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	<title>Tres líneas &#187; A Dalmacio</title>
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	<description>A Emilio, a Dalmacio y a Luis Miguel la guerra les venció, pero no se sienten vencidos, y para mantener vivo este sentimiento de esperanza, deben continuar en contacto…</description>
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		<title>Carta 43: De Emilio a Luis Miguel y Dalmacio</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Jul 1941 17:46:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[A Luis Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Segovia, 20 de julio de 1941</p>
<p>Mis queridos amigos:</p>
<p>Lamento no haber podido escribir antes, pero una serie de inesperados acontecimientos me ha mantenido extremadamente ocupado. Espero informaros en persona de gran parte de ellos muy pronto, pues las circunstancias aconsejan que, de nuevo, desaparezca de Madrid por una temporada. Dado que, como comprenderéis en breve, no ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Segovia, 20 de julio de 1941</p>
<p>Mis queridos amigos:</p>
<p>Lamento no haber podido escribir antes, pero una serie de inesperados acontecimientos me ha mantenido extremadamente ocupado. Espero informaros en persona de gran parte de ellos muy pronto, pues las circunstancias aconsejan que, de nuevo, desaparezca de Madrid por una temporada. Dado que, como comprenderéis en breve, no es lo más indicado volver a Toledo, el único otro lugar que se me ocurre donde pueda sentirme refugiado y a salvo es la Quintana. Así pues, me tomaré la libertad de presentarme allí tan pronto pueda. De hecho, ahora mismo ya me encuentro viajando hacia allí, pues mi partida fue muy precipitada.</p>
<p>Espero llegar a tiempo de darte un abrazo, Luis Miguel, y de intentar que mis artes médicas te alivien en la medida de lo posible. Parte de lo que me ha entretenido estos días fue una visita de tu señor padre, quien envió recado para verme poco después de tu partida. Debo reconocer que por un momento me sobresalté, pues en mi cabeza aún estaba catalogado como un enemigo a evitar, pero rápidamente acordamos una cita en la tetería Embassy.</p>
<p>Vino elegante y atildado, aunque los profundos surcos que se le marcaban entre las cejas y en las mejillas indicaban un gran sufrimiento interior a cualquiera que supiera verlo. No obstante, estaba tranquilo y sereno, como aceptando su penitencia por la saña con la que te ha perseguido. Me agradeció mi amistad contigo, pues según me dijo, le habías contado toda nuestra relación, y además me confesó que te había ocultado algo.</p>
<p>Me informó de que la herencia de tu madre estaba lista para llegar a tus manos. Por lo que me dijo, la familia de doña Águeda tenía numerosas propiedades en Ávila, resultando que ya cuando se casaron, ella era más rica que él, sus inversiones habían sido sabias y lucrativas y aunque en guerra se había perdido mucho, quedaba un estupendo patrimonio que, tras el fallecimiento de tu madre, él había decidido liquidar. No fue hasta que salió del piso del doctor, después de hablar contigo, cuando se acordó del dinero, que hasta el momento consideraba suyo. Convencido de que ya eras digno de recibir tu herencia materna, había impartido órdenes a su amigo y abogado Joaquín Urrutia para que hiciese unos depósitos a tu nombre, y ahora resulta, compañero, que tienes a tu disposición más dinero del que puedas gastarte en varias vidas.</p>
<p>Se despidió cortésmente, dejándome el encargo de que me pusiera en contacto contigo, seguro de que tú y yo mantendríamos correspondencia, y te hiciese llegar estas noticias por nuestros conductos acostumbrados. Además, me dejó un sobre, que llevo conmigo, con autorizaciones y un listado de bancos que te darán acceso a tu patrimonio. Se alejó caminando despacio, arrastrando un poco los pies, pero recto y digno. De nuevo, eres un hombre rico, amigo mío.</p>
<p>Debo reconocer que esta vez no ha sido fácil haceros llegar una carta. Utilizaré mis contactos en la Cruz Roja para enviaros la presente, ya que aquí en Segovia estoy esperando a mi buen colaborador, el marchante de aceites, para incorporarme a su recorrido hasta Asturias. El recuerdo de las parejas de la Guardia Civil subiendo cada pocas paradas a los vagones de tren me ha disuadido por completo de tomar el ferrocarril, y tu descripción del viaje en autobús me ha quitado todas las ganas de utilizar ese medio de transporte. Una buena alternativa hubiera sido irme por mi cuenta en mula, pero ya no dispongo de mi fiel animal. Aunque, si fuera necesario, me iría andando.</p>
<p>Tengo muchas cosas que contaros y la espera al marchante se me está haciendo eterna, así que mataré el tiempo escribiendo. Eso sí, es probable que luego os lo vuelva a contar de viva voz; espero que sepáis perdonarme. Estos días han sido muy intensos y aún me encuentro en proceso de asimilarlos, y ponerlos sobre el papel me ayuda a reducirlos a un tamaño con el que los puedo manejar. Mi vida ha cambiado. Más bien, mi vida ha desaparecido. Y resulta que siento un tremendo alivio. No sé si acabo de entenderlo.</p>
<p>No voy a ser catedrático. No, al menos, en la Universidad de Madrid. Nunca. Durante estos días de verano, la actividad en la Universidad cambia, aunque no desciende. Aprovechando la ausencia de alumnos, se produce un prolijo baile de máscaras entre despachos, lugares de encuentro social, residencias particulares, fincas, cacerías, donde nadie habla claro y donde se deciden los favores, los candidatos, los intercambios y los precios a pagar. Con la muerte de don Álvaro, me he quedado sin mentor y sin pareja de baile que me dirija entre todas esas trampas sin dar tropezones. Además, no tengo nada que ofrecer, más que mi propio conocimiento y mi oficio. Sólo soy un advenedizo venido a más. Y se ha acabado mi mascarada.</p>
<p>El pasado día 1 de julio, coincidiendo con la recepción de una carta de mi mujer desde Toledo, llegué a mi despacho en la facultad y me lo encontré cerrado con llave. Extrañado, pregunté en un pasillo a uno de los bedeles, y el hombre, sin atreverse a sostenerme la mirada y tras bastante insistencia por mi parte, me respondió entre dientes que no tenía la llave y que habían vaciado mi despacho por orden del decano. De mis pertenencias, no tenía conocimiento. Furioso, le presioné para que me dijera con quién podía hablar para arreglar esa situación, y fue entonces cuando levantó la vista, me miró muy serio, cambió el tono de voz y me dio un buen consejo. Me dijo, de hombre a hombre, que una retirada a tiempo es una victoria. Y le entendí. Sin más, se despidió con una breve inclinación de cabeza y desapareció en las profundidades de la facultad.</p>
<p>Permanecí un rato en aquel pasillo, asumiendo la noticia. Estaba despedido. Así de fácil. Reflexioné un momento acerca de lo que pudiera tener en el despacho que quisiera recuperar y descubrí que nada tenía ningún valor si no iba a seguir dando clases. Por supuesto, más temprano que tarde tendría que dejar el piso de la Castellana. Como Ícaro, había volado demasiado alto y mis alas se habían derretido, precipitándome al suelo. Entonces consideré las opciones que tenía.</p>
<p>Los gastos de mi nueva vida en la alta sociedad habían sido muchos y se habían comido mis pocos ahorros; necesitaba algo de dinero para volver a empezar. Me encontraba al borde de la ruina, con pocos amigos y con la única compañía de una doméstica algo ciega y bastante sorda con mucho más corazón que cerebro. Pero al menos, tenía la consulta que me había legado el doctor Cervello de Guillerna. Quizá pudiera trabajar allí unas semanas para reunir algo de dinero y luego reunirme con mi familia, y a lo mejor, volver a abrir una consulta en Toledo, o volver a ser un médico de pueblo. De nuevo, tenía mi vida en mis manos, pero estaba asustado por mi desprotección.</p>
<p>Primero, envié un billete a mi fámulo, Ricardo, para que se pusiera en contacto conmigo en cuanto le fuera posible, y después me dirigí a la consulta del doctor Vicente Lamata, que había quedado a cargo de los asuntos médicos de don Álvaro y que, siendo su albacea, me había ayudado con los papeleos tras su fallecimiento. Es un hombre más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero bien conservado y con tendencia al buen vestir, de mirada clara e inteligente. Cuando pudo recibirme le expliqué mi situación. Se hizo cargo y me ofreció su ayuda, pero me señaló la necesidad de ser discretos. Hasta calibrar la magnitud de mi caída y los enemigos que, involuntariamente, me hubiera creado, él tenía que tener en cuenta su propia reputación. Me dijo que me tomara un par de días libres para ver si pasaba algo.</p>
<p>Me insinuó también la conveniencia de buscar otro alojamiento, y de inmediato me vino a la cabeza la vivienda de don Álvaro, vacía desde la partida de Luis Miguel. Pero alguien dijo que tres mudanzas equivalen a un incendio, y no podía tener más razón. Para evitar la molestia de otra mudanza, además pensando que pronto volveríamos a Toledo, y aún furioso por las maneras con las que me habían despedido, decidí que nos quedaríamos en el piso de Castellana para crearles el trastorno de que tuvieran que echarnos. Además, ya casi me había acostumbrado a tener a la hermana de Francisca y a ese hombre, que no conseguía ver bien, rondando por la zona. Después tuve ocasión de lamentarlo.</p>
<p>En la carta que mi mujer me había enviado y que aún yo no había tenido tiempo de leer, ella me comunicaba la imposibilidad de desplazarse en ese momento para una posible toma de posesión de mi cátedra, debido a las molestias propias de su estado, a lo que debía añadir que hacía falta a su familia durante la época de la cosecha. Percibí la desgana en sus palabras. Además, incluía una fotografía de Prado que había aparecido al revelar el carrete un vecino del pueblo, pues pensaba a que a nuestra mucama le gustaría tenerla. Al parecer, la película tiene muchísima longitud y no se revela su contenido hasta que no se termina todo el rollo, lo que en ocasiones lleva meses o incluso años. En esta ocasión, Prado aparece sentada en una silla rodeada de chiquillos, entre los que no estoy muy seguro de que se incluyan sus propios hijos. En cuanto me descuidé, Prado tomó unas tijeras y se recortó el rostro de la fotografía, con el argumento de que salía muy fea. De qué otro modo podía salir, pensé yo. Tenía que haberlo tenido en cuenta, pero ocupado de mis propios asuntos, no lo hice.</p>
<p>No encontré el momento de responder a mi esposa. No sabía cómo decirle que no iba a haber tal toma de posesión, tenía la sensación, cierta, de haber fracasado, de haber vuelto a perder, y ¿cómo podría presentarme ante ella así? Arruinado, vencido y espiado. Postergué mi respuesta como un niño gandul que evita hacer las tareas de la escuela.</p>
<p>Al día siguiente, Prado salió a comprar y tardó en volver. Yo no tenía nada que hacer y estaba releyendo nuestras cartas para matar el tiempo, pero por fin empecé a preocuparme, sobre todo cuando llegó la hora de la comida y no zumbaba como un insecto desquiciado por la cocina. Cuando por fin llegó, quiso escurrirse hacia sus aposentos, pero algo enfadado, se lo impedí tomándola de un brazo. Se encogió llorando como un perrito, como en los primeros tiempos, cuando se asustaba ante los movimientos bruscos. La solté de inmediato y le pregunté qué ocurría, pero no me lo quiso contar. Me he caído, decía, no tiene importancia. Se escabulló hasta la cocina, pero no llevaba la compra.</p>
<p>Escamado, la seguí. Cuando me fijé un poco mejor, vi que tenía marcas de dedos en el cuello y cerca de la oreja. No había duda de que le habían pegado. Le pregunté si habían intentado robarle o había tenido una refriega en el mercado, pero estaba demasiado asustada. Tuve claro que quería enterarme del asunto. Tomé una silla, me senté delante de ella, encendí un cigarrillo y le dije que no me iba a mover de allí hasta que no me contase qué había ocurrido.</p>
<p>Me costó un buen rato, pero me salí con la mía. Decía que le daba mucha vergüenza, que no sabía qué iba a pensar de ella, y por fin cogió aire y me dijo, muy seria, que había sido su marido.</p>
<p>Por Dios juro que casi me trago el cigarrillo de la impresión. Prado, le dije, tu marido está muerto. Sí, me respondió, lo maté yo. Prado, contesté, intentando conservar la calma, tú eres viuda de guerra, ¿qué estás diciendo?</p>
<p>Al fin pareció tomar una decisión, dijo que quería enseñarme algo, fue a su cuarto y volvió con una carta en las manos y otros papeles. Sin decirme nada más, me los tendió. Leí.</p>
<p style="padding-left: 30px;">“En campaña, 13 de septiembre de 1938</p>
<p style="padding-left: 30px;">Camarada Ángeles Teuler:<br />
Hoy, día de la fecha, he recibido su carta a contestación de la mía. Por ella veo que ha comprendido usted la desgracia ocurrida al pobre compañero Segorb. Me perdonará usted si he sido claro para comunicarle esa desgracia tan grande para usted como para nosotros, pues nosotros hemos perdido un excelente camarada y la República uno de sus mejores defensores. Suerte que quedamos algunos otros que sabremos vengar eso, camaradas que murieron cubiertos con un aura de heroísmo que nadie puede superar.<br />
También quiere que la dé la fecha de tan cruel desgracia. Fue el día 9 de agosto de 1938, fecha memorable para todos nosotros que tenemos que sentir. Su compañero fue dado sepultura el mismo día. Referente a la cartera, fue entregada al puesto de mando, pero el enlace que las llevaba fue muerto cuando cruzaba el río Segre y todas las documentaciones fueron arrastradas por la corriente.<br />
Todos los compañeros me encargan que le dé el pésame en nombre de ellos, y al paso le doy el mío, que es mayor por lo buenos compañeros que éramos.<br />
Sin más que tenerla que comunicar, se despide este camarada, que si en algo tengo que servirla ya sabe usted dónde me tiene.<br />
Firmado, Tomás Caballero.”</p>
<p>Puedo citar esta carta con tanta exactitud porque ha aparecido entre los papeles que tengo conmigo. Espero poder enviársela a Prado en el futuro para que quede de nuevo en su poder. Pero en aquel momento no entendí nada. ¿Por qué estaba dirigida a Ángeles Teuler? ¿Quién era esa mujer? Por haceros el cuento corto, pues intentar que mi doméstica se explicara fue una empresa considerable, esto es lo que saqué en claro.</p>
<p>En el cafarnaúm de la guerra, un hombre llamado Tomás Sogorb Pérez había caído en el frente. Algún mando había confundido a esta persona con Tomás Segorbe Fernández, que era el marido de mi criada, borracho y gandul, quien había desertado en la primera oportunidad que se le presentó. La confusión no fue corregida, y mucho menos por Prado, que vio la oportunidad de librarse por fin de un matrimonio desgraciado y además, pedir una pensión.</p>
<p>La pobre infeliz no había advertido que así privaba a otra familia de conocer el destino de ese hombre, ni que era probable que el desgraciado se presentase de nuevo cuando no tuviese otro sitio al que ir, ni que si descubrían su impostura podrían meterla en la cárcel. Simplemente, se encontró con la posibilidad de ser viuda, y le pareció una excelente idea. Y en realidad, hasta el momento había funcionado.</p>
<p>Le pregunté si no se había dado cuenta del error, y me dijo que sí, en el mismo momento en que le leyeron esa carta que me había enseñado, porque nadie jamás hubiera hablado en esos términos de Tomás Segorbe Fernández. Pero no se lo dijo a nadie, siendo la única vez en su vida en que había dicho una mentira. Menudo embuste fue a elegir.</p>
<p>Pero el hombre, en efecto, no sólo había sobrevivido a la guerra, sino que había regresado a su casa en Toledo, harto de dar tumbos, y se había encontrado con que su familia ya no estaba allí. Se había cambiado el nombre, quién sabe con qué artes, para que no le acusaran de desertor, pero encontró a sus hijos, a través de los cuales averiguó dónde paraba su mujer, y le había parecido buena idea hacer el viaje hasta Madrid para pedirle dinero. La había encontrado hacía unos días, pero me dijo que no había pasado de insultarla por vivir a solas conmigo. No obstante, en esta ocasión le había quitado el dinero de la compra y como no tenía más, le había dado unas bofetadas y agarrado del cuello, volviendo por sus fueros.</p>
<p>Según me contó Prado, vivía con una mujer llamada Justina Molero, que tenía tan poco oficio o beneficio como él. Y entonces todo conectó en mi cabeza. Justina Molero era la hermana de Francisca Molero, la madre de mi hijo Miguel. Necesitaban dinero y querían chantajearme a mí o a Prado, pero no teníamos nada que ofrecerles. Era un problema añadido a todos los demás. Debía solucionar mis asuntos y marcharnos de Madrid cuanto antes. En cuanto al tal Tomás, como marido de ella que era ante Dios y los hombres, no podía ser contestado. Le recomendé a mi sirvienta que fuera a comprar temprano, ya que ningún borracho madruga, le dije para consolarla que no le restaría el dinero robado de su paga, que de todos modos le debo, y le prometí que nos iríamos en cuanto fuera posible.</p>
<p>Un día después, que Prado había utilizado para llorar por cada rincón de la casa hasta mi hastío, ya había informado a Ricardo de mi propósito de retornar a Toledo, y él me había comunicado su decisión de permanecer en Madrid para cursar la carrera de Medicina, de lo que me alegré. Había conocido a una chica, me dijo ruborizado, le habían contratado como botones en el edificio de la Compañía Telefónica, y quizá pudiera sufragar sus estudios y mantenerse a la vez. Le deseé buena suerte, pues no podía hacer más por él.</p>
<p>El día 3, como digo, llegué a la consulta del doctor Lamata, con la intención de ponerme a su disposición para lo que quisiera mandar, y él me estaba esperando. Me hizo pasar a su despacho, donde una ventana abierta dejaba pasar un aire de fuego veraniego, y en voz queda, en su calidad de albacea, me comunicó que gracias al certificado de defunción de don Álvaro, aunque no consideraba conveniente hacer un funeral público, había abierto el testamento. Me había nombrado su heredero casi universal. Dejaba unas disposiciones sobre la consulta médica, y una bonita cantidad líquida para hacer frente a los gastos de transmisión de la herencia, pero incluso así, me había obsequiado con un capital completamente descomunal para un médico de pueblo como yo. Si lo manejaba con un poco de inteligencia, mi futuro y el de mi familia estaban garantizados.</p>
<p>Tardé unos momentos en reaccionar. La sorpresa me había arrebatado las palabras ante este increíble giro de la rueda de la Fortuna. Me levanté de la silla y me asomé a la ventana del despacho, maravillado por la increíble generosidad de mi mentor, por la bendición que tuve de que me pusieran a sus órdenes, y por su decisión de no haberme mencionado jamás tal extremo. Y le lloré de nuevo, infinitamente agradecido por su protección y cariño, y echándole de menos como no atiné a hacerlo con mi auténtico padre, y como no tuve tiempo de hacer con mi tío.</p>
<p>Durante los días siguientes, los otros problemas se me borraron de la mente, mientras el doctor Lamata se convertía en Vicente para mí. Pude apreciar en él las virtudes que sin duda le vio don Álvaro, siendo la mayor de ellas la inteligencia, y la segunda, la rapidez de raciocinio. Qué bien nos hubiera venido un hombre como él en el frente. Hicimos recuento de las propiedades del doctor, entre las que, por supuesto, se encontraba el piso, además del arriendo de parte de un edificio de viviendas en el barrio de Tetuán, varios terrenos en las afueras, campos de cultivo, diversas inversiones e incluso una pequeña bodega en la provincia de Toledo. Dimos orden de vender algunas propiedades, de hacer algunas inversiones y Vicente me arrastró ante el notario para otorgar un testamento para mi familia, en el que le nombré albacea. Hasta este momento, no he tenido la oportunidad de comunicarle a mi mujer que tiene el futuro resuelto, ella y nuestros hijos, para siempre.</p>
<p>Eso, siempre y cuando consiguiera solucionar algún detalle que otro. Una mañana, llamaron a la puerta de mi casa con malos modos. Prado fue a abrir, y se encontró con que dos individuos ciertamente inquietantes se le habían colado en el recibidor antes de que se diera cuenta. Preguntaron por mí, que al oírles abandoné mi desayuno y me presenté aún sin chaqueta, para encontrarme a los dos hombres que me habían interrogado hacía unas semanas en mi despacho de la universidad. Despedí a Prado y les invité a pasar al comedor, donde mi desayuno se enfriaba. Bajé el volumen de la radio y me puse a su disposición, haciéndoles notar que ya no trabajaba en la universidad y que no tenía nada pendiente con ellos.</p>
<p>No pareció importarles. Empezaron a hacerme de nuevo preguntas sobre mi familia, sobre mi relación con Prado, si tenía amigos… Rehusé responderles y quise saber quién les enviaba, pues aunque no se lo dije, mi contacto en la tetería me había informado de que en la ocasión anterior, el incitador de su presencia en mi despacho había sido Pascual Bravo y yo había dado por aclarado ese capítulo. Pero uno de ellos se abrió la chaqueta y me mostró, delicadamente bordado en su pechera, el símbolo del yugo y las flechas.</p>
<p>Al igual que pasó con el señor Herranz, Pascual Bravo había lanzado los perros sobre mi rastro, y aunque nuestras diferencias fueran inexistentes, nada podría apartarles de una posible presa. Era cuestión de tiempo. Reconozco que me asusté, y opté por desviar la atención y darles un poco de pena. Comenté el reciente fallecimiento de mi padrino, mi cese fulminante de mi puesto de trabajo, y que mi mujer estaba con sus padres debido a su estado y que ardía en deseos de reunirme con ella en cuanto cerrase mis asuntos en la ciudad, asegurándoles que saldría de Madrid en breve para no volver nunca jamás.</p>
<p>Esto pareció satisfacerles y uno de ellos me señaló que los aires de los Montes de Toledo le sentarían muy bien a mi salud. Entendí perfectamente su insinuación, pero el otro se rió entre dientes y mirándome con burla, me dijo que si tenía tanto aprecio a la tierra toledana, podían conseguir que permaneciera en ella para siempre. Se me heló la sangre, la verdad, porque no sabía si interpretar que podían conseguir que no saliera de Toledo profesionalmente o si me iban a enterrar en cualquier cuneta. Temí por mi familia, y de nuevo me alegré de estar separado de ellos. Por fin, conseguí que se fueran de mi casa. Desde ese día, aceleré los trámites de la herencia para poder partir cuanto antes, planeando el viaje para hoy, día 20.</p>
<p>Ocupados en esto, llegó la festividad de Santiago y se celebraron algunos festejos, pero todo estaba preparado para el día grande: el 18 de julio. Ahora lo llaman “la Fiesta de la Exaltación del Trabajo”, pero es la celebración del aniversario del día en que el sueño republicano terminó y medio país cayó sobre la bota del otro medio. Dos años ya. Se me han hecho tan cortos como largos. Tengo la sensación de que las sombras de aquella guerra fratricida se alargarán décadas en el tiempo, pero a la vez serán pisadas, como todas las sombras, por gente que se olvidará de su presencia, pero que tendrá los pies fríos sin saber por qué.</p>
<p>Debo interrumpir mi carta, amigos míos, pues el marchante llega para recogerme. Espero veros en unos días, pero ya que daremos un rodeo para evitar las principales poblaciones, envío esta carta por otros medios más rápidos que mi persona para anunciaros mi pronta llegada. Querido Luis Miguel, aguanta. Quiero darte un abrazo cuando te vea.</p>
<p>Vuestro amigo que lo es,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Carta 38: De Emilio a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Sat, 24 May 1941 20:36:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 24 de mayo de 1941</p>
<p>Mi estimado amigo Dalmacio:</p>
<p>Te escribo la presente sin saber muy bien si es de día o de noche, y ni siquiera estoy muy seguro de que sea sábado. Me encuentro en un estado de agitación tal que podría temer por mi propia cordura, si no supiera que cuanto ha sucedido ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 24 de mayo de 1941</p>
<p>Mi estimado amigo Dalmacio:</p>
<p>Te escribo la presente sin saber muy bien si es de día o de noche, y ni siquiera estoy muy seguro de que sea sábado. Me encuentro en un estado de agitación tal que podría temer por mi propia cordura, si no supiera que cuanto ha sucedido es verdad. No tengo más que mirar a mi alrededor, o escuchar los sonidos de la casa, para asegurarme de que todo ha ocurrido.</p>
<p>Elena me ha abandonado, Dalmacio. Se ha llevado a los niños y se ha ido con sus padres. Se había llevado a Prado, pero ahora me la ha devuelto porque considera que soy un incapaz que no sé cuidar de mi persona. Es probable que tenga razón. La mucama llegó ayer y me encontró barbudo, insomne y agotado, sentado a la mesa del comedor, con la carta que me dejó escrita arrugada entre las manos. Consiguió acostarme y ha conseguido levantarme, pero no hace más que llorar y me es hostil como un enemigo. Tiene el convencimiento de que todo es culpa mía y no soporta estar separada de los niños. Pero aquí la tengo, leal hasta el fin. Aunque me temo que es más leal a mi mujer que a mí.</p>
<p>Así que he resuelto escribirte para ver si el rasgueo de la pluma sobre el papel consigue amortiguar sus sollozos y sus refunfuños, que casi me están volviendo más loco que el silencio en la casa. No escucho a los niños, no oigo a su madre cantándoles, no siento los sonidos de mi vida. Es como lo que suena tras una batalla: la nada.</p>
<p>A ratos no puedo contener mi tremenda indignación. Pienso que se ha ido, que me ha abandonado, que ha rechazado mi protección, que se ha llevado a mis hijos y se me llevan los demonios, monto en cólera, me arde la sangre y prorrumpo en maldiciones y blasfemias. Arrojo papeles por los aires y derribo figuritas que no nos pertenecen con aspavientos, jurando que ha de volver arrastrándose, que la voy a denunciar y la haré detener y bramando que es una desagradecida a la que no le ha faltado cuanto ha estado en mi mano; luego se me agota el combustible y me doy cuenta de le he faltado yo. He sido un imbécil. He traicionado todo por lo que hicimos una guerra, he bailado al son del nuevo poder en una carrera de galgos en la que he dejado atrás a mi familia, he perdido mi origen y mi norte, y me merezco que me haya dejado. Soy un miserable y un sandio.</p>
<p>También, debo reconocerlo, estoy sorprendido. Y dolido. Y herido en mi orgullo masculino, maldita sea. Y pienso si no estará mejor sin mí, yo corriendo en pos de una posición y sin poder prestarle la atención que requiere. Y encima está encinta de nuevo, Dalmacio. Tan pronto. Me preguntaría cómo puede haber ocurrido si no supiera la respuesta.</p>
<p>Además, estoy cansado. Estoy muy cansado. De todos estos meses, de la tensión de sacarlos adelante. El reciente y rápido viaje ha consumido asimismo gran parte de mis energías, a decir verdad, y ahora mismo hay una parte de mí que está convencida de que ella ha hecho lo mejor para los dos. No dejo de darle vueltas y me doy contra las paredes, como un pajarito que se hubiera colado en una casa por accidente. No consigo concentrarme, cambio de actividad a cada rato y todo lo dejo a la mitad. Creo que lo mejor que puedo hacer es salir a dar un paseo y despejarme. Cuando vuelva continuaré mi carta, amigo mío.</p>
<p>Ha pasado un día desde los párrafos anteriores, compañero, y ha ocurrido algo que me inquieta sobremanera. Antes de poder contártelo, debo ponerte en antecedentes. El aire de la Quintana nos ha dado para largas conversaciones, pero como apenas he tenido tiempo de poner los pies en esta casa, no he tenido oportunidad de describirte ciertas particularidades que tiene.</p>
<p>No sé quién es el propietario de este enorme piso, pero indudablemente tuvo que salir corriendo con lo puesto. Hay ropa en los armarios, platos en las alacenas, cubiertos en los cajones, papeles en el escritorio. Afortunadamente, no quedaba comida en la despensa, pero se pueden encontrar hasta los trapos de cocina. Tengo cierta sensación de intrusión en una vida ajena. Hemos recogido lo que nos ha parecido más íntimo, lo hemos metido en maletas y cajas y hemos reservado una habitación de las muchas que hay como almacén. No obstante, cada vez que abrimos un cajón o una puerta, es probable que aparezca algo que no nos pertenece.</p>
<p>Por otro lado, como la Prado no me hablaba, había desarrollado el sistema de rezongar en voz alta pero sin dirigirme la palabra, para que yo escuchara sus pensamientos pero sin dar su brazo a torcer. Por supuesto, tiene las ideas muy claras: todo es culpa mía y debo correr en pos de mi mujer, postrarme a sus pies y suplicarle mil perdones. De vez en cuando se cansaba de farfullar y de llorar, y como no tiene mucho trabajo, pues un hombre solo y ella misma no le damos tanto trabajo como una casa con tres adultos y dos bebés, ha localizado la papelería de mi antigua consulta en la Cuesta de los Capuchinos de Toledo, que ya no puedo utilizar más que para mi correspondencia privada o cortándole el membrete, y con un trozo de carbón de la cocina llena hoja tras hoja de dibujos. En esos momentos, en mi casa no se oía nada, sólo el roce del carbón contra el papel y luego unos espurreos de leche sobre las obras recién creadas. Y ese silencio me desquiciaba los nervios.</p>
<p>Así pues, cuando ayer dejé a medias mi carta y abandoné el cuarto que, una vez instalados, será mi despacho (y ahora que lo pienso, me pregunto si realmente quiero seguir viviendo aquí), pasando al comedor con la intención de irme a la calle a dar un paseo, cambié de idea sobre la marcha y quise descubrir si en el aparador del comedor, los propietarios del piso habían dejado alguna botella de coñac o algo que pudiera elevarme un poco el ánimo. Cuál fue mi sorpresa al abrir las puertas del mueble y encontrarme un receptor de radio Crosley Conqueror en perfecto estado de funcionamiento.</p>
<p>Naturalmente, al oírme trastear con el aparato, y no sin resistirse heroicamente cuanto pudo, apareció Prado en el umbral de la puerta. Jamás habríamos podido permitirnos las mil pesetas que cuesta un receptor de radio, y debido a la falta de práctica me costó familiarizarme con los mandos del receptor. Cuando por fin pudimos escuchar la voz de Celia Gámez cantando por toda la sala, puso cara de haber visto el Santo Advenimiento. Eso me sirvió para reconciliarme un poco con ella, conseguir que me hablase, en monosílabos, eso sí, y para congraciarnos le pedí que me enseñara sus dibujos y si había hecho algún avance con la escritura.</p>
<p>Abandonó a Celia Gámez con desgana, pero cuando le prometí que luego podría escuchar el radio cuanto quisiera, se avino a enseñarme sus últimas creaciones. Una de ellas era el rostro de un hombre algo abotargado, sin duda amigo de la botella, con la nariz bulbosa pero con el pelo frondoso y los ojos claros, que en algún momento de su primera juventud debía de haber sido guapo. Le pregunté quién era y me dijo que era su difunto marido, a quien dibujaba porque en su reciente viaje a Toledo, acompañando a mi mujer, había visitado a sus hijos y éstos le habían pedido un retrato del creador de sus días. Lo observé con atención, pensando en cómo esa mala bestia de hombre podía haber maltratado a esta buena mujer de esa manera, y ahí quedó la cosa. En cuanto a la escritura, no hay avances.</p>
<p>A partir de ese momento, el silencio ha sido desterrado de esta casa. Las coplas de Conchita Piquer, las marchas militares y los seriales de Radio Nacional han sustituido a los murmullos indignados y a los sollozos sofocados. No obstante, Prado de vez en cuando recuerda que está enfadada conmigo y me responde con gruñidos. Yo, por mi parte, empezaba a considerar la posibilidad de tragarme el orgullo y escribir a mi esposa para tantear el terreno. No tengo ninguna intención de presentarme allí y encontrarme con que me cierran la puerta en las narices. No pienso consentir, además del abandono, humillación.</p>
<p>El caso es que esta mañana, dado que no he conseguido dormir, como viene siendo mi costumbre, he decidido ir a la primera misa del día. Me he acercado al barbero a afeitarme mis barbas de náufrago y he querido seguir con mis rutinas como si nada hubiera pasado. Y mientras me dirigía a la iglesia, de nuevo me ha empezado a picar el cogote. Sin duda, me estaban siguiendo de nuevo. Me giré, buscando con la mirada a la mujer de la que te hablé, la hermana de Francisca Molero, pero allí no había ninguna mujer, sino un hombre medio escondido. Por un momento, me recordó al dibujo que Prado me enseñó anoche, a su difunto marido. Como todavía no tengo noticia de que los muertos regresen de la guerra, no le he dado más importancia y he entrado en misa. Pero de nuevo, ha sonado esa alarma en mi interior, aunque no tengo motivos reales para inquietarme. No obstante, estoy extremadamente inquieto. Quizá es mejor que Elena y los niños estén alejados de aquí.</p>
<p>A la salida, he considerado la conveniencia de acercarme a visitar a mi amigo Luis Miguel en casa de mi mentor, pero se me ha ocurrido que quizá su padre, con quien, como te conté, mantiene mala relación, me haya puesto vigilancia para encontrar al hijo, y esa vigilancia se personifique en el hombre que he visto esta mañana. Cómo querría poder bajar la guardia, aunque fuera unos días… Cuando miraba en derredor buscando a mis seguidores, sin éxito, por cierto, casualmente he coincidido con el doctor Vicente Lamata, que es quien se ocupa de la consulta de mi querido don Álvaro durante su ausencia, y con quien, Dios mediante, compartiré conocimientos y emolumentos en un futuro más o menos cercano. Iba acompañado de su esposa, Margarita, y quisieron invitarme a un chocolate para celebrar tan inopinado pero oportuno encuentro.</p>
<p>Así que nos hemos acercado a la tetería Embassy, que queda tan cercana, y mientras esperábamos a que nos trajeran el desayuno me han preguntado por mi esposa. He improvisado la excusa de que se ha ido a pasar unos días con sus padres, que echaban de menos a los niños, y cuando he mencionado a los pequeños he visto pasar una sombra por la mirada del doctor, mientras que su mujer parecía extremadamente interesada en lo que ocurría en la calle a través de los cristales. He intentado ser discreto preguntando, hasta que Margarita se ha vuelto hacia él y le ha pedido que, ya que seremos socios, era mejor que lo supiera y por tanto, me lo contase.</p>
<p>Resulta que la pareja se casó en 1932, pero no congeniaron y además, no conseguían tener hijos. Así, bajo las leyes de la República, se divorciaron amistosamente en 1935 y cada uno se fue por su lado. El doctor Lamata volvió a casarse con otra mujer y tuvo dos hijos con ella. Pero entonces la República cayó, y con ella, sus leyes. La ley del divorcio fue anulada, así como todos los divorcios que se habían realizado bajo su amparo. Sus hijos pasaron a ser ilegítimos, y los miembros de una pareja que habían decidido que estaban mejor cuando no estaban juntos, se encontraban unidos para todos los días de su vida. Por su parte, la segunda mujer había pasado a ser madre soltera. De un plumazo.</p>
<p>Incrédulo, he preguntado los términos en los que han establecido la nueva situación, y el doctor me ha contado que, en pro de su carrera médica, han decidido aparentar y la pareja oficial ha vuelto a compartir techo, aunque mantiene a su segunda mujer y a sus hijos, a los que visita cuando puede. Por su parte, Margarita tiene libertad para hacer lo que guste siempre que no dé escándalos. En cuanto a la posibilidad, que a ella le habría sido muy agradable, de hacerse cargo de los niños, la segunda esposa ha manifestado su férrea oposición, así que por esa parte no hay nada que hacer. De ahí su tristeza al mencionar a los niños: ni tienen, ni pueden criar juntos a los hijos de Lamata.</p>
<p>También me han hecho notar que cualquiera que no se haya echado a Prado a la cara podría murmurar acerca de la conveniencia de que un hombre solo comparta techo únicamente con la criada. No obstante, su mandíbula torcida, su nariz mal soldada y la piel marcada de acné o viruelas le quitan todo el atractivo. De todos modos, me han advertido acerca de los rumores. En este punto tan delicado de mi carrera, cuando espero un nombramiento, no debo dar de qué hablar. Quiero que mi mujer vuelva a vivir conmigo y se traiga a mis hijos porque es conveniente para mí, pero me pregunto si es conveniente para ellos.</p>
<p>Estas son las cuitas que me afligen, amigo mío. Mañana regresaré a mis clases y a preparar los exámenes finales, y mientras, decido si en cuanto tenga un día libre me subo a mi mula y me voy a buscar a mi mujer a Toledo.</p>
<p>Cuéntame cómo te encuentras de vuelta en la Quintana. Echo de menos esas praderas verdes y las montañas enormes que me hacen sentir pequeño pero libre. Por cierto, te envío copia de la instantánea que nos sacó el fotógrafo minutero en la feria de Marcenado.</p>
<p>Un abrazo de tu amigo que lo es,</p>
<p>Emilio.</p>
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		<title>Carta 34: De Covadonga a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Thu, 08 May 1941 17:58:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 27 de junio de 1939</p>
<p>Queridísimo hermanu:</p>
<p>¡Sabía que más tarde o más temprano, ibas a encontrar esta carta! Y también que te estarás preguntando&#8230; ¿qué hace mi hermana aquí cuándo debiera estar en Xixón1? Y seguramente, te habrá sorprendido que a tu regreso, la Quintana esté vacía. Y estoy convencida de que has ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Marcenado del Moire, 27 de junio de 1939</p>
<p>Queridísimo hermanu:</p>
<p>¡Sabía que más tarde o más temprano, ibas a encontrar esta carta! Y también que te estarás preguntando&#8230; ¿qué hace mi hermana aquí cuándo debiera estar en Xixón1? Y seguramente, te habrá sorprendido que a tu regreso, la Quintana esté vacía. Y estoy convencida de que has preguntado a nuestros vecinos, y también, que nadie te ha dado razón nuestra ¿verdad? Pues bien, por medio de estas líneas, voy a explicar cuáles son los motivos.</p>
<p>Pero antes, déjame que me desahogue un momento.</p>
<p>Bien, hermanu, ahora que ya sequé las lágrimas que inundaban mis güeyos2 impidiendo la visión y dificultando mi escritura, comenzaré a contarte que, en este momento de mi vida, en el que mi corazón está lleno de penas, he sentido la necesidad de hablar contigo. Al no poder hacerlo, pensé en escribir esta carta y contarte, como mejor pueda, los sucesos acontecidos hace escasos días.</p>
<p>Nadie como tú comprenderá mis sentimientos, y aunque lo que tengo que contarte no es motivo de dicha, sí espero que te llene de alegría, al menos un momento, el simple hecho de haber encontrado esta misiva, que con amor y cuidado he cobijado en este lugar secreto donde de guajes3 escondíamos nuestros pequeños tesoros, y donde no tenía ninguna duda que tú buscarías.</p>
<p>¡Ay, hermanu! ¡Qué mundo más injusto éste que nos ha tocado vivir! Las bombas y los tiros, que continuamente me pisan la sombra, ya forman parte de mi vida. Estoy harta de oír llorar a les guajes de hambre y frío. De notar las huellas en nuestros mayores, que de tanto llorar de rabia e impotencia, marcan surcos en sus rostros con saña. De los gritos desgarradores de hombres y mujeres, que no pueden impedir que se lleven a sus seres queridos a empujones y golpes. Estoy cansada, hermanu. Muy cansada.</p>
<p>Llevo meses escondida, huyendo de estos malditos fascistas que quieren acallar nuestras voces y doblegarnos bajo su yugo y sus flechas. Estos que han invadido mi tierra y han usurpado un gobierno legítimo, del que no podían soportar que permitiera que la clase trabajadora fuera capaz de salir adelante con democracia y libertad. Ellos, ahora, en lugar de respetarnos, igual que nosotros hicimos, han llenao las ciudades, los pueblos y aldeas de esta España, de pesar, llercia4, odio, y muerte.</p>
<p>Sí, Dalmacín; como seguramente ya imaginas, tuve que abandonar Xixón. Con la entrada de las tropas nacionales, no quedaba más que desaparecer si quería conservar la vida. Sabes cuál es mi carácter, y una vez en la fábrica, me signifiqué con la Unión General de Trabajadores. Con la República era normal, y no había ningún motivo para no hacerlo. Pero todo cambió, y aunque soportamos los ataques de los nacionales durante meses, una vez que Santander cayó, sabíamos que era cuestión de tiempo que Asturias entera lo hiciera.</p>
<p>Gracias a mi pertenencia al sindicato obrero conseguí salir de allí, pero por ese mismo motivo, ahora soy perseguida.</p>
<p>Una de las primeras medidas que tomaron los fascistas fue la de pedir informes de todas nosotras a la Jefatura de la fábrica. Allí, como en todos los sitios, también había personas afines al nuevo régimen que anhelaban ansiosos ese momento, y gracias a nuestros infiltrados en el Frente Nacional, supimos que iban a detener a todos aquellos que de alguna manera estábamos vinculados al movimiento obrero.</p>
<p>Tuvimos que ocultarnos donde pudimos, lugares y sitios de Xixón que jamás pensé que existieran. Gracias al riesgo que mis camaradas han corrido, he logrado llegar a esta nuestra casa tan querida. Desgraciadamente, otros muchos han pagado con la vida o con la cárcel su generosidad.</p>
<p>Compañeras de la Tabacalera me escondieron en sus casas durante un tiempo. Nunca podré olvidar todo lo que han hecho por mí. Desde el primer día en que entré por la puerta de aquella fábrica, donde el olor intenso del tabaco mojado raspó durante días mi garganta hasta que conseguí acostumbrarme a él, jamás me he sentido sola. Y como bien te digo, hasta el final han sido cómplices de mi cobijo. Pero ya no podía continuar allí más tiempo. Estaba arriesgando su vida y la de sus familiares. Las fuerzas nacionales y las cuadrillas de la Guardia Civil iban cercando las calles y asaltaban las viviendas de los trabajadores, a los cuales trataban como viles ladrones. Llegaban por la noche como raposus5 enfamiáus6, y levantaban de la cama a los nenus7, a los viejos y a los enfermos y los sacaban a la calle. Daba igual que hiciera frío o calor, que lloviera o no. Allí desamparados los tenían, hasta que registraban completamente les cases, las cuales dejaban totalmente descompuestas, como si por ellas hubiera pasado un vendaval.</p>
<p>Conseguí por fin disviar8 de allí, y he estado dos largos meses vagando por los montes. Sí, hermanu, conviviendo con maquis. Hombres indefensos, armados la mayoría de las veces con palos, fesorias9, hoces o cuchillos, que la mayoría de las veces utilizan para su supervivencia. Personas trabajadoras cuyo único delito cometido ha sido el de luchar por la libertad de un pueblo, y que, ahora, han de camuflar sus pobres cuerpos cansados, enfamiáus, helados y tristes, en los montes de esta nuestra patria querida. He dormido un sinfín de noches bajo los cielos oscuros donde ni la luna quería salir, donde los chaparrones que empapaban hasta mis huesos descendían rabiosos en forma de granizo y atizaban todas y cada una de las partes de mi cuerpo. He comido yerbas de todo tipo y animales muertos, que con suerte encontraba y que debía asar como buenamente podía sobre cuatro palines que me costaba prender una barbaridad. Así, de esta manera que ahora al describirte me parece tan dura, he llegado hasta nuestro hogar.</p>
<p>Pero no puedo sentirme orgullosa de ello. No, hermanu, no puedo. Llegar a nuestra Quintana ha sido lo peor que pude hacer. Firmé con ello la sentencia de muerte de nuestra familia. Jamás debí dejar que mis ideas políticas fueran descubiertas. Quizás si hubiera sido una cigarrera más, los acontecimientos que voy a relatarte nunca hubieran sucedido. Es tal mi pesar, mi pena, mi arrepentimiento y mi desolación, que en más de una ocasión he estado a punto de quitarme la vida. Pero he descubierto, hermanu, que soy una cobarde.</p>
<p>No sé cómo pude pensar que en nuestra casa iba estaba a salvo. ¡Qué ciega estuve, y qué inocente fui! Cientos de veces los camaradas me advirtieron que no debía fiarme de nadie. Pero lo hice. Y deseo con todo el odio que mi corazón alberga que cuando estés leyendo esta carta, ese delator malnacido haya muerto, y su cuerpo haya sido devorado por los animales. Te preguntarás por qué, ¿verdad?</p>
<p>Eran cerca de las cinco de la mañana cuando llegue a Marcenado, con la llercia en el cuerpo por ser descubierta. Decidí pedir cobijo en la iglesia hasta que la noche volviera. Sabía por madre, que la relación con Don Roque era buena. ¿Pero cuál fue mi sorpresa? El cura no estaba. En su lugar uno joven, párroco de Somiedo creo, desempeñaba sus quehaceres. Don Sebastián se llamaba. Me contó que Don Roque tuvo que partir para su tierra. Su hermana estaba enferma y urgía ir a verla. ¡Maldito cura fascista, el tal Sebastián!</p>
<p>Me acogió con cariño y me procuró escondite en un cuarto oculto que hay en la sacristía. Cuando la noche cayó, abrió la puerta y me sirvió un pocillo de leche caliente cargado de sopas, como aquéllas que madre nos daba las noches frías de invierno, ¿recuerdas? Agradecí aquel gesto como una niña, y besé sus manos una y otra vez. Ahora vomito sólo de pensar que mis labios rozaron aquellas manos asesinas y traidoras.</p>
<p>Me prestó una de sus sotanas, y me facilitó una mula para que pudiera recorrer los kilómetros que me faltaban hasta la Quintana.</p>
<p>Pero&#8230; ¡Cómo me engañó!</p>
<p>Llegué de madrugada. Madre, como siempre, ya trasteaba por la cocina y atizaba el llar10 con gana, y Padre metido en la cuadra, catando11 las dos vaques que al pobre hombre le quedaban. Preferí entrar a saludar a nuestro padre primero. No puedes imaginar la alegría que le produjo verme. Se le llenaron los ojos de lágrimas, jamás le había visto llorar. Al verle así, yo misma me emocioné y me asusté; por un momento, pensé que habías muerto, hermanu. Abrazados estuvimos un ratín, pero la voz ronca y prepotente de un guardia civil motivó la separación de nuestros cuerpos. Padre me pidió que me escondiera.</p>
<p>Si miras en la cuadra, verás que tras los pesebres hay una pizarra suelta. Si la quitas, encontrarás un furaco12 que Padre tenía preparado. Pensando seguramente en la necesidad de escondernos a cualquiera de los dos, él mismo la construyó.</p>
<p>Padre salió, requerido por la Guardia Civil. Preguntaban por la mula. Bueno, por el animal y por mí. Nuestro padre les dijo que no sabía cómo había llegado hasta allí, y en cuanto a mí, que no tenía noticias, tal y como les venía diciendo todos los días.</p>
<p>Escuché cómo la pareja se alejaba, llevándose la mula. Al rato, Padre quitó la pizarra que cubría la entrada al zulo y me ayudó a salir. Junto a él, nuestra madre me esperaba fuera. Estaba tan nerviosa y asustada que apenas me saludó. Lo único que me decía era que no saliera de allí, que mi vida corría peligro, que llevaban meses preguntando por mí. Conseguí tranquilizarla.</p>
<p>Acordamos que me escondería en aquel oscuro, húmedo, frío y desolado furaco, a la espera de que las cosas se calmaran. Y así estuve durante días. Madre me avisaba para comer y cenar. Y era precisamente por las noches cuando podíamos conversar tranquilamente, ya que no era habitual la visita de la pareja de la Guardia Civil a esas horas. Pero una noche, cenábamos tranquilamente cuando escuchamos el trotar de unos caballos. Corrí a mi escondite y escuché lo que en el exterior sucedía. ¡Ay, hermanu! ¡Cuánto me cuesta escribir estas letras que aún están pendientes!</p>
<p>Eran dos militares que, acompañados del cura fascista, preguntaron como cada día si sabían de mi paradero. En cuanto nuestro padre contestó, don Sebastián le indicó que mentir era pecado, y que él era sabedor de que lo estaba haciendo. Se subió de nuevo a la mula y se marchó.</p>
<p>Uno de los militares bajó del animal y prendió a nuestro padre, mientras el otro le apuntaba con su pistola. Madre, asustada, salió de la cocina y rogó que no se lo llevaran. Le sujetaron por las manos y agarraron la cuerda al caballo. Madre, desconsolada, envuelta en un mar de lágrimas al ver que se llevaban a su marido, se asió a la pata del otro caballo. Desde arriba, con la fusta, el militar le sacudía con todas sus ganas. Madre no se soltaba y él seguía atizando con fuerza a Madre Brígida. Uno de esos golpes lo recibió el caballo y salió al galope. Nuestra querida madre salió despedida y su cabeza golpeó bruscamente sobre el lavadero.</p>
<p>Yo, hermanu, seguía allí metida. No podía hacer nada. Tampoco era consciente de la gravedad; más bien pensé que también se la habían llevado, ya que nada escuchaba. Esperé un tiempo prudencial. Cuando el silencio tomó de nuevo la noche, abrí mi escondite y salí.</p>
<p>Jamás imaginé que iba a encontrar aquella estampa. Allí yacía nuestra queridísima madre, envuelta en un gran charco de sangre y con la cabeza abierta por completo. Podían verse hasta sus sesos, hermanu. Por más que intente reanimarla, ya era tarde. Seguramente murió al instante.</p>
<p>Después de un rato, conseguí reponerme de aquel duro golpe. Cubrí el cuerpo de madre con una manta, cogí el pico y la pala y busqué un lugar donde enterrarla. Lo siento, hermanu, pero&#8230; ¿Qué iba a hacer? No podía dejarla allí tirada a la espera de que alguien la viera, o de que algún animal desgarrase su cuerpo. Por eso, me dirigí hasta el carbayu13 que está a la derecha de la cuadra y cavé bajo el mismo la tumba de nuestra amada madre. Pero eso no es todo, hermanu. No me apetecía volver a mi refugio y decidí hacerlo a la habitación de nuestros padres. Puedo asegurarte que lloré tanto aquella noche que ya no tengo lágrimas. Mis güeyos se han secado por completo.</p>
<p>Por la mañana, desde la ventana del desván, columbré14 que una pareja de la Guardia Civil volvía. No corrí, ni me escondí, ni tan siquiera me molesté en apartarme de aquella ventana. Ya todo me daba igual.</p>
<p>Desde el lugar donde estaba, escuche la conversación que mantenían. Sentí como revolvían la casa. Buscaban a Madre. Al fin, descubrieron la fosa. Luego les oí decir:</p>
<p>-Y a ésta&#8230; ¿Quién coño la ha enterrao?<br />
-¿Quién va ser? La puta roja de la hija. Pero seguro que ya está lejos. Vamos.<br />
-Bueno, pues dos menos. Ya sabes que al Colás esta mañana le dieron &#8220;matarile&#8221;.</p>
<p>Si, Dalmacio, así es. Nuestros padres murieron por mi culpa. Por salvar mi vida, perdieron la suya. Lo siento, hermanu. Espero que algún día seas capaz de perdonarme. Lamento que mi despedida sea tan escueta pero&#8230; no puedo seguir escribiendo.</p>
<p>Ahora me dispongo a partir. No sé cuál es mi destino, y aunque así fuera, no te le diría. No quiero que tú también tengas problemas. Algún día, hermanu, estoy convencida, la libertad volverá a nuestro país, y tú y yo nos tomaremos unos culinos15, lloraremos recordando nuestras batallas, y contaremos los horrores de esta guerra para que jamás se repita.</p>
<p>Que la Santina te cuide, hermanu.</p>
<p>Tu hermana que te adora,</p>
<p>Covadonga Argüelles Sella</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Palabras asturianas</p>
<p>1 Xixón: Gijón<br />
2 Güeyos: Ojos<br />
3 Guajes: Niños<br />
4 Llercia: Miedo<br />
5 Raposus: Zorros<br />
6 Enfamiáus: Hambrientos<br />
7 Nenus: Niños pequeños<br />
8 Disviar: Abandonar un lugar, partir<br />
9 Fesorias: Azada<br />
10 Llar: Lumbre<br />
11 Catar: Ordeñar el ganado<br />
12 Furaco: Agujero<br />
13 Carbayu: Roble<br />
14 Columbre: Divisar<br />
15 Culinos: Vaso de sidra</p>
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		<title>Carta 29: De Emilio a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Apr 1941 22:44:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 16 de abril de 1941</p>
<p>Querido amigo Doroteo:</p>
<p>Me alegro mucho de tener noticias tuyas, y de saber que, dentro de tus afecciones, la ventura te acompaña. Han pasado muchas cosas desde la última vez que recibí carta tuya, allá por principios de marzo, tanto en tu casa como en la mía. Tantas, que me guardaré ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 16 de abril de 1941</p>
<p>Querido amigo Doroteo:</p>
<p>Me alegro mucho de tener noticias tuyas, y de saber que, dentro de tus afecciones, la ventura te acompaña. Han pasado muchas cosas desde la última vez que recibí carta tuya, allá por principios de marzo, tanto en tu casa como en la mía. Tantas, que me guardaré alguna para cuando hayas abandonado esas instalaciones, cosa que no dudo ocurrirá con rapidez, dado que tu estado normalmente es bueno y que tus dolencias mentales parecen haber desaparecido.</p>
<p>Con la presente te mando un ejemplar de Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós. Se lo trajeron a un paciente del hospital que salió con los pies por delante, y cuando su familia recogió sus enseres, el libro ahí se quedó. Sé que no es tu género preferido, pero con la escasez de papel que hay, se agradece cualquier lectura. Yo estoy demasiado ocupado para la lectura recreativa y he pensado que te vendría mejor a ti, aunque considero que estarás bastante entretenido con los textos que te ha facilitado el doctor Rodríguez Casares. Le escribiré para solicitarle detalles sobre tu caso tan pronto termine estas líneas.</p>
<p>Si bien considero que ese sitio, La Cadellada, no es el idóneo para ti, sí considero que tiene ciertos beneficios, pues te alimentarán regularmente y tendrás compañía, de cuya ausencia proceden tantos de tus males. Me tranquiliza que me hayas hecho saber tus circunstancias. No obstante, cuando el doctor Rodríguez Casares me comente ciertos extremos podremos hacer un diagnóstico más preciso acerca de tu situación. Bien sabes, amigo mío, que te tengo siempre en mente.</p>
<p>Ahora ya tengo un poco más de tiempo porque por fin he conseguido terminar el trabajo que me tenía tan ocupado y que espero que me abra las puertas de la consulta clínica del doctor Jiménez Díaz. Ayer mismo, martes, lo presenté frente a un comité formado por parte de los catedráticos de la propia facultad y el mismo doctor Jiménez Díaz, en una exposición que duró varias horas, y ahora estoy esperando que me transmitan el veredicto. Te lo haré saber cuando me lo digan.</p>
<p>Durante toda esta recién pasada Semana Santa, ya que todos los entretenimientos estaban cerrados y hasta está mal visto salir a pasear en esta preciosa primavera debido a la muerte de Cristo crucificado, no he hecho otra cosa que dar los últimos toques a mi trabajo y, por supuesto, dejarme ver al acudir a alguna procesión con mi mujer y con Prado, quien lleva en tales ocasiones un breviario estrujado en las manos aunque todavía no consiga soltarse con lo de leer. El pequeño Miguel ha estado pachucho y nos lo ha contagiado a todos, a ella la primera, naturalmente, y era cómico verla con sus finos guantes de encaje, que le vienen pequeños en sus manos enormes de trabajadora, empuñando con una mano una vela para acompañar el paso y con la otra, un pañuelito con el que se contenía las velas, de las otras, que le manaban de la nariz, bajo una teja con mantilla prestada sobre su rostro de boxeador. Qué buena es esta mujer.</p>
<p>Debo reconocer que para este trabajo he explotado sin pudor tanto a mi mancebo Ricardo como a la Prado, al uno como amanuense y como comprobador de detalles y a la otra como ilustradora, si bien hemos encontrado el pequeño problema de que no se apaña con la plumilla y que lo suyo es el carboncillo, lo cual no es óptimo para la reproducción impresa. Además, se asustó mucho cuando quise asomarla a un microscopio para que viera las células de la piel, costó que pudiera enfocarlas con los problemas de visión que padece, y cuando conseguimos que las viera dijo que parecía una plaga de bichos y procedió a rascarse como si fuesen pulgas subiendo hasta ella por el visor del aparato. Por fin, robándole tiempo al cuidado de mis hijos, conseguí que me hiciese un par de dibujos con punta seca que no acababan de salirle bien, porque indudablemente recordaba más a ese arte que llaman abstracto que está de moda en Francia que a algo real y palpable, pero por lo menos he conseguido ilustrar bonitamente algunas páginas de mi presentación, lo que espero sea del agrado del tribunal.</p>
<p>Lo que sí se le ha dado bien ha sido dibujar las efigies de algunos de los pasos de esta Semana Santa, en el vuelto de los papeles que consigo rapiñar de la facultad para ella. Los tiene guardados con tanto mimo como si fueran los propios pasos, en un sagrario que se ha hecho debajo de su cama. Debo reconocer que he padecido un brote de devoción y he aprovechado para rezar a las imágenes, y para pedir por vosotros, por mis amigos, por mi familia, por mí mismo. Además, tuvo lugar un acontecimiento algo inquietante que en principio no parece tener ninguna importancia, pero que no consigo sacarme de la cabeza.</p>
<p>Quisimos acudir el Viernes Santo a la Procesión del Silencio, que empezaba de noche sacando a la Virgen de las Angustias desde el Oratorio del Olivar, que queda cerca de la facultad de Medicina. Hay que reconocer que los devotos han aprovechado el tiempo desde que acabó la guerra para embellecer sus templos y sus imágenes hasta rivalizar en espectáculo unos con otros con el entusiasmo del converso, y dispusieron las procesiones de modo que la del Silencio realmente eran cuatro simultáneas, que confluían en la plaza de la Cibeles. Dejamos a los niños al cuidado de nuestra vecina Juliana y allí nos fuimos con todo el mundo, con nuestros cirios y mejores galas, naturalmente, un gentío silencioso que seguía el interminable paso con la mayor devoción, al tiempo que se dejaban ver y saludaban de lejos a vecinos y conocidos.</p>
<p>Ya en Cibeles, donde se juntó una enorme aunque organizada multitud, en la Hermandad de San Isidoro me encontré con el ingeniero Eduardo Torroja y su subordinado Pascual Bravo. El primero se alegró de verme y me saludó, haciendo referencia a que el próximo año esperaba verme entre sus filas, mientras que el segundo apenas hizo un gesto en mi dirección y puso mala cara cuando escuchó la invitación de su jefe. No sé qué le habré hecho yo a este hombre para que me tenga tanta antipatía.</p>
<p>Pero fue allí, en el momento de mi epifanía devota, entre luces de lumbre, calor humano, noche cerrada y patinazos sobre la cera de los cirios sobre los adoquines, cuando me empezó a picar el cogote. Sin duda alguna, alguien estaba clavando los ojos en mí. Busqué a mi alrededor y por fin localicé un rostro entre la gente. Una mujer, de grandes ojos oscuros y con la cabeza cubierta con un pañuelo, me miraba fijamente. Por un momento, me sonó familiar, pero no fue más que un instante, ya que, cuando se dio cuenta de que la había visto, se escabulló en la aglomeración.</p>
<p>Seguimos al paso mientras yo buceaba en mi memoria, buscando ese rostro. No siempre consigo recordar las caras de los pacientes, pues a menudo me importa más la dolencia que la fisonomía, pero en general tengo buena memoria. Tanto me concentré, que mi esposa tuvo que sujetarme de un brazo para dirigirme entre la gente y no perderme. Creí que había visto esa cara, pero no estaba seguro. Era como si la recordara pero nunca la hubiera visto. Por una parte, algo me decía que debía alarmarme, pero por otra, no conseguía encontrar la causa de tal alarma.</p>
<p>Permanecí distraído hasta que los pasos comenzaron a retirarse y decidimos regresar a casa. Quisimos tomar el tranvía, que en esta ocasión había alargado su horario normal, hasta Cuatro Caminos para luego bajar hasta la Ciudad Universitaria caminando cuesta abajo, ya que no habían puesto en servicio el tranvía de la línea 21 que era el que nos venía bien, y durante todo el camino tuve la sensación de que nos seguían. Pero aunque miré con mucha atención, había mucha gente por la calle y no pude localizar a nadie en concreto. Llegamos a casa, recogimos a los niños y nos fuimos a la cama.</p>
<p>Sin embargo, en la mañana de ayer martes, cuando me levanté temprano para llegarme a la facultad con algo de antelación para presentar mi trabajo, me subí a mi buena mula y emprendí el camino, y de nuevo tuve la misma sensación de que alguien me estaba mirando. Me giré en la silla y miré en todas direcciones, y a pesar de que era pronto y no había casi nadie por la calle, más que unos pocos obreros que se dirigían a las obras del hospital, no encontré que nadie me estuviese fijando la mirada de tal manera que consiguiera que me picase la coronilla. Es una sensación etérea pero presente. Hasta el momento no he vuelto a tenerla, pero no estoy tranquilo, amigo mío.</p>
<p>Debo reconocer que el esfuerzo que he hecho para terminar el trabajo ha sido tremendo y me ha llevado semanas, y quizá es por esto por lo que veo fantasmas, o lo que quiero pensar que son fantasmas. Por fortuna, tenía gran parte de mi labor de doctorado terminada desde antes de empezar la guerra y no ha necesitado más que un último empellón, pero aún así ha sido agotador. Durante estos meses he dormido muy poco, en parte por la tensión y en parte por la falta de tiempo, y eso siempre me ha afectado al buen funcionamiento de los pensamientos. En ocasiones, cuando por alguna casualidad conseguía el tiempo necesario para dormir, apenas he sido capaz por la propia inercia de la tensión, y me he quedado despierto, escuchando los sonidos de la casa dormida e intentando identificar a quién correspondía cada respiración. Ahora que he terminado ya, parece que mi cuerpo no ha acabado de creérselo y sigo teniendo problemas para dormir.</p>
<p>A veces, me levanto y voy al cuarto que Prado comparte con mis hijos, y me quedo allí, de pie en la puerta de la habitación, fumando un cigarrillo nocturno mientras miro la cuna donde descansan mis pequeños, ignorantes de todo, inocentes, indefensos. Los adoro con una ferocidad sin límites, pero a ti, compañero, sabiendo que me guardarás el secreto, te confieso que me parecen molestísimos. Hay que reconocer que entre mi esposa y la doméstica procuran que no me interrumpan con sus lloros o con sus percances, pero es imposible conseguir que dos bebés de apenas seis meses pasen desapercibidos. Cuando los tomo en brazos me siento incómodo, pues no encuentro en ellos el abandono que sí reflejan cuando los toman mis mujeres, y estiran el cuerpo y se quieren arrojar de mis manos al vacío, como si sintieran ellos la misma perturbación que yo. Lloran y babean y huelen, y me pregunto por qué no siento estos reparos cuando un enfermo me vomita encima, o se encuentra cubierto de heces, o tiene heridas que supuran.</p>
<p>Me siento culpable y me siento mal padre, aunque una voz en el fondo de mi conciencia me recuerda que, como dijo Unamuno, el hombre es un animal esencial, fundamental, constitucional y radicalmente haragán y por tanto, en mi humanidad, cualquier esfuerzo me resulta inconveniente, pero también siento que ellos son algo más grande que yo, que crecerán sin mis lagunas, que avanzarán sin mis cargas, y que yo aprenderé de ellos más que ellos de mí. Quiero que crezcan para verlos peinados y hablando, y poder conversar con ellos en lugar de encontrar chillidos o berreas inarticuladas entre perlas de dentición que asoman en encías babeadas. Creo que amo muchísimo a mis hijos, pero no tanto a su envoltorio. Nunca me han gustado mucho los niños, ni me atrajo la pediatría cuando estudié la carrera; más bien considero la infancia un mal necesario. Pero también te aseguro que siento que podría matar con mis manos desnudas a quien intentase hacerles daño. Luego me acabo el cigarrillo, me lavo la cara y opino que estos pensamientos son impropios de mi persona, y que sólo tienen seis meses y debo tener un poco de paciencia.</p>
<p>Parece mentira, amigo mío, lo que me ha cambiado la vida en este tiempo. De ser un hombre solo en la vida he pasado a ser padre y cabeza de familia, profesor y, con algo de suerte, doctor en Medicina. Gran parte de todo este advenimiento debo agradecértelo a ti, compañero, y por eso ten por seguro que no perderé un detalle de tu caso. Mientras tanto, puedes ponerte en contacto conmigo por nuestros cauces habituales o por correo postal.</p>
<p>Espero tener pronto nuevas noticias tuyas. Mientras tanto, recibe un gran abrazo de tu seguro servidor,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
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		<title>Carta 21: De Emilio a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Mar 1941 22:26:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 7 de marzo de 1941</p>
<p>Mi muy querido amigo Dalmacio:</p>
<p>Espero que a la recepción de la presente, los acontecimientos que me narras en tu carta del pasado 22 de febrero no hayan tenido más consecuencias. Te reconozco que había pensado escribirte apenas tres líneas, porque ando muy escaso de tiempo, pero lo que me cuentas ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 7 de marzo de 1941</p>
<p>Mi muy querido amigo Dalmacio:</p>
<p>Espero que a la recepción de la presente, los acontecimientos que me narras en tu carta del pasado 22 de febrero no hayan tenido más consecuencias. Te reconozco que había pensado escribirte apenas tres líneas, porque ando muy escaso de tiempo, pero lo que me cuentas me ha aterrorizado como no lo ha hecho nada desde tiempos de la guerra. Estoy harto, amigo mío, harto de tener miedo. Harto de estos tiempos, de tener que estar siempre vigilante por si alguien viene contra mí o contra los míos.</p>
<p>Para ilustrar esto, quiero referirte algo que ocurrió hace unos días, en el pueblo de mi mujer. Habíamos ido a recoger algunas viandas como hacemos cada pocas semanas, pues sin ellas no podríamos alimentarnos en la ciudad. Ocurre que la necesidad es mucha más en la capital que en los pueblos, pues no se puede contar con el fruto de la tierra y del ganado, y el transporte de mercancías es poco menos que una heroicidad, como bien puede contarte nuestro común amigo, el marchante de aceites. Por cierto, no he hablado con él porque me dejó tu carta en lugar seguro, donde la recogí. Espero verle pronto.</p>
<p>Decía que fuimos al pueblo de mi mujer y mi suegro aprovechó para invitarme a tomar un chato de vino en la taberna del lugar, que en realidad es el único sitio de esparcimiento que hay en los alrededores. Allí estábamos charlando de mi vida en la universidad, de la escasez, de cómo vamos tirando, cuando entró un grupo de falangistas, con pistolas y escopetas. Su saludo al grito de “¡Viva España!” nada más traspasar el umbral de la puerta apagó todas las conversaciones de inmediato y dirigió nuestra atención hacia sus cabellos peinados pulcramente hacia atrás como su José Antonio, sus camisas azules y sus pistolas enfundadas y sus escopetas al hombro.</p>
<p>Cómo detesto, querido amigo, el modo en el que se han apropiado del término España, de la bandera, de la libertad de todos. Ahora resulta que si te gusta España es porque eres falangista, y no cabe la posibilidad de que no estés de acuerdo con ellos o de que te guste tu país por motivos que no contemplen. Durante la República, habían tenido el convencimiento de que el poder les había sido usurpado, aunque hubiese sido a través de unas elecciones democráticas, y ahora que lo tienen de nuevo, gozan ejerciéndolo y abusando de él. No insistiré en este punto porque me acabará embargando la ira y quisiera terminar de contarte esta historia, que aunque todavía no te lo parezca, tiene belleza. Disculpa mis divagaciones, amigo mío, estoy muy cansado.</p>
<p>Entraron, como digo. Sus intenciones eran claras, pero quedaron más patentes aún cuando preguntaron por Antonio Cuerda, más conocido como el Renco Cuerda desde que se cayó de un caballo y quedó cojo para siempre. Un buen hombre, que jamás hizo daño a nadie, pero que era acreedor de un nacional por un asunto de tierras. Uno de los falangistas añadió con una risita que sólo querían dar un paseo con él, y todos supimos que si el Renco no aparecía al día siguiente con un tiro en la nuca en la cuneta de la carretera, no se sabría más de él. Nadie tuvo ánimo de responderles, y el silencio podría haber terminado en una escabechina, pues se nos podrían haber llevado a todos los presentes en la bodega.</p>
<p>Y por fin, Fermín, el tabernero, encontró su voz y habló. Dijo a grandes voces de bienvenida que él sabía bien dónde vivía el Renco, les guiñó un ojo y preguntó si venían desde Toledo. Cuando le respondieron que sí, manifestó estar seguro de que estas inesperadas visitas debían de estar sedientas después de tal viaje, y que no podía menos que invitarles a un vino y a algo de comer. Cuando los falangistas dijeron tener prisa, sacó unos chorizos en aceite, que muchos de nosotros hace años que no hemos probado, y no admitió excusas a su invitación.</p>
<p>Los parroquianos se miraban entre sí, sorprendidos del súbito giro a la derecha de las ideas del tabernero, pero desde mi sitio yo pude ver cómo, al pasar a la trastienda a buscar el tarro de chorizos, susurraba algo a un chiquillo, sin duda su hijo, que salió disparado hacia la parte trasera. Ninguno de los clientes nos atrevimos a irnos, porque además quisimos alimentarnos de los deliciosos aromas de los chorizos en aceite, un salchichón y hasta un taco de jamón que el dueño del local sacó de lo más profundo de sus estantes, regado con generosas cantidades de vino peleón.</p>
<p>Duró un buen rato nuestra tortura, olfateando viandas que no íbamos a comer, hasta mucho después de que el chiquillo regresara, y cuando los pistoleros quisieron seguir su camino hacia la casa del Renco, que Fermín les había explicado puntualmente, iban bastante achispados. Además, por supuesto, el hijo del tabernero había ido a poner sobre aviso al Renco, que montado en su mula llevaba un buen tramo de ventaja de camino a los Montes de Toledo. Los víveres que aquellos asesinos habían devorado eran las reservas para todo un invierno, pero con ellos se había comprado una vida.</p>
<p>Aún queda belleza y humanidad entre nosotros, querido Dalmacio, y por eso no pierdo la esperanza, pero estoy cansado. Me niego a tener miedo, porque es agotador. Por mi pellejo me daría igual, pero tengo mujer, tengo familia. Tengo al pequeño Miguel, que es la alegría de la casa con sus pocos meses. No sé qué puedo hacer para protegerlos; a veces pienso si no sería mejor que emigráramos todos a México, pero eso sería vivir huyendo, que es tan fatigoso como hacerlo con miedo. ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Por qué tenía don Sebastián mi carta? Se lo preguntaré a nuestro correo cuando lo vea. Debo decirte que me llegaron referencias de ese cura maldito a través de mis pacientes y ninguna era halagadora, pero de qué serviría ahora abundar en la memoria de un difunto.</p>
<p>Hablando de memoria de difuntos, no sé si en tu apartada montaña te habrán llegado las noticias, pero el pasado 28 de febrero murió en Roma el antiguo rey de España, el que fue Alfonso XIII. Estúpido niño mimado, que creía que el trono era de su propiedad, que atrajo la dictadura sobre su pueblo voluntariamente. Supongo que el hecho de haber nacido ya rey le hizo creer que todo le era debido, pero olvidó que para ser rey de España, debía ser rey de los españoles. Muestra de esta cabezonería es que hace sólo unas semanas, después de diez años de que se fuera del país, que renunció al trono en la figura de su hijo Juan, al que los monárquicos llaman Juan III, que es el único de esas ruinas humanas que tuvo por hijos que le ha salido medio sano, aunque en mi opinión es el más tonto. Me contó un carlista de Pamplona que el muy imbécil se coló en España durante la guerra intentando incorporarse a la contienda. ¿Contra cuáles de los que quería que fueran sus súbditos pretendía luchar? ¿A los de qué bando iba a matar? ¿Sobre cuáles pretendía reinar luego, sobre los familiares de los mismos que él había hecho caer? No se puede ser más corto de miras ni menos protector con tu pueblo. Ya dijo Azaña que no se puede triunfar contra un compatriota, ni tener alegría tras esa victoria. Que se quede en Italia gastándose el dinero español que se llevó su padre. El rey ha muerto, ¡viva la República!</p>
<p>En cuanto a mí, sigo con mis clases en la universidad, preparando mi tesina para presentársela a don Carlos Ruiz Jiménez y pasándome una vez por semana a vigilar las obras del Hospital Clínico, aunque en esas ocasiones realmente invierto la mayor parte del tiempo en curar a los obreros que se clavan astillas, se descalabran con ladrillos caídos o se perniquiebran por las precarias escaleras de madera que usan para trepar como micos por la obra. El ambiente entre los obreros es bueno, porque son gente sencilla que ha encontrado un trabajo que les tendrá ocupados por una buena temporada. Ahora, lo importante es conseguir qué llevarse a la boca y buscarse una posición que permita algo de futuro, y procuran no hablar de política ni de ideologías, puesto que un ladrillo sobre otro no sabe de esas cosas. No están sometidos a las presiones de la diplomacia laboral que yo me veo obligado a afrontar todos los días.</p>
<p>El ambiente en la facultad es de lo más desolador. Gran cantidad de los excelentes profesores que daban clase han muerto en la guerra, se han exiliado o no se les permite impartir sus enseñanzas debido a su ideología, y con los alumnos pasa algo parecido. Me pregunto cuántos miembros del Claustro conocen que yo luché en el bando republicano. El caso es que la gran mayoría de los profesores titulares son médicos en ejercicio bien en hospitales o en sus propias consultas, y cobran tanto de la universidad como de sus oficios, pero se dedican sólo a éstos. Esto significa que somos los profesores adjuntos los que nos preparamos los temarios y trabajamos en solitario, sin experiencia docente pero defendiendo el buen nombre de nuestro titular, y rescatamos como buenamente podemos a los gañanes que tenemos como alumnos de las garras de la ignorancia. Algunos han podido seguir estudiando durante la guerra, pero otros son tan alcornoques que si los sacudiera como a veces me apetece, estoy seguro de que caerían unas bellotas. En ese caso, al menos servirían para algo.</p>
<p>Pues debo reconocer, amigo mío, que mi maestro, el admirado doctor Cervello de Guillerna, pasa más tiempo dedicado a sus propios asuntos que a la docencia. Era algo que no me esperaba de él, pero apenas me da unas pautas de qué debo impartir durante las clases, relacionándolas con las preguntas del examen del curso pasado, que es el mismo que va a poner en la próxima convocatoria. Me siento algo desilusionado y quizá estafado. No me esperaba esto de quien yo admiraba como al mismísimo Hipócrates. Me niego a creer que haga semejante dejación de sus funciones, pero no tengo más que mirarme a mí mismo, con mis parcas horas de sueño y mis largos trayectos en mula, para ver que es cierto. Además, últimamente me estaba quedando a dormir sobre unas sillas en una sala discreta de la zona de prácticas, donde duermo mal porque continuamente escucho ruido de pies, pero desde que recibí tu carta con la noticia de que mis letras han pasado por ojos que no son los tuyos, siento decirte que las pesadillas, que se habían ido disipando poco a poco, han vuelto. Hace unos días me tuvo que despertar un alumno de los últimos cursos, porque estaba dando alaridos en sueños y estaba asustando a los pacientes ingresados. Así que ahora procuro volver a casa a dormir, pero no siempre encuentro las fuerzas.</p>
<p>Por último, amigo mío, quisiera hacerte partícipe de un asunto. Quisiera que te acordaras de mi apreciado amigo Luis Miguel Herranz Castillejos, con quien creo recordar que coincidiste en una breve ocasión durante la guerra. Si no me falla la memoria, fue un día en el hospital de campaña que habíamos montado cerca de Zaragoza, a finales del verano del 38, donde fuiste a caer con la ambulancia que conducías. Creo que ese mismo día había un fotógrafo tomando imágenes de todo lo que veía y nos sacó un retrato, quiero recordar que fue contigo y con él. Cómo me gustaría tener esa fotografía.</p>
<p>Pues bien, ocurre que este buen amigo padece de unas fiebres reumáticas que, si no se acompañan con un clima de aire sano y unos hábitos de vida regulares, le llevarán a la tumba más temprano que tarde. Me preguntaba si te parecería conveniente que lo enviase a ahuyentar tu soledad, aunque debo reconocer que aún no he consultado este extremo con él y no sé cuándo podría llevarse a cabo esta visita. Estoy seguro de que encontrarías en él tantas virtudes como yo, y sabes que no se me habría ocurrido esta idea si no tuviese plena confianza en su persona como amigo y como convencido republicano. Ahora mismo creo que está débil y no podría serte de mucha ayuda en la Quintana, pero al menos para alimentar a los pollos llegará. Por cierto que me alegro de que los animales estén ya en tu poder, porque son muy valiosos y los mereces más que nadie.</p>
<p>Debo despedirme ya, compañero, aún tengo trabajo por hacer. Cuídate mucho.</p>
<p>Tu amigo que lo es,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
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		<title>Carta 16: De Emilio a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Jan 1941 22:14:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Madrid, 31 de enero de 1941</p>
<p>Mi muy querido amigo Dalmacio:</p>
<p>Aunque con cierto retraso, quisiera felicitarte las fiestas, que lamentablemente, por lo que leo, has pasado en soledad, y desearte un feliz año nuevo, sin importar la dureza de los tiempos, ya que no te mereces ni un ápice menos. Cómo me hubiera gustado compartir estas ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Madrid, 31 de enero de 1941</p>
<p>Mi muy querido amigo Dalmacio:</p>
<p>Aunque con cierto retraso, quisiera felicitarte las fiestas, que lamentablemente, por lo que leo, has pasado en soledad, y desearte un feliz año nuevo, sin importar la dureza de los tiempos, ya que no te mereces ni un ápice menos. Cómo me hubiera gustado compartir estas fechas contigo y recibirte en mi casa, aunque en estos momentos eso que llamo mi casa sea un revoltijo de muebles y bultos de ignoto contenido.</p>
<p>Ya hemos llevado a cabo la mudanza a Madrid, aunque aún no hemos terminado de instalarnos. Parece mentira la cantidad de trastos que se acumulan en una casa, aunque sea durante un corto período de tiempo. El tiempo que hemos permanecido en Toledo no ha sido mucho, y además ha conllevado mudanzas a su vez, lo que nos había acostumbrado a descartar lo innecesario, si en estos tiempos de escasez hubiéramos podido conseguirlo, pero aún así tengo la sensación de pertenecer a una tribu de zíngaros que lleven la casa a cuestas, como los caracoles.</p>
<p>El doctor Cervello de Guillerna nos ha buscado un alojamiento que tiene muchas ventajas, pero es incómodo para otros menesteres. Ocurre que ha negociado para nosotros el alquiler de una casita en el Paseo de Aceiteros de Madrid, muy cerca de la antigua Ciudad Universitaria, la cual ha resultado muy dañada durante la guerra por encontrarse en plena línea de frente. La facultad de Medicina, un edificio que iba a ser la construcción más avanzada para sanar el cuerpo humano, ha sido derruido prácticamente en su totalidad, y ahora se impone su reconstrucción.</p>
<p>Mi mentor me ha delegado como parte del equipo para que supervise la reconstrucción, en particular las salas de atención a los pacientes, y por eso me ha encontrado un alojamiento junto al futuro complejo médico. Esto tiene la desventaja de que las clases en las que soy profesor adjunto se imparten en la calle Atocha, junto al Hospital de San Carlos, que están bastante alejados de aquí, lo que me obliga a realizar largos trayectos en mula, que aprovecho para dormitar porque se sabe el camino, perder mucho tiempo y apenas pasar por mi casa. Voy a tener mucho trabajo durante una buena temporada, pues la reconstrucción va a llevar años; apenas ha sobrevivido parte de los sótanos de Medicina, Farmacia es un gran agujero lleno de escombros y metralla y lo que un día fue Estomatología mantiene algo de dignidad, pero los muros han quedado tan dañados que sería una temeridad intentar salvarlos. El Hospital Clínico, por su parte, muestra unas costillas despachurradas en sus forjados al aire, surgiendo de la tierra como una Atlántida abandonada a la que los dioses le hubiesen arrebatado el mar. Es un espectáculo muy, muy lamentable.</p>
<p>La Ciudad Universitaria ha creado una Junta Constructora, la cual ha delegado la dirección de obras a un ingeniero, llamado Eduardo Torroja, que comenzó a trabajar en estas instalaciones ya en 1929, bajo las indicaciones de su ahora exiliado maestro Modesto López Otero, y que ahora sufre al verlas derruidas y castigadas por la guerra. Su dolor sólo es comparable a su entusiasmo por volver a edificarlas. Es un hombre de unos cuarenta años, gran fumador, de frente despejada y mirada triste, pero culto, de mente cristalina y de decisión rápida como un cirujano. Ya hemos celebrado varias reuniones y hemos congeniado, aunque tengo mucho que aprender. Me han asignado a un arquitecto llamado Pascual Bravo para que me enseñe los rudimentos de lo que debo saber, pero éste no parece particularmente contento de tener que compartir los secretos de su profesión con un patán rojo y sin conocimientos como yo. Procuro aprender cuan rápido puedo y molestarle lo menos posible, pero percibo su impaciencia y descontento. Me gustaría que fuese Torroja quien se ocupase de ilustrar mi ignorancia, pero lamentablemente es un hombre muy ocupado y no puede dedicarme el tiempo que necesito.</p>
<p>Mi mujer no está muy contenta con el traslado. Dice que echa de menos el pueblo, a sus padres, que todo está lleno de polvo debido a las cercanas obras y que es mucho más difícil abastecerse que en Toledo. En esto, no le niego la razón. Nuestra casita tiene un patio en la parte trasera donde podríamos tener el par de gallinas y el gallo que teníamos en el pueblo de sus padres, pero para que las gallinas pongan huevos es necesario el gallo, y si un gallo se hiciera oír al amanecer entre la necesidad que extiende por aquí sus dominios, tanto el gallo como las gallinas desaparecerían de inmediato en el interior de una olla. En menos que canta un gallo, como quien dice. Prado y ella hacen cuanto pueden para llenar la despensa, y por cierto que han tomado buena nota de tu tortilla de patatas, pero si no fuera por nuestras periódicas expediciones al pueblo, con la cartilla de racionamiento apenas podríamos alimentarnos. Mi sueldo es magro y además de a las dos mujeres y nuestros dos hijos, tengo que alimentar a la mula, pues además de ser imprescindible para mí, reconozco mi apego a ese inteligente animal, y no siempre podemos afrontar las diez pesetas por el grano o las veinte pesetas que cuesta un kilo de azúcar en el mercado negro. Panda de ladrones aprovechados, a precio de tasa debería ser una peseta el pienso y el azúcar a una peseta con noventa.</p>
<p>Aquí en Madrid hay mucha más necesidad que en los pueblos, pues la gente no puede cultivarse un pequeño huerto o intentar abastecerse a base de trueque. Muchos pacientes acuden al Hospital de San Carlos sin dinero alguno, pero sí con tarros de miel o unos pocos huevos. Con esos pagos, podrían alimentarse ellos y su familia durante algunos días, pero de qué te sirve poder alimentarte si ya estás muerto. Así pues, he aceptado un par de pagos, y como te agradezco grandemente tu intención de que los Reyes Magos visiten a mis hijos, he negociado con Sus Majestades en tu nombre y, a través del tratante de aceites, te envío una pareja de pollos. Procura no comértelos, al menos en una temporada, para que te proporcionen buenos huevos que sacien algo tu hambre. Deja que incuben alguno y así tendrás repuesto en el caso de que uno de ellos termine en tu puchero. Excuso decirte que no se los lleva desde aquí y que los comprará de camino, pues dudo que resistieran tan largo viaje en una época del año tan dura. Por cierto que hemos sabido por el ABC que a su más directo competidor, Salvador Benítez, de Écija, le han sacudido una multa de 3.000 pesetas por venta de aceite a precios abusivos y en malas condiciones, y además tendrá que afrontar un juicio por delito contra la salud pública. Últimamente he visto pocos hombres más contentos que mi (nuestro) tratante de aceites tras conocer la noticia, aunque no suene muy cristiano.</p>
<p>Por mi parte, ocupo mis días entre las clases en Atocha, la supervisión de las obras y la preparación de un trabajo que me abra las puertas del Instituto de Investigaciones Clínicas y Médicas que el profesor don Carlos Jiménez Díaz ha establecido en un hotel de la calle Granada, sufragado de su propio bolsillo. Y por supuesto, misa los domingos sin falta, o me pasaría factura a mi carrera profesional. Desde la misa de parida, que ya celebramos en Toledo, cada semana acudimos toda la familia, incluyendo a nuestra doméstica, para que se nos vea bien. Por las noches intento avanzar en mi tesis a la exigua luz de un candil, ya que la luz eléctrica se raciona a las diez de la noche, y por fin caigo muerto en la cama, hasta el punto de que ni siquiera los niños me despiertan. Y digo bien, en la cama, pues allí nada me arranca del sueño, cosa que sí me pasa fuera de ella. Pero merced a los horarios intempestivos a los que mi nueva vida me obliga, descubrí una nueva y sorprendente faceta de nuestra fámula, la indescriptible Prado.</p>
<p>Ocurre que, desde mi encuentro con aquella mujer que te conté, que ha poblado mis pesadillas desde aquel mismo instante, cada vez que me quedo dormido sobre una mesa o apoyado en una pared, cualquier sonido de pies arrastrándose es como un alarido a mis orejas. No puedo quitarme de la cabeza la idea de que si no hubiera estado durmiendo, la historia hubiera tenido otro final, pero no sirve de nada lamentarse ahora. Como te decía, caí rendido sobre mi mesa y mis papeles de trabajo tras un largo día de estudio, y el candil consumió su aceite y se apagó. Un tiempo después, un susurro de pasos me despertó, pero sin sobresalto; únicamente abrí los ojos y vi, con la leve luz de las primeras luces del alumbrado público, la figura de olivo de la Prado, chaparra y retorcida, que pasaba por delante de mi puerta y llevaba algo en las manos hacia la cocina. Permanecí unos minutos en silencio, intentando contar todas las contracturas que tenía en la espalda, que eran unas cuantas, y por fin me estiré y me levanté para meterme en la cama.</p>
<p>Escuché que Prado se sobresaltaba y el murmullo furtivo de alguien que esconde algo. Como las aventuras anarquistas de mi mancebo Ricardo me han dejado escamado con lo que ocurre debajo de mi techo, entré en la cocina y le pregunté a Prado qué estaba haciendo. Empezó a gemir como un perrillo, a encogerse y a tocarse la mandíbula, en el gesto que hace cuando se asusta o pierde el control, así que intenté tranquilizarla. Cuando alargué la mano hacia ella levantó el brazo como para esquivar el golpe, y vi que tenía los dedos negros, pero antes de que pudiera tocarle el hombro como era mi intención, vi que había escondido unos papeles en el cajón de la mesa de la cocina, pero con la precipitación había dejado gran parte fuera.</p>
<p>Abrí el cajón ante sus protestas en susurros, para no despertar a los niños, y, ay, amigo mío, apenas podía creer lo que vieron mis ojos a la luz del alumbrado público. Con un trozo de carbón de madera y papeles sustraidos de mi consulta, escritos por una cara o emborronados de tinta, Prado, que no sabe leer ni mucho menos escribir, hace maravillosos dibujos, que luego fija espurreando por encima algo de leche con agua de su ración. Dibuja retratos de mis hijos, de mi mujer, incluso míos, con notable parecido y gran pericia. Se puso a llorar, pensando que los iba a hacer pedazos o echar al fuego, pero ¿cómo podría hacer eso con semejante prueba de amor y entrega a mi familia? Me costó hacerle entender que no estaba enfadado con ella y que valoraba sus dibujos, e incluso conseguí que me enseñara algunos más, entre los cuales no conseguí descubrir ninguno de esas dos acémilas que tiene por hijos. Te envío uno que hizo del pequeño Miguel, ya que, a falta de pecunio para fotografías, estamos guardando el resto de sus retratos como recuerdo. Prometí conseguirle mejor papel con la condición de que aprendiera a escribir.</p>
<p>Al día siguiente, le pedí a mi mujer que, en los ratos que tuvieran libres, intentase enseñarle los palotes de la escritura a Prado. Se mostró tan sorprendida como yo por sus habilidades, y nos preguntamos con qué clase de bestia habría estado casada esta buena mujer. Sé que no es nada cristiano lo que pienso, pero quizá alguna bala en la guerra fue bien dirigida a alguien que la merecía.</p>
<p>Intentaré hacer averiguaciones sobre ese mosén que me mencionas en tu carta, pues como bien dices parece alguien muy peligroso y de quien debes guardarte, pero quizá con algo de información te puedas defender mejor de él. Prometo mantenerte al tanto. Espero que el mes de enero no se te haya hecho demasiado largo sin estufa ni chimenea, o que al menos, don Roque haya podido volver con celeridad del lado de su supongo ya fallecida hermana. Trasládale mis condolencias. Por favor, no dejes de escribirme o me temeré lo peor.</p>
<p>Tu amigo que lo es y que te aprecia,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
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		<title>Carta 11: De Emilio a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Nov 1940 21:57:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[<p>Toledo, 30 de noviembre de 1940</p>
<p>Mi querido amigo Dalmacio:</p>
<p>Como excelente amigo que eres mío, quisiera pedirte un favor que necesito de ti. Conociéndote, sé que te pondrás a mi disposición, y por esto me permito la libertad de incluir a la vez mi petición y el cobro de la misma, aun sabiendo que cargo sobre ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Toledo, 30 de noviembre de 1940</p>
<p>Mi querido amigo Dalmacio:</p>
<p>Como excelente amigo que eres mío, quisiera pedirte un favor que necesito de ti. Conociéndote, sé que te pondrás a mi disposición, y por esto me permito la libertad de incluir a la vez mi petición y el cobro de la misma, aun sabiendo que cargo sobre ti una responsabilidad que no te corresponde, y que verdaderamente me gustaría que no tuvieras. Pero necesito hacerlo, y a la vez te pido disculpas por ello. Pongo en tus manos parte de mi vida, aprovechando que está todo fresco en mi memoria, porque debe quedar constancia en alguna parte si las cosas se tuercen. No debes hacer nada más que ser mi audiencia, conocer lo que voy a contarte y llevarte el secreto a la tumba si todo va bien, Dios así lo quiera.</p>
<p>El pasado día 13 de noviembre, con más de dos semanas de retraso sobre la fecha prevista y tras dos días de intensa labor, mi esposa dio a luz un hermoso varón a quien pusimos el nombre de Luis Dalmacio. Espero que sea de tu agrado. No soy capaz de explicarte, amigo mío, mi alegría y mi orgullo. Tengo ahora un sentimiento nuevo, una manera de amar que ni siquiera había imaginado antes, amor mezclado con orgullo y con unas feroces ansias de protección. Creo que aún me estoy acostumbrando a estas nuevas dimensiones del cariño.</p>
<p>En esos días, la Guardia Civil batía la zona del pueblo de mi mujer buscando a unos maquis que describían como la propia encarnación de Belcebú, se impuso el toque de queda al anochecer y como los días vienen siendo más cortos, se hace poca vida común. Como la casa de mis suegros queda algo retirada del pueblo, decidimos estirar el toque de queda y esperar unos días para que tocaran las campanas, llevar a bautizar al niño y hacer oficial su existencia, dando así unos días a la nueva madre para recuperarse.</p>
<p>En previsión de estos gastos que se avecinaban, el día 20, cuando mi hijo cumplía una semana, me levanté temprano, tomé la mula y volví a Toledo a trabajar unos días y reunir algo de dinero con que pagar su extorsión a la iglesia, que se arroga los poderes que deberían ser patrimonio de la sociedad, como es dar la bienvenida a un nuevo miembro. No me extenderé en este tema porque es algo inevitable en los tiempos que corren, pero además tenía que ir a la capital a hacer los trámites en el registro civil, que es donde corresponde hacerlos y no en los libros de la parroquia. Así que me despedí de mi mujer, de mi hijo y de mis suegros y partí, con la idea de volver una semana después, suponiendo ya alejados a los maquis, y celebrar una pequeña fiesta, de la que estamos tan necesitados.</p>
<p>Me recibió Prado, nuestra doméstica, con quien no pude hablar demasiado pues me puse a trabajar de inmediato, y decidí llamar más tarde al mancebo, Ricardo, a quien considero recuperado de sus veleidades anarquistas que no recuerdo si te he mencionado, pero ahora no es el momento de rememorarlas. Retrasé los papeleos para los días siguientes, pues al fin y al cabo era yo mismo quien había atendido el parto y quien firmaba el certificado, y por tanto podía dar buena fe de los hechos.</p>
<p>Ese miércoles, por la tarde, cayó la primera nevada de la temporada. No mucho, lo justo para pintar de blanco los tejados de la ciudad y las rocas descubiertas. Mi recaudación iba bien, pues la gente aún conservaba algo de dinero antes del invierno, y a última hora de la tarde me llegó recado con un chiquillo, que me requería cerca de mi antiguo barrio, a los pies del Alcázar, para atender a un arriero a quien había pisado su mula. Tomé la mía, me abrigué bien y me dirigí allí con mi maletín.</p>
<p>La cosa no fue sencilla y aunque en un principio intenté salvarle unos dedos quebrados, finalmente decidí amputárselos y prevenir una larga convalecencia que le impediría trabajar, y más en un momento tan comprometido del año para un arriero. Era un hombre recio, un tal Marcial que intentó aguantar el sufrimiento con estoicismo, y reconozco que mayormente lo consiguió. Después de operarle allí mismo, permanecí un rato con sus compañeros, vigilando cómo se recuperaba del poco de morfina que había podido darle y de la tremenda borrachera que le habían provocado los intentos de adormecerle el dolor con aguardiente. Por fin, ya entrada la noche, cobré mis emolumentos y emprendí el camino a casa.</p>
<p>Se había despejado el cielo y había dejado de nevar, dejando las estrellas tintineando allá en lo alto, pero había empezado a helar y las calles estaban desiertas. Aunque mi consulta de la calle del Nuncio Viejo no está lejos, monté en la mula para que me diese calor y juntos comenzamos a subir cuestas a la luz de un quinqué, hasta que de pronto me salió al paso una figura tambaleante, cubierta de negro de pies a cabeza. La mula alzó las orejas, pero no se asustó porque la reconocimos de inmediato: era mi antigua vecina, Francisca Molero, la mujer de Manuel Vega Mejía, aquel hombre interno en el penal de Ocaña desde hace más de un año sin saber de qué se le acusa. Estaba muy agitada, y en cuanto me reconoció se echó a llorar, exclamando bendiciones y diciendo incoherencias acerca de que era muy temprano que no comprendí en ese momento, pues era casi medianoche. Descabalgué y quise calmarla, conminándola a regresar a casa en una noche tan fría como aquella. Se me agarró a las solapas y me dijo que ya no vivía donde antes, entre balbuceos me explicó dónde era y hasta allí la llevé, pensando que un poco de la morfina que había en mi maletín le iba a sentar mejor que bien en su estado de inquietud.</p>
<p>Su nuevo hogar resultó ser un bloque de viviendas medio arruinado y espantoso en un callejón horrible en el límite de la ciudad, y afortunadamente desierto en ese momento. Dejé la mula en el portal, rezando por que no me la robaran, y Francisca me llevó hasta el último piso, no sé si un quinto o un sexto, por unas escaleras angostas e irregulares mientras seguía tambaleándose con su retahíla de bendiciones e incongruencias, hasta una habitación que a todas luces ocupaba ella sola. Había una cama costrosa, una mesa coja, dos sillas de pleita desmontadas y un infiernillo en un rincón, junto a la ventana de postigos cerrados. Sus cuatro ropas, las que no llevaba puestas, colgaban de un cordel clavado a la pared. Toda la estancia transmitía una obvia sensación de pobreza, que no miseria, pues todo estaba cuan limpio era posible, pero sobre todo emanaba una profundísima tristeza.</p>
<p>Una vez cerrada la puerta, y ante mi absoluto estupor, Paca procedió a darme la espalda y quitarse el manto con un gesto resuelto que reconocí como aquel que hacen esas mujeres a cuyos maridos he atendido pero que no pueden pagarme. Antes de que yo pudiera decir una palabra, se giró y me mostró cuál era su problema más urgente: estaba de parto.</p>
<p>Entonces entendí sus incoherencias acerca de que era muy temprano, pues indudablemente era un parto adelantado al menos dos meses. No llevó mucho, apenas un par de horas, porque la labor estaba bastante avanzada, pero nos dio tiempo a hablar un rato. Habiendo encontrado quien le ayudase y con semejante tarea por hacer, se había serenado, y me contó entre gruñidos que su marido permanecía en la cárcel y sus hijos se los había quedado internos Auxilio Social en un centro en Paracuellos, que le quedaba muy retirado para ir a visitarlos con frecuencia. Su hermana se había colocado sirviendo en una casa en la ciudad, y ella se había quedado en Toledo, ocupada en el mal pagado oficio de lavandera, porque no tenía otro sitio mejor al que ir.</p>
<p>Cuando le pregunté si había conseguido visitar a su marido el tiempo suficiente para hacer al niño que venía, me sostuvo la mirada con unos ojos en los que ahora, recordando ese momento, leo ira y miedo, pero no vergüenza. Me respondió simplemente que no, y no pudo darme más explicaciones porque la Naturaleza siguió su curso imparable. Una sencilla cuenta, según mis cálculos, daba como resultado aquella ocasión en que Francisca fue a hablar con el gobernador militar para averiguar de qué acusaban a su marido y fue también detenida durante unas semanas.</p>
<p>Paca aguantó todos sus trabajos en silencio para no alertar a los vecinos, y por fin dio a luz un niño, pequeñito pero completo y sano. Ella procedió a apagar sus primeros lloros poniéndoselo al pecho de inmediato, mientras yo me ocupaba de las secundinas y de recoger todo aquello. Por fin, los arropé con mi capote, me senté en una de las sillas y miré a aquella madre cariñosa recibiendo a su hijo, ya serena y orgullosa del trabajo bien hecho. Y sin poder evitarlo, tras un largo día de trabajo, me quedé dormido, sentado en una silla desportillada y apoyado sobre la mesa.</p>
<p>No sabría decir cuánto tiempo llevaba dormido ni qué fue lo que me despertó, pero creo que fue un ruido que mi mente consciente no escuchó. Abrí los ojos y el pequeño dormía solo, con el abandono de los bebés muy pequeños recién comidos, y empaquetado como un gusanito en el capullo del mantón que se había quitado antes Paquita. Ella no estaba. Y la ventana estaba abierta.</p>
<p>Despejado de inmediato, me abalancé hacia allí, y con la vista seguí la tremenda caída que había desde la ventana, ya que si por el lado delantero del edificio estábamos en un quinto o sexto piso, por la parte trasera había por lo menos dos pisos más. El ángulo que hacía el cuerpo de Francisca Molero sobre la escarcha helada no dejaba lugar a dudas: yo ya no podía hacer nada más por ella. Había dejado atrás todas las miserias de este mundo.</p>
<p>Por un momento, consideré mi situación. Era improbable que me hubiera visto nadie, a no ser que hubieran reconocido mi mula atada en el portal. Pero había pasado varias horas en compañía de una mujer joven, a solas, donde se habían podido escuchar sonidos comprometedores, y a continuación esa mujer había salido por la ventana. Tenía que salir de allí de inmediato, antes de que alguien descubriese el cuerpo varios pisos más abajo.</p>
<p>Pero, ¿qué iba a ser de aquel niño, que yo mismo había ayudado a traer al mundo? En el caso de que sobreviviera a su corta gestación y al frío y a la mala alimentación, acabaría en un orfanato, estigmatizado por el suicidio de su madre y su improbable paternidad, o en el Auxilio Social, o sirviendo como mozo tratado a pescozones y palizas por la mala suerte de haber nacido aquí y ahora. Y yo eso no iba a permitirlo.</p>
<p>Recogí mis cosas a toda velocidad, esperando oír en cualquier momento los gritos que indicasen que habían encontrado el cuerpo de Paca, y utilicé el manto para atarme el niño al pecho como pude para tener las manos libres. Hice un atado con las ropas de cama manchadas, me eché el capote por encima, di un último vistazo para asegurarme de que no me dejaba nada y salí corriendo escaleras abajo, lo más silenciosamente que pude. Desperté a la mula, cargué mis cosas y me fui directamente al pueblo. Cuando pasé sobre el Tajo, tiré las sábanas a las aguas heladas.</p>
<p>Por el camino, tuve la oportunidad de pensar en las pocas personas a quienes había comentado el nacimiento de mi único hijo. Afortunadamente, eran muy pocas. También caí en la cuenta de que la hermana de Francisca tenía que estar al tanto de la situación, y que probablemente se haría preguntas, pero esperaba que no me las hiciera a mí. Había empezado a amanecer la mañana del día 21 y ya estaba llegando, cuando casi se me para el corazón al ver a lo lejos a una pareja de la Guardia Civil que estaba patrullando la zona, buscando a los maquis que yo había olvidado completamente. Me reconocieron de inmediato y se acercaron a saludarme, mientras yo pensaba que iba a despertar al pequeño sólo con los latidos de mi corazón sobresaltado en el pecho, pero al decirles que no había novedad y acostumbrados a verme a horas intempestivas, los Hados y el frío se confabularon para no detenerme y que los números no se acercasen demasiado.</p>
<p>El pequeño rompió a llorar al entrar en la casa, donde mi suegra ya estaba haciendo el pan. No tuve que dar muchas explicaciones. Mi mujer, esa mujer hermosa, valiente y lista, me miró a la cara y lo que vio debió de convencerla, pues acogió al recién llegado sin hacer preguntas, y mi suegro afirmó en ese mismo momento que habíamos tenido mellizos. Hasta ahora, ninguno ha hecho ningún avance más sobre el tema. Mi suegra preguntó el nombre del niño, y aunque mi primer impulso fue ponerle o bien Francisco o bien Manuel, quise alejar cualquier sospecha de su relación con tan desgraciada pareja si había una investigación, y decidí ponerle el nombre de Miguel, por mi amigo Luis Miguel y por el buen profesor don Miguel de Unamuno. Todo el mundo estuvo conforme y no se habló más.</p>
<p>Ambos serán bautizados en la parroquia del pueblo mañana domingo, 1 de diciembre. Esta semana he ido al registro civil y los he inscrito a ambos como hijos míos, Luis Dalmacio y Miguel. Alguien hará comentarios mañana sobre la diferencia de tamaño entre ambos hermanos, pero yo diré que es frecuente que uno tome más alimento de la madre que el otro durante el embarazo. Tendrá mis apellidos y los de mi esposa, y crecerá como un niño más, no con el horrible destino que le había sido otorgado en un principio.</p>
<p>Lamento, amigo mío, hacerte depositario de tan terrible historia, pero como no sé cómo puede terminar esto, y más si se abre una investigación acerca de la muerte de Francisca que les lleve hasta mí, quiero que el relato de este nacimiento conste en alguna parte, porque es justo. No debes hacer nada más que guardar este conocimiento para ti, y llevártelo contigo en su momento. Pero ahora que lo he escrito me siento mucho más tranquilo. A fuerza de no mencionar el asunto, he temido olvidar estos acontecimientos, que si bien en un principio me parecieron grabados a fuego, ahora se desdibujan en la memoria como jirones de niebla y me parecen irreales.</p>
<p>No obstante, no estoy tranquilo, y temo que alguien recuerde haber visto mi mula durante aquellas horas y me relacionen no ya a mí, sino a Miguel, con aquellos hechos. Así que he decidido alejarme de aquí y he aceptado el ofrecimiento de mi antiguo jefe y siempre maestro, Álvaro Cervello de Guillerna, y empezar a dar clases en la Universidad de Madrid. Escríbeme a casa de mis suegros a través del comerciante de aceites hasta que pueda facilitarte una dirección en la capital.</p>
<p>Por cierto que me respondió a la consulta que le hice sobre tu caso. Opina, como yo, que debes mejorar tu alimentación en la medida de lo posible, y poner remedio a esa misantropía que domina tu vida. Recomienda sol y aire libre, que si de ésto tienes, de aquéllo las tierras asturianas no siempre andan sobradas, y que alejes de tu mente la política y la rememoración del dolor. En el caso extremo de que la melancolía se apodere de ti, receta que emigres a lugares donde haya libertad y luz, como México o Argentina. Sé que esta recomendación no la aceptarás, pero mi respeto por su dictamen es tal que no puedo reservármela.</p>
<p>Espero que a la recepción de la presente hayan remitido los sucesos que te preocupaban y que por fin sea tu familia quien habite tu casa. La soledad no es buena para ti, amigo Dalmacio, busca alguien con quien compartir el producto de la tierra y que te ayude a labrarla. Una buena compañera es más que una bendición del Cielo.</p>
<p>Gracias, amigo mío, por el favor que me haces. No tendré vida suficiente para pagártelo.</p>
<p>Muy sinceramente, tu amigo y servidor,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
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		<title>Carta 8: De Emilio a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Oct 1940 21:50:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Toledo, 4 de octubre de 1940</p>
<p>Mi querido amigo Dalmacio:</p>
<p>Acabo de tomar tu carta en las manos y, lamento decirte que no me siento nada tranquilo con lo que me cuentas. ¿Qué ha sido de ti, amigo? ¿Qué ha ocurrido con tu familia? Espero sinceramente que cuando recibas la presente, tus seres queridos hayan vuelto contigo ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Toledo, 4 de octubre de 1940</p>
<p>Mi querido amigo Dalmacio:</p>
<p>Acabo de tomar tu carta en las manos y, lamento decirte que no me siento nada tranquilo con lo que me cuentas. ¿Qué ha sido de ti, amigo? ¿Qué ha ocurrido con tu familia? Espero sinceramente que cuando recibas la presente, tus seres queridos hayan vuelto contigo sin daño alguno. No pienses extremos absurdos como que se los hayan llevado para hacerte salir de tu escondrijo; no somos tan importantes. No fuimos más que unos pelanas prescindibles en una guerra enorme. Si hubieran sabido encontrar tu escondido caserío para ir por ellos, podrían haber esperado un poco más y atraparte a ti en persona sin usar cebos. Estoy seguro de que las circunstancias han sido muy otras y quisiera que las descubrieras pronto. Deseo de todo corazón todo bien para ti y los tuyos.</p>
<p>Mantén la calma, pues la vas a necesitar. Sé por experiencia que hay cosas que te afectan especialmente, y para eso te recomiendo infusiones de hojas de tilo, lavanda o valeriana, hierbas que probablemente tengas a tu alcance. No te recomiendo la adormidera y mucho menos si estás solo y con el estómago vacío. Procura comer, necesitas fuerzas para mantener la atención; el bosque es generoso con quien lo conoce bien, y más si sois tan pocos a repartir como habitantes quedan en tu zona. Cuídate cuanto puedas y mantén la esperanza. De todos modos, he consultado tu caso con un médico más sabio que yo, el doctor Cervello de Guillerna, mi jefe en el hospital de campaña. Espero su pronta respuesta, que te trasladaré tan pronto reciba.</p>
<p>Cuánto lamento no poder hacer nada más por ayudarte que responder a tus cartas cuando las recibo. ¡Qué impotencia! No tengo más que palabras para ti. Quisiera estar allí y ayudarte a buscar a tu familia, aunque ahora me resulta de todo punto imposible, como sabes. De hecho, todo ha estado relacionado entre sí. Lamento molestarte con mis minucias cuando tienes cosas tan graves de las que preocuparte, si bien, como gran amigo que eres, espero que encuentres algo de alegría en mis noticias, que aunque no son las que quisiera darte, tampoco son malas.</p>
<p>La criatura que viene parece remisa a nacer, como si no quisiera aparecer en el mundo hasta que terminasen los calores del verano. Lo que en principio parecía que iba a adelantarse, ahora parece no tener final. A principios de agosto cerré la consulta por unas semanas, por varias razones: además de la posible llegada de la criatura, del calor y de tener serias sospechas de que mis vecinos estaban demasiado interesados en mi vida doméstica y profesional, mi suegro necesitaba una mano para sacar adelante la cosecha de un trozo de tierra que posee, que este año hace mucha falta y no hay brazos para trabajar el campo. De modo que partimos al pueblo de mi esposa, y allí hemos permanecido hasta principios de este mes, cuando no he podido retrasar más mi regreso a la visita. Allí se ha quedado ella, en las amorosas manos de su propia madre y del médico del pueblo contiguo, don Luis Abascal García, que me consta es un excelente profesional. Por supuesto, yo querría estar allí cuando nuestro pequeño se decida a aparecer entre nosotros, y por eso pretendo regresar al pueblo un día o dos cada semana, a ver si tengo la suerte de que el parto coincida en uno de esos y soy yo mismo quien le da la bienvenida.</p>
<p>Mis suegros son una gente sencilla a los que la guerra rompió el mundo bajo los pies en prácticamente cualquier sentido. Durante estos días, mi suegro me ha confesado que ellos esperaban que su única hija tuviera un novio de la zona, un chico tranquilo y fiable, del pueblo a ser posible, con una genealogía completa unida a la tierra desde el principio de los tiempos. Cuando la muchacha se enroló como miliciana y se incorporó a filas, se llevaron un gran disgusto, pero cuando les llegaron las noticias de que se había casado por lo civil con un perfecto desconocido republicano el disgusto se convirtió en sobresalto. Después, lo de que nos casara un cura, sin amonestaciones y de noche, les pareció auténticamente sacrílego, pero cuando se enteraron de que yo era médico, que me había criado un tío ya fallecido y que estaba bastante solo en el mundo, empezaron a tener algo de piedad de mí. Luego, cuando me instalé en Toledo, comenzaron a tratarme y vieron que no era el Diablo en persona que había venido a llevarse a su niña, y durante estas semanas que hemos pasado viviendo bajo el mismo techo en el pueblo me han adoptado auténticamente como un hijo. Mi suegra siempre deseó más descendencia y en especial un varón, y se ha desvivido por mí, por su hija y por lo que ha de venir. Reconozco que ahora los echo de menos.</p>
<p>Y por este abandono de la ciudad ha sido que tardo en contestarte, amigo mío, pues no he tenido tu carta en mis manos hasta ahora mismo. Debo decirte que mi círculo íntimo se ha visto aumentado en dos personas. Mi mujer, durante su ausencia, me ha dejado a cargo de una fámula llamada Prado, que es buena cocinera y buena persona, lo cual si bien es más de lo que puede decirse de mucha otra gente, hay que reconocer que es hasta donde llegan sus virtudes. Es una mujerona recia y simple, una bestia de carga que sólo sabe trabajar, aguantar y canturrear por mi casa, sin sesos para darse cuenta de que debería ser desgraciada. También he tomado un mancebo como ayudante, un joven de nombre Ricardo Martín de Blas, que me vino recomendado a través de otro médico de la ciudad y que pretende ahorrar para continuar sus estudios en Madrid, interrumpidos por la guerra. Siempre ha habido algo en este mozo que me decía que no era trigo limpio, cierta evasión de la mirada o de ciertos temas que me indicaban que ocultaba algo y tenía el temor de haber metido al enemigo en casa, pero como por otra parte, no tenía queja objetiva de él, lo he mantenido para no llamar la atención. De todos modos, en los últimos dos meses poco podía haber averiguado él de mí, pues sólo nos hemos comunicado por escuetas notas y una fugaz visita que hice a mis dominios. Lo dejé encargado de mis cosas, que no fueron muchas durante mi ausencia, y a Prado a cargo de la casa.</p>
<p>Por supuesto, las cosas que encargué al joven Ricardo no incluyen recibir correspondencia clandestina. Mi paciente el viajante de vinos me dejó una frasquita de aceite como un obsequio, con una nota escrita y cubierta con cera sumergida en el fondo. Prado se encargó de guardar el aceite con absoluta honradez, ignorante de su contenido, hasta que me lo llevé conmigo en mi breve visita. Fue mi mujer quien encontró la nota al terminar el aceite, y discretamente me informó de que había una carta esperándome en las oficinas del viajante. Hete aquí cómo ha llegado tu carta hasta mí esta vez.</p>
<p>Pues bien, fue Prado, en su sencillez extrema, quien me dio la pista de lo que había estado ocurriendo mientras no estábamos. Mientras yo intentaba ponerme al día en mi correspondencia y organizaba la lista de consultas que debía hacer, ella cambiaba el polvo de sitio con un trapo y hablaba sin parar, y sin que yo la escuchara, hasta que hizo mención a “los amigos del joven Ricardo”. Me llamó la atención y cuando presioné un poco para buscar respuestas, conseguí asustarla, cosa que, sinceramente, no es difícil en su simpleza. También es verdad que, en estos tiempos, no sabes qué comentario tuyo puede llevar a la ruina a los que te rodean, pero cuando por fin logré tranquilizarla, no me dio respuestas muy claras pues la pobre mujer no sabía gran cosa, pero lo que saqué en limpio era que indudablemente tenía que hablar con él.</p>
<p>En la primera oportunidad que tuve, me lo llevé a dar un paseo, pues no me fío de la discreción de mis vecinos, y aprovechando el fresco del inicio del otoño, nos llegamos hasta el puente de Alcántara, donde se pueden disfrutar tanto unas vistas espectaculares del río Tajo como un estupendo espacio libre de orejas impertinentes. Allí quise someter a mi mancebo a un interrogatorio digno del calabozo fascista más estricto, pero cedió como manteca ante un cuchillo caliente y antes de darse cuenta, me lo había contado todo. Pertenece a un grupo anarquista que colabora, o pretende colaborar, con los maquis que se han echado al monte, y no tuvieron mejor ocurrencia que hacer las reuniones clandestinas en mi propia casa, pensando que nadie los buscaría en la boca del lobo y que mi buen nombre les protegía de cualquier sospecha.</p>
<p>Te aseguro, amigo Dalmacio, que no sabía si partirle el alma a garrotazos por inconsciente, si echarme a reír por su peligrosa inocencia, si sentirme orgulloso de la juventud actual personificada en este zangolotino, o si ceder al pánico, subirme a mi mula, correr a buscar a mi mujer y no parar hasta exiliarnos en México. El grandísimo estúpido no sabía que mis vecinos hacen agujeros en las paredes para poder escuchar mis conversaciones con los pacientes, que escribo a la luz de una lámpara, de noche y en una habitación interior, para no dar de qué hablar en la calle, y que con semejante comportamiento él y sus “amigos” podían conseguir que nos hiciesen un consejo de guerra a todos por traición a la patria. Él tampoco imaginaba que yo mismo estoy bajo vigilancia y que mi pasado republicano no es del agrado de todos en la ciudad, y que lo que él creía que era un refugio seguro, realmente es una calma tensa, como la del dragón que parece dormido pero sólo espera la ocasión de atacar. Le hice jurar que terminaría con esas reuniones de inmediato, dentro o fuera de mi casa, pues si lo detenían a él, tanto yo como mi familia estábamos condenados al mismo destino, ya que nadie se creería que él estaba en estrecho contacto con anarquistas y yo no lo supiera. Me pidió perdón llorando sinceramente, como el chiquillo que aún es, con sus veintiún años y sus extremidades huesudas de cachorro, y de nuevo decidí no despedirlo para no llamar la atención. Temo que este inconsciente nos haya metido en un buen lío, pero lo que tengo que conseguir es que Prado no se entere de lo que ha pasado y de que no debe contarlo, porque es demasiado simple para mentir. Este patán ha conseguido asustarme como no lo consiguió una guerra entera. Como se dice por aquí, un tonto jodió a un pueblo, maldita sea.</p>
<p>Estas son mis cuitas domésticas, querido amigo. En mi próxima carta, además de los consejos médicos que deberían ayudarte, espero darte la noticia del nacimiento de mi hijo. A mi esposa le hace ilusión tener una niña, y a mí me da lo mismo, pues pienso tener más y seguro que vendrá de todo. Quizá es mi falta de hermanos y familia lo que me impele a tener cuanta descendencia pueda mantener, pero reconozco que ser padre me produce tanta ilusión como temor por lo que pudiera pasar, tanto durante el parto como después, durante su vida futura. Quisiera darle el mundo que nos arrebataron, y no tengo otro más que éste para ofrecerle. Tendrá que valer. Con lo que, desde luego, puede contar, es con mi amor incondicional desde el momento en que mi mujer me dijo que estaba encinta.</p>
<p>Me despido ya, rogándote que te cuides cuanto puedas y pidiendo a Dios, o a los Hados, al Busgosu o a quien quiera que me escuche, que te proteja y que encuentres con bien a tu familia cuanto antes. Cuenta con mi ayuda en cualquier cosa que esté en mi mano, como bien sabes. Por favor, no dejes de informarme de cualquier novedad en el asunto.</p>
<p>Tu amigo que lo es,</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
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		<title>Carta 4: De Emilio a Dalmacio</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Jul 1940 17:13:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[treslineas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[A Dalmacio]]></category>
		<category><![CDATA[De Emilio]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Toledo, 31 de julio de 1940</p>
<p>Mi muy querido amigo Dalmacio:</p>
<p>¡Cuánto me alegro de tener noticias tuyas! En estos tiempos turbulentos, cualquier silencio prolongado puede ser preludio de un silencio infinito. Espero que la salud te acompañe a la recepción de ésta, y que tanto tú como tu familia podáis salir adelante. Nada me gustaría más ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Toledo, 31 de julio de 1940</p>
<p>Mi muy querido amigo Dalmacio:</p>
<p>¡Cuánto me alegro de tener noticias tuyas! En estos tiempos turbulentos, cualquier silencio prolongado puede ser preludio de un silencio infinito. Espero que la salud te acompañe a la recepción de ésta, y que tanto tú como tu familia podáis salir adelante. Nada me gustaría más que poder vernos, pero por ahora no podemos viajar. Mi mujer no está en condiciones de hacer esfuerzos, pues te comunico con gran alegría que esperamos nuestro primer hijo para el mes de octubre. Como imaginarás, me reuní con ella en cuanto me soltaron del campo de Betanzos, y volví a abrir mi consulta de la cuesta de los Capuchinos, para que ella pudiera estar cerca de su familia, que ahora también es la mía. Las prisas por casarnos durante la guerra impidieron que conociese a sus padres y se hicieran las cosas a su debido modo, pero ahora me han aceptado como a su propio hijo y nos vemos cuanto es posible, aunque es mejor y más lucrativo que yo ejerza en la capital.</p>
<p>El hecho, para mí insoportable, de que hayan cambiado el nombre de mi calle por el de General Moscardó, unido a la necesidad indiscutible de más espacio en un futuro cercano, y a que todo el barrio quedó bastante malparado con los bombardeos, me ha llevado a trasladar mi consulta y mi domicilio a la calle del Nuncio Viejo, muy cerca de la catedral. Al final de la presente encontrarás mi nueva dirección, donde tienes tu casa.</p>
<p>Ahora, más de un año después de la guerra, vamos reconstruyendo nuestras vidas rotas. Quien no ha vuelto lisiado ha vuelto en una caja, o en un telegrama comunicando su fallecimiento. Pero las peores heridas que veo en mi consulta son las del alma, hombres y mujeres que vienen con los ojos muertos y ahogados en tristeza, por lo que han visto y por lo que han perdido durante estos tres años horribles. Yo mismo tengo pesadillas, en las que tengo que amputar miembros pero en lugar de sierra sólo tengo un hacha, y mi mujer me despierta asustada por mis gritos y luego me abraza largamente, a pesar del calor horroroso del verano, hasta que consigo calmarme lo suficiente como para dejarla dormir. He descubierto que me tranquilizo mucho más si apoyo la cabeza en su vientre abultado e intento escuchar a la criatura que crece en su interior, y cuando oigo ese latido leve y rápido me invade una paz infinita, una especie de seguridad de que el mundo sigue girando y que esos días espantosos de la más oscura de las creaciones humanas no han de volver a repetirse en esta tierra mientras mi hijo viva.</p>
<p>Y por eso, amigo mío, sostengo que debemos quedarnos. Qué sería de este país si todos los que creemos en la democracia, en la legalidad de las urnas, emigrásemos a México o a Francia; se quedarían sólo los que identifican la razón con la fuerza. Debemos quedarnos y recordar al pueblo que un golpe de estado no puede ser legítimo nunca, por mucho que hayan ganado una guerra que ha desangrado a la nación hasta el punto de que ni siquiera podemos prestar ayuda a nuestros hermanos europeos que ahora la necesitan. Ya lo dijo el profesor Unamuno: vencerán pero no convencerán. Este gobierno es ilegal y su ideología es contraria a la que los ciudadanos eligieron libremente por mayoría, ciudadanos que por primera vez en la historia de España reconocieron a las mujeres su condición de iguales a la hora de votar. Este país avanzaba hacia la modernidad, y me temo que esta guerra nos ha retrasado varias décadas en el tiempo, otra vez. Pero no podemos abandonar la tierra que nos necesita sólo porque no nos gusten las nuevas reglas del juego; precisamente por eso debemos oponernos, y eso no se puede hacer de oídas desde muy lejos. Hay que conocer el sentir de la gente, sus necesidades reales, de qué recursos disponen, cuál es su auténtica opinión ahora, más allá de la que se dice públicamente en las tabernas; interesa la que sólo conocen las almohadas, que escuchan los últimos suspiros del día.</p>
<p>A mi alrededor veo continuamente las revanchas de las rencillas que vienen incluso desde antes de la guerra. Mi vecino Manuel Vega Mejía lleva interno sin acusación en el penal de Ocaña desde octubre y cuando su mujer, Francisca Molero, fue a hablar con el gobernador militar para averiguar de qué le acusaban, la detuvieron también a ella y la tuvieron presa tres semanas, hasta que su hermana fue con los cinco hijos del matrimonio al despacho del gobernador y le pidió que liberase por lo menos a uno de los padres, porque ella tenía que darles de comer en ausencia de ambos. Sin más explicaciones, Paca estaba de vuelta al día siguiente, aunque no quiere hablar del asunto y no ofrece detalles de su experiencia, pero ya no pregunta por su marido. No es éste el mundo que quiero para mi hijo, y por esa razón me quedaré, para curar todo el dolor que esté en mi mano y para ayudar a la gente que no puede irse, y que no se merece lo que está pasando ni lo que va a a pasar. Debemos luchar por nuestra tierra y por un gobierno legítimo, Dalmacio, aunque no sepamos cómo. Tampoco lo sabríamos lejos de aquí y seríamos aún de menos ayuda.</p>
<p>Entiendo que estas palabras pueden ser consideradas en la actualidad como delito de sedición o de traición a la patria, pero es lo que siento y lo que sentía cuando me alisté en el bando republicano en 1936, aunque ahora parece que hace una vida entera. A pesar de todo el horror que vi y viví, lo compensa el compañerismo que encontré por el camino y los grandes amigos que he hecho y que espero me acompañen toda mi vida, como tú, querido amigo mío, o como mi amigo Luis Miguel, de quien te hablé en su momento, que actualmente reside en Francia. Ahora que ha pasado todo, lo que más me duele es la lejanía de mis verdaderos amigos.</p>
<p>No obstante, a través de las indudables dotes de mi esposa para llevarse bien con el vecindario, me estoy haciendo un hueco en esta ciudad que ha cambiado tanto con la guerra. Del Alcázar apenas quedan los cimientos, el barrio que conocí ha sido borrado del mapa a fuerza de bombas, pero sobre todo ha cambiado la gente. Ahora nadie se fía de nadie, cualquiera puede ser un delator y acusarte de cualquier cosa real o imaginaria para meterte en un problema. Parece que volvemos a los tiempos de la Santa Inquisición, que parece que nunca abandonaron esta ciudad, donde una simple acusación de actividades judaizantes podía buscarte la desgracia y la de toda tu familia. Esas son las terribles secuelas que debemos padecer, pero yo creo que son en su mayor parte las últimas olas que baten la costa cuando la tormenta ya ha terminado. Más temprano que tarde cesarán, bien porque ya no haya revanchas que tomarse o bien porque no quede nadie sobre quien tomarlas.</p>
<p>Ahora que hablo de olas, amigo Dalmacio, ¿recuerdas aquella vez que nos escapamos del hospital para que me enseñases el mar? A pesar de lo mucho que te reías del Mediterráneo y decías que aquello no era un mar sino una bañera comparado con el Cantábrico, no me lo imaginaba así, pero sobre todo me sorprendió su sonido, calmado y persistente, poderoso, ignorante de las rencillas insignificantes de esos pobres humanos condenados a vivir y a morir, a acudir a guerras, a sufrir la pérdida de aquéllos a los que amaron, a ganarse el sustento y a guardarse del poderoso. Cuando pienso en ti, te imagino allí en tu Asturias, en algún lugar desde donde se vea el mar, recogiendo para ti la fuerza y la calma de las olas.</p>
<p>No me cuentas en tu carta dónde has estado todo este tiempo hasta que has llegado a casa, pero con saberte bien me basta. Dime, amigo mío, ¿cuáles son tus planes en adelante? ¿Piensas casarte? Seguro que tu madre y tu hermana necesitarían una mano. Creo que, debido a mi felicidad marital, me convertiré en un proselitista del matrimonio y se lo recomendaré a todo el mundo, no como los curas, que lo recomiendan pero no se lo aplican, al menos públicamente. Aquí es un secreto a voces que el sacristán de la catedral tiene a su sobrina de sirvienta en su residencia pero la sobrina no es tal, sino su barragana. Yo hago como los ministros protestantes y predico con el ejemplo. Recuerdo que en el campo de concentración de Betanzos conocí a un joven que se había alistado en el ejército republicano con la llamada Quinta del Biberón, un joven de mirada poderosa y firmes convicciones izquierdistas a pesar de su corta edad, llamado Vicente Ferrer. En una conversación nocturna que mantuvimos, antes de que el sargento chusquero y desconfiado que nos vigilaba nos separase, temiendo cualquier conspiración comunista, Ferrer sostenía que el celibato en los curas era algo contra natura, pues la conexión divina no podía eliminar la naturaleza humana, y que la existencia de barraganas era la mayor prueba de tal circunstancia. Lo trasladaron a Oviedo al poco, donde he sabido que ha empezado a estudiar Derecho en la Universidad. Si te acercas por la ciudad sería un placer darte su dirección para que le visites. Sin duda, es un personaje que dará que hablar.</p>
<p>En lugar de enviarla por correo, entregaré esta carta a uno de mis pacientes, que es viajante de aceites y goza de mi absoluta confianza, ya que su contenido nos puede traer serios problemas tanto a ti como a mí si cae en unas manos que no sean las adecuadas. Puedes enviarme tu respuesta a través del mismo método, pues mi paciente va en dirección a Santander para hacer negocios en Inglaterra y seguirá el mismo recorrido de vuelta.</p>
<p>Espero que a partir de ahora nuestra correspondencia no se interrumpa nunca más, y que no se repita la angustia de pensar las cosas malas que podrían haberte pasado.</p>
<p>Tu amigo que lo es, queda tu seguro servidor.</p>
<p>Emilio Pérez-Olivares Espinosa.</p>
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