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	<title>Tres líneas &#187; A Emilio</title>
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	<description>A Emilio, a Dalmacio y a Luis Miguel la guerra les venció, pero no se sienten vencidos, y para mantener vivo este sentimiento de esperanza, deben continuar en contacto…</description>
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		<title>Carta 44: De Luis Miguel a Emilio</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Jul 1941 17:31:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 21 de julio de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Seguro que no esperabas recibir de nuevo correspondencia por mi parte, pero siento la necesidad de hacerlo más que nunca. Como verás, mis palabras no salen de mi puño y letra, aunque sí de mí corazón. Reconocerás la escritura de Dalmacio, porque es él quien las escribe; yo le ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 21 de julio de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Seguro que no esperabas recibir de nuevo correspondencia por mi parte, pero siento la necesidad de hacerlo más que nunca. Como verás, mis palabras no salen de mi puño y letra, aunque sí de mí corazón. Reconocerás la escritura de Dalmacio, porque es él quien las escribe; yo le pedí que lo hiciera debido a mi debilidad. Aquí le tengo, escuchándome atentamente, plasmando en estos papeles todo cuanto quiero decirte, y, por qué no, que también quiero decirle a él.</p>
<p>A lo largo de nuestra vida pasamos por muchísimos cambios: de casa, de ciudad, de país, de amigos y conocidos… Todo nuestro entorno se transforma a medida que al tiempo y al destino se les antoja. En muchos casos, estos cambios han supuesto mejorar o adquirir experiencias nuevas. Pero finalmente, a todo te acabas acostumbrando y aprendes a convivir con ello.</p>
<p>Quién me iba a decir que a lo largo de mi vida, pasaría desde París a Roma, regresando a Madrid para acabar en Asturias. Mirando hacia atrás y recordando, estoy feliz. ¡Tanto como viví, me siento afortunado! Pero al mismo tiempo, también muy triste. Aún no entiendo por qué a mí. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué una guerra truncó todos nuestros proyectos, por qué tuvo que arrebatarnos todo cuanto teníamos, deseábamos o nos proponíamos? Desde aquí maldigo a todos los que acabaron con todos nuestros sueños por sus ansias de poder. Les deseo el peor final que puedan imaginar. Pero, querido amigo, para eso ya no hay remedio, y aquí quería llegar con todo lo dicho. No podemos mirar durante más tiempo hacia atrás. Debemos caminar siempre hacia delante, destruir todas las barreras con las que nos cruzamos y continuar.</p>
<p>Para mí ya no hay tiempo, pero me gustaría irme con la tranquilidad de que Dalmacio y tú, continuaréis hacia adelante, que no dejareis que os hunda nada ni nadie.</p>
<p>Si, leíste bien amigo, irme, porque mis fuerzas ya no dan para más. A pesar de la ayuda de este buen asturiano que ahora escribe por mí, que se deja el alma día tras día en mis cuidados, ya no puedo más.</p>
<p>Fíjate cómo es Dalmacio que hasta se ha molestado en recoger no sé qué hierbas para prepararme infusiones que sirven para fortalecer el corazón, para dar vitalidad y energía. Ha probado de todo. A veces le notaba ansioso, desesperado por no saber qué más hacer. Hasta sospecho que hay algo más que no quiere contarme. Apenas sale de la casa, está intranquilo e incluso asustado ¿Ves cómo es cierto? Ahora asiente escuchándome al dictárselo. El muy cabezota no quiere que lo diga, pero ya le he amenazado con leer la carta después de escrita y hacérsela repetir si no aparece incluso esta línea.</p>
<p>Pues bien, amigo, todos estos remedios y todos los medicamentos del mundo no pueden evitar lo que ya está sucediendo. Estoy muriendo. Ayer mismo pedí a Xoaquín, el comunista, que avisara a don Roque para que viniese a administrarme los Santos Óleos. Y así fue, hace unos minutos que se ha marchado el párroco, a quien por fin pude poner cara. Nunca pensé que algo tan lúgubre se pudiese sentir tan hermoso. Me sentí como liberado, como si hubiesen derramado sobre mí litros y litros de paz. No te asustes por mí. Ahora sí estoy preparado, preparado para morir. Llora más Dalmacio por escribirlo que yo por reconocerlo. Como desconozco cuantos días, horas o minutos puedan quedarme, antes de partir una vez más, esta vez para siempre, quiero dejar las cosas bien atadas.<br />
Ya escribí a mi padre con la despedida que en este momento se merece. No puedo negarte que sentí pena, mucha pena, de que ahora que por fin volvía a recuperarlo, era yo quien le abandonaba. Atrás queda su esperanza de volver a repetir ese abrazo en el que nos fundimos hace semanas, y del que aún siento el calor y amor. Atrás queda la posibilidad de un nuevo reencuentro entre un padre y un hijo enfrentados por una guerra, pero unidos otra vez por la frialdad de la muerte de una madre y una realidad solitaria. Ahora sí puedo decir que lloro con causa justa. Quizá hubiese sido mejor marcharme con la idea de tener un padre cruel y odioso, que con la imagen con la que quedé tras nuestro encuentro en Madrid, la de un padre, triste, dolorido y apagado. Me despedí de él sin decirle la verdad. Le conté que no volveríamos a vernos por su seguridad, que marchaba de nuevo a Roma a iniciar una nueva vida, pero que esta vez en mi equipaje llevaría algo más: el respeto y el amor por él.</p>
<p>También he escrito a Nati y Miguel, aquellos benditos amigos de Torrejón de Velasco, a los que por supuesto también he mentido sobre el verdadero motivo de mi carta, que aun sonando a despedida no deja de ser un eterno agradecimiento por toda su ayuda prestada, una vez más. Olvidé contarte que ya son padres, por supuesto, de un niño muy bien criado, como me dijeron ellos, al que pusieron por nombre Luis Miguel. Que siguen en sus labores del campo, que no les falta de nada, pero tampoco abunda, pero que se sienten felices y sanos, que es lo importante, tan sanos como para hacer que el pequeño Luis Miguel reciba compañía pronto, ya que Nati vuelve a estar encinta. No sabes cuánto me alegra conocer que sus vidas van bien y hacia delante.</p>
<p>Y ahora me toca hacerlo contigo. Del modo que sea capaz, tengo que despedirme y decirte cuánto tengo que agradecerte, todo lo que no pude decirte en vida.</p>
<p>Tal vez lo único que me duele más que decirte adiós es no haber tenido la ocasión de haberme despedido de ti, de haber compartido siquiera un par de días estas tierras asturianas los tres juntos, Dalmacio, tú y yo. Algo en mi interior me dice que durante aquellos días compartidos en la guerra se creó un vínculo especial, algo familiar, algo más que una mera amistad y que hizo que nuestros destinos se unieran. Algo tan especial como para acabar yo en Asturias con un desconocido, que para ti no lo era, y que ahora siento como un hermano. Emilio, amigo, compañero, nuestros recuerdos de ayer durarán toda una vida. Yo los llevaré conmigo. Tú guárdalos por siempre; los mejores, quédatelos, el resto, olvídalos. Estoy tan seguro de que Dalmacio cuidará de ti y tú de él, que me voy tranquilo. No tengo temor alguno por lo que os pueda pasar, ya me habéis demostrado que sabéis cuidaros bien, pero de no ser así, yo, desde donde pueda estar, os ayudaré y protegeré cuanto pueda. Para ayudaros un poco más, he firmado delante del cura un breve testamento en el que os dejo mis mermadas posesiones, que no son muchas pero algo harán.</p>
<p>¿Recuerdas el día en que me atendiste en el hospital de campaña? Me sorprendió tu serenidad, la misma que ahora quiero que tengas. Me gustó tu comportamiento. Estabas curando a un herido del bando nacional y aún así me trataste como a uno de los tuyos. Siempre he sospechado que, de algún modo, supiste ver en mí esa lucha interna de ideas que me acosaba día y noche, esa disconformidad con lo que estaba sucediendo. Recuerdo cuando te conté cómo ayudaba a los republicanos escondidos en el bosque, contándoles cada una de las estrategias del bando contrario. Leí en tus ojos cierta preocupación hacia mí, y eso me dio la confianza suficiente para reconocerte como amigo desde aquellos difíciles momentos. Las tardes en el hospital de campaña charlando, compartiendo tristezas y risas, fumando unos cigarrillos por el patio y paseando con unas muletas a las que más bien sujetaba yo para que no se rompieran, ¿las recuerdas? Eran tan enclenques que apenas cumplían su cometido.</p>
<p>Cuando tuvimos que separarnos, supe entonces que podría haber distancia, pero no podría romperse ese lazo de unión que ya se había creado. Y el tiempo lo confirmó. No olvidaré la tarde que abrí por primera vez una carta tuya. Fue tal la alegría que olvidé por un momento que Franco había ganado la guerra. Lástima que ese olvido durase sólo unos minutos.</p>
<p>Desde entonces, no sabría decir cuántas veces nos escribimos, pero las suficientes como para conocernos tanto como lo hacemos ahora, las suficientes como para que estuvieses al tanto de todo lo que me ocurría o hacía. Son tantas cosas compartidas que sería interminable enumerarlas todas. Y todo ello me lo llevo conmigo.</p>
<p>Me llevo también todos tus secretos, de los que por tu confianza me hiciste partícipe. Todas y cada unas de las palabras que pronunciaste o escribiste para mí quedarán selladas en mi alma para siempre. Puedes estar muy seguro de que jamás ha salido de mis labios o de mis dedos ninguna de tus confidencias.</p>
<p>Antes de despedirme, quisiera desearte lo mejor. Te deseo que puedas recuperar a tus hijos, a los que ahora tanto echas de menos y que estoy seguro también anhelan el cariño de su padre. Te deseo que de algún modo sepas recuperar el afecto y amor de tu esposa, para que podáis recuperar una vida juntos, si es lo que aún quieres. Y te deseo que consigas todo cuanto te has propuesto. Gracias, gracias a los dos, por vuestra amistad, que ha sido mi fuerza.</p>
<p>Ahora ya sí, estas serán las últimas líneas que puedas leer en mi nombre. Me iré con la tranquilidad de encontrarme con mi madre, con quien por fin recuperaré el tiempo perdido, y juntos esperaremos la llegada de mi padre, Dios quiera que muy tarde, para poder volver a estar unidos y continuar siendo una familia sin guerra.</p>
<p>Un abrazo ahora y por siempre, de tu amigo,</p>
<p>Luis Miguel Herranz.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Carta 42: De Dalmacio a Emilio</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Jul 1941 17:38:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Asturias, 2 de julio de 1941</p>
<p>Querido amigo Emilio:</p>
<p>Quisiera llevarte buenas noticias con esta carta, pero, lamentándolo mucho, estas líneas sólo albergan palabras referentes a días nefastos. Y es que, amigo mío, la mala suerte parece haberse afincado en estas tierras, y lo que es peor, me es difícil atisbar cualquier luz de esperanza. Incluso el ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Asturias, 2 de julio de 1941</p>
<p>Querido amigo Emilio:</p>
<p>Quisiera llevarte buenas noticias con esta carta, pero, lamentándolo mucho, estas líneas sólo albergan palabras referentes a días nefastos. Y es que, amigo mío, la mala suerte parece haberse afincado en estas tierras, y lo que es peor, me es difícil atisbar cualquier luz de esperanza. Incluso el amigo Xoaquín, el comunista, en alguna de sus visitas a la Quintana, contemplando la situación en la que nos estamos viendo, trajo desde Marcenado (y a espaldas de Don Roque) una figa de azabache, que, según dicen las viejas del pueblo, protege de todo mal. Desde entonces, el amuleto cuelga de nuestro amigo enfermo.</p>
<p>Emilio, me duele mucho decirte esto, pero Luis Miguel se nos muere. Ahora que han transcurrido las semanas, he tenido la oportunidad de observar la realidad de su estado, y está mal, muy mal. A decir verdad, no sé de dónde sacó el muchacho las fuerzas el pasado junio para llegar llegar hasta la Quintana. Y créeme si me atrevo a pronosticar que dejará este mundo cualquier día de estos, pues ya casi no come, y mira que le insisto para que lo haga; es incapaz de andar cuatro pasos sin sentirse agotado, y algunas veces, cuando piensa que estoy en la parte de abajo, oigo cómo le promete a su madre que pronto se reunirá con ella.</p>
<p>Y es lo que me he venido temiendo desde hace un tiempo: que ya no tiene ganas de seguir en este mundo. Yo trato de animarle en todo momento, pero es inútil. Sabe que su fin está próximo y ha dejado de luchar contra su destino. Cuando está consciente, me dice con lágrimas en los ojos que le perdone por todo el perjuicio que ha traído a mi casa con su enfermedad, y ya no sé cómo hacerle saber que su situación para mí no es ni tan siquiera un mal menor, pues tanto su compañía como su amistad están siendo ese golpe de aire fresco que la Quintana venía pidiendo desde mis días en el frente. Le he dicho que le necesito aquí, que le necesitas tú, y que luche, que luche aunque sólo sea para disfrutar de la suerte que otros no han tenido por volver vivo de la guerra.</p>
<p>No puedo mentirte respecto a Luis Miguel, pero me ha dicho que le gustaría verte, y me ha pedido que nunca te haga llegar este deseo, ya que está convencido de que preocuparte por un moribundo es lo único que te queda para agravar tu situación. Ha decidido escribirte una carta, posiblemente la última, para despedirse de quien considera ya su única familia. Así que pronto nos pondremos a ello. Yo transcribiré sus palabras, y me ha hecho prometer que de ninguna manera he de suavizar su mensaje.</p>
<p>Te contaré que pasada ya la noche de San Juan, pude verle en tal estado febril que corrí hasta el pueblo en busca de la sabiduría de don Roque. Este se sorprendió al verme, pues me tiene dicho una y mil veces que es peligrosa mi presencia en Marcenado, pero vi tan grave a nuestro amigo que no dudé en hacer oídos sordos a sus consejos. Le expliqué entonces el asunto y apartó de las suyas unas hierbas que fortalecen el corazón. Pero, Emilio, Luis Miguel no mejoró con la digitalina, tal vez un ápice, pero pienso que su enfermedad está ya tan avanzada que sólo Dios puede interceder. El cura también me recomendó recolectar genciana porque parece ser que sus flores limpian la sangre. Según él, he de cocer la planta por las mañanas y dársela a tomar por nueve días, ni uno más, porque el paciente corre el peligro de entrar en anemia, y ya es lo que nos faltaba.</p>
<p>En realidad, lo que nuestro amigo necesita es un hospital. Es ahí donde sabrían atenderle debidamente. Yo hago todo lo que puedo, bien lo sabe Dios, y he de confesarte que vivo con la permanente angustia de encontrármelo muerto cuando me despierto. Siento ser tan duro respecto a la situación de Luis Miguel, pero como puedes comprobar por este escrito, los recursos que ofrece el bosque son insuficientes. Sólo queda esperar, y ya que no puedo hacer otra cosa, rezo todos los días a un Dios en el que no creo para que el pobre muchacho abandone este mundo alejado de un sufrimiento que no hace otra cosa que persistir día tras día.</p>
<p>Pero esto no es todo, Emilio. Cuando al principio de esta carta he señalado que la mala suerte parece haberse cebado con estas tierras, no sólo me refería al estado grave de nuestro amigo. Estoy lidiando también con otro asunto muy diferente que, como te comenté hace meses, en su momento creí solventado. El mismo día que bajé con urgencia al pueblo para recoger el consejo de don Roque para las fiebres de Luis Miguel, el cura me dio una carta recién llegada de Bazkoare y me pidió, y con un apremio que llegó a preocuparme, que esa misma noche repitiera la visita. Por más que insistí no quiso referirse al tema, alegando lo urgente de mi amigo, así que lo aplazó para el siguiente encuentro, no sin antes darme a entender que la trascendencia del propósito no permitía ninguna demora.</p>
<p>Y así lo hice. Aquella misma noche, después de leer la carta de mi compañero en el manicomio, en la que me daba la buena noticia de que pronto abandonará las instalaciones de la Cadellada, dejé atendido y cenado a Luis Miguel y corrí de nuevo a la iglesia. Cuando entré en el cuarto de don Roque, pude ver en sus ojos una preocupación que sólo he tenido oportunidad de contemplar en otra ocasión, cuando el triste asunto del cura de Somiedo. Efectivamente, mis temores habían regresado, y esta vez parecía que estaban ahí para quedarse.</p>
<p>El viejo comenzó hablando sobre los hechos que ocurrieron durante la Revolución de Asturias de 1934, cuando los dirigentes locales en el valle minero de Turón tenían el convencimiento de que la victoria sería rápida y fácil. En aquel momento tenían previsto tomar Oviedo, y luego instaurar el socialismo, cosa que como muy bien sabes, no pudo ser. El caso es que, en ese tiempo, los curas y todo el que tuviera algo que ver con la Iglesia habían de extremar el cuidado, ya que prosperó la orden de detenerlos. Gran parte de ellos pudieron escapar y algunos se escondieron como buenamente pudieron en casas de los feligreses, pero nadie pudo hacer nada por los que fueron capturados. Dicen que los revolucionarios fusilaron a más de dos docenas, entre sacerdotes y religiosos, hace ya siete largos años.</p>
<p>Por esta causa, y en memoria de los que llaman los Mártires de Turón, el Señor Obispo ha decidido que de ninguna manera la desaparición del cura de Somiedo ha de quedar en la impunidad. Así que, como puedes comprobar, en este caso la iglesia ha decidido cambiar su ley del Talión, “ojo por ojo, diente por diente”, por otro pasaje bíblico, “pagaran justos por pecadores”. Parece ser que estos días atrás se presentaron en Marcenado unos religiosos acompañados por guardias civiles, mandados desde Oviedo. Y no sólo hablaron con don Roque, sino que también quisieron entrevistarse con algunos vecinos por si encontraban alguna pista de ese malnacido de don Sebastián.</p>
<p>Según me contó el cura de Marcenado, de nuevo intentó razonar con los investigadores para desviar su atención del pueblo y de los bosques donde se encuentra mi casa. Les explicó algo que seguramente ya habían barajado: que el de Somiedo tenía sembrados tantos precedentes tan poco encomiables por todos los pueblos de la región, que estaba en la seguridad de que había sido víctima de alguna venganza por cualquier altercado sucedido hace meses, o incluso años. Alegó que es bien sabido que la venganza es un plato que se come frío, y que cualquier alma razonable urdiría su propósito, si, pero bien apartado de su localidad con el fin de alejar sospechas. Nadie comete un delito en su propia casa, les dijo.</p>
<p>Pero ni los mandados por el prelado, ni la Guardia Civil quedaron muy convencidos. De hecho, estos últimos contestaron que cabían otras posibilidades además de la expuesta. Explicaron que en aquellos días en que abundaba el hambre y la miseria, nuestra España estaba repleta de apátridas y de rojos impíos sin alma que no tenían nada que perder, y que todos estos cometían infinidad de crímenes con alegre ligereza. Es más, los guardias civiles aseguraron al cura que esas situaciones eran las más numerosas, y por esta razón no debían desestimar que cualquier vecino de Marcenado del Moire pudiera estar implicado.</p>
<p>Así que los venidos de Oviedo no se conformaron después con visitar a los que en ese momento se encontraban echando unos dominós en la taberna. Se presentaron en el ayuntamiento y exigieron hablar con Chano, que es como llamamos al Excelentísimo Señor Alcalde Llucián Guardado. Has de saber que Chano es el padre del Xoaquín el comunista, y aunque su progenitor no comulga con las ideas de su hijo, siempre trata de hacer oídos sordos a ciertos asuntos por el bien de algunos vecinos. De hecho, su última hazaña, en la que tramitó con los pueblos colindantes un acuerdo consiguiendo bajar a menos de la mitad el comercio de estraperlo, ha puesto en juego su pellejo. Lo cierto es que la gente de Marcenado está contenta con la actuación del alcalde, pues en los tiempos que corren, aunque es imposible el olvido, se ansía esta relativa tranquilidad que Chano proporciona gracias a su buen hacer y su manga ancha.</p>
<p>Bien, la Guardia Civil se presentó en el ayuntamiento y, según las palabras de Xoaquín, que estuvo presente en todo momento, la pareja dejó en la puerta su habitual actitud prepotente con la intención de conversar amigablemente con el señor alcalde. Chano colaboró de buena gana con ellos, respondiendo a sus preguntas sin reticencias: que si tenía sospecha alguna de los censados, que si conocía alguna desavenencia, por muy pequeña que fuera, del cura con algún vecino. Nada. Las respuestas a estas cuestiones fueron todas negativas. Luego, y a petición de la Benemérita, el alcalde puso a su disposición los libros del censo y ellos husmearon incluso entre los nombres de los fallecidos antes de la guerra.</p>
<p>Pero la respuesta en la que el alcalde titubeó fue en la última, cuando ya tenían un pie fuera del cuarto e incluso se habían puesto ya el tricornio. ¿Existe algún pueblo adyacente a Marcenado del Moire?, preguntó alguno de los hombres. Chano dijo que no, que ellos mismos habían tenido que pasar por el pueblo de al lado para llegar hasta ahí, si es que era a eso a lo que se estaban refiriendo. Debieron ver que el hombre vacilaba, dudaba o vete a saber qué signo de indecisión reflejó para que los guardias civiles detuviesen su paso. El caso es que se introdujeron otra vez en el cuarto y formularon de nuevo la pregunta, esta vez especificando. Ya sabe, señor Guardado, dijeron, que si hay alguna población pequeña cerca de aquí que no figure en los libros, alguna casa en la montaña, ya sabe. Al final, el alcalde tuvo que admitir la existencia de la Quintana. Explicó que hacía años la casona estaba habitada por una buena familia de cuatro miembros y que siempre pagaron la contribución religiosamente, pero que desde la guerra no los había vuelto a ver por el pueblo, así que tenía la seguridad de que, o habían muerto, o como muchos otros, emigrado a tierras de paz.</p>
<p>No te mentiré, Emilio, diciéndote que no estoy asustado. Sé que existe la posibilidad de que todo este asunto pueda destaparse si el prelado y los nacionales empiezan a tirar del hilo. Podrían descubrir que hay vida aquí arriba e irse al traste todo mi esfuerzo por sobrevivir, cosa que cada día me importa menos. Y quiero adelantarme a tus pensamientos, amigo: nunca huiría de la Quintana si las cosas se pusieran feas. Nunca dejaría aquí a nuestro amigo, pues si el Destino ha dispuesto que dejemos juntos este mundo, yo no soy nadie para contradecirle.</p>
<p>Por el momento, estoy ganando tiempo, porque sé de muy buena tinta que no van a llegar hasta aquí. Después de la visita de los números al Ayuntamiento, regresaron a la sacristía para encontrarse de nuevo con los enviados del prelado, y puedes imaginar la cara del cura cuando nombraron la casona donde vivo. Don Roque volvió entonces a echar mano de sus historias sobre los ataques de los osos y la terrible cantidad de lobos de los que tendrían que cuidarse si se les ocurría aventurarse a subir al monte para adentrarse en él. Incluso improvisó otra en la que aseguró que un grupo de anarquistas quiso esconderse en el bosque, y a las pocas horas pudieron contemplar cómo un perro salvaje bajaba de la zona del peñasco con la mano de un hombre entre las fauces. Esto último debió impresionar a la Benemérita porque, según describió el cura, se miraron entre ellos y después le pidieron un chato vino sin bendecir, y los hombres del prelado no se quedaron atrás, pronunciando alabanzas a Dios mientras se santiguaban tres veces. Luego de degustar el vino, hablaron entre ellos sobre la posibilidad de que, si sus superiores les ordenaran subir al monte tras recibir su informe sobre la visita a Marcenado, se harían custodiar por cazadores.</p>
<p>Para tu tranquilidad, y seguramente es algo que ya supones, has de dar por supuesto que estoy manteniendo a Luis Miguel ajeno a este peligro. Él me ve preocupado, y me pregunta, pero piensa que mi talante declina algunas veces a causa de la confirmación reciente que recibí del fallecimiento de mis padres.</p>
<p>Emilio, amigo, tal es el desasosiego que estoy padeciendo estos días, que aflora mi egoísmo. Tu última carta confirma que ninguno de los tres estamos pasando por un buen momento. Antes de comenzar la redacción de esta carta, dudé si contarte la realidad sobre Luis Miguel y sobre la Quintana, pero es un asunto tan grave que ha prevalecido la decisión de ponerte al corriente.</p>
<p>Tu amigo que te aprecia,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 41: De Luis Miguel a Emilio</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Jun 1941 18:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 20 de junio de 1941</p>
<p>Mi estimado compañero:</p>
<p>Querría comenzar estas líneas con buenas noticias, ya que tras leer tu última carta me quedé un tanto apenado por todo aquello que me narraste. Con la marcha de tu esposa, y ahora la pérdida del doctor, puedo imaginar cómo te sientes. Parece ser que la ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 20 de junio de 1941</p>
<p>Mi estimado compañero:</p>
<p>Querría comenzar estas líneas con buenas noticias, ya que tras leer tu última carta me quedé un tanto apenado por todo aquello que me narraste. Con la marcha de tu esposa, y ahora la pérdida del doctor, puedo imaginar cómo te sientes. Parece ser que la vida no para de ser injusta contigo. Tú, que te desvives por los demás, ahora te ves solo cuando más nos necesitas. Si estuviese en Madrid en estos momentos, no dudes que me importaría bien poco lo que pudiese ocurrirme por descubrir mi escondite, con tal de acompañarte y hacer más llevadero este período desafortunado que te aísla. Pero no desesperes, querido amigo, confío en que encontraras una vía de escape que te ayudará a afrontarlo todo. Sé que así será.</p>
<p>Bien, mis buenas noticias para ti son que por fin ya estoy en Asturias, en la Quintana, junto a tu gran amigo Dalmacio y desde ahora también mío. Con respecto a este lugar, he de darte la razón, pues es un sitio apacible y sosegado que supera incluso tus descripciones. No obstante, creo que esas semanas en la capital me han hecho mucho bien. He podido recordar a mi familia de antes de aquella maldita guerra que finalizó hace ya casi dos años, pero que sigue ahumando las calles, una familia unida por sentimientos y no destrozada por ideologías. En definitiva, una familia normal. Mi familia perdida me ha dado fuerzas.</p>
<p>¿Recuerdas a don José Ignacio? Es el viejo cura del que te hablé, el de la parroquia de San Ginés. El día en que hice la visita a su iglesia, se fijó en mí más de lo que yo supuse. La verdad es que ya estando allí pensé que él y mi madre habían mantenido el contacto hasta el mismísimo día de su muerte. Y ahora sé que así fue, y que mi santa madre, que en paz descanse, le hablo de mí e incluso le mostró alguna fotografía mía de ya mayor. El caso es que el cura me reconoció de algún modo y mandó que me siguiera a alguno de sus fieles monaguillos, y digo fieles aunque posiblemente le temerán más que al mismo demonio. Yo, en aquel momento, estaba tan ensimismado con mi regreso a Madrid que no me percaté de nada. Pero así, el párroco se hizo con mi nueva dirección: el piso que me permitiste invadir por un tiempo, el espacio de tu mentor. ¿Y qué hizo con esa información? Proporcionársela al mismísimo señor Herranz.</p>
<p>Mi padre llamó a la puerta esa tarde de miércoles, mientras recogía mis cosas decidido a emprender viaje a Asturias. Abrí, pensando que era la portera. Puedes imaginar mi cara de sorpresa, asombro y miedo cuando le encontré allí. Y no te puedo mentir, a ti no. Sentí una especie de alegría que ni yo soy capaz de explicar.</p>
<p>Por un instante, el tiempo pareció paralizarse. Fue como si el silencio lo poseyera todo. Ninguna reacción, ni suya ni mía. Cuando me hice cargo de la situación, respiré más tranquilo al comprobar que había venido solo, sin la compañía de su inseparable abogado y amigo, Joaquín Urrutia. Mis deseos luchaban entre sí, quería golpearle pero también abrazarle. Pero Emilio, ¿sabes algo? Fue la primera vez en que no vi soberbia en los ojos de mi padre. Busqué en mi alma el enojo, alimentado durante tanto tiempo, y de pronto no lo encontré. Sentí que el enfado no solucionaba nada, pero no era capaz de explicarle a mi corazón lo que mi cabeza pensaba.</p>
<p>De pronto abrí la boca y me escuché decir: “Padre, el enfado sólo es negar la realidad que no nos gusta y nos hiere”. Esas fueron mis primeras palabras hacia él, y te las escribo tal y como las dije, porque no las olvidaré nunca. Creo que quería hacerle reaccionar y tras observarle, decidir: o cerraba la puerta de golpe y volvía a huir, o podría por fin mantener una conversación con él. Su respuesta no podrías imaginarla nunca. Él, tan frío como siempre, tan señorial y tan estirado, pero envejecido, con algo roto por dentro, se limitó a levantar una ceja, mirar de reojo hacia el interior de la casa, y como el que sentencia y fusila al mismo tiempo, me contestó: “Hijo, el enfado tiene una relación directa con nuestras expectativas y el nivel de exigencia. En eso me fallaste…”. Y cuando sentí removerse la ira en mi interior y estaba a punto de replicarle, algo pareció cambiar en su talante, y continuó, sin dejarse interrumpir: “… y por eso ya no te culpo. Porque fui yo quien creyó que me habías traicionado al no cumplir mis ideales. Por esto debías pagar. Pero no eran mis ideas las que debían impulsarte, sino las tuyas. Hijo, ahora me doy cuenta. He sido injusto y egoísta, indigno como patriarca de familia. He estado perdiendo el tiempo, he roto mi familia y por esto estoy pagando desde que nos dejó tu madre. Estoy solo y me rechazas. Pero bien merecido lo tengo, y es el peor castigo que un padre puede recibir”.</p>
<p>Nos fundimos en un abrazo eterno, inseparable. No podía creer lo que estaba ocurriendo, pero era algo muy real y estoy seguro de que mi madre, desde el Cielo, se sintió feliz de nuevo. Me lo llevé por fin al interior de la casa, temiendo que la portera estuviese espiando, y una vez dentro saqué coñac de alguno de los muebles del doctor Cervello de Guillerna, nos sentamos y pudimos conversar durante horas.</p>
<p>Hablamos de sus intenciones cuando fue a buscarme a Roma y de su infatigable búsqueda, y en efecto, su decisión de entregarme al Régimen era firme en aquel momento. Me había denunciado como enemigo de la Patria y, azuzado por sus compañeros, se lanzó en mi captura. Le vi viejo y enfermo, consumido. Le escuché y logré entender hasta qué punto el poder de unas ideas políticas puede manipular incluso el amor de un padre hacia su hijo, y eso me entristecía, y me compadecí de él. Insistió una y mil veces en pedirme el perdón y que le dejase recuperarme, y créeme que confié del todo en sus palabras. Le pregunté a qué era debido ese cambio en sus intenciones, ahora que me tenía en sus manos y podría conseguir su propósito. Su respuesta fue tan sencilla como rotunda: me dijo que perder una esposa es duro, pero que si además perdía un hijo, y siendo él quien le sentenciaba, no lo hubiera podido superar.</p>
<p>Le conté mi enfermedad, mis peripecias para huir de sus persecuciones, mi estancia en grandes ciudades como París o Roma y mi larga convivencia con los vecinos de Torrejón de Velasco, pero no le conté mis planes de irme a Asturias de inmediato. Le confirmé lo que él ya sabía, que yo fui aquella persona que se hizo pasar por médico en el hospital donde Mamá había muerto. Que no llegué a tiempo, pero que de algún modo me despedí de ella. Hasta le mostré el rosario y la carta que mi madre me dejó, y que desde entonces me acompañan allá donde voy. La lloramos juntos. Ahora sé que, muriendo, ella nos juntó de nuevo.</p>
<p>Cuando quisimos darnos cuenta, habían pasado horas y la noche había caído. Por fin mi padre decidió levantarse del asiento, y con una mirada húmeda y vidriosa me advirtió que por desgracia debía marcharme. No podía continuar ni en Madrid, ni en ese piso. No era posible retirar la denuncia por traición, y si simplemente intentara hacerlo, se condenaría a sí mismo. De todos modos, y al haberse reunido conmigo, quedaba él también contaminado, también era un traidor. Era posible que le hubieran seguido, y si así había sido, descubrirían dónde poder capturarme, y dónde hacerse ahora, no ya con uno, sino con dos traidores al Régimen. Debíamos vernos lo menos posible, por nuestra protección, aunque quedamos unidos y en paz.</p>
<p>Cuando se hubo marchado, no lo dudé un instante: ya no era una la razón por la que debía irme a toda prisa del piso del doctor, sino dos. Y fue esa misma noche cuando partí hacia la estación de autobuses. Sé que si le hubiera hecho partícipe a mi padre de mis planes, me habría querido dar dinero. Pero ya no lo quiero. Ya no necesito más para mantenerme que mis propios medios.</p>
<p>Bien, salí del piso de tu ya fallecido mentor al poco de que mi padre se fuese. No quería que mi presencia allí pudiera ser una preocupación añadida a las que ya te ocupan. A última hora y apresurado, pude acercarme hasta la estación de autobuses y hacerme con un billete para viajar hasta Oviedo, tal y como Dalmacio me había indicado. La verdad es que hubiese preferido viajar en tren, pero mis ahorros están muy mermados, y si a esto le sumas mi intención de ayudar a Dalmacio económicamente por acogerme en su hogar, no debía incurrir en gastos innecesarios.</p>
<p>La compañía Alsa ofrece buenos precios a cambio de un viaje lleno de baches, asientos estrechos y duros para poder ir sentado en un autobús que apenas es una furgoneta grande, y rodeado de gallinas, paquetes con olores a todo tipo de productos, y días interminables viendo parajes desolados y desérticos. El gasógeno barato que utilizan como combustible es tan mortecino que da la impresión de que se iría más deprisa andando, y esto se confirma cuando en las cuestas arriba el pasaje debe bajarse y empujar. Y esto no es todo; particularmente este viaje ha estado amenizado por los llantos de niños hambrientos y voces dirigidas al conductor de señoras o señores que quieren orinar cada quince minutos obligándole a parar, y toses y esputos en mi propia cara, todo un paraíso para el viajero. Nada que ver con el transporte público del que hice uso estando en Europa.París o en Roma. Tengo la impresión de haber estado en esa furgoneta una eternidad.</p>
<p>Una vez llegado a Oviedo, seguí todas las indicaciones del mapa que Dalmacio me dibujó. Tomé el tren hasta la estación de Avilés. Cierto es que allí podía haber contratado los servicios de Marcial, el carretero, para que me llevase hasta la Quintana, pero pensando en cómo Dalmacio me alertaba en su carta para que evitase en la medida de lo posible ser visto de camino a la casona, decidí rechazar este transporte y comencé a caminar, dejando de lado Marcenado del Moire a pesar de que me hubiese encantado hacer una visita; desde las afueras parecía ser un pueblo de lo más acogedor.</p>
<p>Sentí miedo atravesando el valle y el bosque. Temía la soledad tanto como encontrarme con cualquiera que pudiese preguntarme, e incluso tuve mucho cuidado de no cruzarme con aquellos campesinos que quisieran ofrecerme sopa de setas, pues ya Dalmacio me contó su experiencia con ellos. No las tenía todas conmigo. Según avanzaba, a pesar del verano incipiente, el frío calaba en mis huesos, mis fiebres aumentaban, la tos no cesaba y el camino era largo y escondido, algo tenebroso lo envolvía. En más de una ocasión creí haberme perdido, y esto sucedió, pero no desistí, aunque algunas veces pensaba que caminaba sin rumbo. Hasta miedo me daba cruzarme con el Busgosu, aun sabiendo que es considerado gentil y amable, porque al fin y al cabo yo no dejaba de ser un mero forastero e invasor de sus territorios. Desconocía cuál podría ser su reacción al encontrarme, si era cierta su existencia. Por suerte, antes de que cayera la noche pude encontrar aquella casona escondida y rodeada de enormes pastos, que daban la bienvenida a mi descanso y por qué no, a mi libertad.</p>
<p>Tras insistir y golpear el portón de la casa varias veces, éste se abrió, dejando ver tras las sombras a Dalmacio, que portaba una pala en mano, que más tarde me confesó que llevaba por si algún merodeador o ladrón se atrevía a desafiarle. Cuando le dije mi nombre, me recibió con un fuerte abrazo. Créeme si te digo que no me sorprendieron su amabilidad y educación. Desde ese mismo instante comprendí por qué decidiste que éste era el mejor lugar donde yo podría por fin descansar.</p>
<p>Pero, querido Emilio, has de saber que, lamentablemente, el viaje no me hizo ningún bien. Mi estado de salud ha empeorado a pasos agigantados. Puedo suponer que en el autobús alguien me ha contagiado algún mal resfriado o vete tú a saber qué. Y si hemos de sumar que después tuve que caminar por aquellos largos caminos que consiguieron agotar mis fuerzas, puedes suponer el estado en el llegué a la Quintana.</p>
<p>Dalmacio se desvive por mí. No llevamos ni dos semanas conviviendo y podría decir que ya le siento como a un hermano. Es todo bondad en él. Tú que sabes cómo es, fíjate que hasta se negó a aceptar mi dinero para comprar provisiones poniendo mil excusas, tales como que no le servía para nada, ya que debía mantenerse oculto y no podría usarlo, o que con lo que tenía daba suficiente para vivir los dos, pero tras mucha insistencia por mi parte, encontramos una solución para que nos fuese útil. Entregamos una cantidad a Xoaquín el comunista, quien, enviado por don Roque, sube a la Quintana muy de vez en cuando para comprobar que nos encontramos bien.</p>
<p>El hombre nos ha comprado legumbres, harina, algunas semillas y hasta unas botellas de vino, con las que aderezar las pocas comidas que puedo ingerir. Y es que paso en cama prácticamente todo el día. Cuando no estoy dormido, Dalmacio se queda a mi lado, y charlamos y nos contamos batallitas de antes de la guerra. Bueno a decir verdad, es él quien me las cuenta, porque hay días en los que apenas puedo pronunciar palabra. Pero Dalmacio no desespera, continúa hablando y hay ocasiones en las que me cuenta las mismas anécdotas varias veces. El pobre, imagino que ya no sabe ni qué inventarse, pero yo le escucho como si fuese la primera vez que atiendo a sus palabras.</p>
<p>Hago mil y un esfuerzos por levantarme para salir a pasear por los pastos junto a él, por parecer fuerte y ayudarle en lo que puedo, porque siento que más que una compañía soy un estorbo. Te alegrará saber que esta semana me siento un poco más enérgico, las fiebres parecen haberme concedido algo de tregua, y esto me hace sentir algo más fuerte y puedo disfrutar de estos parajes y bosques tan reposados. Por eso estoy aprovechando para escribirte hoy: no sé cuánto tiempo permaneceré tan consciente.</p>
<p>Ahora ya debería despedirme, querido amigo. He de ayudar a Dalmacio a preparar algo para la cena, aprovechando que hoy parezco encontrarme algo más activo. Deseando que pudieras viajar hasta estos lares asturianos que todo lo pintan de otro color, te envío el mayor de los abrazos, que ojalá algún día pueda hacerse realidad.</p>
<p>Siempre tu amigo,</p>
<p>Luis Miguel Herranz</p>
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		<title>Carta 37: De Luis Miguel a Emilio</title>
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		<pubDate>Sun, 18 May 1941 17:57:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 18 de mayo de 1941</p>
<p>Mi estimado compañero:</p>
<p>En primer lugar quisiera agradecerte todo cuanto has hecho y estás haciendo por mí. Como bien me indicaste, comencé mi viaje hasta la capital desde allí donde me encontraba, hasta llegar al piso de tu querido mentor, el doctor D. Álvaro Cervello de Guillerna.</p>
<p>El camino hacia aquí fue ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 18 de mayo de 1941</p>
<p>Mi estimado compañero:</p>
<p>En primer lugar quisiera agradecerte todo cuanto has hecho y estás haciendo por mí. Como bien me indicaste, comencé mi viaje hasta la capital desde allí donde me encontraba, hasta llegar al piso de tu querido mentor, el doctor D. Álvaro Cervello de Guillerna.</p>
<p>El camino hacia aquí fue cuando menos duro y desagradable. Al salir de casa de Miguel y Nati, como te conté, me hice con un coche que tuve que abandonar una vez consideré que me había alejado lo suficiente, ya que no quería correr el riesgo de que la Benemérita pudiese darme el alto e indagar en mi persona si se cruzaban conmigo, llevándome directamente con aquel que dice llamarse mi padre. Escondí el coche tanto como pude en un viejo olivar apartado del camino, que parecía haber padecido un vendaval de fuego que lo dejo inútil. Después escribí a Miguel, el Gato, para darle las indicaciones de dónde podían encontrarlo antes de que algún desgraciado lo encontrase y lo hiciese producto de chatarra.</p>
<p>Me hospedé en varios pueblos muy cercanos entre sí, vigilando cada céntimo que gasto. En ellos no pasaba más de dos noches, en algunos como máximo tres, y sólo en aquellos lugares lo bastante lejanos a Torrejón de Velasco como para aportarme algo de seguridad. ¡Ay, mísero de mí, amigo! ¿Seguridad? ¿Acaso estamos seguros en algún lugar de esta nuestra tierra, esta España irreconocible, que se destroza a sí misma por política, poder o reconocimiento? En este lugar se ha dejado sueltas a bestias a las que han concedido unas atribuciones inmerecida, han sustituido una autoridad que funcionaba por otra nueva, injusta, que reparte dolor y sufrimiento a quienes ellos juzgan y condenan. Emilio, te digo esto porque precisamente allí donde yo creía encontrarme a salvo, por poco termina siendo mi última etapa.</p>
<p>Estaba yo durmiendo en la habitación de una pensión en la que me había detenido sin pensarlo, porque había empezado a llover y me pareció un buen sitio donde guarecerme. Dormía, como digo, cuando fui despertado a media noche con golpes y gritos en las paredes y puertas. Al parecer, el marido de la pobre dueña del lugar fue militante del Ejército Republicano, y qué mala suerte la mía, quiso la casualidad que, esa noche, una milicia de falangistas acudiera allí para hacer un reconocimiento. No creas que preguntaron; nos sacaron a todos los que allí habíamos decidido abandonarnos al sueño, con la ropa de cama, y nos pusieron a caminar descalzos por caminos que no había transitado nunca, asustados y desorientados, bajo una lluvia que no concedía tregua. Yo llegué a perder el rumbo, vi amanecer, vi atardecer, vi anochecer, y cuando consideraba la posibilidad de desmayarme pude darme cuenta de que habíamos llegado a la misma pensión de la que habíamos partido la noche anterior. Lo último que recuerdo fue la voz de uno de estos malnacidos de la Falange, que desde la comodidad de su caballo gritaba: ¡Esto sólo ha sido para que os lo penséis dos veces antes de hospedaros en casa de basura roja!</p>
<p>Me contó la pobre señora que, desde que la guerra finalizó, apenas podía mantener el hostal ella sola. Nadie quería trabajar allí. Su marido fue fusilado unos días después de que Franco declarase el Día de la Victoria. Tristísima, me dijo además que era la tercera vez que venían a molestarla a ella y a sus pocos clientes, que en el pueblo ya era la apartada, la escoria. Pero ella realmente nunca había sido partidaria de ningún bando, y por tanto consideraba culpables a unos tanto como a otros. Sin ir más lejos, ella no entendía aún por qué unos republicanos, que al parecer huían en grupo hacia los montes de León, decidieron refugiarse en la iglesia del pueblo para hacer noche, y que al abandonarla, la dejaron ardiendo entre llamas de las cuales sólo pudo salvarse la tarima del altar mayor, confirmando así la teoría de la dueña de que ni un lado ni el otro se estaba comportando. Y sólo por ello, ella pagaba los platos rotos, añadió con un hilillo de voz.</p>
<p>Esa noche permanecí en aquel hostal del que me negué a marcharme, convirtiéndome en su único inquilino, aun corriendo el riesgo de acabar de nuevo en manos del demonio, en parte por solidaridad y en parte porque aquella aventura nocturna no le había sentado bien a mi maltrecha salud, y desde entonces no consigo quitarme una tos pertinaz que sólo atino a detener con algo de tabaco. A la mañana siguiente, fui a despedirme de la buena señora. Me encontré meciéndose suavemente del extremo de una cuerda el cuerpo colgado de aquella mujer, de quien no supe el nombre, a la que sin usar manos o armas acabaron matando poco a poco; tanto, que sus ganas de vivir se agotaron del todo y decidió quitarse la vida. Aparte de la impresión, que fue mucha, sentí tristeza por ella, pero sobre todo rabia por las injusticias que se estaban cometiendo entre vecinos, amigos y familiares a los que una guerra no les pareció suficiente castigo. Además, me dio mucha ternura ver que me había dejado el desayuno, envuelto pulcramente en una servilleta. Para evitar pesquisas sobre mí, tuve que dejarla tal cual la encontré, pero lloré por ella luego, mientras comía.</p>
<p>Continuando mi viaje hacia Madrid, me crucé con varios camiones que se ofrecieron a llevarme un poco más cerca de aquí. Por lo que me dijeron, transportaban wolframio, un metal que al parecer es muy apreciado por Alemania para sus carros de combate. Con este mineral, España está haciendo un negocio redondo y llenando sus arcas de oro y divisas posiblemente pertenecientes al expolio judío. ¡Sólo de pensar que de algún modo estamos participando en todo esto, me enferma aún más!</p>
<p>Pues bien, amigo mío, cuando por fin, tras un par de semanas de camino, rodeando por pueblos y caminos con el afán de despistar a quien se empeñe en encontrarme, llegué hasta el olivo donde recogí la llave del que, por el momento, es mi nuevo hogar. Fue muy duro regresar allí, tan cerca del hospital donde vi por última vez el rostro de mi querida madre. Fue hace apenas tres meses, pero ahora se me antoja muy lejano. Los recuerdos se agolparon, tan intensos, que tuve que permanecer sentado junto al olivo unos cuantos minutos. Tras recobrar las fuerzas, puse todo mi empeño en olvidar y continuar para por fin entrar de lleno en esta gran ciudad, la que fue mi segunda casa, la que considero y consideré siempre mi región y lugar de partida y llegada, aun no habiendo nacido en Madrid.</p>
<p>Lo primero que hice fue empeñarme en localizar el piso de tu maestro. ¡Menudo barrio! Ya había olvidado lo que era la clase alta y vivir con comodidad. Fue llegar y acordarme de mis tiempos de niño. ¿Sabes? Aquí, en este mismo barrio, vivíamos mi familia y yo. Cuántas veces habré corrido por estas calles, jugando al escondite con los amigos. Ni mucho menos se parece a aquella imagen que tengo guardada en mis pensamientos, es todo… como más pequeño. ¡Qué cambiado está todo!</p>
<p>Al entrar en el bloque, la portera directamente me dijo: “Usted debe de ser el sobrino del doctor, sígame” y me llevó hasta la misma puerta intentando sonsacarme información, en baldío propósito. Una vez entré en el piso, lo que más me sorprendió fue encontrarme allí una máquina de coser como la que usaba mi madre, una Singer. Parecía la protagonista de aquel enorme salón. No pude evitar acercarme a ella, tocarla e imaginar a la señora Águeda cosiendo los remiendos que yo estropeaba tarde sí, tarde también. Puedo suponer que tu maestro la compraría para su esposa, si es que tuvo, o su propia madre, y la conserva como recuerdo, como una forma de tener presente a quien la hacía funcionar una y otra vez.</p>
<p>Una vez terminé de instalar mis pocas pertenencias, reuní algo del dinero que aún conservo y salí a pasear por la ciudad, con la idea de acercarme a la verbena de San Isidro. Primero fui directo hacia la calle Montera, donde sabía que encontraría las mejores camiserías del lugar. Viendo que don Álvaro es más corpulento que yo, y por tanto no puedo aprovechar sus prendas, debía hacerme con algo de ropa nueva, sobre todo para pasar desapercibido en el barrio y parecer el sobrino de quien desde ahora soy para los vecinos. ¡Menuda calle tan ajetreada! No dejaban de pasar coches, carros, tranvías desde la puerta del Sol y todo tipo de personajes que debían de llevar mucha prisa.</p>
<p>Una vez me hice con un par de camisas, me encaminé hacia la Sedería Carretas y la calle Preciados, en busca de una sombrerería donde mi padre me mandaba recoger sus pedidos. Allí estaba, la sombrerería Zapater. Tenía que buscar un modo de poder pasear estos días, para no tener que encerrarme y poder aprovechar mi estancia de nuevo en Madrid, ocultarme tanto como pudiese pero sin llamar demasiado la atención, así que compré un par de sombreros también, uno de ellos de esos tiroleses que se usan para la caza. Al parecer y según el dependiente, era lo mejor para caminar por la ciudad y sentirse fresco aunque protegido. Encargué que un chiquillo me llevase las compras a casa.</p>
<p>Estando tan cerca, me vi en la obligación de hacer una visita a la Iglesia de San Ginés, junto al teatro Eslava. Allí escuchaba misa domingo tras domingo, y si me apuras, cualquier día que pudiese considerarse festivo para una mujer tan religiosa como mi madre. La iglesia parecía haberse salvado de todo mal procedente de republicanos o de la propia guerra. Cierto es que, por si no lo sabes, esta pequeña parroquia está enclavada en un lugar de recia solera costumbrista, o debería decir en uno de los barrios más católicos de la capital. Qué sorpresa la mía cuando vi el rostro de quien recitaba en latín aquellas palabras que lograban dormirme en pleno día: don José Ignacio, el párroco del templo desde que yo lo conozco. Estaba arrugado, canoso, pero con su misma actitud serena y severa. Estoy convencido que fue él quien le concedió la extrema unción a mi madre por petición suya antes de morir. Tuve la tentación de preguntarle, pero no podía arriesgarme sin evitar sus preguntas y conclusiones, y posiblemente hasta acabase reconociéndome, y quién sabe si denunciándome.</p>
<p>Tras caer en la cuenta, salí de nuevo a la calle Arenal y tomé un tranvía con la intención de llegar a la pradera de San Isidro, y acercándome, vi los testimonios de la fiesta, que atraía a todos los comerciantes de los alrededores. Allí había aguadoras que vendían agua en botijos, que por unos reales saciaban la sed de los que por allí pasaban, y vendedores de pipas o altramuces, afiladores de cuchillos que se anunciaban con el tañido de una ocarina, paragüeros y lañadores que restauraban cacharros de metal o barro, teleros que vendían sus telas a crédito, ¡y a qué precios!, meleros que ofrecían miel de la Alcarria, chatarreros, traperos, basureros y colchoneros. Me bajé del tranvía para mantener una conversación con uno de estos últimos, porque me comía la intriga de no entender por qué golpeaban con varas de fresno la tela del colchón tras el lavado. Al parecer, ahuecan así la lana para eliminar las pellas que están en malas condiciones, dejándolas así listas para un nuevo uso. Incluso escuché a un señor pidiendo que sacaran lana de su colchón para, una vez lista, dejarla para que su hijo recién casado se hiciera su propio colchón.</p>
<p>Evité continuar por aquella zona llena de vida, tras la advertencia de este buen hombre, que si querer, o queriendo, diría yo, me advirtió de que no llegara más allá de los lavaderos cubiertos de Delicias, ya que era una zona de progresistas y republicanos, a los que la Guardia Civil tenía prácticamente cercados, y donde a diario había multitud de problemas. Consideré seguir mi camino hasta la pradera, pero la tos no cedía, y cansado, decidí regresar a mi nuevo hogar. Cogí uno de los tranvías, un cangrejo. ¡Qué gracia me hacía esa expresión poco antes de que la guerra comenzase! Recuerdo que me contó mi padre que se llama así a los de color rojo, y canarios a los amarillos. Diez céntimos bien invertidos, porque sin darme cuenta, apenas había descansado, y mis piernas necesitaban un respiro. Además, contemplar desde la “jardinera” el (ahora para mí) irreconocible Madrid era tanto un placer como una frustración tras tanto cambio.</p>
<p>Y aquí estoy, sin haber visitado aún la verbena, escribiéndote estas líneas desde el bienestar que me has proporcionado y que no se cómo agradecerte.</p>
<p>Antes de despedirme no quisiera olvidarme de tu episodio relacionado con tu hijo Miguel. Si consideras que marcharte es la mejor solución, y con ello aquella misteriosa mujer decide dejaros en paz, habrá merecido la pena, y si al mismo tiempo ese viaje sirve para ayudar a tu amigo Dalmacio, será más que oportuno. Creo que el Destino lo dispone todo a su intención para que una cosa lleve a la otra sin apenas darnos cuenta. Como se suele decir, matas dos pájaros de un tiro.</p>
<p>Doy por hecho que leerás esta carta una vez hayas regresado y que entonces podamos vernos, pues sabes bien dónde encontrarme. Para entonces, espero que todo esté enderezado y puedas disfrutar de un tiempo de paz y respiro. Yo mismo fui quien introdujo bajo tu puerta estas líneas, así que no te alarmes.</p>
<p>Compañero mío, deseando que podamos encontrarnos cuanto antes y poder devolverte el abrazo que prometí, se despide tu amigo que te aprecia,</p>
<p>Luis Miguel.</p>
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		<title>Carta 35: De Elena a Emilio</title>
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		<pubDate>Sun, 11 May 1941 18:09:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 11 de mayo de 1941
Querido Emilio:</p>
<p>Es madrugada. La casa duerme, los niños reposan tranquilos. Ya ves, pareciera que lo hicieran a propósito, eso de llorar, para no dejarte trabajar en el silencio que tú precisas.</p>
<p>No puedo conciliar el sueño. Ni las tisanas me calman esta ansiedad, que tengo hace ya varios meses. Incluso Prado ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 11 de mayo de 1941<br />
Querido Emilio:</p>
<p>Es madrugada. La casa duerme, los niños reposan tranquilos. Ya ves, pareciera que lo hicieran a propósito, eso de llorar, para no dejarte trabajar en el silencio que tú precisas.</p>
<p>No puedo conciliar el sueño. Ni las tisanas me calman esta ansiedad, que tengo hace ya varios meses. Incluso Prado se muestra inquieta ante esta desazón mía.</p>
<p>Llegué a pensar que era fruto de mi estado. Sí, nuevamente estoy embarazada. Quise decírtelo pero no tuve oportunidad. Apenas pude abrir la boca, estabas tan contento por haber terminado la tesis&#8230; Créeme que lo entiendo. Ha sido un esfuerzo brutal, casi inhumano. El hospital, la tesis y la docencia en la universidad. Realmente no creí que pudieras con todo.</p>
<p>La que no puede con todo soy yo.</p>
<p>Estoy cansada. Me siento sola pese a estar con los niños y con Prado, que hace cuanto puede por animarme. Madrid me está matando a soledades, las del cuerpo y las del alma.</p>
<p>Te echo de menos. Hace tiempo que no estás conmigo. No sé dónde estás ni en qué lugar nos separamos. Ya no hablamos, ni tienes tiempo, ni tengo ganas. Te quiero, pero ya no nos contamos las cosas. Ha muerto aquella complicidad, que nos hizo amantes y amigos.</p>
<p>No sé lo que te pasa, ni las razones. Últimamente has tenido pesadillas, en las que balbuceas algo sobre una mujer que te persigue. No me atrevo a preguntarte. No quiero respuestas si no son ciertas y me da miedo pensar que puedes contarme una verdad que no me guste.</p>
<p>Ya no me siento a tu altura. No formo parte de esas mujeres que tratas con frecuencia. Esas esposas de catedráticos, educadas en Francia, elegantes y enjoyadas. Yo soy una pueblerina, que se escapó a la milicia para defender unos ideales muy alejados de esas damas. No me siento cómoda a su lado, no me interesan sus frivolidades, ni sus actos caritativos, más propios de la mala conciencia que de la justicia, de la cual ni noción tienen.</p>
<p>Entre copas de champagne –vete a saber cuánta carne se podría haber comprado con el precio de una sola botella- me insinuaron que posiblemente te ofrezcan una cátedra. La mujer de uno de tus mentores vino a decirme que, con el dinero que ibas a ganar, podría mejorar mi vestuario. Todos los días veo luchar a Prado con los estraperlistas, para tratar de conseguir algo de comida que mejore la dieta de nuestros hijos. En la inauguración del Hipódromo de la Zarzuela, sentí verdadera vergüenza, viendo el desperdicio de comida y el lujo, en estos momentos de hambruna de nuestra gente. Porque esa no es mi gente, y tal parece que se está convirtiendo en la tuya.</p>
<p>Estoy cansada y celosa. Tengo celos de la gente que comparte la vida contigo, me cambiaria con gusto por tu amigo Dalmacio al que has ido a ver, pese a todas las cosas que tienes que hacer. No lo digas, o dilo si quieres, que gracias a él nos conocimos. Ya lo sé, me lo has contado cien veces, que tocó la manivela del coche para que no funcionase aquella noche. Por supuesto que no fue su intención hacer que mi compañero se rompiese el brazo, y por ende que tú tuvieses que enyesarlo casi con magia, dado que no había nada para hacerlo, salvo aquel trozo de madera, los trapos, y la cal restante de encalar la venta.</p>
<p>Te admiré tanto el aquellos momentos, que hasta Dalmacio, se dio cuenta de ello. Aquella noche, yo me armé de valor… Fui realmente “una miliciana”. Te ataqué con toda la artillería de mi juventud y me hice con tu posición, sin disparar ni un solo tiro del fusil de mi boca.</p>
<p>Te he seguido admirando, durante todo este tiempo… ¡Eres tan sereno y te adaptas a todo! Hasta mis padres te tomaron cariño al poco de llegar al pueblo, ellos tan taciturnos y desconfiados. Al traerme al niño de aquella desgraciada mujer, sentí que mi admiración se convertía en orgullo y fui madre por segunda vez, sin parirlo, tan sólo por la admiración que tu acto de generosidad motivo en mí.</p>
<p>Tengo celos de tus amigos, es cierto. Probablemente es absurdo, pero te veo tan volcado en ellos que desearía en ocasiones ser como Luis Miguel, al que tanto cuidas, del que tanto hablas. Debe de ser muy peligroso el carrete que le dio Robert Capa para que esté continuamente en peligro, y por extensión también lo hemos estado nosotros. Me pregunto si en algún momento te planteaste consultarme hasta qué punto me parecía bien el riesgo al que sometías a nuestros hijos, y a nosotros en particular, haciendo de correo a Luis Miguel, teniendo él cuenta la persecución de su padre y sus acólitos.</p>
<p>Ya ves que mi soledad me lleva a desbarrar sobre asuntos que tú nunca consideraste también eran míos. Perdimos la República, y las mujeres que tuvimos las mismas armas que los hombres, que luchamos codo con codo, nos vemos desarmadas y perdidas, curiosamente al lado de los hombres que fueron nuestros compañeros de armas. Al conocerte, dependía de las órdenes de mis superiores, y de mi fusil. Perdida la guerra, resulta que dependo de ti, hasta para viajar con mis propios hijos. No dispongo de dinero y soy tan “tutelada” por ti, como nuestros pequeños.</p>
<p>Ya sé, no eres tú. Es el franquismo. Aquellos que perdimos la guerra somos “los sometidos”, y ahora es como si, en esta familia, tan sólo yo la hubiese perdido. De hecho, es lo que sucede: sigo siendo una republicana que perdió la guerra y ahora, el marido.</p>
<p>Cuando regreses de Asturias no estaremos. Me voy con mis padres. De momento me llevo a Prado conmigo, no me arriesgo a irme sola con los niños y en los primeros tiempos del embarazo. Por supuesto, puedes venir a ver los niños cuando puedas o quieras. Sé que no eres precisamente un hombre acostumbrado a estar solo; por eso intentaré que Prado vuelva contigo lo antes posible.</p>
<p>Si te dan la cátedra –tal como dijo la esposa de tu jefe-, avísame. Por sus comentarios respecto a un pobre catedrático de Historia, sé que no está bien visto que no acuda la mujer al evento, sobre todo cuando hay esposa, y en la Universidad actual se miran mucho estas cosas. Avísame con tiempo, para encargarme un vestido adecuado al evento. Deseo acompañarte con el decoro correspondiente a la ocasión. Espero que no se demoren en exceso, pues no quisiera empañar el acto poniéndome inoportunamente de parto.</p>
<p>No pretendo irritarte. Antes te hacía gracia mi ironía, pero supongo que no estamos para ellas. Miguel está bien, por él no te preocupes. En casa de mis padres, con el clima todavía más seco que en Madrid, no me cabe duda de que se mejorará con rapidez. Es un niño muy sano, como su hermano. Pese a estar en primavera, no creo que ninguno de los dos sea alérgico, así que por ese lado, tranquilo, aparte de que tampoco estaremos tan lejos. Ya te he dicho que vengas cuando puedas para verlos.</p>
<p>No estés triste, en el fondo es mejor para los dos. Tu tendrás tiempo para atender a tu cátedra y tus mentores, y yo podré encontrarme con quien quise ser y no soy. Por lo demás, te agradeceré que nos mandes el dinero que puedas; al menos al principio, pues ya sabes que aunque mi padre sigue manteniendo la huerta, ya son bastante mayores y dudo que lo poco que tienen llegue para todos. Le pediré a Prado que vaya haciéndoles retratos a los niños, están creciendo mucho.</p>
<p>Te echaré de menos. Avísanos cuando llegues a Madrid y si hay novedades sobre tu cátedra.</p>
<p>Te quiere,</p>
<p>Elena</p>
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		<title>Carta 32: De Dalmacio a Emilio, segunda parte. Las páginas traspapeladas.</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Apr 1941 21:46:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>… Amigo, habrás de perdonar la ofensa a don Benito Pérez Galdós por sacrificar el volumen de Fortunata y Jacinta que me enviaste, pero una vez leído no me ha quedado otra alternativa que arrancar algunas de sus páginas para continuar escribiendo en ellas por el envés. Por otra parte, no puedo esperar al domingo hasta que los abuelos de Bazkoare introduzcan algunas cuartillas en el manicomio. Naturalmente, huelga decir que hice la habitual petición personal de objetos de escribanía al doctor Hermógenes Rodríguez, pero lamentablemente esta vez denegó mis ruegos. Recibí como respuesta un recado con el celador, una nota que decía que desestimaba mi petición argumentando que aún sufríamos los coletazos de aquella orden del antiguo Ministerio de Hacienda y Economía, la que prohibía que se sacara de Madrid y otras provincias cualquier clase de papel viejo y recortes, así como toda clase de trapos. Según pude leer en un periódico tan manoseado como casi ilegible, todo ese material tenía como destino las fábricas de papel de la capital y las provincias que las tuvieran.</p>
<p>Ahora, ya narrado por don Roque el incidente que explica que aquella visión de mis padres, al llegar yo a La Quintana, fue provocada por la ingestión de setas alucinógenas, puedo esclarecer, esta vez con mi propia voz, los episodios de los ruidos que me atormentaron durante meses, que como muy bien sabes, también me condujeron hasta el sanatorio de La Cadellada. No encuentro necesario continuar traduciendo la carta recibida por el cura, exceptuando algunos pasajes que contienen conversaciones que tuvieron lugar durante sus pesquisas.</p>
<p>Según me explicó don Roque en su carta, estaba preocupado por el asunto del cura de Somiedo, y también intranquilo por la posibilidad de que alguien pudiera indagar y acercarse a mi vinculación con ese delito. Así pues, decidió interrumpir la convalecencia de sus huesos con el fin de supervisar personalmente la tumba del pobre desgraciado. Su intención era cerciorarse de que estuviera “bien enterrado”, pues cabía la posibilidad de que las alimañas pudieran haber dado con él y esparcido sus restos por el bosque inmediato a mi casa.</p>
<p>Así que el pobre viejo, postrado y dolorido en su catre, sacó fuerzas de donde no las tenía para pedir a la viuda que le atiende que le hiciese llegar con urgencia al Xoaquín el comunista, para hablar con él. Personado éste, le pidió entonces que, acercada la tarde, y con el cuidado de que nadie les viera partir de la iglesia, le condujera en su carro hasta La Quintana. Al principio, el cazurro del Xoaquín se negó rotundamente. No comprendía qué se le podía haber perdido al viejo más allá de aquellos caminos en los que ni el Busgosu se digna a posar las pezuñas, hasta que el viejo no tuvo otro remedio que confesarle el motivo. Además, el gañán, que siempre se toma las cosas con tiempo, sin nerviosismos y sin agobios, intentó persuadirle diciéndole que no se encontraba en condiciones de partir en otro viaje, por muy corto que fuera. Pero si algo caracteriza a don Roque es que es pertinaz, así que allá que fueron los dos: uno a regañadientes, y el otro desincrustado del catre, desobedeciendo las órdenes del galeno.</p>
<p>Parece ser que la Guardia Civil ha estado haciendo preguntas a los vecinos de Marcenado sobre las andanzas en el pueblo del cura de Somiedo en el tiempo de su desaparición. Pero mira qué cosas, querido amigo, no temas por esto más de lo debido. El prelado superior de la diócesis ha ordenado que se inicie una investigación, y no sólo en mi pueblo, sino que también ha sugerido que no estaría de más que se alargara por los contornos, sugerida la posibilidad de que en los bosques se pudieran hallar algunas pistas. Dirás entonces, amigo Emilio, que no es buen momento para mi regreso a la casona; no has de preocuparte por esto. Don Roque ya me ha puesto al corriente, pues respecto a este tema, por su condición de sacerdote, siempre tiene información de primera mano. Argumentando con cuentos desatados por su versada lengua de orador, ha persuadido a todos de que se abstengan de recorrer la senda que serpentea hasta mi casa. Se ha inventado unas historias inciertas sobre ataques de osos que hacen que en aquellas zonas haya que andarse con mil ojos por si hay que echar a correr, y la temible cantidad de lobos que hacen el paraje prácticamente inhabitable.</p>
<p>También he de decir, y también lo sé por don Roque, que el Señor Obispo no tenía en gran estima al cura desaparecido. Le precedía una fama tan funesta, y carga con tantos cadáveres a sus espaldas, que han llegado a la conclusión de que cualquiera puede haberle ajustado cuentas. Así que supongo que faltan días para que tanto el hatajo de curas enviados por el prelado como la Guardia Civil, dilaten su investigación hasta que este empeño caiga en el olvido. Y para entonces, si Dios quiere y tú le ayudas, espero estar disfrutando de la tranquilidad de La Quintana.</p>
<p>Como te decía, don Roque y el Xoaquín el comunista llegaron a La Quintana y, como era de esperar, no rondaba por ahí ni un alma; ni tan siquiera la del Sebastián, el cura de Somiedo, que si bien quiere la justicia divina estará ardiendo en la eternidad de los infiernos. Luego, con la poca luz que ofrece la luna de mayo y las indicaciones que le di al viejo en su momento, buscaron el montículo donde enterré al cura. Tuvieron que irse hasta la parte de atrás de la casa, y una vez situados, contar veinte pasos desde el establo hasta el declive donde comienza el altozano, y ahí, entre la vereda y el bosque, hallaron sin problema la tumba del desgraciado. El Xoaquín el comunista, temblando por los espíritus que habitan en su cabeza, y sin manera de verse pacificado por don Roque, no tuvo más remedio que hacer de tripas corazón y allanar el montículo de la tumba hasta que el mosén dio el visto bueno.</p>
<p>Fue entonces, cuando regresaban hacia el carro para partir al pueblo, cuando hasta los oídos de los hombres llegaron unos cloqueos desde el interior de la casa. ¿Cómo era posible que las gallinas que me mandaste continuasen vivas si no había nadie para alimentarlas? Puedo suponer a don Roque y al Xoaquín mirándose desconcertados ante tal suceso. Según el cura, el comunista, muerto de miedo, corrió unos metros hacia el carro, pero al recordar la incapacidad de su acompañante, se volteó con la intención de cargar con él a sus espaldas. El otro ya estaba de camino, y no hacia el carro, sino en dirección al hueco del árbol donde el abuelo Venancio había escondido la llave hacía más de medio siglo.</p>
<p>¡Don Roque, don Roque…!, dice que le llamaba, ¡Por el amor de Dios y de todos los santos! ¡Vuelva usté, que yo le monto en el carro!</p>
<p>Pero el obstinado cura ya había entrado en la casa sin vacilaciones ni miedo ninguno, gritando “¡Ah de la vida!” al traspasar el umbral de mi casa, con su voz apagada, y no porque le temblara el timbre por el miedo, sino por el peso de los años.</p>
<p>¡Ay, don Roque!, le decía el Xoaquín temblando tras de él, dígame que la Virgen del Carmen nos está acompañando en esta aventura.</p>
<p>El cura apartó las gallinas, y arropado por el valor que le dan los años y su fe, se encaró con su compañero y le dijo: Xoaquín, tunante, no sabes de qué color es el manto de la Virgen, y sólo te acuerdas de Santa Bárbara cuando truena. Saca la valía que te sobró de la guerra y acompáñame al cuarto de Dalmacio.</p>
<p>Dado que las reticencias del carretero no eran hacia los vivos, sino que su temor era toparse con el espectro del cura de Somiedo, que tal vez se hubiese quedado en este mundo para cumplir un desquite, don Roque le espetó que hiciese el favor de dejarse de brujerías, porque no quería escuchar más tonterías de un ateo por conveniencia como tal era.</p>
<p>En éstas que subieron al mismo cuarto que un tiempo fue mi lugar de penitencia. Y ahí estaba mi cama, ocupada por un foráneo a quien ni el revuelo de las gallinas había logrado a perturbar el sueño. El comunista, torpe como un borrico, rebuscó entre las mantas que le abrigaban. El hombre abrió los ojos después de sentirse zarandeado por el cura, y buscó “la puro” debajo de su almohada, una pistola que supusieron arrebatada al cadáver de algún falangista. Pero Xoaquín, sin saber si estaba cargada o no, le estaba apuntando con ella.</p>
<p>El postrado dijo: Don Roque, no soy un hombre de violencia. Saldré de la casa en cuanto coja mis pocas pertenencias, y sin intención ninguna de llenar mis alforjas de lo que no me pertenece. Y aquí paz, y después gloria.</p>
<p>Contrariado el cura por saberse reconocido, y barajando de primeras la buena voluntad del usurpador, halló al fin en sus ojos la sombra de una derrota contemplada anteriormente en los que la guerra había vencido. Le preguntó entonces por su procedencia, antes de que el hombre le hiciera entender que ya estaba escondido en La Quintana incluso cuando yo la habitaba. Le contó el desconocido que hacía meses que la contienda le había obligado a internarse en los bosques astures, que en sus veinte años de existencia nunca había estado tan asustado, y de ahí su decisión de habitar un hogar que ya lo estaba. Consciente del mal que ocasionaba, continuó en su empeño por seguir oculto, aun sabiendo que el dueño de la casa le daba por un fantasma.</p>
<p>Emilio, cuando leí estas palabras en la carta que me envió don Roque, no pude distinguir si realmente me invadió un sentimiento grato. Lloré, amigo mío, y mis lágrimas encerraban todo un cúmulo de respuestas. Si hasta el momento en mi cabeza se habían afirmado y negado las situaciones que he tenido que padecer, y se opusieron unas y otras hasta destruirme, ahora, ese río turbulento que perturbó mi razón fluye como aguas mansas de mi cordura apaciguada. No hizo falta que don Roque me lo dijera, pero ese libro, “La Montaña Mágica” de Thomas Mann, aquél que llenó mis horas de soledad y que apareció de la nada, tenía como dueño a este joven con quien he compartido La Quintana sin yo saberlo. También puedo imaginarle ahora trasteando en la parte de abajo, buscando algo que apagara los ruidos de su estómago cuando caía el sol, y accionando el gramófono para entretenerse. Si algo me consuela, amigo mío, si ese individuo que ya he perdonado ha traído algún ápice de consuelo a mi esperanza, es que en su búsqueda de algo que llevarse a la boca encontró una carta que mi hermana Covadonga dejó para mí en algún escondrijo de la casa. El mancebo, que dijo llamarse Victoriano Ramos, también conocido en ocasiones como “El Corujo”, se la entregó a don Roque antes de partir a tierras extremeñas.</p>
<p>Ahora sé, amigo Emilio, que el destino ha querido traer hasta La Quintana a este muchacho. Si la Providencia quisiera que nos topáramos en algún momento en adelante de esta vida, no tendría más que fundirme en un abrazo con él, porque ahora sé que me ha salvado la vida. Respecto a esto, paso a relatarte…</p>
<p>Según me contó don Roque en la carta a la que me estoy refiriendo continuamente, Victoriano también le contó aquel incidente que, desde que se produjo, nos trae a todos de cabeza. Como el Corujo, el inquilino que tuve sin saberlo, ni es católico, ni abraza fe de ningún tipo, no hizo falta que declarara el “delito” en confesión. La palabra de honor de don Roque de no divulgar su relato, no fuese a llegar a oídos de quienes pudieran tomar represalias contra el muchacho, parece ser que ha sido suficiente. El caso es que este tal Ramos ha sido la pieza clave que faltaba para esclarecer la muerte del cura de Somiedo.</p>
<p>Bien, durante el tiempo en el que no me quedó otro remedio que enclaustrarme en La Quintana, el muchacho continuó cuidando del huerto situado en la parte de atrás de la casa. Tan sólo le dedicaba unos minutos al día, pues no quería correr el riesgo de que yo saliera de mi cuarto y le sorprendiera. Pero ya eran demasiados meses corriendo ese riesgo, y la suerte, que como bien sabes está regañada con la eternidad, quiso que llegara el momento en que se encontrara de bruces con el cura de Somiedo. Parece ser que ambos quedaron sorprendidos y no supieron cómo reaccionar. Victoriano corrió hacia la casa, el otro le siguió y una vez en la puerta le preguntó si era Dalmacio.</p>
<p>Después, cuando el chico adivinó que ese cura no era don Roque, de cuya existencia sabía porque escuchaba nuestras conversaciones estando escondido, ambos iniciaron una pelea, primero verbal, y luego, ya dentro de mi casa, física, y más cuando don Sebastián hizo ademán de sacar la pistola que encontraron luego bajo la almohada de mi inquilino. El resto puedes suponerlo. En la trifulca, el cura fue el peor parado. Parece ser que perdió pie mientras forcejeaba con el Corujo en las escaleras y se dio un mal golpe en la cabeza. Este, al escuchar mis pasos por los escalones, huyó a un agujero construido en la cuadra, oculto tras una pizarra, y del que yo nunca había dado cuenta.</p>
<p>En fin, Emilio. Todo está aclarado. Mi conciencia, respecto a la muerte del tal don Sebastián, ha dictado sentencia: ha muerto víctima de su propia soberbia, así de simple.</p>
<p>Ahora que todo ha quedado esclarecido, sólo resta que te apiades de mí, y que intercedas como debas hacerlo para sacarme del sanatorio como buenamente puedas. He barajado otras alternativas para dejar atrás La Cadellada, pero después de mucho madurarlas, lamentablemente sólo son factibles en mis fantasías. Todas las alternativas que he supuesto me han conducido hacia un único camino, y ese camino eres tú. Esperaré, Emilio, sé que estás muy ocupado en Madrid, pero si pudieras salir de la capital para liberarme, te estaría muy agradecido. Sé que tal vez te esté pidiendo un imposible, pero como digo, no tengo a nadie más en el mundo para solucionar este problema.</p>
<p>Te quedo muy reconocido por escucharme, por vivir conmigo estas experiencias que han complicado mi vida hasta un extremo que nunca pude sospechar. Y por tu ayuda desinteresada, que te agradezco por adelantado.</p>
<p>Tu amigo,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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		<title>Carta 32: De Dalmacio a Emilio, primera parte</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Apr 1941 21:43:02 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[<p>Oviedo, 20 de abril de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Te escribo a tan sólo diez días de la redacción de la última carta, pues han pasado muchas cosas en esta semana y media como para postergar tanto mis palabras, como mi partida de este manicomio.</p>
<p>Emilio, he de salir de la Cadellada cuanto antes, y en tu mano está ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Oviedo, 20 de abril de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>Te escribo a tan sólo diez días de la redacción de la última carta, pues han pasado muchas cosas en esta semana y media como para postergar tanto mis palabras, como mi partida de este manicomio.</p>
<p>Emilio, he de salir de la Cadellada cuanto antes, y en tu mano está que pueda ser posible. No quiero que pienses que con lo que te voy a contar busco persuadirte, pero parece ser que, durante estos meses, el destino ha jugado con los malos entendidos. Quiero referirte unos hechos que hasta hoy han escapado a mi conocimiento, hechos que me han traído hasta este hospital de Oviedo y cuyas puertas, ahora sé, nunca debiera haber traspasado.</p>
<p>No sé si, como dijiste en tu respuesta a mis últimas palabras, escribiste finalmente al doctor Rodríguez Casares solicitando detalles sobre mi caso. Si es así, no hay ningún problema, pero si aún no lo has hecho, preferiría que abandonaras tal propósito, pues tengo una razón de peso para ello. Lo que estoy a punto de darte a conocer afecta de una manera tan drástica a la situación en la que me encuentro, que sería absurdo continuar con lo que ya considero como un injusto cautiverio, que a estas alturas no admite demora.</p>
<p>Al poco de dar mi carta a los abuelos de Bazkoare para hacértela llegar, recibí una nota de don Roque manifestando su intención urgente de sacarme de aquí, pero parece ser que los huesos del pobre hombre se resienten a consecuencia de su último viaje al manicomio de Llamaquique y al de Oviedo. Pobre anciano, me dice que tienen que ayudarle a subir al púlpito cada vez que se ve en la obligación de cantar la epístola, y que ha decidido hacer los otros servicios religiosos desde el altar. La vida le pesa, amigo, e incluso me confesó que algo le dice que no tardará en reunirse con su hermana, cosa que prefiero pensar que son palabras de viejo. Ha cuidado durante tanto tiempo de mi familia, y estos meses de mí, que ahora tengo la necesidad obligada de hacer yo lo mismo por él. Pero Emilio, como sabes, estoy recluido en este manicomio, y cada vez que me aproximo a las rejas de las ventanas o al portón principal, mi angustia se acrecienta por la imposibilidad de ofrecer mi ayuda a quien tanto debo.</p>
<p>Mi desesperación me ha llevado incluso a barajar la idea de darle a leer al doctor Rodríguez Casares la carta que recibí del cura, pues como podrás comprobar en los párrafos que te traslado a continuación, hace cuenta de que mi salud mental realmente siempre ha gozado de buen equilibrio. Pero, lamentablemente, don Roque hace referencia en sus líneas a la desaparición del cura de Somiedo, y no quisiera que esto generara preguntas incómodas que lo único que harían sería ponernos en peligro a todos. Si algo bueno ha traído todo este asunto, además de mi “repentina” recuperación, es la noticia de que en Marcenado del Moire me aguarda una carta de mi querida hermana Covadonga. Pero comenzaré desde el principio…</p>
<p>Emilio, ¿recuerdas mi llegada a Asturias después de la guerra? Bien, creo recordar que te escribí en mi primera noche en La Quintana. En aquel momento creí ser recibido por mis padres. Ahora rememoro ese momento y no lo distingo con total claridad. Sin embargo, sé con absoluta certeza que mis oídos no escucharon en aquel momento cómo Madre Brígida limpiaba la fragua mientras te escribía, y que tampoco fumé picadillo de rama de acacia con mi padre bajo la arquería del soportal. No cené con ellos pan de higo aquella noche, y mucho menos degusté el coñac cedido por la organización del Socorro Rojo. Todo esto, querido amigo, fue producto de mi imaginación. Quiero pensar que mi razón quiso darme una tregua después de padecer los desastres de la guerra, y quiso sustituir la realidad por un ensueño que, lamentablemente, nunca fue cierto. Ahora sé qué es lo que propició esta situación. Para que lo entiendas tengo que trasladarte el contenido de la carta de don Roque a la que antes hice mención. He pensado enviártela, pero si se perdiera, es posible que con ella se perdieran mis oportunidades de salir de aquí, así que te transcribiré sus palabras traducidas del asturiano:</p>
<p>“…Llegado después de varios días tortuosos a Marcenado, no pude desasirme en las siguientes noches de una extraña sensación por haberte abandonado al desamparo.</p>
<p>No, Roque, me decía esa voz que siempre rivaliza con mi conciencia, Dalmacín está muy bien donde está. Bien atendido por los galenos de la cabeza. Nada has de temer, no guardes cuidado. Todo está bien hecho, el mal bajo tierra y el tiempo organizado, así que puedes alejarte de cualquier preocupación.</p>
<p>Pero, hijo, uno nunca ha sido dueño de sus pensamientos y Dios ha dispuesto con bondad la semilla para advertir a la razón. La exhortación llegó la tercera madrugada tras mi llegada al pueblo.</p>
<p>Como viene pasando los últimos meses, el sueño me vence a mitad de mis oraciones, e igual que duermo, al rato despierto. Poco antes de anunciarse los albores del día, antes incluso de que el gallo me llamara a la vigilia, un portentoso pensamiento, de esos que no he de desestimar, irrumpió en mi cabeza.</p>
<p>Advertí de inmediato que no habría de apartarme de la sesera aquel sueño que me conducía hasta aquella primera noche en la que me aseguraste, poniendo por testigo a Dios, que tus padres y hermana te recibieron al volver de la guerra. En aquel momento, y en los que vinieron después, tal afirmación carecía de fundamento. Siempre lo supe. Pero, ¡ay, hijo mío! ¿Quién soy yo para apartarte de tu realidad? Ahora, vistas las consecuencias, creo que es necesario.</p>
<p>Me situé entonces en el verano pasado, en la visita que me hiciste después de llegar, ¿recuerdas? Dijiste que habías recorrido los senderos desde La Quintana con la intención de encontrarnos tras la guerra, me entregaste la carta de tu amigo Emilio Pérez-Olivares para que yo la formalizara, y te hice pasar a la sacristía. Ahí, entre vinos de la tierra de Cangas, y lejos de oídos indiscretos y de lenguas que pudieran importunarnos, narraste para mis entendederas tus desventuras en la contienda. Pero ahora, pasados los meses, y después de reflexionar sobre tus palabras describiendo el errante regreso desde el momento en que saliste de Guadalajara, evoco cierto suceso que en su momento el destino quiso que pasara por alto.</p>
<p>Hijo mío, sé que la tienes, pero ahora te ruego que continúes teniendo paciencia con este pobre viejo durante las líneas que leerás a continuación. Quisiera repasar contigo los días y las horas que precedieron a tu regreso a La Quintana después de la guerra. Después, confío en que podrás considerar válida la hipótesis que se me apareció en forma de sueños, con la ayuda de Dios.</p>
<p>Si no recuerdo mal, me contaste que fue en un bosque de carbayos y encinas donde encontraste escondidos a cuatro mozos, que por suerte resultaron ser partidarios. Y aunque vuestros destinos no se asemejaban, puesto que ellos se dirigían a Gijón con otro previsto, decidiste abrir sendero con ellos hasta colmar la ciudad, y luego continuar tu camino. Me dijiste que el propósito de tus nuevos amigos era coger un barco con el que llegar a Francia, pasar de nuevo a España por la frontera de Cataluña, e incorporarse al ejército de la República para continuar luchando. ¿Recuerdas tus dudas de entonces? Doy gracias a Dios porque te apartase de esa locura. Además, la metralla aún te mortificaba, así que decidiste domar las pasiones y refrenar tu verdadera voluntad.</p>
<p>Casi os puedo ver llegados a un Gijón en tinieblas, sólo iluminado por los incendios de los depósitos de gasolina, y arriesgando la absurda posibilidad de contraer la tisis, el tétanos o el tifus. Recuerdo el temor y el desasosiego a los que me hiciste referencia, pues según me contaste, desde que varias escuadrillas de aviones nacionalistas sobrevolaran Gijón a baja altura, los republicanos astures habrían de vivir siempre mirando a sus espaldas. Las fauces de la “quinta columna” se habían cerrado a gran velocidad sobre la provincia, y era natural que la sensación de miedo se acrecentara a cada paso.</p>
<p>Pero eres un astur, y más terco que tu abuelo Venancio. Podrías haber muerto sólo por tu voluntad de llegar a casa. Tengo el convencimiento de que fue el amor a tu tierra y a los tuyos lo que te mantuvo firme en tu convicción de seguir avanzando, y por eso desestimaste por completo la posibilidad de continuar el camino de los que venían retrocediendo del frente de Arriondas. Puedo imaginar tus ánimos al correr un riesgo tan real, créeme. Comprendo el temor que supone dar un mal paso que pueda abocar a un fatal desenlace; por desgracia he tenido la oportunidad de verlo en mis semejantes, en el propio Marcenado. Nunca he querido nombrarte los episodios que he tenido que presenciar. Y si he de serte sincero, tengo que confesar que cargo sobre mi conciencia aquellos momentos en los que se tambaleó mi fe, cuando a altas horas de la madrugada, la Falange requería mis servicios para los pobres desgraciados que quisieran recibir los Santos Óleos de la extremaunción antes de ser fusilados.</p>
<p>Pero no quiero desviarme del verdadero propósito de estas líneas.</p>
<p>Si no recuerdo mal, me contaste que después de salir de Gijón escondido en un carro, entre los útiles de labranza de un samaritano de Siero, continuaste a pie desde un cruce de caminos. El bosque fue tu posada durante los siguientes días… Pero, ¡ay, amigo!, en el momento en el que Dios quiso que te cruzaras con aquel matrimonio, que no era tal por haberse celebrado la ceremonia por lo civil y en zona republicana, no me queda otra que pensar que El Señor te apartó de sus favores. Prefiero imaginar que te acogieron como a un hijo, y que el error que tuvieron para con tu persona naciera de su ignorancia por los frutos que nos regala Asturias. Puedo suponer que su falta se debió a ser naturales de un pueblo castellano, donde las setas tienen otra cara. Amanecía en aquella casa custodiada por coníferas, y bien sabemos todos que el hambre es la peor de las compañías para desperezarse. ¿Quién dijo que aquel año hubo una de las mayores cosechas de manzanas que se conocen en la provincia? ¡El desalmado que desató el bulo se las debió de comer todas!</p>
<p>¡Aquella pareja alcarreña que se apiadó del pobre Dalmacín y que estaba, quiero creer, tan cargada de buenas intenciones!</p>
<p>Me dijiste que los labradores castellanos, además de informarte de que Marcenado quedaba a menos de un día de camino, trocaron contigo un desayuno a cambio de unas horas de trabajo. La tarea consistió en ayudarles a cortar leña para que se llevasen, ¿no es verdad? Tu estómago agradeció el pan negro con achicoria de primera mañana. Y luego, terminada la labor, acercándose ya el medio día, una sopa de setas…</p>
<p>Es aquí adonde quiero que traslades tu recuerdo con intensidad. Tengo la seguridad de que confiaste en la buena fe de aquella pareja de alcarreños y comiste en el almuerzo el hongo tóxico disuelto en una sopa. Es necesario que sepas que el resultado de la ingesta de la llamada “matamoscas” porta un veneno que, una vez desecado, multiplica las alucinaciones. Y ahora creo con firmeza que este mejunje fue el causante de que creyeras que tus padres y tu hermana te recibieron en La Quintana. Y si tengo esta seguridad, además de por lo expuesto anteriormente, es porque estas setas se encuentran en bosques de coníferas.</p>
<p>He consultado un libro escrito a mano por un maese. Si Dios quiere, pronto será tuyo, Dalmacín. La redacción de dicho volumen tuvo lugar durante treinta años sacrificados por ese monje bendecido con el ansia de conocimientos de la botánica, que me cedió como obsequio al concluir mis estudios en el convento de San Francisco hará ya unos sesenta años. Las páginas que se refieren a los hongos, y exactamente a la seta “matamoscas”, rezan que si el fruto es despojado de la cutícula después de una cocción prolongada, pierde los poderes que trastocan la cabeza. Y evidentemente, la pareja de alcarreños que te acogió se dejó deslumbrar por sus vivos colores cuando decidieron secarla para sus sopas. Dios quiera que algún alma caritativa les dé el aviso de su error, o pronto sus vidas se escribirán con renglones torcidos&#8230;</p>
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		<title>Carta 31: De Luis Miguel a Emilio</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Apr 1941 19:46:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Luis Miguel]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Torrejón de Velasco, 28 de abril de 1941</p>
<p>Amigo mío:</p>
<p>En primer lugar, debo decirte que lamento muchísimo lo que sea que le ocurre a tu amigo Dalmacio. Sólo espero que a la llegada de esta misiva su estado sea otro diferente, y ese percance del que me hablabas se haya solucionado por completo. Sí que te ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Torrejón de Velasco, 28 de abril de 1941</p>
<p>Amigo mío:</p>
<p>En primer lugar, debo decirte que lamento muchísimo lo que sea que le ocurre a tu amigo Dalmacio. Sólo espero que a la llegada de esta misiva su estado sea otro diferente, y ese percance del que me hablabas se haya solucionado por completo. Sí que te ruego, y cuanto antes mejor, que me comuniques cuándo podré visitarle, conocerle e instalarme en su casona, aunque, en realidad, en estos momentos debería decir ocultarme allí.</p>
<p>Siento no comenzar esta carta con buenas noticias, pero me siento en la obligación de hacerte saber, acerca de mi estado de salud, que la dolencia que con tanto bienestar me estaba tratando ha decidido dejar de concederme tregua alguna, y esta mostrándome cómo mis fuerzas acabarán por abandonarme hasta que la enfermedad sea la única vencedora de esta batalla. Puedo asegurar que es gracias a Nati, que no deja de cuidarme y obligarme a comer, por lo que aún me mantengo en pie. Si este episodio me hubiese ocurrido estando solo, creo que estas letras nunca te hubiesen llegado.</p>
<p>El médico del pueblo me ha venido a visitar varios días recientemente. Ha conseguido estabilizar mis altas fiebres y los fuertes espasmos y dolores que asustaban a este pobre matrimonio que tanto me está dando. Miguel disimula para no parecer atemorizado, pero en sus ojos puedo adivinar que la amistad le puede y sufre por mí. Yo intento disimular para evitarles pasar malos ratos, sobre todo a Nati, en su estado de buena esperanza. Le pedí a don Luis, el médico, que me recetase alguna droga capaz de adormecer los síntomas, aunque no consiguiese hacerme mejorar, cosa que ya sabía que no iba a ser posible. Con esas sustancias que me ha proporcionado, un tanto a escondidas, la verdad sea dicha, y con mis trucos de los que ya te hablé en mi estancia en Roma, puedo ponerme en pie y caminar.</p>
<p>Como bien decías en tu anterior carta, el escribir a mi padre para reprocharle su daño sería un error que tras meditar mucho durante mi postración logré comprender, gracias en parte a lo que me dijiste: “el odio sólo existe cuando hay sentimiento”. Y es cierto. Debajo del caparazón, aparecen la tristeza y el miedo, y al final el que sufre no es él, sino yo.</p>
<p>Y he pensado tanto en mi padre durante este brote de mis padecimientos porque todo está relacionado. Te estoy escribiendo estas tres líneas con máxima urgencia desde el pueblo, este Torrejón de Velasco que no voy a conseguir olvidar nunca, ni tampoco a sus gentes. Manolo, nuestro amigo el carretero, te entregará esta mi última carta desde aquí, en parte porque me lo debe.</p>
<p>Comenzare contándote lo que ha sucedido hace apenas unas horas. La noche lo cubría todo, Nati y Miguel dormían y yo permanecía tumbado aunque despierto, a pesar de estar agotado tras un largo día de temblores, sudores y vómitos, cuando escuché cómo las ruedas de un carro se detenían frente al portón de la entrada a la casa. De inmediato comenzaron a golpear la puerta con fuerza e insistencia. Me puse en pie como pude y me dispuse a salir, pero me encontré con que Miguel se me había adelantado, cargado con su escopeta y dispuesto a defender lo suyo abriendo un agujero entre pecho y espalda a quien quisiera hacernos mal. Yo, por supuesto, fui detrás, y como en los tiempos de guerra cuando llegaba el peligro, noté como mis fuerzas se reponían al instante, y me apoderé de un cuchillo que encontré en la cocina, que estaba de paso.</p>
<p>Al abrir la puerta, allí estaba Manolo, sudoroso y a todas luces preocupado. Se atropellaba al hablar y no éramos capaces de entenderle nada. Miguel insistió en hacerle callar y pasarlo al interior de la casa, donde pudiéramos hablar sin que los vecinos curiosos tuvieran material para cotilleos con los que entretenerse a la mañana. Una vez dentro, el pobre hombre cejó en sus balbuceos, clavó su mirada en mí y extendió la mano, en la que sostenía un fajo de billetes sujetos por una pinza. Reconocí al instante esa pinza. No tenía duda. Sólo atiné a quedarme congelado mirando al infeliz hasta que me escuché diciendo: ¿qué has hecho, Manolo? El desgraciado carretero inició su historia trabándose en cada palabra, aunque por fin se fue relajando hasta conseguir un relato coherente.</p>
<p>La pasada tarde, el carretero terminaba de cargar sus bultos para regresar una vez más al pueblo desde el hospital, donde si recuerdas, está internada su mujer, la Marcelina. No volvería hasta pasada una semana, debido a la mejoría de su esposa. En estas, se percató de que una pareja de monjas, vestidas con el uniforme del hospital, se acercaban hacia él acompañadas de dos hombres, uno mayor, canoso y el otro apenas unos años más joven, pero muy bien conservados. Entonces vio cómo una de estas dos monjas lo señalaba a él mientras se dirigía al hombre mayor. Sintió que se le aceleraba el corazón, temiendo que fueran a decirle cualquier mala noticia referente a su señora, de la que se había despedido apenas hacía unos instantes. Se equivocó.</p>
<p>Los dos hombres se acercaron hasta alcanzarle, y mientras uno se mantuvo frente a él, el otro se quedó a su espalda discretamente, dejándole acorralado. Le mostraron una fotografía mía de poco antes de la guerra, por lo que pude imaginar tras su descripción de la misma, y le preguntaron si había recogido hacía unas semanas al hombre que en ella aparecía. Su respuesta inmediata fue que no. Las monjas, curiosas, y que al parecer habían decidido no marcharse aún, gritaron: “¡Miente! Nosotras lo vimos subir a su carro junto al joven de la fotografía, vestido con una bata blanca de médico”. Manolo volvió a negarlo e incluso se atrevió a decirles que ni siquiera había visto jamás ese rostro.</p>
<p>Nos explicó que fue entonces cuando el hombre más joven de los dos se dirigió a él con gesto duro y amenazador, y le acusó de estar ayudando a un fugitivo del Régimen, haciéndole saber lo que eso suponía. Manolo dudó, pues desconocía si quienes le inquirían eran o no participes del Régimen y si le estaban poniendo a prueba. Por un momento, se vio a sí mismo detenido y fusilado en ejecución sumarísima. Tanto si contaba la verdad como si no, posiblemente acabaría recibiendo una paliza que lo dejaría medio muerto, o incluso sería enviado a alguna de las cárceles de mala muerte que el Generalísimo tiene abarrotadas de personas inocentes.</p>
<p>Pero, como él nos contó, además pensaba en que su esposa, la Marcelina, también sería castigada, si finalmente conseguía salir del hospital. Era bien conocido, ya que en el pueblo a más de una le había ocurrido, que las familias de los condenados rojos debían cargar con el estigma de los vencidos. Rojas o mujeres de rojos son lo mismo; se las puede violar, confiscar sus bienes, deben ser vigiladas, reeducadas, purificadas, se les rapa la cabeza y se las rocía con tanto aceite de ricino como les hacen tragar para arrojar a los demonios de su cuerpo, pero sobre todo para que, así, los vencedores puedan señalar a “la pelona”.</p>
<p>Al parecer, antes de que el caballero más joven terminase sus amenazas y le forzase a decidir si daba o no alguna respuesta, el señor canoso extendió la mano, mostrándole aquel mismo fajo de billetes que hacía unos instantes yo había visto. Todo eso para él, a cambio de decir solamente dónde me dejó, hacia dónde llevó a Luis Miguel Herranz. Quizá el miedo, el hambre, la enfermedad de su mujer o la simple visión de aquel montón de dinero nubló el pensamiento de Manolo. Entonces, me contó, cierto era que cogió el dinero, y le dijo que sencillamente, aquel joven de bata blanca le pidió que lo llevará algún lugar cerca de Toledo y que nada más podía saber, pues lo abandonó en un cruce de caminos, donde cada uno partió por una ruta diferente, y que jamás volvió a verme.</p>
<p>No iba a ser tan fácil, pensé yo, y mucho menos teniendo en cuenta que mi amigo el carretero se había llegado hasta aquí en semejante estado de nervios y preocupación. Y así era, Emilio, no le iban a entregar tanto dinero tan fácilmente. Buscaron un rincón discreto y entre amenazas y lisonjas le forzaron a contar más, a contar la verdad, toda la verdad, y Manolo terminó por decirles una verdad a medias. Les estaba contando que podrían encontrarme trabajando el campo en Torrejón de la Calzada, un pueblecito que queda a unas cuantas horas del hospital, en una cabaña construida por mí cerca de un huerto a las afueras, pero que poco más podía confesar ya que desde el mismo día que me dejo allí, nunca más volvimos a cruzar palabra. Todo iba bien, pero al parecer una de las monjas, maldita sea, que continuaba escuchando descaradamente, corrigió el nombre del pueblo, afirmando que no era Torrejón de la Calzada, sino de Velasco, que ese era el nombre de la localidad de origen que figuraba en el historial de su esposa, la Marcelina.</p>
<p>A eso había venido mi buen amigo: a avisarme, a decirme que debía marchar cuanto antes de casa de Miguel y Nati, a los que por suerte no podrían acusar de nada, ya que la única información que tenían era la de que yo vivía solo en una cabaña. Eso me hace sentir aliviado ahora; no soportaría la idea de que esta buena gente sufriese daño alguno por ofrecerme su hospitalidad y amistad.</p>
<p>El dinero, ese dinero sucio que había costado mi posición y entrega, al contrario que aquel discípulo, amigo y traidor de Jesús de Nazaret, el llamado Judas Iscariote, Manolo no lo quería. Me lo ofreció a mí para que me sirviese de ayuda en mi escapada. Mi primer impulso fue negarme, pero luego me lo pensé mejor. Fingí aceptarlo, pero lo he dejado para que lo encuentren Nati y Miguel tras mi partida.</p>
<p>Una vez sosegados todos, les expliqué. No tenían por qué temblarles las carnes; nada más ver esos billetes sujetos por aquella pinza, supe de inmediato que se trataba de mi padre, que sólo me busca a mí. El señor Herranz no ceja en encontrarme. Supongo que, como es de lógica, cuando mi madre falleció, algún médico de verdad tuvo que certificar su defunción, ya que un impostor como era yo en ese lugar no podía hacerlo. Entonces las monjas se debieron de dar cuenta de que quien estuvo con ellas nada más fallecer doña Águeda no era en realidad quien dijo ser, y se lo comunicarían de inmediato al afligido esposo, que entonces sacó la razonable conclusión de que era yo quien estuvo allí.</p>
<p>Así que una vez más, mi tranquila vida se acaba. Debo volver de nuevo a ocultarme, a esconderme como si algún gran mal hubiese hecho, porque de seguro, como sabes, las intenciones de mi progenitor no son las que yo quisiera.</p>
<p>He conseguido un coche y algo de combustible para ser más rápido, pues es posible que hayan seguido a Manolo. En cuanto finalice estas líneas, pondré rumbo alguna parte, volveré a esconderme e intentaré escribirte para que conozcas mi situación y mi nuevo hogar, si es que logro encontrarlo.</p>
<p>Si te es posible, me gustaría que mantuvieses contacto con Manolo, para que puedas decirme que está bien y que nada de esto le causó problema alguno ni a él ni a su mujer. Con Nati y Miguel ya he resuelto todo esto. Les escribiré en cuanto pueda, con una identidad falsa, por supuesto, quizá la misma que usamos en el pueblo para que crean que soy familiar suyo. Ellos me harán llegar tu respuesta hasta que tenga una nueva dirección.</p>
<p>Ya sin más me despido. Apagaré la vela que ilumina estos papeles y me marcharé silenciosamente para evitar la despedida de este lugar y de este matrimonio de bellísimas personas, que creen que en la mañana me ayudarán a huir. No te preocupes, amigo mío, sé cuidar de mí. Son tantas las veces que he tenido que hacer esto, que no debes sentir desasosiego por lo que pueda venir. En breve recibirás noticias mías que te confirmarán que tenía razón.</p>
<p>Un abrazo, hasta pronto.</p>
<p>Luis Miguel Herranz</p>
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		<title>Carta 30: Del Doctor Álvaro Cervello de Guillerna a Emilio</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Apr 1941 22:45:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 19 de abril de 1941</p>
<p>Mi muy querido Emilio:</p>
<p>Hay ciertos momentos en los que hablar es difícil, bien porque no hallamos las palabras suficientes o bien porque las circunstancias tienen en sí mismas ecos más potentes que hacen palidecer nuestras propias voces. Sin embargo, pedir disculpas no debería limitarse a una mera expresión de arrepentimiento: ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 19 de abril de 1941</p>
<p>Mi muy querido Emilio:</p>
<p>Hay ciertos momentos en los que hablar es difícil, bien porque no hallamos las palabras suficientes o bien porque las circunstancias tienen en sí mismas ecos más potentes que hacen palidecer nuestras propias voces. Sin embargo, pedir disculpas no debería limitarse a una mera expresión de arrepentimiento: debería llevar consigo propósito de enmienda, y es lo que espero conseguir con esta carta.</p>
<p>No están los tiempos para meditar en alta voz. No lo han estado desde hace años y sospecho que así se mantendrán en un futuro cercano. Me abruma pensar en el mañana, quizá porque comienzo a tener esa edad en la que los recuerdos pesan más que las esperanzas, o porque he visto tanto dolor en el mundo que sólo ansío ya que almas más puras puedan habitar en él con un mínimo de libertad humana. Sin embargo, no te llames a error: lo acontecido en las últimas semanas debería hacer de mis reflexiones una llamada de atención para con tu propia vida de la que, quizá sin querer, soy ahora tan responsable como tú mismo.</p>
<p>Mientras me quede aliento haré lo que pueda en favor de los hombres, que seguro no merecen tantos desvelos, pero, reconozcámoslo, es lo único que tenemos para trascender de nosotros mismos. Al menos yo, que no he concebido hijos a pesar de haberlos ansiado mucho. En el fondo te veo como uno de ellos. El mejor, quizá. Quizá el único.</p>
<p>Emilio, lamento haberte hecho pasar por este período de penalidades y de desazón. Era necesario. No te lo dije en esa ocasión, mientras nos arrebujábamos al abrigo de la fresca tras atender a ese pobre desgraciado sin esperanzas. Cuántos instantes similares habremos vivido ambos durante la contienda: mismos hombres, mismas costumbres, sueños idénticos… Querido Emilio, todo esto era necesario. No la guerra, desde luego, ni la locura, ni la destrucción, pero sí este período de prueba al que te hemos sometido. Hemos. He empleado bien el tiempo verbal. Y créeme que lo lamento. Pero sabía que te alzarías triunfante de prueba semejante: has demostrado tu calidad humana y tu aprecio por mí, que tal vez no merite tal honor ni tamaño sacrificio. Y ese es, quizá, el recuerdo que más grabado me ha quedado y que me ha hecho más feliz de esa noche llena de presuras y de intensidad.</p>
<p>No es fácil hablar de felicidad en un mundo hecho pedazos, ¿verdad? Pero existe, Emilio. Cada paso, cada soplo de aire; el agua que apaga nuestra sed, la caricia de un niño, la mirada aprobatoria del más inútil de nuestros estudiantes… Todo eso lo he visto en ti, Emilio, mientras recorres torvamente el largo camino que separa Atocha de Moncloa, donde te he establecido un hogar perentorio y tu futuro, que sospecho mucho más estable de lo que crees.</p>
<p>Has visto el estado en el que ha quedado el Hospital Clínico. Alzado, orgulloso, en la meseta de Moncloa, era demasiado importante para ambos bandos, casi tanto como para la ciudad y para el país. Una península entera separada por un montículo lleno de artillería perdida. Sigue dándome dolor ver, en las paredes semiderruidas, las heridas de las balas y la escombrera liosa que han dejado tras de sí las bombas de ambos bandos. El mundo es un caos, Emilio, al que nos hemos visto arrastrados por ideas preconcebidas por otros. Si hubiésemos tenido el tino de pensar por nosotros mismos, o al menos de poner en solfa tales soflamas, quizá no estaríamos de esta guisa hoy aquí. Pero a toro pasado todo es explicable, y lo que nos ocupa ahora no se merece perder más tiempo en circunloquios vacuos que ya no importan a nadie, y mucho menos a ti y a mí.</p>
<p>Te pido disculpas por callar. A veces el silencio es un arma mortal, lo sé. Arriesgaba mucho ocultando motivos más profundos que los de desear ayudarte, mas ha sido éste y sólo éste el verdadero motor de mi ofrecimiento y de mi interés. Te estimo en grande, Emilio, pero mi ojo es capaz todavía de ver más allá de los espejismos que el cariño prende en el corazón humano: tu sapiencia, tu saber estar, la preocupación para los demás, esas ideas que fluyen entre el oleaje de falsa modernidad de una filosofía que viene del frío y esa otra que, de tan manida, yace congelada en el fondo de nuestros pensares. Hay mucho de ti que admiro, y la fuerza de carácter y la lealtad no son poca cosa en la lista de tus virtudes. Deseaba ayudarte, y necesitaba asimismo un compañero que completase en brío y determinación los anhelos que aún conserva este corazón que late.</p>
<p>Como te bosquejé al claro del amanecer esa noche presurosa, pertenezco, junto con otros colegas de alto linaje, a una red de ayuda a refugiados que huyen desesperados del nuevo infierno que ha prendido en el resto de Europa, como si nuestro propio Purgatorio no hubiese sido suficiente ni la locura de la Gran Guerra bastante. Esa ayuda opera empleando las rutas de servicio de la Cruz Roja: por eso está en nuestras manos. Como debes saber por los rumores que corren por la facultad y el Hospital de San Carlos (y, de seguro, entre los ruinosos despojos del Hospital Clínico), además del intercambio de alimentos y medicinas, se truecan seres humanos: pobres almas que apenas hablan más idiomas que las bellas rimas germánicas o las antiguas lenguas romances tan poco parecidas a nuestro propio castellano, pero cuya convicción y ganas de vivir les asegurarán, en medio de recuerdos que no alcanzo si quiera a vislumbrar, prosperidad y alivio de supervivientes.</p>
<p>La red está bien establecida. Los encuentros se tejen en la Tetería Embassy, cerca de donde os iréis a vivir, en el Paseo de la Castellana. Ya son horas de que tu mujer y tus hijos disfruten del verdadero estatus del que te has hecho merecedor. Allí se establecen los contactos necesarios para arreglar los imperativos legales y marchan, después de salir de su confinamiento en Miranda del Ebro, por varias vías de escape desde Portugal y Marruecos, pero sobre todo desde Redondela y el puerto de Vigo, hacia la libertad.</p>
<p>Esta labor riesgosa me da paz, y me permite sentirme aún más útil. Mi lucha es contra la zafiedad y la ruindad del ser humano; no conoce límites, no tiene credos ni ideologías, salvo quizá la del Humanismo y también, sin vergüenza alguna, la del corazón. Estas pobres gentes son llevadas de aquí para allá como mercancía barata, apiñadas en campos de concentración y abandonadas a la dejadez de sus captores. En teoría, nuestra España es neutral; en esencia, es germanófila de raíz (no en vano hemos sido súbditos de la rama más poderosa pero menos floreciente de los Habsburgo durante un buen puñado de siglos), y veleidosa de alma: no debemos olvidar nunca que en la actualidad un gallego nos conduce. Y poca gente he conocido más tenaz, concienzuda y pétrea que un hijo de la recóndita Galicia. Así, coqueteamos con quien más convenga al Poder, y tengo el convencimiento de que nuestra labor confidencial es menos secreta de lo que quisiéramos y que, quizá, seguimos adelante más por connivencia del propio Estado que por otra cosa. Aunque esto último, siendo sincero, no me saca el sueño; la ayuda que puedo prestar a esos menesterosos, sí.</p>
<p>Es necesario que lo sepas todo. Las paredes oyen y a veces también observan. Estos folios son la forma más discreta que tenemos en la actualidad de desnudar nuestras inquietudes. En público debemos actuar como lo que decimos que somos; en privado (¿y qué es privado en estos días?), gozamos de una mayor libertad, pero no mayor que la que el hueso de la muñeca tiene sobre el hueso del pie. Y como ves, estos papeles se hallan escondidos entre varios informes universitarios y cartas cuñadas con el sello de la Facultad. Todos nos conocemos aquí, querido Emilio, pero las precauciones nunca están de más.</p>
<p>Como te dije al comienzo de ésta, he aquí mis disculpas. Mi comportamiento errático para contigo en realidad tiene varias lecturas, y no menos importante es la que ahora te pienso relatar. Y me adelantaré, lo sé, a un correo que recibirás dentro de pocos días, así que te ruego cuando lo hagas, muestres la contenida alegría que nos caracteriza como profesores universitarios que somos.</p>
<p>Era necesario que entre nosotros hubiese el mínimo contacto, que demostrases tus habilidades naturales y el don de la enseñanza que se te adivina. Como todos, querido Emilio, sin tú conocerlo fuiste sometido al examen del Tribunal de Responsabilidades Políticas y de Depuración de Funciones Públicas: por suerte ya habías abandonado la Facultad cuando ocurrieron los Sucesos de San Carlos y tu nombre no se encontraba enlistado. Además, tu exoneración por dicho Tribunal suavizó las posibles suspicacias que tu bando en la contienda pudiera levantar en estos sabuesos de la Buena Conducta. Como bien sabes, no desean que vuelva a haber casos tan sonados como el de mi querido Juan Negrín, que aunque creo muy equivocado en las formas, en esencia es de corazón puro, y otros pocos colegas más. Muchos de los profesores afectos al antiguo régimen huyeron por sus malas artes o se exiliaron por orgullo intelectual (recuerda que Severo Ochoa ya tenía un contrato de investigación en los Estados Unidos cuando la refriega se acrecentó). Este Tribunal ha suavizado los matices de sus supuestos errores y muchos podrán volver a ocupar sus antiguos cargos o a seguir ejerciendo el noble arte que nos engrandece, Emilio. En nada gozaré de la compañía de mi admirado Marañón, pues pienso alcanzarle pronto en su periplo sudamericano antes de su pronta vuelta a Madrid.</p>
<p>De suerte que hay unas cuantas cátedras vacías de nombramientos y quizá la de Negrín vaya a ser para ti. En todo caso, has sido admitido como profesor titular y la tesis doctoral que tanto trabajo te ha costado ha sido del agrado del tribunal. El amargo trago de haberla presentado, mostrándote sin embargo brillante y resuelto, me llenó de orgullo mal disimulado, he de confesar, porque soy consciente que no te ha sido fácil, de que yo no te lo he hecho fácil. Y por eso quiero que me disculpes una y otra vez. Pero quería que demostrases a los demás miembros del tribunal que mis querencias hacia ti eran reales, y las revalidaste con nota brillante, querido mío, en mi corazón y en sus conciencias. Me alegro mucho por ello. Y a partir de ahora no serás más el recomendado de Guillerna, sino Emilio Pérez-Olivares Espinosa, doctor en Medicina y garante, como muchos en esta clandestinidad que nos hermana, de un secreto entramado de ayuda física y espiritual que no sólo garantizará la integridad del cuerpo, sino el ansia del alma por la libertad.</p>
<p>Tengo paciencia, querido Emilio. Ahora has de ocuparte de salir de esa ratonera en donde vives para que los trabajos de remodelación del Hospital Clínico sigan su curso. Tendrás a tu disposición una casa cómoda, un coche veloz y un ayudante que velará por los trabajos de reconstrucción que se llevan a cabo en Moncloa. Tu puesto está aquí ahora, en Atocha, en las disposiciones del Hospital de San Carlos y pronto en mi propia consulta privada, que te he de dejar con sumo placer en herencia.</p>
<p>Y no encuentres mucha comodidad en el piso de La Castellana, ya que el día por Dios designado, podrás gozar de mis bienes además de mis ayudas, y podréis disfrutar de mis propiedades cerca del Retiro, que sé que extrañas las arboledas sin fin y el rumor de las fuentes. Somos más parecidos de lo que un padre y un hijo pudiesen nunca llegar a ser.</p>
<p>Así me despido por ahora, mi querido colega. Emilio, compinche de noches interminables, interesante conversador, de verbo fácil y corazón caliente, espíritu presto y alma de acero, veo ante ti un camino brillante. Tu tendencia es al Servicio y no a la Investigación. Serás uno de los abanderados del nuevo movimiento que empiezo a prever en nuestra carrera: un equilibrio entre la práctica diaria y la investigación necesaria. En esto, como en todo lo que tiene que ver con los hombres, el punto mágico estará en la labor de equipo. Mucho aportarás a la Facultad, ya no sólo en refinamiento y en coraje y en ánimo, sino en saber práctico, tan necesario en el mundo de las construcciones mentales.</p>
<p>Y no te olvides de este nuestro secreto. Conoces ahora los lugares de ocultamiento de esas pobres gentes y los entresijos necesarios para conseguir los salvoconductos y las rutas de acceso a la libertad humana. Puede que tengas que echar mano de esta red de ayuda alguna vez, aún en contra de poner en peligro a tu adorada familia: siempre hay alguien que necesita de nosotros.</p>
<p>Llegado el caso, sólo llama. En el Embassy tu nombre está grabado a fuego junto al mío, y te reconocerán nada más entrar. Y ellos te indicarán, en el caso de yo no estar presente, lo que haya que hacer.</p>
<p>Nunca hay que mirar hacia atrás, querido Emilio, si no es para aprender de los errores y olvidar lo demás. Por más horrores que hayamos visto, por más errores cometidos, el pasado es algo que va quedando detrás, día a día, hasta que se diluye en un futuro que ya ha dejado de ser.</p>
<p>Admirándote, queriéndote y pidiendo de nuevo tu perdón, se despide con el ánimo alegre y al esperanza en el corazón, tu amigo,</p>
<p>Álvaro Cervello de Guillerna.</p>
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		<title>Carta 28: De Dalmacio a Emilio</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Apr 1941 22:41:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Emilio]]></category>
		<category><![CDATA[De Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Oviedo, 10 de abril de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>A un mes de mi ingreso en el sanatorio de La Cadellada he resuelto por fin escribirte, y esto no es porque yo no quisiera o me faltaran ganas, que más bien todo lo contrario.</p>
<p>Puedo suponer que los médicos de aquí, después cierto tiempo y de varias peticiones por ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Oviedo, 10 de abril de 1941</p>
<p>Querido Emilio:</p>
<p>A un mes de mi ingreso en el sanatorio de La Cadellada he resuelto por fin escribirte, y esto no es porque yo no quisiera o me faltaran ganas, que más bien todo lo contrario.</p>
<p>Puedo suponer que los médicos de aquí, después cierto tiempo y de varias peticiones por mi parte, han decidido que mi mente no se vería más alterada por entregarme pluma y papel. Esto fue en la mañana de ayer, después del frugal desayuno, cuando ya había desestimado que mis ruegos se oyeran en las consultas. Aunque yo dormitaba en una vieja butaca roída que me he apropiado, escuché que alguien vociferaba mi nombre por el pabellón: ¡Doroteo, Doroteo Quindós! Algunos neuróticos contagiados de mimetismo comenzaron a gritar también, ¡Doroteo, Doroteo! Enseguida emergí del duermevela y me incorporé algo asustado. La Quintana y todo el entorno que tanto me pesó abandonar ocupaban mi sueño, que, lamentablemente, siempre, a cualquier hora del día o de la noche, se ve interrumpido por los lamentos y las voces constantes de los pacientes.</p>
<p>Barajé varios motivos por los que el celador me requería. ¿Sería quizá carta tuya? ¿O quizá una vista de algún amigo o pariente? De inmediato, desestimé esto último. Enseguida el hombre se abrió paso de entre la gente y me entregó un material de escribanía que agradecí mucho, junto a una nota del Doctor Hermógenes Rodríguez Casares citándome en su despacho ese mismo día a las cinco y media. Enseguida adiviné el motivo, cosa a la que me referiré mas tarde.</p>
<p>Antes de mi ingreso, y después del periplo que tuvimos que padecer hasta que al fin don Roque dio con este lugar, le hice prometer al cura que te escribiría narrándote mi situación, pues yo no tenía otra manera de hacerte llegar la noticia de mi nueva “residencia”. Y como doy por hecho que así lo hizo, no quiero abundar contándote el estado en que me encontró el pobre viejo al regreso del entierro de su hermana, y las desventuras que vinieron después, que fueron las que me trajeron hasta Oviedo.</p>
<p>Ante todo, y como puedo imaginar tu preocupación, quisiera comenzar tranquilizándote, porque aunque tengo muy presente que un manicomio no es el sitio conveniente para la que sea mi dolencia, el pabellón donde estoy instalado no es donde están los locos peligrosos, sino todo lo contrario. La mayor parte del tiempo estoy acompañado por soldados afectados a causa de los desastres de la guerra. Después de una primera evaluación de los doctores tras mi llegada a Oviedo, añadido al hecho de que don Roque había conseguido dejarme aquí en calidad de veterano de guerra y que el Ministerio pague mis gastos, los médicos decidieron que mi sitio estaba junto a aquellos que han visto severamente melladas sus reacciones emocionales por el frente de batalla, en algunos casos hasta un grado tal, que difícilmente guardo esperanza de verles recuperados. Las defensas mentales no son las mismas para todos, y hay gente tan joven en constante estado de mutismo, con temblores, incapaces de mantenerse en pie, o que sufren constantes pérdidas de conciencia, que entre tanto infortunio no tengo otro remedio que sentirme un privilegiado.</p>
<p>Realmente en la Cadellada no alcanzo a encontrar la tranquilidad que precisan los rincones oscuros de mi mente, a los que he venido a dar algo de luz, y sin embargo tengo algo que La Quintana y los desquites de la guerra me habían venido negando, que es la compañía de otros semejantes con los que ahora puedo charlar. Esto puede parecer una menudencia, pero cuando uno ha hablado únicamente con un gallo y cuatro veces con un cura a lo largo de casi un año la soledad, el alma y la razón se resienten y en ocasiones pueden llegar a quebrarse; en mi persona está el mejor de los ejemplos. Amigo, puedo asegurarte que la carencia involuntaria de compañía es el equivalente a una reclusión forzada en una celda de castigo. Por otro lado, aquí puedo reflexionar cuidadosa y detenidamente sobre las visiones que sufrí en mi casa de Marcenado, en especial sobre los actos que me han llegado a nublar la mente.</p>
<p>Pero tengo miedo, Emilio. Ya sabes que corren malos tiempos y algunas instituciones, como en este caso este hospital, son un tanto caóticos a causa de una guerra tan cruenta como la que hemos padecido. No hace falta estar aquí internado más que unas horas para darse cuenta de que la administración y el trato que debieran recibir sus enfermos a menudo no son los adecuados. Mi temor está fundado en las experiencias de los que están conmigo en el pabellón. Todos los pacientes con los que he hablado comparten idéntica incertidumbre: ¿saldremos algún día de aquí? Ciertamente no quisiera prolongar mi estancia más de un mes, dos a lo sumo. Emilio, este no es mi sitio, aunque puedo suponer que todos los pacientes de la Cadellada piensan igual, y, llegado el momento, sólo don Roque, por ser sacerdote, y tú, por ser médico, podríais interceder para que así sea. Confío en ello.</p>
<p>Por otro lado, ya liberado del manicomio podría dar techo y mutua compañía a Luis Miguel Herranz, a quien estoy deseando conocer. Ten por seguro, y hazle saber, que mi casa será la suya, y que los aires y los frutos que nos regala el bosque asturiano de seguro no sólo aplacarán sus fiebres, sino que también intercederán para que dentro de muchos años tu amigo nos entierre a los dos.</p>
<p>Por cierto, no sé si el cura mencionó en su carta que te haría llegar mi correspondencia por correo ordinario. No temas por esto. El próximo domingo día trece, como es costumbre en los festivos, las puertas se abren para las visitas y le entregaré esta carta y unos céntimos a Bazkoare, un paciente que se encuentra enfermo de neurosis desde recién comenzada la guerra, y al que parece que se le ha amarrado la tristeza al alma de manera crónica, que recibirá visita de su familia. Aunque son de San Sebastián, sus abuelos, que son gente de posibles, para estar cerca de su nieto han tomado en alquiler una antigua hospedería que servía al Camino de Santiago. Bromea Bazkoare diciendo que necesitan tantas habitaciones para alojar a todo el servicio. Decidieron venirse una temporada a Oviedo a causa de unos sucesos trágicos que hace cuatro años afectaron a algunos empleados de la Diputación en este hospital. Sus abuelos podrán el domingo hacerme el favor de ocuparse en tramitar este escrito en la Casa de Correos, pues aunque yo pudiera hacerlo desde aquí, no quiero correr el riesgo de que pase antes por censores que pudieran perjudicarnos.</p>
<p>Ahora que existen pocas posibilidades de que esta carta pueda caer en manos ajenas, puedo referirte con más o menos detalle el suceso al que antes hice mención. Es una historia triste que aún, pasados cuatro años, contribuye a la pesadumbre y la melancolía de los carbayones ovetenses, pues fue un episodio extremadamente injusto el que algunos tuvieron que padecer. El amigo Bazkoare me lo relató personalmente en voz baja y a altas horas, cuando estuvo seguro de que andaban lejos los oídos indiscretos.</p>
<p>A mediados de octubre del treinta y seis se había lanzado un fuerte ataque al hospital, y algunos milicianos, sintiéndose cercados, abandonaron sus puestos y dejaron atrás a enfermos y personal de servicio. Sólo quedaron unos valientes a su cuidado. Fue un episodio trágico y devastador, Emilio. Bazkoare me lo contaba con lágrimas en los ojos y entre balbuceos que no podía evitar. Sin duda, este episodio empeoró su estado. Diecisiete de los trabajadores del psiquiátrico fueron fusilados y enterrados en una fosa común cerca del Monasterio de San Salvador de Valdediós. Parece ser que los fusilamientos se ejecutaron por miembros de la VI Brigada Navarra del ejército franquista. Diecisiete empleados de vocación, cuyo único interés había sido el bienestar de los internos, y cuyo único delito había sido pertenecer al Socorro Rojo Internacional. Los malnacidos de la Brigada Navarra torturaron incluso a pacientes por unas sospechas infundadas, pues pensaban que era posible que el hospital se usara también para estancias de ciertas personas que, sin estar enfermas, se escondieran allí por algún motivo, seguramente político. Varios testigos contaron después que les habían obligado a abrir una fosa en los terrenos del manicomio y acostarse en la misma, y así los mataron. Varios intentaron huir, pero los abatieron a tiros.</p>
<p>El amigo Bazkoare estuvo semanas sin articular palabra, no comía y deambulaba sin rumbo por el psiquiátrico. Echaba de menos a los que tanto le habían ayudado. Me dijo que con el tiempo les había cogido cariño, y que incluso les consideraba parte de su familia. Me contó que lo peor de todo, era cuando se asomaba por la ventana, cosa que también dejó de hacer, pues en ocasiones vio como los perros se paseaban por las inmediaciones del psiquiátrico con los huesos de los cadáveres de algunos de los asesinados, que estaban mal enterrados. Fue entonces cuando escribió a su familia, a San Sebastián comunicándoles todo el suceso y que si no le sacaban pronto de aquel lugar, la pena le terminaría por consumir y moriría.</p>
<p>Una noche de diciembre del treinta y seis, tanto mi amigo como el resto de pacientes fueron despertados en plena madrugada, pues ya se estaba oyendo desde hace días el rumor de que el hospital corría el riesgo de verse reducido a escombros en cualquier momento. La Legión Cóndor alemana estaba cubriendo de bombas incendiarias los reductos de resistencia, y cruzaba la frontera cántabra con Asturias. Entonces, a él y al resto de los pacientes les condujeron hasta las Dominicas de manera preventiva, para un mes después trasladarlos definitivamente al convento de Corias, en Cangas de Narcea, mientras que las religiosas se refugiaron en el propio Oviedo, en el colegio del Santo Ángel de la Guarda.</p>
<p>En éstas fue cuando sus abuelos decidieron trasladarse a Oviedo, pero él ya no estaba ya en el psiquiátrico, sino en el convento de Corias. Luego, terminada la guerra, volvieron todos los enfermos a la Cadellada, donde nos hemos encontrado.</p>
<p>Amigo Emilio, quiero que sepas que realmente aquí no estoy mal atendido, ni siquiera estoy medicado. El doctor Rodríguez Casares, después de una primera evaluación, determinó que por el momento mi caso no requería vigilancia ni un tratamiento constante. Referí en su consulta las visiones que me atormentaron en La Quintana durante estos meses, e incidí mucho en mi llegada a la casona después de la guerra, cuando traté con unos padres que realmente no estaban ahí. El doctor quiso explicarme que mi caso era bastante común entre sus pacientes, dado que la participación en una guerra es un suceso traumático, y no nos afectaba a todos de la misma manera. Parece ser que algunos individuos presentan angustia y confusión durante meses, cosa que se va disipando con el tiempo. Y en otros, como es mi caso, el cerebro acciona un resorte que dispara imaginaciones para sobrellevar las realidades que no hemos sabido procesar de una manera natural.</p>
<p>Han transcurrido los días y las semanas y mi talante ya es otro. Pero amigo, sólo hay algo que me preocupa. Tengo una pesadilla que se abre paso en mi descanso cada noche, y siempre es la misma: en mi sueño, el celador requiere mi presencia en la sala de visitas sin ser domingo, me comunica que es mi hermana Covadonga, que ha venido desde muy lejos para verme, y cuando llego a la sala ilusionado por abrazarla, sólo hay una muñeca de porcelana, la misma con la que ella jugó durante años en su infancia. Yo busco a mi hermana por toda la estancia, incluso le pregunto al celador, y su respuesta es una carcajada tan estridente que me despierta en ese momento, jadeante y cubierto de sudor. Al principio no di importancia a estos sueños, pero cuando la pesadilla comenzó a ser recurrente, pedí cita con el doctor, cosa que quise anular a los pocos minutos, pues pensé que si le daba cuenta de esto me retendrían más tiempo en la Cadellada y sería mucho más complicado que me concedieran el alta. Pero ya era tarde; requirió mi presencia ayer a las cinco y media, sin excusa ninguna.</p>
<p>Tuve que mentir entonces, aunque prefiero decir que ocultar la verdad es un término mucho más apropiado en este caso. En mi entrevista con él recordé que cuando llegué al hospital para un primer reconocimiento tuve que esperarle en esa misma consulta, y quedé fascinado por la cantidad de libros que tenía. Leí los títulos de los lomos de algunos y hubo uno que llamó especialmente mi atención: La Interpretación de los Sueños, de un tal Sigmund Freud. Así que en esa segunda visita al médico, se lo pedí prestado. Don Hermógenes entonces me habló de las nuevas técnicas en los tratamientos que abarca su campo, y el llamado psicoanálisis es una de ellas.</p>
<p>El libro que me prestó nada tiene que ver con las novelas del Siglo de Oro a las que estoy acostumbrado. Parece ser que el señor Freud ha descubierto hace unos años que detrás de la mente humana existen mecanismos no evidentes, o inconscientes, capaces de generar alteraciones psiquiátricas. Considerando esto, ha desarrollado una especie de tratamiento basado en asociaciones libres e interpretación de los sueños, y el objeto es ahondar en la mente del paciente para conocer su subconsciente y ayudarle a comprender las causas de su comportamiento. Para ello, se ha de descender a los recuerdos traumáticos del pasado almacenados en el inconsciente. Don Hermógenes se sorprendió mucho por mi interés en este tema, y aunque al principio adiviné algo de reticencia al sugerirle el préstamo, ya que me recomendaba otras lecturas de la biblioteca del centro intentando distraerme, al final no sólo terminó cediendo ante mi insistencia, sino que además me prestó un diccionario de términos científicos para poder comprenderlo.</p>
<p>Antes de despedirme, quisiera hacerte participe de una reflexión que llevo madurando durante este descanso en el hospital, que, como ya he dicho, ya se me está haciendo demasiado largo. Tengo una deuda con vosotros dos, Emilio, con don Roque y contigo. Vosotros habéis cuidado de mí durante tanto tiempo que mi agradecimiento hacia ambos se pierde en la eternidad. Quisiera corresponderos algún día de alguna manera. Y créeme, amigo, la ausencia de mi familia está siendo sustituida por buenas personas, así que puedo sentirme afortunado por teneros a ti y al cura de Marcenado.</p>
<p>Tu amigo que te aprecia,</p>
<p>Dalmacio Argüelles Sella.</p>
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