, como comprenderéis en breve, no ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Segovia, 20 de julio de 1941</p>
<p>Mis queridos amigos:</p>
<p>Lamento no haber podido escribir antes, pero una serie de inesperados acontecimientos me ha mantenido extremadamente ocupado. Espero informaros en persona de gran parte de ellos muy pronto, pues las circunstancias aconsejan que, de nuevo, desaparezca de Madrid por una temporada. Dado que, como comprenderéis en breve, no es lo más indicado volver a Toledo, el único otro lugar que se me ocurre donde pueda sentirme refugiado y a salvo es la Quintana. Así pues, me tomaré la libertad de presentarme allí tan pronto pueda. De hecho, ahora mismo ya me encuentro viajando hacia allí, pues mi partida fue muy precipitada.</p>
<p>Espero llegar a tiempo de darte un abrazo, Luis Miguel, y de intentar que mis artes médicas te alivien en la medida de lo posible. Parte de lo que me ha entretenido estos días fue una visita de tu señor padre, quien envió recado para verme poco después de tu partida. Debo reconocer que por un momento me sobresalté, pues en mi cabeza aún estaba catalogado como un enemigo a evitar, pero rápidamente acordamos una cita en la tetería Embassy.</p>
<p>Vino elegante y atildado, aunque los profundos surcos que se le marcaban entre las cejas y en las mejillas indicaban un gran sufrimiento interior a cualquiera que supiera verlo. No obstante, estaba tranquilo y sereno, como aceptando su penitencia por la saña con la que te ha perseguido. Me agradeció mi amistad contigo, pues según me dijo, le habías contado toda nuestra relación, y además me confesó que te había ocultado algo.</p>
<p>Me informó de que la herencia de tu madre estaba lista para llegar a tus manos. Por lo que me dijo, la familia de doña Águeda tenía numerosas propiedades en Ávila, resultando que ya cuando se casaron, ella era más rica que él, sus inversiones habían sido sabias y lucrativas y aunque en guerra se había perdido mucho, quedaba un estupendo patrimonio que, tras el fallecimiento de tu madre, él había decidido liquidar. No fue hasta que salió del piso del doctor, después de hablar contigo, cuando se acordó del dinero, que hasta el momento consideraba suyo. Convencido de que ya eras digno de recibir tu herencia materna, había impartido órdenes a su amigo y abogado Joaquín Urrutia para que hiciese unos depósitos a tu nombre, y ahora resulta, compañero, que tienes a tu disposición más dinero del que puedas gastarte en varias vidas.</p>
<p>Se despidió cortésmente, dejándome el encargo de que me pusiera en contacto contigo, seguro de que tú y yo mantendríamos correspondencia, y te hiciese llegar estas noticias por nuestros conductos acostumbrados. Además, me dejó un sobre, que llevo conmigo, con autorizaciones y un listado de bancos que te darán acceso a tu patrimonio. Se alejó caminando despacio, arrastrando un poco los pies, pero recto y digno. De nuevo, eres un hombre rico, amigo mío.</p>
<p>Debo reconocer que esta vez no ha sido fácil haceros llegar una carta. Utilizaré mis contactos en la Cruz Roja para enviaros la presente, ya que aquí en Segovia estoy esperando a mi buen colaborador, el marchante de aceites, para incorporarme a su recorrido hasta Asturias. El recuerdo de las parejas de la Guardia Civil subiendo cada pocas paradas a los vagones de tren me ha disuadido por completo de tomar el ferrocarril, y tu descripción del viaje en autobús me ha quitado todas las ganas de utilizar ese medio de transporte. Una buena alternativa hubiera sido irme por mi cuenta en mula, pero ya no dispongo de mi fiel animal. Aunque, si fuera necesario, me iría andando.</p>
<p>Tengo muchas cosas que contaros y la espera al marchante se me está haciendo eterna, así que mataré el tiempo escribiendo. Eso sí, es probable que luego os lo vuelva a contar de viva voz; espero que sepáis perdonarme. Estos días han sido muy intensos y aún me encuentro en proceso de asimilarlos, y ponerlos sobre el papel me ayuda a reducirlos a un tamaño con el que los puedo manejar. Mi vida ha cambiado. Más bien, mi vida ha desaparecido. Y resulta que siento un tremendo alivio. No sé si acabo de entenderlo.</p>
<p>No voy a ser catedrático. No, al menos, en la Universidad de Madrid. Nunca. Durante estos días de verano, la actividad en la Universidad cambia, aunque no desciende. Aprovechando la ausencia de alumnos, se produce un prolijo baile de máscaras entre despachos, lugares de encuentro social, residencias particulares, fincas, cacerías, donde nadie habla claro y donde se deciden los favores, los candidatos, los intercambios y los precios a pagar. Con la muerte de don Álvaro, me he quedado sin mentor y sin pareja de baile que me dirija entre todas esas trampas sin dar tropezones. Además, no tengo nada que ofrecer, más que mi propio conocimiento y mi oficio. Sólo soy un advenedizo venido a más. Y se ha acabado mi mascarada.</p>
<p>El pasado día 1 de julio, coincidiendo con la recepción de una carta de mi mujer desde Toledo, llegué a mi despacho en la facultad y me lo encontré cerrado con llave. Extrañado, pregunté en un pasillo a uno de los bedeles, y el hombre, sin atreverse a sostenerme la mirada y tras bastante insistencia por mi parte, me respondió entre dientes que no tenía la llave y que habían vaciado mi despacho por orden del decano. De mis pertenencias, no tenía conocimiento. Furioso, le presioné para que me dijera con quién podía hablar para arreglar esa situación, y fue entonces cuando levantó la vista, me miró muy serio, cambió el tono de voz y me dio un buen consejo. Me dijo, de hombre a hombre, que una retirada a tiempo es una victoria. Y le entendí. Sin más, se despidió con una breve inclinación de cabeza y desapareció en las profundidades de la facultad.</p>
<p>Permanecí un rato en aquel pasillo, asumiendo la noticia. Estaba despedido. Así de fácil. Reflexioné un momento acerca de lo que pudiera tener en el despacho que quisiera recuperar y descubrí que nada tenía ningún valor si no iba a seguir dando clases. Por supuesto, más temprano que tarde tendría que dejar el piso de la Castellana. Como Ícaro, había volado demasiado alto y mis alas se habían derretido, precipitándome al suelo. Entonces consideré las opciones que tenía.</p>
<p>Los gastos de mi nueva vida en la alta sociedad habían sido muchos y se habían comido mis pocos ahorros; necesitaba algo de dinero para volver a empezar. Me encontraba al borde de la ruina, con pocos amigos y con la única compañía de una doméstica algo ciega y bastante sorda con mucho más corazón que cerebro. Pero al menos, tenía la consulta que me había legado el doctor Cervello de Guillerna. Quizá pudiera trabajar allí unas semanas para reunir algo de dinero y luego reunirme con mi familia, y a lo mejor, volver a abrir una consulta en Toledo, o volver a ser un médico de pueblo. De nuevo, tenía mi vida en mis manos, pero estaba asustado por mi desprotección.</p>
<p>Primero, envié un billete a mi fámulo, Ricardo, para que se pusiera en contacto conmigo en cuanto le fuera posible, y después me dirigí a la consulta del doctor Vicente Lamata, que había quedado a cargo de los asuntos médicos de don Álvaro y que, siendo su albacea, me había ayudado con los papeleos tras su fallecimiento. Es un hombre más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero bien conservado y con tendencia al buen vestir, de mirada clara e inteligente. Cuando pudo recibirme le expliqué mi situación. Se hizo cargo y me ofreció su ayuda, pero me señaló la necesidad de ser discretos. Hasta calibrar la magnitud de mi caída y los enemigos que, involuntariamente, me hubiera creado, él tenía que tener en cuenta su propia reputación. Me dijo que me tomara un par de días libres para ver si pasaba algo.</p>
<p>Me insinuó también la conveniencia de buscar otro alojamiento, y de inmediato me vino a la cabeza la vivienda de don Álvaro, vacía desde la partida de Luis Miguel. Pero alguien dijo que tres mudanzas equivalen a un incendio, y no podía tener más razón. Para evitar la molestia de otra mudanza, además pensando que pronto volveríamos a Toledo, y aún furioso por las maneras con las que me habían despedido, decidí que nos quedaríamos en el piso de Castellana para crearles el trastorno de que tuvieran que echarnos. Además, ya casi me había acostumbrado a tener a la hermana de Francisca y a ese hombre, que no conseguía ver bien, rondando por la zona. Después tuve ocasión de lamentarlo.</p>
<p>En la carta que mi mujer me había enviado y que aún yo no había tenido tiempo de leer, ella me comunicaba la imposibilidad de desplazarse en ese momento para una posible toma de posesión de mi cátedra, debido a las molestias propias de su estado, a lo que debía añadir que hacía falta a su familia durante la época de la cosecha. Percibí la desgana en sus palabras. Además, incluía una fotografía de Prado que había aparecido al revelar el carrete un vecino del pueblo, pues pensaba a que a nuestra mucama le gustaría tenerla. Al parecer, la película tiene muchísima longitud y no se revela su contenido hasta que no se termina todo el rollo, lo que en ocasiones lleva meses o incluso años. En esta ocasión, Prado aparece sentada en una silla rodeada de chiquillos, entre los que no estoy muy seguro de que se incluyan sus propios hijos. En cuanto me descuidé, Prado tomó unas tijeras y se recortó el rostro de la fotografía, con el argumento de que salía muy fea. De qué otro modo podía salir, pensé yo. Tenía que haberlo tenido en cuenta, pero ocupado de mis propios asuntos, no lo hice.</p>
<p>No encontré el momento de responder a mi esposa. No sabía cómo decirle que no iba a haber tal toma de posesión, tenía la sensación, cierta, de haber fracasado, de haber vuelto a perder, y ¿cómo podría presentarme ante ella así? Arruinado, vencido y espiado. Postergué mi respuesta como un niño gandul que evita hacer las tareas de la escuela.</p>
<p>Al día siguiente, Prado salió a comprar y tardó en volver. Yo no tenía nada que hacer y estaba releyendo nuestras cartas para matar el tiempo, pero por fin empecé a preocuparme, sobre todo cuando llegó la hora de la comida y no zumbaba como un insecto desquiciado por la cocina. Cuando por fin llegó, quiso escurrirse hacia sus aposentos, pero algo enfadado, se lo impedí tomándola de un brazo. Se encogió llorando como un perrito, como en los primeros tiempos, cuando se asustaba ante los movimientos bruscos. La solté de inmediato y le pregunté qué ocurría, pero no me lo quiso contar. Me he caído, decía, no tiene importancia. Se escabulló hasta la cocina, pero no llevaba la compra.</p>
<p>Escamado, la seguí. Cuando me fijé un poco mejor, vi que tenía marcas de dedos en el cuello y cerca de la oreja. No había duda de que le habían pegado. Le pregunté si habían intentado robarle o había tenido una refriega en el mercado, pero estaba demasiado asustada. Tuve claro que quería enterarme del asunto. Tomé una silla, me senté delante de ella, encendí un cigarrillo y le dije que no me iba a mover de allí hasta que no me contase qué había ocurrido.</p>
<p>Me costó un buen rato, pero me salí con la mía. Decía que le daba mucha vergüenza, que no sabía qué iba a pensar de ella, y por fin cogió aire y me dijo, muy seria, que había sido su marido.</p>
<p>Por Dios juro que casi me trago el cigarrillo de la impresión. Prado, le dije, tu marido está muerto. Sí, me respondió, lo maté yo. Prado, contesté, intentando conservar la calma, tú eres viuda de guerra, ¿qué estás diciendo?</p>
<p>Al fin pareció tomar una decisión, dijo que quería enseñarme algo, fue a su cuarto y volvió con una carta en las manos y otros papeles. Sin decirme nada más, me los tendió. Leí.</p>
<p style="padding-left: 30px;">“En campaña, 13 de septiembre de 1938</p>
<p style="padding-left: 30px;">Camarada Ángeles Teuler:<br />
Hoy, día de la fecha, he recibido su carta a contestación de la mía. Por ella veo que ha comprendido usted la desgracia ocurrida al pobre compañero Segorb. Me perdonará usted si he sido claro para comunicarle esa desgracia tan grande para usted como para nosotros, pues nosotros hemos perdido un excelente camarada y la República uno de sus mejores defensores. Suerte que quedamos algunos otros que sabremos vengar eso, camaradas que murieron cubiertos con un aura de heroísmo que nadie puede superar.<br />
También quiere que la dé la fecha de tan cruel desgracia. Fue el día 9 de agosto de 1938, fecha memorable para todos nosotros que tenemos que sentir. Su compañero fue dado sepultura el mismo día. Referente a la cartera, fue entregada al puesto de mando, pero el enlace que las llevaba fue muerto cuando cruzaba el río Segre y todas las documentaciones fueron arrastradas por la corriente.<br />
Todos los compañeros me encargan que le dé el pésame en nombre de ellos, y al paso le doy el mío, que es mayor por lo buenos compañeros que éramos.<br />
Sin más que tenerla que comunicar, se despide este camarada, que si en algo tengo que servirla ya sabe usted dónde me tiene.<br />
Firmado, Tomás Caballero.”</p>
<p>Puedo citar esta carta con tanta exactitud porque ha aparecido entre los papeles que tengo conmigo. Espero poder enviársela a Prado en el futuro para que quede de nuevo en su poder. Pero en aquel momento no entendí nada. ¿Por qué estaba dirigida a Ángeles Teuler? ¿Quién era esa mujer? Por haceros el cuento corto, pues intentar que mi doméstica se explicara fue una empresa considerable, esto es lo que saqué en claro.</p>
<p>En el cafarnaúm de la guerra, un hombre llamado Tomás Sogorb Pérez había caído en el frente. Algún mando había confundido a esta persona con Tomás Segorbe Fernández, que era el marido de mi criada, borracho y gandul, quien había desertado en la primera oportunidad que se le presentó. La confusión no fue corregida, y mucho menos por Prado, que vio la oportunidad de librarse por fin de un matrimonio desgraciado y además, pedir una pensión.</p>
<p>La pobre infeliz no había advertido que así privaba a otra familia de conocer el destino de ese hombre, ni que era probable que el desgraciado se presentase de nuevo cuando no tuviese otro sitio al que ir, ni que si descubrían su impostura podrían meterla en la cárcel. Simplemente, se encontró con la posibilidad de ser viuda, y le pareció una excelente idea. Y en realidad, hasta el momento había funcionado.</p>
<p>Le pregunté si no se había dado cuenta del error, y me dijo que sí, en el mismo momento en que le leyeron esa carta que me había enseñado, porque nadie jamás hubiera hablado en esos términos de Tomás Segorbe Fernández. Pero no se lo dijo a nadie, siendo la única vez en su vida en que había dicho una mentira. Menudo embuste fue a elegir.</p>
<p>Pero el hombre, en efecto, no sólo había sobrevivido a la guerra, sino que había regresado a su casa en Toledo, harto de dar tumbos, y se había encontrado con que su familia ya no estaba allí. Se había cambiado el nombre, quién sabe con qué artes, para que no le acusaran de desertor, pero encontró a sus hijos, a través de los cuales averiguó dónde paraba su mujer, y le había parecido buena idea hacer el viaje hasta Madrid para pedirle dinero. La había encontrado hacía unos días, pero me dijo que no había pasado de insultarla por vivir a solas conmigo. No obstante, en esta ocasión le había quitado el dinero de la compra y como no tenía más, le había dado unas bofetadas y agarrado del cuello, volviendo por sus fueros.</p>
<p>Según me contó Prado, vivía con una mujer llamada Justina Molero, que tenía tan poco oficio o beneficio como él. Y entonces todo conectó en mi cabeza. Justina Molero era la hermana de Francisca Molero, la madre de mi hijo Miguel. Necesitaban dinero y querían chantajearme a mí o a Prado, pero no teníamos nada que ofrecerles. Era un problema añadido a todos los demás. Debía solucionar mis asuntos y marcharnos de Madrid cuanto antes. En cuanto al tal Tomás, como marido de ella que era ante Dios y los hombres, no podía ser contestado. Le recomendé a mi sirvienta que fuera a comprar temprano, ya que ningún borracho madruga, le dije para consolarla que no le restaría el dinero robado de su paga, que de todos modos le debo, y le prometí que nos iríamos en cuanto fuera posible.</p>
<p>Un día después, que Prado había utilizado para llorar por cada rincón de la casa hasta mi hastío, ya había informado a Ricardo de mi propósito de retornar a Toledo, y él me había comunicado su decisión de permanecer en Madrid para cursar la carrera de Medicina, de lo que me alegré. Había conocido a una chica, me dijo ruborizado, le habían contratado como botones en el edificio de la Compañía Telefónica, y quizá pudiera sufragar sus estudios y mantenerse a la vez. Le deseé buena suerte, pues no podía hacer más por él.</p>
<p>El día 3, como digo, llegué a la consulta del doctor Lamata, con la intención de ponerme a su disposición para lo que quisiera mandar, y él me estaba esperando. Me hizo pasar a su despacho, donde una ventana abierta dejaba pasar un aire de fuego veraniego, y en voz queda, en su calidad de albacea, me comunicó que gracias al certificado de defunción de don Álvaro, aunque no consideraba conveniente hacer un funeral público, había abierto el testamento. Me había nombrado su heredero casi universal. Dejaba unas disposiciones sobre la consulta médica, y una bonita cantidad líquida para hacer frente a los gastos de transmisión de la herencia, pero incluso así, me había obsequiado con un capital completamente descomunal para un médico de pueblo como yo. Si lo manejaba con un poco de inteligencia, mi futuro y el de mi familia estaban garantizados.</p>
<p>Tardé unos momentos en reaccionar. La sorpresa me había arrebatado las palabras ante este increíble giro de la rueda de la Fortuna. Me levanté de la silla y me asomé a la ventana del despacho, maravillado por la increíble generosidad de mi mentor, por la bendición que tuve de que me pusieran a sus órdenes, y por su decisión de no haberme mencionado jamás tal extremo. Y le lloré de nuevo, infinitamente agradecido por su protección y cariño, y echándole de menos como no atiné a hacerlo con mi auténtico padre, y como no tuve tiempo de hacer con mi tío.</p>
<p>Durante los días siguientes, los otros problemas se me borraron de la mente, mientras el doctor Lamata se convertía en Vicente para mí. Pude apreciar en él las virtudes que sin duda le vio don Álvaro, siendo la mayor de ellas la inteligencia, y la segunda, la rapidez de raciocinio. Qué bien nos hubiera venido un hombre como él en el frente. Hicimos recuento de las propiedades del doctor, entre las que, por supuesto, se encontraba el piso, además del arriendo de parte de un edificio de viviendas en el barrio de Tetuán, varios terrenos en las afueras, campos de cultivo, diversas inversiones e incluso una pequeña bodega en la provincia de Toledo. Dimos orden de vender algunas propiedades, de hacer algunas inversiones y Vicente me arrastró ante el notario para otorgar un testamento para mi familia, en el que le nombré albacea. Hasta este momento, no he tenido la oportunidad de comunicarle a mi mujer que tiene el futuro resuelto, ella y nuestros hijos, para siempre.</p>
<p>Eso, siempre y cuando consiguiera solucionar algún detalle que otro. Una mañana, llamaron a la puerta de mi casa con malos modos. Prado fue a abrir, y se encontró con que dos individuos ciertamente inquietantes se le habían colado en el recibidor antes de que se diera cuenta. Preguntaron por mí, que al oírles abandoné mi desayuno y me presenté aún sin chaqueta, para encontrarme a los dos hombres que me habían interrogado hacía unas semanas en mi despacho de la universidad. Despedí a Prado y les invité a pasar al comedor, donde mi desayuno se enfriaba. Bajé el volumen de la radio y me puse a su disposición, haciéndoles notar que ya no trabajaba en la universidad y que no tenía nada pendiente con ellos.</p>
<p>No pareció importarles. Empezaron a hacerme de nuevo preguntas sobre mi familia, sobre mi relación con Prado, si tenía amigos… Rehusé responderles y quise saber quién les enviaba, pues aunque no se lo dije, mi contacto en la tetería me había informado de que en la ocasión anterior, el incitador de su presencia en mi despacho había sido Pascual Bravo y yo había dado por aclarado ese capítulo. Pero uno de ellos se abrió la chaqueta y me mostró, delicadamente bordado en su pechera, el símbolo del yugo y las flechas.</p>
<p>Al igual que pasó con el señor Herranz, Pascual Bravo había lanzado los perros sobre mi rastro, y aunque nuestras diferencias fueran inexistentes, nada podría apartarles de una posible presa. Era cuestión de tiempo. Reconozco que me asusté, y opté por desviar la atención y darles un poco de pena. Comenté el reciente fallecimiento de mi padrino, mi cese fulminante de mi puesto de trabajo, y que mi mujer estaba con sus padres debido a su estado y que ardía en deseos de reunirme con ella en cuanto cerrase mis asuntos en la ciudad, asegurándoles que saldría de Madrid en breve para no volver nunca jamás.</p>
<p>Esto pareció satisfacerles y uno de ellos me señaló que los aires de los Montes de Toledo le sentarían muy bien a mi salud. Entendí perfectamente su insinuación, pero el otro se rió entre dientes y mirándome con burla, me dijo que si tenía tanto aprecio a la tierra toledana, podían conseguir que permaneciera en ella para siempre. Se me heló la sangre, la verdad, porque no sabía si interpretar que podían conseguir que no saliera de Toledo profesionalmente o si me iban a enterrar en cualquier cuneta. Temí por mi familia, y de nuevo me alegré de estar separado de ellos. Por fin, conseguí que se fueran de mi casa. Desde ese día, aceleré los trámites de la herencia para poder partir cuanto antes, planeando el viaje para hoy, día 20.</p>
<p>Ocupados en esto, llegó la festividad de Santiago y se celebraron algunos festejos, pero todo estaba preparado para el día grande: el 18 de julio. Ahora lo llaman “la Fiesta de la Exaltación del Trabajo”, pero es la celebración del aniversario del día en que el sueño republicano terminó y medio país cayó sobre la bota del otro medio. Dos años ya. Se me han hecho tan cortos como largos. Tengo la sensación de que las sombras de aquella guerra fratricida se alargarán décadas en el tiempo, pero a la vez serán pisadas, como todas las sombras, por gente que se olvidará de su presencia, pero que tendrá los pies fríos sin saber por qué.</p>
<p>Debo interrumpir mi carta, amigos míos, pues el marchante llega para recogerme. Espero veros en unos días, pero ya que daremos un rodeo para evitar las principales poblaciones, envío esta carta por otros medios más rápidos que mi persona para anunciaros mi pronta llegada. Querido Luis Miguel, aguanta. Quiero darte un abrazo cuando te vea.</p>
<p>Vuestro amigo que lo es,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Carta 40: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jun 1941 18:26:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 5 de junio de 1941</p>
<p>Querido Luis Miguel:</p>
<p>De nuevo prefiero escribirte en lugar de vernos de nuevo. Qué alegría poder encontrarnos hace unos días; no sabes cuánto bien me hizo sentir que tengo un amigo. Ya lo sabía de antes, por supuesto, pero tenerte delante me consoló más que todas las palabras del mundo en ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 5 de junio de 1941</p>
<p>Querido Luis Miguel:</p>
<p>De nuevo prefiero escribirte en lugar de vernos de nuevo. Qué alegría poder encontrarnos hace unos días; no sabes cuánto bien me hizo sentir que tengo un amigo. Ya lo sabía de antes, por supuesto, pero tenerte delante me consoló más que todas las palabras del mundo en estos malos momentos. Gracias por tu presencia y por tu amistad, pero ojalá hubiera sabido entonces que esos malos momentos precedían a otros peores. Ahora, dados los acontecimientos, que han sido numerosos desde que nos separamos, considero más seguro para ambos regresar a nuestra comunicación epistolar. Verás por qué.</p>
<p>He sabido que don Álvaro ha muerto. Mi maestro, mi guía, mi padre ha muerto de nuevo. Me parece increíble estar escribiendo estas palabras y aún no puedo concebir que no vaya a verle más, que no vayamos a compartir un cigarrillo al final de la jornada, que no pueda consultarle los casos difíciles, que no pueda contar con él. Me invade tal tristeza que no atino ni a pensar. Yo, que hace poco más de un mes me creía el rey del mundo, con mi familia, con mi protector, mi trabajo, mi tesis aprobada, ahora soy un pobre imbécil que se ha quedado solo. Y tengo la sensación de que me lo he ganado a pulso.</p>
<p>Estoy furioso con los Hados y conmigo mismo. Me alejé de nuestros principios, quise vivir la vida de los ganadores cuando yo había perdido. Soy un impostor. Sólo sigo vivo porque soy el único que lo sabe, aunque muchos otros lo sospechan. Es cuestión de tiempo. Me creí a salvo de todo mal y quise dejar la guerra en el pasado, pero la guerra no ha terminado, amigo mío. La guerra sigue, pero ahora es peor, soterrada, omnipresente. El enemigo ya no está delante, sino que es el compañero, el que comparte el despacho, el que te da la paz en misa, el camarero que te pone un vino, la portera, el niño que pide en la calle. Cualquiera puede señalarte con el dedo, y ese dedo disparará una bala que puede matarte tanto como las que nos disparaban hace apenas dos años. Y a veces pienso si no será mejor.</p>
<p>No quisiera cargar sobre ti, a quien he visto tan consumido por la enfermedad, el peso de mis sentimientos, pero necesito compartirlos porque, lamentablemente, no voy a poder enterrar a mi mentor con los muchos honores que merece y celebrar el duelo. Y todos sabemos que eso es tan necesario para cerrar la herida de la separación… Si no pueden hacerse las pompas fúnebres, queda algo pendiente, como una canción interrumpida sin final. Enterrar un cuerpo es enterrar una etapa, cerrar un capítulo, y esto no podré hacerlo. Ni siquiera puedo hacer pública su muerte, debido al modo en que me ha llegado la noticia.</p>
<p>En ausencia de don Álvaro, quedé con la comanda de vigilar el grupo de refugiados que se ocultaban en las ruinas de la construcción del Hospital Clínico del que él se encargaba. Gran parte de ellos habían partido ya, entre ellos Otto, un judío polaco con el que yo había trabado cierta amistad, pero aún queda un pequeño conjunto de acogidos que espera el completo restablecimiento de un joven que llegó con un disparo en el abdomen que tenía bastante complicación, hace unos tres meses. El doctor y yo le operamos en unas condiciones algo precarias, pero el paciente era joven y fuerte, y tenía ganas de vivir, aunque una infección casi se lo lleva por delante. Ojalá pudiéramos disponer de esas nuevas medicinas que han llamado antibióticos; estoy seguro de que nos serían muy útiles. De todos modos, los cuidados de la que parece ser su esposa han sido constantes y por fin parece lo bastante recuperado como para seguir viaje hacia América, donde quiero imaginar que podrá empezar su vida de nuevo sin muchas secuelas.</p>
<p>Después de comprobar que este joven estaba en condiciones de recibir el alta, me dirigí a la tetería Embassy para transmitir esta información y que les incluyesen en el siguiente grupo que partiera. Allí, a través del procedimiento habitual, me encontré con mi contacto, quien me llevó a un aparte, acusó recibo de lo que yo le decía y a su vez, me hizo partícipe de otras noticias. La primera era que había tenido noticia de los dos individuos que se habían presentado en mi despacho con la intención de amedrentarme poco antes de partir yo hacia Asturias. Había sabido que quien los había enviado había sido Pascual Bravo, el arquitecto encargado de parte de la reconstrucción del Hospital Clínico y fiel colaborador y subordinado del ingeniero Eduardo Torroja, director de las obras.</p>
<p>Me indigné muchísimo, como puedes suponer, pero antes de que consiguiera expresar mi ira, mi contacto me detuvo, indicándome con suavidad que Pascual Bravo tenía razones para tenerme antipatía. En el mismo tono de voz, me dijo que Bravo estaba encargado de otra célula de refugiados, igualmente escondidos en las obras del Clínico. Primero, el hecho de tenerme que enseñar los rudimentos de las obras le quitaba tiempo para dedicarle a su grupo; después, verme siempre zascandileando por los dominios que hasta ese momento habían sido suyos le puso nervioso, pues temía que yo fuese a descubrir a su gente. Resumiendo: estábamos en el mismo bando, pero no podíamos saberlo.</p>
<p>Estupefacto, pregunté los motivos de que se me hiciese partícipe de esta información. Mi contacto me dijo que, aun sabiendo que ponerme en el secreto de la participación de Bravo en estos traslados era muy peligroso, sobre todo para la parte contraria, en parte era por agradecimiento, porque sabía el trabajo que habíamos hecho el dr. Cervello y yo mismo en aquellas catacumbas con el joven del disparo, así como el trato que habíamos dado a otros refugiados, y en parte porque mi situación había cambiado. Y acto seguido me dio a leer una carta.</p>
<p>Esta carta estaba algo maltratada, pero era legible. Iba dirigida a mí. Estaba escrita en latín con una letra ceremoniosa y clara, y en ella, mi fugaz amigo Otto narraba cómo habían conseguido salir del país a través de Bilbao hacia Londres, y de allí hasta Manchester, donde habían embarcado en el vapor británico “Marconi”. Este buque formaba parte de un convoy procedente de Liverpool constituido por treinta y cinco barcos mercantes y diecinueve barcos de guerra, que debían protegerles de los submarinos alemanes que plagaban el Atlántico, y se suponía que viajaba de vacío, con apenas unas bolsas de correspondencia, para cargar fruta en Río Grande camino de Buenos Aires.</p>
<p>Pero en realidad, el “Marconi” llevaba pasaje no autorizado, probablemente a escondidas de la propia compañía naviera. Algunos estaban camuflados como marineros de la tripulación, pero otros, en particular unas pocas mujeres, que no podían disfrazarse de tal guisa, simplemente se escondían en los camarotes de la zona de pasajeros, esperando que la travesía terminase cuanto antes. Otto decía que se había llevado una agradable sorpresa al reconocer a don Álvaro entre los embarcados, “virum gratissimum”, quien tenía la intención de llegar a Buenos Aires y desde allí, según me dijo a mí, reunirse con el doctor Gregorio Marañón en su expedición sudamericana. Sin duda, al no encontrar fácilmente otro barco que cruzase el océano, consiguió que le colaran en este pasaje sin declarar. Zarparon el día 12 de mayo.</p>
<p>El día 20 de mayo el convoy se dispersó y el “Marconi” continuó navegando en solitario. Esa misma tarde, consiguieron esquivar un torpedo que les habían disparado, pero en la madrugada siguiente no tuvieron tanta suerte y poco antes del amanecer, fueron atacados de nuevo y en poco más de media hora, el barco se fue a pique.</p>
<p>Algunos de los ochenta viajeros se hundieron con el barco, entre ellos todas las mujeres. No obstante, muchos otros pudieron encaramarse a los botes salvavidas, entre una lluvia de balas disparadas por el propio submarino que les había torpedeado. El capitán y el primer oficial cayeron abatidos, hasta que por fin, el maldito navío alemán se perdió en la niebla. Entre los supervivientes estaban Otto y don Álvaro, aunque éste estaba malherido debido a la metralla de la explosión en el carguero.</p>
<p>Entonces empezó una travesía a la deriva, “gelida tantibus”, decía Otto, de varios días de pesadilla cerca de las costas de Groenlandia. Entre nieve y niebla, sin apenas víveres, sin refugio posible, mojados y medio congelados, fueron muriendo y siendo entregados a las aguas del Atlántico en un breve funeral. Algunos bebieron agua de mar y enloquecieron, e incluso tuvieron que empujar a un hombre por la borda porque había sacado una navaja y quería apuñalar a todos. Y allí encontró la tumba mi mentor, muerto de frío y desangrado, en el fondo del océano.</p>
<p>Otto, por su parte, fue rescatado por el buque de guerra americano “General Greene” y tocó tierra en Canadá, siendo uno de los seis supervivientes que mantenía todas sus extremidades, dado que la congelación había hecho presa en los otros treinta y cuatro. En cuanto le fue posible, había puesto todo su empeño en comunicarme la pérdida, recordando que me estaba agradecido y que el doctor Cervello de Guillerna tenía una excelente relación conmigo, y añadía que su periplo hasta el Nuevo Mundo le había enseñado que durante la guerra hay muchas muertes que nunca se hacen oficiales, y que en la medida de lo posible hay que procurar que nadie se quede esperando durante años unas noticias que nunca llegan. Se despedía con las últimas palabras del emperador Octavio Augusto: “acta est fabula”. A pesar de mi desolación, tuve que maravillarme de la rapidez con que esta carta había llegado a mis manos, sin duda por correo aéreo.</p>
<p>No me dejaron quedarme la carta porque Otto daba también otras informaciones que no debían llegar lejos, pero mi contacto me puso en la mano un certificado de fallecimiento, supongo que falsificado, sabiendo que aparentemente, yo era lo más parecido a un pariente que el Dr. Cervello tenía, me dio el pésame, me apretó un hombro y empezó a irse, dejándome a solas con mi dolor. Pero antes de salir se detuvo, y sin volverse me recordó que me había quedado sin protector. Me deseó buena suerte y se fue.</p>
<p>Así pues, amigo mío, debemos extremar el cuidado. Sobre todo, no debemos atraer la atención sobre nuestra amistad, pues ahora voy a tener que hablar con mucha gente y dar muchas explicaciones, y todo ello en un círculo social en el que tu padre tiene muchos oídos. Hay que encontrar el momento para anunciar el deceso de don Álvaro, y sobre todo, tengo que montar una buena historia acerca de cómo me he enterado de este extremo; estoy pensando en afirmar que me ha llegado un telegrama desde la embajada española en Canadá, pero ni siquiera sé si tal embajada existe ni dónde está. El doctor había dejado instrucciones por cumplir si le ocurría algo, así que tengo que organizar un encuentro con don Vicente Lamata, a quien hizo depositario de sus disposiciones, buscar a los herederos, organizar un funeral, hacerme cargo de sus cosas…</p>
<p>En cuanto a ti y tu domicilio, no te ocultaré que desconozco el contenido del testamento, y por tanto es más que probable que la vivienda que ocupas tenga un nuevo dueño, quien querrá conocer sus nuevas propiedades, y te encontrará en ellas en calidad de sobrino desconocido. Lamentablemente, pero por tu seguridad, debes abandonar esa casa, amigo mío. Dalmacio y Asturias te esperan para tu restablecimiento y protección. Nadie podrá encontrarte allí. Reservaré la noticia del fallecimiento del doctor hasta que estés a salvo.</p>
<p>Por otra parte, he enviado una carta a mi mujer pidiéndole que venga a Madrid para el cierre de curso, que procuraremos que coincida con el funeral de don Álvaro, y la entrega de la cátedra, de la que no tengo más noticias hasta el momento. Luego, si ella así lo considera, podrá quedarse o regresar a Toledo. Les echo tanto de menos a los tres… En lugar de los berridos de un par de bebés pidiendo un cambio de pañal, en mi casa se escucha el permanente estruendo de la radio, los sollozos ahogados de Prado y ahora los míos. He encontrado una foto de don Álvaro muy joven, cuando seguramente apenas había empezado sus estudios de Medicina, la he enmarcado y mi doméstica le ha puesto un crespón negro. Como nadie nos visita, nadie ha de verlo antes de tiempo.</p>
<p>Debo dejarte ya, compañero. Me gustaría que nos viéramos antes de tu partida, pero no sé si será posible. Sea así o no, sabes que cuentas con todo mi aprecio.</p>
<p>Queda tuyo afectísimo,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 39: De Dalmacio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Sat, 31 May 1941 22:36:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 31 de mayo de 1941</p>
<p>Querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Primero, habrá de perdonarme por la introducción a estas letras tratándole con tal familiaridad en el saludo vocativo, pero Emilio, este nuestro querido amigo común, me ha estado hablando tanto de usted durante los últimos meses, que ya siento como si nos conociéramos.</p>
<p>Parece ser que usted y ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 31 de mayo de 1941</p>
<p>Querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Primero, habrá de perdonarme por la introducción a estas letras tratándole con tal familiaridad en el saludo vocativo, pero Emilio, este nuestro querido amigo común, me ha estado hablando tanto de usted durante los últimos meses, que ya siento como si nos conociéramos.</p>
<p>Parece ser que usted y yo tuvimos un encuentro hace poco más de dos años en unas circunstancias muy diferentes a las actuales, y habrá de perdonarme de nuevo, porque lamentablemente no recuerdo aquel momento. Como supongo que ya estará informado por Emilio, la Fortuna quiso que el señor Robert Capa inmortalizara tal ocasión, y para mi sorpresa me han llegado noticias de que el retrato en cuestión fue divulgado por una importante revista de lengua extranjera.</p>
<p>Comprenda usted que a causa de mi oficio como conductor de ambulancias durante la guerra, tuve cientos de encuentros, quizá miles, y si hemos de añadir el caos que supuso el conflicto y todos los hospitales de campaña que tuve que recorrer durante meses, puede suponer que mi cabeza dejó de memorizar los rostros de los camaradas. Afortunadamente, Emilio, usted y yo, sobrevivimos y hemos dejado atrás todo aquello. Pero cuando pienso en los destinos de aquellos soldados de aquella guerra que nunca debió tener lugar, ahora, acomodado en mi casa de Asturias, y desde la distancia al horror que tuvimos que padecer, trato de suponer sólo bienaventuranzas para los camaradas que nunca más volveremos a ver.</p>
<p>Sea bienvenido, amigo Luis Miguel. Tal vez debiera haber comenzado esta carta con estas palabras; disculpe esta cabeza mía, que no ha hecho más que intentar recomponerse desde abril del treinta y nueve. Cuando venga por fin a La Quintana le explicaré largo y tendido los avatares que minaron mi razón hasta creerla perdida. Pero no tema: el tiempo, la reflexión y la inestimable ayuda de Emilio y del cura de Marcenado del Moire, me devolvieron una cordura que realmente nunca perdí. Sabrá que la cabeza está llena de rincones oscuros e inexplorados, pero he aprendido que hay que avanzar por ellos sin temor.</p>
<p>Por otro lado, tengo entendido que se encuentra usted delicado de salud, y siento mucho que así sea. Me atrevería a pronosticar que los aires asturianos acelerarán la recuperación de sus fiebres reumáticas. Así que tenga por seguro que aquí podrá descansar, y aunque no conviene alejarse mucho de La Quintana, seguro que podremos dar largos paseos ahora que ya está aquí el buen tiempo, y de seguro que estos espantarán sus ajes. Con un poco de suerte, toparemos con el Busgosu en los bosques. Pero no tenga cuidado, Luis Miguel. El Busgosu es un ser mitológico que habita en la fantasía de unos y en la realidad de otros. Se trata de un juego que proponen desde hace muchos años los bosques de estas tierras mágicas.</p>
<p>Sin ir más lejos, mi bisabuelo Amancio me aseguró hace muchos años que se encontró con él. Lo describió como un ser pacífico, con cierto aire cansado pero al tiempo infatigable, alto, enjuto, barbudo y con los ojos pequeños y hundidos. Mi bisabuelo le dijo que llevaba toda la vida buscándole, pero cuál sería su sorpresa cuando la respuesta del Busgosu fue que era él el que buscaba a los lugareños cuando consideraba que necesitaban su ayuda. Durante aquel único encuentro, mi antepasado andaba preocupado por su futuro y el de toda su familia, porque habían plantado lino para hacer tela para colchones y un temporal acababa de echar a perder toda la cosecha. El Busgosu, antes de que mi bisabuelo le contara sus cuitas, profirió un consejo que beneficiaría no sólo a mi pariente, sino también a las siguientes generaciones. Le dijo que la Naturaleza era caprichosa e impredecible, pero que por su afinidad con los otros habitantes del bosque, había sabido que el río que alimentaba el molino que usaba para teñir y ablandar las telas y las lanas para su negocio de colchones, desaparecería… El río brotaría de nuevo, sí, pero que no sabía cuándo. Esa misma noche, el bisabuelo Amancio comenzó a pensar en cómo su familia podía no depender del molino, y lo consiguió antes de que el río dejase de manar.</p>
<p>Sé lo que estará pensando, amigo mío, que esta cordura, de la que yo mismo dudé, no ha terminado de enraizarse en mi cabeza. Y pudiera ser que no esté usted muy equivocado, pero aquí en Asturias, en esta tierra que me vio nacer, la que esperó mi ausencia durante la guerra, y la que acogió después mi regreso con los brazos abiertos, guarda unas doctrinas que se conservan por transmisión de padres a hijos. No dude de que estos lares son hospitalarios para todo hombre de buena fe que quiera poner un pie en ellos. Por esta razón, Luis Miguel, y por el simple hecho de confraternizar con nuestro común amigo, La Quintana será su casa desde el mismo momento en que usted decida adentrarse en tierras astures. Así que le ruego que se sienta en ella.</p>
<p>Le confesaré que ando un poco apesadumbrado. He de reconocer que también me siento algo culpable por la actual situación de Emilio. Hace pocos días recibí una carta suya en la que me explicaba algunos problemas en los que yo, a causa de la distancia, no le puedo ayudar. Como ya le he dicho anteriormente, nuestro común amigo, además de ser uno de los eslabones principales por los que recuperé mi razón, es el responsable de que yo ahora pueda disfrutar de la libertad que tanto anhelaba cuando estuve internado en La Cadellada. En cierto momento requerí su ayuda, pues solo él podía sacarme del manicomio.</p>
<p>Bien, Emilio tuvo la deferencia de apartar todos sus quehaceres y obligaciones, acudiendo inmediatamente a mi reclamo. Se presentó en Oviedo de inmediato, y con la sutileza que le caracteriza, urdió unos argumentos más o menos falsos que le presentó al director del centro con esa agudeza tan propia de él. Por esta razón, y por otras muchas, estoy en deuda con él. Pero lamentablemente, no puedo trasladarme a Madrid para ofrecerle mi apoyo. La causa es que, además de que mi documentación no está en regla, temo que no pudiera salir indemne de un registro, y las consecuencias entonces serían fatales para mí. Por otro lado, creo que usted está en Madrid, así que quisiera pedirle que antes de partir hacia Asturias, si pudiera transmitirle unas palabras de ánimo de parte de este campesino, le estaría muy agradecido.</p>
<p>También, tengo que indicarle que dada la situación política, en Asturias no va a encontrar un paraíso. Cierto que La Quintana, además de mi hogar, es una especie de refugio que guarda el sosiego de cualquiera que haya podido regresar de una guerra que ha perdido. La casona está ubicada en un espacio alejado de la venganza de los que se sienten represaliados. Y con respecto a esto, me gustaría ponerle en antecedentes, pero me extendería considerablemente, y es preferible que haga por encontrarse con Emilio y que él le narre cierto episodio sucedido con el cura de Somiedo. Además del mencionado, el motivo principal de que no escriba sobre este respecto es que debo extremar mucho el cuidado con este asunto, pues aunque creo que está borrado todo vestigio que pudiera relacionarme con este pobre desgraciado, no quisiera que cualquier detalle aquí escrito pudiera caer en manos ajenas y se despertara nuevamente el interés. Aún así, me mantengo ojo avizor, pues lo ocurrido aun está presente en mis pesadillas.</p>
<p>Pero tengo el presentimiento de que éstas desaparecerán en cuanto usted ponga el pie en mi casa. Emilio piensa que mi soledad es la causa de todos mis males, y que su compañía nos beneficiaría a ambos. Por mi parte, paliaría este pesar y melancolía que siento por la reciente noticia del fallecimiento de mis padres. Pero no tema por lo del cura de Somiedo, Luis Miguel, ya que don Roque, el sacerdote de Marcenado que es gran amigo mío, ha ahuyentado a falangistas, guardias civiles y al clero de los bosques donde sucedió lo que le ha de narrar Emilio. Así que confío en que el transcurrir del tiempo se alíe con el olvido en beneficio de todos.</p>
<p>Antes de embarcarse a la aventura de esta convivencia, quisiera explicarle brevemente el mapa que adjunto a esta carta para que pueda hallar sin problema su próxima residencia. Cuando se adentre en la comarca asturiana, habrá de dirigirse a la zona costera central de Asturias. Marcenado del Moire limita al norte con el mar Cantábrico, y es el pueblo que ha de tener como referencia para llegar hasta La Quintana. La población se encuentra a un día y medio de camino desde Oviedo. Para ello deberá coger el tren de Avilés, y aunque la estación en la que ha de apearse queda apartada del de su destino, siempre hay carros que por unas monedas le pueden acercar hasta donde precise. Si decide hacer ese camino a pie, quisiera hacerle una advertencia que ha de tener muy presente. Si se encuentra con un par de labradores castellanos, y decide hacer una parada de descanso en su casona, no acepte ningún alimento que le pudieran ofrecer, y en especial una sopa de setas. Pasé por el trance al que me estoy refiriendo, y ese fue el comienzo de todas mis desdichas. Le hablaré sobre esto en nuestro encuentro.</p>
<p>Cuando vea que se está acercando usted a Marcenado, de ninguna manera atraviese el pueblo. Los lugareños indiscretos podrían desconfiar de un forastero y extrañarse al verle ascender por el cerro que conduce hasta la casona. Le he dibujado en el mapa un valle largo que conduce hasta las laderas, luego de avanzar por el estrechamiento, y después de tajar el desfiladero hasta llegar a un promontorio, podrá observar que se encuentra con las ruinas de una abadía. Siga ese camino sin miedo al bosque, pues aunque pudiera tener la sensación de estar recorriendo senderos infaustos, son espejismos que alejan a los curiosos de este trocito de libertad en el que vivo.</p>
<p>Como he dicho antes, Emilio tuvo oportunidad de pasar unos días en La Quintana y, aunque doy por seguro que ya se lo ha hecho saber, las temperaturas suaves tanto en verano como en invierno parecen ser beneficiosas para su dolencia. Tengo entendido que es usted un hombre de mundo, que ha recorrido, e incluso fijado varias residencias temporales en grandes capitales, y tengo mucho interés en que me cuente sus vivencias. Por desgracia, he tenido pocas oportunidades de viajar; tan sólo a lomos de Rocinante, o gracias a unos pocos volúmenes prestados de Julio Verne, hasta que hace unos pocos años, y a causa del estallido de la guerra, mi obligación para con la República me obligó a ver realizado lo que siempre me había prometido. Ver otras culturas, otras gentes, que, aunque afines por ser hermanas al encontrarse en la península, en ningún momento desmerecían unas ante las otras. Conocí a un vasco en el manicomio, a un ruso en Guadalajara, a algunos franceses en los distintos hospitales de campaña, y a varios romanos y alemanes en los distintos frentes.</p>
<p>Si hubiera de poner fecha al final del mundo del que creí que nunca llegaría a apearme, sería a mediados, quizá últimos de septiembre del treinta y seis. Aquel verano transcurrió como tantos otros, caluroso y apacible, tal vez en exceso. Ahora tengo la sensación de que ese día dejé atrás al joven ingenuo que ahora me cuesta reconocer. Cierto es que meses antes circularon por el pueblo las noticias de los desastres que acaecían en el resto del país, pero ¿Asturias? Desde los acontecimientos de 1934, estas tierras estaban tranquilas. Nunca pude imaginar que en el conflicto se vieran afectados los campesinos que no habían hecho otra cosa en su vida que labrar la tierra y cuidar del ganado.</p>
<p>Estábamos mi familia y yo tan ocupados con la cosecha que nunca llegamos a pensar que la guerra fuera con nosotros. Hasta que tuve que bajar al pueblo, con un saco para comprar pan para toda la semana en la tahona. Estaba cerrada a cal y canto. Marcenado se asemejaba a un pueblo fantasma y entonces supe que algo estaba sucediendo, o estaba a punto de suceder. Así que me acerqué a la iglesia, seguro de que don Roque sabría explicarme la situación. Cuál fue mi sorpresa cuando vi que todo el pueblo estaba ahí reunido, y tal sorpresa se acrecentó al observar que no era el cura a quien yo había ido a visitar quien hablaba desde el púlpito.</p>
<p>En su lugar se encontraba un hombre uniformado, entonces no supe de quién se trataba. Explicaba a los vecinos que estaba ahí con el objetivo principal de iniciar el reclutamiento de mozos de quintas. La razón era que las tropas nacionales estaban entrando por la tierra occidental de la provincia, que iban buscando Oviedo. Que había estado defendida por unos batallones asturianos e incluso reforzados por gente de Santander, y que incluso los vascos ya no podían hacer nada por nosotros. Partí de inmediato con los reclutados para participar en la batalla defensiva del Ejército Popular Asturiano en defensa de nuestra tierra. Pero como ya sabe, fue inútil. La historia de mi traslado hacia otros puntos de resistencia de España supongo que será igual que la del resto de los españoles.</p>
<p>Amigo Luis Miguel, cuando haya llegado a La Quintana y se haya establecido aquí, tendremos oportunidad de hablar sobre todo esto frente a sendos vinos calientes. Esperando que llegue ese momento, le deseo un buen viaje a ésta que es su casa.</p>
<p>Sin más, se despide el que ya es su amigo,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 36: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Sat, 17 May 1941 18:43:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 17 de mayo de 1941</p>
<p>Querido Luis Miguel:</p>
<p>Te escribo a la dirección de mi maestro don Álvaro con la esperanza de que hayas podido ya instalarte en su residencia. Espero también que a la recepción de la presente te encuentres bien de salud y que el brote de tu enfermedad haya remitido, al ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 17 de mayo de 1941</p>
<p>Querido Luis Miguel:</p>
<p>Te escribo a la dirección de mi maestro don Álvaro con la esperanza de que hayas podido ya instalarte en su residencia. Espero también que a la recepción de la presente te encuentres bien de salud y que el brote de tu enfermedad haya remitido, al menos lo suficiente como para permitirte hacer pronto un viaje. Amigo mío, Asturias te espera en breve.</p>
<p>He escrito a mi mujer con la petición de que pasara por tu nuevo domicilio para presentarse y asegurarse de que estás bien, pero como es natural, no he recibido respuesta, pues no sabría a dónde responderme. Como he utilizado con ella el sistema regular de Correos, no me sorprendería que todavía no hubiese recibido mi carta, pero no te inquietes si aparece para visitarte. También he dejado a mi fámulo Ricardo atento a tus necesidades. En esta ocasión, en lugar de utilizar los servicios de mi marchante de aceites que me facilita las comunicaciones por la zona norte, he aprovechado los recursos de la familia de un compañero de Dalmacio en el manicomio, el joven Bazkoare. Es éste una bellísima persona, un alma tan sensible que no ha podido resistir los horrores de la guerra, e intenta ahora, en un lugar equivocado, restablecer su armonía rota.</p>
<p>Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. ¡Tengo algo muy importante que decirte! Tal y como te dije en mi carta anterior, emprendí viaje hacia Asturias al poco de terminar de escribirte. Con mi maleta en la mano, me acerqué hasta la estación de Atocha para comprobar el funcionamiento de eso que ahora llaman Renfe, que se ha llamado toda la vida “ferrocarril”, y que, efectivamente, funciona con el mismo retraso y deja la misma carbonilla por todas partes. Matando el tiempo por el embarcadero, me senté en un banco a fumarme un cigarrillo y por casualidad vi que detrás del asiento se había caído una revista. Pensando en conservarla para que Prado pudiera dibujar alguna de las fotografías, que es un ejercicio que le gusta mucho, la rescaté, un poco mojada, algo arrugada y con alguna página rota, y la hojeé para quitarle tierra y comprobar su estado.</p>
<p>Y cuál fue mi sorpresa cuando encontré mi propio rostro mirándome en ella. Mi rostro, el tuyo y el de nuestro futuro común amigo Dalmacio. Una foto en la que aparecemos los tres, calculo que sobre 1938, la única vez en que pudimos coincidir los tres en el mismo lugar. ¡Qué contento me puse, amigo mío! El carrete que te dio Robert Capa por fin llegó a su destino, tus sacrificios no fueron estériles. Era un número atrasado del semanario estadounidense Life, con unas pocas fotos de las condiciones de vida en la batalla del Ebro y, por lo que pude entender, relacionándolas con fotografías similares de las campañas de la guerra en Europa. No atino bien a comprender cómo han llegado las tuyas a ese semanario tan lejano, pero supongo que los que escriben en las revistas europeas que la contienda está devorando buscan pastos más verdes al otro lado del Atlántico, y se llevan su material.</p>
<p>Como puedes imaginar, he guardado el ejemplar como oro en paño. Probablemente su propietario se libró de él por temor, pues tener en las manos semejante publicación puede ser peligroso. No soy capaz de entender una palabra de todo el reportaje, pero indudablemente somos nosotros y se menciona a Capa como autor de las imágenes, así que ten la seguridad de que el carrete llegó a las manos adecuadas. Qué estupenda casualidad, qué caprichos tiene el Destino, para hacerme llegar este documento… Dalmacio también se ha puesto muy contento de tener una fotografía de nosotros juntos, aunque le he prometido que mañana domingo nos haremos una, ya que se celebra en el pueblo la Fiesta de la Primavera y seguramente venga un fotógrafo al que comprarle una instantánea.</p>
<p>Demoré casi tres días en llegar a Oviedo, pues no todas las líneas de tren circulaban y hube de desviarme por Ávila y Medina del Campo, pero el enlace con Palencia no estaba en servicio y tuve que padecer un ferrocarril de cuarta por Zamora y Astorga encajado entre una jaula de gallinas y los petates de dos soldados, hermanos, que regresaban a casa de permiso después de casi dos años sin ver a su familia, y que se hallaban en posesión de unas piernas extraordinariamente largas que invadían mi espacio y que conseguían pisarme con bastante facilidad. Cada dos paradas subía una pareja de la Guardia Civil y se daban un paseo, pidiendo la documentación cuando les parecía bien, y así, sobre el banco de madera más incómodo que han catado jamás mis riñones, durmiendo a ratos, y aguantando los olores, cloqueos y picotazos de las malditas gallinas cuando me quedaba dormido cerca de su jaula, conseguí apearme el lunes por la mañana en la estación de Oviedo.</p>
<p>Tratando de enderezarme el espinazo, busqué a alguien que me pudiera acercar a la Cadellada, desconociendo por completo a qué distancia se encontraba o en qué dirección. Estaba yo negociando un precio con un cochero que se encontraba a la caza de clientes a la salida de la estación de trenes, cuando alguien me tocó el hombro y me llamó doctor. El susto formidable que me llevé debió de quedar patente al girarme, pues me encontré un hombre fornido que levantaba las manos en son de paz, que se disculpaba por haberme asustado y que me preguntaba si no me acordaba de él. Sus facciones me eran familiares, pero sólo cuando estiró un pie del que cojeaba conseguí recordarlo con seguridad. Era un arriero a quien asistí en Toledo una vez, a quien amputé los dedos del pie después de que una mula cargada hasta el límite se los quebrase sin remedio de un pisotón. Se presentó con el nombre de Marcial, se mostró muy satisfecho de mi intervención, que le permitió cerrar la temporada como arriero y buscar luego otro oficio algo más agradecido en la tierra de su mujer, y me ofreció sus servicios por la mitad del precio que me estaba ofreciendo el cochero anterior, quien se retiró de la puja sin más comentarios.</p>
<p>Así, de mano de Marcial, llegué al imponente edificio de la Cadellada sin afeitar, hambriento, con el traje arrugado, oliendo a gallina y de bastante mal humor. Me presenté sin vacilar en la entrada sacudiéndome el hollín del tren, pregunté por el doctor Hermógenes Rodríguez Casares, encargado del caso de mi amigo, y en cuanto me indicaron su despacho me presenté allí con todas mis credenciales académicas sin esperar a que me anunciaran. Acabo de caer en la cuenta de que no te había contado que una supuesta dolencia de Dalmacio acabó con él en un manicomio, pero también debo decir que este lugar no le correspondía. Su salud mental está fuera de toda duda, y las circunstancias en las que terminó allí te las contará él en su momento. Yo, en mi calidad de médico y amigo suyo, así te lo aseguro.</p>
<p>Y así se lo aseguré también al doctor Rodríguez Casares. Reconozco que mi inusitado aspecto y mi inopinada aparición debieron de impresionar al hombre, aparte de que mi humor de perros en ese momento no me llegaba para templar gaitas. No obstante, tuve el tino de observar que era halagándole como conseguiría de él lo que quería, así que le pedí que me mostrase las instalaciones del hospital, como él lo definía, y me inventé para él una historia, en parte verdad y en gran parte mentira, sobre el personaje de Doroteo Quindós, el nombre bajo el que mi amigo estaba ingresado. Durante un paseo por los jardines del manicomio, incluso le prometí una máquina nueva de electrochoques a cargo del presupuesto de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid, aunque no tengo ni idea de para qué sirve tal aparato, pero como no tengo intención alguna de cumplir tal promesa, no tiene ninguna importancia.</p>
<p>En fin, que con una combinación de miel y hiel, amenazando y prometiendo, alabando y censurando, conseguí vencer su reticencia a liberar a su cautivo, la cual me pareció que tenía más que ver con la condición de militar bajo la que mi amigo estaba ingresado que a su auténtica mejoría, ya que el Ministerio se encargaba puntualmente de los gastos que el interno pudiera ocasionar. Me responsabilicé por completo de su comportamiento y firmé cuanto documento me pusieron por delante. Incluso me entrevisté con Bazkoare, a quien he mencionado antes, que es un interno con quien Dalmacio ha hecho buenas migas y que confirmó ante el doctor Rodríguez Casares y ante mí mismo el impecable comportamiento de su compañero, y cuyos contactos harán llegar con un poco de suerte estas líneas a tus manos. Me cayó bien, Bazkoare. Mañana le enviaremos una carta contándole nuestro periplo y adjuntando la presente, para que le dé curso.</p>
<p>Por fin me trajeron a Dalmacio, flaco y desmejorado, pero más cuerdo que nunca. Antes de la hora de la comida estábamos trepando al coche de Marcial y alejándonos lo más deprisa que nos era posible, por un camino tan mal arreglado como las mentes de los pacientes que allí residían.</p>
<p>Cómo me alegré de verle, Luis Miguel. Tanto como me alegraré de verte a ti de nuevo, un día que espero no esté muy lejano. Qué gran abrazo nos dimos mientras el coche daba brincos entre los baches. Buscamos una venta donde nos dieran de comer y pudiéramos comprar vituallas, y sin más dilación seguimos hacia la Quintana, lo que también fue un buen trabajo. Dos días demoramos en llegar, durmiendo en los monasterios que dan refugio a los peregrinos del Camino de Santiago, y pasando luego por unos senderos de herradura que harían protestar a las cabras, y sin duda si no fuera porque Dalmacio conoce cada montaña y cada árbol del recorrido como si tuvieran un cartel iluminado indicando la dirección, no habríamos sido capaces de llegar. Marcial nos dejó al pie del risco, en la vereda que en apenas una hora caminando lleva a la casa, se despidió de nosotros, rogándonos encarecidamente que no dejásemos de avisarle la próxima vez que visitásemos la ciudad, y se alejó montaña abajo.</p>
<p>Así pues, aquí llevamos tres días, mientras mis pobres huesos se recuperan de la paliza y hago propósito para iniciar el viaje de vuelta. Espero que puedas encontrarme en Madrid en breve. Aquí en la Quintana se vive bien. Es sin discusión un lugar apartado y tranquilo, al que no viene nadie que no tenga un motivo. Indudablemente, la intención original de situar la casa y su molino lejos del pueblo fue aprovechar los vientos para ayudar a girar la piedra si el riachuelo bajaba seco. Hoy, se trata de un enorme caserón de piedra un punto siniestro, de cuatro pisos de altura y tejado a dos aguas, con dependencias adyacentes, algo desportilladas, para todas las funciones de una casa de labor, un hórreo para almacenar grano y unas cuadras vacías. Por la parte trasera hay un pequeño barranco del que brotan unos hermosos árboles y por el que pasa un arroyo que, acumulado en la parte alta con una acequia, podía mover la rueda del molino. Por este lado, ya comienza el bosque, una masa de floresta apretada que no parece nada acogedora más que para trasgos y seres sobrenaturales. Por el otro, unas laderas verdes y maravillosas, por las que dan ganas de echarse a rodar, dan de comer a un poco de ganado tranquilo y desperdigado, y al fondo, sobre el cielo despejado de la primavera, se alzan impresionantes las montañas, que aún conservan algo de nieve y refrescan el aire por las noches.</p>
<p>Por algún tipo de magia, los pollos que le hice enviar a Dalmacio no sólo han sobrevivido a su ausencia sin morir de inanición, ser robados o asesinados por raposas, sino que se las han apañado para reproducirse y tener un par de pollitos. Estas pequeñas vidas espontáneas dan alegría con sus píos y sus cacareos en la soledad del monte. Hemos habilitado unas dependencias, limpiado el hogar y hecho algo de acopio de leña. Mañana bajaremos al pueblo a comprar en la feria algo de tela para hacer unos cojines y un mantel nuevos, y para saludar a don Roque.</p>
<p>Anoche, de madrugada, escuché un cloqueo muy extraño, como si alguien golpease un tronco hueco con unos palos, y luego chasquidos como si se rascase la corteza de un árbol con un cepillo de metal. Bajé a la cocina temiendo que alguien estuviese al tanto de nuestra llegada, y allí me encontré a Dalmacio, que miraba muy atento por la ventana y me hizo un gesto de silencio. Me susurró que era un urogallo cantando en celo, un pájaro del tamaño de un pavo pequeño, extremadamente tímido y del que dicen que da buena suerte cuando se deja ver. Realmente, verlo no lo vimos, pero lo escuchamos cantar durante un buen rato, hasta que se aburrió y nos volvimos a la cama.</p>
<p>Desde que conseguí sacarle de la Cadellada, Dalmacio está tranquilo como un convaleciente que sabe que su recuperación será larga, pero que lleva buen camino. Se sienta en el poyo junto a la puerta de su casa, cara al sol, valga la expresión, cierra los ojos y se entrega a hacer la fotosíntesis, empapándose de luz y de la serenidad de su hogar. No quiero interrumpirle, pero tengo la impresión de que intenta que le salgan raíces y se quiere convertir en la parra retorcida que se extiende por la fachada, agarrándose a la casa y formando parte de esta tierra para siempre.</p>
<p>El lunes emprenderé el camino de vuelta. Espero que el paso de Palencia ya esté abierto y no me lleve tres días el regreso… Aquí se vive muy tranquilo, pero echo de menos el bullicio de mi casa, con la Prado canturreando por la casa como un abejorro contento y mi mujer susurrando lindezas a los niños mientras les da de mamar. A decir verdad, no echo de menos los olores de los pañales ni las berreas cuando tienen hambre, pero me consuelo pensando que es sólo una etapa y que no acabaré de creerme cómo ha pasado el tiempo cuando los vea hechos unos hombres.</p>
<p>Cuídate mucho, compañero. Espero que nos veamos pronto en Madrid.</p>
<p>Tu amigo que lo es,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 33: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Wed, 07 May 1941 22:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 7 de mayo de 1941</p>
<p>Querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Espero sepas disculpar mi tardanza en responderte, pero tu carta no ha llegado a mis manos hasta hace dos días. Resulta que, a instancias de mi mentor don Álvaro, nos estamos mudando de nuevo, esta vez a un piso estupendo de alquiler en la calle Hermosilla, junto ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 7 de mayo de 1941</p>
<p>Querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Espero sepas disculpar mi tardanza en responderte, pero tu carta no ha llegado a mis manos hasta hace dos días. Resulta que, a instancias de mi mentor don Álvaro, nos estamos mudando de nuevo, esta vez a un piso estupendo de alquiler en la calle Hermosilla, junto al Paseo de la Castellana, mucho más céntrico y a apenas media hora caminando de la Facultad, o a un ratito en tranvía. La zona es magnífica; nada que ver con los solares en obras del Paseo de Aceiteros. Aquí al lado vivía el conde de Romanones, y Cánovas del Castillo con su segunda esposa. Hay palacetes y hotelitos, jardines y lujosas dependencias. También están las oficinas del diario ABC, el precioso aunque alicaído Palacio de Larios y una iglesia evangélica alemana que se llena de teutones los domingos. Incluso hemos conseguido encontrar acomodo para mi buena mula, de la que me resisto a deshacerme, aunque ahora dispongo de un coche con chófer a compartir con otros profesores.</p>
<p>Naturalmente, el piso dispone de zona para el servicio, y de hecho se me ha insinuado que tener una única doméstica no es digno de este nuestro nuevo estatus. He tenido la pésima idea de mencionarlo al alcance de los oídos de Prado y lleva con los morros tiesos desde entonces, pero es cierto que la casa es enorme y que el trabajo va a ser mucho, además de que mi sueldo va a ser superior y lo más seguro es que podamos permitírnoslo. Es algo que aún tenemos pendiente.</p>
<p>En fin, que debido a estos movimientos, nuestro correo Manolo ha tardado en encontrarme, pues no se atrevía a dejar tu carta desatendida y no ha podido avisarte, dado que desconoce tu paradero, como debe ser. Al hilo de esto, quiero proponerte algo, para lo que debo ponerte al tanto de los últimos acontecimientos.</p>
<p>El pasado día 15 de abril defendí mi tesis ante el Tribunal de la Facultad de Medicina. Mi trabajo se ha visto recompensado con un aprobado cum laude, una felicitación especial y la sugerencia de que, dada la escasez de mentes formadas, quizá pudiera ser agraciado o bien con la cátedra de Fisiología que fue de Negrín, o con la cátedra en Dermatología que el profesor Sánchez-Covisa ha dejado vacante, cosas ambas que considero más allá de mi alcance. Yo, que soy poco más que un advenedizo, un médico de pueblo, un curandero republicano venido a más, me encuentro en una posición que me parece increíble y por la que jamás hubiera apostado. Al contrario que tantos otros, como el propio José Sánchez-Covisa, ahora exiliado en Venezuela, o su hermano Isidro, o Julio Bejarano o Víctor Cuquerella, exiliados en México, o tantos otros simplemente cesados o apartados de la docencia, como Luis Vallejo, de Serología, Manuel Hombría o Serviliano Pineda, entre muchos. ¿Por qué he sido yo tan afortunado? No puedo más que estar agradecido por mi situación, que me permite sostener a mi familia y tener un horizonte, un futuro.</p>
<p>De todos modos, querido compañero, no puedo ocultar que este bonito horizonte con el que estoy tan ilusionado adolece de algunos nubarrones. Como te estaba contando, ahora disfruto de la condición de estrella ascendente y por tanto, se cuenta conmigo para los eventos sociales de las clases altas para las que, hasta ahora, he sido invisible. Por tanto, fui invitado al acontecimiento de la temporada: la inauguración del Hipódromo de la Zarzuela.</p>
<p>Tal evento tendría que haberse llevado a cabo el pasado día 20 de abril, pero la tribuna del edificio, una novedosa construcción ideada por mi admirado Eduardo Torroja, sufrió algunos retrasos en sus acabados y hubo que posponer la fecha. Si así no hubiera sido, no me cabe duda alguna de que no hubiesen contado conmigo, pero en esta ocasión fue el propio Torroja, enterado de mi cum laude, y sin duda al tanto de los rumores acerca de mi próximo ascenso universitario, quien me invitó especialmente. Por supuesto, no tuve más remedio que acudir, aunque debo reconocer que no me resistí demasiado.</p>
<p>Allí, como puedes imaginarte, estaba lo más granado de la alta sociedad madrileña y gubernamental. También había muchísima gente en las gradas y viendo las carreras de pie, pero en la modernísima tribuna sólo estaban (estábamos) aquellos tocados por la varita mágica de las buenas relaciones. Las señoras iban de lo más encopetadas con los sombreros de última moda, a los que mi buena esposa no había tenido acceso, pues aún no he empezado a cobrar regularmente, pero había suplido la carencia con fantasía y con la ayuda de Prado, se había fabricado una especie de copete bastante aparente con unas plumas del gallo de nuestra vecina la Juliana. Las buenas temperaturas ahuyentaban la peletería, pero no las medias de nylon compradas de estraperlo. Sé de buena tinta que mi querida mujer se había teñido las piernas con infusión de té y Prado le había pintado la costura por la pantorrilla con lápiz de ojos. Por mi parte, llevaba mi mejor traje, algo brillante por la parte de los codos, pero aún con un buen pasar, y mi mejor sombrero, repasado de tinta y tan cepillado que hasta dejaba transparentar mis pensamientos.</p>
<p>Quisiera poder explicarte la borrachera de presentaciones que padecí. Recuerdo entre otros que me presentaron al nuevo agregado militar de la embajada de Argentina, Antonio Coméndez, y al reputado urólogo Fernando Sánchez-Covisa, primo de los anteriormente mencionados hermanos José e Isidro. Al contrario que éstos, Fernando es un destacado falangista que ha recibido recientemente, justo al día siguiente de la presentación de mi tesis, un homenaje a su labor. También estaba el ingeniero Eduardo Torroja, por supuesto, su subalterno Pascual Bravo, que me recibió con su rostro de desagrado habitual, y cómo no, mi ángel de la guarda, Álvaro Cervello de Guillerna, acompañado del presidente del Colegio de Médicos de Madrid, el doctor Carlos Blanco Soler, cada uno con sus respectivas señoras, excepto mi mentor, naturalmente, que es viudo.</p>
<p>Allí echamos la mañana, más pendientes de nosotros mismos que de las carreras que arrancaban vítores y maldiciones del público. Cada uno donó lo que pudo a la colecta en pro de los damnificados del incendio de Santander, del que asombrosamente yo no me había enterado; una capital de provincias arde durante quince días y yo vivo en las nubes, o más bien bajo los pellejos de mi tesis. Comimos jamón y otras deliciosas viandas muy alejadas de la cartilla de racionamiento, de cuya existencia hacía mucho que me había olvidado, y después del piscolabis, el doctor Blanco Soler nos invitó a una velada vespertina en su casa, donde su hija podría deleitarnos con unas canciones acompañadas al piano.</p>
<p>Cuando nos dirigíamos hacia el coche de don Álvaro, en la zona delantera del Hipódromo, tuve una sensación que no me es desconocida, pues la he sentido en varias ocasiones últimamente. Alguien clavaba los ojos en mí hasta conseguir que me picase la nuca. Miré alrededor, buscando a una humilde mujer morena que he creído ver otras veces en tales momentos, pero no la encontré. Nos subimos al coche y no le di más importancia.</p>
<p>La velada en casa del doctor fue aburridísima, en cuanto a música se refiere. Tenían un piano maravilloso que a mi tío, que era muy aficionado, le hubiera encantado tantear, pero aunque la pobre chica cantaba bien y tocaba con cierto tino, se demostró incapaz de hacer armoniosamente ambas cosas a la vez. Así que los caballeros nos escurrimos discretamente hacia una salita donde fumar con tranquilidad, y donde mi maestro por fin encontró el momento y me comunicó su intención de salir de viaje de inmediato, para reunirse en América con Gregorio Marañón. Aunque considera que aún es pronto para cederme su consulta, en la actualidad a cargo de un compañero suyo, el doctor Lamata, dado que yo todavía tengo que establecerme en mi nueva posición en la Universidad, sí aprovechó para dejarme una copia de las llaves de su piso para que le riegue las plantas y eche un vistazo de vez en cuando, y nos despedimos.</p>
<p>Por fin, regresamos a casa, una de las últimas noches en el Paseo de Aceiteros. Mi mujer estaba muy cansada y se acostó rápidamente, pero yo me puse ropa cómoda y aún permanecí un rato en la cocina, con la intención de preparar unos detalles de las clases del día siguiente. Mientras me fumaba un cigarrillo, dejando a la mirada vagar a través de la ventana, reparé en la mujer que me hacía sentir observado, que estaba allí, de pie al otro lado de la calle, mirando hacia mi hogar. Era relativamente joven, aunque mal conservada, de grandes ojos oscuros, y vestía de negro con un pañuelo a la cabeza. Sin pensármelo un momento, salí por la parte de atrás, salté mi propia tapia y di un rodeo para poder acercarme a ella por detrás con la ventaja de la sorpresa.</p>
<p>¿Sabes, amigo mío? En ese momento eché de menos no tener experiencia en el frente, sobre todo cuando me vi tras ella y reparé en que no tenía más que mis manos desnudas. Consideré la posibilidad de coger una piedra para amenazar con descalabrarla, pero pensé que quedaría muy ridículo, y además, no era capaz de llevar a cabo mi amenaza, y como tampoco sabía si estaba acompañada por alguien que estuviera oculto en la oscuridad, me contenté con darle un sobresalto y preguntarle desde su espalda qué había venido a buscar.</p>
<p>En el momento en que se giró hacia mí y la tenue luz del alumbrado público iluminó su rostro de cierta manera, supe a quién me recordaba. Se parecía a Francisca Molero. Me acabo de dar cuenta de que por seguridad, no te conté en su momento las circunstancias que me unieron para siempre a esa mujer, así que, comprometiéndome a darte más detalles cuando nos encontremos en persona, valga decir que Francisca Molero fue la madre de mi hijo Miguel y que ya no vive. No pienses mal, jamás se me ocurriría faltar a mi esposa, pero sí es verdad que es un tema sobre el que no querría que nadie me pidiera explicaciones.</p>
<p>La mujer tardó poco en recuperarse de la sorpresa y, como yo ya me esperaba, sin querer identificarse me acusó de tener algo que ocultar acerca de mi familia. Yo quise despedirla con cajas destempladas, pero mi mente culpable me impedía armar un escándalo para alejarla de allí. Ella lo advirtió y me pidió dinero si quería vivir tranquilo. Recuerdo que Francisca me comentó que tenía una hermana sirviendo como interna en una casa de Toledo, pero aquella mujer, que indudablemente guardaba gran parecido físico con la fallecida, tenía aspecto de llevar mala vida y de no haber cobrado un sueldo en varios meses. Por tanto, era una persona desesperada y no le quedaban muchos límites que traspasar. Más me valía tener mucho cuidado.</p>
<p>No quise ceder. Negué saber de qué me hablaba, la despedí con un empujón y cuando quise volver a mi casa, descubrí que me había dejado las llaves dentro, lo cual restó bastante dramatismo a mi retirada. Me tocó rodear de nuevo la casa y buscar algo en lo que apoyarme para saltar de nuevo la tapia, me vio mi vecino Antonio, me ayudó, desperté a Prado… Y cuando por fin regresé a la cocina y encendí otro cigarrillo, me di cuenta de que me temblaban las manos y de que tenía mucho miedo, sobre todo por mi familia. Pero en realidad, nadie podría probar nada.</p>
<p>… ¿O sí?</p>
<p>Aquella noche, cuando nació Miguel, mi mula quedó atada en el portal de un viejísimo edificio de viviendas durante varias horas. Cualquiera pudo reconocerla, o quizás alguien me vio salir por aquella puerta, o algún vecino pudo escuchar… Cuántas noches había perdido dándole vueltas a todo lo que podía haber salido mal, y por fin había saltado por alguna parte. Por una parte, era tranquilizador, porque ponerle por fin límites al enemigo te da poder sobre él, pero por otro lado, tenía terror de que mi pequeño pudiera salir perjudicado de ninguna manera. ¿Y si alguien lograba demostrar que su nacimiento había sido fraudulento? ¿Se lo llevarían de nosotros? ¿Luis crecería solo? ¿Qué sería de él?</p>
<p>De nuevo, perdí una noche de sueño pensando en cómo proteger a mi familia.</p>
<p>Al día siguiente, lunes, acudí a mis clases en la Universidad, otra vez muerto de sueño. No quiero preocupar a mi mujer, así que no le he dicho nada del encuentro de la noche anterior. Impartí las clases del día ayudado por mi discípulo, Ricardo, y regresé a las obras del Hospital Clínico, para echar un vistazo a un reciente grupo de refugiados que se había juntado con aquel en el que Otto, de quien no acabo de recordar si te he hablado anteriormente, aún cuidaba a un hombre a quien don Álvaro y yo operamos a la luz de una lámpara de carburo para curarle de un balazo. El hombre estaba débil, pero era joven y saludable, y era probable que saliera de aquélla y pudiera seguir camino hacia América, o hacia cualquier sitio donde no habitase la bestia de la guerra.</p>
<p>Ayer, martes, de nuevo seguí con mi rutina de impartir mis clases mientras mi mujer y Prado terminaban de empaquetar todo para mudarnos al piso nuevo. Pero al volver a mi despacho, encontré a dos hombres esperándome. Su aspecto no era nada tranquilizador, peinados agresivamente hacia atrás con grasa para el pelo, bigote recortado recto sobre el labio y cara de malas pulgas. Sin molestarse en decirme quiénes eran, me hicieron preguntas sobre mi interés en las obras del Hospital Clínico, sobre mi familia, sobre el contenido de mis clases, sobre mi ayudante…</p>
<p>Aunque el día era primaveral, un chorro de sudor me recorría la espalda. Mi conciencia intranquila revoloteaba pensando en todo lo que podía salir mal. Además, la visita de aquella mujer el día anterior había dado al traste con mis nervios. Sin duda, el interés de estos hombres se centraba en mis labores en las obras del Clínico. Temí por los refugiados en aquellos túneles.</p>
<p>Así que por la tarde, aprovechando los movimientos de la mudanza, acudí a la tetería Embassy y notifiqué el desmesurado interés que aquellos dos hombres habían mostrado por los trabajos del hospital. Discretamente, me dijeron tomar nota y que ya me avisarían si encontraban algo que decirme. Pero yo no puedo estar tranquilo.</p>
<p>Además, ayer recibí carta de mi amigo Dalmacio, ingresado en un manicomio, explicándome ciertas circunstancias previas a su encierro pero que aseguran a todas luces que su equilibrio mental está fuera de toda duda y pidiéndome que le ayude a salir de allí, al mismo tiempo que otra carta, procedente del doctor Hermógenes Rodríguez Casares, en las que éste responde a mi requerimiento y muestra su preocupación por la salud de mi camarada, afirmando que su permanencia en el sanatorio psiquiátrico donde está ingresado es sin duda lo más favorable para su recuperación. Me huelo intereses monetarios en este interés.</p>
<p>Cuando anoche, de nuevo atrapado por el insomnio, eché un vistazo a través de la ventana del piso nuevo y volví a ver a aquella mujer al otro lado de la calle, mirando otra vez hacia mi casa, tomé la decisión de inmediato. Aun lamentando dejar a mi mujer y a Prado con la mudanza, lo mejor es quitarme del medio unos días y dejar que las cosas se enfríen. No tengo miedo por mi esposa; es fuerte, y si no tienen pruebas contra mí, ya que me las habrían mostrado, menos las tendrán contra ella. Mañana mismo partiré hacia Asturias para ayudar a Dalmacio, restaurarlo en su Quintana y dirigirte hacia allí tan pronto sea posible, pero mientras tengo una idea.</p>
<p>Como mi maestro don Álvaro ha partido esta mañana al encuentro del doctor Marañón, su vivienda ha quedado vacía. Te dejo la dirección al pie de esta carta y la llave en una caja, enterrada bajo el olivo que te mencioné cuando lo de tu madre. Di a la portera que eres su sobrino y que te ha encargado que cuides la casa en su ausencia; ya hablaré yo con él y le daré las oportunas explicaciones cuando regrese.</p>
<p>Te dejo ya, amigo mío, tengo mucho que preparar. Recibe un fuerte abrazo de tu amigo que lo es,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 27: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Apr 1941 22:39:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 9 de abril de 1941</p>
<p>Mi querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Cuánto me alegra recibir tus noticias acerca de tu estado de salud y de tu compañía. Si atinas a ir al campo es que tu dolencia se encuentra en un período de recesión y que ese clima y ese tratamiento te hacen bien. No sé si ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 9 de abril de 1941</p>
<p>Mi querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Cuánto me alegra recibir tus noticias acerca de tu estado de salud y de tu compañía. Si atinas a ir al campo es que tu dolencia se encuentra en un período de recesión y que ese clima y ese tratamiento te hacen bien. No sé si por dicha o por desdicha, me temo que deberás permanecer allí cierto tiempo, pues mi amigo Dalmacio ha sufrido cierto percance y no se encuentra ahora mismo en situación de recibir huéspedes. Tan pronto cambien las tornas te lo haré saber.</p>
<p>Por otro lado, hay algo muy importante que debes tener en cuenta: el rencor no te beneficia en absoluto. Ahora que vas a misa con esa tal Nati de quien me cuentas, te sonará familiar eso que los cristianos dicen del perdón, y afirmo que no les falta razón. Dando cabida en tu coleto a la podredumbre del resentimiento únicamente te haces daño a ti mismo, como si te bebieras un veneno esperando que el que se muera sea otro. No debes alimentar esa hoguera ponzoñosa pensando que perjudicas a tu padre, pues eres tú el único perjudicado. Te hago notar que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia; el odio sólo existe cuando hay sentimiento, y de ello se alimenta.</p>
<p>Si no amases a tu padre, si pudieses descender a lo más profundo de tu alma y afirmar con completa seguridad que no existe en ella un solo resquicio de amor por quien encendió la yesca de tu vida, no estarías diciéndome cosas como que quieres mandarle una carta para restregarle en las narices lo que te duele de su comportamiento. Bastante odio nos rodea ya, demasiadas rencillas, muchas ansias de venganza. No abundes, amigo mío, ni esperes una redención repentina de tu padre cual caída del caballo de Pablo de Tarso, que es tan improbable. Tienes un alma lo bastante grande como para ventilar esas emociones y alejarlas de ti, que no te darán más que amargura y dolor. Si no puedes comprender a tu padre, perdónale y no le desees mal alguno, pues cuando odias, el que sufre eres tú y no el odiado. Por tu bien, libérate de esos pensamientos, lánzalos al aire entre el trigo y que se los lleve la brisa.</p>
<p>Por lo que a nosotros respecta, el pequeño Miguel ha estado algo pachucho estos días y ha acabado contagiándonos a todos. Los niños pequeños son pozos de miasmas. Yo estoy haciendo el esfuerzo final para terminar el trabajo que me abra las puertas de la consulta clínica de don Carlos Jiménez Díaz, que me está costando horrores pero del que estoy quedando muy satisfecho. Últimamente apenas duermo. El tramo del día que más tiempo le puedo dedicar a dormir es el recorrido en mula hasta la facultad, y en cuanto me detengo más de diez minutos, me quedo frito de inmediato. La ventaja es que estoy tan cansado que ni siquiera sueño, así que por lo menos me he librado de las pesadillas durante una temporada. La semana próxima presento mi trabajo al tribunal y estaré mucho más libre.</p>
<p>Sin embargo, hay ocasiones en las que consigo despejar mi horario para dormir unas horas, pero la propia inercia de la vigilia me impide hacerlo. El viernes pasado me levanté de madrugada a vagar por la casa como un fantasma, comer algo y ponerme a trabajar si no conseguía pegar ojo, cuando escuché un carro que se acercaba a mi casa. Resultó ser nuestro carretero, Manolo, que traía tu carta y, de paso, una carga especial, ya que había recogido a un polizón por el camino, un hombre bajito y compacto que casualmente se dirigía a casa de una de mis vecinas. Mientras le agradecía a nuestro mensajero su encargo con un poco de pan con miel y le despedía, nos sobresaltaron unas voces. El recién llegado gritaba “¡No dispare, madre, que soy yo!”, pero de nada valió el aviso, pues el desgraciado recibió un escopetazo en una pierna que le hizo aullar antes de que, nosotros por un lado y los habitantes de la casa por otro, pusiéramos fuera de la vista tanto víctima como arma.</p>
<p>Una vez calmado el revuelo, sobresaltados los niños, la Prado y mi esposa, restaurada la paz y recogido el vecindario detrás de sus visillos, a la luz de una lámpara de carburo me entretuve un rato en sacarle perdigones y sal de la herida al recién llegado mientras su madre lloraba en su casa de alegría, susto y culpabilidad. En los fuertes brazos de Manolo, que lo sujetaba para que no se moviese sobre la mesa de mi cocina, dio en contarnos su historia. A mitad de la misma, nuestro carretero tuvo que seguir camino, así que te la cuento yo en su lugar por expresa petición suya, para que se la leas tú.</p>
<p>Dijo llamarse Antonio, y había sido soldado republicano durante toda la guerra. Es un hombre de corta estatura, tieso como un húsar, recio como un olivo, y le tocaba ser quinto en el año 36, así que se fue directo desde el primer día de guerra, y sufrió todas las campañas sin dejarse ni una. No recibió la licencia hasta abril del 39, y pacíficamente volvió a su hogar. Había perdido en la guerra a dos de sus seis hermanos, uno en un bombardeo y a otro en la cárcel, y a su padre, alcanzado por una bala perdida durante el asedio de Madrid. En casa sólo quedaban sus tres hermanas, su madre y el hermano menor, que apenas tenía doce años de edad. Durante un tiempo, se dedicó a ser el cabeza de familia y a sacar a todos adelante.</p>
<p>Pero esto no le duró mucho tiempo. Pronto, antes de que nosotros nos mudásemos a la zona, llegó la desagradable sorpresa del llamamiento a filas, ya que resultaba que no había cumplido el servicio militar y quedaba un varón en la familia, su hermano pequeño, por más que fuese un chiquillo. Tres años de guerra para que tuviera que hacer la mili. Sorteó y le tocó en Zaragoza, y no tuvo más remedio que irse a cumplir con la patria, porque la sangre que había derramado en el otro bando no contaba. Los tres años de miseria, balas, ejército e incertidumbre no habían sido suficientes.</p>
<p>Allí, en el cuartel de Zaragoza, permaneció unas semanas como soldado raso, donde encontró a algunos compañeros de armas, republicanos como él, de los que me enseñó una foto que llevaba en la cartera. Le encargaban las tareas más desagradecidas, pues le quedaba por expurgar el pecado de haber perdido la guerra, pero después de una guerra entera estaba acostumbrado a cosas peores. Me decía que intentaban humillarle pero no lo conseguían, porque él sentía que no había hecho nada de lo que tuviera que avergonzarse, y que limpiar unas letrinas no retrata al que lo hace, sino al que lo manda. Se consideraba afortunado de haber sobrevivido y no estar lisiado, de poder trabajar, de mirar arriba y ver el cielo y no tierra. Increíblemente, estaba contento. Lo único que le dolía era pensar en su familia, en sus hermanas y su madre, y en su hermano pequeño, el niño que era considerado un hombre por la maquinaria gubernamental, y que se suponía que podía sacarlos adelante, cuando realmente le daba miedo quedarse solo en el campo. Quería irse a casa.</p>
<p>Una buena mañana, cuando pasaba con su cubo y sus trapos de fregar cerca de los barracones médicos, le vio un doctor y le llamó. Al acercarse, le preguntó si le habían tallado. Sin saber a qué se refería, respondió que no. El doctor le señaló un grupo de recién llegados y le ordenó sin más que se uniese a ellos, cosa que hizo sin saber a dónde le llevaría este camino. Una vez junto a los otros, les preguntó qué era aquello y le dijeron que les iban a tallar. El único significado que él tenía para esa palabra era de cuando era pequeño y su padre cogía un trozo de madera y lo hurgaba con un cuchillo hasta tallar un muñequito con el que él pudiera jugar. En su simpleza de labriego, pensaba que el ansia de venganza del nuevo régimen era tal que iban a horadarles sus magras carnes con quién sabe qué ignoto objetivo.</p>
<p>Allí los desnudaron, cuando aún el invierno se resistía a irse Ebro abajo, afeitaron la cabeza de los que aún conservaban el pelo, les miraron los dientes, los ojos, las orejas y los pusieron bajo un palo horizontal, que indicaba su estatura. Junto a la puerta, les daban un bulto con ropa y un papel y les indicaban la salida. Como él no sabía leer, tuvo que pedirle a un compañero que le dijera lo que ponía en el papel. Decía que quedaba licenciado por no apto. Era tan bajito que no daba la talla mínima para cumplir el servicio militar. Era libre. Podía irse a su casa.</p>
<p>Pero… ¿y si era mentira?</p>
<p>Si era un truco, al intentar abandonar el cuartel le podían aplicar la ley de fugas, podían argumentar que intentaba desertar, y dejarlo seco de un tiro en la espalda. Se fue a oficinas a preguntar si esto era cierto, si ese papelito blanco era su salvoconducto para irse a casa, y un sargento casi le echa a patadas del despacho por molestar. Así que, aconsejado por el temor y la prudencia, temiendo que alguien le quitase el papelito, que lo mismo era de verdad, esperó a la noche, preparó su petate y sin despedirse de nadie, a medianoche salió subrepticiamente y se fue.</p>
<p>Empero, aún así no las tenía todas consigo. En alguna parte de su cabeza estaba convencido de que ese papelito blanco era una engañifa para hacerle desertar, y de que en cualquier momento alguna autoridad le iba a pedir la documentación y comprobaría que la licencia no era cierta, y le formarían un consejo de guerra y acabaría fusilado contra un paredón al amanecer por desertor, traidor, falsificador, rojo y quién sabe cuántos otros cargos. Si tomaba un tren, en la próxima parada subiría la Guardia Civil, avisada por el pergeñador de tal plan, que se lo llevaría y de nuevo acabaría frente al pelotón de fusilamiento. Parece mentira hasta qué punto ha llegado el miedo por el propio pellejo, cuando subirte a un tren te puede costar la vida.</p>
<p>Así que hizo lo único que le parecía sensato: irse andando.</p>
<p>Durante un mes, caminó durante la noche a través de campos helados, durmiendo en pajares, en antiguos refugios contra las bombas, en cuevas, en cabañas de pastor. Comía lo que podía comprar con el poco dinero que tenía, o lo que encontraba al descuido, o a veces se lo ganaba trabajando un día o dos en cualquier venta de las afueras, cortando leña o echando una mano en lo que fuese necesario. Tardó en darse cuenta de que era mejor dar un nombre falso, pero acostumbrado a ir por derecho, la mayoría de las veces se le escapaba que se llamaba Antonio. Alguna vez dormía en los cementerios, seguro de que nadie le iba a molestar por la noche. Tengo el convencimiento de que tendrá muchas historias para contar a sus nietos junto a la lumbre en el futuro.</p>
<p>Y por fin, cuando llegó a casa, sin haber avisado ni siquiera por carta, pues ni él ni su familia sabían leer o escribir, llamó a la puerta, y su propia madre, vencida de luto y desgracias, no supo reconocer a la buena fortuna. Al mando de una casa llena de muchachas jóvenes y un niño, pensó, al igual que su hijo, que esa voz era una trampa, que esa licencia era mentira, que alguien quería que abriese la puerta para hacerles daño, y por poco provoca una desgracia. A estas alturas de la historia, ya había terminado de extraerle perdigones y apagué la lámpara para curarle la herida con alcohol sin que saliéramos ardiendo. Con las claritas del día se lo devolví a su madre, que lo recibió con entereza y sin aspavientos, con el carácter castellano que había traído de las profundidades de la provincia de Guadalajara. Y por aquí lo tenemos, contento, renqueante, dispuesto para empezar a trabajar en las obras del hospital en cuanto pueda caminar sin las muletas que le he prestado, y con su papelito blanco a buen recaudo.</p>
<p>Por otra parte, sigo con mis clases, con la supervisión de las obras, que ya se ha confirmado que no es más que una excusa, y con los cuidados a obreros y gente subterránea. Como ya no es tan necesaria mi vigilancia cercana de los trabajos de los albañiles, he procurado alejarme del arquitecto a quien habían asignado mi formación, Pascual Bravo, que aunque es un excelente profesional, no estaba contento con tal encargo y con quien no conseguí congeniar. En cuanto a su superior, el ingeniero Eduardo Torroja, director de todas las obras de la Ciudad Universitaria y de algunas más, he tenido ocasión de que me tomara algún domingo reciente bajo su tutela, y me ha parecido un hombre cabal y enamorado de su trabajo, de quien creo poder afirmar que afortunadamente ignora cuanto sucede bajo tierra en sus dominios.</p>
<p>Debo despedirme ya, amigo mío. Tan pronto tenga algún destino para ti, te lo haré saber, aunque espero que antes de partir podamos vernos. Hasta entonces, mantén esa vida que tanto te beneficia, pero no bajes la guardia. Cualquier paso en falso puede perjudicar a esos amigos tuyos, a quienes tanto me gustaría conocer y a quienes tan agradecido estoy por el trato que te están dando. Diles, por favor, que me siento en deuda con ellos y que estaré más que satisfecho de pagarles esa deuda en la primera oportunidad que se me presente.</p>
<p>Recibe un fuerte abrazo de tu amigo que lo es.</p>
<p>Emilio Pérez- Olivares Espinosa.</p>
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		<title>Carta 23: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Mar 1941 22:29:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 9 de marzo de 1941</p>
<p>Mi querido amigo:</p>
<p>Quiero darte mi más sincero pésame por tu pérdida, y sabes bien que te acompaño en el sentimiento por el deceso de una gran mujer como ha sido tu madre. Mis años de profesión me han convencido de la existencia del alma, y aunque lamento grandemente que no ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 9 de marzo de 1941</p>
<p>Mi querido amigo:</p>
<p>Quiero darte mi más sincero pésame por tu pérdida, y sabes bien que te acompaño en el sentimiento por el deceso de una gran mujer como ha sido tu madre. Mis años de profesión me han convencido de la existencia del alma, y aunque lamento grandemente que no pudieras hablar con tu madre en vida, creo con sinceridad que parte de ella aún permanecía en la habitación cuando llegaste y que recibió tu mensaje de amor, pues dirigió luego tus pasos hasta el carretero y después hasta el lugar donde pudiste refugiarte. Estoy seguro de que te esperará cuanto tiempo haga falta y que no tiene ninguna prisa por reunirse contigo, así que te pido que alejes esos pensamientos de tu mente.</p>
<p>En estos casos, se suele poner uno a disposición de los familiares del difunto para lo que puedan necesitar, lo que ya has manifestado, y en este caso me encuentro en extraordinarias condiciones de ayudarte. Aunque debiera haberte contestado antes, espero que entiendas mi tardanza cuando termine lo que tengo que contarte. He metido mi carta en dos sobres para tener más seguridad de que nadie más que tú pueda leerla, porque hay mucho en juego. Confirma que nadie ha abierto ninguna de los dos sobres con vapor. Quisiera habértelo contado en persona, pero primero tengo que ponerte en antecedentes, pues tienes que saber lo que te vas a encontrar.</p>
<p>Como te dije, mi maestro, el doctor Cervello de Guillerna, nos había alquilado a mi familia y a mí una casita cerca de la futura Ciudad Universitaria, una ubicación bastante inconveniente para mi trabajo como profesor adjunto en su cátedra, pues está como quien dice en la otra punta de la ciudad. Además, apenas nos veíamos, pues dedicaba sus mayores esfuerzos a sus labores ajenas a la docencia. Esto me tenía muy dolido, ya que no lo esperaba de él. El panorama en la universidad es bastante lamentable, dado que los mejores profesores ya no imparten clase, muertos o exiliados, y los afines al régimen prefieren consagrar su tiempo a actividades más lucrativas como sus consultas privadas u otros hospitales, dejando en manos de los adjuntos la mayor parte del trabajo. Me afectaba mucho suponer que el principal interés de mi mentor se había desviado de la ayuda a sus semejantes y había pasado a adorar al becerro de oro.</p>
<p>Esta semana ha sido particularmente atareada con las clases y no he ido a casa más que un rato el miércoles, cuando no coincidí con el carretero. Por eso he tardado en responderte, porque él no se atrevía a dejar la carta en manos de mi mujer o de Prado, así que ha vuelto las veces necesarias hasta que por fin ayer sábado me encontró y me la dio en mano. Esto me da confianza en que te entregue la presente personalmente. Decía que he estado muy ocupado en la universidad, pues los pipiolos están comenzando con las prácticas y el que no vomita, se marea, y las lecciones se eternizan. Menos mal que he conseguido traerme a mi fámulo Ricardo, ¿recuerdas?, por ahora sólo como oyente, pues el plazo de matrícula está cerrado, pero creo que conseguiremos hacer algo para que pueda examinarse a final de curso. Mientras tanto, le he encargado tareas de adjunto del adjunto. Yo también necesito ayuda para mis clases.</p>
<p>El viernes pasado, hace dos días, estaba terminando a última hora de explicarles a estos borregos bautizados las capas de la dermis sobre un fragmento de cadáver cuando hizo su entrada el doctor Cervello, que dio por terminada la clase y despidió a los alumnos. Me sorprendió y también me irritó un tanto, pues tendría que explicárselo a los alumnos desde el principio en la siguiente ocasión, pero algo en su tono de voz me indicó que la cuestión era importante. Dejé encargado a Ricardo de que recogiese todo el asunto y volviese a meter el trozo de cuerpo en formol, y salí tras el doctor, que estaba muy agitado e incluso sudando, aunque la primavera aún no ha dado señales de vida. Me conminó a que me quitase el delantal y la bata, me lavase las manos y le siguiera de inmediato. El tono de urgencia que utilizó no dejó lugar para la duda, y en menos de lo que tardo en contártelo, estábamos subidos en su coche, yendo a todo lo que daba el motor hacia el futuro Hospital Clínico.</p>
<p>El recorrido fue bastante accidentado y no encontré el momento de hacerle preguntas mientras me sujetaba al interior de esa máquina enloquecida, aunque reconozco que le hubiera seguido al fin del mundo. En el infierno ya estuvimos y a ese no le temo. Al llegar, ya noche cerrada, detuvo el chisme a tiempo apenas de no bajarse en marcha, me lanzó un maletín de práctica que llevaba en el asiento trasero y me hizo una seña de que le siguiera de inmediato, sin linterna ni nada, cosa que hice sin rechistar. Me guió hasta lo que parecía un montón de escombros en la obra, apartó un tablón y sin más, desapareció detrás del mismo.</p>
<p>Me quedé estupefacto. Me sentí como si hubiera dibujado una puerta con tiza en una pared y a continuación la hubiese abierto. Yo mismo había pasado por delante de ese montón de escombros innumerables veces, y jamás le había dedicado dos miradas. Hasta que no volvió a asomar la cabeza por detrás del tablón y me hizo un gesto imperativo de que le siguiera no atiné a reaccionar, y así vi que el tablón ocultaba un pasillo que descendía bajo tierra, que el doctor Cervello alumbraba con una lámpara de carburo que había cogido de un gancho en la pared. Obviamente, no era la primera vez que estaba allí.</p>
<p>Me guió por unos corredores de ladrillo hasta una sala pelada donde había una docena de personas sentadas en el suelo. Tenían cara de hambre, ojos de susto y aspecto lamentable, aunque algunos eran guapos, con ojos claros y pelo rubio. Un hombre joven yacía tumbado de lado, murmurando delirios por la fiebre en un idioma ignoto, mientras una mujer, a todas luces su esposa, mantenía la cabeza del hombre en el regazo y apretaba un trapo húmedo contra su frente.</p>
<p>El doctor me dio unas breves instrucciones y pronto estábamos trabajando como en los viejos tiempos. El joven presentaba una herida de bala en el abdomen sin orificio de salida, indudablemente con dos o tres días de antigüedad, se le había infectado y su vida peligraba. No era una intervención para un médico solo, ni siquiera cuando el paciente se desmayó nada más empezar debido a la falta de tiempo para que la anestesia hiciera efecto. A la luz de unas lámparas de carburo, buscamos y encontramos la bala, limpiamos la infección cuanto pudimos con toda la rapidez posible, para controlar la pérdida de sangre, y cerramos. Es joven y sano, es posible que sobreviva.</p>
<p>Después, el doctor Cervello me llevó afuera, donde hacía una noche fría y despejada, y allí compartimos unos tragos de una petaca de aguardiente y unos cigarrillos de picadura, para quitarnos de la garganta el olor del desinfectante y de la sangre. Aún faltaba para las claritas del día, y me contó que esa gente era extranjera. Por lo que cuentan, la guerra europea está encarnizándose cada vez más. Hablan de campos de prisioneros de los que nadie sale vivo. Hay gente que está siendo perseguida con saña, intelectuales, empresarios, judíos. Cualquiera que tenga algo valioso para la guerra será expulsado de su casa, de su negocio, de sus tierras, y desaparecerá para siempre. Por eso, están huyendo. Huyendo de la guerra, como hace cualquiera que tenga algo de juicio y oportunidad.</p>
<p>Para ayudar a esta gente, se ha establecido una red clandestina que lleva a los refugiados hacia los principales puertos de embarque neutrales hacia América: Lisboa y Casablanca. En cada zona hay un responsable que se encarga de organizar la recepción y distribución de estas personas; algunas están apenas unas horas antes de seguir camino, otras tienen que pasar un tiempo hasta que en la siguiente etapa pueden hacerse cargo de ellos. Los propios refugiados financian con lo poco que han podido arrebatar de las zarpas nazis su huida, o a veces los propios encargados tienen que poner dinero de su propio bolsillo. Además, la Cruz Roja facilita algo de comida y material médico, y algunos contactos estratégicamente colocados en las embajadas proveen de pasaportes y de plazas reservadas en algún medio de transporte. Según me dijo, Madrid es un hervidero de espías de ambos bandos, y hay que pasar desapercibido para todos ellos. Es un trabajo ingente, oculto… y peligroso.</p>
<p>El doctor me ha ofrecido hacerme cargo de una célula para poder pasar más gente, pero he tenido que rechazarlo. Le hice notar que no tengo tiempo de hacer más cosas. Me pidió disculpas por no habérmelo contado antes, y me dijo que había establecido mi residencia cerca del Hospital Clínico para que yo me responsabilizase de esta etapa de la red clandestina, pero que por diversas circunstancias, resultó más práctico que lo hiciera él y que yo me encargase de las clases en la universidad. Naturalmente, no pudo consultarlo conmigo. Reconoció que se sentía aliviado por habérmelo contado, y que, si bien se sentía culpable por haber abandonado en gran parte sus tareas docentes, estaba tranquilo porque mi desempeño estaba siendo excelente y me felicitó.</p>
<p>Casi me daba vueltas la cabeza de contento, porque mi ídolo no había caído. Mi maestro seguía siendo la persona que yo pensaba y el espejo en el que yo quería mirarme. Pero además, también tenía que digerir el alcance de lo que me había dicho, y me costaba, porque la tensión de la intervención quirúrgica se estaba desvaneciendo y me estaba quedando dormido allí mismo. Me llevó a casa en ese trasto del demonio que conduce y me pidió que vigilase al convaleciente, que él ya se haría cargo de las clases.</p>
<p>Si alguien interceptase esta carta, mucha gente podría morir o acabar en la cárcel, pero quiero contártelo porque esta circunstancia se convierte en una posibilidad para ti. Podemos esconderte de tu padre y de sus amigos, si así lo crees necesario. Durante el día de ayer tuve la oportunidad de investigar los túneles, y he visto que hay muchísimos, una auténtica red subterránea, como si fuera el metropolitano, pero sin trenes. También he comprobado que muchos de ellos son muy antiguos, quizás de los tiempos de la guerra contra los franceses. Algunos están desmoronados y otros en perfecta disposición de uso, y en éstos es fácil perderse con las bifurcaciones.</p>
<p>He intentado entablar conversación con alguno de los inquilinos de la sala cuando les he llevado unos bancos viejos de la universidad en un carro prestado, tirado reticentemente por mi mula, pero ninguno habla español. Me acordé de tu comentario acerca de que los españoles tendemos a gritar cuando no nos entienden al sorprenderme haciendo eso mismo, y no pude menos que sonreír. Por fin descubrí que uno de los hombres que lleva más tiempo escondido, Otto, un hombre algo mayor que yo, rubicundo y con gafas redondas, tiene rudimentos de latín, y entre mi latín de conocimientos médicos y el que recuerda él de la escuela me ha contado que ellos son alemanes como el que más, pero que su religión judía les hace indeseables a los ojos de su gobierno. Creo que es el primer judío que veo en mi vida. Yo pensaba que los judíos tenían la nariz grande, el pelo grasiento y vestían con túnicas raídas, frotándose las manos con avaricia sobre sus alcancías repletas mientras reían malévolos, lo que he advertido que no es más que un producto de mi imaginación y de este país refractario a las diferencias, que expulsó a los de su Dios hace quinientos años. No es más que gente asustada, como tú y como yo, ante una debacle aún mayor que la de 1914.</p>
<p>Otto me está enseñando a manejarme por los túneles, lo que es peligroso. Por lo que le he entendido, estos pasillos también los utiliza otra gente de los que no saben nada, pero que pueden ponerse muy desagradables si son sorprendidos. Incluso me descubrió una salida al exterior debajo de uno de los puentes del río Manzanares. Me parece increíble haber tenido esto tan cerca de mí y no haberme dado cuenta de nada. Precisamente, esto es lo que protege ese lugar y las vidas que contiene.</p>
<p>Por tanto, no te será fácil encontrarlo. Por otra parte, he enviado un mensaje a mi amigo Dalmacio proponiéndole tu presencia en su casa durante una temporada, y estoy esperando su respuesta. Te haré partícipe de la misma en cuanto la reciba. Mientras tanto, te propongo que te unas a este grupo subterráneo, donde estarás a salvo. He aleccionado a mi mujer y a Prado acerca de recibirte en mi casa, cuya dirección conoces, esté yo o no. Tan pronto nos encontremos, te buscaré el mejor acomodo posible. Ten mucho cuidado y no corras riesgos.</p>
<p>Espero verte pronto y darte ese abrazo que, aunque no pueda consolarte de tu pérdida, te recuerde que aquí tienes un amigo.</p>
<p>Tu seguro servidor,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 19: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Feb 1941 22:20:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 10 de febrero de 1941</p>
<p>Mi querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Te escribo con cierta urgencia y tengo la esperanza de que nuestro común conocido, el mercader de harinas, termine pronto sus negocios y pueda hacerte llegar la presente con rapidez. Espero que te encuentres bien a la recepción de la presente y que tu dolencia te ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 10 de febrero de 1941</p>
<p>Mi querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Te escribo con cierta urgencia y tengo la esperanza de que nuestro común conocido, el mercader de harinas, termine pronto sus negocios y pueda hacerte llegar la presente con rapidez. Espero que te encuentres bien a la recepción de la presente y que tu dolencia te permita seguir viajando, pues tengo noticias que te afectarán grandemente.</p>
<p>En efecto, tu padre ha ido a Roma a buscarte para traerte de vuelta a España. Indudablemente, era él quien se presentó en tu hotel preguntando por ti, acompañado de su abogado y amigo, Joaquín Urrutia. Me pregunto cómo habrá dado con tu paradero, a pesar de todas tus precauciones. Si te soy sincero, desconozco si sus intenciones son traerte preso como temes, o ayudarte a solucionar tus problemas, pero lo que sí es cierto es que tu madre no se encuentra bien de salud y que quisiera verte.</p>
<p>Como amigo tuyo que me considero, me tomo la libertad de aconsejarte que no te demores. Por favor, toma ese maldito carrete que te ha amargado la vida, mételo en un paquete y mándaselo a una revista francesa, la llamada “Vu”, o a ese periódico inglés para el que sé que tu amigo Robert Capa ha trabajado, “Weekly Illustrated”, o a la publicación americana “Life”. He tenido que preguntar al vendedor de periódicos de la glorieta de Atocha cuáles son las publicaciones internacionales más importantes, y cómo se escribían sus nombres, pero por favor, líbrate de ese objeto que no te ha traído más que desgracias. Seguro que cerca de alguna estación de tren allí en Roma podrás encontrar un ejemplar de esas revistas, y seguro que en una de sus páginas aparecerá una dirección postal a la que puedes enviar tu regalo envenenado.</p>
<p>Además, si te presentas ante tu señor padre con las manos limpias de ese problema, no tendrá de qué inculparte, a no ser que se invente nuevas acusaciones. No obstante, me parece razonable que no quieras mostrarte ante él hasta no saber qué intenciones tiene, pues es posible que en tu estado de salud, si entras en prisión aunque sea durante el tiempo que tarde él en sacarte, para tu maltrecho cuerpo sea demasiado. Por tanto, hasta donde te conozco y me llega el magín, encuentro que cuentas con las siguientes alternativas:</p>
<p>Existe la posibilidad de que te pongas en contacto con tu padre en Roma, para lo que te transmito en billete aparte las señas que me ha facilitado para ello tu dilecta madre, y que regreses a España de su mano. Esto, como hemos establecido, conlleva el riesgo de que él haya contraído compromisos con respecto a tu suerte que no sea conveniente cumplir.</p>
<p>Por otra parte, puedes continuar escondiéndote en la Ciudad Eterna, que por cierto parece haber dejado de ser acogedora para ti, aunque creo que te conozco lo suficiente como para suponer que tan pronto recibas estas líneas, te pondrás en camino. Así pues, me ha parecido sensato actuar antes de esperar tu respuesta y he tomado las siguientes disposiciones, asumiendo que la última alternativa, la de volver a España por tus propios medios sin informar a tu ínclito padre, te resultará la más adecuada.</p>
<p>Ha llegado a mi conocimiento que doña Águeda está ingresada en el sanatorio de Iturralde, en Carabanchel Bajo, cerca de Madrid. Es un lugar muy nuevo, inaugurado hace apenas un año, regentado por monjas, con muy buenas instalaciones. Se encuentra en lo alto de una colina bien batida por el viento para esparcir las miasmas lejos de los enfermos, un edificio largo de tres plantas con un jardín aún raquítico delante, rodeado por una alambrada, como si una valla fuese obstáculo suficiente para evitar que la enfermedad se propague. Al pie de la colina está el cementerio parroquial de Carabanchel Bajo, que linda con las obras de la nueva cárcel provincial. Hay allí una persona que me debe un buen favor de los tiempos de la guerra. Permíteme que sea deliberadamente impreciso al respecto, que nunca se sabe. Debo añadir que las instrucciones que siguen me han llegado en un estado bastante calamitoso y he tenido que planchar pacientemente el papel en el que venían escritas para poder leerlas. Así, he descubierto que mi habilidad con la plancha es bastante lamentable y he quemado alguna parte que he tenido que recrear. Espero que no te cause ningún trastorno.</p>
<p>Así pues, esta persona me ha informado de que cuando quieras llegar al sanatorio, sea la hora que sea, debes seguir la tapia del cementerio dejando la ermita a mano izquierda. La ermita no tiene pérdida, pues tiene la pared del lateral vencida hacia adelante como si se fuera a desplomar en cualquier momento, pero por lo que me han dicho lleva así un par de siglos. Mala suerte sería que se fuese a caer cuando estuvieses tú debajo. Como digo, sigues la tapia por fuera del camposanto, hasta que llegues al esquinazo más cercano a las vías del tren. Crúzalas a esa altura y busca el límite entre un huerto a la derecha y un campo de almendros a la izquierda. Sigue la costura entre los dos terrenos hasta llegar al cercado del sanatorio.</p>
<p>Al llegar a la alambrada, según creo, deberás encontrar un olivo viejo con tres ramas gordas, el cual deberás tener a la vista, y que queda justo pegado a la verja. Hay un trozo de la misma que está suelto y que podrás abrir con las manos desnudas para escurrirte por el agujero. Procura que no te vean y no hacer ruido; las obras de la cárcel aneja están muy vigiladas.</p>
<p>Una vez al otro lado de la alambrada, deberás atravesar unos arbustos hasta llegar a un sendero de tierra muy estrecho. Síguelo a mano derecha, y en cada bifurcación que encuentres elige siempre la que quede cuesta arriba, y si hay duda, la que tenga más pendiente, aunque esto no puedo asegurártelo. Parece ser que te llevará a las cocheras del sanatorio. La del extremo sur estará cerrada pero sin llave. No tendrás más que tirar de la puerta y podrás entrar. Allí habrá unas taquillas, y una de ellas estará igualmente sin cerrar. Dentro habrá una bata blanca, una mascarilla y calzado para que te camufles como personal del sanatorio. En el poco probable caso de que el chauffeur, única persona que tiene acceso franco a esa zona, te encuentre, dile las palabras: “¡Viva la quinta del biberón!”, y sabrá que no debe preocuparse de ti.</p>
<p>Por lo que me han dicho, tu señora madre se encuentra en una habitación propia de la planta superior. Aunque las puertas están sin numerar, según parece se distinguirá la suya porque tendrá una imagen de su muy adorado Sagrado Corazón, en lugar de un crucifijo como todas las demás. Procura permanecer el tiempo imprescindible en el sanatorio y no hablar con nadie. Los domingos por la tarde es día de visita y podrías mezclarte con otros parientes de los internos; si decides acudir en otro momento, puedes abandonar las instalaciones haciendo el camino inverso al que te he descrito.</p>
<p>Quisiera poder ofrecerte mi casa durante tu estancia en Madrid, pero me temo que no sería prudente para ninguno de los dos. No obstante, en el remite tienes mi nueva dirección en Madrid, y créeme que nada me alegraría más que poder darte un abrazo. Si por cualquier circunstancia, la capital no te abriese los brazos como mereces, conozco un lugar donde serías bien recibido. Mi amigo Dalmacio, en las montañas asturianas, vive en un enorme y antiguo molino donde sin duda podría acogerte. Allí podrías convalecer de tu enfermedad; el clima te ayudaría a combatir tus dolencias, y te pondrías a resguardo de cualquiera que te deseara algún perjuicio.</p>
<p>Ya te he hablado anteriormente de mi amigo Dalmacio Argüelles. De hecho, creo recordar que coincidisteis brevemente en una ocasión durante la guerra, cuando ejercía de conductor de ambulancias y pasó por nuestro hospital de campaña. Él y yo nos conocimos en el primer sanatorio al que me destinó la República durante la guerra, cuando ingresó herido de metralla. Su convalecencia fue larga pero eficaz, y durante ese tiempo trabamos una amistad tan cercana como la mía contigo, que procuramos no perder en lo sucesivo. La guerra se ha tragado a su familia y ahora habita solo en ese gran caserío donde vive con los fantasmas de los suyos, y tengo el convencimiento de que a ambos os vendría bien la compañía mutua. Si atiendo a lo que sé de vosotros, creo con sinceridad que encontraréis en el otro todas las virtudes que yo os he visto. A la primera oportunidad que tenga, me tomaré la libertad de consultarle.</p>
<p>Yo no conozco Asturias más que por lo que él me ha contado de su tierra, que describe como un lugar reinado por montañas, vestidas con faldas de pastos verdes por los que querrías echarte a rodar. El ganado es generoso, la lluvia, abundante, y la tierra, fértil, y los caserones escasean por las laderas, dejando mucho espacio para los cultivos y las bestias. Cuenta que hay caballos salvajes que beben en ríos que bajan helados y limpios, que los lobos se llevan a las ovejas despistadas, y que los osos pardos saquean los panales de miel en verano. Además, en los bosques viven criaturas que sólo conocemos por los cuentos de hadas, y un pastor de árboles llamado El Busgosu protege a los que se portan bien con la tierra. Viendo la miseria a nuestro alrededor, ahora que la guerra y la tristeza parecen haberse llevado los colores de las calles y de las vidas, a veces sueño con un sitio semejante, la tierra de los ríos de leche y miel de la que nos hablaban en la Biblia, cuando era niño y acudía con mi tío a misa. Creo que mi imaginación plasma en esas tierras mis anhelos de encontrar un lugar que no haya sido devastado por la guerra.</p>
<p>Mi mentor, el doctor Cervello de Guillerna, nos ha alquilado una casita baja cerca de lo que queda de la Ciudad Universitaria, que lamentablemente está bastante lejos de la facultad de Medicina, en la calle Atocha, donde debo dar clases. Además, tengo que supervisar la construcción de la zona de atención al paciente del futuro Hospital Clínico, y por otro lado estoy trabajando en una tesina que me abra las puertas del Instituto de don Carlos Jiménez Díaz y ando muy corto de tiempo.</p>
<p>Mis hijos crecen sanos y fuertes en manos de mi mujer y de Prado a pesar de la dureza del clima madrileño, que no obstante trae aire limpio y bien frío directo desde la sierra de Guadarrama, perfectamente visible con toda su nieve desde las obras del hospital. Para mi gran sorpresa, por casualidad he descubierto que Prado es una excelente dibujante, a pesar de que es analfabeta. Te envío un dibujo que ha hecho de mis hijos para que los conozcas. Ojalá pudieses verlos en persona.</p>
<p>No acabo de explicarme por qué mi admirado maestro me ha asignado esta casa, una vivienda de una planta con corral y un cobertizo para la mula, pero donde ni siquiera me atrevo a tener unas gallinas porque lo más seguro es que me las roben. Mi trabajo de supervisión de las obras apenas me lleva un par de horas a la semana, y sin embargo esta ubicación me obliga a perder muchas horas yendo y viniendo de la calle Atocha. Ahora, recién empezado el curso, tengo tanto trabajo que a veces me quedo a dormir en el cuarto de médicos del Hospital de San Carlos y ni siquiera vuelvo a casa, pues apenas me daría para descansar un par de horas. Mi mujer no está contenta, pero ahora mismo no tengo otro remedio.</p>
<p>Espero que las instrucciones que te doy con la presente te sean de utilidad a tu retorno al país. Por favor, no dejes de informarme de tu paradero, y cuenta conmigo para cualquier cosa que esté en mi mano.</p>
<p>Tu amigo que tanto te aprecia y que tanto se alegraría de verte,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
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		<title>Carta 14: De Águeda a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Dec 1940 22:05:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 16 de septiembre de 1940</p>
<p>Mi muy querido hijo Luis Miguel:</p>
<p>Espero que al recibo de la presente te halles bien de salud y feliz. Puesto que no está en mi mano el cuidarte y protegerte, el procurarte lo mejor, sólo me queda la esperanza de que este deseo mío sea tan potente que viaje a ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 16 de septiembre de 1940</p>
<p>Mi muy querido hijo Luis Miguel:</p>
<p>Espero que al recibo de la presente te halles bien de salud y feliz. Puesto que no está en mi mano el cuidarte y protegerte, el procurarte lo mejor, sólo me queda la esperanza de que este deseo mío sea tan potente que viaje a través de la distancia que nos separa y llegue hasta ti. Le pido a Dios Todopoderoso que oiga mis humildes súplicas.</p>
<p>Sé que al recibir esta carta te vas a sorprender y te vas a preguntar quién nos ha informado de tu paradero, ese que tan celosamente has estado guardando. No quiero que culpes a nadie, en todo caso a mí, que he sido quien ha forzado las cosas para saber dónde estabas. Conseguí sonsacarle a Jacinta, nuestra portera, cómo encontrarte. Un día de los muchos que yo andaba preocupada y penando por ti, ella quiso consolarme. Después de mucho rato de llorar juntas, ella me dijo que estabas bien, que no tenía que preocuparme ni pasar fatiga. Me extrañó su seguridad, me hizo sospechar que sabía más de lo que decía y comencé a preguntarle. Pese a que la pobre se resistió todo lo que pudo, tú ya sabes cómo las gasto, y lo muy persuasiva que puedo llegar a ser. No hicieron falta las amenazas aunque no voy a negarte que hubiera sido capaz de llegar a ellas de no haberla conmovido con mis súplicas. Fue así como me contó que había sido paciente de tu amigo, el doctor Pérez-Olivares, que él es el que la trata de esa artrosis del diablo que le está deformando las manos. Entonces le rogué con todas mis fuerzas que le pidiera al médico que te hiciera llegar esta carta.</p>
<p>Por favor, no te enfades conmigo. Debes entender que como madre que soy no me es posible olvidarme sin más del fruto de mi vientre. Aunque tú no lo quieras, seguimos unidos por el cordón que te alimentaba cuando estabas dentro de mí, y ese es un lazo que yo nunca cortaré, bien lo sabe Dios. No es fácil para mí hacer esto que estoy haciendo, créeme. Me he estado debatiendo durante muchos meses entre mis obligaciones de esposa y mis sentimientos de madre. Has de saber, hijo mío, que tu padre se sentiría traicionado si llegara a enterarse de que te he escrito pues sigue empecinado en su enfado contigo. En mi memoria aún está fresco el día de vuestra última discusión. Desde entonces, nombrarte se ha convertido en fuente de tensiones y, sobre todo, de tristeza para esta familia.</p>
<p>Pero no vayas a creer que tu padre no te quiere. Ya sabes cómo es, a veces demasiado recto en sus principios, inamovible. Pero también sabes que él te quiere a su manera, como quereis los hombres, más aún los de su época que anteponen el orgullo y otras cuestiones a ese otro sentimiento mucho más puro que es el amor. En eso las mujeres somos diferentes. No estaremos dotadas para los estudios, la política o los negocios, bien lo sabemos, pero en el terreno de los sentimientos el Señor nos ha compensado con creces y os llevamos mucha ventaja, aunque eso haga que penséis que somos seres débiles: en nuestra debilidad radica nuestra fuerza. Sí, ya sé que tu padre te dijo que para él estabas muerto, pero lo dijo en un momento de rabia y ofuscación. Estoy segura de que sabrás perdonarle.</p>
<p>Como estoy segura de que él sabrá finalmente perdonar esta falta mía, esta traición que le hago al desobedecer sus órdenes de olvidarme de ti. Espero que, llegado el momento, si ocurriera que de algún modo sepa de esta pequeña traición, pueda entender que lo que me impulsa es una fuerza superior a todas las demás y que no es otra que el amor de madre, de esta pobre madre que añora a su hijo y se muere de tristeza al no poder verle. Pero que también es una esposa que sufre por el dolor de su marido, destrozado por la tristeza, bloqueado por un mal entendido amor propio que le hace distanciarse de lo que le es más querido: su hijo.</p>
<p>Pero discúlpame, hijo mío, que divago y me pierdo en mil cuestiones que no vienen al caso. Es que hace tanto que no te veo que hay demasiado que contar, y las palabras y los pensamientos se agolpan y es muy difícil convertirlos en frases ordenadas y con sentido. Dime, hijo mío, ¿cómo estás? Me contó Jacinta que habías pasado una temporada en París. Dice que te ha gustado mucho la capital francesa y que estás allí como pez en el agua. Entiendo que buscas tu lugar en el mundo, en este mundo que, sabe Dios, se ha vuelto loco, pero eso no evita que te eche de menos. ¡Cómo me gustaría estar contigo y pasear de tu brazo al lado del Sena o por los Campos Elíseos! Tu padre y yo estuvimos ahí hace muchos años, de recién casados. Qué buenos recuerdos me trae la Ciudad de la Luz… Pero qué tristeza me da saberte tan lejos. Cuéntame cosas de tu estancia en el París de la Francia, que diría el abuelo que en paz descanse. No son buenas las noticias que nos llegan de Europa sobre la gran guerra que ahora se libra ahí. Cuídate mucho, hijo, no quisiera que hubieras sobrevivido a nuestra guerra para dejarte la vida en otra que nada tiene que ver contigo.</p>
<p>Aquí vivimos días extraños. La guerra ha pasado sobre todos nosotros aplastándonos y dejando heridas en la piel y en el alma. Las de la piel acabarán sanando, las del alma permanecerán. Esta guerra fratricida ha dejado muertos en ambos bandos, y obstáculos insalvables entre familias divididas por sus ideas políticas y por sus muertos. Tu padre se enfada conmigo cuando digo que todos hemos perdido, que yo no me siento parte del bando vencedor. Me siento vencida, hijo mío. No me gusta que personas a las que quiero y aprecio vean en mí al enemigo, que teman hablar en mi presencia por si se me ocurriera delatarles… Poco me importan si están equivocados en lo que piensan. Y luego está la represión. ¿No tienen ya suficiente esos rojos con lo que han sufrido? ¿No han perdido ya bastante? Y es que una guerra entre hermanos, entre padres e hijos no es algo natural, no es algo que Dios debiera permitir. En realidad ninguna guerra. Las madres y esposas llevamos a cuestas la cruz del dolor que supone para nosotras cada esposo y cada hijo perdidos en el frente, no entendemos de victorias ni de política pero sufrimos irremisiblemente la pérdida de nuestros seres queridos. La guerra nos ha destruido el presente y nos ha hipotecado el futuro. ¿Cuándo regresará la vida a la normalidad?</p>
<p>Como no quiero aburrirte ni entristecerte te dejo ya. Además, tengo prisa por leerte, por tener en mis manos tu respuesta y saber que estás bien. Cuídate mucho, hijo, cuídate por ti y por mí, que si llegara a pasarte algo esta pobre vieja no podría perdonárselo nunca. Y reza. Reza a Dios nuestro señor para que las cosas vuelvan a su cauce, las gentes a su ser; para que puedas volver a casa, reconciliarte con tu padre y rehacer tu vida, que es la nuestra. Aún no he perdido la esperanza de que a la vuelta encuentres a una buena chica con la que formar una familia para darnos hermosos nietos que nos hagan olvidar todo lo malo que ha pasado, que aún no ha acabado de pasar.</p>
<p>Con todo mi amor me despido de ti. Tu madre que te quiere y te añora,</p>
<p>Águeda Castillejos, señora de Herranz</p>
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		<title>Carta 13: De Emilio a Luis Miguel</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Dec 1940 22:02:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Toledo, 7 de diciembre de 1940</p>
<p>Mi querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Espero que la presente te encuentre bien de salud y que tus sobresaltos hayan disminuido. Lamento que hayan pasado tantos días entre tu carta y mi respuesta, pero esto se ha debido a distintas circunstancias que quiero contarte.</p>
<p>Te comunico por la presente y con gran alegría ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Toledo, 7 de diciembre de 1940</p>
<p>Mi querido amigo Luis Miguel:</p>
<p>Espero que la presente te encuentre bien de salud y que tus sobresaltos hayan disminuido. Lamento que hayan pasado tantos días entre tu carta y mi respuesta, pero esto se ha debido a distintas circunstancias que quiero contarte.</p>
<p>Te comunico por la presente y con gran alegría que el pasado día 17 de noviembre mi esposa dio a luz unos mellizos varones, a quienes hemos bautizado como Luis Dalmacio y Miguel, nombres que espero sean de tu agrado. Hemos puesto la medalla de la Divina Infantita que nos enviaste sobre la cuna que comparten, ya que no se la pueden repartir. Por lo visto, tendrás que enviarnos otra más.</p>
<p>Hubo ciertos problemas durante su nacimiento que te contaré en una ocasión más propicia, dado que ni siquiera sé si esta carta llegará a tus manos en Roma y prefiero ser breve, pero no te preocupes, que tanto ambos niños como su madre se encuentran perfectamente. Miguel es más pequeño que su hermano, pero tiene la determinación de un guerrero y pone ahínco en crecer cuanto puede; pronto será un varoncito robusto y saludable. Estoy muy contento, querido amigo, y me pueden las ansias de proteger a ambos y librarles de todo mal.</p>
<p>En parte debido a estas ansias protectoras, y a las necesidades económicas que significará la criatura de más con la que no contábamos, he decidido aceptar la oferta de mi gran maestro, Álvaro Cervello de Guillerna, y tomar una plaza de profesor adjunto en la Universidad Central de Madrid, en la especialidad de dermatología y enfermedades venéreas. Esto espero contribuirá a engordar nuestras mermadas arcas, además de dar un empujón a mi carrera profesional y tomar aires renovados. A veces siento que Toledo se nos está quedando un poco pequeño y hay demasiada gente interesada en nosotros.</p>
<p>El doctor Cervello se está ocupando de encontrarnos un alojamiento cercano a la Ciudad Universitaria en Madrid. Al parecer, el edificio de la Facultad de Medicina ha resultado muy dañado durante la guerra, pero esperan reconstruirlo pronto en su totalidad. Pero la peor destrucción ha sido la de su profesorado, ya que muchos de ellos se han exiliado, y a otros no se les permite ahora impartir clase. Espero que el aura protectora de mi maestro sea lo bastante resistente como para permitirme pasar desapercibido y no padecer la etiqueta de rojo en mi profesión. Por lo pronto, el médico del pueblo anejo, don Luis Abascal García, ya me ha facilitado algunos contactos para hacer más cómoda nuestra instalación allí, como su amigo Pedro Laín Entralgo. Si bien este hombre se encuentra en mis antípodas ideológicas, es un profesional de reconocidísimo prestigio como historiador de la Medicina y profesor universitario, y sus conocimientos pueden resultarme de gran ayuda. Por supuesto, me ha recomendado también para el Instituto de Investigaciones Clínicas y Médicas que el profesor don Carlos Jiménez Díaz está estableciendo en un hotel de la calle Granada, sufragado de su propio bolsillo, hasta que las instalaciones permitan su traslado de nuevo a la Ciudad Universitaria. Estoy muy emocionado, aunque te confieso que siento algo de vértigo y mucha responsabilidad, pues siento que me costará estar a la altura.</p>
<p>Esperamos estar instalados en Madrid para Navidad, y nos llevaremos a nuestra doméstica, Prado, con nosotros. Adora hasta la locura a Luis y Miguel, y es una ayuda incalculable para mi esposa. Cuando ese par de bueyes que tiene por hijos se enteraron de sus intenciones, se presentaron en mi consulta de muy malos modos. Casualmente, no había pacientes y yo repasaba un vademécum con mi empleado Ricardo, y dado que mi criada es un poco dura de oído porque tiene un tímpano mal curado, pude escuchar cómo esas dos acémilas, que aún no se afeitan una vez por semana, afeaban a su madre que hubiera decidido seguirnos y le exigían, fíjate bien, le exigían que se quedase en Toledo porque era su obligación para con ellos. Lo siguiente que escuché fue un rugido como de león, y a continuación los golpes que Prado propinaba a sus hijos con un rodillo de amasar, merecidísimos, por otra parte, y los quejidos de ellos. Naturalmente, salimos a separarles, y te aseguro, amigo mío, que jamás hubiera pensado que Prado pudiera desencajarse de semejante manera. Si hubiera estado sola, probablemente tendríamos una desgracia que lamentar. Creo que aquellas palabras rompieron alguna barrera en su interior, porque cuando conseguimos quitarle el rodillo se tocaba su mandíbula torcida y gruñía como un animalito salvaje, como tomando venganza en sus dos pequeñas bestias de lo que le había hecho su padre. Al día siguiente, ambos tenían colocación, uno como aprendiz de herrero y el otro como fámulo en un comercio. Ya me ha preparado la maleta, pues salgo mañana domingo, después de misa, a hacer en Madrid los arreglos necesarios, y por supuesto que permanecerá con nosotros.</p>
<p>Prácticamente he cerrado ya la consulta de la calle del Nuncio Viejo, aunque aún recibo visitas intempestivas, sobre todo nocturnas, que llegan con urgencia y furtividad. Creo que hasta ahora hemos conseguido ser discretos, y que mi vecino, el que agujereaba mis paredes para enterarse de lo que se hablaba en mi despacho, no ha conseguido más que aburrirse escuchando a Ricardo repasar sus lecciones en voz alta, aunque ha recibido su merecido. Con lo que no contaba, este indiscreto vecino, era con que cuando haces un agujero en la pared, conectas los dos extremos, y que si él podía escuchar lo que sonaba en mi casa, igualmente podía yo escuchar lo que ocurría en la suya. Así, apliqué un vaso a la pared y conseguí descubrir, porque le reconocí la voz, qué vecino era: uno que se peina como José Antonio pero que se ha dejado un ridículo bigotito a lo Hitler, atildado y con ínfulas de superioridad, y que, además de a su legítima, mantiene a una fulana extraordinariamente fogosa, a tenor de los ruidos que llegan amortiguados desde una habitación lejana de su piso. Ya que la entrada a su edificio se encuentra en el lado opuesto al mío, parecía creerse a salvo, pero no me gusta que me espíen ni que conspiren contra mí.</p>
<p>En realidad, nos habíamos saludado algunas veces al cruzarnos por la calle, sin más intimidad. Hasta que un gélido día de la semana pasada, un caso médico me llevó por detrás de la Catedral, junto al Mercado de Abastos, y allí, en una taberna con aires toreros, le vi bebiendo un vino. Sin pensarlo ni un momento, aunque no sabía qué iba a hacer, entré en el bar, saludé muy educado y pedí una achicoria caliente con un chorro de aguardiente, para entrar en calor. Mientras esperaba, oí que mi vecino tosía, sin duda debido a la sequedad del ambiente y al frío helador. Y se me ocurrió en ese mismo instante cómo tomarme mi revancha.</p>
<p>Disculpándome, me presenté cortésmente, identificándome como médico, y tuvimos nuestra primera charla, aunque yo me mostré preocupado y le hice unas preguntas sobre su estado de salud, comenzando por aquel carraspeo. Él se resintió, y cuando le invité a buscar un sitio con más intimidad para poder hablar con discreción, cogió su sombrero y me siguió de inmediato. Como yo ya sospechaba, él sabía de mi especialidad, y palideció como un muerto cuando le pregunté por ciertos síntomas que podía haber tenido cualquiera, pero que yo evalué con gravedad, invitándole a mi consulta.</p>
<p>Allí, tras un reconocimiento exhaustivo, resultó tener un leve herpes genital, aunque utilicé un nombre lo más largo que se me ocurrió en latín que le convenció de que estaba a punto de que se le cayeran los colgajos a tiras allí mismo. A continuación, le receté unas lavativas con aceite de ricino, innecesarias para su afección pero muy recomendables para mi bienestar, y unas friegas en sus partes nobles con violeta de genciana, una vez por semana, durante cinco, tratamiento que por descontado también debía aplicarse cualquier pareja sexual que hubiera podido tener. Por supuesto, le cobré la consulta, aunque diré en mi descargo que doné el dinero al cepillo de la Catedral. Esa misma noche, Ricardo y yo pudimos escuchar sus aullidos a través de la pared de su picadero al aplicarse el remedio, así como la firme negativa de su querida a imitarle en las friegas. Mi asistente y yo tuvimos que cubrirnos la boca con las manos para no prorrumpir en carcajadas cuando oímos que ella preguntaba: “Pero, ¿cómo te ha recetado el médico esta pomada?”, y él vociferaba como respuesta: “¡Porque los huevos no eran suyos!”.</p>
<p>En cuanto a tus hábitos en la Ciudad Eterna, bien sabes que debo enviarte un buen tirón de orejas. Los horarios irregulares no benefician tu estado de ninguna manera, aunque probablemente ese derivado del cáñamo beneficie tu apetito y tus vías respiratorias, y la cocaína te dé vitalidad y energía. No abuses de esta última substancia, en particular, pues al parecer es cierto que es fácilmente adictiva. Pero lo que más me preocupa es tu soledad, que además, te impones a ti mismo; vas a acabar resultando tu propio peor enemigo. Por muy rodeado de muchachitas que puedas estar, esa cerrazón sentimental no te beneficia. Aparte de que tanta moza pueda ser perjudicial para tu salud en la forma de que alguno de sus familiares puede personarse con una escopeta para ponerte las peras a cuarto, como te ocurriría en cualquier localidad española, me ahorro enumerarte la gran cantidad de enfermedades venéreas que puedes contraer con tu comportamiento. Lo malo de especializarse en estos extremos es que finalmente los acabas viendo en todas partes, pero lo bueno es que te quitan las ganas de muchas tonterías.</p>
<p>Indudablemente, unos cuidados estables y una presencia de ánimo permanente a cargo de una persona te harían mucho bien, e incluso, como tu médico, te recomendaría que contratases a un enfermero o un ayudante de cámara que se ocupase de ti como tú no lo haces, ya que rehúsas casarte. Ya me has dicho que vas a abandonar Roma, y se me está ocurriendo un lugar estupendo donde serías bien recibido. Me permitiré la libertad de preguntar en tu nombre y te informaré puntualmente de la respuesta, dado que, debido a mi traslado, lo más probable es que tú y yo nos crucemos por el camino. Escríbeme, por nuestros medios acostumbrados, a casa de mis suegros hasta nueva indicación.</p>
<p>Como te he dicho, no tengo la seguridad de que esta carta vaya a acabar en tus manos a tiempo, pues además parece que lo que iba a ser una invasión rápida de Alemania sobre Polonia va a ir para largo y se extenderá como una plaga por todo el continente, perturbando las comunicaciones, como lamentablemente sabemos. Por lo que respecta a ese artículo que obra en tu poder, se me ocurren dos alternativas: o bien averiguas en qué consiste en su integridad, cosa que considero imperativa, y una vez hecho esto, lo entregas con la mayor rapidez a quien pueda hacer un correcto uso de ello; o bien asumes su contenido y lo entregas a quien tenga potestad para indagar su composición y darle curso de la forma que probablemente merece. A fe de ser impreciso debo decir que yo tampoco entiendo bien lo que estoy diciendo, pero pongo mis esperanzas en que me comprendas.</p>
<p>Debo irme despidiendo, pues aún tengo cosas que solucionar antes de mi partida mañana. No obstante, tengo algo importante que añadir. La paternidad ha cambiado mi modo de ver las cosas, y debido a esto hay algo que debo contarte, y reconozco que lo he dejado para el final porque sé que en cuanto te lo diga, voy a perder tu atención. Tu señora madre, doña Águeda, me ha enviado una carta para ti, con la petición de que te la haga llegar. Por supuesto, te la remito de inmediato tal cual llegó a mis manos, y te hago el ruego de que la leas, pues de ella nada malo puede emanar. Ahora, con mi paternidad tan tierna que apenas atino a manejarla, el simple pensamiento de no saber qué pudiera haber sido de mis hijos (mis hijos, qué extraño se me hace todavía este sintagma) me estremece, y por tanto te suplico que no dejes a tu madre sin respuesta. Ítem más cuando, según tu última carta, lo que os separó no es cuestión de desamor, sino desacuerdos de la guerra, y nada es irremediable.</p>
<p>Recibe un fuerte abrazo de tu amigo, que te aprecia grandemente</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
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